Capítulo 10: Dormitar
Había pasado todo el día muy irritado, buscando tanto a la Gárgola como al fantasma, mas no volvió a verlas a ninguna de las dos.
El día le pareció largo y pesado, decidió volver a la posada más temprano ya que tanto sus ropas como él estaban completamente caladas y en las calles ya no había nadie. Suspiró, estremeciéndose repetidas veces bajo la lluvia. Temblaba y tiritaba de frío, así que incrementó la velocidad de sus pasos para llegar lo antes posible.
"Me va a dar una hipotermia a este paso." Pensó, buscando un atajo.
Tensó la mandíbula para impedir en cierto modo que sus dientes castañeasen de forma tan exagerada, sorbió la nariz y echó a correr a gran velocidad abrazándose a sí mismo.
"No lo soporto… ¡Joder, puta mierda de temporal!"
La temperatura era seriamente baja y el ser de noche no aliviaba en absoluto. Tampoco los vientos que azotaban su cuerpo con fiereza, haciendo ondular su gabardina como un vulgar trapo y haciendo que la lluvia lograse pasar a la ropa que llevaba debajo.
Vio la posada camino arriba e incrementó la frecuencia de sus zancadas aún más hasta llegar a cobijo.
Jadeó suavemente intentando recuperar aliento por la desesperada carrera y avanzó a paso ligero a su cuarto.
Tiró sus ropas a prisa y cogió una bata, varias toallas y un pijama bastante gordo para ponérselo después de ducharse.
Gimió suavemente al sentir el agua hirviendo caer de la ducha.
Se quedó una larga media hora bajo el chorro tan agradecido y oportuno que aliviaba su cuerpo y disipaba un poco sus pensamientos, liberándolo de la frustración y la rabia que había sentido aquel día. Abrió la boca a ojos cerrados para que le entrase un poco en la boca y después lo dejó caer junto al resto.
Esto es gloria divina, demonios… - susurró frotándose el cuello suavemente con una mano.
Antes de salir del baño lleno de condensación, y por el que ya era dificultoso hacerse paso debido al vapor de agua cargado en el aire, se puso pijama y bata con el pelo despeinado al haber sido agitado fuertemente con una toalla para que no quedase ni una molécula de agua en él. Estornudó una vez con una mano sobre la boca, soltando una pequeña maldición posteriormente.
Sintió el viento de la propia tundra al pasar a su cuarto y se asió más a su albornoz como una señora mayor, frunciendo los labios y abriendo mucho los ojos. La ventana se había abierto.
¡Me cago en la puta! – exclamó, reaccionando por fin y corriendo para cerrarla con fuerza.
Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. Cerró las cortinas de un rápido movimiento y se fue a tirar a la cama, pero algo se lo impidió: una bola gris sobre el colchón.
¿Pero qué…?
La gran pelusa color ceniza se estiró y una cabecita manchada de blanco y ojos de zafiro lo miró con cara de sueño.
¿Tú…? ¿Has entrado por la ventana? – le preguntó acercándose. – No se pueden tener animales aquí, así que ya te estás largando. – le ordenó.
Aisha se giró hacia él y le miró cual cordero degollado, haciendo que el albino frunciese de nuevo los labios torciendo a la vez la boca.
¡A mí no me vengas con esos ojos! ¡Fuera de aquí, que me vas a pegar las garrapatas! – exclamó.
Recibió un pequeño maullido-ronroneo como respuesta.
Muy bien, me sentaré en la cama, y si estás en medio será tu culpa. Estás advertido. – le dijo, acercándose y dejándose caer sentado sobre el lugar en el que estaba.
El animal se apartó en seguida y lo miró curioso.
Hidan puso una mano bajo su trasero.
Uy, qué calentito está… - murmuró. Y miró luego al gato. - ¿Me estabas calentando el sitio acaso para que te dejase quedarte?
Una de esas ráfagas rencorosas se deslizó por la ventana haciendo que un árbol la golpease con una de sus ramas.
El jashinista miró hacia la misma.
"Hace muy mal tiempo…" recapacitó.
Sintió una cabezadita en uno de sus hombros y luego el cuerpo del gato rozarse mimosamente contra él. El albino lo miró y suspiró.
Está bien, quédate – respondió acariciándole la cabeza.
Aisha cerró sus ojos azules ronroneando ante la muestra de afecto y se quedó así hasta que Hidan apartó la mano para quitarse la bata y hacerse hueco entre las sábanas.
El gato se acurrucó también bajo ellas, pegado a su cuerpo para compartir ambos calor corporal. El jashinista lo acarició suavemente de forma distraída hasta quedarse totalmente dormido. No tardó mucho, pues el cobijo de la blanda cama y el calor que mantenía hicieron que su conciencia se desconectase en menos de dos minutos.
Despertó muchas horas después al sentir una textura áspera rozar repetidas e intermitentes veces su mejilla y unos bigotes hacerle cosquillas por todo el rostro. Parecía que Aisha le estaba dando los buenos días. Bostezó acariciando la peluda cabeza del animal.
¿Sabes? – murmuró – Yo tendría que irme hoy. Va a venirme a buscar un fantasma, ¿Te lo puedes creer?
El gato bostezó también sacudiendo suavemente la cabeza para mirarle después.
Hidan sonrió levemente, quedando en silencio. Después, se incorporó mientras estiraba los brazos a ambos lados de su cuerpo.
