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La cuarta vez que se besaron no hubo alcohol, llantos, ni juegos de por medio que sirvieran de excusa.

Era otoño y los días comenzaban a acortarse, oscureciendo apenas pasadas las seis de la tarde mientras el frío y la lluvia empezaban a ganar protagonismo en las calles. Habían pasado la tarde en casa de Octavia, y Lexa se ofreció para acercar a Clarke a su casa cuando sus padres le escribieron un mensaje recordándole la cita que tenía con ellos antes de la hora de cenar.

Fue algo inesperado y torpe, pero suficiente para dejar a las chicas desorientadas: Lexa se inclinó para darle un beso a Clarke de despedida al mismo tiempo que ella se agachaba para recoger su bolso de entre sus piernas. Cuando vio a la morena acercarse de reojo se incorporó deprisa, sin tiempo para medir las distancias, y el beso de Lexa acabó en la comisura de sus labios.

Era un fallo de coordinación tan absurdo y común que en cualquier otro momento se habría reído sin más. No le habría dado importancia si le hubiese ocurrido con Octavia o con Raven, ni siquiera le habría importado de tratarse de Bellamy o alguno de sus amigos, pero siendo Lexa… la cosa cambiaba.

Aquel simple roce para ella fue como una chispa que encendió de golpe un fuego que había luchado por mantener apagado, y en un instante todos sus progresos se esfumaron a la vez.

Aprovechó los segundos que Lexa permaneció inmóvil por la sorpresa y se movió para atrapar sus labios en un beso suave pero demandante, frío por la humedad que se había colado en el coche pero tremendamente cálido por su aliento. Suspiró cuando Lexa llevó una mano a su cuello y mordió suavemente su labio inferior antes de aumentar la intensidad de su beso, y automáticamente Clarke agarró el cuello de su jersey para sujetarla.

Había sufrido en silencio cada vez que había visto a Lexa besar a alguna de las chicas con las que había estado desde que no salía con Costia (no habían sido demasiadas, pero sí más de una), ya no por celos, Lexa estaba en todo su derecho de divertirse después de lo que había pasado con su ex y quedar con alguna de las (muchas) chicas que se lo proponían, sino porque en su interior se moría de ganas por poder disfrutar ella también de la forma sensual que Lexa tenía de besar, a la que se había vuelto adicta desde el primer momento en que la probó.

En ese instante, un lapsus momentáneo de lucidez atravesó la mente de Clarke y fue consciente de que en aquella ocasión no podría decir que estaba muy borracha cuando la besó, ni que pretendía ayudarla, y Lexa claramente no necesitaba consuelo, por lo que no tenía ninguna excusa que justificara la forma en que reclamaba su lengua mientras se aferraba al cuello de su jersey para evitar que parase y se dijo a sí misma que era el momento de ser sincera.

Lexa la estaba besando y era evidente que aquello debía significar algo.

-Lexa -murmuró separándose de ella y contuvo una sonrisa al oír la pequeña queja que emitió. La morena volvió a su asiento y fijó la vista en el volante con las mejillas encendidas-. Lexa -repitió con cuidado-, para mí esto no ha sido un error.

Lexa la miró de inmediato con la confusión escrita en la cara y Clarke respiró hondo antes de volver a hablar.

-Yo… joder, ¿por qué son tan complicadas estas cosas? -murmuró para sí misma y se mordió el labio-. Lexa, me gustas. Joder, me gustas demasiado y no me arrepiento de ninguna de las veces que te he besado -confesó deprisa.

-¿De… ninguna? -a Lexa le brillaron los ojos.

-Ninguna -aseguró-. Dios, si lo estaba deseando -se rió nerviosa y después estudió a su amiga-. Lo siento pero tenía que decírtelo, no podía seguir callándome.

Lexa negó con la cabeza y de pronto se echó a reír con ganas, confundiendo completamente a Clarke con ello.

-Somos idiotas -dijo entre risas-. Estaba tan convencida de que era la única que se sentía así que no quería ver que a ti te pasaba lo mismo.

Clarke alzó las cejas sorprendida.

-¿Significa eso que…

-Sí -contestó Lexa con una gran sonrisa y Clarke sintió que se liberaba de una enorme carga en su pecho.

