Tras la lente - Capítulo 10
Cuando cerró la puerta de su apartamento, una sonrisa se instaló en el rostro del español mientras su corazón latía con más celeridad dentro de su pecho. Si lo pensaba con detenimiento, el Antonio que abandonó el piso para ir a cenar a casa de los padres de su compañero de trabajo nunca hubiera imaginado que al regresar sería realmente el novio de dicho hombre. Y, aún así, había tenido muy claro que no podía quedarse de brazos cruzados y que, de alguna manera, tenía que darle a entender que tenía más que interés físico hacia su persona. Tan centrado había estado en sus propios sentimientos que no había visto ninguna de las señales que seguramente el galo habría mandado sin darse cuenta.
El piso de Antonio era todo nuevo y se notaba por lo brillante que estaba el suelo y cada aplique. La obra estaba casi terminando cuando él llegó a París y siempre solía pasear por la zona para verlo. Cuando obtuvo el trabajo en la revista y se dio cuenta de que con sus ingresos tendría suficiente para pagarlo, prácticamente se lanzó de cabeza. La vivienda tenía, en general, paredes lisas de un tono pastel. El suelo se asemejaba al mármol y cada baldosa brillaba, reflejando la silueta de cualquier cuerpo situado sobre él manera tenue. El comedor, con su sofá marrón oscuro de piel, cortinas del mismo color y una mesa blanca y cuadrada para cuatro personas, recibía una gran cantidad de luz durante el día y lo convertía en el espacio ideal para pasar el rato.
El baño destacaba porque rompía la hegemonía; tenía baldosas azuladas y alguna contaba con cenefas con dibujos de peces. Antonio opinaba que hubiera sido mejor de haberse tratado de tortugas, pero de todas maneras aceptaba lo que le había sido entregado. Había un gran mueble, en el que se encontraban repartidos un par de botes de colonia, la espuma de afeitar y las cuchillas, curiosamente recogidas en un vaso en el que también descansaba su cepillo de dientes y la pasta dentífrica. Por último, su habitación estaba bañada en tonalidades grises pálidas que contrastaban con la colcha negra y blanca que cubría la cama de matrimonio. Además del lecho había un armario con puertas correderas de cristal opaco y un cesto de mimbre en el que dejaba la ropa sucia. Dos días a la semana, el hispano tenía contratada una mujer de la limpieza que se encargaba de dejar el lugar como los chorros del oro. Sí, seguramente podía ser capaz de hacerlo él solo si se lo propusiera, pero de esta manera no tenía que preocuparse de planchar la ropa tampoco, tarea que detestaba.
Se desprendió de las ropas, sin importarle dejarlas todas tiradas por el suelo impoluto del baño, y esperó a que el agua saliera del todo caliente. Una vez regulada la temperatura, se metió y se dejó empapar. A decir verdad, le hacía bastante ilusión volver a encontrarse con Francis para salir por ahí a cenar. Ahora que tenía la oportunidad, se preguntaba por qué no lo habían hecho antes. Teniendo en cuenta que lo hacían, pasionalmente, ¿por qué demonios no habían preguntado al otro si le apetecía ir por ahí? En ese mismo instante parecía la cosa más lógica del mundo.
A diferencia de otras ocasiones, Antonio dedicó tiempo a perfeccionar su apariencia: se secó el cabello para no mojar la ropa, se cortó las uñas de los pies, que ya se veían un poco largas y se puso la colonia cara, la que sólo usaba en ocasiones especiales. Atusó la ropa que se había puesto y se miró en el espejo, a conciencia. Sonrió, satisfecho con el resultado, y miró su reloj de muñeca. A pesar de haber tardado más que otras veces, al fin y al cabo aún quedaban más de quince minutos hasta que Francis pasara a recogerle.
Fue hacia la sala de estar y se sentó en el sofá, suspirando con pesadez. Dejó descansar la cabeza contra el respaldo, elevándola hacia el techo, y cerró los ojos. Era curioso el efecto sedante que una ducha caliente tenía en él según la ocasión. En aquella quietud, se quedó traspuesto durante lo que a él le pareció toda una vida y, de repente, pegó un brinco sobre el sofá y miró el reloj, alarmado ante esa sensación. Por suerte, cuando lo examinó, habían pasado a duras penas unos minutos. Miró el teléfono, para asegurarse de que Francis no le había llamado en ese tiempo y, curiosamente, cuando lo volvió a bloquear el timbre sonó. Era antes de lo que habían acordado, así que por un momento empezó a plantearse la posibilidad de que fuera otra persona.
Caminó por el pasillo hasta plantarse en la entrada y abrió la puerta. Al otro lado, radiante, con el cabello rubio ondulado rozando sus hombros, los cuales estaban cubiertos por una chaqueta de traje azul turquesa oscuro, estaba su novio. Debajo de la pieza había una camisa blanca, sobre la que descansaba una corbata de la misma tonalidad. La ropa le estilizaba la figura y sobre su brazo izquierdo había una chaqueta negra, pulcramente colocada para que no se arrugara. El brazo derecho estaba echado hacia atrás, de manera que su mano quedaba tras la espalda. Había tenido un objetivo en mente, pero se le olvidó cuando vio a Antonio, vestido con un elegante traje chaqueta de color negro, que le realzaba las formas. Hinchó su pecho, tomando por la nariz una gran cantidad de aire, y lentamente lo fue expulsando.
— Madre mía... Viéndote así, empiezo a odiar de una manera muy fuerte que vayas de aquí para allá con ese chándal. Con el cuerpazo que tienes y lo bien que te sienta la ropa más entallada, debería ser un crimen que fueras con ropa deportiva.
— Te lo vuelvo a decir, no quiero que se me queden mirando demasiado —explicó después de reír—. Ahora me dará menos reparo porque iré con mi novio y espero que eso les ahuyente.
Sería mentir que cuando le escuchó decir aquella palabra no se le murió algo por dentro. Por mucho que en el fondo fuera consciente de que no lo había soñado, que realmente estaban saliendo juntos, escucharle decir a Antonio que eran novios le provocaba un cosquilleo que precisamente no le dejaba indiferente. La mano izquierda se desplazó hasta capturar la mano derecha de Antonio en la suya y la acercó hasta sus propios labios. El hispano le observó, curioso, notando un nerviosismo en su estómago ya que no estaba acostumbrado a todos aquellos mimos. Pero sus sorpresas no se terminaron en ese momento ya que la mano que había permanecido escondida tras el cuerpo del francés por fin hizo acto de presencia y aguantaba, con cuidado, entre sus dedos, una hermosa rosa roja que le tendió.
— Es para ti, para que sepas lo mucho que me gustas —le dijo Francis, con una sonrisa confiada. Le encantaba poder leer ese desconcierto en Antonio. Había logrado su objetivo, sorprenderle. Como el hispano aún no parecía ser capaz de arrancar y decir cualquier cosa, el rubio se rió y se la acercó directamente. Sabía que no se pincharía ya que había pasado un rato en casa cortando con precaución las espinas.
En aquel momento, con el tallo de la flor rozando su mano, a Antonio no le quedó otra que cogerla. La sujetó con cuidado con las dos manos y la examinó curioso. Le llamaba la atención ese color rojo perfecto e impoluto y no pudo resistir las ganas de acercársela a la nariz para ver si olía. No tenía ningún aroma especial, intenso, agradable, era más bien algo vago, artificial. Aún así, el roce de los pétalos contra la nariz le produjo un cosquilleo que le gustó. Los ojos verdes por fin abandonaron la flor y ascendieron hasta posarse en el francés, que le miraba con expresión enternecida, demasiado contento al ver el efecto que una simple rosa había tenido en el español. Al saberse observado, Fernández sonrió, con un poco de timidez.
— Gracias, me gusta mucho —se inclinó y besó la mejilla del rubio, cálidamente—. Es la primera vez que me regalan flores, no me lo esperaba.
