Disclaimer: Hetalia Axis Powers y sus derivados pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Temática slash (hombre/hombre). Diferencia de edad (6 años).


Las clases habían comenzado nuevamente, y con alegría debo decir que ahora soy un estudiante de segundo año.

A primera hora en la mañana me encontré con Alfred en las puertas del instituto, nos saludamos y fuimos de inmediato hasta la entrada del edificio principal, donde deberían estar publicados los nuevos cursos de este año. Con calma comencé a buscar mi nombre, que no pude encontrar gracias a que Alfred se adelantó.

—¡Lovino! ¡Estamos en el mismo curso otra vez! ¡¿No es increíble?!

Entendía su entusiasmo, ya que se trataba del primer día del nuevo año, pero de todas formas me sofocaba un poco tanta efusividad.

—Sí, increíble...

—¿Qué pasa con esas ganas? ¡Ánimo!

De pronto me había tomado por la cintura y me levantó lo más alto que pudo. Inseguridad, miedo y enojo me llenaron por completo.

—¡Maldición Alfred! ¡Bájame! —El idiota rió estruendosamente mientras comenzaba a girar conmigo en el aire.

No tenía idea de donde sacaba tal fuerza. Claro que recuerdo que es miembro del equipo de fútbol americano, pero incluso antes de unirse ya estaba lleno de energía y esa fuerza sobrehumana. Otros estudiantes comenzaron a mirar el espectáculo que Alfred había montado a la vez que se reían divertidos de nosotros.

—¡Alfred!

En la última vuelta que dio le dimos de lleno a otro estudiante, cayendo los tres al suelo.

—Vaya forma de empezar el maldito año...

Miré molesto a Alfred, quien sólo me sonrió incómodo. Ambos miramos al otro alumno, estaba sentado en el suelo apoyado con sus manos hacia atrás. Me llamó la atención la gran bufanda que llevaba puesta, ya que si bien el verano se estaba acabando, aún los días eran calurosos de vez en cuando.

—Lo sentimos... —fue lo primero que se me ocurrió decir, luego chasqueé la lengua y con el ceño fruncido me giré a Alfred—. ¡Más bien...! ¡Él lo siente!

—¿Eh? Pero Lovino...

—Cállate y discúlpate.

—Pero...

—Hazlo maldita sea.

—No se preocupen. No fue nada —dijo de pronto el otro chico—. No iba pendiente del camino.

Miré de reojo a Alfred, con bastante enfado, éste dio un pequeño salto y comenzó a hablar.

—No, no, no. Fue nuestra culpa. Lo sentimos.

Alfred comenzó a buscar algo en los bolsillos de sus pantalones y de su chaqueta, luego de unos segundos pareció encontrarlo. Sacó una paleta de dulce y la acercó hasta el otro chico.

—Toma esto como disculpa.

El chico se quedó mirando el dulce. Gracias a que su tez es algo pálida, logré notar el rubor en sus mejillas. Pensé que se había avergonzando debido a que el dulce tenía forma de corazón.

—Tú siempre andas con comida. ¿No tienes uno con otra forma o algo?

—Es el último que me queda. Pensaba comprar más al recreo.

—¡Está bien! —dijo de pronto— Me gusta ése.

—¡Qué bien!

El chico acercó su mano hasta el dulce y lo tomó, después lo guardó en el bolsillo de su chaleco.

Junto a Alfred nos levantamos. Mientras yo me sacudía la ropa Alfred ayudó al otro chico a ponerse de pie. Tanto Alfred como yo quedamos en silencio, observando hacia arriba al otro chico.

Me sentí bastante bajo.

—¿E-eres nuevo en el instituto? —preguntó Alfred luego de unos segundos.

—Sí, me acaban de transferir este año.

—¡Genial! —Logré ver una pequeña sonrisa en el rostro del otro chico— ¿En qué año estás?

—Segundo.

—¿En serio? ¡Igual que nosotros! Pensé que estarías en tercero. ¡Genial otra vez!

Aquel chico se llevó una mano a la bufanda y la subió cubriendo su boca mientras miraba hacia un lado, parecía nervioso. ¿Le estarían molestando las preguntas de Alfred?

—¿Cuál es tu...?

—Alfred para. Lo estás molestando —le interrumpí.