Lexa sentía lo mismo que ella.

Todos esos años llenos de dudas sobre si se imaginaba los temblores de su amiga cuando la acariciaba, las intensas miradas que le dedicaba solo a ella aunque estuvieran rodeadas de gente, su respiración agitada cuando la besaba… Dios, habían sido muy tontas.

Se quedaron unos minutos en silencio procesando la información que acababan de compartir, y aunque ninguna de las dos lo hubiese dicho, Clarke sabía que aquello era el inicio de algo nuevo. Veía ante ella una infinidad de posibilidades al lado de Lexa ahora que se habían confesado la verdad y todos los sueños que había tenido con ella podían convertirse en realidad. Era una sensación tan plena, tan feliz, que incluso llegó a asustarla.

Miró a su alrededor recordando donde estaban y pensó que debía entrar en su casa. Lo que acababa de ocurrir en ese coche era algo importante en sus vidas y ya tendrían tiempo de descubrir lo que significaba al día siguiente, después de darse tiempo para aclarar sus ideas.

-Yo… eh… mis padres me están esperando -se pasó la mano por el pelo nerviosa.

-Claro -Lexa volvió a sonreír y Clarke tuvo que contenerse para no lanzarse sobre ella.

Abrió la puerta para salir pero antes hacerlo se giró de nuevo hacia ella sin saber cómo despedirse. Quería besarla, eso seguro, pero no sabía si estaban ya en ese punto y no quería sobrepasarse. La duda se esfumó cuando la morena se acercó y apartó el pelo de su cara con dulzura antes de besar sus labios una vez más, y por primera vez Clarke pudo corresponderla sin miedo a estar haciendo algo equivocado.

Era un beso tierno, delicado, que marcaba un límite y a la vez abría una puerta hacia algo maravilloso que aún estaba por descubrir, pero sobre todo era un beso completamente legítimo del que ambas podían disfrutar sin tener que sentirse culpables y en el que Clarke, si hubiese sabido en ese momento lo que ocurriría minutos después, se habría quedado a vivir.

Todavía sonreía notando un incesante hormigueo en el estómago mientras cruzaba la puerta de su casa y se dirigió al salón cuando oyó la voz de su madre reclamarla desde allí, quedándose de piedra con la escena que se encontró.

-Clarke, cariño, puede que ya conozcas a Finn Collins, el prometedor hijo de nuestro viejo amigo Jacob… -comenzó a decir su padre señalando a un chico que parecía unos años mayor que ella, cuidadosamente aseado y peinado, que le sonreía mientas se levantaba de su sitio para saludarla.

Lexa sonrió al encontrar a Clarke en la puerta de su casa por la mañana a pesar de lo temprano que era, pero su sonrisa se desvaneció al percatarse del tamaño de sus ojeras.

-¿Podemos hablar? -preguntó con un hilo de voz y Lexa asintió haciéndose a un lado para que entrase en la casa, pero la rubia negó con la cabeza y se quedó en su sitio.

-¿Clarke, que ocurre? -se acercó a ella cuando entendió que no iba a entrar y entornó la puerta para darles privacidad.

-Lo siento -susurró.

-¿Qué es lo que sientes?

-Mi padre… no puedo enfrentarme a él -comenzó a decir y rápidamente se le humedecieron los ojos-. No puedo hacer esto.

-Clarke -Lexa cogió sus manos y se acercó más para que la mirase-, no sé de qué estás hablando. ¿Qué ha pasado?

Clarke respiró hondo y cerró los ojos para calmarse antes de hablar de nuevo.

-Anoche mis padres trajeron a Finn Collins a casa y le invitaron a cenar.

-¿Finn?, ¿El hijo del alcalde? -preguntó confundida y Clarke asintió.

-Quieren que le vea más a menudo, que me relacione con él -suspiró-. Quieren que salgamos juntos, Lexa.

-¿Qué? -Lexa sintió que se le helaba la sangre- Eso es absurdo, no pueden decidir con quién sales en pleno siglo veintiuno. Diles que no.

