-23 de diciembre, París-

Canadá comienza a bajar del avión con su equipaje de mano y antes de salir se ve reflejado en la puerta, donde las azafatas desean a los pasajeros una feliz estancia en la ciudad del amor. El canadiense les sonríe mientras dice merci, y una de ellas comenta que es bastante mono, y otra se ríe señalando al cuello expuesto del chico. Él se ruboriza, colocándose bien la bufanda, de manera que le tape toooda la garganta.

¿Por qué? Fácil, su querida irlandesa ha dejado bien marcadito su territorio con un enorme chupetón, la muy bestia.

Aún así él sonríe, cual adolescente enamorado. Pensando en su chica pelirroja, en sus ojazos verdes que le hipnotizan, en su melena pelirroja que le hace cosquillas cuando se queda dormida sobre su pecho y en sus pecas. Sobre todo sus pecas, porque las tiene repartidas por todo el cuerpo y a él no le importaría tomarse todo el tiempo del mundo para contárselas una a una. Ay, como se nota que eres de Francia, señor romántico empedernido, porque te iban a dar las uvas del 2017 como quisieras contarlas. Pero no te preocupes, perdonamos el hecho de que nos causes diabetes con tu enamoramiento porque eres Canadá y eres bastante mono.

El chico de las gafas baja definitivamente del avión y también lo hace de su nube cuando Francia le hace un placaje, aunque no demasido bruscos, porque seamos realistas, estamos hablando de Francia y no de América.

Mon petit Canadaaaa—chilla el francés con una voz más aguda de lo que le hubiera gustado, pero le da igual, porque hacía muchísimo tiempo que no veía a su pequeño.

Lo achucha a la vez que habla atropelladamente de lo bien que se lo van a pasar en Suiza, todos juntitos y le da besos por toda la cara como si acabara de llegar de la guerra después de diez años. Y todo el aeropuerto les mira, porque Francia es así de emotivo.

Canadá que está más que acostumbrado a esas muestras de afecto, se limita a reírse y se sujeta con fuerza la bufanda para que no se le vea absolutamente nada del cuello. Porque como papa France se de cuenta lo atosigará hasta llegar al punto en el que no le quede más remedio que revelar la identidad de Irlanda. Y entonces se enterará Seychelles, y si se entera Seychelles se enterará América y si se entera el estadounidense... Se enterará todo el mundo, literalmente y a Inglaterra le dará un infarto o alguna de esas cosas chungas.

Cuando Francia se queda sin cosas empalagosas que decirle lo separa un poco y le toma de las manos, mirándolo con una sonrisa.

—Mírate, ¡pero qué guapísimo estás!

El canadiense agacha la cabeza algo ruborizado.

Merci.

—¡Oh, non!—le toma de la barbilla obligándole a levantar la cabeza—. ¡Nada de merci, mon amour! Te veo radiante. Tienes como un brillo, un algo.

Y el menor se siente incómodo, porque Francia no está exagerando y está siendo sincero. Probablemente si fuera otra persona le hubiera dicho que tiene cara de haber echado el polvo de su vida, pero claro, para Francia el pervertido su dulce y tierno Canadá es un alma inocente y pura, que no tendría sexo aleatorio con cualquier persona. Seguramente tendría que estar muy enamorado y acudiría a él en busca de consejo.

Ay, Francia, si es que como se suele decir: de tal palo tal astilla.

—¿T-tú crees?—pregunta el canadiense comenzando a andar hacia la salida.

Mais oui, mon cheri!

—Bueno, es que tú siempre me ves... con buenos ojos.

''Es que tú directamente me ves, France''.

Francia arruga la nariz y coge la maletita del chico algo molesto, porque odia cuando le insinúa que nadie se percata de su presencia.

—Te veo tal y como eres, Canada. Por cierto, ¿no vas a recoger el resto de tu equipaje?

—Esto... Lo cierto es que eso es todo lo que traigo— explica encogiéndose de hombros.

Una mueca de sorpresa, mezclada con algo de horror aparece en la cara de francés. En efecto, va a montar una escenita dramática en medio del aeropuerto. Disculpadlo, es que para él más no es suficiente.

—¡¿Cómo es posible que SÓLO lleves esto?!

—Es que... Como todo ha sido tan precipitado.

