Porque me gustas

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El brillo en la mirada de Rubí al ver a Zafiro cuando salió de su salón de clases, hizo que Amatista sintiera una sutil punzada de celos. Celos de que Rubí encontrara a alguien que quien mirar con tanto amor como se podía ofrecer a alguien y que este te viera de igual forma, aunque se alegraba por ella, a veces le gustaría que alguien la mirara de esa forma también. Y con "alguien" aún se refería a Perla.

Cuando la pareja quedó de frente, parecieron clavarse al piso de frente un largo momento. No fue una escena típica de parejas en donde, apenas se encontraron se besaron hasta incomodar a todo el mundo. No. Simplemente se quedaron ahí, viéndose fijamente con una enorme sonrisa en los labios, hablándose telepáticamente mientras se tomaban de las manos. Lo más afectivo que se vio fue el enorme abrazo que Rubí le dio a Zafiro.

–¿Qué haces aquí?– por más extraño que pareciera, la pregunta iba dirigida a Amatista –Tienes clase– la peli-blanca desvió la mirada, pensando en que quizá habría sido mejor haberse ido a casa sin pasar a ver a Rubí. Quien era la razón número uno de su perfecto historial de asistencias actual.

–Yo… emh… no me siento bien y…– antes de que en su mente pudiera terminar de formular la excusa, estaba siendo empujada por la castaña en dirección a su salón, a un edificio de distancia.

–Deja de intentar evadir tus responsabilidades, sea lo que sea que vas a decir es mentira– por el contrario de molestarse, se estaba riendo –Ambas sabemos que lo único que quieres es no ver a tu futura esposa– Amatista chilló ante la afirmación, fingiendo sentirse más ofendida de lo que en realidad se sentía.

–Ella no será mi esposa– renegó, perdió el equilibrio y sólo le quedó seguir caminando por su propio pie para no terminar cayendo al suelo –Y no la estoy evitando–.

–¿Ah no? Entonces, ve– Amatista gruñó. Rubí la estaba retando, y Amatista Cuarzo nunca decía no a un reto.

–¡Bien!– avanzó dando pisotones en el suelo, prefirió ir por parte de atrás del edificio para llegar más tarde y que así Perla le negara la entrada por el atraso.

Antes de doblar la penúltima esquina escuchó un golpe, tan fuerte que la hizo respingar.

–¿Cómo pudiste hacerme esto?– reconoció la voz de Perla sin necesidad de verla, se escuchaba encolerizada, incluso más que el día en que se fue –Confíe en ti, creí que éramos… me hiciste…– gruñó varias veces, la escuchó balbucear otras y estaba segura que estuvo a punto de gritar unas cuantas más –No quiero volver a verte, ¿Me oíste?– escuchó sus pasos sobre el pasto al alejarse, incluso más molestos que los de ella cuando Rubí la mandó a clase.

Amatista miró de reojo a quien le había gritado y se sorprendió como nunca al ver a Peridot en el suelo, con la mejilla totalmente roja y lágrimas formándose en sus ojos. Una parte de ella le decía que fuera a auxiliarla pero, otra parte le decía que no era asunto suyo. Al final, se fue de ahí.

Dio la vuelta corriendo para llegar al aula, subió las escaleras y se encontró a Perla en el umbral del salón, aun sin entrar. Los tenis de Amatista chillaron en el momento menos oportuno y la pelirroja volteó. Mientras la morena avanzaba, Perla mantuvo la mirada sobre ella, viéndola con aquellos tristes ojos que derretían a Amatista y la hacían querer hacer lo que fuera para que desaparecieran. La vio entreabrir los labios cuando se acercó lo suficiente y, despegando la vista de ella con toda la fuerza de voluntad que tenía, Amatista entró sin detenerse a escuchar lo que sea que tuviera que decir.

Dio rápidos pasos hasta su lugar y se sentó. Volteó a su lado para intentar hablar con Lapis, a falta de Rubí, pero ella no estaba en su asiento y, cuando vio a Perla entrar un minuto después, supo que no estaría en la clase ese día.

Gran parte de los alumnos se dieron cuenta que algo raro pasaba con su maestra durante la clase; se le veía ausente, cometió varios errores ortográficos y de vocabulario a la hora de explicar algo, ¡Incluso los dejó salir veinte minutos antes! Lo cual no era propio de ella pues, por lo general, alguien tenía que tomar el valor para decirle que la clase había acabado.

Al ser la última clase, los alumnos salieron de ahí tan rápido que parecía un simulacro de incendios. Amatista, por otro lado, no se decidía si acercarse a Perla y preguntarle si estaba bien o irse y dar por sentado que había sido todo a causa de la pelea que había tenido con Peridot y que, al día siguiente, volverían las clases a la normalidad. Como consecuencia, terminó siendo la última en irse, cosa que había estado evitando desde el inicio de curso.

–Amatista– el escalofrío que recorrió su columna vertebral le hizo imposible el seguir caminando, pero tampoco podía voltear. Era como una piedra estancada en la puerta –¿Podemos hablar un momento?– la súplica se hallaba impregnada en su voz.