— ¿Eh? ¿Nunca te han regalado flores? No me puedo creer que el mundo sea tan injusto. Que a una persona tan maravillosa como tú nunca le hayan ofrecido una flor me parece que tiene delito. Te mereces más que una simple rosa. El próximo día, te traeré un ramo.
— No hace falta —dijo risueño el hispano—. La cantidad no eclipsa la calidad. Me gusta demasiado la rosa que me has regalado y poco me importa que sea una sola —confesó mirando de nuevo la flor—. Voy a dejarla en un vaso con agua, no quiero llevarla toda la noche encima y que se ponga mustia. Pasa, como si estuvieras en tu casa.
El hispano viró sobre sus talones y a paso decido emprendió la marcha hacia la cocina. Su única idea en mente era dejar la rosa a salvo para que aguantara cuantos más días mejor. Tan rápido fue que, a pesar de habérselo dicho, a Francis le costó unos segundos y valor adentrarse en ese piso. Le daba la sensación de que, aunque había sido invitado, estaba invadiendo la privacidad del español. Aún así, la curiosidad le podía así que a medida que iba caminando por el pasillo, miraba de izquierda a derecha, admirando todos los detalles que podía. Algunas puertas estaban cerradas y no pensaba abrirlas, porque eso ya sería pecar de cotilla, pero las habitaciones que estaban entreabiertas fueron centro de su atención. Llegó pronto a la cocina, la cual localizó por la luz y se asomó para ver al modelo colocando la flor, con delicadez, dentro del vaso. Sonrió con cariño y se acercó a él. Sus brazos, incapaces de mantenerse en su sitio, rodearon la cintura de Antonio desde detrás y apoyó su cabeza contra la del hispano.
— Me alegra ver que te ha gustado. No las tenía todas conmigo, te seré sincero. Por un momento empecé a tener dudas y pensé que me ibas a decir que era un regalo para chicas y que no te comprara más flores —dijo Francis, en un tono de voz íntimo.
— Te voy a ser sincero, creo que hasta este momento no estaba seguro de si me iba a gustar que alguien me regalara flores, menos un hombre, pero ahora puedo decir con total seguridad que si me regala flores mi novio, me voy a sentir contento.
Se volvió a pronunciar la sonrisa del francés al escucharle decir eso, ladeó el rostro y besó su sien. No sabía qué tenían todas y cada una de las acciones que ese español realizaba, pero le traían de cabeza. Hasta ahora se habían limitado a charlas, después del sexo pasional, y no se había dado cuenta de que aunque fuera muy extrovertido, en el fondo tenía un punto tímido. La prueba era su reacción con la rosa, que le había parecido tremendamente adorable. Saber que ese hombre estaba saliendo con él, ese hombre tan maravilloso era su novio le henchía de felicidad.
— Venga, vamos al restaurante. Como premio por ser tan adorable, te voy a llevar a un restaurante caro que conozco. Has escogido bien la ropa, no nos dejarían entrar en chándal —se rió al ver el gesto de fingida ofensa que el español había puesto y se apartó, para dejarle caminar a su libre antojo.
— Estoy viendo venir que las bromas sobre el chándal se van a prolongar hasta el fin de los días, ¿me equivoco? —preguntó, con una sonrisa resignada. Como toda respuesta, Francis asintió con la cabeza—. Lo sabía...
Tal y como le había prometido horas antes, Francis le había traído de su casa un casco integral de repuesto con el que contaba, por si al suyo le ocurría algo en un momento dado. Se abrigaron bien, para prevenir coger demasiado frío, y pusieron rumbo al restaurante. Le Meurice se trataba de un Hotel de lujo situado en la Rue de Rivoli. Se encontraba próximo al Jardín de las Tullerias, entre la Plaza de la Concordia y el Museo del Louvre. Además de habitaciones lujosas que seguramente dejarían a los bolsillos de la clase media sufriendo, el hotel contaba con diversas áreas de restauración que estaban abiertas incluso para la gente de la calle. De entre los diferentes comedores y bares que había dentro del edificio, Francis había pedido mesa en "Le Dalí". Se trataba de un salón, cuyas paredes estaban repletas de arcos decorados de piedra, como las columnas de la Grecia antigua. Para rellenar el hueco de estos arcos contaban con enormes cristaleras, que de algún modo propiciaban la sensación de amplitud dentro del restaurante. Antonio fue incapaz de evitar levantar el rostro y observar con asombro, mientras caminaban hacia una de las mesas guiado por un camarero enjuto enfundado en un perfecto traje de tres piezas negro y blanco, hacia el techo. Éste había sido adornado por un mural que recordaba al de las catedrales italianas del renacimiento. Se preguntaban si lo habría pintado alguien realmente o si sería una impresión que se había pegado al techo.
Alrededor del local se disponían innumerables lámparas de pie, que arrojaban una luz agradable, amarillenta. Las mesas estaban ubicadas de manera que no estuvieran excesivamente lejanas pero asegurando que los comensales tuvieran la justa privacidad para que no tuvieran la impresión de estar comiendo con los de la mesa vecina. Encima de ellas había un grueso mantel de tela blanca cuyos picos caían, permitiendo a la persona sentada a éstas cubrir sus piernas por si acaso. En uno de los lados había unas sillas con respaldos recubiertos de piel acolchada y en el otro había un gran y cómodo sofá que se prolongaba hasta la mesa contigua. Detrás del tresillo se encontraba una pequeña hilera de mesitas sobre las cual se alzaban unas lamparitas similares a las que rodeaba la sala y que arrojaban la luz que les faltaba.
En resumidas cuentas, por la gente y el ambiente, uno era capaz de saber que ese sitio no saldría precisamente barato. Además, tenía la certeza de que Francis no pensaba dejarle pagar absolutamente nada y, teniendo en cuenta que cobraba menos que él, al hispano le sabía mal incluso el respirar el oxígeno dentro de esa habitación. El camarero por fin les indicó cual iba a ser su mesa y, a pesar de que había bastante gente en las proximidades, no es que tuvieran a nadie a los lados, lo cual les proporcionaba una intimidad extra que a ninguno de los dos les pasó desapercibida.
Una vez dejaron las chaquetas a buen recaudo sobre el sofá, sus ojos se encontraron y en un gesto simple hallaron tanta dicha que les fue imposible no dedicarse el uno al otro una sonrisa. Poco rato pasó hasta que el camarero hiciera acto de presencia de nuevo, cargando con dos menús con cubiertas de cuero que les entregó cortés. Al abrirlo, Antonio confirmó sus sospechas y miró por el rabillo del ojo a Francis, tratando de descifrar si los precios exorbitados entraban dentro de sus planes. Lo que encontró en su cara fue la más pura tranquilidad.
— ¿Vas a dejar que pague la mitad de la cuenta al menos? —preguntó a media voz el hispano, como si le diera miedo que los camareros le escucharan. Aún le echarían fuera si sabían que era tan reticente al gasto.
— No, por supuesto que no pienso hacerlo. Te he invitado a una cita y lo menos que puedes hacer es aceptar el hecho de que voy a pagarlo todo —comentó sonriendo de manera encantadora. El hispano le observó sin saber que decir y al final suspiró, derrotado—. Así me gusta. Cuanto antes aceptes la realidad, antes podremos dejar el tema y disfrutar de la cena. Me han recomendado el plato de la casa, creo que deberíamos probarlo.
Bueno, podía dejar que aquella vez el francés se saliera con la suya, aunque no pensaba dejar que se convirtiera en la norma. A él también le gustaría aportar su parte y seguramente algún otro día le invitaría del mismo modo que él pensaba hacer. Eran una pareja ahora, ¿no? Pues no pensaba aprovecharse de él, por mucho que fueran novios.
