Capítulo 10
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En cuanto llegó el deshielo y la nieve comenzó a derretirse, la noticia de que yo me encontraba en Kusagakure y me disponía a enfrentarme a los señores de los Sennin por mi herencia corrió como el agua. Y al igual que el agua, primero gota a gota y más tarde en auténticas riadas, los guerreros empezaron a dirigirse al templo de la montaña. Algunos de ellos carecían de amo, pero en su mayoría eran miembros del clan Sennin que reconocían la legitimidad de mi reclamación como heredero de Jiraiya. Mi historia había pasado a ser una leyenda, y al parecer yo me había convertido en un héroe no sólo para los jóvenes de la casta de los guerreros, sino también para los granjeros y aldeanos del dominio Sennin, desesperados tras aquel crudo invierno, y agobiados por los impuestos y las leyes cada vez más brutales que Danzō y Homura —los tíos de Jiraiya— les imponían.
Los sonidos de la primavera llenaban el aire. Los sauces ya vestían su follaje verde y dorado; las golondrinas surcaban a toda velocidad los campos anegados y construían sus nidos bajo los aleros de los edificios del templo. Cada noche que pasaba, el croar de las ranas iba en aumento: el estentóreo reclamo de las ranas de lluvia, el rítmico alboroto de las ranas arbóreas y el delicado tintineo de las diminutas ranas campana. En las riberas del río las flores estallaban en una fiesta de color, con sus brotes de brillantes tonos rosa. Las garzas, cigüeñas, ibis y grullas regresaban a los ríos y a los estanques.
Gamabunta, el abad, puso a mi disposición la considerable riqueza del templo, y con su ayuda pasé las primeras semanas de la primavera organizando a los hombres que vinieron a ofrecerme sus servicios, a los que proporcionaba equipamiento y armas. Desde el país de la Hierba y otras ciudades llegaron herreros y armeros que instalaron sus talleres en la falda de la montaña sagrada. A diario acudían comerciantes de caballos con la esperanza de hacer una buena venta, y generalmente lo lograban, puesto que yo compraba todos los que podía. A pesar de los hombres con los que yo pudiera contar y lo bien pertrechados que estuvieran, mis mejores armas siempre serían la velocidad y la capacidad de sorpresa. No disponía del tiempo y los recursos necesarios para reunir un enorme ejército de soldados de a pie, como el de Obito, y me veía obligado a depender de una reducida —aunque mucho más ágil— tropa de jinetes.
Entre los primeros en llegar se encontraban los hermanos Gamatatsu y Gamakichi, con quienes yo había entrenado en Myoboku. Aquellos días en los que habíamos luchado con espadas de madera me parecían enormemente distantes. Su llegada significó mucho para mí, mucho más de lo que ellos llegaron a sospechar cuando se arrodillaron en mi presencia y me suplicaron que les permitiera seguirme. Aquello significaba que los mejores hombres de los Sennin no se habían olvidado de Jiraiya. Además, habían traído consigo a 30 guerreros y noticias de Myoboku que recibí con avidez.
—Danzō y Hamura se han enterado de tu regreso —me alertó Gamatatsu, que era varios años mayor que yo y tenía cierta experiencia en asuntos de guerra, pues había combatido a la edad de 14 años—; pero no se lo han tomado muy en serio. Están convencidos de que acabarán contigo con facilidad —Gamatatsu sonrió—. No pretendo insultarte, pero tienen la impresión de que eres muy débil.
—Ellos sólo han conocido de mí esa personalidad —repliqué, al tiempo que recordaba a Hidan, el lacayo de Pain, que había tenido la misma opinión sobre mí hasta que Rasengan le demostró que estaba equivocado—. En cierto modo tienen razón: es verdad que soy joven y sólo conozco la teoría de la guerra, no su práctica. Pero la justicia está de mi lado, y me dispongo a cumplir la voluntad de Jiraiya.
—La población dice que estás bendecido por los dioses —aseguró Gamakichi—. Cuentan que los poderes que te han sido otorgados no son de este mundo.
—¡Todos nosotros lo sabemos! —exclamó Gamatatsu.
—¿Se han apoderado de mi casa y de mis tierras? —pregunté—. Me han llegado noticias de que, al parecer, tenían esa intención.
—Todavía no. Sobre todo porque Pa, nuestro anciano preceptor, se ha negado en redondo a entregarlas. Ha dejado claro que no lo permitirá sin pelear. Los señores de Sennin se resisten a provocar un altercado con él y el resto de los hombres de Jiraiya, que ahora son los tuyos.
Sentí alivio al enterarme de que Pa seguía con vida y abrigué la esperanza de que pronto partiría de Myoboku y vendría al templo, donde yo podría protegerle. Desde la llegada del deshielo había esperado su regreso cada día.
—Además, los señores están algo desconcertados con los habitantes de la ciudad —recordó Gamakichi—, y no quieren provocar a nadie, pues temen una insurrección.
—Siempre han preferido maquinar en secreto —aseguré yo.
—Ellos lo llaman "negociación" —aclaró Gamatatsu secamente—. ¿Han intentado negociar contigo?
—No he tenido noticias de ellos. Además, no hay nada que negociar. Fueron los responsables de la muerte de Jiraiya. Primero intentaron asesinarle en su propia casa y, al no conseguirlo, se lo entregaron a Pain. Nunca llegaré a un acuerdo con ellos, aunque me lo propongan.
—¿Cuál será tu estrategia? —preguntó Gamatatsu, entornando los ojos.
—No puedo atacar a los Sennin en Myoboku, pues necesitaría muchos más recursos de los que dispongo. Estoy considerando la posibilidad de dirigirme a Obito, pero no daré ningún paso hasta que Pa regrese al templo. Me dijo que vendría tan pronto como la carretera estuviera transitable.
—Envíanos a nosotros a Amegakure —se ofreció Gamatatsu—. La hermana de nuestra madre está casada con uno de los lacayos de Obito. Allí podremos averiguar si la actitud de éste ha cambiado durante el invierno.
