Capítulo 10: ¿Dónde está el sol?

Cuando llegó al apartamento de Kagome, era demasiado tarde. Mandó desplegar todo un dispositivo de seguridad por la zona, y se saltó todas las leyes de circulación para llegar allí cuanto antes. Algunos de sus agentes ya habían llegado cuando su limusina alcanzó el edificio. Las noticias fueron malas; las peores que podría haber recibido. Todo había salido mal. Si hubiera insistido en acompañarla a su casa en lugar de complacer sus deseos tan fácilmente…

Dos de sus hombres yacían muertos en la acera pavimentada. Le consoló que, al menos, tuvieron el placer de una muerte rápida e indolora. Los estaban metiendo en bolsas de plástico cuando los alcanzó. Al lado de los dos agentes que llevaban dos meses encargándose de vigilar a Kagome, el bolso de la mujer. Ordenó hacer la comprobación de que no estuviera en su apartamento. Podría haberse asustado al encontrarlos muertos, soltar su bolso y salir corriendo hacia su casa. Y alguien la podría estar esperando allí. La sola idea lo horrorizaba…

Corrió detrás de sus hombres hacia su apartamento y esperó mientras los veías derribar la puerta. Llamaron varias veces, pero nadie les contestó. Kagome no estaba. Al derribar la puerta, ordenó a sus hombres que se detuvieron y apartó los pedazos de madera. Una carta a su nombre lo estaba esperando. Eso no lo había puesto ahí Kagome; estaba completamente seguro. Alguien la colocó para que él la encontrara; alguien que sabía lo que había entre él y Kagome, e intentaba hacerles daño; alguien que lo quería ver muerto. Solo se le ocurría una persona. La sola idea de que el más que posible asesino de sus padres la tuviera en sus garras…

Abrió el sobre con tanta violencia que lo rompió encontrándose con una escueta carta que le decía lo que él ya sabía en una sola línea: "Tengo tu bien más preciado". La firma era una araña. Lo único que tenía claro con esa carta era que Kagome aún seguía con vida; lamentablemente, viva no quería decir a salvo. Cuanto más tardara en encontrarla y salvarla de su cautiverio, más daño podrían hacerle. Ese hombre violó a su madre, ¿por qué no iba a hacer lo mismo con Kagome? Ella era hermosa y él la amaba. Naraku tenía suficiente aliciente para hacerlo. ¿Dónde podría habérsela llevado?

― ¡Quiero que registréis todo la maldita ciudad! ― ordenó ― ¡Que nadie entre o salga sin que yo lo sepa!

Quizás, ya era demasiado tarde. A lo mejor ya salieron de la ciudad o llegaron al escondite que tenían preparado. ¿Cómo había descubierto a Kagome? Aquel día lo echó y sus hombres se cercioraron de que se marchaba para que no descubriera a Kagome. Fue muy cuidadoso y dio órdenes precisas sobre la seguridad de Kagome. No habían coincidido, no podía saberlo.

Necesitaba pistas. Abrió el bolso de Kagome y lo vació sobre la mesa del comedor en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarle. Faltaban las llaves de su apartamento; Naraku debió llevárselas junto con el llavero en forma de K de plata que ella tenía. Su cartera estaba intacta y el monedero también. Llevaba su acostumbrado pañuelo de tela con las iniciales bordadas. Encontró su brillo de labios también y unas toallitas hidratantes. Por último, su teléfono móvil. Tenía la esperanza de que ella lo llevara encima. Aunque se lo hubieran quitado, localizarlo sería una gran pista. Sin embargo, ahí estaba el móvil, roto. Lo habían pisado y lo habían vuelto a guardar en el bolso.

No había nada allí. Debía registrar todo el apartamento. Estaba claro que Naraku entró allí adentro para dejar el sobre. ¿Habría hecho algo más? ¿Estaba en ese momento Kagome con él? ¿Quién lo había traicionado? Alguien había ayudado a Naraku a encontrar a Kagome; alguien le dio las claves para que le atacara donde más le dolía.

La cocina estaba como siempre, aparentemente. Puso a dos hombres a registrarla en busca de cualquier cosa inusual o extraña. Colocó a otros dos buscando en el salón y él corrió hacia el pasillo. El cuarto de baño también parecía estar en regla y el cuarto de invitados. Por último, entró en el dormitorio de Kagome. Parecía como que hubiera explotado una bomba allí adentro. Todo estaba patas arriba y no se parecía en nada al dormitorio que él conocía. De hecho, olía a quemado.

