SIEMPRE A TU LADO

"¿Por qué razón el hombre se vanagloria de poseer una sensibilidad superior a la del bruto? Si nuestros impulsos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seriamos casi libres; pero nos conmueve la más ligera brisa, y tan solo una palabra o la imagen que ésta despierta en nosotros, inquieta nuestro espíritu".

Mary W. Shelley

Cierta noche de verano, observando el armonioso precipitar de las gotas de lluvia, pasó por mi mente un pensamiento fugaz que, incluso en la actualidad, y tomando en cuenta los acontecimientos posteriores, no han hecho otra cosa más que aniquilarme lentamente. Si algo he comprobado a lo largo de los años es que la desdicha es muy variada, cunde multiforme en la tierra, desplegada por el ancho horizonte, como el arcoíris, con colores tan variados y tan íntimamente unidos como los de éste.

Ahora entiendo, con espantosa claridad, que todo es una sucesión normal de causas y efectos muy naturales por lo cual no existen las coincidencias, sólo su ilusión. Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido. Sólo quien haya probado el amargo sabor de la desdicha y la miseria, es capaz de reconocer la verdadera riqueza.

Hubo una época en que me hice notar por la docilidad y dulzura de mi carácter. Tan manifiesta era la ternura de mi corazón que me convertí en objeto de rechazo y decepción para mi pueblo…

Los nativos tamaranianos son, en realidad, criaturas nobles y emocionales cuya existencia proliferó pacíficamente durante más de trescientos mil doscientos años hasta la llegada de lo que históricamente conocemos como La Gran Invasión. Hacia el 1 200 de n.e. (en paralelismo al calendario gregoriano regente en el planeta Tierra), Tamaran entró en crisis tras el sabotaje y decline del sistema financiero que, en consecuencia, desencadenó una serie de interminables conflictos entre pequeños grupos rezagados liderados por espías intergalácticos. Subsecuentemente, a causa de los constantes enfrentamientos y campañas encaminadas a la destrucción del espíritu fraternal que tanto caracterizaba y fortalecía al pueblo tamaraniano, los infiltrados gorgorianos impusieron un nuevo régimen que parcialmente ofrecía a los pueblos sometidos la libertad de hacer y regir como antes de ser dominados, ello con la única diferencia de que, al comienzo de una nueva generación, cada familia debía ofrecer a su primogénito en tributo para servir en calidad de esclavo.

En cuanto a las habilidades inherentes de nuestra especie cuyo detonante reside en la fortaleza y nobleza de nuestro espíritu, al extinguirse tales virtudes, también lo hicieron sus poderes. Sólo los jóvenes descendientes de La Familia Real éramos entrenados para desarrollar nuestros talentos nativos.

Pasarían poco más de ochocientos años para que se diera inicio a un nuevo movimiento cuyos ideales independistas serían declamados al sonar de las Gaitas Volcanas durante el Festival de la Luna Violeta por mi padre, el rey Myand'r. Desafortunadamente, ninguno de los que conformaban la exigua tropa revolucionaria había previsto en la antipática reacción de los pueblos sometidos cuya traición los obligó a pactar con los hostiles.

Fue una fría noche cuando me encontré con mi padre deambulando en los pasillos, la agonía, el hambre y la desolación de todos los pueblos que lo habían traicionado se veía reflejada en sus ojos marchitos. Me arrodillé ante él y besé sus manos, no podía creer lo delgadas y débiles que estaban. Lo escuché mascullar con voz envejecida y, súbitamente, se arrodilló también estrechándome con afecto paternal. De sus ojos cansados rodaron cálidas lágrimas que no me permitió limpiar…

-Mi hija – susurró -, no merezco que me mires con tanta ternura y calidez. No soy digno de ninguna clase de afecto… no soy digno.

-Papá, esto… lo que sucedió, no es culpa tuya – le aseguré intentando apartar un poco mi rostro para enfocar sus ojos -. Tampoco la es de nuestra gente. Ellos… tienen miedo. Se sienten débiles y esa es la razón por la que obraron del modo en que lo hicieron. Pero, esto aún no termina… pronto les inspiraremos fortaleza.