Esas preocupaciones se quedaron a un lado mientras disfrutaban de la cena. Se asemejó bastante al almuerzo que habían tenido, vagando de los momentos íntimos a los instantes en los que únicamente parecían amigos. El único momento en el que las cosas se les fueron un poco de las manos fue entre el segundo plato y el postre. Antonio se había movido hasta el sofá porque Francis había empezado a lloriquear, alegando que en ese lado estaba muy solo y hacía mucho frío. Tras reír, se había levantado y se había plantado a su lado en el sofá. No pasaron ni dos segundos antes de que Francis le rodeara con el brazo y le atrajera contra su cuerpo. Con esa cercanía, Antonio fue capaz de oler el perfume que el francés se había echado, dulzón, agradable, y sin pensarlo dos veces se aproximó a olerlo, bajo la atenta mirada de aquellas orbes azules. Cuando se apartó ligeramente, sus ojos se encontraron y poco tardó el rubio en besarle.
La mano izquierda, la más cercana al respaldo del sofá, se apoyó contra el cojín del mismo para ganar estabilidad ya que Bonnefoy le empujaba hacia atrás y no quería acabar cayendo sobre el mueble. Si estuvieran en un sitio privado, vale, pero el camarero tenía que regresar a traerles el postre y no quería que le pillara echado en el sofá, besándose con su novio francés. La otra mano se fue a asir de la solapa de su traje, para impedirle que se marchara por el momento. Le gustaba la manera en que el fotógrafo le besaba. A veces era cariñoso, calmado, deleitándose con cada pequeño detalle de aquel contacto. No obstante, en otras, sus besos se volvían pasionales, desenfrenados y necesitados, los cuales lograban que Antonio perdiera la poca calma que él siempre tenía.
Abrió los ojos verdes, miró de reojo y vio al camarero a lo lejos, en dirección a su mesa. Le dio un golpecito en el brazo al francés, el cual enseguida entendió qué sucedía. Le daba pena y rabia al mismo tiempo el tener que apartarse ahora que estaban tan entretenidos. Se relamió los labios, después de dejar ir la cintura de Antonio, y miró al frente mientras intentaba recuperar la compostura. Estaban en un restaurante de lujo y deberían comportarse. Suficiente habían estado haciendo. Juraría que había una pareja en una de las mesas no tan lejanas que les observaba con aire escandalizado. Ni por esas el francés se sintió cohibido, lo único que hacía era alimentar su ego, imaginando que en realidad estaban celosos por ese novio tan maravilloso y atractivo que tenía.
El tonteo se prolongó durante el postre, lapso de tiempo en el que Antonio se había encaprichado con la idea de darle de comer a Francis. No le molestaba en realidad, era más bien el shock inicial que aquella acción le había inducido. Después de un par de veces, decidió imitar al hispano y también le fue ofreciendo con la cuchara los trozos del pastel de chocolate y nata que había pedido.
Siguió el café, aunque para entonces el modelo había regresado a su asiento a pesar de que Francis se había puesto a farfullar por lo bajo, descontento por su partida. Entre la charla y la comida, cuando quisieron darse cuenta eran las diez y cuarto. Ya quedaba poca gente en el local y los camareros recogían y limpiaban, preparándose ya para cerrar. Bonnefoy levantó la mano, llamando la atención del mesero y pidió la cuenta. Mientras tanto, Antonio dejó la servilleta sobre la silla y miró si tenía alguna llamada en el teléfono, el cual había permanecido horas olvidado en el bolsillo de la chaqueta. En cuanto cargaron el importe, que pasaba de los cien euros, en la tarjeta de crédito del galo, los dos se levantaron, se pusieron la ropa de abrigo y se aventuraron a la calle, donde un frío de mil demonios les recibió.
Se quedaron por un momento quietos, con las manos en los bolsillos, pasando la mirada de ellos al pavimento, sin saber muy bien qué debían hacer a continuación y quién debía iniciar la conversación de nuevo. Como la situación en sí era bastante incómoda, Francis decidió echarle valor al asunto. Carraspeó, cubriéndose con el puño la boca para no ser maleducado, y entonces fijó su mirada en los ojos verdes que le observaban atento, expectante.
— La velada ha sido encantadora. P-pero... Bueno... Aún es pronto, así que me preguntaba si querías venir a mi piso a tomar una copa. Sólo una, así para finalizar bien la noche —dijo Bonnefoy, mirándole con una sonrisa un poco nerviosa.
— ¿Sólo una copa? —preguntó inocente el español.
— Sí, una copa. Después de eso te puedo llevar a casa para que no se haga demasiado tarde. Ir de madrugada con la moto es horrible, el frío cala aún más que ahora.
— Vaya, qué decepción. Yo que esperaba que en vez de invitarme a una copa me invitaras a una sesión de sexo ardiente —murmuró imitando un tono desilusionado Antonio. No le pasó desapercibida la forma en la que el cuerpo del galo se tensó al escucharle decir esas palabras. Dibujó una sonrisa traviesa—. Pero bueno, supongo que no pasará nada por tomar una copa.
— No. Q-quiero decir. ¡Espera, espera! —se apresuró añadir Francis, atropellando sus propias palabras para intentar tomar el control de la situación—. Realmente no sabía cómo decirlo sin que sonara extraño o precipitado. Es ridículo, soy consciente, sobre todo teniendo en cuenta que nos hemos estado acostando en el trabajo un montón de veces. Pero ahora es diferente, estamos saliendo y no quería ser un pesado —sonrió con resignación—. Incluso había pensado en aguantar las ganas esta noche, para hacer que fuera especial.
De alguna manera, escuchar toda esa preocupación interna del francés, siempre deseoso de que saliera a la perfección cualquier momento que pasara con él, le producía un sentimiento cálido en el pecho. Se acercó a él y le puso las dos manos, frías, sobre sus mejillas. La nariz del rubio se arrugó y sus ojos se entrecerraron al sentir el fresco sobre su piel, aunque fue un momento.
— Te preocupas demasiado, Francis. Creo que ahora es tan buen momento como otro cualquiera. Si lo pensamos fríamente, ambos hemos dado un paso importante y hemos decidido salir, ver cómo nos va si iniciamos una relación juntos. Hemos estado comiendo, dando un paseo y cenando, a ratos acaramelados como si hiciera ya siglos que estamos saliendo —se rió suave y rozó ligeramente su nariz contra la del francés—. ¿De veras crees que voy a verte con malos ojos si me dices que quieres acostarte conmigo? No sé tú, pero yo tengo ganas de hacerlo, tengo ganas de volver a sentir cómo me acaricias y cómo te vas moviendo contra mi cuerpo, porque sé que esta vez va a ser incluso mejor que las anteriores y no puedo esperar a experimentarlo. ¿Aún sigues preocupado?
Lentamente, Francis negó con la cabeza, intentando borrar de su cerebro por ahora esas palabras tan sumamente eróticas que el español había pronunciado. Tenía un grave problema cuando se trataba de Antonio y era que, para las cosas más tontas, no se dejaba llevar. Tenía que ser espontáneo, casual y dejarse de todas esas paranoias mentales que lograban que quedara como un completo imbécil.
— Tengo una idea mejor: Voy a dejarme de estupideces y voy a decirte que quiero acostarme contigo. Así que te propongo que nos montemos en la moto de una vez, que vayamos a mi casa, que nos bebamos una copa de vino y que lo hagamos hasta que nos falte el aliento. ¿Qué te parece?
— Cuenta conmigo, me tienes a tu entera disposición —dijo el español—. Ya que no me has dejado pagar la mitad de la comida, deja que te lo pague en especias.
— Como sigas diciendo cosas por el estilo, no puedo asegurar que llegues a casa indemne. Quizás me pare en cualquier descampado y te haga cosas muy malas al aire libre —dijo Francis sonriendo resignado. Tomó la mano del español y fue tirando de él, en dirección al aparcamiento.
— Mientras las cosas malas que quieras hacerme no impliquen mi asesinato, entonces puedes hacer lo que quieras.
— No juegues con fuego, mon cheri. Aunque no seas consciente, has empezado a salir con un degenerado con muchos fetiches.
