Germania está explorando la televisión, actividad que Prusia le enseñó cómo hacer, aunque sólo está el canal del clima y uno pornográfico...
—Ave... —se para en la puerta, ahora desnudo porque no ha encontrado su calzón.
Germania, que está viendo el clima de mañana... se gira a mirarle y se sonroja un poco antes de levantarse de golpe. El romano se pasa una mano por el pelo, chorreando, para que no le caiga en los ojos, sacudiéndose un poco el exceso y le mira.
—Ehhhh... —Germania vacila escudriñándole un poco—. Volviste.
—Estuve... —se humedece los labios apartando la mirada, sintiéndoselos salados—. Estoy hambriento.
—Oh —responde Germania, frunciendo un poquito el ceño y mirando de reojo el sillón donde se había sentado antes.
—E igual no hay motivo para tener ningún miedo —responde mirando a la cocina, yendo ahí.
—Was? —pregunta levantando una ceja y siguiéndole.
—Bueno, me he asustado un poco, es verdad —sonríe confiado buscando un vaso y sirviéndose agua fría, bebiéndoselo de un trago.
—¿Un poco? Saliste volando por la ventana —entrecierra los ojos y le mira la sonrisa confiada y recordando que sus hijos hablaban también de miedo.
El latino le mira sin dejar de beber agua y baja el vaso, secándose la boca con el dorso de la mano, sirviéndose otro vaso.
—Tras pensarlo un poco he notado que fue una reacción un tanto impulsiva.
Germania vacila un poco y se mira las manos antes de suspirar.
—Nein.
Roma levanta las cejas mientras se bebe el segundo vaso, bajándolo a la mitad y mirándole.
—Lanzarme eso en la cabeza fue algo un tanto impulsivo, Rom. Saltar por la ventana ya no parece algo propiamente impulsivo.
Pone los ojos en blanco vaciando el resto del vaso y dejándolo en el fregadero. Mete la cabeza bajo el agua aclarándose el pelo y lavándose la cara con agua dulce. El germano se tensa un poco con la expresión y le mira hacer sin poder evitar mirarle el culo en el camino, aprovechando que no le ve para hacerlo de manera completamente evidente (como si no fuera completamente evidente cada vez que lo haces).
—Aun así, no entiendo qué es lo que te dio miedo —se le acerca un pasito.
Saca la cabeza escurriéndose el agua del pelo con cuidado de sus rizos especiales y luego se pasa las manos por él para medio peinarlo, secándose la cara con el trapo de cocina que hay por ahí.
—Pues tú fuiste quien dijo que yo tenía miedo.
—¿Y no lo... tenías?
El latino le mira de reojo y luego aparta la mirada, nervioso.
—Bueh, más o menos... tampoco es para tanto —se encoge de hombros yendo a ver qué encuentra para preparar de cena. Elige una cebolla, oliéndolas.
—Saliste corriendo —insiste—, y te habrías ido más lejos de haber podido.
—¿Y? —le mira de reojo con fiereza, pensando que odia que Germania no tenga miedo también y sintiéndose débil por tenerlo él. Se gira eligiendo un par de patatas por tamaño, como le explicó España.
—Y no entiendo por qué tienes miedo, ¿de qué lo tienes?
—¿Entonces por qué dijiste que lo tengo? —se levanta con las patatas y la cebolla en las manos, yendo hasta dejarlas en el mármol, sacando el cuchillo otra vez—. Quiero mi túnica —sentencia tajante tendiendo la mano hacia él, cambiado el tema.
—No quiero dártela—susurra, notando que además está enfadado. ¿Qué no era él el que tenía que estar enfadado después de los gritos y lo que le ha lanzado y que se haya escapado por la ventana? No era divertido hacer el ridículo aquí, frente a él, sabiendo que preferiría estar en cualquier otro lado y no a su lado. Se humedece los labios y frunce el ceño. Roma se masajea las sienes.
—No quiero cocinar con aceite estando desnudo, Germaniae...
El germano aprieta los dientes porque esta es una excusa lo suficientemente práctica y sólida como para convencerle.
—No entiendo por qué te enfadas conmigo cuando soy yo el que... —vacila otra vez, mientras se quita la túnica y la extiende hacia él, detestando no tener más ropa que una sola túnica que además es de Roma—, cuando tú eres el que me ha gritado y se ha largado.
—No estoy enfadado —responde poniéndosela y mirándole de reojo. Empieza a pelar la cebolla. Germania se cruza de brazos, sentándose en una silla.
—Yo sí —responde sin pensar y luego se arrepiente porque estar enfadado implica que le jode que se haya ido y no es que no le joda, es que Roma nunca antes había estado lo suficientemente cerca como para enterarse.
Roma le mira de reojo con los ojos empezando a ponérsele rojos por culpa de la cebolla.
—¿Porque me he ido?
El rubio le mira atentamente un instante, antes de desviar un poquito la mirada.
—No sé cómo es que estamos hablando de esto —murmura sonrojándose un poco—. ¡No te estaba haciendo nada, Rom! No sé a qué vienen tus gritos o que me lances un vaso en la cabeza.
—Te lo lancé por rabia, porque no entiendes nada —una lágrima resbala por su mejilla, dejando el cuchillo, limpiándosela. Germania, que le ha vuelto a mirar cuando comenzó a hablar, levanta las cejas al ver que se limpia la cara como si estuviera llorando. Flipa.
—Si me explicaras entendería —se defiende en un susurro.
—Bueno, yo no entiendo cómo es que tú no lo tienes —se vuelve a la cebolla y se le vuelven a empañar los ojos y a saturar la nariz, así que la voz le sale quebrada por los mocos.
Germania se muerde el labio asustado ahora sí, porque recuerda bien haber visto a Roma llorar cuando le echó aquella vez de casa y era un llanto histérico, que es muy diferente a esto. Traga saliva.
Roma se sorbe los mocos y se vuelve a limpiar los ojos con el dorso de la mano. Germania vacila un poquito y se levanta y luego mira el cuchillo en la mano de Roma y decide que quizás no sea buena idea hacer lo que planeaba hacer, que era acercársele.
—¿Miedo? —pregunta en un susurro mirando otra vez el cuchillo y luego sacudiendo un poco la cabeza antes de dar un pasito hacia él.
El romano asiente acabando de cortar la cebolla y se lava las manos y la cara. Cuando suelta el cuchillo y va a lavarse la cara, Germania se le acerca por la espalda. Roma se seca con el paño y se sorprende al notarle tan cerca, dando un pasito atrás.
—¿Tienes miedo en verdad? —pregunta en otro tono de voz, más suave que el habitual, mirándole a los ojos.