—Cuando llegue el momento, lo haré —prometí, agradecido por poder contar con la posibilidad de acercarme a Obito indirectamente.
Lo que por el momento no comuniqué, ni a ellos ni a nadie más, fue la decisión que había tomado: en primer lugar, iría a buscar a Hinata, dondequiera que estuviese; nos casaríamos y, a continuación, juntos asumiríamos el control de las tierras de Hyūga y Senju, si es que ella aún estaba dispuesta a aceptarme, si todavía no se había casado...
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Con el paso de los días mi impaciencia iba en aumento. El estado del tiempo era variable: una mañana, lucía el sol; a la siguiente, soplaban vientos helados. Los ciruelos florecieron bajo las tormentas de granizo, e incluso cuando los brotes de los cerezos empezaron a abultarse, el frío persistía. Pero las señales de la primavera se encontraban por doquier, sobre todo en mi propia sangre. Gracias a la disciplinada vida que había llevado durante el invierno, me encontraba en mejor forma física y mental que nunca. Las enseñanzas de Gamabunta, el incondicional afecto que me profesaba y el descubrimiento de mi sangre Sennin me habían proporcionado una mayor seguridad en mí mismo. Me sentía menos atormentado por mi naturaleza dividida, y mis lealtades en conflicto me perturbaban en menor medida. Yo no daba señal alguna de la impaciencia que me consumía, pues estaba aprendiendo a ocultar mis emociones en todo momento; pero de noche mis pensamientos volvían a Hinata y el deseo que sentía por ella me atormentaba. Anhelaba su presencia, y al mismo tiempo sentía temor de que se hubiese casado y la hubiera perdido para siempre. Cuando no lograba conciliar el sueño, salía en silencio de la habitación y me alejaba del templo. Entonces, exploraba los alrededores. Las horas que había dedicado a la meditación, el estudio y el entrenamiento habían perfeccionado mis habilidades; estaba convencido de que nadie podría detectar mi presencia.
Bee y yo nos encontrábamos todos los días y estudiábamos juntos, pero hicimos un silencioso pacto, en virtud del cual no manteníamos contacto físico alguno. Nuestra amistad se había trasladado a un plano diferente, y yo tenía la impresión de que se mantendría durante el resto de nuestras vidas. Tampoco mantuve relaciones con mujeres, pues la presencia de éstas en el templo estaba prohibida, y el temor a ser asesinado me mantenía apartado de las casas de lenocinio. Además, no quería concebir otro hijo. Con frecuencia me acordaba de Sakura. Una noche sin luna de finales del segundo mes no pude evitar la tentación de pasar frente a la casa de los padres de la muchacha; las flores de los ciruelos emitían un blanco resplandor en la oscuridad, pero la vivienda estaba a oscuras y en la cancela sólo había un guardia. Yo había tenido noticias de que los hombres de Obito habían saqueado la vivienda durante el otoño, y en aquel momento parecía desierta. Hasta el olor a semilla de soja fermentada había desaparecido.
Me vino a la mente nuestro hijo. Yo estaba convencido de que sería un varón al que el Gremio enseñaría a odiarme y que, con toda probabilidad, sería instruido para consumar la profecía que la anciana ciega me había desvelado. El hecho de que yo conociera el futuro no significaba que pudiera escapar de él: he aquí la amarga tristeza de la existencia humana.
Me pregunté dónde estaría Sakura —posiblemente en algún remoto y escondido pueblecito al norte de Takigakure— y a menudo pensaba en Kakashi. Imaginaba que él no estaría tan lejos, sino en una de las aldeas que habitaban en las montañas. Kakashi no tenía ni idea de que, gracias a los documentos que Jiraiya me había legado, yo me había enterado del entramado secreto de los escondites del Gremio. Tampoco podía sospechar que me había pasado el invierno aprendiendo de memoria la situación de aquellas aldeas ocultas. Todavía no estaba seguro sobre qué debía hacer con toda esa información; tal vez sería conveniente utilizarla para conseguir el perdón y la amistad de Obito, o quizá yo mismo debiera emplearla para erradicar la organización secreta que me había sentenciado a muerte.
Mucho tiempo atrás, Kakashi había jurado protegerme mientras yo viviera. Yo no creía en tal juramento, sino que lo interpretaba como propio de su retorcida naturaleza; además, no le había perdonado su participación en la traición urdida contra Jiraiya. No obstante, también era consciente de que, sin su ayuda, no habría podido llevar a cabo mi venganza, y tampoco olvidaba que él me había acompañado de vuelta al castillo aquella noche. Si pudiera haber elegido a alguien para que me ayudara, habría sido él; pero estaba seguro de que Kakashi nunca iría en contra de las decisiones del Gremio. Si volviéramos a encontrarnos, sería como enemigos, y cada uno intentaría matar al otro.
En cierta ocasión, cuando regresaba a casa al amanecer, escuché el agudo jadeo de un animal, y al momento descubrí a un lobo en mitad del sendero. Me detectó por el olfato, pero no podía verme. Yo me encontraba lo suficientemente cerca para ver el pelaje rojizo de detrás de sus orejas y oler su aliento. Asustado, el lobo soltó un gruñido, retrocedió, se dio la vuelta y se adentró en la maleza. Escuché cómo se detenía y olfateaba el aire. Su sentido del olfato era tan fino como mi oído. Nuestros mundos de los sentidos se superponían; el mío, dominado por los sonidos; el suyo, por el olor. Me pregunté qué se sentiría al penetrar en el universo salvaje y solitario de aquel animal. En el Gremio me conocían con el apodo del Zorro, pero yo prefería pensar que me parecía a ese lobo, puesto que ya no era propiedad de nadie.