Corrió hacia el otro lado de la habitación y tomó una botella de agua que le lanzó uno de sus hombres para verter el líquido sobre el cubo. Había ropa y bolsos de Kagome dentro. ¿Por qué quemar su ropa? Jamás se perdonaría por lo que le estaban haciendo a Kagome. Nunca. Aquello era inhumano, era cruel y no era más que una sucia venganza contra él. ¿Por qué tenía que pagar Kagome? ¡No era justo!

Palpó la pared y levantó un pedazo de papel de pared rasgado. Su armario estaba abierto y había por el suelo ropa rasgada, destrozada. Habían roto por las costuras sus mejores vestidos y sus zapatos fueron doblados e incluso les arrancaron los tacones a algunos. Su ropa interior estaba también esparcida por todo el dormitorio. Le habían robado todas las joyas que guardaba en el joyero, no quedaba ni una. También hicieron pedazos su tocador con sus perfumes y su maquillaje.

De la cama fue arrancado el edredón y un montón de objetos estaban esparcidos sobre ella. Eran cosas de ellos... El collar que le compró en uno de los puestos de la playa cuando fueron a pasar un fin de semana en la costa había sido roto y las cuencas se esparcían sobre las sábanas. Al peluche que ganó en el parque de atracciones se le salía el relleno. Las entradas de su primera vez en el cine estaban hechas pedazos. La cuenta de su primera cena, el libro de cocina europea, el perfume favorito de Kagome que le regaló por navidad… Todas sus cosas destrozadas.

Cayó de rodillas al suelo y gruñó al sentir que algo de cristal se rompía contra su rótula. Molesto, apartó la rodilla y tomó entre sus manos aquello que se había clavado en su piel. Era un portarretratos con la fotografía que se tomaron en el lago. Su chófer tomó esa fotografía cuando Kagome se lo pidió. El contraste del lago de fondo y de los rayos de sol con ellos era fantástico. Aquella era la fotografía más bella que se habían tomado, pero alguien la pisoteó y lanzó al suelo, como si no tuviera ningún valor. ¿Qué sabría él? ¿Qué sabría del amor y de lo valioso que era?

Contempló el dormitorio de Kagome, donde durmió en varias ocasiones con ella con desamparo. Aquel lugar estaba lleno de valiosísimos recuerdos que acababan de ser destruidos vilmente. Destruidos por… por… ¿Era cosa suya o aquella parecía la obra de una mujer resentida? Las prendas destrozadas y calcinadas, los recuerdos difuminados, sus joyas robadas… ¿Qué ganaba Naraku haciendo aquello? Parecía un acto de despecho. ¿Qué mujer podría querer vengarse de él y estar asociada con Naraku? Se le ocurrían demasiados nombres para su gusto.

Se levantó del suelo y le arrancó el marco destrozado a la fotografía. Todavía se podía arreglar; estaba seguro. Todavía podía salvar a Kagome. Buscaría otro apartamento para ellos, para que vivieran, y le compraría toda la ropa nueva que necesitara. Formarían una nueva vida juntos; seguro que podrían. O, al menos, podrían si Naraku no la hacía pedazos antes.

Tomó el teléfono móvil y marcó el número de su padre. Ya iba siendo hora de devolverle el golpe a cierta arañita.

― Necesito todos los hombres que puedas proporcionarme, padre. ― no le dejó responder ― La araña ha salido del nido.

― Tendrás cuanto necesites.

Y no había más. Los dos llevaban demasiado tiempo esperando el momento para echarle el guante a Naraku. Esta vez no se escaparía; no con Kagome.


¡Cuánto le dolía la cabeza! Parecía que le iba a reventar en cualquier momento. No recordaba haber tomado tanto alcohol como para ponerse así. Solo tomó un par de copas de vino con la cena. ¿Por qué le dolía tanto? ¿Estaba enferma? No lograba recordar nada más allá de la cena. Se despidió de Inuyasha en el vestíbulo del restaurante y él le juró que la mafia ya era cosa del pasado, y que estarían juntos de nuevo en seguida.

