BUENOOOO AQUI LES TRAIGO EL CAPITULO 10 ESPERO QUE LES GUSTEEEE :DDD
BLEACH NO ME PERTENECE ES DE TITE KUBO Y EL LIBRO ES MERITO DE MICHELLE REID.
AQUIIII VAMOS
Capítulo 10
Rukia permaneció sentada, hundiéndose en silencio en el pozo de su propia humillación. Porque todo había sido culpa suya. Era posible que Ichigo hubiera empezado, pero no había duda de que ella lo había alentado. Cuando debería haberse apartado de él, lo había besado y lo había provocado como una obsesa sexual.
Obsesa sexual. Se estremeció y se levantó de la cama con intención de recoger su ropa y ponérsela Estaba a punto de hacerlo cuando, sin pensárselo dos veces, la dejó caer, volvió a meterse en la cama y se sumergió en un profundo y oscuro sueño que se vio rápidamente invadido por ninfas danzantes y terribles diablos.
Despertó horas después, con la cabeza tan abotagada, que casi parecía que tenía una mala resaca.
Aquello sí que sería una novedad, pensó con una sonrisa, y fue al baño a ducharse. Después, fue al vestidor, donde eligió una larga bata japonesa de seda verde, y volvió al dormitorio mientras se ataba el cinturón. Tenía la cabeza inclinada mientras observaba sus dedos, y sus movimientos eran tan suaves y relajados como los de cualquiera que estuviera en su dormitorio, en su propia casa.
Ichigo debía haber salido, pensó, distraída, lo cual significaba que tenía la casa para ella sola...
Entonces fue cuando se fijó en la maleta que había junto a la puerta. Frunció el ceño y, al oír un ruido al otro lado de la habitación se volvió y vio a Ichigo junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y cara de pocos amigos.
—Veo que has encontrado tu ropa —dijo él y, de pronto, una puerta se cerró en seco en la mente de Rukia, que cayó redonda sobre la mullida alfombra.
Lo siguiente que supo fue que estaba tumbada en una cama desconocida, vestida con una preciosa bata verde de seda y que había un desconocido inclinado sobre ella. Era un hombre bastante joven y de buen aspecto.
—Hola —saludó amablemente cuando vio que Rukia lo estaba mirando—. Preciosos ojos. Me alegra que los hayas abierto.
— ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?
—Soy médico —el hombre volvió a sonreír—. Me llamo Jonathan Miles, aunque mis amigos suelen llamarme Jack.
Rukia notó en ese momento que le estaba tomando el pulso.
—Ahora estate quieta un momento mientras miró tus ojos con esta linterna...
Ella obedeció.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó mientras el médico le iluminaba uno de sus ojos.
—Te has desmayado —explicó—. Ichigo estaba preocupado y me ha llamado para que te echara un vistazo.
Ichigo. La bruma que se había adueñado de la mente de Rukia empezó a esfumarse.
— ¿Sabes dónde estás? —preguntó el médico con delicadeza.
—Sí.
— ¿Puedes decirme lo último que recuerdas antes de desmayarte?
—De pronto he sabido quién era, y al darme cuenta me he desmayado.
— ¿Qué te ha hecho darte cuenta?
«El», quiso espetar Rukia. «Lo odio. No quiero volver a verlo». Cerró los ojos de nuevo.
—Preferiría no hablar de ello.
El médico se echó atrás y suspiró. —¿Porque te altera demasiado o porque es un tema demasiado íntimo?
«Ambas cosas», pensó Rukia, y se negó a contestar. El médico le tocó delicadamente la cicatriz de la sien. Ella abrió de inmediato los ojos y lo miró con dureza.
—Buen trabajo —dijo él, y sonrió de nuevo—. La marca desaparecerá por completo con el tiempo. ¿Qué tal está tu rodilla?
—Bien —contestó ella, tensa—. Como todos mis demás problemas, solo necesita tiempo.
El médico observó unos momentos su expresión de enfado y asintió. —Comprendo. En ese caso, supongo que no querrás que te hagan unas radiografías de la cabeza para asegurarnos de que...
—No —interrumpió Rukia con firmeza.
—Sí —dijo otra voz—. Si lo consideras necesario, Jack, se las hará.
Rukia se cubrió los ojos con una mano en el momento en que oyó a Ichigo.
—No eres tú quien debe decidirlo —oyó que decía el médico con firmeza.
Si hubiera tenido los ojos abiertos, habría visto la expresión de frustración de Ichigo.