— ¿Eh? Anda, tampoco te vayas a creer que no lo sé. No es nuevo para mí eso de que tienes muchos fetiches y que eres un degenerado, pero lo bueno es que yo soy otro degenerado al que le da mucho morbo ver lo que serías capaz de hacerme. Así que, supongo que eso nos hace muy compatibles.
Francis no respondió de inmediato; acababan de llegar al lugar en el que había estacionado la moto y su primera acción fue la de desbloquearla y abrir el compartimento para sacar los cascos. Le pasó el suyo a Antonio, que estaba de pie al otro lado, y le miró de arriba abajo: ese traje le sentaba demasiado bien, y eso que lo podía ver a medias ya que el abrigo lo cubría. Suspiró, tratando de relajarse, y se preparó para montar en la motocicleta.
— Anda, ponte el casco y vamos para mi casa. Como me sigas diciendo cosas por el estilo, me da a mí que no podré aguantar las ganas irresistibles de meterte mano y descubrir todos y cada uno de los secretos que tu cuerpo tiene que ofrecer.
La atención del francés se repartía entre la carretera y sus propios delirios mentales, que se anticipaban a lo que podrían hacer cuando llegaran a su piso. Comparado con el apartamento de Antonio, el suyo se encontraba más alejado del lugar de trabajo, de ahí que la motocicleta se hubiera vuelto indispensable. En diez minutos, que se antojaron eternos por culpa del viento helado que les robaba el calor corporal, llegaron. El bloque en el que vivía poseía una fachada blanca, aunque se había ensuciado por las inclemencias del tiempo después de muchos años. En la última reunión de vecinos, habían dicho que quizás ya deberían pintarlo, pero muchos se opusieron porque era caro y no tenían dinero para gastarlo en ese tipo de cosas de las que podían prescindir.
Dejaron en la moto los cascos, le puso el candado para que no pudieran robarla con facilidad y entonces anduvieron hacia el portal. El interior estaba bien iluminado, cosa de agradecer ya que el resto de la edificación se veía un poco antiguo. Las baldosas que cubrían el suelo eran blancas, con rombos negros que unían las esquinas unas con otras. La baranda, con una parte de pared y otra de madera, crujía si la agarrabas con demasiada fuerza y de tal manera que podía llegar a despertar a los vecinos más cercanos. El ascensor hacía años que no funcionaba y él nunca lo llegó a ver operativo más que el día que llegó y los dos posteriores.
Antonio, que iba un poco más atrás que el francés, se iba frotando el brazo izquierdo, el cual notaba entumecido, mientras avanzaba por el pasillo. Por algún motivo, su curiosidad había provocado que Francis empezara a hablar, intentando justificar el estado del edificio. No entendía por qué se tomaba tantísimas molestias, a él el sitio le gustaba. Aunque se viera algo antiguo, tenía un toque humano que le hacía preguntarse quién decidió que quería decorar esas zonas comunes de esa manera y qué personas habrían pasado por ese lugar durante la vida de esa edificación.
— Deja ya de preocuparte por todo, idiota —le dijo entre risas cuando llegaron delante del piso—. No paras de intentar justificar el estado del lugar, ahora intentas que me crea que tu piso va a estar hecho una porquería. ¿Es que no vas a estar tranquilo? Me gusta, aunque no sea como el lugar en el que yo vivo.
— No quiero que te hagas ilusiones, ¿sabes? Yo no vivo en un piso recientemente construido, no quiero que entres y que mires el sitio como si fuera un vertedero.
— ¿Por quién me tomas, Francis? No pensaba hacer eso ni aunque lo sintiera de verdad; cosa que no va a pasar —se aproximó a él, por su espalda, le abrazó desde detrás y aprovechó para meter la mano derecha entre las solapas del abrigo. De esta manera lograría calentar sus pobres dedos, que sufrían después de aquel trayecto en moto. Para la próxima vez había decidido traer guantes. Hundió su nariz en el cuello de la chaqueta y después de respirar un par de veces contra la tela, notó que el calorcito le aliviaba el frío de la piel.
— Aunque no te lo creas, soy obsesivo con ese tipo de cosas. Me gustan los objetos, lugares y personas hermosas. Así que no estoy orgulloso del lugar en el que vivo, pero intento mantenerlo lo mejor posible hasta que pueda mudarme a otro sitio más bonito —esperó a que Antonio dijera algo, pero éste sólo pronunció un murmullo afirmativo, demasiado perdido en recuperar el calor corporal que había perdido. El francés metió la llave en la cerradura y le dio la vuelta—. ¿Tienes mucho frío?
— Bastante. Aunque llevo tiempo aquí, nunca me termino de acostumbrar a estas bajas temperaturas. Además, no llevaba guantes y me he estado agarrando de tu chaqueta, por lo que mis dedos se han quedado como cubitos —murmuró Antonio, dejándose arrastrar por Francis.
— Puedo prepararte un chocolate a la taza o un café si lo prefieres, en vez de la copa —comentó el francés, dándose la vuelta una vez dentro para poder cerrar.
El interior del hogar estaba calentito y fue agradable el cambio. El hispano, poco a poco menos entumecido, se apartó y dejó que el galo pudiera moverse con libertad absoluta. Observó con atención el lugar y Francis, en vistas de que no podría distraerle, decidió hacerle un tour rápido por el apartamento. No era demasiado grande, así que terminarían pronto. Había un pasillo largo, estrecho, que llevaba a todas partes de la casa y que contaba con lámparas de pared, las cuales arrojaban luz amarillenta sobre la pintura azulada. Los marcos de la puerta, pintados de caoba, tenían decoración con ribetes de madera, que les daba un aspecto ligeramente antiguo. La primera habitación a mano derecha era un baño, bastante amplio, en el que había una bañera, un lavabo, un bidet y un lavamanos en el que poderse lavar los dientes y afeitarse. El espejo quedaba justo encima de éste y había un estante no demasiado amplio en el que había acumulada colonia, cremas y un botecito con su cepillo de dientes y la cuchilla.
La habitación que quedaba delante era un pequeño cuarto en el que Francis guardaba algunas cajas, la ropa de verano y abrigos que no usaba habitualmente por un motivo u otro. Si se seguía avanzando por el pasillo, a mano izquierda se encontraba la habitación, austera, de color blanco. En frente quedaba la ventana, que daba a un patio comunitario, y a la derecha estaba la cama, de aspecto viejo, con un cabezal blanco con una obertura en la parte superior del mismo. En el cubrecama predominaba el color crema, que perdía su uniformidad a causa de unos adornos rojos. Encima de éste se disponían tres cojines, dos blancos y uno pequeño, carmesí. A la derecha del dosel se encontraba una pequeña mesita de noche, sobre la cual descansaba un reloj digital que marcaba la hora con luces LED de color verde y un vaso con agua, que seguro que llevaba allí más de un día.
El armario quedaba al lado contrario de la cama y a la derecha había un galán de noche con un pantalón escrupulosamente doblado. Si se seguía todo recto por el pasillo, a mano derecha se encontraba la cocina, que era la parte que se veía más nueva de la casa, la cual Francis se había esmerado más en conservar. Llamaba la atención un pequeño televisor de color verde chillón, que descansaba sobre la encimera más cercana a la ventana. Al final del pasillo estaba la sala de estar, compuesta por un par de sofás, un televisor más grande, una mesita de café sobre la que descansaba un portátil que estaba enchufado a la corriente y entre un sofá y otro había una lámpara de pie que encendía cuando quería una luz más suave. También se encontraba una mesa más amplia que la de la cocina, en la que podían caber incluso seis personas.
— Me gusta tu piso —concluyó Antonio cuando llegaron al comedor. Se quitó la chaqueta y la dejó apoyada sobre una de las sillas, mientras volvía a echarle un vistazo al lugar.
— ¿En serio? No tienes que decirlo por compromiso si realmente no lo piensas, ¿eh? No creo que sea nada especial, aunque intento mantenerlo lo más ordenado posible —dijo Francis, frotando una mano con la otra, con aspecto nervioso. Aunque intentara negarlo, la opinión del modelo le importaba mucho y le gustaban los halagos que acababa de recibir.