Roma le mira e inclina la cabeza sin entender cómo puede dudar tanto ahora si antes parecía tan convencido.
—Me alivia pensar que creas que no lo tengo —murmura un poco vulnerablemente recordando cómo ha salido corriendo hace rato.
—¿Entonces qué es lo que haces? —saca una sartén prendiendo el fuego y echándole aceite.
El sajón le mira unos segundos, valorando si decirle realmente lo que pasa. Le mira de reojo echando la cebolla al aceite cuando está caliente, empezando a pelar las patatas.
—Tienes miedo de... —se humedece los labios—, tienes miedo de no dejar de pensar en mí y de quererme y que yo no te quiera, y saber que... —toma aire y aprieta los ojos, negando con la cabeza.
El moreno se detiene, mirándole fijamente.
—¿Ves? Tú no tienes miedo de las mismas cosas que yo —susurra con los ojos apretados, aun negando con la cabeza—. Tú tendrás miedo de estar encerrado conmigo, de no poder ir y divertirte con alguien más, o de... yo qué sé de qué tienes miedo, pero eso no significa que no tenga yo miedo, que me ha permitido llegar hasta aquí vivo.
—TÚ tienes miedo de esas cosas... y crees que yo tengo miedo de... ¿estar encerrado? —levanta una ceja y el otro se sonroja—. ¿Por qué crees eso? —se ríe un poco dándole un meneo a la cebolla y cortando las patatas, sonriendo un poquito.
—Porque yo no te hago daño nunca... al menos no daño en eso —se cohíbe un poco con la risa dando un pasito atrás.
—Ah, non? —le mira de reojo, echando las patatas al fuego cuando la cebolla ya está. A Germania le gruñen las tripas.
—Ya te lo he dicho antes, si huyes cuando te... —traga—, no entiendo por qué huyes, ni por qué tienes miedo, y tú te enfadas porque no lo sé, ¡y te enfadas porque no tengo miedo, ya te he dicho que sí que lo tengo!
—No me has dicho qué haces para no tenerlo —les echa sal a las patatas y saca algunos huevos y un recipiente grande de plástico.
—Nada, no hago nada. El miedo es útil —responde cruzándose de brazos y sonrojándose.
—¿Para qué? —pregunta cascando los huevos, echándolos en el recipiente, poniéndoles sal y un poco de pimienta.
—Me ha... —le mira hacer, con el corazón acelerado porque nunca ha hablado de esto con nadie—, me ha hecho tener presente que debo irme y no volver.
—Pero volvías... y vuelves —responde dándoles la vuelta a las patatas en la sartén.
Germania se sonroja más, acercándose un poco a ver lo que hace sin poder evitarlo.
—Nein, volvías tú —aclara, intentando darse la misma explicación que se ha dado siempre.
—Pues me dejabas volver en alguna medida —concede, echando un poco de leche a los huevos, empezando a batirlos con fuerza. Germania le mira de reojo y luego se mira las manos, alejándose de nuevo un poco de la estufa y del romano.
—Eras insistente —susurra tenso. Roma suspira sin dejar de batir—. Y yo bastante idiota —se humedece los labio —. Tus hijos insisten...
Roma vuelve a mirarle con curiosidad, bajando el fuego a las patatas
—… en que tú tienes miedo por lo mismo.
—¿Y tú qué crees? —vacila un poco sacando las patatas del fuego y echándolas a los huevos con cuidado de no verter demasiado aceite.
—No sé —se encoge de hombros—, YO sé que todos te han querido siempre y eso les ha matado y sé que sabes que yo... lo hago —se sonroja—, porque aun cuando me odio por ello te lo he dicho y aun así, sé que con todos los demás pasas más tiempo y de ninguno huyes como huyes de mí, así que lo único que puedo pensar es que tus hijos están locos y que hay algo en mí que no... —se encoge de hombros otra vez.
—Pero... yo te lo he dicho a ti también —responde mirándole de reojo, poniendo casi todo el aceite de la sartén en un vaso.
—A mí y a todo el mundo, Rom —le mira hacer, interesado en saber si es verdad eso de que se lo ha dicho a todo el mundo, ya que siempre lo ha supuesto.
—¿Y tú no se lo has dicho nunca a Britannia o a quienes hayas querido? —pregunta mientras mezcla bien los huevos y las patatas. El germano frunce el ceño y le mira a los ojos.
—Was? —pregunta considerando esa una pregunta altamente idiota.
—Lo que digo es que tú no me crees, claro —echa la mezcla a la sartén.
—¿Creerte qué? —pregunta un poco como chillidillo, asumiendo de qué habla, pero temiendo saberlo.
—Cuando digo que te quiero, claro...
El rubio le mira a la cara por unos instantes, poniéndose nervioso.
—A-A mí... —traga —, me da... es... es decir no es que quiera...
—¿Ajá? —toma un plato.
—Nein —susurra.
—¿Y qué... piensas de que me vaya sabiendo que no lo hago con el resto? —susurra.
—Nunca ha sido muy alentador —desvía la mirada.
—No pareces haber pensando nunca en ello realmente —responde nervioso, concentrado en girar la tortilla con el plato.
Germania le mira pensando que claro que ha pensado en ello, muy a su modo, odiándoles a todos y sintiéndose mal por nunca lograr que pasara más de dos días con él.
—No había tanto qué pensar, era claro que... ya sé que tus hijos no me hacen caso con eso, y piensan que no es así, pero era claro que había algo mal.
—Había algo diferente, eso es cierto —asiente—. Pero ¿por qué crees que mal?
—Pues Rom, todos decían —más sonrojo aún—, que habías pasado una semana aquí y otra allá... y unas vacaciones enteras, tus hijos tenían a bien siempre recordarme, especialmente Frankreich, sobre todo el tiempo que pasabas con Britannia y conmigo llegabas y conseguías... —le late el corazón más rápido, pensando en los besos, y los abrazos y un solo día de que se le metiera bajo la piel, suya y de todos en la casa. Niega con la cabeza —, y...
—Conseguía... —suspira moviendo la tortilla.
—Ponerme la vida de cabeza y cuando todos lográbamos habituarnos ya no estabas y yo, no es que quisiera que te quedaras, es que... —dejabas un hueco por DÍAS después de que te ibas, piensa para sí, apretando los ojos.
—No quería hacerte daño —susurra. El germano le mira y levanta una ceja.
—Pues... era lo que siempre parecía, un método de destrucción, el peor, el más inteligente y por el que más te odiaba.
—Si hubiera querido, no me habría ido... hubieras... desaparecido como los demás.