-Eres tan joven – dijo acariciando suavemente mis mejillas -, no obstante, hablas con una sabiduría que supera tu edad – concluyó y vi cómo sus labios se curvaron en una triste sonrisa -. Koriand´r, sabes que eres la luz de mis ojos. Te aseguro que nunca ha habido padre más dichoso, eres justo lo que Tamaran necesitará en un futuro, hija mía. Tu brillas tal y como las estrellas en el filamento y brindas, a desgraciados como yo, el suficiente calor, valor y esperanza para seguir luchando.

Dejé que me estrechara con más fuerza y, poco a poco, nos sumimos en un mutuo silencio que ninguno de los dos se atrevía a romper debido a que las palabras no bastaban para expresar los sentimientos que henchían nuestros corazones.

-Papá, dime… ¿qué debo hacer? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Cómo puedo ayudar a Tamaran?

-Por el momento, nada puede hacerse. Tamaran tendrá que resistir…

-¿Qué intentas decirme? – supliqué sujetando sus manos y acercándolas a mis labios para besarlas de nuevo. Él las retiró con un movimiento delicado.

-Hemos pactado con los gorgorianos. Retiraran sus tropas y liberarán a las familias prisioneras.

-¿Es eso cierto? – interrogué emocionada -, entonces es una maravillosa noticia. No habrá más muertes, no más terror.

Mi padre asintió con un ligero movimiento de cabeza y se incorporó apoyándose en sus piernas. Algo no estaba del todo bien, por algún motivo, él no se atrevía a mirarme a los ojos y eso me perturbaba. Yo solo era una niña de doce años, ingenua e inmadura. ¿Qué tendría, El Gran Soberano de Tamaran, que discutir o aclarar a una criatura así? Me tomó de la mano y me condujo entre los solitarios pasillos avanzando en completo silencio. Sus largos cabellos grises, antes pelirrojos como los míos, ensombrecían su rostro impidiéndome evaluar su expresión. ¿Qué era eso que me ocultaba?

-¿En qué consiste el pacto? – pregunté siendo incapaz de soportar tanto misterio por más tiempo.

-¿Qué dijiste?

-Hablaste de un pacto con los gorgorianos – le recordé -. Ellos liberarán a nuestros amigos. Pero… ¿a cambio de qué?

Detuvo su marcha, parecía que un poderoso espasmo había paralizado todo su cuerpo. Un rayo de luz iluminó su rostro por unos segundos permitiéndome ver sus facciones… por su expresión, supe que había dado en el clavo.

-¿Qué es, papá? ¿Qué les prometiste? – insistí.

-Ryand'r es aún tan pequeño…

-¿Ryand'r? – parpadeé confundida. Un escalofrío recorrió mi espalda sacándome de mi letargo. Hasta el momento, no había deparado en mi hermano de nueve años. ¿Dónde estaba? -. No… ni tu ni mi madre lo harían. ¡Ryand´r!

-Kori, hija. Escúchame…

-¿Dónde está Ryand'r? – demandé separándome bruscamente de él.

-No lo sé.

-¡¿Qué han hecho?! ¡¿Qué has hecho?!

-Lo mejor para ustedes.

-¿Lo mejor? ¿Cómo puede ser lo mejor? ¡¿Qué has hecho con Ryand'r?!

-Él está a salvo. Galfore consiguió que unos viajeros lo tomaran bajo su cuidado. Kori, sé que he fracasado como rey y como padre. No sabes, hija mía, cuántos deseos tenía por heredar, a tus hermanos y a ti, un Tamaran glorioso, el más glorioso que hubiera existido jamás. Pero, en cambio, les dejo una tierra decadente cuyas fauces son recorridas por ríos de sangre y odio. Ryand'r es el legítimo heredero para el trono, ahora es muy joven para cargar con la responsabilidad, pero llegará el día… y confío en que sean Ryand'r y tu quienes regresen a Tamaran a su antigua gloria.

-¿Por qué…? – murmuré al caer en cuenta de algo -¿Por qué hablas como si tuvieses por seguro de que tú ya no estarás?

-Conserva siempre la esperanza, Mi Dulce Ángel.