Fue por entonces cuando, una mañana, volví a ver a Kurama, mi caballo. Concluía el tercer mes y los capullos de los cerezos estaban a punto de florecer. Yo caminaba por el empinado sendero a medida que el cielo se iba iluminando, y al tiempo contemplaba cómo las cumbres de las montañas, aún cubiertas de nieve, adquirían un tono rosado bajo los pálidos rayos del sol. A las puertas de la posada, divisé unos cuantos caballos amarrados en las cuadras. Daba la impresión de que todos los moradores de la posada aún dormían, pero de repente escuché que al otro lado del patio se abría una puerta corredera. Volví la vista hacia los caballos y, en el mismo instante en que reconocí el pelaje rojizo de Kurama y sus crines negras, el animal giró la cabeza, me vio y emitió un relincho de júbilo.
Kurama había sido mi regalo para Hinata; era una de las escasas pertenencias que me habían quedado tras la caída de Amegakure. ¿Podría ella haberlo vendido... o regalado? ¿Y si Kurama hubiera traído a Hinata hasta mí?
Entre los establos y los aposentos de los huéspedes había un pequeño patio con pinos y linternas de piedra. Entré en él. Sabía que alguien estaba despierto, pues escuchaba el sonido de su respiración detrás de las contraventanas. Me acerqué a la veranda, desesperado por saber si se trataba de Hinata, y al mismo tiempo convencido de que en un instante podría verla.
Estaba más hermosa de lo que yo recordaba. Su enfermedad la había dejado más delgada y frágil; pero también había resaltado la belleza de sus rasgos y la esbeltez de su cuello y sus muñecas. Los latidos de mi corazón silenciaron el mundo que me rodeaba. Entonces, entendí de repente que estaríamos a solas durante unos momentos —antes de que los demás despertaran— y me arrodillé ante ella.
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Al poco tiempo pude oír cómo las mujeres de la habitación se despertaban. Me hice invisible y me alejé de allí. Oí que Hinata, asustada, emitía un grito, y caí en la cuenta de que yo no le había hablado de los poderes extraordinarios que había heredado del Gremio. Pensé que había innumerables asuntos sobre los que teníamos que hablar; ¿tendríamos algún día tiempo suficiente? Los móviles de bambú sonaron cuando pasé por debajo. Percibí que mi caballo me buscaba, pero no podía verme. Entonces, me hice visible de nuevo. Ascendí por la colina a grandes zancadas, henchido de energía y de júbilo, como si hubiera ingerido una poción mágica. Hinata estaba allí. No se había casado. Por fin sería mía.
Como hacía a diario, me dirigí al cementerio del templo y me arrodillé ante la tumba de Jiraiya. A horas tan tempranas el lugar estaba desierto, y detrás de los cedros se adivinaba la débil luz del amanecer. El sol rozaba las copas de los árboles, y al otro lado del valle la bruma cubría las laderas de las montañas. Parecía que las cumbres flotaban sobre un mar de espuma.
La cascada continuaba con su incesante rumor, acompañado por el murmullo del agua que fluía por los canales y conductos y llenaba los estanques y los aljibes del jardín. Podía oír a los monjes entonar sus oraciones, el monótono sonido de los manirás, el repentino y nítido tañido de una campana. Me satisfacía que Jiraiya reposara en un lugar tan pacífico. Le hablé a su espíritu y le supliqué que me transmitiera su fortaleza y sabiduría. Le conté lo que sin duda ya sabía: que me disponía a cumplir sus últimos deseos y, cómo no, que iba a contraer matrimonio con Hyūga Hinata.
De repente se produjo una fuerte sacudida y la tierra tembló. En ese mismo instante tuve la certeza de que casarme con Hinata era la mejor decisión que podía tomar, y me embargó un sentimiento de urgencia: teníamos que hacerlo de inmediato.
Un cambio de tono en el murmullo del agua me hizo girar la cabeza. En el amplio estanque, las carpas se removían y se apiñaban bajo la superficie formando un oscilante tapiz rojo y dorado. Bee les estaba dando de comer y, mientras las observaba, su rostro se mostraba plácido y sereno.
El rojo y el dorado, los colores de la buena fortuna, los colores del matrimonio, me llenaron los ojos.
Bee se dio cuenta de que le miraba y, llamándome, dijo:
—¿Dónde estabas? Te has perdido el desayuno.
—Comeré más tarde —me levanté y me acerqué hasta él. No podía retener por más tiempo la emoción que me embargaba—. La señora Hyūga está aquí. Me gustaría que fueras con Gamakichi a buscarla y que la escoltaras hasta aquí.
El joven monje arrojó al agua los últimos restos de mijo.
—Se lo diré a Gamakichi. Yo prefiero no ir; no quiero recordarle a la señora Hyūga el daño que le hice.
—Tal vez tengas razón. Sí, díselo a Gamakishi. Que la traiga antes del mediodía.
—¿Por qué ha venido? —preguntó Bee, mirándome de refilón.
—Ha venido en peregrinaje, para dar las gracias por su recuperación; pero ahora que está aquí tengo la intención de casarme con ella.
—¿Así, sin más? —Bee rió, pero lo hizo sin alegría.
—¿Por qué no?
—Mis conocimientos sobre el matrimonio son muy limitados; pero, según tengo entendido, en el caso de las importantes familias, como los Hyūga y también los Sennin, los señores del clan tienen que dar su consentimiento para que la boda se celebre.
—Yo soy el señor de mi clan y doy mi consentimiento —repliqué con ligereza, mientras pensaba que Bee veía problemas donde no los había.
—Tu caso es distinto; pero ¿a quién debe obedecer la señora Hyūga? Puede que su familia tenga otros planes para ella.
—Hinata no tiene familia —noté que la cólera empezaba a bullir en mi interior.
—No seas estúpido. Todo el mundo tiene familia; sobre todo las muchachas solteras herederas de grandes dominios.
—Tengo el derecho legal y el deber moral de casarme con Hinata, puesto que ella estaba prometida a mi padre adoptivo —mi voz iba adquiriendo un tono cada vez más seguro—. La expresa voluntad de Jiraiya era que contrajéramos matrimonio.