–Emh… ¿Claro?– como el divino ser llamado Dios le dio a entender, y con todo el cuerpo hecho un enorme nudo, se dio media vuelta, quedando frente a Perla; la pelirroja seguía en su asiento, con las piernas y manos cruzadas, mientras veía a algún punto de la habitación, parecía indecisa sobre lo que iba a decir.

–Verás, hoy hablé con Peridot y confesó haberme mentido…– en una fracción de segundo, todo el nerviosismo que sentía ante su voz se esfumó al captar por dónde iba la conversación.

–Señorita Hillwhite– por primera vez en su vida, le habló tan distante que Perla se desconcertó –Sobre lo que quiere hablar, ¿es un asunto personal o escolar?–.

–¿Qu…? Personal, por supuesto, no tengo nada extraordinario en lo escolar que tratar contigo– aclaró.

–Entonces no voy a tener ésta conversación– volvió a dirigirse a la salida, esta vez sin ninguna intención de detenerse.

–Amatista, espera– la escuchó llamarla –Amatista, por favor– esta vez su voz se escuchó en el vacío pasillo –Amy– escuchó su último intento al dar vuelta en la esquina y bajar por las escaleras.

A esas alturas, sus ojos ya le escocían y sólo esperaba llegar a casa para llorar como su cuerpo se lo pedía. Salió de la universidad a pasos agigantados y cruzó las cuadras con un par de atropellamientos casi dados. Cuando llegó al departamento, azotó la puerta al entrar y se dejó caer al suelo con tanta brusquedad que le dolió el trasero. Sin fuerzas para levantarse, terminó llorando ahí.

–¿Amatista?– la voz de Zafiro la tomó por sorpresa y luego recordó que se quedaría a pasar la noche –¿Estás bien?– sintió su pequeña mano sobre su cabellera, acariciándola.

–Rubí?–.

–Fue a comprar algo de comer– respondió. La ayudó a levantarse y, a torpes pasos, llegaron al sofá.

Perdiendo toda vergüenza, se lanzó a llorar a los brazos de Zafiro, al no tener a Rubí cerca y ya no pudiendido contenerse más. A pesar de que Perla no dijo prácticamente nada, sabía lo que iba a decir; iba a disculparse por haberse ido, a decirle que ahora que había tenido la pelea con Peridot había abierto los ojos y se había dado cuenta que se había alejado por el engatusamiento de la rubia. Iba a pedirle perdón por dejar de ser su amiga por su, al parecer, ahora ex novia y pedirle que fuera su hombro para llorar en ese momento. Y era justamente eso lo que a Amatista le dolía tanto, el que quisiera volver a ella ahora que Peridot había dicho la verdad. Rabia y dolor no eran una buena mezcla, lo sabía, pero eran todo lo que podía sentir en ese momento.

–La… odio– alcanzó a decir con el hipo que la invadió.

–¿Odias? ¿A quién?– Zafiro intentó encontrar su rostro entre la maraña de pelo que lo cubría.

–A Perla– cuando halló su mirada, pareció atónita al ver los vacíos ojos violetas viendo la nada –Yo la...– Zafiro la abofeteó sin dar motivo.

–No lo haces– contradijo –La quieres y por ello, lo que sea que te haya hecho, te duele tanto. Sólo tratas de dejar de sufrir, pero decir odiarla no es la solución– Amatista se levantó tan súbitamente que su cabeza comenzó a palpitar.

–¡¿Tú qué sabes sobre lo que siento?! ¡No me conoces!– levantó la mano, dispuesta a devolver el golpe, pero algo la detuvo. Mejor dicho alguien.

–¡Wow! ¿Qué está pasando aquí?– a pesar de la calma con la que hablaba, Rubí se veía dispuesta a entrar en una pelea a puños con Amatista de ser necesario.

–Nada– fue Zafiro quién respondió –Creo que me iré por hoy– a Rubí se le notaban las ganas y disposición de replicar, pero no logró hacerlo –Y tienes razón, no te conozco. Pero eso no significa que no entiendo por lo que estás pasando– hizo el intento de hacer su flequillo a un lado, pero este terminó volviendo a su lugar a causa de que era demasiado corto como para quedarse tras su oreja. Amatista no hizo nada por disimular su desconcierto.

Por los cinco segundos que vio los ojos de Zafiro, el izquierdo la remarcaba la molestia que sentía con ella, mientras el derecho estaba totalmente cerrado, con una enorme cicatriz que lo cubría casi por completo llegándole incluso a la ceja. La rubia se fue, dejando a Amatista con la incertidumbre del por qué había hecho eso. ¿Cuál era su punto al enseñarle esa terrible cicatriz? ¿Acaso trataba de hacerla sentir mal por gritarle?

Cuando volvió a la realidad, Rubí había cerrado la puerta, dejando salir un suspiro tan grande que hizo eco en la habitación. Los pasos de la menor se escucharon hasta quedar frente a Amatista; con los brazos en jarra y las mejillas infladas, Rubí parecía pedir una explicación sin hablar.