-"Conserva siempre la esperanza" –cité distraídamente cerrando los ojos y sintiendo danzar mis cabellos al compás de la brisa.

Inevitablemente, la peor agonía para el alma se presenta cuando al corazón se le priva de antiguos placeres sin compensación. Y para mí, una princesa desterrada y refugiada en un planeta totalmente desconocido, la Tierra, ello figuraba como el más grande suplicio. No obstante, no censuraré los días en que los recuerdos de una vida pasada embargaban intolerablemente mi alma y yo buscaba refugio en el único lugar de la Torre en que, yo sabía, me encontraría con él y, durante un maravilloso momento, su presencia bastaría para hacerme olvidar…

Tibias lágrimas recorrían y humedecían mi rostro sin que yo me esforzara por frenarlas. Mi llanto era un sonido que se perdía con el marullo del viento, y mi cuerpo apenas sería una vacilante figura ligeramente alumbrada por los rayos del Sol. Tras varios meses, un nuevo sentimiento había nacido y desplazado la antigua nostalgia, un sentimiento más poderoso y doloroso surgido del afecto, de la seguridad, la complicidad, de las nuevas y maravillosas sensaciones.

Hundí el rostro entre mis rodillas e hice un último esfuerzo, debía decirlo, tenía que repetirlo hasta mil, dos mil, un millón de veces de ser necesario: "¡Te odio! ¡Robin, te odio!" Y nada, sólo el puñal que aún sentía atravesar y desangrar mi ya malherido corazón.

-Star – me llamó tímidamente una voz a mis espaldas -, Raven ya terminó y dice que él está fuera de peligro.

No moví ni un músculo, ciertamente un gran pesar se había desvanecido instantáneamente al escuchar esas palabras, sin embargo, otra fuerza era la que engarrotaba mi cuerpo.

-Ammm… sé lo que dijo Cy – sondeó mi joven amigo sin apenas elevar la voz -. Pero creo que Robin debió tener algún motivo. Quiero decir… si vas a matarte, existen otras maneras menos dolorosas que el dejar a un montón de locos usarte de costal de papas.

-Lo odio – respondí en un tono apenas audible.

-Vamos, Star. Ambos sabemos que eso no es cierto. Mínimo dale la oportunidad de explicarse.

Giré mi rostro y enfoqué el de mi amigo. Chico Bestia pareció sorprendido ante mi semblante, pero no dijo nada. Simplemente me dedicó una cariñosa sonrisa y se dio vuelta avanzando cómicamente hacia la puerta.

Eso me decidió, menos de cinco minutos después me incorporé y corrí rumbo a la enfermería donde rápidamente localicé a Robin tendido inconsciente sobre uno de los camastros. A su lado, observándolo cual centinela, se hallaba Cyborg. A mi entrada éste último sólo me miró de reojo centrando nuevamente su atención sobre el cuerpo de aquél ser tan impulsivo y al cual la suerte aún no abandonaba.

Imperaba un silencio sepulcral, aquel en el cual solo los muertos pueden permanecer sin sentirse incómodos. Repentinamente, mi amigo pareció adoptar una nueva posición con la intención de desemperezarse, caminó en mi dirección y se detuvo a escasos centímetros, luego alzó su mano derecha y, antes de que pudiese reaccionar o decir algo, me envolvió en un afectuoso abrazo susurrando a mi oído:

-Perdóname, Starfire, pero no lo permitiré. Es muy peligroso.

-¿Peligroso? – pregunté apenas consiente de lo que ocurría.

-Sé a qué has venido. Y te estoy diciendo que no te dejaré permanecer a su lado.

-Pero - con un movimiento brusco me separé de él y busqué su mirada exigiendo una mejor explicación –… Sus heridas. No esperarás que lo deje solo.

Cyborg esquivó mi mirada y se limitó a negar con un ligero movimiento de cabeza.

-Sobrevivirá, Star.

-Amigo, ¿por qué haces esto? – repliqué sintiendo mis mejillas arder de ira - ¿Es un castigo? ¿Acaso temes que le cause algún daño?

-No tiene que ver contigo, sino con él. Entiéndelo: "Robin es peligroso y no podemos confiar en él".