—¿En serio? —Me miró confundido, luego miró al otro chico, que seguía con la boca cubierta. Vi un poco de decepción en los ojos de mi amigo—. Lo siento, otra vez.

—No... —Siguió murmurando otras cosas, pero fue en un volumen tan bajo que ninguno de los dos logramos escucharlo.

Al instante sonó el timbre del instituto, indicando que las clases comenzarían pronto.

Sin más demora nos despedimos del chico nuevo y nos fuimos por el primer pasillo a la derecha, hacia las escaleras.

Me giré disimuladamente y logré ver que el chico seguía de pie donde mismo y mirando hacia nosotros, me volteé hacia el frente rápidamente.

—¿Viste lo alto que era?

—Difícil no verlo.

—Además se veía muy musculoso.

—¿Te andas fijando en eso? —murmuré.

—¡Sería un buen recurso para el equipo de fútbol!

—Oh, así que pensabas en eso.

—Me hubiera gustado que Mattie lo viese.

—Si lo vi.

Los dos gritamos y saltamos a un lado asustados. Matthew, el hermano gemelo de Alfred, de pronto había aparecido a un lado de nosotros.

—¡No nos asustes así! —reclamó Alfred— ¡Y no aparezcas de pronto!

—¡No aparecí de pronto! He estado con ustedes desde el inicio. ¿Acaso ya olvidaste que vinimos juntos al instituto?

Alfred se quedó en silencio, parecía intentar recordar. Matthew suspiró cansado. Esto era algo común entre los dos.

—¿En qué clase han quedado?

—¡En la uno por supuesto! —respondió Alfred inmediatamente—. ¿Y tú Mattie?

—En la dos. —Alfred pasó un brazo por los hombros de su hermano y lo atrajo hacia sí. Cuando los ves uno al lado del otro es posible distinguir lo parecido y lo diferentes que son a la vez.

—De nuevo estamos en clases separadas. Quizá el próximo año. —Matthew sólo asintió con la cabeza— Nuestros salones están uno al lado del otro, así que estamos cerca de todas formas.

Seguimos caminando los tres hasta que llegamos a los salones, nos separamos en la entrada de nuestro salón.

Como era de esperarse, Alfred entró haciendo ruido, por ello todos se voltearon a mirarnos. Intenté no prestar atención a los demás y me puse a buscar con la mirada algún puesto libre.

—Vamos al final. Así podremos hablar en clases. —Alfred me tomó del brazo y me llevó hasta atrás. Nos sentamos en los dos últimos puestos de las hileras de en medio. Me hubiera gustado a un lado de la ventana para distraerme más fácil, pero ya había un chico ocupando el asiento.

—Es bueno volver a clases —dijo Alfred a la vez que estiraba sus brazos hacia arriba—. Ya no me aburriré en casa.

Seguí escuchando a Alfred hablar. Él tenía claro que yo no le respondería a cada cosa que dijese, así que se limitaba a seguir conversando sobre temas aleatorios. Pronto llegó el profesor y la clase comenzó.

Durante el tercer periodo de clases tocó física, y el profesor decidió que, por ser la primera clase, la haríamos más dinámica y entretenida además de ser un estilo de repaso de lo último que se vio el año pasado. Debíamos realizar un experimento relacionado a la velocidad, lanzar una bolita desde el segundo piso al primero, recogiendo algunos datos extras para sacar el resultado que nos pidió. Los que realizaran correctamente la prueba tendrían una recompensa en una futura calificación. Como era de esperarse todos se emocionaron por aquel incentivo y de inmediato formaron grupos y comenzaron los preparativos para el ejercicio.

Junto a Alfred formamos un grupo e invitamos al chico que se sentaba a un lado mío. Su nombre es Lukas, y si bien es bastante callado y tranquilo, trabajó bien y ayudó bastante. Finalmente todos en la clase obtuvieron ese tan codiciado incentivo, ya que el ejercicio no era difícil realmente. Alfred se quejaba de que le hubiera gustado ser el único (grupo) al que le dieran el premio. Dejé de prestarle atención luego de un minuto.

Llegada la hora de almuerzo, Alfred invitó a Lukas a comer con nosotros, quien extrañamente aceptó, pero primero debía ir a dejar algo a las salas de primer año.