Germania se sonroja y mira la tortilla, porque lo sabe, en el fondo, sabe que fuera como fuera el que se fuera y el que no le quisiera de vuelta le hacía más fuerte, y le hacía vivir.
—Eso no lo sabemos —venga, hay que salvaguardar el honor—, seguramente si te hubieras quedado me habrías desquiciado y te hubiera matado yo.
—Quizás... seguramente eso es lo que me da miedo —quita la tortilla del fuego, poniéndola en el plato, apagando el fuego. Germania levanta las cejas.
—¿Perdona?
—No lo has valorado nunca así, ¿verdad? —pregunta, cortando la tortilla para que se enfríe un poco de aquí a la cena.
—¿Qué pasaba contigo cuando te ibas? —pregunta suavemente.
—Siempre intentaba que lo menos posible... —le mira de reojo.
—¿Que lo menos posible qué?
—Que pasara lo menos posible —se gira hacia él.
—¿Que pasara lo menos posible que... qué? —el idiota.
—De cualquier cosa, ¿Qué pasaba contigo cuando me iba?
Germania se sonroja un poco más.
—Pues... nada. Todo se quedaba como antes y quedaba yo igual. Feliz, en tu ausencia —orejas rooooooooojas. Roma le mira con cara de circunstancias.
—Ya veo... ¿entonces por qué supones que pasaba algo conmigo?
El sajón bufa.
—¿Pues qué quieres que te diga? ¿Qué era trágico y horrible? ¡Si tú me has dicho que era igual!
—No he dicho que lo fuera, he dicho que intentaba que lo fuera...
—Oh... —levanta las cejas y el romano suspira—. Era un desastre —murmura. Roma le mira de reojo, sintiéndose bastante mal al notar que no parece que Germania hiciera nada en absoluto por protegerse a sí mismo—. Pero —se encoge de hombros —, uno sobrevive, el tiempo pasa y tú, gracias al cielo, te largabas por tiempo suficiente
—Y volvía —sonríe.
—Y volvías —suspira y sonríe muy levecito.
—¿Por qué crees que volvía si crees que había algo terrible en ti?
—¡No lo sé, eso era lo frustrante! Por eso pensaba que volvías a... destruirme por ese método cruel.
—Pero ya lo hemos dicho que no era eso, porque entonces me habría quedado y habría hecho como los demás.
Germania le mira atentamente.
—Ja... eso suena más o menos convincente, pero en su momento no lo pensaba así —cierra los ojos —, no sé pensándolo así por qué volverías.
—Y si lo contemplas de esta manera... ¿Lo sabes? —pregunta yendo a mirar a la nevera para tomar un poco de vino, sentándose a la mesa de la cocina con él. Germania se lo piensa y el romano le mira, esperando a ver qué opina de ello.
—Creo que... algo debe haberte agradado, a algo volvías —razona. Roma sonríe y se sonroja un poquito—. Y yo odiaba que volvieras y ridículamente... —niega con la cabeza—, lo esperaba.
Roma sonríe más.
—¡Y tú además metías a los niños!
—Eso lo hacía más fácil.
—Nein, lo hacía más difícil. Tú no peleabas con Preussen por días enteros mientras hablaba de tus hijos, ni peleabas con Österreich hablando hooooras enteras sobre tus músicos. Hasta Schweiz estaba idiotizado con el mercado.
—Por eso era más fácil para mí —sonríe—. A mis niños les gustaban los tuyos también, me han dicho que ahora son hermanos.
Ojos en blanco germanos.
—¡Eso dice Preussen! ¿Puedes creerlo? ¡Es el colmo! —protesta, sentándose con su cerveza enfrente del romano. Este se ríe y brinda con él.
—Vamos a comer fuera, debe estar atardeciendo —propone y Germania sonríe un poco, porque le gusta que se ría.
—¿Me... das la túnica de vuelta? —pregunta esperanzado.
—Mmmm... —le mira de arriba abajo de forma un poco obscena—. No.
Se sonroja un poco, cubriéndose las regiones vitales que al menos están cubiertas aún por su taparrabos.
—Tú estás habituado a ir desnudo por el mu... —se lo piensa bien y finalmente tampoco le quiere desnudo a su alrededor—. Vale, no me lo des. Vamos afuera.
—Venga, vamos... —se levanta tomando la tortilla. El rubio le mira de reojo y le roza un poquito del brazo dejándole pasar frente a él. Roma sonríe, mirándole de reojo.
—¿Por qué regresabas aun con el miedo? —pregunta siguiéndole.
—No tenía miedo todo el tiempo y a menudo pensaba que no me volvería a pasar.
—Si no hubieras sido tan encimoso, TAN... —se humedece los labios—, intenso. Quizás no habríamos terminado tan... mal.
Roma levanta las cejas, mirándole.
—Era tu culpa, tú ibas y... todo el tiempo estabas ahí, arriba de mí, adentro de la tina, adentro de la cama, hablando con todos, tocándome, besándome... ¡no me dejabas pensar en absolutamente nada más! —le riñe. El latino sonríe con insolencia con eso—. ¡Deja de reírte, era sumamente molesto! ¡Era como tener la cabeza bajo el agua y no poder salir y lo peor era que cuando salía lo único que quería era volver a entrar!
Sonríe más y se sonroja un poquito, sentándose, dejando la tortilla entre ellos. Germania se sonroja más de lo que se sonroja Roma, sentándose también y cruzándose de brazos, mirando a la tortilla.
—No me gusta hablar de esto.
—A mi sí —se ríe de buen humor.
—Claro, porque yo quedo como el idiota y tú no —extiende una mano a la tortilla sin poder detenerse un segundo más porque eso huele fantásticamente bien y él se muere de hambre.
—No quedas de idiota, a mí me gusta que lo digas —sonríe mirando como come.
A Germania le BRILLAN los ojos repentinamente con lo que prueba, abriendo un poco la boca y mirando la tortilla idiotizado.
—¡Esto está bueníiiisimo! —suelta sincerote, bastante más expresivo que de costumbre, metiéndose un trozo más grande a la boca. Roma sonríe más.
—Hispaniae me enseñó a hacerlo.
—Puefh te enfeñó muy fhien —responde con la boca llena antes de tragar saliva sonoramente. El moreno sonríe más tomando un trozo para sí y Germania traga saliva y le señala—. ¿Qué es lo que te gusta que te diga?
—Pues cosas bonitas como que te gusta lo que cocino, lo que hago o pasar tiempo conmigo.
—No me gusta —responde en automático mientras cierra los ojos y se sonroja.
—Acabas de decir que sí —se ríe.
—Calla —protesta, tomando otro trozo de tortilla y Roma se ríe más—. ¡Yo no soy el que salió corriendo hace rato! —chilla frunciendo el ceño.