Sacre bleu! Lo sé, mon chéri, pero no sé, el traje se te va a arrugar en esta cosa diminuta y ni siquiera has traído abrigo y...

—¿Traje?

Aunque Canadá suele hablar bajito (y más cuando alguien está en medio de un discursito, porque él es así de educado, ¿qué le vamos a hacer?) Francia tiene el don de poder escucharlo y entender perfectamente lo que dice, de modo que interrumpe su soliloquio y mira al canadiense seriamente.

Oui, traje—alza una ceja—. Porque lo has traído, non?

El joven vacila unos instantes.

—Esto... Non—admite ruborizándose y agachando la cabeza.

El galo suspira, pensando que por mucho tiempo que pase sus colonias seguirán siendo sus pequeños. Mientras le mira con ternura, Canadá se muerde un labio, porque se está imaginando que le presionará y tendrá que acabar diciéndole que no ha traído un dichoso traje porque acaba de venir directamente de la casa de la irlandesa.

Pero en lugar de esa película que se ha montado, el mayor se limita a colocarle una mano detrás de la nuca acariciándole con el pulgar y le dedica una amplia sonrisa que él le devuelve.

—No pasa nada, mon petit soleil. Seguro que encontraremos solución en el armario de papa France—le guiña un ojo.

Je suis desolé.

Non, non. El que tiene que estar desolé es ton frère, ¡mira que organizar todo esto y avisarnos con taaaan poquísimo tiempo!

Abraza al joven de los hombros, poniendo rumbo hacia los aparcamientos mientras despotrica de la poca consideración del estadounidense. Canadá se limita a asentir más tranquilo.

—Es normal que no hayas podido preparar la maleta en condiciones, pero no pasa nada, ¿sabes por qué?—ni siquiera lo deja contestar—. Porque tú estarás guapísimo con cualquier cosa—lo achucha un poco.

—Eso lo dices porque me quieres.

Francia frunce el ceño un poco, indignadito. Saca las llaves del coche y abre el maletero, acomodando el equipaje del chico, que ocupa su lugar en el asiento del copiloto.

—Pues claro que te quiero, y no me gusta que dudes de míiii—hace un pucherito de broma.

Cierra la puerta del coche, una vez se ha abrochado el cinturón y comienza a arrancar el vehículo.

Oui, pero...—el americano duda uno segundos—. Bueno, nada, da igual.

Non, ahora me lo dices. Pero, ¿qué?

—Bueno, también quieres mucho a Angleterre y siempre le estás diciendo que su comida es horrible, que su ropa es horrible, que sus cejas son horribles...

Un rubor aparece en las mejillas del galo, que mira de reojo al chico mientras empieza a sacar el auto del aparcamiento, y casi se come a una viejecita (sabe Dios qué pinta ahí la señora) que está soltando maldiciones, amenazádolo con el bolso.

Quoi?

—France, ¿te has ruborizado?

Non— miente descaradamente—. Es que, no sé de dónde sacas que yo quiero mucho a Angleterre, mon petit. Sabes que nos llevamos como el perro y el gato, ¿te recuerdo que fue él el que me separó de ti y que no conforme hizo lo mismo con Seychelles?

Vuelve a fruncir el ceño, porque realmente le jodió muchísimo que el inglés le quitara a sus pequeñas colonias.

Oui, oui. Lo sé muy bien, France.

—¿Entonces de dónde sacas que yo quiero mucho a Angleterre?—sisea histérico.

—Pues porque tú también le has hecho daño a él—responde como si fuera obvio.

Francia se muerde la lengua, porque es verdad, se han hecho daño mutuamente a lo largo de la historia. Siempre han estado en un continuo ni contigo, ni sin ti.

—No sé qué intentas decirme con eso.

—Pues que... En ocasiones las personas a las que hacemos más daño son aquellas a las que más queremos.

—¿Estás intentando decirme que quiero a Angleterre y que el sentimiento es recíproco?

El canadiense asiente y Francia lo observa de reojo.

—Cuando lleguemos a casa dejaré que descanses después de almorzar. Definitivamente el Jet Lag te afecta muchísimo, mon amour. ¿De dónde sacas esas teorías? Has estado viendo películas de tu hermano otra vez, ¿no es así? No te preocupes, si quieres podemos ver una de las mías antes de coger el avión, recuerdo que Amélie te encantaba.

—Adoro Amélie, pero no intentes cambiarme de tema.