Recordaba que no se había sentido tan feliz en años. La sola idea de perderlo para siempre la atormentaba día y noche. En lo único en lo que podía pensar era en lo sola que se sentía sin él, y allí estaba de nuevo. Había vuelto a su vida dispuesto hacer cualquier cosa que ella le pidiera para convertirse de nuevo en su pareja. No quería que él cambiara, no quería que se convirtiera en otra persona. Se había enamorado de ese hombre. Solo quería que abandonara ese mundo oscuro marcado por el crimen. ¿Tan terrible era? ¿Tan terrible era desear una vida mejor para los dos?

Entonces, ¿por qué se sentía como una bruja por pedirle que abandonara la mafia? Simple y llanamente porque formaba parte de Inuyasha desde su nacimiento. Inuyasha no era como otros mafiosos, y deducía que su padre tampoco. Los dos nacieron en el seno de una familia de la mafia, se criaron en ese mundo y solo sabían vivir en él. No eran malos, no eran crueles, ni asesinos. Solo estaban marcados por su nacimiento. ¿Debiera ella aceptarlo en lugar de pedirle que cambiara? ¿Y cómo se podía aceptar eso? Sus padres… ¡Inuyasha no mató a sus padres! No era justo que lo juzgara por un crimen que no cometió.

Estaba hecha un auténtico lío. Se arrepentía de haberle pedido a Inuyasha que dejara la mafia y se arrepentía de haberlo abandonado por ser un mafioso. Seguro que podían encontrar la forma de equilibrar sus vidas para que él no tuviera que abandonar la mafia. Seguro que si se esforzaba por conocerlos, por ver cómo eran y cómo trabajaban, se llevaba una sorpresa. Inuyasha era una buena persona y sus padres también lo parecían. Decía que sus negocios eran limpios, que no mataba… bueno, que ya no mataba gente. ¿Por qué no conocer su mundo antes de juzgarlo?

Toda esa reflexión habría sido fantástica si no le doliera tanto la cabeza. ¿Se habría dado un golpe con algo? Sentía el dolor especialmente agudo en su nuca. Se removió inquieta y notó un roce áspero sobre su suave piel. Parecía piedra, estaba frío. Movió poco a poco su cuerpo para adoptar una posición fetal y notó que estaba desnuda, completamente desnuda. ¿Por qué estaba desnuda? ¿Por qué estaba todo tan frío?

― Inuyasha… ― musitó.

Nadie le contestó. Se decidió a abrir los ojos. Los párpados le pesaban una infinidad, como si llevara durmiendo más de veinte horas y aún tuviera sueño. Tuvo que alzar una de sus manos y frotárselos para reducir la pesadez. Notó todo borroso y oscuro al abrirlos. Cuando sus ojos se adaptaron, descubrió que estaba a oscuras y que no estaba en su casa, en su cama. En su dormitorio, aunque bajara la persiana por completo, los rayos de luz entraban por la mañana, y se negaba a creer que todavía era de noche. Eso por no decir que no dormiría completamente desnuda sin Inuyasha y que su "colchón" estaba sorprendentemente frío y duro.

Intentó mover la cabeza y buscar algún atisbo de luz, pero gritó al hacerlo. ¡Cómo le dolía la nuca! Se llevó con cuidado la mano allí y se quejó al tocar lo que parecía una herida. ¿Se había dado un golpe en la cabeza? ¿O le habían dado un golpe en la cabeza? Eso debía ser sangre seca. Necesitaba un analgésico y que alguien le echara un vistazo a esa herida.

Volvió a reguardar la mano entre sus piernas para darle calor junto a la otra mientras los recuerdos bombardeaban su mente. Su jefe la llevó en coche a su apartamento. Inuyasha y ella lo decidieron así para guardar las apariencias. La dejaron en la esquina de la calle porque tenía que dar demasiadas vueltas si la dejaba frente a su edificio. Caminó sola en la oscuridad, contenta de haberse arreglado con Inuyasha, pero su felicidad se esfumó al ver a los dos escoltas muertos. ¿Quién los había matado? Se arrodilló junto a ellos y los examinó horrorizada.

La imagen, el recuerdo, la horrorizó tanto que se irguió de golpe y retrocedió raspándose la piel sobre la piedra hasta que su espalda se topó con un muro. Palpó el muro de piedra con sus manos y lo notó húmedo y pegajoso en algunas partes, como si tuviera musgo. Se levantó del suelo con piernas temblorosas y fue palpando la pared hasta que encontró una esquina donde refugiarse. Allí se dejó caer de nuevo al suelo y se abrazó las rodillas, sintiéndose desdichada. Dos hombres habían muerto por ella.