—¿Qué tiene eso que ver? —deja de reírse un poco.
—Pues... no lo sé, pero si sales corriendo es porque te da vergüenza —o miedo o lo que sea.
—No me da vergüenza quererte, eres perfectamente querible y me sorprende que no lo haga más gente...
Germania se calla de golpe, deja de masticar y le mira SONROJADO. Roma le mira de reojo y le sonríe. A lo que el germano intenta carraspear con la boca llena, lo cual es un poco complejo, termina tosiendo y desviando la mirada. El latino se ríe al notar la torpeza.
—Deja de decir esas cosas —protesta antes de darle un trago largo a la cerveza.
—¿Por qué?
—¡Porque son tontas, ridículas y me da igual si soy querible o no!
—Oh... —se queda un poco desconsolado. Germania aprieta los ojos porque claro que le gusta que le diga esas cosas, pero es que es muy difícil admitir eso—. A mí me gusta que tú las digas —¿Ves que fácil?
—¡¿Cómo es que dices eso así?!
—¿Eh? ¿El qué? —le mira de reojo tomando otro trozo de tortilla.
—¡Así! Decir así... "a mí me gusta que digas esas cosas" —le imita.
—Ah... pues es que me gusta —se ríe tontamente, rascándose la nuca un poco avergonzado.
—Pues es que no tiene que ver con que te guste, es decirlo lo difícil —replica tomando otro trocito.
—¿Por qué? ¡Sí es verdad!
—Pues... ¿y no te importa lo que yo piense?
—Pues... claro. ¿Qué piensas?
Germania se sonroja porque no había pensado en ello.
—¿D-De que te gusten esas cosas?
—Supongo —se encoge de hombros—. O de que lo diga.
—Pues... pienso que... —parpadeo parpadeo, estos temas complejitos —, es... me-me...
—Ajá —mira la puesta de sol de reojo, escuchándole.
—Me da vergüenza... —admite sorprendiéndose a sí mismo por tenerlo claro.
—¿Lo que piensas?
—Nein! ¡Qué lo digas! Pienso que es estúpido, que no es verdad y sólo lo dices para avergonzarme.
—¿Crees que digo que me gusta que digas que te gustan cosas de mí para avergonzarte? —repite no muy seguro.
—Ja, lo que quieres es que yo diga cosas tuyas que me gustan para que me dé vergüenza y tú te rías como siempre. Además me da vergüenza admitir que me gustan porque eso quiere decir que tú me gustas y no me gusta que lo sepas —completamente confundido con tanta frase compleja.
—Eres tan mono que te abrazaría todo el tiempo —resume riéndose con la confusión.
—Was?! ¡Yo no soy mono!
—Pues lo siento, el rol del el más sexy es mío, así que eso es lo que te toca —se ríe más.
—¡Tú no eres más sexy!
—Claro que lo soy.
—¡Dejemos de hablar de esto! —rojo como tomate.
—Non, non, ahora quiero que me demuestres que eres más sexy que yo.
—¡Yo no dije que fuera más sexy que tú!
—Yo dije que lo era y tú dijiste que no, así que será porque crees que tú lo eres.
—Nein, nein... ¡yo sólo estaba discutiendo que tú no lo eras!
—Bien. ¿Quién lo es entonces? —sonríe y apoya la mejilla en una mano, recostándose hacia él.
—¿Quién es qué? —nervoisito.
—Dices que yo no soy sexy y tú tampoco... ¿quién te lo parece? —insiste y Germania traga saliva pensando que si hay alguien sexy en este mundo es ÉL... NADIE más.
—O-O-Otras personas... —desvía la mirada.
—¿Quienes? —inclina la cabeza.
—Otras, otras... ¡no sé quién, debe haber alguien más sexy que tú! —chillidillo.
—¿Quién? ¿Mis hijos? ¿Mis nietos? Franciae se ha puesto especialmente guapo con los años, ¿verdad?
Germania se revuelve y parpadea pensando en los hijos y en los nietos, que todos tienen ESA maldita cosa de su padre... y si Francia en concreto era atractivo, aunque España se parecía él, pero... ¡es que son los hijos y los nietos de Roma! , ¡Ni siquiera se había puesto a pensar en ello!
—Aunque Hispaniae se me da un aire que... y Veneciano y Romano son igual de monos que siempre, pero hacen unos movimientos que... ¿o prefieres a los tuyos?
—WAS? Nein! ¡Deja este tema en paz, no me parece sexy ninguno! —aprieta los ojos.
—Desde luego, el pequeño, el que se llama como tú sigue siendo el que más me gusta, pero Prusiae tiene ese aire rebelde que... y Austria tiene un no sé qué que da ganas de someterlo y bueno, Suiza, que por lo que se nota de la ropa debe tener un cuerpo esplendido y ser de lo más entregado... —alguien se está ganando una bofetada.
En efecto, ¡EN EFECTO! Germania le mete un empujón de aquellos y Roma se ríe, cayéndose de culo de la tumbona.
—¡NISETEOCURRATOCARLES!
—Calma, calma... Mirar no se paga.
—¡Pues aún así! Deja de hacer de desvergonzado que ya bastante tenemos, nein, no considero así a ninguno de mis hijos.
—Conste que he preguntado primero por los míos —se defiende, sentándose de nuevo y tomando otro trozo de tortilla.
El germano se cruza de brazos, fulminándole de lado, satisfecho de que se haya caído al menos, deseando que le haya dolido.
—Su'ongo 'e e'es ggefeggigte a 'itannia 'ntonce' —sigue, mientras come, arreglándose la túnica.
—Me... a qui... ¡oh! Nein! No hablo de Britannia, nein, aunque... bueno, ella... pero no es especialmente sexy, es gritona —frunce el ceño y Roma sonríe con ello.
—No es cierto, a mí su melena roja y su fogosidad me parecen bastante sexys...
Germania lo FULMINA. El romano levanta las cejas intentando dejar de sonreír, un poco acojonado.
—Bien, entonces el mundo entero te parece sexy, a excepción de mí que te parezco... ¿mono? —murmura con su voz monótona.
—Ah, non, non. Vamos, sólo mira tu torso, tus músculos y tu cuerpo. ¡Habría que estar ciego! —risita idiota. Sonrojo espectacular germano.
—Cállate.
—¡Si tú me preguntaste! —se muere de risa.
—Pues te pregunté pero no para... no con esa... Rom! —sonríe leeeevemente.
—¿Qué es lo que te parece taaan mal? —se cambia de tumbona a la de Germania.
—¡No sé, es vergonzoso! —igual de sonrisita.