—No te enfades conmigo —pidió Bee, tras una pausa—. Conozco tus sentimientos hacia ella. Sólo te estoy diciendo lo que pronto estará en la mente de todos.
—¡Ella también me ama!
—El amor no tiene nada que ver con el matrimonio —Bee hizo un gesto de negación con la cabeza y me miró como si yo fuera un niño.
—¡Nada va a impedírmelo! Hinata está aquí. No estoy dispuesto a perderla otra vez. Nos casaremos esta misma semana.
Entonces sonó el tañido de la campana. Uno de los monjes de más edad atravesó el jardín caminando y nos miró con desaprobación. Bee había mantenido un tono adecuado durante nuestra conversación, pero yo había hablado en voz alta y de forma apasionada.
—Debo ir a meditar —anunció Bee—. Tal vez tú también debieras hacerlo. Antes de dar ningún paso, te conviene reflexionar sobre lo que vas a hacer.
—Mi decisión es irrevocable. ¡Vete a meditar! Yo hablaré con Gamakichi, y después iré a ver al abad.
Cada mañana, aunque más temprano, yo me presentaba ante el abad para entrenarme en el arte de la espada por espacio de dos horas. Me apresuré, busqué a los hermanos Gamatatsu y Gamakichi, y los alcancé cuando se dirigían colina abajo para hablar con un armero.
—¿La señora Hyūga? —se extrañó Gamakichi—. ¿No es peligroso acercarse a ella?
—¿Por qué dices eso? —pregunté yo, molesto.
—No te ofendas, Naruto; pero todos hemos oído los rumores. Dicen que provoca la muerte a los hombres.
—Sólo a los que sienten deseo por ella —añadió Gamatatsu, quien por un momento me miró a la cara, antes de exclamar—: ¡Eso es lo que cuentan!
—También se dice que es tan hermosa que es imposible mirarla sin sentir deseo —bromeando, Gamakichi hizo una mueca de consternación, y añadió—: ¡Nos envías a una muerte segura!
Yo no estaba de humor para bromas, pero las palabras de los hermanos me hicieron caer en la cuenta con mayor nitidez de lo imprescindible que era que Hinata y yo nos casáramos. Ella me había dicho que únicamente se sentía a salvo a mi lado, y yo entendía el porqué: sólo casándose conmigo se salvaría de la maldición que parecía perseguirla. Yo estaba convencido de que Hinata nunca sería un peligro para mí. Otros hombres que la habían deseado habían muerto; pero yo había unido mi cuerpo al suyo, y seguía con vida.
No estaba dispuesto a dar tales explicaciones a los hermanos.
—Lleva a la señora Hyūga a los aposentos de las mujeres del pabellón de huéspedes lo antes posible —les ordené secamente—. No permitas que ninguno de sus hombres venga con ella, y aseguraos de que Iruka y Rin abandonen la zona hoy mismo. Hinata traerá consigo una criada; tratalas con la mayor cortesía. Dile que iré a verla.
—Naruto es realmente intrépido —masculló Gamatatsu.
—La señora Hyūga va a convertirse en mi esposa.
Mi confidencia los dejó atónitos, pero se dieron cuenta de que yo estaba hablando en serio, y no pronunciaron palabra. Me hicieron una respetuosa reverencia y en silencio se encaminaron hacia la garita de los guardias, donde seleccionaron a cinco o seis hombres. Una vez que hubieron traspasado la cancela del templo, bromearon a mi costa durante un rato —sin darse cuenta de que yo podía oírlos—, haciendo chistes sobre la mantis religiosa, que devora al macho. Por un instante pensé en llegar hasta ellos y darles una buena lección, pero ya llegaba tarde a mi encuentro con el abad.
Mientras escuchaba las risas que se desvanecían colina abajo, me dirigí a la sala donde realizábamos nuestras sesiones de entrenamiento. El abad ya se encontraba allí, vestido con sus ropas de monje. Yo todavía llevaba puesto el tosco atuendo que solía utilizar para mis expediciones nocturnas, que consistía en una especie de adaptación del uniforme negro del Gremio: pantalones hasta la rodilla, leotardos y botas con separación para los dedos, que me servían tanto para luchar con la espada como para escalar los muros y correr por los tejados.
Daba la impresión de que a Gamabunta no le molestaban las largas faldas ni las amplias mangas de los mantos que vestía. Por lo general, yo terminaba las sesiones falto de respiración y sudando a más no poder; pero él permanecía tan fresco y sereno como si hubiera pasado las dos últimas horas en actitud de oración.
Me arrodillé ante al abad como disculpa por mi tardanza. Él me miró de arriba abajo con una expresión de curiosidad en el rostro; pero no pronunció palabra y, acto seguido, señaló el palo de combate con un movimiento de cabeza.
Tomé el palo de la estantería de la pared. Era oscuro, casi negro, más largo que Rasengan y mucho más pesado. Desde que había practicado a diario con él, los músculos de mis muñecas y mis brazos habían aumentado su fuerza y flexibilidad, y por fin parecía que la lesión que Sasuke me había provocado en la mano, en Amegakure, se había curado. Al principio, el palo de combate me había recordado a un caballo obstinado que se resistiera a que le pusieran el bocado; pero poco a poco aprendí a controlarlo, hasta lograr empuñarlo con la misma facilidad con la que se utilizan los palillos para comer.
Durante el entrenamiento, semejante precisión era tan necesaria como en la lucha real, pues un golpe en falso podía romper el cráneo o aplastar el esternón del oponente. Y no disponíamos de hombres suficientes para arriesgarnos a que resultaran heridos, o incluso muertos, durante el entrenamiento.
Mientras elevaba el palo para colocarme en posición de ataque, me invadió una oleada de cansancio. Apenas había dormido la noche anterior y no había probado bocado desde la cena. Entonces, Hinata me vino a la memoria. Vi de nuevo su silueta sentada en la veranda, y al momento volví a sentir que la energía fluía en mi interior. En ese instante entendí que no podía vivir sin ella; Hinata era toda mi vida, sólo junto a ella podía ser yo mismo.