—¿Eso es lo que debes llevar? ¿Un almuerzo? —preguntó mirando un pequeño recipiente envuelto en género que nuestro compañero llevaba en sus manos.

Lukas asintió y luego dijo—: Es para mi hermano. No quiso venir conmigo al instituto, y entre que se apresuró y salió casi corriendo, se le olvidó en la cocina.

—Que buen hermano. —Se llevó un dedo a los labios— Ojalá Mattie fuese así conmigo. —Pronto puso mala cara— Aunque recordándolo mejor, lo único que prepara son panqueques. Creo que estoy bien sin su comida.

No pude evitar reír ante tal declaración.

—Por lo menos sabe hacer algo. Tú sólo vienes con dinero y compras lo primero que pillas.

—¿Y tú qué sabes hacer, eh? —me preguntó desafiante. Por un momento pensé en responderle que yo era el encargado de la comida en casa, pero luego me arrepentí. Preferí quedarme en silencio. Alfred sonrió con ironía— Eso pensé.

Miré a otro lado molesto. Ya me vengaría luego.

Pronto llegamos a los salones de primer año, que se encontraban precisamente en el primer piso del edificio. Lukas nos indicó que pertenecía al grupo tres, nos acercamos y Lukas asomó su cabeza por la ventana de la puerta. Al instante se alejó de la misma.

—¿Está en el salón? —pregunté al ver su reacción.

Lukas asintió— Pero está conversando con unos compañeros, y en casa me obligó a prometerle que no le interrumpiría ni me acercaría a él si es que estaba con amigos.

Nos vimos extrañados con Alfred, luego miramos a Lukas, éste sólo levantó los hombros restándole importancia.

—Deja que yo se lo entrego. —Alfred estiró su mano esperando que Lukas le entregara el recipiente. Luego de mirarlo unos segundos lo hizo— ¿Cuál es su nombre?

—Emil Bondevik.

Alfred se acercó a la puerta, la abrió de un solo golpe y con ánimo gritó el nombre del chico. Una sonrisa apareció en su rostro y luego entró al salón rápidamente, al parecer ya había identificado al pobre niño. Lukas se veía sorprendido. Yo sólo pude llevarme una mano a la cara.

—Siempre es tan... ¿entusiasta?

—Digamos que si...

En un momento Alfred ya estaba saliendo de la sala con un rostro lleno de satisfacción. De un portazo cerró la puerta a su espalda y se acercó a nosotros.

—¡Vamos a comer!

Los días siguientes fueron todos iguales, nos encontrábamos con Alfred, llegábamos al salón y Lukas ya estaba en su asiento, lo saludamos y comenzábamos a conversar sobre lo que hicimos y lo que no el día a anterior en casa. También Alfred había quedado como el encargado oficial de entregarle el almuerzo al hermano de Lukas cada vez que se le olvidara en casa, aunque al chico pareció quedarle bastante claro que no debía olvidársele más.

Sin esperarlo realmente, con Lukas nos volvimos buenos amigos a lo largo de esa semana, incluso después de clases íbamos a tiendas cercanas a jugar o a ver los nuevos cómics o mangas que habían salido, aunque a Lukas no le interesaran particularmente.

Durante la segunda semana de clases el consejo estudiantil se encargó de promocionar los cursos extracurriculares que se harían a lo largo del primer semestre, además, se organizaría una feria de clubes para presentárselos a los nuevos estudiantes y de paso intentar atraer a más alumnos.

A Alfred le encantaba participar aunque fuese una vez en cada club, y durante esa semana aprovechó para disfrutar a tope. Finalmente terminaba rechazando todas las invitaciones diciendo que él ya pertenecía al equipo de fútbol americano. Siempre eran un chiste los rostros de los encargados de los clubes al escuchar eso.

Por mi parte, no estaba muy interesado en ningún club ni clase en particular, ni siquiera me daba el tiempo de leer los anuncios para saber sobre qué trataban. Realmente no llamaban mi atención.

—¿No te unirás a ningún club? —preguntó Lukas, a lo cual negué con la cabeza—. ¿Tampoco a las clases extracurriculares? —Nuevamente me negué— Oh, bueno. A mí me interesan las clases de repostería.