-No puedo -susurró y un par de lágrimas descendieron por su rostro-. Mi padre quiere definir su imagen; todo el mundo está satisfecho con lo que ha hecho Jacob y cree que mostrarnos juntos es la mejor estrategia para mostrarle a la gente que él es el mejor candidato. Finn va a comenzar a trabajar con él en cuanto el suyo deje el cargo.

-¿Y tu madre?

-Se ha mantenido al margen, como siempre.

Lexa notó que la rabia crecía en su interior y apretó la mandíbula para no gritar. Estaba muy enfadada, no con Clarke, ella no tenía la culpa de nada, sino con sus padres. No se podía creer que tuvieran tan poco respeto por su hija y fuesen a utilizarla de aquella manera.

Era ofensivo.

-Sigo sin entender por qué te involucran a ti en todo esto.

-Tengo que responder ante mi familia -soltó sus manos y se limpió las lágrimas-. Mi padre me necesita y se lo debo después de habérmelo dado todo -dijo de forma monótona.

-No te creo -Lexa sabía que aquellas palabras no eran suyas y podía imaginarse perfectamente a Jake diciéndoselas en un tono autoritario, era la psicología que sus padres siempre habían utilizado con ella y finalmente habían conseguido que Clarke fuese incapaz de rebatirles nada-. Clarke, escúchame -dijo cogiendo sus hombros-. Siempre me has dicho que te gustaría ser valiente para enfrentarte a tus padres por su forma de controlar tu vida. Este es el momento de hacerlo.

-Lo siento, Lex… -murmuró apartándose de ella-. No puedo hacer esto -repitió-. No deboLo siento -dijo una vez más antes de darse la vuelta para regresar corriendo a su coche.

/ / /

El día en que Lexa se marchó a Nueva York fue, casualmente, un día lluvioso. La lluvia era algo que nunca había afectado a los ánimos en casa de Lexa, pero aquella mañana de 9 de septiembre la sensación general entre su familia era cuanto menos triste, y que el cielo se hubiese levantado gris no hacía más que reforzar ese sentimiento con una ironía casi retorcida.

Helena presenciaba cómo su primera hija, que sin duda había heredado su carácter y de la que siempre había estado infinitamente orgullosa, abandonaba el hogar familiar para perseguir su propio futuro lejos de ella; ya no la necesitaba. Jamie había intentado fingir que no le afectaba demasiado que su hermana mayor se marchara haciendo bromas sobre su nueva libertad para poder moverse por casa sin tener que compartir cosas con ella, como el baño o la televisión, pero ese día por alguna razón estaba muy callado y solo podía mirar a Lexa en silencio mientras desayunaba por última vez con ella, se había levantado pronto expresamente solo para poder hacerlo. Y Will, después de convivir con ella durante los últimos once o doce años, sabía que iba a echarla de menos, y aunque era el único de los tres que había intentado levantar los ánimos, se había acabado contagiando ligeramente de la tristeza que mostraban su mujer y su hijo.

Lexa se había dado cuenta de todo y a pesar de que tambien tenía una sensación extraña en el cuerpo no podía decir si era tristeza o no. Le daba pena alejarse de su familia, eso seguro, pero tenía tan claro que aquello era lo que quería, que su destino pasaba por coger el avión que la dejaría en Nueva York en apenas unas horas para empezar una nueva vida, que entre todos los nervios mezclados con miedo y curiosidad que sentía en el estómago no había sitio para la tristeza.

Bajó de su habitación con una maleta, una mochila a la espalda y el abrigo a medio poner cuando recibió un mensaje de Anya indicándole que la esperaba en el coche fuera de su casa, y respiró hondo antes de entrar a la cocina para comenzar a dar los abrazos de despedida.

-Espero que algún día vayas a ver a los Yankees, son un espectáculo -dijo Will abrazándola.

-Madre mía, Will, ¿dejas de pensar en béisbol en algún momento? -se rió.

-Ya sabes que no -sonrió y le dio un apretón cariñoso en el hombro-. Pásalo bien, pequeña. Acuérdate de llamar a tu madre cuando llegues para que no le dé algo.

Jamie se levantó de la silla y se metió entre ellos para abrazarse a Lexa con fuerza escondiendo su emoción y su hermana se echó a reír por su efusividad, estrechándolo entre sus brazos.