Normalmente Gamabunta me superaba con creces durante nuestros combates; pero algo me había transformado, había reunido todos los conocimientos que yo había adquirido durante el aprendizaje y les había dado forma: se trataba de un espíritu poderoso e indestructible que surgía de lo más profundo de mí ser y fluía hasta el brazo con el que empuñaba el palo. Por primera vez caí en la cuenta de que Gamabunta era 40 años mayor que yo, y advertí su edad avanzada y su vulnerabilidad. Noté que le tenía a mi merced.
Entonces, detuve mi ataque y dejé caer el arma. Gamabunta aprovechó la oportunidad para agredirme; me atizó con su báculo en un lado del cuello y el golpe me dejó aturdido. Por fortuna no me había golpeado con todas sus fuerzas.
Los ojos del abad, normalmente serenos, ardían con auténtica cólera.
—Esto te enseñará una lección —rugió—. Primero, para no llegar tarde, y segundo, para no permitir que tu corazón se ablande mientras estás luchando.
Yo abrí la boca para rebatir sus palabras, pero Gamabunta me cortó en seco.
—No discutas. Por primera vez me empiezas a demostrar que no estoy malgastando mi tiempo contigo, y a continuación lo echas todo a perder. ¿Por qué? Espero que no sea porque sientes lástima de mí.
Yo negué con la cabeza.
Gamabunta lanzó un suspiro.
—No puedes engañarme. Lo he visto en tus ojos. He visto al muchacho que vino al templo el año pasado y se emocionó ante las obras de Sai. ¿Es eso lo que quieres ser? ¿Un artista? Te dije que podías regresar y dedicarte al estudio y la pintura... ¿Es eso lo que deseas?
Yo no me sentía con ánimos para contestar; pero el abad guardó silencio hasta que tomé la palabra.
—Una parte de mí podría desearlo, pero todavía no es posible. Primero tengo que cumplir la voluntad de Jiraiya.
—¿Estás seguro? ¿Te entregarás a tu misión en cuerpo y alma?
Percibí el tono de profunda seriedad con el que Gamabunta me hablaba y le contesté de igual forma.
—Sí, lo haré.
—Estarás al mando de muchos hombres, y llevarás a la muerte a no pocos de ellos. ¿Estás convencido de que podrás hacerlo? Ésa es tu debilidad, Naruto. Sientes demasiada compasión. Un guerrero necesita algo más que breves arranques de crueldad y de cólera. Muchos morirán al seguirte y tú mismo darás muerte a otros tantos. Una vez que te hayas embarcado en esta misión, tendrás que continuar hasta el final. No puedes detener tu ataque o dejar caer la guardia porque sientas piedad de tu adversario.
Yo notaba cómo el rubor se extendía por mi rostro.
—No volveré a hacerlo. No tenía intención de insultaros. Perdonadme.
—Te perdonaré si logras realizar ese ataque otra vez... hasta el final.
Gamabunta se colocó en posición de ataque y clavó sus ojos en los míos. A mí no me preocupaba encontrarme con su mirada, pues él nunca había sucumbido al sueño de los Shinobi y yo nunca había intentado imponérselo. Tampoco me había hecho invisible ni me había desdoblado de forma intencionada, aunque algunas veces, en el fragor del combate, yo notaba que mi imagen se empezaba a alejar.
El báculo de Gamabunta empezó a moverse por el aire a la velocidad del rayo. Entonces, me concentré en el adversario que tenía frente a mí y en el impulso del palo; en el suelo bajo nuestros pies y el espacio que nos rodeaba; en la forma en que nos desplazábamos como si estuviéramos ejecutando una danza.
Cuando concluimos, la frente de Gamabunta brillaba ligeramente por el sudor, tal vez debido al cálido aire de la primavera. Mientras nos secábamos la cara, el abad dijo:
—Nunca pensé que llegarías a dominar el arte del combate, pero has progresado más de lo que yo esperaba. Cuando te concentras no lo haces mal; no, no lo haces mal en absoluto.
Ante tal elogio me quedé sin habla. Gamabunta soltó una carcajada.
—Pero que no se te suba a la cabeza. Te veré otra vez esta tarde. Confío en que hayas preparado tu trabajo sobre la estrategia.
—Sí, señor. Pero hay otro asunto del que deseaba hablaros.
—¿Tiene que ver con la señora Hyūga?
—¿Cómo lo sabe?
—Me enteré de que se encontraba en camino hacia el templo, y ya hemos tomado las medidas necesarias para que se aloje en los aposentos de las mujeres del pabellón para invitados. Es un gran honor para nosotros. Iré a verla hoy, más tarde.
Sus palabras tenían un tono normal, como si estuviera hablando de un visitante cualquiera; pero para entonces yo ya conocía a Gamabunta: él no hacía nada de forma casual. Yo temía que, al igual que Bee, me planteara sus recelos respecto a mi matrimonio con Hinata; pero antes o después tenía que comunicarle mis intenciones. Estos pensamientos me pasaron por la mente durante un instante y, de repente, se me ocurrió que Gamabunta era la única persona a quien yo debía pedir el consentimiento para casarme con ella.
Me hinqué de rodillas, y dije:
—Deseo casarme con la señora Hyūga. ¿Me concede su permiso? ¿Podría celebrarse en el templo la ceremonia de la boda?
—¿Es ésa la razón por la que la señora Hyūga ha venido hasta aquí? ¿Viene con el permiso de su familia y de su clan?
—No, venía con un propósito diferente: para dar las gracias por su recuperación de una enfermedad; pero uno de los últimos cometidos que el señor Jiraiya me encomendó fue que me casara con ella, y ahora que el destino la ha traído hasta mí... —añadí, consciente del tono suplicante de mi propia voz.