—Bueno... eso tiene cierta... gracia... —sonrisa sugerente de lado, le gatea un poco por encima.
Germania le mira fijamente, un poco nervioso dado el previo de... este sale corriendo cuando se asusta.
—¿C-Cual gracia? No tiene gracia... —susurra mirándole los labios sin poder evitarlo.
—Pues te pones todo sonrojadito... y balbuceas... y tu corazón se acelera... y la piel se te pone de gallina... —enumera y le acaricia la mejilla con la nariz y la barbita.
—Y-Yo... yo... —se sonroja, con el corazón acelerado y la piel de gallina. Tiene además un escalofrío entreabriendo los labios haciendo un sobreesfuerzo por no buscarle un beso.
Roma le resigue la línea de la mandíbula con la nariz y le da un beso en la base del cuello.
—Ah, sí... y los escalofríos —susurra.
—N-N... N... —cierra los ojos y trata, con todas sus ganas, de no, NO hacer ningún sonido, olvidando también tratar de no mover la cabeza hacia arriba e inclinarla para que llegue mejor.
Le lame el cuello hacia la barbilla y el germano tiene otro escalofrío, se pega más hacia su tumbona cual si quisiera hacerse uno con ella. Roma inclina la cabeza y le mordisquea el cuello mientras le acaricia el pecho. Bien, ahora obtiene un gemidito súper contenido a cambio. Gemidito de esos que le mandan una señal clara de lo que está haciendo, separándose de él de repente.
Germania abre los ojos leeeentente, frunciendo el ceño y mirándole con intensidad por tres largos segundos. Roma aprieta los ojos y se pasa una mano por el pelo. El sajón le empuja con bastante fuerza, levantándose. Roma se quita para dejarle levantarse y se tapa la cara con las manos, dejándose caer contra el acolchado de la tumbona para hundir la cara en él. Germania le mira, con el ceño fruncido, sonrojado y fastidiado.
—No puedes volver a tocarme —anuncia.
—Lo... siento...
—Qué vas a sentir, yo no lo siento. No te me acerques, no me toques, no me encimes, no me digas cosas idiotas, no me beses ni me lamas ni... —se sonroja conforme lo dice, pero se controla bastante apretando los ojos —. No me toques, en general.
Roma le mira con cara de agonías y desconsuelo.
—Pero...
—¡Y no me mires así! No me vuelvas a poner un dedo encima, ¿entiendes? —sisea con una punzada de agobio en el estómago porque quizás ahora, por una sola vez, lo haga... con tal de no tener miedo.
—Pero... pero... —se le acelera el corazón y le toma del brazo. Germania trata de quitarlo.
—Te he dicho que no me toques —murmura fríamente, peleando contra sí porque en realidad tiene el corazón dividido entre el no querer quitarle y el querer demostrar que no es Roma el que se quita y que por eso no se besan, sino es por él mismo que no quiere.
—Lo siento... lo siento... —repite poniéndose las manos en la cara, haciéndose bolita. Germania suspira mirándole.
—No se te va a quitar el miedo con estar en una isla a solas conmigo —concluye y el latino le mira por entre los dedos—. ¿A qué es a lo que le tienes miedo? ¿Qué mierda te puedo hacer cuando me tienes así? ¡Ya estoy yo, así, dejándote hacerme esas cosas, y ya sabes por qué!
—En realidad no sé cómo es que tú te dejas... —susurra bajando la mirada. Germania se sonroja COMPLETAMENTE sintiéndose tremendamente idiota e inseguro—. Yo... soy un imbécil... y... —le mira—. No me aparté por miedo esta vez.
Germania da un pasito atrás, sin sentir ningún tipo de consuelo con esto.
—Mis hijos... —se pasa las manos por el pelo—. Yo quería... —vuelve a empezar, nervioso—. Nunca me había sentido tan torpe haciendo esto.
—Nunca has sido ni siquiera un poco torpe, deja de decir idioteces.
Roma se ríe, negando con la cabeza y el germano frunce más el ceño porque se está riendo, con ganas de estrangularlo, quiero decirlo.
—Mis hijos me hablaron de una cosa especial que... nunca he hecho y que sólo podría hacer contigo.
El germano se abraza un poquito a sí mismo.
—Le llaman hacer el amor... y quiero hacerlo. De verdad quiero hacerlo contigo, por eso no te he tocado en todo el día.
Germania parpadea y se sonroja más, vacilando entre creerle y no creerle... sintiendo algo raro en el estómago con este asunto de que la palabra "amor" esté en la frase.
—Y qué e... —carraspea, porque le ha salido un hilillo de voz en vez de una frase normal—, qué es eso?
—Es sexo, pero no se hace como siempre, tiene que ser con una persona especial, abriendo el corazón... y me da miedo. Esperaba que mis ganas de estar contigo superaran mi miedo, por eso me he separado, si tenemos sexo normal, no tendré tantas ganas.
Más sonrojo, vacilando un poco con la idea de eso de la persona especial y abrir el corazón (esto último le suena particularmente difícil y agobiante).
—No sé hacer eso.
—Bueno... al menos a ti no te aterroriza —suspira volviendo a frustrarse, hundiendo la cara en el colchón de la tumbona de nuevo.
Germania le mira unos instantes y se sienta a su lado, aun con los brazos medio cruzados (es decir abrazándose).
—¿Qué es lo que te aterroriza?
—Pues... que no me quieras... que me hagas daño... que no puedas soportarlo —susurra. Germania le mira de reojo.
—¿Por qué no podría soportarlo? —pregunta haciéndose una imagen mental de algo horrible y... doloroso o algo así
—Pues quizás... —le mira de reojo—. Ni te imaginas como es, ¿verdad?
—Mmmm... Sexo queriendo al otro —murmura pensando que... él... ha tenido muchas veces sexo con él, en esas condiciones. Se sonroja—. Nein, no me lo imagino —miente y el romano suspira—. ¿T-Tú te lo imaginas?
—Sólo un poco —responde girándose, mirando el cielo.
—Y... ¿quieres hacer eso conmigo? —pregunta sin dejar de mirarle. Roma asiente, aun viendo las estrellas—. Quizás sí me lo imagino.
El romano le mira de reojo.
—No voy a no quererte —susurra el rubio.
—¿Vas a quererme? —pregunta. Germania se sonroja y desvía la mirada.
—Yo creo que a ti te preocupa otra cosa.
—¿Cuál?
—No puede preocuparte que yo no te quiera, así que... —desvía durante un momento la mirada. Roma sonríe un poco con eso—. Quizás te preocupe que tu... —vacila con esto, porque en realidad es lo que le preocupa a él.
—Ven... —pide para que se acerque.