—¿Clases de repostería? —Al ver como me miró Lukas creí que mi reacción había sido quizás un poco exagerada. Me calmé un poco— No había escuchado de eso. ¿Acaso es nueva?

—Sí, lo acaban de implementar este año. Fue una petición por parte de algunos alumnos, según lo que escuché.

De pronto me sentí realmente interesado. Pensé en el abuelo, en mi hermano y en Antonio y en el rostro que pondrían al probar los nuevos dulces que aprendiese a hacer, cuánto me halagarían y pedirían que cocinara más. Me sentí muy emocionado. No pude evitar sonreír.

—¿Lovino?

—¡Vamos a averiguar sobre esa clase!

Al final del día ambos estábamos inscritos en la nueva clase. Quedamos en que nos divertiríamos y ayudaríamos en caso de no comprender algo. Cuando le contamos a Alfred se quejó diciendo que lo habíamos dejado a un lado. En un arrebato de adrenalina fue con los alumnos encargados y cuando estuvo a punto de inscribirse, se arrepintió. Lo vimos salir del salón cabizbajo.

—Es una mala idea... —se dijo a sí mismo.

—Es una mala idea —repetí colocando mi mano en su hombro, en señal de apoyo.

—¡Me enfocaré en el equipo de fútbol e intentaré convencer a ese chico de la otra vez!

—¿El alto?

—¡El mismo!

—¿Qué chico? —preguntó Lukas.

—Oh, es un chico muy alto y musculoso —comenzó a explicar Alfred, a la vez que hacía gestos para darle a entender a Lukas qué tan grande era—. Lo conocimos el primer día y no lo he vuelto a ver. —Se cruzó de brazos y se quedó en silencio, pensativo.

—Podrías preguntarle a Matthew si lo ha visto —aconsejé.

—¡Tienes razón! Le preguntaré ahora. —Sacó el celular y comenzó a escribir de inmediato.

—Espero que sean divertidas las clases —dijo Lukas.

—Sí, ya quiero ver la cara de ese tipo cuando coma mis dulces —dije sin pensar. Cuando me di cuenta ya era tarde, Lukas me miraba con una sonrisa en el rostro— ¿Qué...? —respondí prepotente.

—Nada, sólo pensaba... Que no soy el único que quiere aprender para que alguien más lo halague.

—¡No es por eso! —dije avergonzado.

—Ya.

No quise seguir alegando, ya que probablemente nada de lo que dijera le haría cambiar de opinión.

—Mattie ha dicho que hay alguien así en su clase —habló de pronto Alfred—, quedamos en que mañana iría a su salón a ver.

—Pues suerte con ello —dije. Lukas sonrió y levantó el pulgar, animando a Alfred.

Ese mismo día cuando volví a casa, me encontré con mi abuelo, Feliciano y Antonio en la sala de estar. Me pareció que hacía mucho tiempo que no veía a Antonio -aunque probablemente fue poco más de una semana-, así que me puse muy nervioso.

—Hola... —logré decir en un murmullo. Los tres se giraron hacia mí y me saludaron.

—¡Al fin llegas hermano!

—Bienvenido hijo.

—Hola Lovi —dijo Antonio con una sonrisa—. Ha sido un tiempo.

—S-sí...

—Estábamos hablando sobre la continuidad de Antonio como tu profesor —dijo mi abuelo bastante serio.

Sentí que mi corazón dio un pequeño salto, pero debido al miedo de perder esos pequeños encuentros con él.

—¿Qué quieres decir...? —pregunté con inseguridad.

—No lo haga sonar tan trágico, por favor —dijo Antonio, interrumpiendo—. Sólo hablábamos de si sería necesario que siguiera reforzando lo que pasas en el instituto. —Mi abuelo comenzó a reír bastante divertido, Feliciano reía bajito, escondiéndose y Antonio sólo sonreía. Miré con enfado al abuelo.

—Como ahora te va mucho mejor y entiendes más rápido, no sé si sigue siendo necesario que Antonio te enseñe —dijo luego de reír— Por eso te pregunto, ¿crees que sigue siendo necesario?

—¡Por supuesto que es necesario! —dije de inmediato, noté la sorpresa en el rostro de los tres— Porque... pues... Hoy pasamos algo en matemáticas y no estoy seguro de haberlo comprendido totalmente... Además este año son muchas cosas nuevas que no conozco... Y Alfred no deja de meterme conversa durante las clases, por ello me cuesta concentrarme.

