Capítulo 10.

Vanessa llevaba una carpeta en las manos.

—Muy bien. Esta mañana tenemos una mesa redonda con seis periodistas; cuatro europeos, un neozelandés y un japonés, así que no debería ser problemático. Después tienes una entrevista con la edición italiana de Marie Claire. Y luego otra entrevista con Christine Miller del Daily Post, y una sesión de fotos para terminar.

—¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no me opero a corazón abierto con un cuchillo de mantequilla?

—No, Touya, ni pensarlo. Todo saldrá bien.

—¿Les has dicho que nada de preguntas sobre Flora?

—Sí, pero ya sabes que las harán de todas maneras.

—Si me preguntan sobre Flora, me largo.

—Ni hablar. Dirás: «Sin comentarios».

—¿Por qué? —preguntó enfurruñado mientras se ponía los calcetines.

—Porque si dejas la entrevista a medias, mañana habrá titulares en medio mundo. Las revistas de cotilleos harán el agosto diciendo lo desagradable que eres y el poco sentido del humor que tienes.

—No es verdad.

—Te aconsejo que te comportes, Touya. Es lo único que te digo. ¿Estás listo?

—Qué remedio...

Salieron de la suite, se metieron en el ascensor y bajaron cuatro plantas.

—Solo serán veinte minutos —le aseguró Nessie.

Suspiró. Al principio de su carrera había disfrutado de la publicidad que acarreaba el trabajo, de la oportunidad de coquetear con las entrevistadoras guapas y decir cosas escandalosas. Pero en los últimos tiempos se había convertido en una carga. El comentario más nimio se repetía fuera de contexto. Eso fue lo que pasó cuando bromeó con un chico atractivo que trabajaba para Attitude sobre que le gustaba Jude Law y el comentario acabó en un «¡Soy gay!, declara Touya».

Dado que ya le habían achacado rumores de esa índole antes, no le había hecho gracia. Claro que cada vez había más aspectos de su trabajo que le resultaban cargantes, por no hablar de que con treinta años ya comenzaba a estar arto para las comedias románticas, que eran su especialidad; el problema era que nunca le llegaban los papeles dramáticos y con enjundia. Esos iban todos para Sean Penn y Philip Seymour Hoffman.

Y luego estaba lo de El carro de las manzanas. Desde la primera página del guión supo que era mala. Pero le debía una a Ben por impulsar su carrera. Además, le brindaba la oportunidad de protagonizar la película junto a Justina Maguire, la actriz más cotizada en Hollywood últimamente y a quien Kaho odiaba. Decidió aceptar el papel por su cuenta; a Callum, su representante, no le hizo mucha gracia a pesar de que se embolsaría el diez por ciento de su caché. Flora le había instado a que lo rechazara.

—Tienes que serle fiel a tu integridad artística —le dijo ella.

Pero él no tenía integridad artística. De hecho, no estaba seguro de tener integridad de ninguna clase. De modo que firmó en la línea de puntos. Vale, tal vez la película fuera mala, pero ¿a quién le importaba?

Seguiría los pasos de su héroe, Michael Caine, que una vez le dijo a otro tío: «No he visto la película, pero he oído que es espantosa. Aunque sí he visto la casa que ha pagado dicha película, y es estupenda».

Claro que una cosa era bromear sobre esas cosas con tus colegas y otra muy distinta abrir las revistas, como había hecho cuando estrenaron El carro de las manzanas en Estados Unidos, y leer las primeras críticas negativas unánimes sobre su carrera. «Kinomoto vuelve a pasar de puntillas por un papel como si le aburriera todo lo que sucede a su alrededor», eso fue lo más leve que dijeron sobre la película. «Un desastre insalvable. Balanton y Kinomoto deberían avergonzarse», fue una crítica recurrente.

En su momento se había echado a reír y le había dicho a todo el mundo que tenían razón, pero por dentro estaba destrozado. ¿Por qué no le había hecho caso a Flora? Había acabado siendo un hazmerreír. Y lo peor era que todo el mundo decía que había más química entre los presentadores del telediario matinal que entre Justina y él. Kaho seguro que se partió al leer eso.

Y en ese momento iba a tener que soportar otro interrogatorio sobre por qué aceptó participar en semejante fiasco. Aprieta los dientes y aguanta el tirón como un hombre, se dijo.

¿O no?