Recordaba que intentó llamar a Inuyasha, pues él era su jefe, pero alguien se lo impidió. Se palpó la mano con la que sujetó el teléfono móvil y notó cierto dolor al apretar el dorso, donde la golpearon. Seguro que tenía un moratón. Fue Kikio, esa víbora mal nacida. Ella la persiguió y organizó el asesinato de esos hombres. No era más que una mujer celosa por la falta de atención de Inuyasha o eso pensó al menos en el restaurante. Ahora sabía que se quedó corta. La maldad de Kikio no tenía límite y lo peor era que no podía discernir ni pizca de arrepentimiento en su mirada. Estaba orgullosa de su hazaña. Estaba orgullosa de haber planeado su secuestro.

¡Estaba secuestrada! Al fin lo recordaba todo. Kikio Tama estaba celosa y rabiosa desde hacía mucho tiempo. Ella solo se había convertido en el arma que llevaba buscando los últimos meses para herir a Inuyasha. Su amor hacia Inuyasha era enfermizo. Como no podía tenerlo, quería verlo sufrir lo máximo posible y regodearse en su desgracia. Quería que toda mujer que rondara a Inuyasha viviera un auténtica infierno en vida y, sobre todo, quería que Inuyasha lo observara impotente, sin poder hacer nada para salvarla. ¡Estaba loca! Y lo peor de todo era que se había asociado con un hombre mucho peor que ella. Se había asociado con el hombre que había protagonizado todas sus pesadillas en los últimos diecisiete años.

Naraku Tatewaki no sentía mucho más aprecio que Kikio por Inuyasha. Tampoco sentía ningún aprecio por Kikio, pero le divertía. Ella solo era una herramienta para acercarse a Inuyasha y acabar con el heredero de los Taisho. Solo quería convertirse en el gran señor de la mafia que era en esos instantes el padre de Inuyasha. Rondaba ya los cincuenta años y llevaba todo ese tiempo esperando pacientemente su momento. No pudo encontrar la debilidad en el padre, pero acababa de encontrarla en el hijo. Iba a usarla a ella para destruirlo y, después, le declararía la guerra a Inu No Taisho por el poder que ostentaba. Se acabarían los tiempos de paz que habían impuesto los Taisho, como él decía, y empezaría su dictadura del terror. No podía ni pensar en las familias que sufrirían bajo el yugo de su poder.

Estaba decidida a vivir y a soportar cuanto hiciera falta. No podía consentir que un demente como Naraku se hiciera con el poder de los Taisho. Tampoco quería que le hiciera daño a Inuyasha. No quería que sufriera pensando en ella y en lo que podría hacerle. Sabía que lo que Naraku tenía preparado para ella; no sería en absoluto agradable y estaba preparada para soportarlo. No se rendiría y viviría cada instante esperando el momento en que bajara la guardia para escapar. No pensaba consentir que el hombre que asesinó a sus padres y la zorra de su novia acabaran con ella.

Como si la hubieran oído, se escuchó el sonido de pisadas no muy lejos. Después, escuchó el sonido de las voces y el de una llave abriendo una puerta. Indudablemente, la puerta de su celda. La puerta chirrió como la de una casa encantada cuando la empujaron y entró una tenue luz que volvió grisácea su celda sumida en la oscuridad. Parecía que estuviera en un sótano… Solo había piedra, nada más. Ni una bombilla, ni baldas, ni nada. Un sótano vacío.

― ¿Has dormido bien, querida?

Le haría tragar sus propias palabras a esa mala mujer.

― No es un hotel de cinco estrellas, pero te hemos buscado una celda bastante confortable.

Una celda, nunca mejor dicho.

― Kikio, no está bien que te burles de nuestra invitada.

Naraku la acompañaba. ¡Claro que sí! Dejarla sola con ella era una auténtica estupidez y él lo sabía bien. Si las dejaban solas, una de las dos terminaría matando a la otra. Desgraciadamente, en su estado, sería Kikio quien la matara a ella.

Se abrazó el cuerpo más estrechamente y trató inútilmente de ocultar su desnudez.

― A estas alturas, Inuyasha ya debe de estar buscándote como un loco por toda la ciudad. ― le informó Naraku ― ¡Oh, perdona! No te he dicho la hora. ― bajó la vista hacia su reloj de muñeca ― Son las dos del mediodía. Has "dormido" unas catorce horas, más o menos.

