EL NORTE OLVIDA
La habitación olía a brasas e incienso, tal y como requería la ocasión. Habían ventilado la cámara, cambiando las sábanas y las toallas y calentado la cama nupcial con una piedra; el ambiente favorecía notablemente el encuentro carnal que tendría lugar aquella noche, aunque el luto de ambos cónyuges empañara su entusiasmo.
Desmond Tully se retorcía nerviosamente las manos.
No sabía por dónde empezar.
La belleza de su prometida le había sobrecogido. "Belleza" quizá no era la palabra; las dornienses eran bellas, así como otras de las mujeres que había visto durante el banquete.
Pero Lyra Stark era algo más que bella. Transmitía fuerza con todos y cada uno de sus movimientos. No necesitaba decir o hacer nada para demostrar que la sangre de los primeros hombres y mujeres corría por sus venas. Sus ojos verdes también parecían hijos del bosque y su boca, de labios finos y rosados, transmitía determinación.
Desmond esperaba a otra clase de mujer, quizá una ruda norteña, como la Mormont que había visitado Aguasdulces como era pequeño, o una doncella anodina. Lyra no era nada de eso.
Y debía saber la verdad.
Fue él quien cerró la puerta tras de sí. Lyra se detuvo junto a la ventana; procuraba disimularlo, pero ella también estaba nerviosa.
Desmond se le acercó por detrás.
Un paso, luego otro, y otro más.
Abrió y cerró las manos un par de veces y, finalmente, le rodeó la cintura con los brazos. Lyra se quedó inmóvil y alerta, como un cachorro de huargo separado de los lobos adultos. Desmond apoyó la barbilla en su cuello, aspiró su aroma y, finalmente, exhaló un profundo suspiro.
– Lo siento.
– ¿Qué sientes? –Lyra replicó al instante.
– Siento lo que voy a decirte. Yo…
Calló.
– ¿Tú…? –la reina se volvió hacia él. Cuando sus ojos se encontraron (castaños los de Desmond, verdes los de Lyra), una chispa saltó entre ellos. Pero no era la chispa de la pasión, sino de la realidad.
Desmond separó los labios, pequeños y rojos, pero Lyra ya sabía la verdad antes de escuchar sus palabras:
– Yo no soy Desmond Tully. Desmond era mi hermano mellizo, el que murió hace poco tiempo. Mi nombre es Shella y me cambié por él para no perder el derecho a heredar Aguasdulces. Soy una chica… y lo siento, de verdad. Sé que nunca podrás perdonarme.
Lyra miraba por la ventana, esperando despertar en cualquier momento.
Sólo que aquello no era una pesadilla. Era real.
Su esposo… ¡era una mujer!
– Tú necesitabas una alianza con las Tierras de los Ríos y yo, con el Norte –empezó a decir Desmond, o Shella, o quienquiera que fuese en realidad su cónyuge–. La boda se ha celebrado y ahora seremos invencibles.
– Eres una mujer.
– ¡No! –Desmond enterró el rostro entre los brazos–. Quiero decir que puedo ser un hombre para ti. De hecho, ya me he acostumbrado a mi nueva identidad. No tengo ningún problema en parecer un chico, ni en comportarme como uno de ellos –alzó la barbilla, caminó hasta ella y la miró con franqueza–. Puedo ser un buen esposo, Lyra. Puedo tratarte como a la reina que eres, delante de los demás y cuando estemos a solas. Mis hombres serán tus hombres y mi vida será tuya, si así lo deseas. Incluso puedo… –de pronto, se ruborizó–. Nunca antes lo he hecho con una mujer, pero sí con hombres y creo que… ¡Sabré complacerte!
– No digas tonterías –murmuró Lyra e hizo ademán de apartarse, pero Desmond (o Shella) le puso las manos en los hombros y la atrajo hacia sí con suavidad.
– No son tonterías –le aseguró y se acercó a ella. Lyra sintió el cosquilleo de su respiración en los labios–. Sólo te estoy pidiendo una oportunidad…
– ¿Para qué? –la joven tragó saliva–. Nunca me darás un heredero.
– Puedo darte cualquier otra cosa que tú quieras –insistió Desmond y le puso un dedo en la barbilla. Lyra se puso tensa, pero él se aproximó todavía más…
… y la besó.
Sólo un roce. Sólo una vez.
– Déjalo –la reina dio un paso atrás. Esta vez, Desmond no hizo nada por retenerla. Parecía abatido–. Necesito reflexionar, ¿sabes? Quiero decir que acabo de enterarme de que mi esposo es una mujer y estas cosas llevan tiempo –se irguió y, de pronto, Desmond comprendió que sería difícil que una reina se conformara con algo así–. No diré nada porque no me conviene perder esta alianza… ni a ti tampoco. Pero no quieras que juguemos a ser la pareja perfecta.
– Está bien, alteza –Desmond agachó la cabeza humildemente–. ¿Preferís que duerma en otra habitación? No tengo ningún problema en…
– No. Ya que no me darás un heredero, hazme compañía.
Lyra se dirigió al tocador y se cambió ella sola. Solía dejar que sus doncellas le echaran una mano, pero no estaba de humor para ver a nadie.
Se quitó el vestido y se puso el camisón. Si se hubiera dado la vuelta, hubiese sorprendido las miradas furtivas que le dirigía su joven esposo… o esposa.
Aquello iba a ser complicado.