Eso último era mitad verdad mitad mentira, pero no tenían por qué saberlo.

—Por ello creo que si es necesario.

—Pues bien. —El abuelo miró a Antonio y le sonrió— Si no te molesta, me gustaría que siguieras a cargo de mi nieto.

—¡Por supuesto! Por mí no hay problema.

—Aunque me siento un poco mal por no pagarte de ninguna forma...

—¡No se preocupe! Yo ya me doy por pagado —dijo sonriendo abiertamente. Miré de reojo a Antonio molesto, rápidamente agregó—: ¡Esto es algo así como una práctica! Me sirve como experiencia, por eso no debe preocuparse. —Luego rió nerviosamente.

—Tienes razón. Por cierto, ¿cómo te ha ido en la universidad?

—Aún no entramos a clases, recién comenzamos la próxima semana.

—Ya veo.

Antonio y el abuelo siguieron conversando sobre varias cosas. Yo aproveché para dejar la mochila en el suelo, a un lado de la mesa de centro, y luego fui hasta la cocina a buscar algo para comer.

«Feliciano estaba muy cerca de Antonio... », pensé. «¿Será cosa del abuelo?».

Abrí el refrigerador y me encontré con el último yogur que quedaba, lo saqué y comencé a tomarlo a la vez que volvía a la sala. Me senté en el suelo, a un lado de la mochila, a los segundos Antonio se sentó a mi lado y me pidió que compartiera el yogur con él, sin pensarlo mucho lo hice, luego seguí tomando hasta acabarlo. Noté como el abuelo se había quedado mirándome.

—¿Qué pasa?

—No... No es nada... —dijo pensativo. Pronto se puso de pie y avisó que estaría en su estudio.

—Bien, comencemos entonces —dijo Antonio. Tomé la mochila y saqué los cuadernos de matemáticas y física— ¿Qué es lo que no entiendes?

—En matemáticas comenzamos con las operaciones algebraicas, pero no las entendí muy bien. Y en física empezamos con centro de gravedad y estabilidad, pero las fórmulas me han confundido un poco...

—Creo que iré a mi habitación —dijo mi hermano colocándose de pie—. No quiero escuchar esas cosas.

—Tarde o temprano tendrás que aprenderlo —dije en un tono burlesco.

—Que sea tarde —dijo y luego desapareció por el pasillo. Antonio rió divertido.

Comenzó a revisar mis anotaciones. Las repasaba una y otra vez, parecía no entender.

—¿Qué es lo que no entiendes? Porque tienes todo bien hecho.

—¿En serio? —pregunté con una sonrisa.

—Sí, está todo bien. —No aguanté y terminé riendo, Antonio se giró hacia mí confundido— ¿Qué pasa...? —Se quedó en silencio unos segundos, luego me miró con los ojos entrecerrados— En realidad entiendes todo, ¿no?

Asentí varias veces mientras aún reía, Antonio me miró con el ceño levemente fruncido, en un intento de parecer molesto, que no le resultó.

De pronto se acercó y juntó sus labios con los míos, durante un sólo segundo, consiguiendo que parará de reír y le mirara fijamente.

—¿Qué...?

Se acercó a mí de nuevo, besándome esta vez más profundamente. Poco a poco me fue empujando hacia atrás, hasta que quedé completamente acostado sobre el piso y con él sobre mí. Si bien había una considerable distancia entre nuestros cuerpos, el tener mis piernas entre las suyas y sus antebrazos a cada lado de mi cabeza, lograba colocarme increíblemente nervioso.

—¿Antonio...?

—¿Por qué me mientes? —dijo seriamente.

—¿Qué? No te he mentido. —Su mirada no había cambiado, lo que me estaba asustando un poco— Le estaba mintiendo al abuelo... —Intentaba huir de su mirada pero de todas formas terminaba encontrándola de nuevo— La verdad...

—¿La verdad?

—La verdad... —Sentí mis mejillas y orejas arder—. No quiero que dejes de venir... Por eso mentí sobre no entender las cosas...

Antonio siguió mirándome serio durante unos segundos, pero pronto volvió a su rostro habitual, amable y con una sonrisa radiante.

—¡Gilbo tenía razón!