-O sea que al final me vas a echar de menos.

-Pues claro -murmuró sin despegar la cabeza de su cuerpo-. ¿Me llevarás algún día a Nueva York contigo?

-¿Y tener que vigilarte todo el día para que no te rompas una pierna o algo así? Ni loca -se burló y volvió a reír por el gruñido que emitió el pequeño-. Es broma, claro que sí.

-Venga, Jamie, suéltala antes de que la rompas en dos -dijo Helena desde la puerta y luego se dirigió a ella-. Te acompaño.

Lexa asintió y se deshizo del agarre de su hermano para seguir a su madre hasta la entrada de la casa.

-Mi habitación sigue estando prohibida -le advirtió antes de desaparecer de la cocina.

-¿Lo tienes todo?, ¿El billete?, ¿La dirección? -preguntó su madre nerviosa abrochándole el abrigo.

-Sí, mamá… -murmuró.

Su madre nunca solía mostrarse así de nerviosa delante de ella y Lexa sabía que aquel momento era incluso más importante para ella que para sí misma, por lo que simplemente se dejó hacer.

-Solo quiero asegurarme -dijo sin mirarle a los ojos-. ¿Sabes ya con quién vas a compartir el piso? Dios, esperemos que no sea ningún drogadicto o alguien metido en alguna banda, en Nueva York hay de todo.

-La casera solo me dijo que era una chica de mi edad -cogió sus manos hasta que la miró por fin-. Mamá, estaré bien, no te preocupes.

-Lo sé -suspiró-. Eso lo tengo claro, sabes cuidar muy bien de ti misma, es solo que… te voy a echar de menos.

Lexa sonrió con dulzura y la acercó para poder abrazarla.

-Ni se te ocurra llorar.

-No estoy llorando -se rió y después cogió sus hombros para mirarla algo más seria-. Lexa, hay algo que deberías saber antes de irte -se acercó hasta una pequeña cómoda oscura que decoraba la entrada bajo un gran espejo, y sacó un sobre blanco de un cajón-. Sé que en todo este tiempo no hemos hablado mucho de tu padre… -comenzó a decir con cuidado y Lexa se tensó de inmediato- pero ha estado mandando dinero para ti todos estos años y yo lo he estado guardando en una cuenta a tu nombre para cuando te marcharas. Supongo que no tiene sentido esperar más tiempo.

Lexa observó el sobre que le tendía su madre, con el dibujo impreso de un banco y su nombre escrito en el dorso.

-No -dijo rápidamente-. No quiero su dinero.

-Lexa…

-No quiero nada de él.

-Lexa, escúchame. El dinero al fin y al cabo solo es dinero, no tiene apellidos, y te puede sacar de un aprieto cuando lo necesites -cogió su mano y puso el sobre en ella-. Al menos llévatelo para que me quede más tranquila.

Lexa observó aquellos profundos ojos verdes que mostraban la preocupación más clásica y sincera del mundo, la preocupación de una madre, y no pudo volver a negarse. Aceptó el sobre, lo metió en el bolsillo de su abrigo, volvió a abrazar a Helena y se puso la capucha antes de salir por la puerta.

-¡Lexa! -oyó que la llamaba cuando ya estaba fuera-. Tu padre también vive en Nueva York.

-¿Qué? -se giró sorprendida.

-La última vez que hablé con él me dijo que vivía allí.

-¿Y cuándo fue eso?

-En tu último cumpleaños -reconoció-. No te lo digo para que le busques, no lo hagas si no quieres, pero creo que es justo que lo sepas.

Lexa parpadeó un par de veces y asintió antes de seguir caminando hacia el coche, donde Anya la esperaba apoyada en la puerta hundida en su abrigo con los brazos cruzados.

-Menudo trío de caras largas -comentó mientras cogía su maleta para meterla en el asiento trasero refiriéndose a Will, su madre y su hermano, que habían salido a la puerta para ver cómo se marchaba.

-Lo sé -suspiró entrando en el coche.