—Voy a dejar este mundillo muy pronto —masculló entre dientes mientras recorría el pasillo en dirección a la sala de conferencias—. Me aburre. No presenta ningún desafío. Voy a escribir mi novela. Voy a conseguir que sea importante. —Sopesó la idea de decírselo a los periodistas, pero decidió que era mejor no hacerlo. Ese tipo de declaraciones podían explotarte en la cara. Lo mejor sería presentárselo al mundo como un hecho irrevocable.

Estaban esperándolo sentados a la mesa.

—Vaya, vaya, es muy amable que hayáis venido todos para ver a este pobre viejo. No sé por qué os habéis molestado.

Todos se echaron a reír, y eso lo relajó. El numerito de rebajarse siempre funcionaba. Extendió los brazos en gesto humilde.

—¿Bueno? ¿Qué puedo hacer por vosotros?

Un hombre bastante ansioso con gafas gruesas y un polo, que estaría mucho más a gusto escribiendo ensayos sobre la reconstrucción política para alguna revista de arte minoritaria en vez de preguntándoles a las estrellas de cine qué colonia usaban, se inclinó hacia delante.

—Thomas Schlieffer, de la edición alemana de Glamour. Señor Kinomoto, en su opinión, ¿la forma de Ben Balanton de hacer cine se describiría mejor como posmodernista o como nouvelle vague?

Le metió la grabadora bajo la nariz mientras asentía con la cabeza.

—¿Ben? —preguntó él al tiempo que se sentaba a la mesa y miraba a los presentes—. ¿Su forma de hacer cine? Diría que es más del estilo «el estudio me ha dado un cheque enorme, así que vamos a hacer esta mierda de una vez». —Abrió la boca para sonreír de oreja a oreja. La mitad de los periodistas soltaron una carcajada para reírle la gracia, mientras que la otra mitad parecía haberse quedado sin habla.

—¿De verdad es tan cínico? —preguntó el alemán como si acabara de escuchar que un huracán había barrido su casa.

Touya miró a Nessie, que estaba sentada en un rincón, y vio que movía la cabeza un poquito. Vale. Había llegado el momento de dejar de hacer el tonto e ir a lo seguro.

—Lo siento, chicos, solo era una broma. Nada más lejos de la realidad. Ben es un artista estupendo. Trabajar con él ha sido una experiencia maravillosa. Y no solo con él. Me refiero a todo el equipo, a todo el elenco de actores, todos eran muy profesionales y divertidos. Nos reímos muchísimo. Y creo que es lo mejor que ha hecho Ben en mucho tiempo.

—¿No cree que con respecto a trabajos como Analizando el amor es un pinchazo hacer una película sobre un granjero y su perro? —preguntó una mujer de mediana edad con unos dientes enormes. Era fea y tenía razón en lo que había dicho. La odió al instante.

—¿Y usted es...? —preguntó él.

—Helena de Moretti, de la edición italiana de Vogue.

—¿Italiana? ¿No quiere preguntarme sobre el tiempo que pasé en Italia como estudiante?

—No, gracias.

No le hizo caso.

—Es genial estar de vuelta. Viví en Roma un año a los veinte. Una de las mejores etapas de mi vida. Conducía una Vespa, vivía en un ático en el Trastevere, enseñaba inglés, aprendía a cocinar...

—¿Tenía novia? —preguntó una joven de pelo oscuro y voz ronca.

—Mmm. Bueno, claro, ¡tenía algunas! Las mujeres italianas... Ya sabéis.

La habitación estalló en carcajadas y sonrió, satisfecho por haber esquivado las preguntas incómodas. Pero la italiana fea insistió.

—Le he preguntado, señor Kinomoto, si cree que El carro de manzanas es un pinchazo.

Vale, respira hondo, cuenta hasta diez, sé paciente.

—No, qué va, no es un pinchazo. Lo que quiero decir es que sí, Analizando el amor es una obra maestra, pero hay lugar para todo en este mundillo. El carro de las manzanas es una historia muy dulce. Está pensada para que la gente se ría, para alegrarles el día, y hay lugar para algo así en este miserable mundo, creo que todos estarán de acuerdo conmigo en eso. ¿Siguiente pregunta?

Un japonés con traje le acercó la grabadora.

—Señor Kinomoto, Junichiro Kanai, de Tokyo Tights. ¿Ha estado alguna vez en Tokio en primavera?

¡Sí! ¡Esa pregunta era de las buenas!