Catorce horas. Habían pasado catorce horas desde que le dieron aquel golpe en la cabeza. En el trabajo, ya debían haberla echado de menos. Seguro que sus amigas la estaban buscando y que habían llamado a la policía. Inuyasha también la estaría buscando por su parte. ¡Tenía que confiar en ellos!

― Acompáñanos.

No la ayudó a levantarse cuando era evidente que no podía sola, pero tampoco deseaba su ayuda. La sola idea de que ese cerdo la tocara… ¿Y por qué no iba a hacerlo? Violó a su madre frente a la mirada moribunda de su padre y, luego, la mató. ¿Por qué no iba a hacer lo mismo con ella? ¿Podría soportarlo? ¿Podría seguir con su determinación de aguantar cuanto se le viniera encima si él la violaba? Tenía miedo. Volvía a tener aquel miedo irracional que la asaltó de niña, tras aquel horror.

Ahora bien, negarse a obedecer en esa situación, era una opción peor. Le seguiría el juego mientras intentaba averiguar cómo escapar. La iba a sacar de ese sótano, podría ver dónde estaban. La luz del mediodía los iluminaría. Esa podría ser su única ocasión de urgir un plan en condiciones para huir. Tenía que fijarse en cada detalle, en cada pista y evitar llamar demasiado su atención. Quería salir con vida de allí, estaba más decidida que nunca a hacerlo.

Se ayudó de sus manos para levantarse del suelo; sus rodillas casi la traicionaron. Mantener el equilibrio era todo un reto con los músculos entumecidos y helados. Incluso tuvo un calambre en una pierna que casi la tumbó al dar el primer paso. No se cubrió el cuerpo con las manos, pues ya la habían visto desnuda, y sabía que cubrirse no sería más que una llamada de atención. Si revelaba sus peores temores, ellos los usarían en su contra. Tenía que ser cauta y más inteligente que ellos.

Al llegar al umbral de la puerta, se percató de que había estado de lo más acertada. Aquello era un sótano. Tenía que subir unos escalones de madera que tenían una pinta horrible. Kikio iba delante de ella con sus impresionantes tacones. Se fijó por primera vez en que llevaba puesto su vestido. Ese era el vestido que se compró para la cena, para impresionar a Inuyasha. ¿Cómo se atrevía a ponerse su ropa? Además, era demasiado alta para usar esa talla. La falda se le quedaba muy corta y no tenía suficiente talle. Estaba demasiado delgada. Ya nunca podría ponerse ese vestido, formaría parte de sus peores pesadillas.

Una vez arriba, se llevó una decepción tremenda. Estaba todo a oscuras. Las ventanas habían sido tapiadas con tablones de madera y ni un solo rayo de sol las atravesaba. Lo único que iluminaba esa habitación era la tenue luz de un par de velas. Tampoco encontró nada que le sirviera para escapar. Lo único que había allí solo le servía para averiguar su destino. Iban a torturarla. Pusieron una silla con correas para ella y una mesa repleta de herramientas para… ¡No podía ni pensarlo!

Cerró los ojos un instante, intentando desechar de su mente todas las imágenes horribles que la asaltaban. No debía dejar traslucir su miedo, no debía delatarse. Al abrirlos, encontró a Kikio sentada sobre la mesa con su sonrisa de superioridad. También se fijó por primera vez en que no estaban solos. Había otros dos hombres apostados en las sombras, esperando recibir órdenes.

― Siéntate.

Fue Naraku quien le dio esa orden. Tragó hondo e intentó aparentar normalidad mientras se sentaba en la silla de acero. ¿Cómo se controlaban los temblores del cuerpo?

― Hay algo que me llevo preguntando desde que nos conocimos anoche.

Se conocieron diecisiete años atrás, no la noche anterior.

― ¿Sabes quién es Inuyasha? Quiero decir… ― se aclaró ― ¿Sabías que era un mafioso?

Contestar o no a esa pregunta no dañaría a nadie.

― Sí.

― ¿Y, aun así, estás enamorada de él? No pareces esa clase de mujer… ― pensó en voz alta ― Pareces de esas mujeres de moral alta que solo aceptarían a un hombre igualmente honorable…

Así había deseado ser durante toda su vida. Fue por eso que le impuso a Inuyasha como condición para seguir juntos que dejara la mafia y se convirtiera en un hombre humilde. Ahora se daba cuenta de que se había equivocado, de que las cosas no funcionaban así. Ella se enamoró de Inuyasha Taisho, siendo tal cual era, y sabía que era una buena persona. No necesitaba que dejara nada por ella. Si dejaba la mafia, que fuera por él mismo. Ella no necesitaba más pruebas de amor que las que tenía.