Aprovechó ese momento para abrir el sobre que tenía en la mano, encontrando dentro de él una tarjeta de crédito a su nombre y un papel con sus datos. Después volvió a meterlo todo en el sobre y lo guardó en su mochila sin ninguna intención de volver a sacarlo. Lo había aceptado para tranquilizar a su madre pero no pensaba utilizar ese dinero nunca, no quería nada de aquel tipo.

-¿Nerviosa? -preguntó Anya arrancando-. Te vas a la gran ciudad.

Lexa sonrió por su comentario y sacudió la cabeza.

-No es para tanto.

-Es verdad, a veces se me olvida que antes vivías en… ¿Atlanta? Y te crees que aquella era la única ciudad interesante del mundo.

-Eso lo pensaba con quince años, Anya -se rió y miró por la ventana observando las casas que dejaban atrás-. Voy a echar de menos esto.

-Más te vale porque espero que vuelvas algún día -le advirtió.

-Y yo espero que para entones hayas avanzado por fin con Raven -se burló, llevándose un golpe de su amiga en la pierna mientras esta se concentraba en la carretera.

/ / /

-¿No deberían estar aquí ya? -preguntó Clarke nerviosa.

-Estarán al caer -contestó Octavia leyendo una revista sin mucho interés.

-Pero Anya te ha dicho que ya habían aparcado, ¿no?

-Sí.

-¿Y cuánto hace de eso?

-Dos minutos… Clarke, relájate por Dios, no hay prisa.

-Deberían estar aquí ya -repitió sacudiendo la cabeza.

Habían quedado en el aeropuerto para despedir a Lexa esa mañana y no podía esperar más para verla. No había podido dormir en toda la noche pensando que el día que tanto había temido había llegado y Lexa se iba a marchar de la ciudad, probablemente para no volver si le iba bien al terminar el conservatorio, siendo aquella mañana la última vez que podría verla hasta a saber cuándo. Desde que la conocía nunca se había separado tanto de ella y no sabía cómo iba a vivir sin poder verla todos los días o abrazarla cuando lo necesitara.

Se había repetido a sí misma miles de veces que no podía ser tan dependiente de ella, y a veces conseguía ser optimista y convencerse de que con el tiempo podría acostumbrarse, pero no podía evitar ver ese momento, el de la despedida, como una prueba de fuego y estaba aterrorizada.

-Mira -Octavia señaló hacia una de las puertas de la terminal y Clarke suspiró aliviada cuando vio aparecer a Anya con una maleta y a Lexa a su lado, agarrada a su mochila mientras miraba distraída a la gente que se cruzaba con ella, vestida con un sencillo jersey negro, unos vaqueros y el pelo recogido en una coleta alta algo despeinada. Era tan adorable sin apenas intentarlo que Clarke se olvidó de respirar hasta que estuvieron delante de ellas.

-¿Cómo está mi viajera? -preguntó Octavia abrazándola con fuerza en cuanto la vio-. ¿Nerviosa?

-¿Me vais a preguntar todas lo mismo?

-Bueno, no todos los días abandonas a tus amigas para marcharte a Nueva York.

-Eh, que yo no abandono a nadie -protestó.

-Raven te manda saludos, por cierto, quería venir pero tenía trabajo.

Clarke la abrazó cuando Octavia por fin la dejó libre y comenzó a caminar con Anya hacia la zona de facturación delante de ellas.

-Llegó el gran día -dijo mostrándole la mejor de sus sonrisas. No iba a mostrarse triste delante de Lexa en un momento tan importante para ella.

-Eso parece.

-¿Nerviosa? -bromeó ganándose un pequeño empujón de su parte.

-La verdad es que un poco sí -reconoció caminando a su lado.

-¿Qué tal lo ha llevado Jamie?

-Estará bien.

-¿Y tu madre?

-Bien, ya sabes cómo es. Aunque… -hizo una pausa y Clarke notó que vacilaba- me ha dicho que mi padre vive en Nueva York.

Clarke se detuvo al oír aquello y la miró sorprendida.

-Vaya, eso sí que es una coincidencia. ¿Y estás bien?

-¿A qué te refieres?

-¿Hace cuánto que no sabes algo de él?

-Desde los siete años, supongo, cuando se marchó. ¿Por qué?