— Te lo digo de todo corazón. Puedes ver detalles muy tuyos. Se nota en la ropa, que la tienes toda guardada en su sitio, escrupulosamente doblada. O la cocina, muy ordenada y limpia, sin ningún plato por fregar. Si a casa no viniera la mujer de la limpieza, estoy seguro de que no sería ni por asomo lo que es ahora. En cambio, tú lo tienes todo limpio y reluciente, eso dice mucho de ti. Por ejemplo, ese portátil ahí enchufado me dice que eres adicto al trabajo y que te pasas las horas editando las fotografías, donde sea, donde pilles.
— Culpable —admitió el galo, sonriendo resignado. No tenía sentido que intentara mentir, saltaba a la vista. Además, si tenía que editar las fotografías de Antonio, uno no podía trabajar a disgusto—. ¿Entonces quieres un café o prefieres una copa?
— No voy a rechazar una copa de vino si tienes —comentó Fernández, dando un lento paseo por la estancia, perdiéndose de nuevo en detalles estúpidos que a él le parecían interesantes. Se sentó en el sofá y esperó pacientemente, sin querer tocar nada—. Qué raro, no veo pañuelos usados por ningún lado~ Esperaba ver un mar de basurilla, de esa que seguro que generas cada vez que editas mis fotografías.
— Soy un chico ordenado, así que cuando termino recojo todo y lo tiro al cubo de la basura —dijo Francis desde la cocina, con una sonrisa, mientras su cabeza se balanceaba de un lado al otro, negando con resignación. Estaba claro que a ese hombre le agradaba demasiado recordarle el hecho de que se masturbaba mientras retocaba sus fotografías.
Poco rato tardó en preparar dos copas de vino y regresar al comedor. Sonrió ligeramente al ver a Antonio, sentado en su sofá, mirando el ordenador con un gesto malicioso que no le pasó desapercibido. Por un momento dio gracias a haber vuelto, si no era capaz de intentar encender el ordenador y no le hubiera hecho mucha gracia que descubriera que le tenía de fondo de pantalla. Le tendió una de las copas a Antonio, la cual pronto asió.
— Gracias, eres todo un caballero —dijo con gesto cordial. Se llevó el cristal a los labios e inspiró hondo, apoderándose del aroma del vino—. No huele nada mal, parece una buena cosecha.
— Veo que eso de que entendías de vino no era ningún farol —comentó el francés. En su expresión había algo, un deje de orgullo. No negaría que le producía cierta satisfacción ver que el novio que se había echado era, en resumidas cuentas, perfecto par a él. Llevaban nada saliendo, pero cada vez estaba más seguro de ello. La personalidad de Antonio era demasiado atrayente y a él no le quedaba otra que acercarse a esa luz que irradiaba, como si de una indefensa polilla se tratase. Levantó la copa y la acercó a Antonio—. Brindemos por nosotros, porque duremos tiempo, por pasar un maravilloso rato el uno en compañía del otro.
— Por nosotros. Salud —sentenció Fernández, sonriendo enternecido por aquel brindis.
Después del trago, Antonio se quedó mirando hacia el televisor, apagado, mientras dejaban que el silencio se hiciera el dueño de la situación durante un rato. Sujetó la copa con la mano izquierda, apartándola unos centímetros de su cuerpo, y dejó que su cabeza cayera sobre el hombro del francés, el cual por un momento se sobresaltó. Miró de reojo a Antonio y, aguantando la emoción de poder estar con él de esa manera, estiró un brazo y se lo pasó por encima del hombro, acomodándole mejor contra su cuerpo. La mano izquierda de Francis se entretuvo acariciando de manera tenue el brazo de su novio, mientras ambos iban disfrutando de la copa con breves sorbos.
Sorprendentemente Francis le hacía sentirse bien incluso cuando no estaban haciendo nada especial. Era atento, mucho más que otras personas con las que había tenido algo, así que desde que habían empezado a salir, que era hacía un puñado de horas, el hispano notaba una cálida sensación en su pecho, consciente de todas las cosas que hacía por él. Ese cariño despertaba, por otra parte, su deseo, el cual intentaba frenar. Aunque pareciera que siempre era el que estaba más sereno de los dos, en ese momento el modelo español quería dejar el vino a mitad y quería besarle hasta que ambos se quedaran sin aliento. Por eso mismo, el trago que realizó a continuación fue largo y le llenó la boca del líquido escarlata. Tragó, cosa que le dejó un regusto afrutado en la garganta, y con disimulo posó la mano sobre el muslo más cercano de Francis. Los ojos azules se fueron directos a ésta en cuanto percibió el roce. Primero fue una caricia inocente cerca de la rodilla, continua, que de repente empezó a subir. Entonces, sin previo aviso, Antonio llevó la mano a la entrepierna del francés y empezó a frotar la zona por encima de la ropa.
Fue consciente de que la respiración de su novio se había detenido por un momento cuando tocó en ese lugar, así que lentamente entornó el rostro hasta que sus miradas se encontraron. El galo se giró un poco, se estiró para poder coger las dos copas en sus manos y se estiró para dejarlas en la mesa sin tener que moverse mientras Antonio seguía rozando, atento a cualquier cambio en su expresión. Se acomodó, ahora medio encarando al español y fue pasando la vista de su propia entrepierna al rostro de aquel hombre que tanto le encendía y a sus ojos verdes, que hechizaban. Respiró hondo, relajando sus extremidades. Empezaba a sentir ese cosquilleo, más fuerte a medida que su excitación empezaba a crecer. Estuvo así un minuto, dejando que hiciera lo que quisiera, hasta que ya había pasado para él demasiado tiempo sin tocar a ese monumento que tenía delante. Por eso mismo, Francis abandonó el estado de catatonia, se acercó a él y con la mano rozó también su entrepierna por encima de la ropa, presionando con suavidad para que le pudiera sentir mejor. Se inclinó y empezó a besar su cuello, su mentón, perdiéndose en cualquier ruido sordo que emanara de sus labios y que, de no ser por estar tan cerca, no sería capaz de escuchar.
Antonio se cansó de ser al único al que se le escuchara, aunque fuera poco, así que ladeó el rostro y buscó los labios de su amante, el cual enseguida le encontró con hambruna, ansioso por recordar cómo era el hacerse con ellos. El sonido de sus labios, húmedos, friccionando entre ellos, se alzó entre aquellas cuatro paredes y, ocasionalmente, cuando los entreabrían para poder tomar aire, también eran audibles sus respiraciones, las cuales empezaban a acelerarse. Francis, incapaz de estar quieto, desabrochó el cinturón del pantalón de Antonio, sacó de su ojal el botón y con una lentitud tortuosa bajó la cremallera, presionando con los dedos meñique y corazón contra la tela a medida que hacía que descendiera. No le pasó desapercibido ese suspiro que fue a morir en su boca, ni cómo se había tensado Antonio.
Incrementó sus ansias, sin ser consciente, y por eso se dejó de rodeos y metió la mano dentro de su ropa para poder tocar la piel ardiente directamente. Ni por esas el hispano cambió de método, demasiado decidido a desquiciar al francés, a provocar que le deseara con tal intensidad que no fuera capaz de parar. La ropa del de ojos verdes rozaba contra la muñeca de Bonnefoy y pronto empezó a molestarle, así que no tuvo reparo alguno en bajar la ropa interior y en sacar al aire libre el miembro prácticamente erecto de su pareja, para seguir moviendo la mano arriba y abajo sobre aquella parte de su cuerpo, lento. Los besos eran cada vez más asfixiantes y se podía notar en ellos que se reprimían, que intentaban bajo cualquier concepto no mandarlo todo al diablo para volverse bestias pasionales que mancillarían un sofá que estaba limpio.