-Pero…

-¡Simplemente míralo! – exigió señalando hacia la camilla donde Robin reposaba inconsciente -. Llegando casi muerto tras dos días de desaparición y sin decirle nada a ninguno de nosotros – sentenció antes de concentrarse repentinamente en mí -. ¿O acaso tú sabías algo?

-No – mentí -. Hace tiempo que él… se ha distanciado.

Lo último tuve que reconocerlo esforzándome por lograr que las palabras fluyeran sin que el llanto las acompañase. La verdad era que Robin no me había confiado ninguno de sus planes o actividades, yo los había descubierto tras algunas indagaciones.

-No es que yo quiera mantenerlo en calidad de cautivo – confesó derrotado tras un largo silencio.

"No, yo sé que no"– concedí mentalmente observando el lastimoso semblante de mi amigo. Evidentemente, Cyborg sospechaba que yo sabía mucho más de lo que admitía.

Caminó inquieto alrededor de la enfermería murmurando para sí frases sin sentido. De vez en cuando, giraba en mi dirección buscando que yo levantase la mirada. Odiaba mentirle, él se sentía preocupado… Cyborg sabía que algo no andaba bien, el comportamiento de Robin durante las últimas semanas así lo afirmaba.

-Aún no se lo has dicho.

Su voz me sobresaltó, tanto como su afirmación. Mi amigo había tomado asiento y me observaba con atención desde una de las esquinas. Instintivamente, mi mano se deslizó hasta posarse sobre mi vientre ligeramente abultado.

-Lo sabemos, Star – señaló con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre a qué se refería -. Raven sintió su presencia desde el momento en que lo concibieron – luché por mantener una actitud serena, pero nuevamente sentía mis mejillas arder, ahora a causa de la vergüenza…ellos… ¡Todos lo sabían!

Me sentí torpe, casi dramática, cuando fui a colocarme a un costado de Robin quien aún permanecía inconsciente. Estiré mi brazo e intenté despejar mi mente acariciando y despeinando con mis dedos su negro cabello.

-Entonces… Raven se los dijo.

-No – respondió apenado -. Bueno… no exactamente. Digamos que Bestita y yo la agarramos con la guardia baja.Pero, no tienes que preocuparte por Chico Bestia, "El Genio" entendió que los Yankees te nombraron su nueva capitana

-¿Los Yankees? – pregunté al aire sin comprender.

Sentí cómo el cuerpo de Robin se tensaba y removía ansioso bajo mis dedos. Aún dormía profundamente, no obstante, algo lo perturbaba.

-Está fuera de peligro, Star – aseguró mi amigo al advertir en mi turbación -. Al menos por ahora… Hasta que decida hacer otra estupidez.

-Siento… que algo desgarra mi corazón – admití -. No pude decírselo, él no me lo permitió.

-Starfire…

-Lo amo, Cyborg. Y estoy segura que ni él mismo sabe cuánto. Incluso en mis sueños… solamente pienso en él.

-Pues… cualquier persona opinaría que deberías decírselo – señaló mi amigo –. Sin embargo, te conozco bien y creo que existe alguna razón por la cual no lo has hecho. Tal vez, muy en el fondo, piensas lo mismo que yo, y… estás asustada. Tú temes que Robin te lastime.

A pesar mío, las palabras de mi amigo me sobresaltaron, reacción que no pasó inadvertida para él.

-Él nunca nos dañaría – contesté mecánicamente acariciando mi vientre.

-Siento decírtelo, pero en más de una ocasión, Robin ya ha demostrado no sólo ser un peligro para sí mismo.

-Amigo, ¿acaso dudas aún de las circunstancias que lo orillaron a obrar de ese modo para protegernos? – pregunté con intención mirándolo desafiante.

-Yo… no lo sé, Star – respondió fatigado -. Trata de entenderme…

-Robin es nuestro amigo. Y todo lo que hizo… fue para protegernos.

-No es el momento, Star. Pero, si creyeras tan firmemente en lo que dices, no le ocultarías algo como eso – afirmó. Sentí las lágrimas emerger y deslizarse libremente por mi rostro. Él tenía razón.

-Me quedaré – declaré con gesto gélido disfrazando el dolor que embargaba mi alma -. Soy perfectamente capaz de defenderme sola.