-Y después de tantos años, ¿no te molesta la idea de que viva en la misma ciudad que tú?

Lexa la observó pensativa durante unos segundos antes de contestar.

-No sé, tampoco he tenido tiempo de pensarlo -murmuró antes de caminar otra vez.

Clarke asintió y no hizo más preguntas.

En seis años Lexa había hablado muy pocas veces sobre su padre. De hecho, ella solo recordaba una, varios años después de conocerse, cuando Lexa por fin se abrió y le contó que se había marchado de casa cuando ella tenía alrededor de siete años y no había vuelto a verle. Sabía que su relación con Helena no había acabado bien por la forma en que Lexa lo había dejado caer, pero nada más. Lexa nunca quiso sacar el tema de nuevo y Clarke no insistió, no le hacía falta que su amiga se lo dijera para ver que aquello era algo que había enterrado en su interior y no tenía intención de revivir.

Tras facturar se dirigieron a la zona de embarque y tuvieron que despedirse definitivamente de Lexa en los controles de seguridad. De forma natural, Anya y Octavia se adelantaron a Clarke y lo hicieron antes para después apartarse y dejarles un poco de intimidad. Era algo a lo que sus amigas ya se habían acostumbrado, Clarke siempre era la última en despedirse de Lexa y Lexa era la última en despedirse de ella, daba igual el lugar y el momento, siempre era así.

Lexa sonrió tímidamente agarrando su cintura y Clarke rodeó su cuello con los brazos, atrayéndola hacia ella para fundirse en un abrazo que sabía perfectamente que no iba a querer que acabase.

-¿Me llamarás? -murmuró con la cara en su cuello.

-Todos los días.

-Seguro que te olvidas.

-No me olvidaré -se rió-. Te llamaré todos los días, lo prometo.

-Te tomo la palabra -suspiró y se apretó con más fuerza a ella-. Se me va a hacer tan raro no verte…

-Estaré aquí otra vez antes de que te des cuenta -Lexa se separó para besar su frente con suavidad y después la miró a los ojos durante unos segundos en los que Clarke intentó memorizar cada detalle de aquellos ojos verdes que en realidad ya conocía más que de sobra-. Te quiero -susurró y Clarke tembló en sus brazos.

-Y yo a ti -pudo contestar antes de notar que perdía su contacto y Lexa comenzaba a marcharse, no sin antes despedirse una última vez de sus amigas con la mano.

-La voy a echar de menos -confesó Octavia colocándose a su lado mientras ambas la observaban.

-Yo también.

/ / /

El taxi se detuvo frente a un edificio de cinco pisos, cubierto de ladrillo rojo, con una escalera de incendios, ventanas de color negro y con una gran puerta de madera del mismo color. Cuando Lexa vio a un hombre abrir la puerta, pagó al taxista y salió deprisa para entrar con él antes de que cerrara. Subió hasta el cuarto piso (sin ascensor) siguiendo las indicaciones que la casera le había dado, y se paró en frente del que supuestamente era ya su apartamento.

Llamó al timbre pero nadie contestó. Volvió a llamar una segunda vez y al seguir sin obtener respuesta acercó el oído a la puerta, esperando que quien fuera que viviese ahí no hubiese decidido salir justo en el momento en que ella llegaba, y creyó oír una música sonar desde dentro. Llamó una tercera vez, en esta ocasión durante más tiempo, y por fin oyó la voz de alguien gritando algo.

Escuchó varios cerrojos abriéndose antes de que la puerta también lo hiciera, descubriendo a una chica de más o menos su estatura con la piel oscura como la suya, con el pelo de color rosa recogido en un par de trenzas deshechas, descalza, con una camiseta azul y unos vaqueros. Con la puerta abierta Lexa ahora también podía distinguir mejor la música que venía del interior de la casa, probablemente desde alguna habitación, una especie de indie-rock psicodélico lleno de baterías y bajos que sin duda pegaba muchísimo con la imagen de aquella chica, que la miró de arriba abajo y alzó una ceja.

-¿Y tú quien coño eres?

Lexa se fijó de nuevo en el número y la letra que había apuntado para comprobar que no se había equivocado de puerta antes de contestar.

-Tu nueva compañera de piso.