—He estado allí, todo japonés lo ha estado alguna vez y es una ciudad preciosa. Los cerezos en flor son... preciosos y... —Si se alargaba bastante con el tema, pondría de uñas al resto de periodistas y no les dejaría tiempo para hacerle preguntas sobre el declive de su carrera. Cuando estaba terminando su disertación, una rubia con mirada maliciosa, carraspeó.

—Señor Kinomoto. Marion Demazière, de Jeunesse Française. ¿Es cierto que tiene una prima francesa?

Genial. Otra pregunta buena. Le gustó esa periodista. Tal vez pudiera conseguir su teléfono y... pero no.

—No, no es cierto. Aunque ojalá lo fuera. Porque las francesas son maravillosas. Las adoro. Creo que son las mujeres más sexys de la tierra. Sí, me encantaría tener una excusa para visitar Francia con más frecuencia.

—Pero ¿qué opinaría Flora sobre eso? —preguntó la italiana con astucia.

Mierda. Había caído en la trampa él sólito.

—A Flora también le gusta mucho Francia —respondió con voz gélida.

Todos comenzaron a apuntar frenéticamente en sus cuadernillos. Al otro lado de la habitación Nessie puso los ojos en blanco.

—De acuerdo, solo queda tiempo para otra pregunta —dijo Nessie con firmeza.

Le tocó a un hombre delgaducho y alto.

—Hola, Jim Pallett de New Zealand Age. ¿Conoce a Russell Crowe?

—Sí, pero... ¿qué tiene eso que ver con El carro de las manzanas?

—Nada, pero es un compatriota.

—Claro. Por supuesto. Bueno, conozco a Russell y es un tipo encantador. Muy gracioso. Por supuesto, no lo conozco demasiado bien, pero...

—¡Muy bien! —exclamó Nessie—. Se ha acabado el tiempo.

—Ay, por favor, una pregunta más —musitó el bomboncito francés.

—Una más —concedió Nessie con magnanimidad, como si le hubiera dado la tarjeta de crédito y el número secreto del sultán de Brunei.

Se preparó para «¿Cómo van las cosas con Flora?». Bajo la camiseta sintió que algo comenzaba a palpitar. Se llevó la mano al corazón. ¡Dios mío!,. Eso no era nada bueno. Se moría por engancharse a internet y comprobar qué era.

—¿Ha hablado con Kaho sobre su compromiso? ¿La ha felicitado? —Mientras hablaba, la mujer le puso una revista bajo las narices en la que se veía a una sonriente Kaho en la portada.

—¿Kaho se ha comprometido? —preguntó él. El corazón se le hinchó como un globo, pero mantuvo la voz firme y la sonrisa en su lugar. Miró la revista con más atención.

Y allí estaba, el amor de su vida durante diez años, en los brazos de ese imbécil de Fabrizio con su bronceado artificial.

—¿No lo sabía? —Todos se incorporaron. Empezaron a escribir a toda velocidad en sus cuadernillos. Le metieron tres grabadoras bajo las narices.

—Chicos —intervino Nessie—, eso solo son rumores...

—No, no es un rumor —la corrigió la italiana—. Reuters lo confirmó hace una hora.

—Y el señor Kinomoto hablará con la señorita Mizuki para felicitarla de todo corazón cuando llegue el momento.

—Sí —confirmó él cuando lo miraron expectantes. Le pitaban los oídos. Tenía la sensación de que estaba en las nubes y se veía desde allí arriba—. Sí, eso haré. Estoy muy contento por Kaho y Fabrizio y les deseo lo mejor.

Nessie se levantó.

—Muy bien, creo que ya tenéis bastante por ahora. El señor Kinomoto está muy ocupado. Gracias a todos por venir.

—Gracias —repitió él mientras se levantaban entre protestas—. Gracias. Os agradezco el tiempo que me habéis dedicado. —Miró su Rolex. Le daba tiempo a volver a su habitación y ver las noticias antes de la siguiente entrevista. Cuando salía de la sala de prensa, oyó hablar al japonés y a la francesa.

—Una lástima. Nos habría ido mejor si hubiéramos entrevistado a Justina Maguire, está en el candelero.

—Y tanto —convino la francesa—. Nosotros también queríamos entrevistarla a ella, pero solo va a concederle una entrevista al Vogue norteamericano. Así que tuvimos que conformarnos con Kinomoto.