—No pretendía hacerlo—ya, claro.

Canadá le mira con una sonrisita de ''Sí, sí, lo que tu digas. Ahora dime, ¿cuál de los diez dedos de la mano me chupo?''.

—Pero es que no sé de dónde sacas eso.

—Porque eres France y no me creo nada de ese rollo que acabas de soltarme de que Angleterre te hizo mucho daño. Que sé muy bien que te lo hizo—añade cuando observa que el galo va a quejarse—. Pero sé que serías incapaz de odiarle.

—Creo que olvidas quién ayudó a Amerique con su independencia, cher. O quien apoyó a Écosse en sus guerras de independencia, o quien luchó contra Angleterre durante una guerra que duró un siglo, ¿te suena de algo la Guerra de los 100 años?

El joven se sube las gafas y lo mira fijamente.

—Conozco a esa persona como a la palma de mi mano. Es una persona genial, ¿sabes? Es guapo, cocina de miedo y tiene un sentido del gusto exquisito—Francia sonríe ampliamente ante los halagos del chico—. Pero lo que más me gusta de él es que es cariñoso, y no sólo se quiere así mismo, sino que también quiere muchísimo a los demás, incluyendo a Angleterre.

—Has dicho que quiero a todo el mundo, si quiero a todo el mundo Angleterre es sólo...—se humedece un poquito los labios— uno más.

Cejas canadienses que llegan al techo.

—No he dicho que quieras a todo el mundo—protesta riendose un poco—. A no ser que quieras a no ser que incluyas a Russie y Belarus en tu lista de seres queridos.

—¿Perdona? Russie et Belarus están en mi lista de seres muy muy queridos, justo debajo de Autriche—bromea a la vez que el menor niega con la cabeza.

—En ese caso Angleterre no está en ella, non?

Parpadea perplejo y mira al copiloto aprovechando que el semáforo se acaba de poner en rojo. Canadá le mira con una sonrisa, él se limita a arrugar un poco la nariz. Porque es Francia y no le importaría gritar lo mucho que quiere a Inglaterra, pero el problema es que al inglés SI que le importa.

—¿Desde cuándo hablamos tanto de Angleterre en mi casa?

—Una pregunta no es respuesta de una pregunta.

El color verde vuelve a aparecer iluminado en el semáforo y Francia posa de nuevo la vista en la carretera.

—¿Si te digo que Angleterre no está en esa lista dejaremos el tema?

—Sabes que ya no soy un niño que puede conformarse sólo con que le des la razón así como así, ¿verdad?

—Una pregunta no es respuesta de una pregunta—repite el galo imitando su tono de voz.

Touché—responde el canadiense acomodándose en el respaldo de su asiento.

Ambos sueltan una carcajada al unísono.

—Por cierto...

Canadá le mira de reojo, el galo no le está mirando porque a la hora de conducir es muy prudente, pero si que está sonriendo.

—Aunque pasen los años, las décadas y los siglos siempre serás mon petit Canada.

Él cierra los ojos, relajándose y acordándose de lo bien que lo cuidaba Francia cuando era pequeñito. Sonríe al recordar todas sus experiencias juntos.

Je t'aime, France.

Je t'aime aussi, mon petit soleil.

Y Canadá se ríe. Porque por una vez en mucho tiempo no se siente tan invisible, no se siente solo. Porque piensa que cuando llegue a Ginebra allí estará su querida irlandesa. Porque van a ser las mejores Navidades de su vida.

-23 de diciembre, Ginebra-

Los invitados comienzan a llegar a Ginebra, y el pobre Suiza está totalmente drogado. No os preocupéis, Suiza no es ningún yonki, sólo que ha cogido el bote de valium por banda para que no le de un ataque al corazón. Seychelles le ha preguntado a Liechtenstein si quiere ir con las chicas al hotel y la pequeña Lili lo ha dudado unos instantes hasta responder por fin que tendría que preguntarselo a su bruder, que está echado en uno de los cómodos sillones individuales de terciopelo, medio grogui.

Bruder.

—Mmm—apenas puede levantar los párpados.

Seychelles está aguantando la risa desde la puerta, dudando si grabarlo todo para enseñárselo a las chicas, porque ver al helvético en ese estado no es para nada normal.

Bruder, ¿puedo ir con Seychelles al hotel, bitte?

Ja, hotel, ja.

Ja?

