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Malestar
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Entró en la cocina arrastrando las pantuflas y un poco pálida. Se detuvo un momento mirando a su hermana mayor cocinar. Tan feliz y concentrada se encontraba Kasumi que Akane no quiso interrumpirla y silenciosamente se sentó en la pequeña mesa. La observó y se sintió inundada por un sentimiento de tristeza que casi la superó debiendo contener su deseo de llorar, secándose la sorpresiva humedad de sus ojos un poco marcados por una mala noche. En ese momento su hermana mayor parecía ser la viva imagen de un vago recuerdo que la invadió: Akane podía ver una espalda ancha, muy alta, que parecía hacerla sentir segura y cálida con solo mirarla, mientras que ella muy pequeña se aferraba a la larga falda. Se sonrió emocionada, apenas podía contener los sentimientos que golpeaban su corazón y que no le habían dado respiro esos últimos días, y que parecían ir de frío a cálido con la velocidad de un carro en la montaña rusa.
—Oh, Akane, no te vi. Buenos días.
Akane tuvo que pasarse las manos por el rostro, fingiendo tener sueño para recobrar el aliento y resistirse a las lágrimas.
—Buenos días, Kasumi… —su voz la traicionó quebrándose ligeramente.
Kasumi la observó en silencio un largo momento. Se sonrió y continuó su labor dándole la espalda.
—Te he preparado aparte un desayuno más ligero para que puedas comer, Akane.
—¿Ah...? ¿Por qué?
—Anoche te escuché levantarte al baño varias veces… ¿Te sientes bien?
Tardó en responder. Antes se llevó la mano a la boca, de solo recordarlo volvía a revolvérsele el estómago.
—No, no es nada, Kasumi. Es que estoy… agripada, creo.
—¿Te duele la cabeza?
—Un poco —dijo la verdad.
—¿Quieres que te dé algo para la migraña, Akane?
—Eso venía a pedirte desde el principio —lamentó la chica dando un suspiro.
—Akane, mi cartera está ahí en la mesa, creo que tenía un calmante. ¿Puedes sacarlo? Lo lamento, tengo las manos ocupadas ahora.
—Oh, no, no te preocupes, yo me encargo. Gracias, Kasumi.
Estiró la mano alcanzando la pequeña cartera de Kasumi. A Akane le gustaba, tan sencilla y bonita, se quedó mirándola un poco. Luego la abrió y comenzó a hurgar en ese mundo de cosas que solo ellas comprendían. Akane dio con un par de tiras de píldoras al fondo de la cartera. Al sacar la primera se sintió confundida. Eso no parecía ser un analgésico. La tira estaba llena de muchas y pequeñas píldoras, muy pequeñas, jamás había visto algo así. Notó que la mayoría, más de veinte, eran de un color y otras siete eran de un color distinto. También vio que cada pastilla tenía un día de la semana escrito claramente bajo ella. Con la otra mano sacó de la cartera la otra tira y parecía ser del mismo medicamento, pero ya se encontraba vacía hasta la mitad. Volvió a parpadear confundida, miró a su hermana mayor. Lo primero que pensó con temor era si Kasumi tendría alguna enfermedad grave, y solo imaginarlo le provocó un escalofrío que dolió en su corazón. Giró una de las tiras y leyó por el reverso el nombre de la droga. No comprendió nada. ¿Y si le preguntaba al doctor Tofu…?
Se sonrojó, leyó el nombre del medicamento dos, tres veces, el nombre real de lo que eran esas pastillas y se sintió muy avergonzada por sus primeros temores. Las guardó lentamente dentro de la cartera. Akane se pasó las manos por su pijama limpiándose víctima de un nervioso reflejo.
—Akane, ¿las encontraste? —preguntó Kasumi antes de ponerse a tararear. Se la veía feliz, tan feliz, más que de costumbre. ¿O lo imaginaba? Casi danzaba al dar pasos de un lado al otro—. Esta tarde estaré ocupada, debo salir… Akane, ¿puedes quedarte sola?
—S-Sí…, sí…
—Pero si te sientes muy mal puedo quedarme.
—¡No! —gritó Akane.
—¿No? —preguntó Kasumi asustada por el tono de su hermana, deteniéndose y mirándola atentamente.
—Digo, que no… que no es necesario. E-Estoy bien.
—Si tú lo dices, Akane.
Kasumi siguió cocinando, dando alegres pasos y ahora tarareando en voz alta la canción que antes apenas susurraba. Akane, con las manos bajo la mesa empuñadas sobre sus piernas, se quedó con los ojos fijos en la cartera de su hermana sin saber qué más decir o pensar.
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