El pantalón de Francis pronto empezó a ser una molestia más que una bendición. La ropa le apretaba contra su pobre erección, la cual no había sido liberada de ese espacio reducido y empujaba, pugnando por quedarse erguida en su posición natural. Se separó del beso y detuvo sus movimientos un momento para poder apreciar el estado en el que se encontraba Antonio. Sus labios se veían más rojizos de lo normal y cuando se los relamió le pareció uno de los gestos más sexy que le había visto hacer. Sus ojos le observaban con deseo, lujuria y una sonrisa se le dibujó al francés cuando vio su miembro, duro.
— Creo que es hora de movernos a un sitio más cómodo. Aunque me encantaría metértela en el sofá, no me parece oportuno. Otro día podemos hacerlo.
No se quejó, seguramente estarían más cómodos en la cama y él podía esperar un poco más. El francés se incorporó, dejando a la vista el bulto del pantalón, que fue observado con atención por Antonio. Ese momento de despiste le entregó la oportunidad que necesitaba Bonnefoy para poder extender la mano, sujetar la corbata del modelo y tirar de ella para hacer que se levantara. Dócil, evitando que le sofocara con el tirón, el hispano se levantó del sofá, inclinado hacia delante, aún con el miembro fuera de la ropa. Una sonrisilla se le dibujó a Francis ante aquel panorama y tomó la determinación de llevárselo de esa manera hasta la habitación.
— Vamos a la cama, cariño. Te voy a dar la noche de tu vida. Y puede que también te dé otras cosas: una y otra vez —murmuró con aire juguetón Francis.
Tiró de la corbata de nuevo, guiando a Antonio, el cual se dejaba arrastrar mientras observaba la figura de su amante desplazarse por el pasillo. Por suerte no estaba muy lejos y pronto se plantaron allí. De un golpe con la pierna, Francis cerró la puerta y acortó las distancias hasta estar al pie de la cama. Entonces tiró de la corbata, bruscamente, y aprovechando que tenía los labios entreabiertos por el momento, besó a Antonio con lengua, de manera invasiva, adueñándose de aquella cavidad, proclamándola más que suya. Las manos del hispano se asieron a su ropa mientras correspondía como podía, ya que poco podía hacer cuando su lengua era sometida de esa manera por la del francés. Segundos después, rompió el beso, dejándoles a ambos jadeantes y ligeramente perdidos y empujó a Antonio hasta hacerle caer de espaldas contra la cama. Tener a ese hombre echado sobre su colchón, algo perdido después de ese beso, con las manos apoyadas contra la colcha y el miembro erecto al descubierto sobre ese traje chaqueta que tan bien le sentaba era, sin duda, una imagen que no pensaba olvidar en mucho, mucho tiempo.
— Si pudiera, te tendría de esta manera todos los días sobre mi cama —dijo Francis, perdido en su propia excitación.
Pero, aunque se había permitido el momento de delirio, sabía que no debía perder el tiempo en su mente. La prueba definitiva era que Antonio pensaba de igual manera y, por eso mismo, estiró una mano y rozó su propio miembro, buscando aquella estimulación que había cesado. En ese instante, Francis salió del coma y empezó a moverse. Lo primero que hizo fue quitarse los zapatos, apretando con la punta del pie contra la zona del talón del contrario. No iba a perder el tiempo desabrochando los pequeños cordones, esa sería la tarea de mañana.
Fue hacia la mesita de noche y rebuscó en el primer cajón. Mientras eso ocurría, Antonio aprovechó para sacarse los zapatos de la misma manera que Francis y, con ágiles movimientos, se quitó los pantalones, la ropa interior, aflojó un poco la corbata y desabrochó cuatro botones superiores de la camisa, permitiendo que parte de su pecho se viera. Quedó sentado en la cama, con las manos apoyadas en ésta, y observó al rubio, el cual aún rebuscaba algo en el cajón, con un condón en la mano.
Cuando por fin dio con el lubricante y se giró para ver cómo seguía el español, se lo encontró más desnudo de lo que recordaba, únicamente con una camisa medio desabrochada, cuyo bajo estaba ligeramente levantado por la parte delantera por culpa del miembro del hombre. Los ojos verdes, fijos en él, le examinaban y después de unos segundos mirándose de esa manera, Antonio levantó el dedo y le hizo un gesto sinuoso con la mano, para que se aproximara. Se acercó y dejó que las cosas cayeran sobre el colchón. Aún de pie, Francis fue testigo de cómo el español se movía hasta ponerse de rodillas en la cama, apoyaba el trasero sobre las piernas y estiraba sus manos hacia él.
Le agarró del pantalón y de un tirón le atrajo un poco más, hasta que sus piernas estuvieron apretadas contra el lateral de la cama. Se deshizo del cinturón, sacándolo de la hebilla, y acto seguido desabrochó el botón y la cremallera. Los ojos se elevaron para poder verle mejor y la mano derecha volvió a frotar sobre esa zona abultada. Triunfal por ver el cambio de expresión en el rubio, Antonio decidió que era suficiente tortura así que agarró el pantalón y tiró de él hacia abajo. Una vez allí, el rubio movió las piernas para poderlas sacar de dentro de la prenda y aprovechando que las tenía levantadas también se quitó los calcetines. Podría haberse sacado lo que le quedaba abajo, pero prefería que fuera él el que le quitara la ropa. Sus orbes azulados no perdieron detalle de la manera en la que sus dedos se metieron por debajo de la prenda, en los laterales de su cuerpo, y fueron tirando de la misma hacia abajo.
A continuación, la mano derecha del hispano rodeó su miembro, por fin libre, tenso y candente, y empezó a moverse, enviando descargas placenteras que se propagaban por su cuerpo, produciéndole placer y alivio al mismo tiempo. Llevó el plástico del envoltorio a sus labios, usando la izquierda y lo mordió hasta que cedió y dejó al descubierto el condón. Dejó en paz su entrepierna, echó el desecho a un lado y con ambas manos se entretuvo un rato en la sencilla tarea de ajustar el condón a su miembro. Cuando lo tuvo en la punta, prosiguió masturbándole, lentamente, bajo la atenta mirada del rubio.
Dejó unos largos segundos que prosiguiera de esa manera, sujetando de manera posesiva esa corbata, hasta que volvió a cansarse de estar sin hacer nada. Por eso mismo, Francis le soltó, le hizo un gesto con la mano para que se moviera. Apartó las manos del hispano y las subió hasta su propia camisa. No hacían falta palabras para que supiera qué quería que hiciese. Mientras se entretenía con esa tarea, el francés volvió a tirar de su corbata, agarrándola de modo que poca distancia quedara entre su mano y el cuello, controlando bien sus movimientos mientras iba dándole besos cortos. Le dejaba respirar más que nada porque retomó la masturbación de su amante y por nada del mundo se perdería aquellos jadeos que escapaban de entre sus enrojecidos y húmedos labios.
Lamentó tener que parar, pero Antonio, tenso por momentos, empujaba la tela para quitarle la camisa y si quería que lo hiciera iba a tener que dejar de tocarle. Le iba bien al hispano esa tregua ya que por ratos se notaba demasiado excitado, cercano a un final que llegados a un punto sería incapaz de resistir. Ahora fue el turno del rubio, que terminó de desabrochar la camisa del hombre que tenía delante y, aunque pensó en dejarla, finalmente apartó la corbata y la echó a un lado. Le dio una palmadita en un costado y besó su sien izquierda.
— Ponte bocabajo, agárrate bien del cabecero de la cama —murmuró con aire meloso.
A medida que Antonio se movía, él mismo avanzó. Agarró el bote de lubricante, que aún estaba nuevo, y buscó el lugar por el que debía romper el plástico protector que lo sellaba. El hispano le miró de reojo, empezando a estar impaciente, así que para evitar que se le pasara la excitación, retomó él mismo el movimiento sobre su entrepierna, lentamente, aún con los ojos fijos en el galo, imaginando cosas que no pensaba reproducir. Así pues, cuando el francés ladeó el rostro y fue consciente de lo que su amante estaba haciendo, se le cortó la respiración durante un segundo. Se fue acercando a él, lentamente, examinando la postura de su cuerpo, la forma en que éste se movía inconscientemente ya fuera por la agradable sensación que provocaba con cada caricia o por la necesidad de percibir cada vez más y más.