Capítulo 12

Amy había esperado que su primer día completo en Roma fuera mejor que el primero, pero al final resultó más caluroso, más solitario y más frustrante. Por la mañana decidió ir al Vaticano. Cogió el metro, que parecía patético comparado con el de Londres, porque creyó que sería menos estresante que caminar y la idea de un autobús le resultaba aterradora por la posibilidad de no saber cómo pagarle al conductor ni de dónde bajarse. Se encontró encerrada en un vagón con tres niños gitanos que la incordiaron para que les diera dinero. Les dio un par de monedas, pero con eso solo consiguió que siguieran insistiendo, de modo que tuvo que bajarse en la siguiente parada y esperar al siguiente para que la dejaran tranquila.

Había planeado visitar los museos del Vaticano y la capilla Sixtina, pero estaba todo cerrado por alguna festividad católica. De modo que se encaminó a la basílica de San Pedro, pero estaba a punto de cruzar las enormes puertas cuando una monja la cogió del hombro y la sermoneó por pensar siquiera en entrar en el lugar más sagrado de la cristiandad en pantalones cortos.

—Pero... —protestó ella, y señaló al hombre que tenía delante, que llevaba una camiseta con un logo que rezaba «Los surferos lo hacen de pie». Sin embargo, la monja no cedió.

—Debería darle vergüenza —le dijo al tiempo que se santiguaba.

Derrotada, compró una porción de pizza de un puesto de comida para llevar y se la comió de pie a modo de almuerzo a la sombra de un plátano. Tras estudiar la guía con detenimiento y descubrir que casi todos los monumentos cerraban el lunes, decidió mirar escaparates aunque quería reservar esa actividad para cuando Gaby llegara. Sin embargo, como era la hora del almuerzo, casi todas las tiendas estaban cerradas y no abrirían hasta las cuatro, así que en lugar de ver tiendas se dedicó a deambular por las callejuelas empedradas de lo que allí denominaban el «casco histórico» con un ojo pendiente del móvil por si la llamaban y no lo oía, cada vez más desanimada. Le dio vueltas y vueltas a su situación. Había perdido la posibilidad de tener un futuro con el único hombre al que había amado de verdad. ¿Había sido demasiado exigente? ¿Debería haber negociado los términos? Al fin y al cabo, nadie era perfecto.

Entretanto los puñeteros pantalones cortos no paraban de darle problemas. Nada más verla, los conductores tocaban el claxon como los jinetes tocarían el cornetín cuando avistaban a su presa en una cacería. Los comerciantes, que estaban resguardados a la sombra, siseaban como serpientes. Los que iban en moto, aunque llevaran a mujeres de paquete, aminoraban la velocidad y mascullaban comentarios que estaba convencida de que eran escandalosas obscenidades.

Comenzó a sonar el móvil. El rayito de esperanza volvió a brillar en su interior, pero el identificador de llamada lo apagó de un plumazo.

—Hola, mamá —dijo, esforzándose por parecer animada.

—¡Cariño! ¿Dónde estás? ¿Estás con Doug?

—No, mamá. Estoy en Roma. En mi luna de miel. Sola.

—¡Ay, cariño! ¿Y no has tenido noticias suyas?

Apretó los ojos con fuerza como si estuvieran a punto de pegarle un puñetazo en la cara.

—Ni una palabra —confesó.

—Ay, Amy... —Percibió la decepción a través del teléfono.

Sus padres tenían tantas esperanzas puestas en ella que resultaba aterrador. Era hija única, nacida bastante tarde después de años de falsas esperanzas, y habían sacrificado mucho (todo en balde, como Gaby solía señalar) para que ella pudiera hacer clases de ballet, de judo y de violín, para asegurarse de que iba a un buen colegio y a una buena universidad. El día que se licenció como médica fue el más feliz de sus vidas, el día que se prometió con Doug casi el segundo más feliz. De hecho, el día que llevó a Danny a su casa fue el segundo más feliz. Doug nunca les había caído muy bien, pero habían fingido que era así.

Era maravilloso que la quisieran de esa manera, pero también podía resultar agobiante. En ocasiones, solo quería que su madre la abrazara con fuerza. Sin embargo, solía terminar siendo ella quien consolaba, fingiendo que su maltrecho corazón apenas si había sufrido daño.

—No te preocupes, te lo pido por favor, mamá. Estoy bien.

—¡Es que no lo entiendo! Estoy muy enfadada con Douglas. ¿Cómo ha podido hacerle esto a mi pequeña?

—Mamá...

—¿Quieres que lo llame?

—¡No!

