Capítulo 10

Era sorprendente ver a Harry más alegre y mucho más despeinado que cuando había salido de la habitación hecho una furia. En algún momento durante su excursión había perdido el abrigo y el chaleco. Llevaba el fular anudado descuidadamente alrededor del cuello y media camisa por fuera, desabrochada por el cuello. Por extraño que fuera, este conjunto desaliñado le sentaba bien, le daba un estilo gallardo reservado habitualmente a los piratas y príncipes perdidos.

Llevaba el pelo leonado echado hacia atrás como si no hubiera parado de pasarse los dedos por él. Hermione apretó los labios. Confiaba, por el bien de él, en que sólo hubieran sido los dedos de Harry .

Como si le leyera el pensamiento, él agitó la botella en el aire.

—Espero que no te importe, pero he pagado unas rondas a los muchachos en el bar. Por supuesto, tendrás que pasar cuentas con el posadero mañana. —Se llevó un dedo a los labios como si protegiera un secreto inconfesable, antes de susurrar—: Mi monedero está un poquito vacío y mi crédito no es el deseable.

—Pensaba que ibas a traer la cena.

—Y eso he hecho. Ésta es tu cena —dijo tirándole la salchicha.

Hermione la atrapó con torpeza, sin saber bien como manejar aquella cosa. Tenía unos buenos veinticinco centímetros de largo y varios de grosor y parecía más amenazadora que apetecible. Si un intruso irrumpía en la habitación, podría usarla para dejarlo inconsciente.

—Y ésta es mi cena —concluyó Harry , torciendo la botella de whisky para llevársela a los labios y dando un buen trago al licor ámbar.

—Creo que ya has cenado bastante por hoy —comentó Hermione.

Como si quisiera darle la razón, Harry dio un paso decidido hacia la cama y luego empezó a tambalearse a la derecha.

Frunció el ceño.

—¿Soy yo o este camarote escora a estribor?

Arrojando la salchicha a un lado, Hermione se puso en pie como pudo y se apresuró a acudir a su lado. Le rodeó la espalda con el brazo y se metió debajo de su hombro para impedir que se cayera.

Apoyándose en ella, Harry enterró la cara en sus rizos sueltos e inspiró hondo.

—Sin duda eres el grumete más guapo que he visto en la vida.

—Bien, al menos no tengo bigote —replicó con sequedad, quitándole la botella de la mano y dejándola sobre la mesa antes de arrastrarle hacia la cama. Harry encontró su nuca con los labios y empezó a acariciarla con la boca impidiéndole concentrarse.

Para cuando pudo zafarse de él y echarlo sin ceremonias sobre la cama, Hermione también empezaba a sentirse un poco achispada.

Antes de que pudiera retroceder y situarse fuera de su alcance, él le cogió la mano con firmeza, tiró de ella y la hizo caer encima suyo, proporcionando a Hermione una visión clara de la bruma de vello dorado que había empezado a oscurecer su mandíbula.

—El barco da vueltas —dijo con solemnidad—. Ve a decir al capitán que nos hemos metido en un remolino.

—El barco no da vueltas, tu cabeza sí. Cierras los ojos y parará.

Obedeció.

—Mmm... tienes razón. Así está mucho mejor.

Hermione tenía razón en otra cosas. El tamaño de la cama no permitía que dos ocupantes yacieran uno al costado del otro. Pero tenía la medida perfecta para que ella se estirara encima de Harry . Con los muslos colocados a horcajadas sobre la cadera de él, la muchacha amoldó la blandura de sus senos a los contornos musculosos de su torso.

Podría haber protestado cuando Harry le rodeó la cintura con el brazo, pero por una vez no había atisbo de intención lasciva. Parecía muy satisfecho sólo con permanecer abrazados. Hermione vaciló por un momento, luego descansó la mejilla con cautela en su esternón, saboreando en secreto la novedad de que la abrazaran, en especial él.

—Cuando sólo era un chiquillo —murmuró él mientras le frotaba la espalda con perezosos círculos a la altura de la cintura—, mi madre solía decirme que mi cama era un barco grande y que la noche era el mar. Me prometía que, si cerraba los ojos, enseguida estaría navegando por todo tipo de aventuras magníficas.

Hermione levantó la cabeza, contemplando con atención su rostro. Una débil sonrisa curvaba los labios de Potter, pese a mantener los ojos cerrados.

Sabía que no estaba bien aprovecharse de su estado embriagado, pero ¿qué daño podía haber en mantener una conversación que probablemente no recordara por la mañana?

—¿Cómo era? —preguntó bajito—. ¿Tu madre?

Él suspiró.

—Bondadosa y guapa, con ingenio malicioso y corazón generoso. Tenía varios amantes, por supuesto. Siempre habrá algún hombre que considere a las bailarinas de ópera poco más que fulanas. Por desgracia, mi padre era uno de ellos. Pero la subestimó. Podría ser hermosa, pero también era espabilada. Lo bastante espabilada como para llevar a un abogado una sortija de sello que mi padre le regaló en un momento de pasión, para que tras su muerte no le quedara otra opción que reconocerme como hijo suyo.