–Acaso me estás culpando de lo que acaba de pasar?– la castaña asintió –Ella lanzó el primer golpe– ambas se cruzaron de brazos y se miraron fijamente –No tengo tiempo para esto– bufó y le dio la espalda.

–¿A dónde vas?– exigió saber, en un grito lleno de molestia.

–¡A hundirme en mi miseria!– respondió antes de cerrar de un portazo su puerta.

Se lanzó de lleno sobre su cama y, apenas se acomodó, el teléfono en su bolsillo sonó. A pesar de aparecer como número desconocido, sabía perfectamente a quien pertenecía. Colgó sin pensarlo dos veces y lo dejó resbalar de sus dedos. Volvió a sonar y el mismo número apareció en la pantalla y, esta vez dudado un poco, volvió a colgar. Sonó una vez más apenas lo dejó caer, y en esta ocasión ni siquiera lo tocó; sabía que era débil y terminaría por contestar. Se cubrió la cabeza con la almohada mientras el mismo tono sonó otras cinco veces más.

Harta de escucharlo, lo tomó con brusquedad y, antes de razonar correctamente, contestó.

Amatista– la voz de Perla se escuchaba aliviada –Hay algo importante que tengo que decirte– la peliblanca seguía en shock, sin saber que decir. El enojo que sentía la azotó de golpe y, cuando terminó de tomar aire para gritarle que se pudriera en el infierno, el teléfono había desaparecido de sus manos.

–Amatista no está en condiciones de contestar por ahora– Rubí se lo había arrebatado antes de que se diera cuenta y colgó.

–¿Qué crees que haces?– el enojo se le resbaló del cuerpo y sólo quedó un brusco tono.

–Zafiro me llamó y me dijo que no te dejara cometer ninguna estupidez– explicó a la par que se sentaba en la esquina de la cama –Me explicó más o menos lo que había pasado, y me pidió que me disculpara por ella, no quería abofetearte–.

–¿Ah no?– casi podía escupir veneno en ese punto.

–No, se reflejó tanto en ti que no pudo evitarlo– Rubí lucía tan melancólica que le quitó todas las ganas de reclamar –No siempre nos quisimos, ¿Sabes?– rio sin ganas de hacerlo –De hecho, hubo un tiempo en el que ni siquiera soportábamos vernos. En ese entonces yo era una completa estúpida y no lo entendí hasta que…- suspiró para darse valor de decir lo que pasaba por su mente –Hasta que mi estupidez la llevó a tener esa marca– señaló su propio ojo derecho.

–Espera, espera, espera… ¿Estás diciéndome que tú le hiciste eso?– Amatista aun no podía procesarlo.

–Provoqué los acontecimientos que la llevaron a eso– aclaró –Luego de eso, ella me odió, me odió tanto que casi podía jurar que lo hacía más que yo misma– se descubrió la pulsera que llevaba en su brazo desde el día en el que la conoció y vio la marca en su muñeca, tan larga y clara que no quedaba duda de cómo se la había hecho –intenté acabar con mi sufrimiento, por suerte no soy buena suicidándome, así que fallé rotundamente– trató de quitarle seriedad al asunto riéndose, pero eso no quitó la expresión de Amatista –Al final, lo resolvimos, y ambas nos arrepentimos de muchas cosas. El punto de decirte esto es, no sé qué pasó entre ustedes dos, pero sea lo que sea, si actúas con el enojo corriendo por tus venas, sólo harás y dirás cosas que, cuando todo se tranquilice, tendrás tantos arrepentimientos que sentirás que nunca será suficiente para disculparte–.

–¿Entonces qué hago?– se sobó el rostro con brusquedad, sin saber qué respuesta esperaba obtener.

–Por ahora, sugiero que mantengas tu distancia por el bien de ambas y, cuando sientas que es momento de hablar, hablen- Amatista dejó de verla para, mientras veía su cama, procesar lo que le estaba diciendo.

-Gracias, Rubí- sonrió más tranquila –No sé cómo agradecerte-.

-Nada de "no sé"- una vez la tensión se perdió del ambiente, se lanzó sobre ella, aplastándola por completo –Si luego de esto no me haces tu madrina de bodas, voy a enojarme mucho- aseguró mientras Amatista replicaba por su peso.

-No vamos a casarnos- negó de nuevo, como cada vez que lo afirmaba desde que supo que estaba enamorada de Perla.

-No si sigues de testaruda- rodó para quedar acostada a su lado –No importa por qué peleen, todo se resuelve con una buena charla… y sexo- ni bien terminó de reírse cuando Amatista estrelló la almohada sobre su cara.

-Eres una idiota- afirmó, más feliz que nunca que fuera ella quien respondió a su anuncio de compañera y no alguien que la dejaría hundirse en el enojo.

Sí... Bueno... A todos nos ha pasado que se nos va de largo actualizar, ¿No? ñ.ñU

Disclaimer: Los personajes de Steven Universe no me pertenecen, son de Rebecca Sugar. Yo sólo me dedico a amarlos y explotarlos en fanfics.

Hasta pronto.