El abad también reparó en ello. Esbozó una sonrisa, y replicó:
—Para ti no existen los problemas, Naruto. Sólo piensas que eso es lo que debes hacer. Pero el hecho de que la señora Hyūga contraiga matrimonio sin la aprobación de su clan o el consentimiento del señor Obito... Ten paciencia y consigue su permiso. El año pasado Obito estaba a favor del matrimonio. No encuentro razones para que no acceda ahora.
—¡Pueden asesinarme en cualquier momento! —exclamé—. ¡No me queda tiempo para la paciencia! Además, hay otra persona que desea casarse con ella.
—¿Están prometidos?
—No hay nada oficial; pero por lo visto él da por sentado que el matrimonio se celebrará. Se trata de un noble; sus tierras lindan con las de Hyūga.
—Ōtsutsuki —exclamó Gamabunta.
—¿Le conoce?
—Sé quién es. Todo el mundo lo sabe, salvo los ignorantes como tú. Sería una alianza muy adecuada. Las tierras de ambos se unirían, el hijo de Ōtsutsuki heredaría ambas propiedades y, lo que es más importante, dado que éste pronto regresará a la capital, Obito tendría un aliado en la corte.
—No lo tendrá, porque la señora Hyūga no va a casarse con él. Se casará conmigo antes de que termine la semana.
—Entre los dos te aplastarán —las pupilas de Gamabunta estaban clavadas en mi rostro.
—No si Obito piensa que puedo ayudarle a destruir al Gremio. Cuando nos casemos, partiremos de inmediato hacia Senju. La señora Hyūga es la legítima heredera de ese dominio, así como del de su padre. Obtendré los recursos que necesito para enfrentarme a los Sennin.
—Como estrategia, no está mal —aceptó Gamabunta—; pero existen graves riesgos: podrías granjearte la enemistad absoluta de Obito. Yo había pensado que te convendría ponerte a su servicio durante un tiempo para así aprender el arte de la guerra; por otra parte, no te conviene en absoluto tener como enemigo a un hombre de las características de Ōtsutsuki. El paso que te dispones a dar, a pesar de que demuestra coraje por tu parte, podría acabar con todas tus esperanzas. Y yo no quiero que eso ocurra, pues querría ver cumplidos los deseos de Jiraiya. ¿Merece la pena arriesgarse?
—Nada me impedirá que me case con ella —exclamé en voz baja.
—Se trata de un amor pasajero. No permitas que te afecte a la hora de tomar decisiones.
—Es mucho más que eso. Ella es mi vida y yo soy la suya.
Gamabunta lanzó un suspiro.
—Todos nosotros hemos creído eso alguna vez en un momento u otro de nuestra vida. Créeme, semejante ilusión no dura mucho.
—El señor Jiraiya y la señora Tsunade se amaron profundamente durante años —me atreví a decir.
—Sí, debe de ser algún tipo de locura que afecta a la sangre Sennin —replicó él; pero su expresión se había suavizado y en su ojos se apreciaba cierta melancolía—. Es verdad -dijo por fin—. Ese amor sí que duró, y alumbró todos los proyectos y esperanzas del señor Jiraiya y la señora Tsunade. Si ellos se hubieran casado y la alianza entre el País se hubiera hecho realidad, tal como soñaban, ¿quién sabe los éxitos que habrían logrado? —Gamabunta bajó la mano y me dio una palmada en el hombro—. Parece como si el espíritu de ambos les hubiera ofrecido a ti y a la señora Hyūga una segunda oportunidad. Además, no puedo negarlo: hacer de Senju tu acuartelamiento es una idea razonable. Por ese motivo, además de por respeto a los que ya no habitan entre nosotros, accederé a tu matrimonio. Puedes iniciar los preparativos necesarios.
—Nunca he asistido a un tipo de ceremonia como ésa —confesé, tras haber hecho una reverencia hasta el suelo en señal de gratitud—. ¿Qué debo hacer?
—La mujer que acompaña a la señora Hyūga lo sabrá. Pregúntale —y antes de despedirme, añadió—: Espero no haberme vuelto completamente senil.
Se acercaba la hora de la comida del mediodía, y fui a lavarme y a cambiarme de ropa. Me vestí con cuidado y me puse una de las túnicas de seda con el blasón de los Sennin que me habían entregado a mi llegada a Kusagakure tras mi viaje a través de las montañas nevadas. Comí distraídamente, sin apenas saborear los alimentos, y en todo momento me mantuve a la escucha de la llegada de Hinata.
Por fin oí la voz de Gamakichi a las puertas del refectorio. Le llamé, y él vino a reunirse conmigo.
—La señora Hyūga está en el pabellón de invitados —me informó—. Han llegado 50 hombres más desde Myoboku y vamos a alojarlos en la aldea. Gamatatsu está realizando los trámites necesarios.
—Los veré esta noche —dije yo, animado por ambas noticias.
Dejé a Gamakichi en el comedor y regresé a mi habitación. Me arrodillé junto al escritorio y saqué los pergaminos que el abad me había ordenado leer. Tenía la impresión de que moriría de impaciencia hasta que pudiera ver a Hinata de nuevo, pero poco a poco el arte de la guerra fue cautivando mi atención: los cómputos de las batallas ganadas y perdidas, la estrategia y las tácticas utilizadas, la intervención humana y la divina... El problema que Gamabunta me había planteado era cómo tomar el control de la ciudad de la Hierba. En esos momentos parecía que aquélla era la primera acción que debíamos llevar a cabo en la campaña que íbamos a iniciar de forma inminente. Pero lo cierto es que semejante maniobra sería bien recibida por los ciudadanos y los campesinos de los distritos colindantes. Mi única preocupación era verme involucrado en un conflicto inmediato con el clan Sennin, así como con Danzō y Homura, antes de contar con un ejército lo suficientemente fuerte como para derrotarlos de forma definitiva.