Se puso tras él y sus manos se perdieron por su cuerpo, acariciando su espalda morena y bien formada. Perdió tiempo en delinear los omoplatos, que quedaban más marcados por la manera en la que estaba colocado, y cuando ya toqueteaba su trasero el francés fue dejando besos por los hombros y por la nuca del español. Sólo se apartó un momento para asegurar que el lubricante que lanzaría directamente sobre el cuerpo del modelo iba a caer donde debía. Le escuchó quejarse entre dientes por la diferencia de temperatura entre el lubricante y su piel, que parecía arder cada vez más. Mientras la izquierda se paseaba ahora por el torso, avariciosa, y se entretenía en provocar los pezones del hispano, la derecha rozaba entre las tersas y redondeadas nalgas, untando la zona y sus propios dedos en el ungüento.
Paseó sus labios por la piel del hispano, lentamente, permitiéndose cuando le apetecía rozarla con los dientes e incluso con la lengua. Con toda la calma que en ese momento podía tener, fue tanteando con los dedos en el interior del hispano, con movimientos circulares que iban dilatándole poco a poco. No se quejaba demasiado Antonio, perdido en todas esas sensaciones que le estremecían por ratos, que le cegaban y amenazaban con sobrepasarle. Dejó de masturbarse por eso mismo, ya que quería aguantar más tiempo con el francés en su interior. Se mordió el labio inferior para ahogar un gemido y le miró de reojo.
— Anda, no te hagas de rogar más.
Los ojos azules se movieron hasta que pudieron divisar a los verdes. Era demasiado complicado mantenerse indeleble cuando la imagen que Antonio ofrecía tenía una carga erótica impresionante. Si había pensado que verle tocándose él solo era insuperable, se equivocaba de calle. Poder observarle de esa manera, sobre su cama, excitado, necesitado y a sabiendas de que él tenía la culpa y que al que más deseaba era a él, le ponía de una manera increíble. Con la mano libre se apartó el cabello, haciéndolo a un lado, y le vino una sensación de frío en la nuca por culpa del sudor que ahí empezaba a acumularse. Retiró los dedos del interior del cuerpo del hispano y se posicionó entre sus piernas. Asió su cintura, la acarició y con la mano derecha guió su miembro hacia el ano, rojizo por el juego previo. A pesar de todo, no dejaba de estar ligeramente estrecho y por eso tuvo que ir más lento. Le costó un rato estar metido del todo y resistir las ganas de empujarse hacia dentro. Suspiró y miró a Antonio, con la frente apoyada contra el cabecero, entre sus manos y el cuerpo ligeramente sudado. Se inclinó para besar su espalda, con mimo, permitiéndole un momento de tregua.
— Francis... —murmuró Fernández en un tono bajo—. ¿Sabes que no tengo que ir a trabajar hasta el día 1...?
En un principio no entendió a santo de qué venía aquello, así que cerca de su piel, quieto, el rubio arqueó una ceja, confundido. Visto el silencio y la falta de acción, el modelo comprendió que no había captado el significado de sus palabras. Le dejaba sorprendido lo denso que podía ser en ocasiones. Respiró hondo y lentamente expulsó el aire, recuperando el aliento. Pues nada, estaba visto que la sangre del francés se había ido toda a su miembro y que por eso no podía pensar con claridad.
— Me suena que algún día dijiste que querías hacerme chupetones, pero que ambos coincidimos en que no se podía porque soy modelo y esas marcas no quedan bien en la cámara. No obstante, como te he dicho, tengo siete días libres.
Los ojos de Francis se abrieron como platos cuando por fin comprendió lo que le quería decir. Se quedó quieto y observó el cuerpo delante de él, ese que estaba poseyendo a pesar de que aún no había empezado a hacer nada. Dejó la izquierda apoyada en su cintura y, lentamente, inició el movimiento de su propia cadera, echándola hacia atrás un trozo para luego volverse a acercar. Mientras proseguían aquellas suaves arremetidas, la mano derecha se posó en las cervicales y fue descendiendo, delineando aquella perfecta espalda que le gustaba demasiado. Por un momento se preguntó cuál sería el mejor sitio que atacar. Podía llenarle de chupetones si quería, le había dado permiso para marcarle. Si fuera capaz, le escribiría su nombre con chupetones, por todo el cuerpo, para que se supiera que ese hombre ahora tenía un novio.
Apoyó la derecha contra la cama, mientras la otra seguía anclada en la cintura del español, y sin dejar de moverse, se puso a dejar besos cerca de los hombros, prácticamente echado sobre él, mientras encontraba placer en cada sacudida con la pelvis. Succionó contra la piel morena, primero suave, sin dejar ningún rastro, hasta que una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios y lo hizo más fuerte. Cuando se apartó, la piel lucía rojiza y, lejos de desaparecer, el color se iba volviendo más chillón con los segundos.
— Cuando terminemos, te haré uno en el cuello para que no me olvides estos días —murmuró Francis después de hacerle otro por la espalda—. Uno que cada vez que te mires al espejo puedas ver.
— Haz lo que te dé la gana, pero muévete más rápido —gruñó por lo bajo Antonio, cada vez necesitado de más acción, de más de ese hombre. Quería sentirle, cegarse por el placer que sabía que le podía ofrecer.
Francis se incorporó, asió su cintura, y empezó a moverse un poco más rápido. Tampoco fue un cambio exponencial, quería saborear el momento, memorizarlo para luego poderlo rememorar cada vez que entrara en su habitación. Deseaba poder recordar al dedillo el ruido de los muelles del somier, el sonido de sus movimientos, del roce de sus pieles, de cómo se adentraba y se retiraba de su cuerpo ligeramente. Si no podía más tarde acordarse de cómo sonaban los suspiros de Antonio, de esos gemidos estrangulados que nunca llegaron a transformarse en eso mismo, estaba seguro de que se odiaría a sí mismo.
Poco rato después su cuerpo le pedía más, así que estiró uno de los brazos hasta agarrar la nuca del hispano y empezó a usarlo de punto de apoyo para atraerle con más fuerza contra él. También arremetía con la cintura, cuando ya casi le tenía del todo rodeándole, provocando un sonido sordo que resonaba entre las cuatro paredes del cuarto. Adoraba aquellos gemidos más sonoros que escapaban de la boca de Antonio y la manera en que, a veces, sin venir a cuento, cambiaba de idioma y empezaba a maldecir en español. No es que pudiera entenderle, pero sonaba pasional, sucio, y en ese momento le provocaba aún más si era posible. La otra mano terminó acomodándose en uno de los hombros y de esta forma halló la manera perfecta para hacer un envite más contundente, que logró un grito estrangulado por parte del modelo. Al escucharlo pudo sentir un tirón de excitación y apretó los dientes para aguantar esa repentina oleada de placer que había aparecido de la nada.
Sus respiraciones sonaban aquejadas y cada nuevo movimiento realizado, hacia delante o hacia detrás, les acercaba irremediablemente a un orgasmo que amenazaba con ser increíble. Cuando el interior del de ojos verdes empezó a contraerse contra su miembro, su aguante se fue yendo al traste, cada vez con más rapidez. Lo bueno fue que antes de que él terminara, Antonio fue incapaz de resistir más ese cúmulo de sensaciones y alcanzó su propio orgasmo, apretando la madera del cabezal de la cama como si le fuera la vida en ello. En aquel instante, su cuerpo rodeó con más fuerza el miembro del francés, el cual recibió una fricción muy intensa que le hizo gemir audiblemente. Arremetió con vigorosidad, buscando con ansia el final al que poco le faltaba. Pocos segundos después, Francis jadeó ahogadamente, como si le faltara el aliento y prosiguió con el vaivén unas cuantas veces más, prolongando la sensación orgásmica que le nublaba los sentidos.