—Was? —frunce el ceño acercándose un poquito.
—Bueno... yo no puedo tocarte, pero tú a mí sí —sonríe.
—No entiendo aun por qué no puedes tocarme.
—Tú me lo has prohibido.
—Ohh... —se había olvidado de ese asunto específico, sonrojándose otra vez.
Roma sonríe, le guiña un ojo... y se le ocurre una idea. El germano se humedece los labios y desvía la mirada sin saber bien cómo comportarse, de ser por él ya se lo estaría comiendo de nuevo.
Abre los brazos para abrazarle y el sajón suspira, rindiéndose con CERO pelea, acercándose un poquito. Roma le pone la mano en la nuca y la otra en la cintura.
—Te detesto —susurra al menos para defenderse un poquito.
Roma aprieta los ojos con eso y el rubio le mira a los ojos. Le latino vacila, porque eso no siempre funciona.
Germania piensa para sí que Roma hoy está actuando REALMENTE extraño, espera no tan pacientemente a que... haga algo. Que es soltarle y ponerse las manos sobre la cara. El germano suelta el aire por la nariz, agobiado.
—¿Qué pasa? —pregunta empezando a estar un poco desesperado, mirándole.
—¿Qué va a pasar? ¡Joder!
—No hice nada esta vez, sólo... verdammt, Rom —susurra sin saber qué hacer, levantando una mano y poniéndosela sobre las suyas un poco torpemente.
—Quiéreme. Has prometido hacerlo.
—Pero si yo te quiero, idiota... —protesta intentando quitarle la mano de la cara —, el que no me...
Germania gruñe, haciendo más fuerza contra la cara y consiguiendo quitarle la mano. El romano le mira y parpadea. El germano le suelta por completo y desvía la mirada.
—¿Ves la torpeza?
—Rom.
—Quid?
—Tienes que hacerlo tú también.
—Lo sé...
—Sé que no lo haces —susurra. Roma le mira—. Eso es lo que te asusta.
—¿Y?
Germania parpadea abriendo la boca para decir algo, y cerrándola otra vez, entendiéndolo mal pero sin saberlo.
—Pues... ahí tienes —susurra empujándole un poco para separarle.
—¿Y qué haces con ello? ¿Ignorarlo?
—¿Qué esperas que te conteste? —susurra.
—La verdad.
—No hago nada, Rom. Hacerlo, cada estúpida vez, aguantarme el quererte y la mierda que eso implica —responde bastante más pasional que lo que acostumbra.
—¿Y nunca tratas que lo haga de vuelta?
El germano desvía la mirada.
—No me gusta esta conversación —se le intenta separar un poco.
—Es que aun es peor entonces...
—Maravilloso —aprieta los ojos.
—¿Cómo lo logras sin esforzarte siquiera?
—¡No sé, Rom, porque soy estúpido! —responde enfadado. Roma le mira porque le parece que no ha entendido realmente lo que acaba de decirle.
—Was? ¿Qué más quieres que te diga? Lo logro porque no conozco otra forma contigo, porque no me dejas en paz, por estúpido, por no saber detenerme —insiste y no, no ha entendido.
—Me refiero a mí, idiota. Consigues que yo te quiera sin ni esforzarte, yo tengo que perseguirte y usar todos mis sucios trucos... y si no lo hago mira qué sucede —le señala—. Ahí estás gritándome.
Germania levanta las cejas y parpadea porque NO esperaba esa respuesta.
—Co-consigo que tú...
—Pues, ¿por qué iba a irme corriendo si no?, ¡ya te lo he dicho! —protesta frustrado—. ¡Llevamos un montón de tiempo exagerado hablando de esto!
—Pe-Pero si yo te quiero siendo todo lo idiota y molesto que eres, eso no es esforzarte para que te quiera —susurra no muy seguro esta vez. Roma le mira pensando que en realidad... Germania sí es quien le ha aguantado las peores y aun así... —. Quiero hacer esa cosa —asegura repentinamente.
—Bésame —pide como respuesta.
Le pone una mano en un hombro y levanta la otra mano tomándole del pelo de la nuca un poco bestialmente. Roma vuelve a abrazarle cuello cintura con una mano en cada sitio. Germania le atrae hacia si con fuerza, echándose a su vez para adelante, apretando sus labios contra los del romano. Y eso fue lo último.
Y ahí es cuando Roma le besa de vuelta un buen rato hasta que consigue que al germano se le pasen un poco las ansias y el ritmo sea diferente. Y es Roma el que va a llevar el control de todo esto, el ritmo y quien va a conseguir que Germania reaccione como quiera y... es Germania el que va a notar realmente una diferencia en cuanto a las reacciones del romano.
Y va a ser ese ritmo lento de "no quiero que esto se acabe" alargándolo todooo mucho más dulce que de costumbre. Y por primera vez, Germania no va a enfadarse consigo mismo al decirle que le quiere y que le gusta, buscando mirarle más a menudo a los ojos.
Van a haber como tres veces más besos y caricias de lo normal y no tanto A en B como quizás cabría esperar, la diferencia entre meterlo porque es divertido y meterlo para estar todo lo posible con la otra persona.
Al final, Germania le abraza con bastante delicadeza, atrayéndole hacia sí para que se le recueste encima. Roma lo hace, medio escondido en su cuello, con la respiración agitadita. Debe oír hasta su cuello el corazón que casi se le sale del pecho.
—No quiero que te vayas —susurra y el romano cierra los ojos, concentrándose en ello. Germania le pasa una mano por la espalda, cerrando los ojos. Sonríe un poco.
—No quiero irme.
El germano le suelta un poco de la cintura en respuesta y toma aire, sonoramente.
—¿Fue diferente?
—¿No lo notaste?
—Ja, pero quiero saber qué dices tú.
Roma le mira.
—No queda mucho que decir —vuelve a esconderse. Germania sonríe un poquito de lado, cerrando los ojos de nuevo.
—Te quiero —murmura el germano con su voz controlada y suave.
—Yo... estoy enamorado de ti —responde y debe ser la primera vez que se lo dice a alguien. El germano parpadea y le mira de reojo sonrojándose un poco. Roma está con los ojos cerrados.
—Eso es nuevo —susurra levantando una mano y poniéndosela en la nuca.
—Todo es nuevo... —se revuelve un poco.
—Nein —responde sintiéndose especialmente lúcido y claro en estos momentos de tranquilidad.
—Non?
—No todo, yo soy yo.
—También yo —sonríe—. Aunque me siento diferente.
—¿Diferente? —le pregunta. Roma se acurruca un poco más sin contestar—. Rom... —hala, acabo de descubrir que Germania es del tipo "quiero hablar después de hacer el amor" cuando no termina agotado físicamente.