También habría visto que el médico tomaba sus dos frascos de pastillas de la mesilla de noche y que, tras leer las etiquetas, abría uno de ellos y sacaba una pastilla antes de guardárselos en el bolsillo.
—Toma esto —dijo, y le alcanzó la pastilla junto con un vaso de agua.
Rukia apartó la mano de su rostro. Frunció el ceño al ver la pastilla, pero cuando la reconoció la tomó obedientemente, cerró los ojos una vez más y esperó a que el suave tranquilizante hiciera su efecto.
Sintió que el colchón se movía cuando el médico se levantó. —Ichigo sabe dónde localizarme si me necesitas, Rukia.
—Hmm —dijo ella—. Gracias —y se alegró de saber que el médico se iba.
En cuanto Jack le hizo un gesto con la cabeza, Ichigo se encaminó hacia la puerta. Se sentía fatal y, por su expresión, el médico parecía pensar que se lo merecía.
—No sé a qué crees que estás jugando, Ichigo —dijo Jack Miles en cuanto estuvieron fuera—, pero te advierto que es un juego peligroso.
—No es ningún juego —protestó Ichigo.
—Me alegra que lo sepas, pero si me has llamado para pedirme mi opinión, creo que te estás pasando. La amnesia es algo muy delicado. Apenas sabemos nada sobre ella. Pero yo diría que Rukia está empezando a recordar, y opino que necesitaría estar en un entorno controlado.
—No —se negó Ichigo al instante—. Estás hablando de hospitales, y Rukia ya ha pasado demasiado tiempo metida en uno de ellos.
—Eso no significa que tú seas su mejor opción.
— ¡Soy su única opción! —espetó Ichigo—. Ella reacciona conmigo. Necesita que esté a su lado, y no pienso volver a dejarla.
Jack observó la tensa expresión de su amigo e hizo una mueca. —Así que esta es tu cruzada particular, ¿no?
—Sí —replicó Ichigo en tono cortante, y comenzó a bajar las escaleras.
Ya que no le estaba diciendo nada nuevo, quería que Jack se fuera cuanto antes. Cuando se detuvieron ante la puerta principal, el médico sacó los dos frascos de pastillas del bolsillo y se los entregó.
—Toma. Mantenlos alejados de ella —aconsejó—. Dale una pastilla solo cuando lo consideres necesario.
Ichigo sintió que se le secaba la boca. — ¿Crees que podría...?
— ¡Creo que Rukia está conmocionada! —explotó de pronto Jack—. ¿Cuándo la encontraste? ¿Hace dos días? ¿Cuántas veces has dicho que se ha desmayado o ha estado a punto de desmayarse desde entonces? ¿Quién sabe lo que está sucediendo en el interior de su cabeza? Yo no, desde luego. Tú tampoco. Ella tampoco. Esta noche, por ejemplo... —continuó, furioso—, se duerme, despierta y empieza a utilizar el dormitorio como si no hubiera dejado de hacerlo durante todo un año. Pero de pronto vuelve del pasado al presente... ¡no es de extrañar que se desmaye!
—Comprendo —dijo Ichigo mientras guardaba los frascos en el bolsillo de su pantalón—. Gracias por haber venido tan rápidamente, Jack. Te lo agradezco.
Jack asintió con ironía. —Pero no la opinión que te he dado, ¿verdad? De todos modos voy a darte un consejo antes de irme. Si sientes que debes ocuparte personalmente de este problema, tómatelo con calma. Rukia debe sentir que cuenta con tu apoyo, con tu consuelo. No debes presionarla lo más mínimo —advirtió, serio—. Con un poco de suerte, los recuerdos irán aflorando sin resultar traumáticos.
—Pero no crees que vaya a ser fácil, ¿no?
—Como ya ha quedado claro, Rukia está recordando por destellos inconexos, y tú eres el gatillo que los dispara. Haz el favor de no apretar ese gatillo, o el tiro podría salirte por la culata.
Ya le había salido por la culata doce meses atrás, pensó Ichigo mientras se encaminaba hacia el cuarto de estar después de despedir a Jack. Cuando entró, fue directamente al bar. Necesitaba un whisky. Mientras se lo servía, sus ojos se posaron en una foto enmarcada que se hallaba sobre un antiguo escritorio, la única pieza de mobiliario que Rukia llevó a la casa cuando se casaron.