—¿Cómo murió?

Harry se encogió de hombros sin abrir los ojos.

—Una tos persistente. Una noche de tormenta. Sin dinero para ir al médico. Por trágico que suene, tenía todos los elementos de una farsa clásica.

—Tienes que haberla echado muchísimo de menos.

Harry hizo un gesto de asentimiento.

—Pese a sus muchos errores, era una buena madre. Por muchos hombres que se llevara a la cama, dejaba claro que yo era el amor de su vida. —Una sonrisa encantadora tiró de la comisura de sus labios—. Supongo que heredé de ella mi «pasión por la pasión».

Hermione consideró sus palabras durante un momento.

—¿Crees que buscaba la pasión en los brazos de todos esos hombres... o el amor?

Harry abrió los ojos, sin el menor indicio de mofa en su adormilada mirada verde.

—¿No son la misma cosa?

—Sólo si tienes mucha suerte —susurró Hermione, comprendiendo demasiado tarde que sus labios estaban a una mínima distancia de su boca.

Harry deslizó bajo sus rizos una gran mano cálida y le tomó la nuca con la palma. Ella pestañeó hasta cerrar los ojos mientras acercaba su boca, que él se entregó a explorar con sus propios labios. Jugueteó cuidadosamente con la lengua sobre los labios pegados de Hermione, antes de adentrase lo suficiente y acabar con todas las inhibiciones que ella pudiera mantener. Su beso sabía a whisky y a pecado, y a todos los deleites oscuros que un hombre y una mujer pudieran experimentar en las horas solitarias de la noche.

Recordándose que además se trataba de un encuentro que Harry habría olvidado por la mañana, le devolvió el beso con todo el anhelo contenido de su alma. En ese momento, poco le importaba si él buscaba pasión o amor o sólo una emoción pasajera, mientras lo buscara en sus brazos.

Hermione se acomodó encima de él con una liviandad poco elegante, a horcajadas no sólo sobre sus caderas sino también sobre la persistente protuberancia que estiraba el tejido suave como la mantequilla de sus pantalones. Harry , soltando un juramento en voz baja dentro de su boca, arqueó las caderas levantándolas de la cama, obligando a su desposada a cabalgar a un compás que imitaba el ritmo dulce y lento de la lengua deslizándose en su boca. El movimiento provocó una cascada de escalofríos de deleite en la profundidad de su matriz. El lino almidonado del camisón y la napa de los pantalones sólo servían para resaltar la deliciosa fricción entre ellos.

La cama era un barco alto, la noche era el mar, y él era la magnífica aventura que la arrastraba por el remolino de sensaciones del que no deseaba escapar.

Mientras esos temblores de placer se acumulaban, amenazando con desbordarse y enredarla en el éxtasis, Hermione oyó un quejido desgarrador que habría jurado que era suyo. Hasta que luego llegó un golpeteo rítmico que hizo temblar toda la pared pegada a la cama, y a continuación un alarido maullante que le puso los pelos de la nuca de punta.

Aún sentada a horcajadas sobre Harry , se incorporó sobre las rodillas. Su alarma apagó el deseo como un cubo de agua helada.

—Por todos los cielos, ¿qué ha sido eso? ¿Crees que están asesinando a alguien? ¿Deberíamos alertar al posadero?

—Sólo si incitar a le petit mort se considera un crimen. —Rodeándole las caderas con un brazo para que no se cayera, Harry se sentó y pegó el oído al muro—. Si no me equivoco, creo que se trata de nuestros ansiosos amiguitos de la fragua.

—¿Cómo lo sabes?

Torció la cabeza hacia la pared.

—Escucha.

Hermione ni siquiera tuvo que pegar la oreja para oír el gemido apasionado de «¡Oh, Isabella!», seguido de un grito penetrante de «¡Oh, Edward!»

—Oh, diablos —soltó Harry —. ¿Cómo demonios se supone que vamos a dormir con ese jaleo durante toda la noche?

Resultó que lo de toda la noche era un cálculo optimista. Tan sólo unos segundos más tarde, Edward rugió como un toro mientras Isabella alcanzaba una nota vibrante digna de un aria operística. A continuación se hizo un silencio de dicha. Por lo visto los recién casados habían perecido de forma simultanea.

Harry y Hermione acababan de soltar un suspiro conjunto de alivio cuando los golpes y gemidos se reanudaron, incluso con más vigor que antes.

Harry se cayó de espaldas con su propio quejido.

—¡Oh, quien tuviera veintidós años otra vez!

Hermione negó con la cabeza llena de consternación.

—No puedo creer que estas paredes sean tan finas. —Pero un pensamiento aún más terrible le vino a la cabeza—. De modo que si nosotros hubiéramos... ¿nos habrían...?

Harry asintió mientras la observaba desde detrás de las largas pestañas que descendían poco a poco.

—Cada gemido, cada suspiro, cada sílaba de mi nombre pronunciado a gritos, suplicándome que...

Hermione le tapó la boca con la mano.

—¿Qué te hace pensar que yo iba a ser quien suplicara?