Cyborg quedó estático unos segundos, rodó los ojos hacia una pequeña mesita metálica en dónde, según mis recuerdos, guardaba jeringas cargadas con dosis de anestesia. Luché por tranquilizar mis nervios, debía actuar con inteligencia. No me cabía duda que su plan seguramente involucraba al resto de nuestros amigos.

-Te lo suplico – pedí suavizando mi tono de voz –. Concédeme este favor, yo debo permanecer a su lado… sólo esta noche.

En ese momento, ambos nos giramos al escuchar un grito taladrante… era Robin. Lo miré preocupada, no sabía qué hacer. Instintivamente, sostuve una de sus manos y, al instante, pareció serenarse. Cyborg me observaba con actitud gélida.

-¡Está ardiendo en fiebre! – exclamé acariciando sus mejillas. Cyborg me acercó un recipiente con agua helada y algunas toallas, de inmediato humedecí con ellas el rostro de Robin. Tras varios minutos, la temperatura de su cuerpo se normalizó.

-¿Ya bajó la fiebre? – pregunto en tono paternal. Asentí con un ligero movimiento de cabeza.

-Amigo… ¿crees que esto sea consecuencia de alguna toxina?

-Su sistema inmunológico actúa despejando los torrentes sanguíneos. Como dije hace un rato: "Sobrevivirá…"

-Entonces, es una buena señal – sonreí aliviada.

-Nada va a separarte de él, ¿cierto?

Cyborg colocó una mano sobre mi hombro, yo enfoqué la vista y advertí en la ligera curvatura de sus labios y en su mirada cargada de un sentimiento protector.

-Cuídalo bien, pequeña.

Dijo y, a continuación, lo observé dirigirse a la puerta, ésta se abrió a su paso y se cerró una vez que mi amigo se alejó. Suspiré satisfecha, retiré las toallas de la frente de Robin, vacié el agua del recipiente y lo deposité en una de las repisas de metal empotradas en las paredes. Acerqué una silla junto al camastro donde Robin reposaba y tomé asiento con la firme convicción de velar su sueño.

-Starfire –escuché entre sueños-. Starfire… despierta.

-¿Robin? – pregunté tras reconocer su voz. Abrí los ojos y comprobé, con disgusto, que me había dejado derrotar por el cansancio -. ¿Cómo te sientes?

-Star – murmuró acariciando mi rostro con su mano y envolviéndome con una tierna y, a la vez, turbadora mirada -. De verdad eres tú… Creí que te había perdido.

-Fue… solamente un sueño – lo tranquilicé -. Estoy aquí.

-No. Star… tú estás en peligro.

-Aún necesitas descansar para recuperar tus fuerzas. Te traeré un poco de agua – dije y, antes de incorporarme, sentí cómo mi brazo era atenazado por una mano temblorosa.

-Quédate…

-¿Qué sucede? – pregunté, pero él guardó silencio -. Por favor, dime.

Robin pareció sumirse en una profunda reflexión. Miré mi brazo aún atrapado entre sus dedos e hice un movimiento para liberarlo. Se alargó el silencio y, extrañamente, me sentía cómoda en él, tomé asiento intentando descifrar la expresión de su rostro.

"A veces desearía leer sus pensamientos"Me confesé a mí misma.

-Prometí cuidarte.

-Lo sé - contesté al instante adivinando el hilo de sus meditaciones -. Y yo prometí estar siempre a tu lado.

-He actuado como un idiota. Todo… absolutamente todo, salió mal.

-¿Qué ha sucedido?

-No puedo decirlo – decretó -. Lo único cierto es que dejé transcurrir mucho tiempo. Debí desaparecer antes de permitir que estoocurriera.

-¿Permitir que ocurriera qué? – inquirí.

-Enamorarme… de ti.

-Entonces, lo que te preocupa, aquello que perturba tus sueños, es nuestro matrimonio –sondeé sintiendo un abultamiento en mi garganta -. ¿Lo lamentas? ¿Lamentas… haberte casado conmigo?