Tomó la foto y observó los rostros de los dos jóvenes que sonreían en ella. Luego, con una violencia que surgió de la nada, tiró la foto al suelo y el cristal se rompió en pedazos.
A la mañana siguiente, Rukia bajó las escaleras y siguió el aroma a tostadas y café recién hecho. Su estómago empezaba a exigir comida a voces, y el hambre le dio el coraje necesario para abrir la puerta de lo que supuso que era la cocina, a pesar de no saber con qué iba a encontrarse en el interior.
Dentro estaba Ichigo, colocando rebanadas de pan en el tostador. Se miraron un momento con mutua cautela, sin decir nada.
Ichigo fue el primero en hablar. —Hola —saludó, y volvió a prestar atención a lo que estaba haciendo—. ¿Ha llegado el olor a café hasta tu dormitorio?
—Lo que ha llegado ha sido el olor a tostadas —Rukia trató de sonar tan relajada como él parecía estarlo—. Estoy muerta de hambre —admitió.
—Conozco la sensación. Yo tampoco comí casi nada ayer. Siéntate —sugirió—. El desayuno estará listo en unos segundos.
Rukia fue a sentarse a la gran mesa que había en el centro de la cocina y, para no mirar a Ichigo, decidió interesarse por lo que la rodeaba.
La cocina era una maravilla, con una mezcla de muebles de madera y acero inoxidable que le daban un ambiente muy moderno a la vez que acogedor.
— ¿Quién la ha decorado? —preguntó con curiosidad.
—Mi madre —contestó Ichigo mientras amontonaba las tostadas en un plato—. De ahí viene la influencia francesa que hay en toda la casa.
Su madre. El corazón de Rukia se encogió. — ¿También vive aquí tu madre? —preguntó.
—Murió hace años.
—Lo siento —murmuró ella.
Ichigo se encogió de hombros mientras se volvía para dejar el plato y la cafetera en la mesa.
—No llegaron a conocerse—dijo, y se volvió de nuevo hacia la encimera.
— ¿Y tu padre? —preguntó Rukia.
Ichigo dejó sobre la mesa una bandeja con tazas, leche, azúcar y mantequilla.
—Murió cuando yo tenía diez años.
—Oh, lo siento —repitió Rukia, y decidió que lo mejor que podía hacer era mantener la boca cerrada.
Para llenar el silencio reinante, alineó las tazas ante sí mientras se devanaba los sesos en busca de algo que decir.
—Supongo que una casa de este tamaño contará con un pequeño ejército de empleados domésticos —comentó.
—Vienen a diario durante la semana —explicó Ichigo mientras se sentaba frente a ella—. Hoy es sábado.
— ¿Los conozco? —Rukia tomó la cafetera.
—Conocías a la señora Saunders, que es la que lleva la casa. En cuanto al resto, no lo sé.
—Oh —ella sirvió café en las dos tazas, añadió azúcar a una, leche a la otra y luego pasó la primera a Ichigo.
—Gracias —murmuró él.
Ella asintió, dio un sorbo a su café, tomó una tostada, la dejó en su plato y se quedó mirándola, aturdida.
— ¿Qué pasa? —preguntó él con brusquedad—. ¿Sucede algo malo? ¿Puedo...?
—Falta un cuchillo —dijo Rukia.
Ichigo miró unos momentos la mesa y enseguida se levantó para sacar un par de cuchillos de un cajón.
—Te has hecho daño en el dedo —observó Rukia al notar que llevaba un esparadrapo en el dedo índice de la mano derecha.
—Se me ha caído un vaso —mintió Ichigo mientras dejaba los cuchillos en la mesa—, y me he cortado al recoger los trozos. ¿Quieres que saque mermelada?
Rukia negó con la cabeza y él volvió a sentarse. Un incómodo silencio volvió a instalarse entre ellos.
— ¿Puedes...?
— ¿Tienes...?
Ambos hablaron a la vez, y ambos se interrumpieron al unísono.
—Tú primero —ofreció Ichigo.
« ¡Magnífico!», pensó Rukia. Había olvidado lo que iba a decir. «La historia de mi vida», pensó burlonamente.
—Creo que sí voy a tomar esa mermelada —dijo.
Ichigo se levantó de inmediato.
—No esperaba que fueras tú por ella —espetó Rukia—. Solo tenías que decirme dónde estaba.
El frasco de mermelada aterrizó con un golpe seco sobre la mesa. —No hay problema —replicó él en tono cortante.