—¿Mmm?
—Estoy muy contento, ¿estás contento tú? —pregunta con la misma cara de póker, y el mismo tono de siempre.
—Estoy... no estoy seguro —es difícil explicarlo. Germania vacila un poquito y le mira de reojo, tragando saliva sin estar seguro de cómo interpretar esa respuesta.
—¿Estás... —pausa momentánea—. Bien?
—No estoy seguro... creo que sí... —vacila. Germania tiene un poquito de miedo con esa respuesta, así que se tensa un poco—. Estoy abrumado.
El sajón le acaricia la espalda y le abraza otra vez hacia él.
—Abrumado no es malo, ¿verdad? —pregunta sin pensar demasiado—. Es decir, no es que... no es que no te haya gustado... ¿verdad?
Creo que Roma no es el único rebasado por la situación. No es, Germania... querido, como que tu actitud ayude a alguien a estar menos abrumado. Roma suspira y se ríe un poquito, en su cuello. El rubio le da un beso en un hombro.
—¿De qué te ríes?
—De tus preguntas y tus miedos —le abraza más fuerte—. ¿Cómo va a no gustarme?
—Siempre has sido un idiota —responde sonrojándose un poco y alegrándose en parte de que esté escondido en su cuello y que no pueda verle la cara. Roma le mordisquea el cuello—. Mmmm... —ronronea sin contenerse esta vez, con voz grave —. Rom…
No se detiene. El germano abre la boca para decir algo más, pero... ¡mira tú! Qué útil es la lengua de roma para callar a un parlanchín anormal. Vuelve a ronronear y repentinamente, en un revuelo y en un segundo de lucidez, se mueve para darse la vuelta y quedar el encima del romano.
Roma le mira parpadeando con los brazos abiertos, tomado por sorpresa. Germania hace lo mismo que estaba haciendo Roma hace un segundo, sonrojado y bastante menos bien hecho que Roma. Este inclina la cabeza, dejándose.
—¿Ya te sientes menos abrumado? —pregunta unos instantes más tarde de una manera incluso un poquito infantil.
—¿Eh? —sale de la estupefacción.
El germano se separa y le pone una mano en la mejilla y se le viene el pelo un poco a la cara. Roma le mira a los ojos y sonríe un poquito al vérselos por primera vez tras el hecho. Germania sonríe también, más de lo que sonríe habitualmente, mirándole con mirada limpia y nítida y sin el ceño fruncido.
Roma levanta la mano hacia él y le aparta el pelo de la cara para verle bien.
—Finalmente... me invadiste —murmura con seguridad, sin fruncir el ceño aun, pero con voz seria. Roma cierra los ojos y sonríe más—. Puedes tenerme a mí, no a mis tierras, porque no tengo, no a mis hijos, porque son adultos. Si quieres... seré un imperio contigo —declara con la misma seriedad.
—Yo no soy un imperio ya... —susurra y ahora sí frunce el ceño Germania.
—Para mí eres mucho más que "un" imperio. Eres "el" peor imperio posible a tener de vecino.
El latino abre los ojos y le mira. Germania se sonroja un poquito desviando la mirada por la ridiculez que siente que acaba de decir.
—Ha sido caro —valora y le acaricia la mejilla.
—Caro...
—El más caro...
—Volverías a hacerlo exactamente igual si tuvieras la oportunidad... —le mira con una cara que es bastante parecida a la que usa Austria cuando mira por encima de las gafas.
—¿Hacer qué?
—Pagar ese precio, lo pagarías y volverías a tener el mismo imperio.
El romano le mira y aparta la mirada pensándolo. Germania le da un beso suave en el temple, mirándole.
—Sí —suelta y Germania suspira, en lo absoluto impresionado con esta respuesta—. Daría mi corazón y mi imperio por hacer esto contigo aunque fuera una sola vez. Y me arrepiento ahora de haber sido tan necio de no hacerlo antes por ignorancia.
Germania le mira con la boca ABIERTA, porque eso... no se lo esperaba.
—Habría dado lo que fuera porque lo hicieras en otros tiempos y ahora pienso que... de haberlo hecho, quizás las cosas no serían hoy como son ahora.
—Creo que no habría funcionado en nuestros tiempos —le mira nervioso.
—Nein —otra vez sube la mano a su mejilla y se encoge de hombros—, lo cual no me importa en este momento.
Roma sonríe otra vez.
—Por fin no tengo tierras, ni hijos, ni nada más que cuidar más allá que a mí mismo —le pasa el pulgar por los labios.
El moreno saca la lengua y se los humedece, lamiéndoselo un poco, provocando que el sajón se sonroje un poquito.
—En realidad es bastante liberador...
—Lo es, al menos no me siento culpable —sonríe un poquitín y el latino se ríe.
—Además... —vacila. Roma le mira, aún riendo un poco.
—Tus hijos idiotas lo saben y hasta los míos lo saben —protesta un poco.
—¿El qué?
—Que esto... Es así y que tú y yo y... —murmura.
—¿Y te parece raro? —sonríe.
—No les impresionó mucho cuando les conté de... —se revuelve un poquito.
—¿De...?
—De Roma, de la vez que fuimos a verte…
—¿Qué les contaste?
—Sobre la vez que... —se revuelve un poco, pero sigue mirándole—, me echaste de tu casa —responde directamente.
—Ajá...
—No les pareció algo tan... impresionante como debía parecerles.
—Ellos son muy listos —sonríe.
—Les detesto también a ellos, aunque —carraspea—, puede que no todo lo hagan TAN mal —se sonroja y Roma se ríe—. ¡No te rías!
—¿Por qué no?
—¡Pues porque son molestos! Deberías reñirles.
—¿Por ser listos y notar las cosas? Nunca.
—¡Por ser molestos y SABER!
—Pero si es justo eso a lo que les he enseñado siempre —le acaricia la cara.
—Pues por eso parecen hijos de Loki —protesta Germania.
—Bueno, yo soy bastante parecido a Loki por lo que tú dices de mí —le abraza.
—Eres peor que Loki —le acerca la cara sin mucha expresión, casi a rozarle los labios pero sin moverlos, con plena intención de que sea Roma quien inicie el beso.
Roma levanta un poco la cara para hacerlo y luego sonríe quedándose ahí rozándole sin más. Germania parpadea y le mira.
—Si no fueran así no habrían organizado esto para nosotros —susurra y saca la lengua lamiéndoselos un poco, con los ojos cerrados. Germania entreabre los labios y le tiemblan un poquito para no darle él el beso.
—¿Mmmm?