Ja? Ja, ja.

La rubia abre los ojos como platos y sonríe ampliamente mientras le da un abrazo de oso a su querido hermanito.

Danke schön!

Liechtenstein, que es una mente pura e inocente, interpreta eso como sí y se gira a la africana dando un saltito, asintiendo frenéticamente con la cabeza. La mayor le guiña un ojo y le muestra los dos pulgares como suele hacer América.

Las dos chicas salen corriendo y dejan al suizo solo, que se desliza por el sillón hasta acabar echado sobre la moqueta, durmiendo a pierna suelta y dejando un chaaarco de babas alrededor de su cara.

—Oye, Seychelles, ¿no crees que mi bruder estaba un poco raro?

—Nah, será por el viaje, England también solía llegar así cuando venía a verme de pequeña. El jet lag, nada que un café no pueda arreglar—le guiña el ojo, agarrándola de la mano para pedir un taxi que las lleve al hotel.

Ja, lo entiendo. Pero se ha olvidado de preguntarme si llevo mi arma y, no sé... Ha accedido muy facilmente.

—Pero la llevas, ¿no?—dice algo nerviosa, mirándola de reojo.

Liechtenstein asiente en silencio.

—¿Quieres que la saque?

—¡NO!—chilla nerviosita—. Es decir, no, Lili. Será mejor que la saques cuando sea realmente necesario.

Ja, tienes razón.

—¡Esa es la actitud, Lils!¡Verás que bien nos lo vamos a pasar!

Y así, una Seychelles muy fiestera y una Liechtenstein preocupada ponen rumbo al hotel que está a puntito de colapsarse.

Volviendo al hotel... ¿A que no sabéis qué? Alemania se ha pedido una de las suites nupcialeeeees, sí esas que las camas tienen forma de corazón y te dejan pétalos de rosas regados por el suelo hasta llegar al jacuzzi del baño.

Australia ha pedido una familiar, que tiene una cama de matrimonio y una litera, aunque probablemente Nueva Zelanda y él acabarán durmiendo en la litera, mientras que Hutt River y Wy se quedarán en la cama de matrimonio, bah, ¿a quién quiero engañar? Wy acabará en el sofá porque Hutt River se pondrá como loco si se entera de que tiene que compartir cama.

San Marino se baja del coche cuando uno de los porteros le abre la puerta. La rubia le dedica una sonrisa al joven y le guiña un ojo, el pobre portero lo flipa un poco porque lo cierto es que esa señora parece una estrella de Hollywood ya madurita. Le indica que su equipaje está en el maletero y se acerca a la entrada del hotel haciendo un ruido bastante gracioso con el impacto de sus tacones Gucci en el suelo. Andorra abre su puerta a lo bestia, casi arrancándole la cabeza a uno de los aparcacoches.

—¡Mira niño, andate con cuidadito a ver si le vas a hacer un bollo!—ladra forcejeando un poco con las llaves, hasta que por fin el jovencito consigue arrebatárselas, digo, hasta que la andorrana se las cede suavemente.

En recepción está Bélgica, organizando la habitación para ella y sus hermanos. Que por cierto acaban de entrar por la puerta principal. Holanda arrastrando sus propias maletas (para no darle propina al botones) y Luxemburgo libre como un pajarillo. El menor se acerca hasta su hermana y la abraza por la espalda, logrando sorprenderla. El holandés rueda los ojos, porque a él el rollo familiar se la suda. Lástima, porque no te vas a librar del achuchón de tu hermanita pequeña.

Luxemburgo se burla un poquito y recibe un codazo con un plus de gruñido.

—Ay, Holland, ¿por qué esa cara tan larga?—pregunta la belga dándole una copia de la llave a cada uno.

—Es la que tiene, zuster—bromea el menor dándole un codacito cariñoso.

El holandés lo fulmina con la mirada.

—¿Tú quieres cobrar otra vez?

—Mira como para a la hora de dar hostias es el más generoso.

Uno de los porteros le abre la puerta a San Marino que se lo agradece con una sonrisita y se la sujeta a Andorra que se aferra a su bolso mirando con desconfianza a TODOS por si acaso intentan robárselo. La andorrana frunce el ceño al ver cómo el joven le abre la puerta (porque en eso consiste el trabajo de un portero) y lo fulmina.