Aunque ambos habían terminado, Antonio seguía agarrándose con fuerza al cabezal, temiendo que si aflojaba el agarre fuera a desplomarse sobre la cama. El corazón le iba a mil y su pecho subía y bajaba rápidamente, obteniendo el oxígeno que le faltaba. Francis también necesitó unos segundos antes de poder salir de su interior. Lo primero que hizo fue quitarse el condón, atarlo y dejarlo en un sitio que no fuera a molestar, lo siguiente fue acercarse a Antonio y, con suavidad, tiró de él hasta hacerle caer sobre el lecho, bocarriba, con la cabeza apoyada sobre la almohada. La expresión de placer y agotamiento en su rostro le gustó demasiado y por eso se inclinó para besarle.
— ¿Te encuentras bien? —le preguntó en vistas de que parecía ausente, perdido en su propio placer.
— Sí, me encuentro más que bien —respondió Antonio con una sonrisa satisfecha.
El gesto se le contagió a Francis, que pronto rodeó su cintura, le abrazó y le atrajo contra su cuerpo para poderle dar un beso intenso y breve. El hispano rió cerca de sus labios y rozó con su nariz la mejilla del francés mientras sus brazos se enroscaban con suavidad alrededor de su cuello. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando de repente Francis le dio una cachetada en una nalga.
— Así me gusta, que te encuentres más que bien —añadió al ver que su compañero le miraba aún sorprendido, sin entender el motivo de esa acción por su parte.
— ¿Y para eso tenías que darme una cachetada? —le dijo entre risas—. ¡Eres un aprovechado, ¿lo sabías?! Te pondré un segundo nombre. Serás Francis Aprovechado Bonnefoy. Si quieres, dejaré que dejes tu segundo nombre en una simple inicial: Francis A. Bonnefoy.
— Te lo creas o no, eso me daría mucho glamur. Parecería uno de esos niños ricos que ocultan su nombre para que no sepan que son de buena casta. Te daré las gracias por ese bonito segundo nombre que me has dado y además prometo hacer honor a él. Cada ocasión que tenga, la aprovecharé, para que mi nombre prevalezca.
— ¿Cómo has conseguido que una cosa que se suponía que tenía que ser un castigo pase a ser algo bueno? Debo reconocer que tiene mérito, Francis. Tiene demasiado mérito que logres hacer cosas así con una facilidad extrema. Oye. ¿Me estás escuchando? ¿Qué haces por mi cuello? Me haces cosquillas.
Mientras había estado hablando, el francés había pasado a modo depredador sin que su amante lo supiera. Se inclinó y husmeó su cuello, apreciando su aroma y rozando aquella piel perfecta. No le importaba que Antonio le dijera que le hacía cosquillas o que le pidiera explicaciones, ahora mismo tenía una misión más importante entre manos. Pero, en vistas de que Fernández no pensaba quedarse quieto demasiado tiempo, se acercó del todo y besó la piel, la mordisqueó con los incisivos y, finalmente, succionó con ganas, abarcando un buen trozo. El hispano se encogió, notando un cosquilleo agradable con todo aquello y ladeó el rostro para dejarle hueco. Escuchó un chuperreteo final y miró de soslayo hacia el francés. Éste, a su misma vez, le observaba relamiéndose los labios, con una sonrisita sardónica. Estaba visto que darle la oportunidad de hacerle chupetones le había hecho tremendamente feliz.
— Si me miras así en esa pose te lo voy a hacer de nuevo y te voy a dejar marcado hasta las navidades del año que viene —amenazó Francis.
— Anda, toro bravo, échate de una vez y descansa. La idea es tentadora, pero estoy bastante cansado. El día ha sido largo y además hemos viajado y todo.
Suspiró resignado, derrotado, y se echó a la vera de Antonio. Estuvo unos largos segundos mirando al techo y finalmente se incorporó para tirar de la colcha y taparles a ambos. No quería que se le constipara el niño, así que mejor cuidarlo bien. El susodicho le dirigió una mirada sorprendida y, como no la comprendía, lo único que hizo fue besarle.
— Esta noche te quedas aquí, en casa, en mi cama, conmigo. Vas a tener que soportar que te vaya abrazando y que, seguramente, te despierte con besos y un buen desayuno. Sé que es un suplicio, pero tú eres un mártir y sabes que esto es por el bien de la humanidad.
— Entiendo. A pesar de todo es triste saber que mi mérito nunca será reconocido... —murmuró solemnemente Antonio—. Ahora en serio, me encantará pasar la noche contigo. Aunque te recuerdo que tú mañana trabajas, así que me iré cuando te levantes.
— ¡Eres un aguafiestas! —se quejó Francis y acto seguido se enganchó a él como una lapa—. Ahora dormiré así toda la noche. Este será tu castigo, por enfadarme. ¡No hay que enfadarme!
— Lo siento, lo siento... —dijo Antonio sonriendo resignado. A continuación besó su sien y le correspondió al abrazo—. Aceptaré mi penitencia. Buenas noches, Francis.
No podía explicarlo fácilmente, pero el rubio se sentía flotar en una nube. Su pecho parecía estar lleno y creía que seguramente era de felicidad. Esos dos últimos días habían sido inolvidables para él y con Antonio entre sus brazos, en su cama, dentro de aquella habitación ahora a oscuras y en silencio, el francés no podía sentirse más contento. Saber que cuando abriera los ojos sería capaz de ver a Antonio y que podría toquetearle y besarle a placer le provocaba un cosquilleo en el estómago. No podía saber a ciencia cierta si las cosas iban a funcionar, pero estaba decidido a intentarlo. Pondría todo su empeño en ello.
Hooola,
Quería actualizar antes pero soy una patata, una patata inútil. Perdonadme -reverencia- No tengo nada que apuntar en este capítulo, cualquier duda me la hacéis llegar :)
Ahora vuestros comentarios:
Maruychan, me alegra que te esté gustando. No voy a decir nada sobre la burbuja de felicidad porque me niego a revelar cuántos capítulos tiene el fic xD Aunque, vamos, me conoces ovo Igualmente te lo agradezco, porque los review me hacen muy feliz y me animan a buscar tiempo para corregir uvu Muchas gracias por leerme uwu -hearts-
Lady Locura, Estuve inspirada para los dos últimos capítulos, tuve mucho feedback y de la felicidad y el puente saqué tiempo. Tenía ganas de darles un zas en toda la boca a esos señores y Antonio era la oportunidad perfecta. No la podía desperdiciar xD Espero que la historia te siga gustando uvu Gracias.
Aby, hombre, mucho mejor este nick xD porque a mí me daba cosa poner el otro ;v; Sí, la familia de Francis es un show. El único normal es él y su hermana, sus padres son dignos de estudio. Aunque avisé de que parecía un PWP y que había mucho NSFW la verdad es que tiene argumento, pero prefería que tuvierais una idea más laxa del fic y que poco a poco descubrieseis la historia, que tardaba en llegar. Muchas gracias por leer, espero que te siga gustando.
Zenithia, jajajaja las respuestas de Antonio for president xD Me hace gracia porque un par de personas me habéis mencionado a la araña xD Tuve que meterla porque si no lo hacían como perros en el parque, capaces son xD Quería mostrar el lado tiquismiquis de Francis XD Gracias a vosotros por el recibimiento de estos capítulos, me motiva muchísimo uwu 3 Jajaja uso bastante la palabra comatoso xD es tan normal para mí uvu Gracias por leer ovo
Unknowndoll, ¿Pelos en la lengua? Ninguno. Menos cuando no les conoce y en ese momento no eran ni sus suegros de verdad XD Los adoro como pareja uvu Creo que yo sería como Francis con la araña XDDD Estoy de acuerdo, todas necesitamos un novio como Antonio. Gracias uvu espero que te guste este también
Y eso es todo ouo
¡Nos leemos en el próximo capítulo!
Miruru.