«Cerdo mentiroso», pensó ella, y se puso en pie. Ichigo aún no se había sentado.
— ¿A dónde vas? —preguntó, impaciente.
—Eres tú el que no para de levantarse.
—Siéntate de una vez y come —ordenó él, irritado.
—No tengo hambre...
— ¡Siéntate y come! —repitió, enfadado.
— ¡No puedo! —exclamó Rukia—. ¡Me siento como si me tuvieras atrapada bajo la lente de un microscopio!
Ichigo suspiró. —De acuerdo. Comprendido. Comeré después. ¡Pero tú haz el favor de comer algo!
A continuación, salió de la cocina, y Rukia se sintió culpable de inmediato. De todos modos, comió y, cuando terminó, preparó más café y tostadas, puso todo en una bandeja, respiró profundamente para darse valor y salió en busca de Ichigo.
Le resultó más fácil de lo que esperaba encontrarlo. Se limitó a seguir el sonido de su irritada voz y lo encontró sentado tras el escritorio de un precioso estudio lleno de estanterías que parecían tan antiguas como la casa.
Estaba hablando por teléfono, pero en cuanto vio a Rukia interrumpió la conversación y colgó.
—Es una oferta de paz —Rukia sonrió, nerviosa, y dejó la bandeja sobre el escritorio—. Siento haberme puesto tan... tonta en la cocina.
—Ha sido culpa mía —dijo Ichigo al instante.
—No. La culpa ha sido mía. Estaba nerviosa, de hecho, aún lo estoy —admitió.
—Sirve el café.
Rukia hizo una mueca de pesar al ver la Maldad con que Ichigo se había tomado su disculpa. Sirvió el café, le ofreció la taza y él la tomó sin darle las gracias, aunque sus ojos brillaron con algo parecido a la diversión.
—Es usted un hombre muy duro, Signor Kurosaki —dijo en tono irónico, y se volvió para salir del estudio.
—Y usted la mujer más impredecible que he conocido, Signora Kurosaki —replicó él.
— ¿Eso es un cumplido o una crítica?
Ichigo rió. —Un cumplido, desde luego. No te vayas —añadió al ver que Rukia parecía decidida a irse.
«¿Y ahora qué?», se preguntó ella mientras se volvía de nuevo, dispuesta a volver a alzar sus defensas si era necesario.
—Dame dos minutos para consumir tú... «oferta de paz», y luego te enseño la casa, si quieres...
Aquel «si quieres» hizo que las defensas de Rukia se tambalearan. Estaba asintiendo cuando sonó el teléfono. Aquello ayudó a que los siguientes momentos pasaran sin tanta tensión. Mientras Ichigo contestaba ella fue a echar un vistazo a las estanterías. Contenían montones de primeras ediciones que debían ser muy valiosas.
— ¿Ha leído alguien todos estos libros? —preguntó cuando Ichigo colgó el teléfono.
—No que yo sepa. Pertenecían a mi abuelo italiano. Esta casa pertenecía a su madre inglesa. La mezcla de culturas que circula por mi sangre es asombrosa —dijo en tono burlón.
«El mestizo», pensó Rukia, y sonrió para sí. —Deberían estar en un museo —dijo.
— ¿Los libros, o mi familia?
Rukia se volvió hacia él y rió. —Los libros.
Los ojos de Ichigo brillaron al verla reír por primera vez y el corazón de Rukia latió más deprisa. Pero el brillo desapareció enseguida y ella se tranquilizó.
—Los libros pertenecen a la casa —dijo él—. Yo soy solo su guardián. Ni siquiera mi muy francesa madre, que no respetaba nada que no fuera francés, se atrevía a tocarlos.
—Dices eso con mucho cinismo, pero tu madre se casó con un italiano que vivía en los Estados Unidos. Supongo que eso significa que lo quería mucho.
—Ese fue su primer matrimonio. Se casó por segunda vez un año después de la muerte de mi padre. Su segundo marido era francés, como ella.
Rukia frunció el ceño. —Creía que habías dicho que te criaste en Filadelfia.
—No por elección de mi madre, sino de mi padre. Él era el que tenía el dinero y, por tanto, el poder... incluso desde la tumba —el cinismo del tono de Ichigo se acentó—. Si mi madre quería utilizar el dinero, debía hacerme permanecer donde este se generaba, pues yo era el único heredero.
—No te llevabas bien con ella —murmuró Rukia.
—Estás equivocada —dijo él con frialdad—. La adoraba. A ella y a Ka...