― Dime una cosa. ― se arrodilló frente a ella ― ¿Salís juntos? ¿Sois pareja?

― ¿Acaso importa? ― musitó en respuesta ― ¿Cambiará eso algo? ― preguntó girando la cabeza hacia los lados para indicarle su actual situación.

― No, tu suerte ya está echada, pequeña.

― Entonces, ¡púdrete en el infierno!

Y le escupió en la cara. Los dos hombres que estaban en las sombras se movieron, pero Naraku les indicó con un gesto que no debían hacerle daño. Le vio sacar un pañuelo del bolsillo y limpiarse el escupitajo con absoluta calma.

― Siempre me han gustado las mujeres con carácter. ― su mirada la fulminó, como si mil cuchillos se le clavaran al mismo tiempo por todo el cuerpo ― Para tu desgracia, no es momento para hacerse la valiente.

Naraku volvió a erguirse y se colocó junto a Kikio. Le dio un suave beso en el hombro y la rodeó con un brazo.

― ¡Atadla!

Los hombres que permanecían en las sombras se dirigieron hacia ella en esa ocasión. Los dos eran enormes y tenían muy mala pinta. Ni siquiera con esos elegantes trajes podrían pasar por caballeros. Las cicatrices y los tatuajes combinados con su mirada maquiavélica no podían ser más claros. No se resistió, pues sabía que resultaría inútil, y deseó con todas sus fuerzas que a Kikio se le borrara esa estúpida sonrisa de la cara.

― ¿Qué voy a hacer contigo? ― se preguntó Naraku en voz alta.

― Querido, déjame a mí. ― le pidió Kikio.

Eso no le gustaba nada.

― Adelante.

Feo asunto. Se mordió el labio por dentro para que no se notara que la sola idea la aterraba y contempló a la mujer. Levantaba una herramienta tras otras, cada cual peor que la anterior, examinándolas para decirse por su favorita. Finalmente, se volvió con unas tenazas enormes.

― ¿Hay algún diente en particular que no echarías de menos? ― le preguntó.

Los echaría en falta todos.

― Sujetadla, chicos.

Uno le puso las manos en las sienes y le obligó a levantar la cabeza. El otro le obligó a abrir la boca. Kikio se acercó y contempló su perfecta hilera de dientes, meditando sobre cuál le gustaría más arrancarle. Seguro que uno de los dientes delanteros. Así se vería horrible y no se atrevería a volver a sonreír. ¿Cómo la vería Inuyasha sin algunos dientes? ¿Seguiría gustándole?

― Quítale una muela, Kikio. ― dijo Naraku a su espalda ― ¿Entendido?

― ¡Qué aburrido! ― se quejó.

― Obedece.

Y Kikio obedeció. Dolió muchísimo. Tembló cuando las tenazas entraron en su boca y un escalofrió recorrió todo su cuerpo al sujetar la muela. Kikio tiró, tiró y tiró, arrancándole gruesas lágrimas, pero ni siquiera fue capaz de sacarle en condiciones la muela. No sabía hacerlo, no tenía fuerza para hacerlo y, prácticamente, se la fue arrancando a cachos. Para cuando terminó, ya tenía toda la boca llena de sangre y le costó toda su fuerza de voluntad reprimir los gritos. Las lágrimas era imposible reprimirlas.

Le dolía la encía, la mejilla y toda la boca en general. Jamás había sentido algo tan doloroso en la boca. Nunca se había tenido que sacar una muela. Si dolían todos los dientes tanto, no sabía si podría soportarlo. Frente a ella, Kikio sostenía su muela victoriosa. ¡Se la haría tragar!

― ¡Menuda carnicería, Kikio! ― Naraku le quitó las tenazas y las dejó en su lugar ― Pensé que sabrías hacerlo.

Sí, ella también. De repente, se fijó en el instrumental y en lo sucio e incluso oxidado que estaba. Seguro que le habían contagiado alguna enfermedad como el SIDA. Eso le producía mayor temor que el hecho de que le arrancaran toda la dentadura.

― Será mejor que te enjuagues esa boca con whisky.