Yo conocía la ciudad a la perfección; había recorrido cada una de sus calles y había escalado los muros del castillo. También conocía el terreno de los alrededores: las montañas y colinas, los valles y ríos. La principal dificultad con la que me encontraba era la escasez de hombres a mi cargo: como mucho, un millar. La Hierba era una ciudad próspera, pero el invierno había sido difícil para todos sus habitantes. Si yo atacaba a principios de la primavera, ¿podría el castillo resistir un largo asedio? ¿Lograría la diplomacia una rendición si es que por la fuerza no se conseguía? ¿Qué ventajas tendría yo sobre los defensores de la fortaleza?
Mientras meditaba sobre estas cuestiones mis pensamientos volvieron a Gaara, el paria. Le había dicho que enviaría a buscarle en primavera, pero yo aún no estaba convencido de querer hacerlo. Me resultaba imposible olvidar su mirada hambrienta y apasionada, la misma que percibí en los ojos del barquero y del resto de los parias. «Ahora él te pertenece», había dicho Gaara refiriéndose al barquero, «como todos nosotros». Yo me preguntaba si me sería posible engrosar las filas de mi ejército con los parias y con los campesinos que acudían a diario a rezar y a traer ofrendas a la tumba de Jiraiya. No me cabía duda de que podía contar con aquellos hombres si lo deseaba, pero me daba la impresión de que la casta de los guerreros no actuaba de semejante forma. Yo nunca había oído hablar de batallas en las que lucharan los campesinos. Por lo general, éstos se mantenían alejados del combate y odiaban a ambos bandos por igual pues, una vez terminada la batalla, despojaban de sus pertenencias a los muertos de los dos bandos sin hacer distinciones.
Como sucedía con cierta frecuencia, el rostro del granjero al que yo había asesinado en su campo secreto de las colinas llegó flotando a mi memoria. Escuché otra vez su voz: «¡Señor Jiraiya!». Deseaba que su espíritu pudiese descansar en paz; pero su recuerdo también me trajo a la mente el valor y la determinación de sus compañeros, que por el momento estaban siendo desaprovechados. Si contase con ellos, tal vez el espíritu de su líder dejaría de perseguirme.
Los campesinos de las tierras Sennin, tanto los que habitaban en los alrededores de Myoboku como los que habían sido cedidos a los Akatsuki, habían apreciado a Jiraiya en vida y, tras la muerte de éste, furiosos, se habían sublevado. Pensé que también a mí me apoyarían, pero temía que si contaba con ellos la lealtad de mis guerreros pudiera disminuir.
Con respecto al problema teórico sobre la toma de La Hierba, si lograba deshacerme del lugarteniente interino que Obito había colocado en el castillo, existirían muchas más posibilidades de que la fortaleza se rindiera sin necesidad de un largo asedio. Lo que necesitaba era un asesino en quien pudiera confiar. El Gremio había admitido que yo era la única persona capaz de escalar en solitario los muros del castillo, pero no parecía apropiado que un comandante en jefe —como yo iba a ser— acometiera semejante tarea. Mi mente empezó a divagar, y aquello me recordó que apenas había dormido la noche anterior. Me pregunté si podría entrenar a muchachos y muchachas adolescentes de la misma forma que lo hacía el Gremio. Tal vez no contaran con habilidades innatas, pero algunas de ellas eran tan sólo cuestión de adiestramiento. Me percaté de las ventajas que me proporcionaría contar con una red de espías, y pensé que tal vez lograra encontrar algunos miembros resentidos del Gremio a los que pudiera persuadir para que entraran a mi servicio. Por el momento, alejé aquella idea de mi mente; pero más tarde volvería a mi memoria.
A medida que el día se iba haciendo más cálido, las horas transcurrieron con mayor lentitud. Las moscas, que habían despertado de su letargo invernal, zumbaban tras las mamparas. Desde el bosque llegó a mis oídos el canto de la primera curruca, el batir de las alas de las golondrinas y el golpeteo de sus picos al atrapar insectos. Los sonidos del templo murmuraban a mi alrededor: el rumor de las pisadas, el susurro de las túnicas, la melodía de los cánticos, el repentino y nítido tañido de la campana...
Una ligera brisa soplaba desde el este, impregnada de la fragancia de la primavera. En menos de una semana Hinata y yo nos casaríamos. La vida parecía estallar a mi alrededor, y al abrazarme me transmitía su vigor y energía. Sin embargo, allí estaba yo, absorto en el estudio del arte de la guerra.
Cuando me encontré con Hinata aquella tarde, no hablamos de amor, sino de estrategia. No teníamos necesidad de hacernos saber nuestros sentimientos: íbamos a casarnos, nos convertiríamos en marido y mujer. Pero si el destino nos reservaba la vida suficiente como para tener hijos, debíamos actuar con prontitud para consolidar nuestro poder.
Cuando Bee me dijo por primera vez que Hinata planeaba formar un ejército, yo había pensado que ella sería una magnífica aliada, y no me había equivocado. Ella coincidió conmigo en que lo mejor sería que nos dirigiéramos directamente a Senju, y me relató el encuentro que tuvo durante el otoño con Ibizu. Como él esperaba noticias de Hinata, ella me propuso que enviáramos a varios de los hombres de Hyūga al dominio para comunicar a Ibizu nuestras intenciones. Yo me mostré de acuerdo y decidí que Gamakichi, el menor de los hermanos, los acompañara. No enviamos mensaje alguno a Amegakure: cuanto menos supiera Obito de nuestros planes, mejor.
—Rin me dijo que Obito montará en cólera cuando se entere de nuestro matrimonio —comentó Hinata.
Yo sabía que eso era lo más probable. Deberíamos haber tenido mejor criterio; deberíamos haber sido más pacientes. Tal vez si nos hubiéramos acercado a Obito a través de los canales adecuados —por medio de Ibizu, por ejemplo—, él se habría puesto de nuestro lado. Pero Hinata y yo nos vimos arrastrados por una urgencia cercana a la desesperación, pues éramos conscientes de que podíamos morir en cualquier momento.