—Esto... verás, cariño, todo el mundo está llamando por los regalos de boda. No es que les preocupe el dinero ni nada parecido, pero quieren saber qué hacer. ¿Vas a quedarte con los regalos como... como un premio de consolación? ¿O vas a devolverlos? Vamos, que es cosa tuya. Creo que la tía Joan te compró una tostadora y Joan Millikins un juego de croquet.

—Creo que deberías devolverlos. Pero no te preocupes. Ya me ocuparé de todo cuando vuelva a casa. Y mientras tanto... adivina quién se hospeda en el mismo hotel. ¡Hal Blackstock!

—¿¡Hal Blackstock! —Eso la animó. Su madre siempre había tenido debilidad por Hal Blackstock, mucho más que por Harrison Ford, y cuando ponían una película suya, se cenaba delante de la tele con bandejas y se prohibían las interrupciones.

Le contó lo guapo que era, saltándose el detalle de su flatulencia, y cuando por fin colgó, su madre estaba mucho más animada, convencida sin duda alguna de que Hal Blackstock sería su futuro yerno. Ella, por su parte, se sentía peor que nunca. Se moría por llamar a Doug, pero en vez de eso marcó el número de Gaby.

—¿Cómo te va?

—Estupendamente —respondió mientras observaba a una policía con unos tacones imposibles y un uniforme ajustadísimo retocándose el maquillaje con la ayuda del retrovisor de un Fiat aparcado—. El hotel es increíble y... ¡adivina! Hal Blackstock se aloja en la misma planta que yo y quería que intercambiáramos habitaciones.

—¡No!

Le contó el incidente de la sauna y recibió a cambio unos cuantos jadeos y unos cuantos «¡No me lo puedo creer!» de lo más satisfactorios.

—¿Seguirá ahí el miércoles? Tengo la ecografía por la mañana. Sobre las diez o así.

—¿Crees que podrás estar aquí el miércoles por la noche?

—Desde luego. Saldremos a comer pasta. Me muero de ganas por estar ahí. Por cierto, supongo que no tienes noticias.

—Ni una palabra. Pero tampoco las esperaba.

—De todas maneras —comenzó Gaby antes de inspirar hondo con furia—, debería haberte llamado. Mierda, tengo que dejarte. Tengo a un cliente en la otra línea. Te llamaré mañana para decirte el vuelo. Te quiero.

«Te quiero.» Eso era lo que se suponía que debía decir un novio cuando terminaba una llamada, no tu mejor amiga.

Pero ¿cuándo había sido la última vez que Doug se lo había dicho? No durante esos últimos meses con todas las discusiones sobre la colocación de invitados, la elección de centros de mesa y el ensayo de los pasos para el primer baile. Pero ¿cuándo se lo había dicho ella, ya que estaba?

Mientras regresaba sin prisa al hotel, pensó en los primeros e idílicos días con Doug. Después de haber consumido un número apropiado de bebidas aquella noche de marzo y después de que Gaby e incluso Pinny (que mantuvo la boca cerrada aunque no dejaba de lanzarle dardos con los ojos) se hubieron marchado, acompañó a Doug al cochambroso piso que compartía en Pimlico para «escuchar música». Fingió que le interesaban los grupos góticos cuyas canciones le tocó y los dos parlotearon hasta las cuatro de la mañana, cuando por fin se produjo una pausa en la que ambos reconocieron en silencio que ya habían agotado todos los temas de conversación y que habían llegado a donde querían llegar y ya no podían esperar más. Así que Doug se abalanzó sobre ella.

A pesar de que estaban borrachos, el sexo fue espectacular. Jamás había experimentado nada igual. Después de pasar años sufriendo la postura del misionero con Danny, tuvo la sensación de que se había transformado en una actriz porno y de que todo el cuerpo le hervía de emoción, de que todos los músculos palpitaban al despertarse tras un largo sueño.

Por la mañana Doug se levantó y salió a comprar. Mientras él estaba fuera, aprovechó para buscar pruebas que delataran la existencia de otras mujeres, pero solo encontró un paquete medio vacío de Hob Nobs caducadas desde hacía más de siete meses bajo la cama, lo que le provocó una arcada, pero era algo tan distinto de Danny que no le quedó más remedio que echarse a reír. En ese momento, Doug regresó con el periódico y los cruasanes, y con él volvió el pánico de que solo fuera un rollo de una noche y que en cualquier momento la pusiera de patitas en la calle.