-No – respondió al instante -. No es eso…

-¿Qué es, entonces? – insistí luchando por retener nuevas lágrimas, pero él volvió a sumirse en un silencio dubitativo -. Robin… siempre has guardado muchos secretos. Y a veces siento, me digo a mí misma, que es muy poco lo que en realidad conozco de ti y tu pasado – reconocí apenas logrando articular con claridad -. No obstante, al reflexionar largamente, me he convencido de la insignificancia que ello representa. Tú eres Robin, mi mejor amigo, mi esposo, el hombre al que amo… Pero, por una vez, una sola, quiero saber la razón por la que arriesgaste y casi perdiste tu vida.

Robin me miró, en sus ojos advertí un sentimiento tan intenso y, a la vez, tan triste que no pude contenerme por más tiempo y solté a llorar ocultando mi rostro sobre su pecho.

-Nunca debí permitirlo – susurró en medio de la oscuridad mientras sentía su mano deslizarse por mi espalda -. Simplemente, no era yo mismo.

Ahora fui yo la que guardó silencio, no quería, no me interesaba saber nada más. A la mañana siguiente, al despertar, me sentí ligeramente sorprendida al encontrarme en mi habitación, pero decidí no darle importancia al asunto.

Las semanas transcurrieron lentamente, Robin y yo apenas y nos dirigíamos palabra alguna. Ambos habíamos tomado una decisión. Sin embargo, a medida que transcurrían los meses sentía con mayor claridad y dolor su ausencia. Yo lo necesitaba y más de una vez me vi tentada a confesárselo, pero… entonces el silencio y la incomodidad nos hundían. Ninguno buscaba la compañía del otro y, si por casualidad nos topábamos en un mismo lugar, era él quien se alejaba y desaparecía sin decir más.

Una noche, una fría y solitaria, de esas que lo orillan a uno a cometer actos impulsivos muy en contra de su voluntad, entré a su habitación.

-¿Robin? – pregunté al viento -. Disculpa la interrupción, pero… deseo hablar contigo.

Al comprobar que no había nadie dejé escapar un largo suspiro y, sin saber exactamente lo que esperaba encontrar, me encaminé hacia la cama con la vista fija en un pequeño baúl sobre el colchón. Lo abrí, encontrando en su interior varios sobres con sus respectivas estampillas y direcciones.

-Son cartas – me indiqué a mí misma.

Instintivamente, tomé entre mis manos una hoja donde se leía la letra de Robin. Se trataba de unos cuantos renglones cuyo significado traspasó fulminantemente mi alma al leer:

No puedo prolongar por más tiempo esta mentira… simplemente, olvida todo lo que te dije… No debiste escucharme, mucho menos tragarte mis patrañas. Esto, todo terminó, para siempre. Y no… no puedo evitar pensar que jugué inconscientemente con tus sentimientos… O, tal vez tu error fue ese, no debiste creer que era yo un ser sensible…

CREER QUE YO ERA HUMANO.

Una carta sin fecha, sin destinatario y, por algún extraño motivo, la sentía dirigida a mí. A mis espaldas, escuché un sonido que me sobresaltó. La hoja deslizó entre mis dedos, giré apenas disimulando mi nerviosismo topándome con el gélido y expectante semblante de Robin.

-¿Encontraste lo que buscabas, Starfire? – cuestionó con voz de hielo.

-Yo… Solamente… Yo – luché por explicarme, pero las oraciones quedaban inconclusas tanto en mi mente como en mi garganta. El antifaz le cubría los ojos, aun así, sentía su mirada traspasarme como un millón de cuchillas. No pude soportarlo por más tiempo y, sin preocuparme en recoger la hoja o cerrar el baúl, salí apresuradamente de su habitación.

Abrí perezosamente los ojos al advertir en mis muñecas y tobillos inmovilizados, fuertemente sujetos a una superficie fría. Parpadeé un par de veces en un vano intento por enfocar los objetos a mi alrededor advirtiendo en el efecto de los sedantes que aún intoxicaban mi sistema sanguíneo.

-Tranquilízate – ordenó una voz infantil -. Si intentas moverte, podrías lastimarte.

-¿Quién eres? ¿Por qué me tienes cautiva?

Interrogué haciendo un ligero esfuerzo por liberar mis extremidades.