Por ello, nos casamos unos días más tarde ante el santuario, a la sombra de los árboles que rodeaban la tumba de Jiraiya. Al cumplir su voluntad, también desafiábamos todas las normas de nuestra casta. Podría decir en nuestra defensa que ninguno de los dos había tenido una infancia normal. Ambos habíamos escapado, por razones diferentes, al rígido entrenamiento en la obediencia al que son sometidos los hijos de la mayoría de los guerreros. Ello nos daba libertad para actuar a nuestro antojo, pero los importantes señores de nuestra casta nos iban a hacer pagar por ello.
El tiempo seguía siendo cálido gracias al viento del sur. El día de nuestra boda los cerezos habían florecido por completo y mostraban una masa de tonos rosas y blancos. Neji, su lacayo, habló en nombre de Hinata, como su pariente más cercano. Acompañada por la doncella del santuario, ella —que vestía una túnica roja y blanca que Manami había logrado encontrar— se aproximó hasta mí; su belleza tenía algo de intemporal, como si Hinata fuera un ser sagrado. Yo pronuncié mi nombre, Sennin Naruto, y proclamé a Jiraiya y al clan Sennin como mis ascendientes. Intercambiamos las rituales copas de vino, tres veces tres, y mientras se estaba realizando la ofrenda de las ramas sagradas una repentina ráfaga de viento arrojó sobre nuestras cabezas una lluvia de pétalos blancos.
Podríamos haber considerado este hecho como un mal augurio, pero aquella noche, tras el banquete y las celebraciones, cuando por fin Hinata y yo nos encontramos a solas, no pensamos en presagio alguno. En Amegakure habíamos hecho el amor de forma entregada y desesperada, pues estábamos convencidos de que moriríamos antes del amanecer. Pero en la noche de nuestra boda, protegidos tras los muros de Kusagakure, tuvimos tiempo para explorar nuestros cuerpos, para amarnos sosegadamente. Además, Sakura me había instruido en el arte del amor.
Hablamos sobre lo que habíamos vivido desde que nos habíamos separado; en particular sobre nuestro hijo. Pensamos en el alma de la criatura, de nuevo lanzada al ciclo de la vida y la muerte, y rezamos por ella. Le conté a Hinata mi visita a Myoboku y mi huida a través de la nieve. No le mencioné a Sakura, de la misma forma que ella tampoco me reveló algunos de sus secretos, pues aunque me habló brevemente sobre Ōtsutsuki, no entró en detalles sobre el pacto al que habían llegado. Yo sabía que el noble le había entregado grandes cantidades de dinero y comida, y tal circunstancia me preocupaba, pues me hacía pensar que, al contrario que Hinata, él daba por hecho que el matrimonio se iba a celebrar. Un escalofrío me recorrió la espalda y, por un instante, pensé que podía tratarse de una premonición, pero alejé tal pensamiento de mi mente porque no quería que nada enturbiara mi felicidad.
Me desperté hacia el amanecer y encontré a Hinata dormida entre mis brazos. Su piel era blanca y aterciopelada, fresca y cálida a la vez. Su cabello, tan largo y espeso que nos cubría a los dos como si de un manto se tratara, desprendía el aroma del jazmín. En el pasado yo había considerado a Hinata como la flor de las cumbres, imposible de alcanzar; pero ahora estaba a mi lado, ya era mía. Mientras asimilaba aquella nueva realidad, el silencioso mundo de la noche permaneció inmóvil a mí alrededor. Los ojos se me llenaron de lágrimas. El reino celestial era bondadoso; los dioses me amaban: ellos me habían entregado a Hinata.
Durante los días siguientes la vida nos sonrió. El tiempo era cálido y soleado, y todos los moradores del templo parecían encontrarse felices por nuestra causa: desde Manami, cuyo rostro se iluminó de alegría cuando nos trajo el té la primera mañana después de la boda, hasta el abad, quien continuaba entrenándome y se burlaba de mí despiadadamente cuando me descubría bostezando. Siguiendo la costumbre, un reguero de personas ascendió la montaña para traernos regalos y felicitarnos por nuestro matrimonio, como habrían hecho los habitantes de Uzushiogakure.
Tan sólo Bee mostraba una actitud diferente.
—Disfruta al máximo de tu alegría —me advirtió—. Estoy contento por ti, créeme; pero me temo que no durará.
Yo ya sabía de lo efímero de la felicidad: Jiraiya me lo había enseñado. «La muerte llega de repente; la existencia humana es frágil y breve», me había dicho al día siguiente de salvarme la vida en Uzushiogakure. «No existe plegaria o encantamiento alguno que pueda cambiar su curso». Era la fragilidad de la vida lo que la hacía tan valiosa. Cuanto más conscientes éramos de lo breve que podría ser nuestra dicha, más profundamente felices nos sentíamos.
Las flores de los cerezos empezaban a caer, y los días se alargaban por el cambio de estación. Los preparativos del invierno habían concluido; la primavera daba paso al verano, y el verano era tiempo de guerra. Nos enfrentaríamos a cinco batallas; ganaríamos cuatro de ellas y perderíamos una.
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Y, eso es todo. Aquí termina el segundo libro de la saga "La leyenda de los Otori".
Primero que nada quiero agradecer a todas las personas que se dieron el tiempo de leer dicha adaptación y más de comentar, en serio gracias por seguir la historia y así mismo darme ánimo de seguir con ella hasta el final.
Segundo, les informo que de aquí en adelante la historia original se torna más interesante aun, por lo cual sugiero y recomiendo totalmente leer la saga original y así mismo terminarla, ya que quedan libros hasta poner fin a la historia de Takeo y Kaede (nombres originales de los personajes), los cuales, por obvias razones, no adaptare.
Espero de todo corazón que la trama los haya atrapado y enamorado tanto como a mí, como para que continúen con la historia por su cuenta.
Adiós a todos y gracias de nuevo.