Claro que en su caso Doug sí que debería haber sido un rollo de una noche. Le había ocultado que tenía un novio que había estando salvando vidas esa noche mientras ella hacía el amor como una posesa. Se fue por la tarde, después de hacer el amor dos veces más. Tenía la boca seca cuando se despidió, pero luego Doug dijo:

—Oye, voy a pedirle a Pinny tu teléfono.

—Bueno... yo que tú no lo haría —se apresuró a decir, aterrada por lo que pudiera contarle Pinny—. No creo que deba saber lo nuestro... quiero decir, lo que ha pasado.

Doug se encogió de hombros.

—Me parece bien. Pin siempre ha tenido debilidad por mí. Bueno, pues dámelo tú ahora.

De vuelta a casa tuvo la sensación de que su piel estaba estirada al máximo, como si fuera demasiado pequeña para su cuerpo. Tenía un mensaje de Danny en el contestador diciéndole que se verían esa noche y que si le apetecía cenar en un indio y luego ver una película. Se sintió culpable por primera vez. Tal vez Danny no fuera el hombre ideal para ella, pero era un buen hombre y ella se estaba comportando fatal. Estaba preguntándose qué hacer, si debería cortar con él esa noche o si debería esperar un poco hasta averiguar la seriedad de las intenciones de Doug cuando sonó el móvil. Era Pinny. Miró el teléfono con miedo, como si fuera una barra de plutonio. Lo dejaría sonar. No, lo cogería. Porque aunque no quería hablar con ella, eso la acercaría más a Doug.

—¡Hola! —exclamó—. Anoche me lo pasé genial.

—¿Qué hiciste? —Pinny no sonaba tan alegre como de costumbre.

—¿A qué te refieres?

—Baz dice que te fuiste con Doug.

Se le puso el corazón en la garganta.

—Sí, compartimos un taxi para volver a casa.

—Pero no vivís cerca.

—Lo sé. Lo dejé en King's Cross.

—Vale, si tú lo dices…

—Claro que lo digo —replicó enfadada.

—Doug puede traerte problemas. Te lo aviso.

—No pasó nada, Pins.

Le contó la misma mentira a Gaby, que respondió de forma menos incrédula pero más preocupada. Y luego pasó un día espantoso, demasiado nerviosa para dormir, demasiado cansada para hacer algo provechoso, arreglándose las uñas y comprobando el teléfono. Esa noche Danny fue a su casa. Decidió que estaba demasiado cansada para embarcarse en una ruptura, así que cenaron comida india y vieron una película antes de lavarse los dientes juntitos e irse a la cama para dormir castamente... como cualquier noche de sábado. Al día siguiente Danny trabajaba por la tarde. Ella volvió a la cama y comenzaron a castañetearle los dientes por lo deprimida que se sentía al pensar que nunca más vería a Doug. Sin embargo, a eso de las seis, cuando ya estaba anocheciendo, sonó el móvil.

No dejo de pensar en la noche pasada. ¿Podemos repetirlo pronto? X

Antes de poder contenerse ya le estaba contestando con otro mensaje.

¿Qué tal ahora?

Y así comenzaron las tres semanas más emocionantes y agotadoras de su vida; tres semanas durante las que pasó todas las noches en los brazos de Doug y todos los días intentando mantenerse despierta gracias a la adrenalina y a las pastillas de cafeína; el resto del tiempo lo pasaba escribiéndole mensajes a Danny para decirle que tenía que trabajar hasta tarde y que ya lo vería el fin de semana. Debería haberse sentido mal, fatal, pero su obsesión por Doug le anestesiaba la conciencia.

Al final, cuando ya tenía los nervios destrozados y se aseguró en la medida de lo posible de que Doug quería ser su novio, hizo acopio de valor y le dijo a Danny que había otra persona. Se lo tomó tan mal como había esperado: lloró un montón, le rogó que se lo pensara mejor y le contó que se la imaginaba teniendo niños y envejeciendo juntos. Se sentía fatal por la situación, pero cuanto más le rogaba, más se convencía de que estaba haciendo lo correcto. Una vez que solucionó ese asunto, fue a casa de Doug, se metió en la cama con él y se olvidó de Danny para siempre.

Después de aquel día Danny la llamó llorando en un par de ocasiones a las tantas de la noche. Le escribió apasionadas cartas de amor que ella tiró sin leer. Tuvo pesadillas recurrentes sobre él y sobre cómo lo había soportado durante años. Pero al mismo tiempo se sentía muy afortunada de haber escapado de lo que parecía un largo y letárgico sueño para encontrar la verdadera pasión. El verdadero amor.