-Valla que eres testaruda – indicó el niño. Por su voz pude notar que se encontraba sorprendido -. Desde que te trajimos no has dejado de preguntar lo mismo.

Ignoré el comentario y me concentré en hacer un último esfuerzo. No sabía donde estaba, ni recordaba quién era con claridad. Lo único seguro era que, en algún lugar, alguien me necesitaba. Sorpresivamente, sentí una tibia y pequeña mano posarse sobre mi brazo derecho recorriéndolo con suavidad.

-Estás asustada – aseguró la voz usando un tono comprensivo. Giré un poco mi cabeza justo a tiempo para ver salir de entre las sombras a un niño encapuchado que, por su complexión y voz, no parecía tener más de doce o trece años de edad.

Su cabello, negro azabache y ligeramente rebelde, me recordó al de Robin. Me le quedé mirando, el niño tenía una tez pálida y unos rasgos faciales aún muy infantiles, pero algo en él era… tan similar. El niño se sonrió levemente e hizo ademán de retirarse la capucha que ensombrecía la mayor parte de su angelical rostro.

-Aun no, Jason – le reprendió otra voz, una autoritaria y masculina que, a su vez, parecía carente de emoción.

De entre las sombras emergió otra figura, era un hombre alto, fornido y enmascarado; vestía una armadura negra cuyo grabado de murciélago, a la altura de los pectorales, atrajo mi atención. El niño se alejó de mi lado dando paso al enmascarado quien me observó minuciosamente, como si llevase a cabo un diagnóstico.

-¡¿Qué planea hacer conmigo?! – exigí saber. El enmascarado me ignoró y dirigió su atención hacia un gigantesco monitor. Aspiré profundamente – en el aire se percibía humedad -. Ello, agregando las características geológicas de los muros, me revelaba el interior de una cueva.

-Después de todo lo que hemos hecho por ella… sigue creyéndonos los malos – ironizó el niño señalándome con el dedo índice -. No entiende que, por el momento, solo intentamos curarla – sentenció.

-¿Por el momento? –pregunté en un suspiro… me sentía sumamente agotada -¿Por qué? ¿Con qué finalidad? – insistí resuelta a no dejarme vencer por el cansancio ni por la fría e escrutadora expresión del enmascarado. El desconocido camino hacia mí y alargó su mano hasta que sus dedos se posaron sobre mi vientre.

-Todo se aclarará… a su debido tiempo – fue la rápida y definitiva frase que emanó de sus labios. Lo miré suplicante, había advertido en la dosis de somnífero que pretendía suministrarme.

-No… necesito saberlo ahora. Muchas personas podrían correr gran riesgo.

-Ya ni te preocupes – contestó el niño con total indiferencia -. Todos murieron.

Abrí mis ojos con estupefacción. El enmascarado advirtió en mi expresión y, por un segundo, hizo ademán de refrenar algún impulso.

-Jason…

-Debe sentirse tan cool volver de la muerte. Me refiero a que – continuó el niño sin inmutarse de la severidad con que lo contemplaba su tutor -… casi ni quedan cicatrices. ¡Demonios! Estoy seguro que hasta Superman sentiría envidia. Y pensar que hace tres días tuvimos que sacarte de esa morgue.

Al oír lo último mi respiración se agitó y en vano luché por disimular mi euforia. El enmascarado pareció dirigir una mirada reprobatoria al niño antes de girarse hacia mí.

-Hallaron su cuerpo flotando a la orilla del Lago Hodges – señaló con voz de hielo -; al trasladarle a la Morgue del Condado, una débil sonda me guio hacia usted…

-Se lo suplico – pedí anteponiendo, olímpicamente, mi voluntad a mis nervios -. Dígame cómo fue que termine aquí.

El niño, en un rápido movimiento, se colocó a mi costado y con voz traviesa me susurró al oído:

-Si quieres, eso yo te lo puedo contar. El viejo terminará por quitarle emoción y, la verdad, esto es mejor que una historia de vampiros y zombis.

-Jason.

-¡Oh, vamos! El que un muertose levante y ande como el mismo Lázaro no es algo que… - repentinamente la voz del niño se disipó en el viento. Sin duda, el enmascarado había hecho algún además para acallar al muchacho pues, resignado, fue a sentarse a una de las esquinas.