—¿Qué?

—Compórtate serio durante un momento y te revelarán todo. Eso dijo.

Sentí hervir mi rostro, de furia esta vez. Con la rodilla le golpeé en la entrepierna, logrando que cayera hacia un lado y yo escapar de su alcance.

—¿Por qué...? Lovi... —murmuraba hecho un ovillo en el piso.

—Por idiota.

Me arrepentí de que él fuera una de las razones por la que tomara esas clases de repostería. Aunque no dejaría de asistir por eso, ya podría echarle algún veneno a los dulces que hiciera para él.

Me fui hasta la cocina y me senté allí, mientras miraba el celular. Al momento Antonio apareció por la entrada, le miré con desdén.

—¿Lovi? —Se acercó a mí. Volví a dirigir toda mi atención al celular—. Lo siento...

Con cautela se me acercó por la espalda, abrazándome. Por mi parte no tenía intenciones de tomarlo en cuenta.

Siguió llamándome cada cierto rato, no logrando que le dirigiera la mirada. Luego comenzó a repartir besos en mi rostro y cabeza; no dije nada, puesto que no me desagradaba ser mimado de tal forma. Cuando me besó en el cuello un escalofrío recorrió mi espalda y me giré hacia él.

—¡No hagas eso!

—Ah, al fin me hablas —dijo sonriendo. Fruncí el ceño y me cubrí con una mano donde me había besado, luego volví a darle la espalda. Esta vez me besó el otro lado libre del cuello. Se repitió la misma escena— Pero es la única forma para que me hables.

—Si no fueras tan idiota no estarías pasando por esto.

—Ya te dije que lo sentía —dijo mientras depositaba pequeños besos en mi mejilla—. Nunca más... Creo.

Me giré molesto hacia él— ¿Cómo qué crees...? —Entonces aprovechó de afirmar mi mentón con una mano para luego besarme. Intenté alejarme pero me fue imposible ya que me tenía agarrado por el hombro con su otra mano.

Varios fueron los besos que compartimos durante largos minutos. Al final, la molestia terminó desapareciendo por si sola.

—Maldición Antonio... Debo respirar...

—Ya puedes hacerlo luego... —Coloqué una mano sobre su boca, deteniéndolo al instante. Intentó hablar pero nada se le entendió.

—Dame un descanso.

Entonces comenzó a besarme la mano. No pude hacer nada más que avergonzarme. Ya ni siquiera intenté alejarme puesto que me había tomado por la muñeca.

—Eres increíble.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Pues sonó como uno.

Giré mi cabeza con molestia hacia un lado. De verdad nunca se cansaba, ¿es que tanta práctica tenía el muy idiota? Intenté dejar de pensar en ello, ya que sólo me ponía de mal humor. Luego de divagar un momento, sólo pude pensar en que me gustaría que llegase pronto el día en que le pudiera seguir el ritmo.

Pasadas las horas con Feliciano nos encargamos de preparar la cena, quedándose Antonio a comer, como se había ido haciendo costumbre desde que comenzó a enseñarme el año pasado. Luego de acabar la cena el abuelo y mi hermano se despidieron de él, yo lo acompañé hasta la reja de la casa cuando ambos ya se habían ido a sus habitaciones.

—Lástima que no me pueda quedar más tiempo —dijo tomando mi mano y acariciándola.

—He tenido suficiente para un día. —Antonio sonrió divertido.

—Supongo que sí. Bien, nos estamos viendo en dos días.

—Sí...

Ambos nos quedamos en silencio y quietos, ninguno se movía de su lugar.

—Vamos, vete.

—¡Es que no quiero! —Apretó más mi mano y me atrajo hacia él, abrazándome— La tarde se hace muy corta.

—Su-supongo...

—Un último beso... —dijo antes de unir nuestros labios. Fue por poco tiempo, pero se sintió igual de bien que cualquiera de los otros que compartimos en la tarde— Nos vemos Lovi.

—Nos vemos.

Debido a que ya era tarde se fue casi corriendo, desapareciendo de mi vista rápidamente; tenía que llegar antes de que cerraran la estación de metro. Cerré la puerta y entré a casa. Me lleve dos dedos a los labios, tocándolos suavemente.

Pensé en que fue una buena idea tomar esas clases.