Roma le captura el labio de abajo entre los suyos y juguetea con él (como no teníamos suficiente con Inglaterra y Francia...). Germania entrecierra los ojos pensando que esto de haber venido a la isla no es una idea tan mala como parecía hace un rato.
Y dos segundos más tarde al inútil de Roma se le olvida que el juego era de tentarle sin besarle. Y ahí están de nuevo, Germania perdiiiiiiido, con el cerebro derretíiiiiido. Y me informa que le acaricia el cuello y el pecho un poco torpemente. Y que hunde la mano en el pelito de su pecho y enreda sus dedos ahí, tirando un poco esperando que proteste.
Pero Roma es un chico fuerte y no protesta, de hecho tiene una idea. Germania ni se entera, NI SE ENTERA. Pero sí que se entera en cuanto Roma se separa del beso, así que se relame cual gato.
—Hay una cosa que me preocupa.
Germania quita la cara de idiota bobo enamorado y enmielado, frunce un poco el ceño y le mira a los ojos. Roma sonríe de lado.
—Was?
—Hay algo que quiero que veas.
—¿Qué? —frunce más el ceño.
—Pues es que dijiste una cosa que me escama y... además, si así va a funcionar ahora tienes que saberlo...
Levanta las cejas, humedeciéndose los labios y soltando el abrazo para pasarse las dos manos por el pelo, echándoselo para atrás. El latino le toma de la cintura para que no se caiga y se incorpora también.
—¿Qué es lo que te he dicho que te escama?
El moreno sonríe con picardía y Germania inclina la cabeza con esa sonrisa.
—¡Vamos!
—¿A dónde? —se incorpora más, levantándose del todo y notando que está desnudo, cubriéndose un poco aunque menos que hace rato.
—Dentro, ven —tiende la mano hasta tomarle la suya tirando de él.
Germania deja que tire de ella, tratando de pensar qué pudo ser. El latino le lleva hasta el cuarto y abre la puerta del armario, donde se ve un espejo de más o menos cuerpo entero. El sajón, que aun no se acostumbra a los espejos y menos así de nítidos, tarda un instante en reconocerse, sonrojándose por la desnudez y que además está todo embarrado de... cosas, y bueno... esas cosas que pasan.
Roma se pone frente a él, le toma las manos y le obliga a rodearle la cintura con ellas, haciendo que se acerque. Germania se sonroja un poco mirándose por encima del hombro de Roma.
—Lo que me has dicho, amor mío, es que no soy sexy —explica Roma una vez están ahí. Germania levanta las cejas, se sonroja e intenta soltarle un poquito.
—Non, non —no le permite, sujetando con fuerza—. Así que ahora vas a tocarme y vas a ver cómo lo haces... hasta que te convenzas o tu verga esté tan dura clavándoseme en la espalda que no puedas ni llegar a abrazarme.
(Mátalo, mátalo AHORA para que no sufra... o para que no suframos los demás, más bien)
—W-W-WaAas? —nada más con eso, Germania siente unos calores en la parte de... ahí, justito, de eso que habla Romita.
—Venga, acércate más —tira de nuevo de sus manos hasta sentir el soodadito germano en su culo—. Mira...
—Nein, nein, espera... no voy a... —aprieta los ojos—. Rom, espera...
Roma le mira de reojo. Un hilito de sangre le sale desde ya de la nariz al rubio.
—Quid? ¿Qué pasa?
Germania abre un ojo y le mira, sonrojaaaaaaado...
—Quieres que te... toque... y... vea... y... —traga saliva.
—Sí —tan directo. Germania tiene un señor ESCALOFRÍO—. Mira —le mira de reojo y le levanta una mano hasta su cabeza.
—A-Aja... —mira de reojo el espejo.
El latino le enrolla en el dedo con cuidado y con un escalofrío uno de sus rulitos maravillosos.
—Ha-Hay otro como este, pero trátalo con sumo cuidado, si me lo arrancas te corto las manos.
Germania tira un poquito del dedo sin entender bien de qué va la cosa, notando, eso sí, el escalofrío.
—¡Uh! —protesta un poco, cerrando los ojos y mordiéndose el labio empezando a reaccionar ya—. Cuidado mi amor, son muy sensibles...
Al rubio le cuesta unos instantes entender la reacción, pero no demasiados... le empieza a latir el corazón con mucha fuerza.
—E-Esto te... —acaricia un poco el rulito, mirándole ahora con cierto morbo.
—Excita. Mucho —aclara arqueando la espalda un poco, levantando los brazos y Germania siente que le fallan las piernas nada más de verle en el espejo.
—P-Pero si es... —susurra —, pero...
Roma gime un poco, agitándosele la respiración.
—Lo sé... lo sé... pero así es.
Germania se humedece los labios volviendo a mover un poco el dedo, mirándole otra vez de reojo y pensando que, JODER, ¡cómo no va a ser sexy el idiota! Así que Roma da un pequeño tirón intentando soltarse, sonrojándose y reaccionando más.
El germano le hunde la mano en el pelo, aún con el rulito maravilloso enredado en el dedo, empezando a clavarle el asunto un poco bastante así como describía en principio. Roma se le agarra de los hombros con los brazos en alto y le araña un poco peleando para no bajarlos... susurra algunas palabrotas entre dientes y levanta una pierna.
Germania se humedece los labios y le besa la mejilla abrazándole de la cintura y agachándose un poco.
—Por Odín —susurra en su oído, echándole la cabeza hacia atrás.
—G-Germaniae... —suplica un poco, temblando.
No necesita suplicar más, Germania le recarga un poco en el espejo, mordiéndole un poco el hombro, mirándoles a ambos y terminando por quedar perfectamente listo para lo que se viene.
El romano toma la otra mano del rubio y le obliga a llevarla a sus regiones vitales para que ayude un poco, cada vez costándole más resistir, claro. Abre un poco las piernas.
Germania está seguro de que nunca ha estado tan excitado en su vida... y nadie entiende cómo es que pasa eso si hace menos de una hora estaba... bueno... Se mueve lo mejor que puede, con la mano en las regiones vitales del romano, levantando la otra para acariciarle el pelo sin tener idea de donde tiene los rulitos y sin cerebro para saberlo, mientras le gira la cabeza a Roma y hace lo posible por besarle. Le plancha contra el espejo.
Y hasta aquí, ojalá te haya gustado o haya servido para entender mejor como imaginamos el Roma Germania. ¡No olvides agradecer a Josita su beteo y edición!
Como siempre, en estricto orden alfabético: Camelia Rouge, Chibimisuki, Josita, Kokoa Kirkland, Kutzi Shiro, Vicky Lau muchas gracias por vuestros reviews!