-Yo… - aventuré a preguntar – ¿Mi cuerpo… falleció?

-Sí – afirmó el enmascarado con expresión indescifrable.

-¿Cuánto tiempo? – pregunté.

-Tres días.

-Muerta – repetí acongojada -… Pero, ¿cómo morí y por qué vivo ahora?

-Su sistema alienígeno – cortó de nuevo, esta vez en tono ausente (casi mecánico) -. Tales características biológicas representan, para las comunidades científicas y el Mercado Negro, lo que el Vellocino para los argonautas.

Al fracasar en el desarrollo de un acumulador sintético de energía nuclear, usted fue capturada y expuesta a niveles de radiación que ningún ser humano podría soportar.

-¿Qué está diciendo? – murmuré un poco turbada y asustada al enlazar mentalmente la nueva información -.De ser cierto… quedan explicados los robos a laboratorios. Pero no mi muerte. La radiación nunca podría infligirme algún daño.

-Está usted en lo cierto – reconoció el enmascarado bajando la mirada, aparentemente ignorando el resto de mis revelaciones, y sumiéndose en una profunda tristeza. Lo miré extrañada, el desconocido había colocado una mano sobre mi vientre y sentía sus dedos trazar figuras irregulares sobre él… mientras, de los labios del extraño, escapaba un largo suspiro.

-¡Mi bebé! – grité al comprender.

-Al ser un híbrido, su sistema no soportó la acumulación de energía.

-¡No! ¡Eso no es cierto! ¡Diga que no es cierto!

No podía respirar, sentía como si un puñal atravesara mi pecho, quería morir…

-¡¿Por qué me trajo de vuelta?! – acusé histérica -¡¿Con qué derecho?! ¡Máteme de nuevo! Quiero morir con mi bebé…

-El padre de la criatura… tampoco lo hubiera querido así.

-Robin… ¿Qué sabe de él? ¿Cómo se atreve a mencionarlo?

-Hemos terminado.

-¡No! ¡Usted sabe algo sobre él! ¡Deseo que me lo diga!

-Es suficiente – declaró acercándose a mí con jeringa en mano.

-No puede sedarme, necesito saber dónde está Robin…

No hubo respuesta. Pero pude ver... ¡aunque con qué terrible exageración! Los labios del enmascarado togado de negro. Me parecieron blancos... y finos hasta lo grotesco; finos por la intensidad de su expresión de firmeza, de inmutable resolución, de absoluto desprecio hacia la tortura. Vi que el decreto de lo que para mí era el destino brotaba todavía de aquellos labios. Los vi torcerse mientras pronunciaban una frase, la única que me acompañaría los siguientes diez años de mi vida: "Robin está muerto". Los vi formar las sílabas de sunombre, y me estremecí, porque ningún sonido llegaba hasta mí. Y en aquellos momentos de horror delirante vi también oscilar imperceptible y suavemente las negras colgaduras que ocultaban los muros de la estancia. Entonces mi visión recayó en las siete altas bujías de la mesa. Al principio me parecieron símbolos de caridad, como blancos y esbeltos ángeles que me salvarían; pero entonces, bruscamente, una espantosa náusea invadió mi espíritu y sentí que todas mis fibras se estremecían como si hubiera tocado los hilos de una batería galvánica, mientras las formas angélicas se convertían en hueros espectros de cabezas llameantes, y comprendí que ninguna ayuda me vendría de ellos. Como una profunda nota musical penetró en mi fantasía la noción de que la tumba debía ser el lugar del más dulce descanso. El pensamiento vino poco a poco y sigiloso, de modo que pasó un tiempo antes de poder apreciarlo plenamente; pero, en el momento en que mi espíritu llegaba por fin a abrigarlo, las figuras del enmascarado y del niño se desvanecieron como por arte de magia, las altas bujías se hundieron en la nada, mientras sus llamas desaparecían, y me envolvió la más negra de las tinieblas. Todas mis sensaciones fueron tragadas por el torbellino de una caída en profundidad, como la del alma en el Hades. Y luego el universo no fue más que silencio, calma y noche.