Notó que él sonreía bajo la mano. Luego Harry se dio la vuelta e invirtió con habilidad las posiciones de tal manera que ella quedó aprisionada bajo su largo cuerpo musculoso. Enlazando sus dedos con los de Hermione, le sujetó las manos a ambos lados de la cabeza.

—Dame diez minutos de tu tiempo y te lo enseñaré.

Observándola con ojos relumbrantes como fragmentos de esmeralda, y con el peso duro y ansioso de sus caderas acomodado entre sus muslos, era un desafío casi imposible de resistir. Pero estaba muy borracho, se recordó Hermione. Cuando estuviera sobrio se levantaría de la cama sin echar una mirada atrás.

—Como bien te apresuraste a recordarme antes —dijo en voz baja— te contraté para que te casaras conmigo, no para que te acostaras conmigo.

La mirada de Harry se oscureció, advirtiéndole de que no estaba en posición de acosarle. Sólo tenía que sujetarla con una mano mientras abría la bragueta de sus pantalones y le levantaba el camisón para que no se interpusiera en su camino. A Hermione le picaba el orgullo saber que en algún rincón oscuro, perverso, de su corazón, casi deseaba que lo hiciera. Ni siquiera tendría que ser brusco con ella, unas pocas caricias ingeniosas con sus dedos diestros y estaría cantando un aria que haría sonar a la joven Isabella en el cuarto de al lado como una verdulera pregonando sus mercancías en los muelles.

—Tienes toda la razón —dijo él finalmente, soltándole las manos y volviéndose de costado. Se apoyó en un hombro y le dirigió una mirada—. Y ya que parece que no voy a recibir compensación por ningún servicio, debería intentar buscar clientes donde me quieran.

Hermione se apartó de Harry para no dejarle ver cuánto le deseaba. Ya se estaba haciendo a la idea de pasar una noche miserable envuelta en su manta escocesa en una de las sillas de duro respaldo, escuchando a Edward y a Isabella proclamándose uno a otro su amor imperecedero, pero antes de conseguir salir de la cama, Harry le rodeó la cintura con el brazo y la pegó a él, amoldando su pecho a la espalda de ella.

—Buenas noches, señora Potter —susurró entre su pelo—, confío en que sueñe sólo conmigo.

Mientras Hermione sucumbía a la tentación y se instalaba en el cálido receptáculo de su cuerpo, descubrió que se había equivocado después de todo. Había sitio para dos personas en la estrecha cama, mientras permanecieran acurrucados como dos cucharas en el cajón de un armario. Aún podía sentir la erección de Harry apretada contra la blandura de su trasero, aún podía oír a Edward y a Isabella montándose como el ganado en la habitación de al lado. Pero estar envuelta en los brazos de Harry pareció relajar la tensión de su cuerpo e hizo posible que se quedara dormida.

Y que soñara con él.

O

Harry se despertó a la mañana siguiente con los brazos vacíos y un fuerte dolor de cabeza. El dolor de cabeza no le era desconocido, y normalmente sentía alivio al encontrarse con los brazos y la cama vacía después de una noche de jolgorio alcohólico. Así se ahorraba los molestos besos de despedida y las peticiones, entre mohínes, de promesas bonitas que no tenía intención de hacer o cumplir. Pero en este momento sus brazos parecían más vacíos de lo habitual: como si le hubieran arrebatado algo precioso sin él tener culpa alguna.

Bajó las piernas para sentarse en el borde de la cama y se obligó a abrir los ojos, gimiendo en voz alta cuando la brillante llamarada de luz los alcanzó. Agarrándose las sienes palpitantes, cerró los ojos de golpe y esperó varios minutos antes de volver a intentarlo con cautela. Esta vez la luz del sol, que entraba por la ventana, le permitió atisbar la botella de whisky abierta, apoyada en la mesa. Sólo quedaba un dedal de licor en ella, lo cual explicaba sin duda el dolor de cabeza, también los brazos vacíos.

Bajó la mirada. Su ropa estaba en un estado terrible, pero aún llevaba puesta la camisa, los pantalones e incluso las botas. Examinó la cama, medio temiendo lo que pudiera encontrar. Las sábanas estaban arrugadas, pero no había ningún tipo de mancha cobriza ni el olor persistente a almizcle en el aire.

Dejó caer la cabeza entre las manos mientras las imágenes de la noche volvían a él como un torrente. Por regla general, el licor le embotaba la memoria, dejándola confusa, poco fiable, pero estas imágenes volvían a él como el eco distante de una canción predilecta: obsesivo e inolvidable. Hermione en sus brazos, a su lado, encima... debajo.

Recordó además un momento oscuro de tentación. Jamás había estado tan cerca de violar a una mujer en su sórdida carrera de libertino.

Y no cualquier mujer, sino su propia esposa.

Harry alzó la cabeza, parpadeando para protegerse del resplandor hasta que el humilde dormitorio quedó enfocado con más claridad. Sus brazos y cama no eran lo único que estaba vacío.

Hermione y todas sus pertenencias habían desaparecido.