Se interrumpió de repente y apretó los labios. El incómodo silencio que se produjo fue nuevamente interrumpido por el teléfono. Ichigo descolgó el auricular.
— ¿Qué? —dijo con aspereza, y frunció el ceño mientras escuchaba.
Rukia se preguntó a qué habría venido su repentino silencio. ¿Le habría molestado que le preguntara por los libros? ¿Por su madre? ¿Por el padrastro cuyo nombre no había terminado de pronunciar?
— ¿Ahora mismo? —preguntó Ichigo—. De acuerdo —se levantó—. No, ahora está bien. Tendré que ponerme un traje adecuado, pero enseguida estoy ahí —colgó y miró a Rukia—. Tengo que irme. Lo siento. ¿Te importa ver sola la casa?
—Claro que no —aseguró Rukia.
—Gracias —murmuró él—. No creo que tarde —dijo mientras se encaminaba hacia la puerta—. Haz lo que te apetezca mientras estoy fuera. Siéntete como en casa.
—Pensaba que era mi casa —susurró Rukia cuando Ichigo salió, y se sintió un poco ofendida por la rapidez con que lo hizo... casi como si hubiera sentido un gran alivio al tener una excusa para alejarse de ella.
«No», se reprendió. «Es un hombre importante que dirige una multinacional. Es lógico que tenga que mantener sus prioridades en perspectiva».
Suspiró, tomó la bandeja y se la llevó a la cocina pensando que empezaba a sentirse como una auténtica esposa: apenas valorada y marginada.
—He pensado... —la voz de Ichigo llegó desde la puerta—. Me esperarás aquí, ¿verdad? No sentirás la tentación de salir sin...
— ¿Sin que estés aquí para vigilarme? —terminó ella por él a la vez que se volvía y le dedicaba una penetrante mirada.
—Simplemente creo que no debería dejarte sola ahora —explicó Ichigo.
Ella frunció el ceño. —Ve a tu reunión. No soy estúpida y no tengo intención de cometer ninguna estupidez.
—Y no hay duda de que esa es la señal para que me vaya de aquí antes de que empecemos otra pelea —dijo Ichigo con sarcasmo.
La expresión de Rukia se ensombreció. — ¿Las cosas eran siempre así entre nosotros?
—Sí. Peleamos como hacemos el amor: sin barreras.
—En ese caso, no me extraña que nuestro matrimonio apenas durara un año —dijo ella, y al ver que Ichigo estaba a punto de decir algo le dio la espalda—. Hasta luego —añadió, pues no tenía ningún deseo de discutir.
El debió pensar lo mismo, porque se fue con un simple «adiós».
Fue un alivio que se fuera: Un alivio tener tiempo para caminar por la casa sin sentirse constantemente vigilada por un par de ojos oscuros que parecían esperar que cada cosa que veía fuera la llave mágica para abrir las puertas de su memoria.
La casa no lo fue. Tras recorrerla, la única conclusión que sacó Rukia fue que la madre de Ichigo poseía un gusto realmente impecable. Nada le produjo miedo ni inquietud, a excepción de una habitación de la planta superior que estaba cerrada con llave. También había atraído especialmente su atención un precioso escritorio de nogal que se hallaba en el cuarto de estar y cuya superficie había acariciado como si se tratara de un viejo amigo al que no veía hacía tiempo.
Al margen de aquello, la casa le había encantado, cosa que le pareció ligeramente desconcertante, pues no llegaba a comprender por qué se suponía que habría querido huir de allí.
O del hombre que vivía allí, pensó con un ligero estremecimiento.
Suspiró y decidió llamar a Orihime al Tremount. Había prometido mantenerse en contacto, y en aquellos momentos sentía la necesidad de escuchar una voz amiga.
Pero la conversación no resultó tan reconfortante como esperaba...
CONTINUARÁ...
LO SIENTOOO ME DEMORÉ UN POCO EN ACTUALIZAR, ESQUE CONSEGUI TRABAJO *O* Y ESO ME QUITA MUCHO TIEMPO, PERO BUENO EL PROXIMO CAPITULO LO SUBIRÉ PRONTO Y... PROXIMO CAPITULO DESENLACE DE LA HISTORIA! AHORA ENTENDERÁN TODOO XDD CUIDENSE MUCHO DEJEN SUS REVIEWS ADIOOS :DDD PD: LES DESEO UNA HERMOSA NAVIDAD A TODOS PASENLO BIEEEN