En otra situación lo habría rechazado. En ese momento, era justo lo que necesitaba para quedarse más tranquila después de lo que le habían metido en la boca. Eso por no decir que, de por sí sola, la encía podía infectarse. Tomó un trago de whisky del vaso que Naraku le ofreció y se enjuagó la boca minuciosamente. Después, escupió en un plato que le puso delante uno de los dos hombres silenciosos.

― ¡Le arrancaré otra! ― exclamó Kikio emocionada por su nuevo descubrimiento del mundo de la tortura.

― Por hoy, ya tiene suficiente con una muela. ― le cortó Naraku.

Kikio frunció el ceño al escucharlo y gruñó enfadada. Estaba deseando destrozarla y todo porque Inuyasha no le hacía caso. ¿Por qué no se paraba a pensar en el verdadero motivo por el que Inuyasha no la quería? Comportándose de esa forma, jamás podría hacer que él se fijara en ella. Inuyasha no creía en la tortura gratuita, no era un mal hombre, y nunca le perdonaría lo que le había hecho.

La mujer se puso delante de ella contoneando las caderas y adoptó una de las típicas poses de modelo. ¿Qué pretendía hacer?

― ¿Te gusta mi vestido nuevo?

Inuyasha tenía razón, era toda una víbora. ¿Acaso pensaba que iba a amedrentarla con todo eso? La única razón por la que se creía tan valiente era porque ella tenía a Naraku de su lado. Se creía protegida. ¡Qué estúpida!

― La verdad es que no te sienta muy bien…

Eso sí que no le sentó nada bien. Agarró su melena entre sus garras, la retorció y tiró de ella hasta conseguir que ella gritara. Le escocían las raíces del pelo por el tirón.

― ¿Qué tal si te cortamos esa melena tan asquerosa?

Asquerosa sería su melena lacea mal tratada por las planchas para el pelo y el exceso de laca. Ella se cuidaba el cabello con los mejores productos y procuraba proporcionarle los tratamientos más saludables. No tenía nada que envidiar de la melena de ninguna otra mujer. Además, a Inuyasha le encantaba su melena. Siempre la acariciaba, la olía y la besaba. Le fascinaba. No podía permitir que supieran lo importante que era para ella.

― Haz lo que quieras… ― musitó ― Volverá a crecer aunque la cortes mil veces…

Su respuesta cabreó a Kikio más si era posible. Gruñó, gritó como una arpía y le dio una bofetada que le hizo girar la cabeza. Le dio justo sobre la muela recién arrancada. El dolor fue atroz. Además, le clavó los anillos. Sentía la sangre corriendo por sus mejillas.

― Entonces, tal vez debamos cortarte algo que no vuelva a crecer.

― Suficiente, Kikio.

Kikio se negó a detenerse, pero Naraku no le dejó opción. La apartó de un empujón de ella y esperó hasta que se alejara a la otra punta de la salita para volverse hacia ella de nuevo.

― La tortura es lenta. ― le explicó ― Hay que disfrutarla. Las mejores cosas son las que más duran. Además, seguro que Kagome no podrá dejar de pensar en qué es lo siguiente que tenemos preparado para ella.

― ¿Nos podremos divertir con ella, jefe?

Habló uno de los dos hombres apostados a su espalda; su cuerpo tembló. Hablaba de violación. El estómago le dio un vuelco y unas arcadas se atascaron en su garganta. Naraku la miraba, estaba esperando su reacción. No iba a darle el placer de saber lo mucho que la habían asustado. Le dedicó su mirada más desafiante como respuesta. Tendría que quedarse con las ganas…

― Todos nos divertiremos con ella si Inuyasha no es lo bastante rápido.

¿Intentaba volverla contra Inuyasha? Jamás lo conseguiría. Nunca más volvería a dudar de él. Sabía que Inuyasha removería cielo y tierra para encontrarla. Allí pensaba estar esperándolo cuando eso sucediera.

Desataron las correas y le obligaron a levantarse. Estuvo a punto de caerse de bruces en cuanto se levantó. No había comido nada y el dolor le estaba jugando una mala pasada. Tuvo que usar hasta el último gramo de fuerza de voluntad que le quedaba para volver andando hacia su frío y húmedo sótano y se refugió de nuevo en su esquina. La encerraron allí a oscuras, sin ningún atisbo de luz, sin ninguna pista para poder escapar. Odiaba la oscuridad, odiaba estar sola y desamparada. ¿Dónde estaba el sol cuando ella más lo necesitaba?

Continuará…


Próximo capítulo: Huele a sal