La italiana que ya está en recepción se tira encima del holandés, que se tensa como un palo y sus hermanos pequeño se sobresaltan. Porque la mujer ha dado un chillido agudo que ha hecho que todas las miradas se posen sobre ellos.

Olandaaaa!—lo soba un poquito y el muchacho se revueeeelve—. Ciao!¡Pero qué bellisimo estás!

—San Marino, ¿qué haces aquí?

La rubia se vuelve a Bélgica que está observando la escena con los ojos muy abiertos, flipando de lo lindo. Holanda forcejea tratando de no hacerle daño a la señora, que está agarrándolo cual lapa, metiéndole mano sutilmente y el pobrecito se sonroja hasta la orejas.

Ciao, Belgio! Tú también estás bellisima—suelta al mayor de los hermanos para achuchar a la belga... Y aprovecha para tocarle las tetas.

Bélgica da un saltito de dos metros y no sabe muy bien cómo reaccionar.

—¿Son tuyas o es uno de esos sujetadores con push up?—soba un poco máaaas.

—¡San Marino!¡Por Dios!

Luxemburgo que ha visto cómo ha invadido el espacio de Holanda (aún rojo como un tomate), observa cómo invade el espacio personal de su hermana y abre la boca formando una perfecta O. Joder con los italianos, ¿cómo es posible que Vaticano sea pariente de tales personajes?

San Marino se limita a sonreír y las suelta (gracias a Dios).

—Woah, ¿qué te parece si mañana vamos de compras y nos compramos uno a juego?

Le cierra un ojo y choca cadera con cadera.

WAT?!—chilla la chica cerrándose la cazadora de cuero.

Luxemburgo carraspea y se acerca a la mujer, aunque guarda las distancias porque no quiere ser invadido. Chico listo.

—Oye, San Marino, ¿no era que venías con grootmoeder?

Grootmoeder?!¡No me digas que esa vieja gruñona viene!

Bélgica mira a Holanda con ojitos de cordero degollado. El holandés se encoge de hombros y traga saliva, porque lo cierto es que se ha llevado todo el camino rezando para que se le pinchara una rueda o se quedaran sin combustible a mitad de camino. Lo cierto es que también rezó para que el coche se cayera por un precipicio y nos airbags no se activaran a tiempo, ¿para qué os voy a mentir?

—Ay, sí. Andi estaba dejándole el coche a uno de esos chicos tan guapos de la puerta. Tiene que estar al caer. Por cierto, Lussemburgo, ¡tú también estás bellisimo!—le da un besito muy ceeeerca de los labios.

Al menor le tiemblan las piernas y se le eriza la piel.

—¡¿Pero qué coño crees que haces, eh?!¡Suelta la puta puerta, atontao'!¡Me da igual que sea tu jodido trabajo, niñato!¡¿Qué te crees?!¡¿Qué soy una inútil o algo?!¡Mírame bien, que no estoy manca, joder!¡Sé como abrir una puerta de mierda!

Y esa es la entrada triunfal de Andorra. Dándole bolsazos al pobre portero, que se ha limitado a hacer su trabajo que es abrir una simple puerta y desear que tenga un feliz día. Luxemburgo llora de la risa, Bélgica comienza a hiperventilar y quiere que la tierra la trague y la escupa lejor, muy lejos. Holanda se maldice así mismo por no haber matado a esa señora cuando tuvo oportunidad. Y en cuanto a San Marino...

—Andiiiii—grita con voz cantarina mientras agita la mano en el aire—. ¡Estamos aquí, nena!

Holanda agarra a sus hermanos de las muñecas y tira de ellos para llevarlos a rastras a la habitación, con suerte las dos veteranas ni se den cuenta.

—Ay, pero que suerte tiene la muy zorri—murmura San Marino al ver a Andorra siendo arrastradas por dos guardias de seguridad que según la andorrana... Se parecen mucho a Germania.


Para mí que van a darle mucha guerra al nuestro suizo favorito, ¿un review para brindarle apoyo emocional? xD

TheFreakZone: Los invitados comienzan a llegar a Ginebra, ¡POR FIN! Espero que lo hayas disfrutado y gracias por tu comentario, ¡un abrazo! :D

Saphira Kirkland: Me encanta que este fic te haga reír, porque yo también me río mientras lo escribo xDD Espero que te haya gustado el capítulo y muchas gracias por tu comentario, ¡un abrazo! :D