Se frotó un poco el pelo por la parte posterior de la cabeza.
¿Qué hora es…?
Miró hacia su ventana abriendo un poco las cortinas con una mano. Aunque llevase allí poco más de una semana, no podía identificar aún la hora según la luz.
Bufó levemente y apartó a Aisha para levantarse del todo mientras miraba el reloj: las dos menos diez de la tarde.
Oh, joder, menos mal que no está Kakuzu… - dijo estirando la espalda de nuevo y desabrochándose la camisa del pijama.
El gato comenzó a rascar la ventana mientras le miraba. El albino se giró, mirándole curioso.
¿Quieres irte? – preguntó – Bueno, será lo mejor, antes de que vengan las de la limpieza…
Abrió la ventana haciéndole un ademán con la cabeza para indicarle que ya podía salir, mientras que el pequeño animal avanzaba hacia el alféizar exterior de la misma y saltaba después al árbol.
Hidan lo observó distraídamente mientras el gato bajaba por el tronco y después desaparecía por una de las calles. Terminó de vestirse y salió pocos minutos después de la posada paseando una de sus manos por sus cabellos blancos.
A ver si hoy le dejo a esa niñata las cosas claras… - murmuró haciéndose camino entre algunos grupos de personas que circulaban por las calles.
Ese día era domingo, por lo que el mercado estaba abarrotado.
"Quizás hoy sí que esté por aquí al haber más gente…" meditó, prestando especial atención a lo que veía a su alrededor.
Suspiró de nuevo con ojos inquietos. No identificó ninguna melena morena con dos mechones blancos, ni siquiera unas gafas de nieve o a alguien vestido de chándal. Frunció los labios torciendo la boca a la vez.
"Es como buscar una puta aguja en un pajar." Pensó aún caminando sin rumbo entre tiendas y personas.
Vio a un grupo de hombres bastante sospechoso al otro lado de la plaza, y se dio cuenta de que no era la primera vez que estaban por allí.
No creyó que llevasen mucho por la zona, pero sí le había parecido verlos cerca de la catedral y en las afueras, en dirección a las cuevas.
"¿Buscarán también a la Gárgola?" se preguntó, frunciendo levemente el ceño.
Eran cuatro hombres en total, siempre inseparables y ni siquiera se molestaban en disimular un poco sus atuendos.
Buscó alguna bandana para identificarlos, y efectivamente, en uno de ellos, rodeando su brazo izquierdo se veía el símbolo de la Villa del sonido.
"Ah no, de eso nada…"
Miró a su alrededor.
"Aquí hay demasiada gente… tengo que enfrentarme a ellos cuando no pueda haber testigos." Planeó.
Vio que se acercaban a una muchacha, una niña más bien. Reconoció a la hija de la dueña de la posada y se detuvo mientras los observaba conversar, y luego a ella señalar en una dirección mientras se iba en la contraria.
"¿Pero qué…?"
La siguió en la lejanía para averiguar lo que les había indicado, lo que había hablado con esos hombres, actuando por impulso sin pensar que interrogarla expondría totalmente sus intenciones.
"Vamos a tener un poco de diversión hoy…"
Aumentó el ritmo de sus pasos mientras los ojos violetas se clavaban ferozmente sobre la espalda de la fémina, que, inocente y despreocupada, seguía un pequeño camino trotando levemente.
Alguien lo seguía a él al mismo tiempo sin que se diese cuenta. Estaba demasiado concentrando, planeando con qué podría amenazarla, y se barajaba chantaje, secuestro, amenazas, una posible violación…
Una sonrisa se esbozó en su rostro sádicamente mientras volvía a echarse el pelo hacia atrás y tomaba aire, nervioso y emocionado con la adrenalina recorriendo todo su cuerpo. Estiró un brazo para agarrarla de uno de los suyos y poder así girarla hacia él y llevarla a un rincón escondido donde poder conversar, sin embargo, recibió un fuerte golpe con sonido metálico que hizo que su visión se tornase borrosa.
Tropezó desorientado cayendo al suelo de bruces. Su cabeza golpeó secamente el suelo, haciendo que su vista ennegreciera lentamente hasta perder el conocimiento sobre el frío asfalto de la calle.
Ni siquiera oyó un posible grito de la pequeña muchacha al notar que estaba siendo perseguida, todo se volvió al oscuro silencio durante un rato en el que los segundos podrían ser horas. Su conciencia no respondía.
Cuando volvió a abrir los ojos, aún viendo borroso y con una fuerte migraña, se encontraba aún en la oscuridad, ésta no tan intensa como la que acababa de abandonar. Se frotó las zonas duramente golpeadas mientras adoptaba una posición fetal sobre el húmedo suelo con un gemido de desorientación y dolor.
Oh, joder… ¿Qué ha pasado?...
Cerró los ojos con fuerza tomando mucho aire por la boca y conteniéndolo en los pulmones. Lo soltó a la vez que se estiraba de nuevo y se apoyaba con ambas manos para poder sentarse. Se frotó la cara y miró a su alrededor.
Una pequeña hoguera estaba encendida a unos tres metros y medio de él. Parpadeó un par de veces intentando recordar cómo había llegado allí, sin embargo lo único que se le pasó por la cabeza fue el instante en el que el suelo parecía acercarse velozmente a su rostro. O quizás fuera al revés.
Comprendió que había sido agredido a traición y tensó la mandíbula buscando al culpable, pero nadie estaba a su alrededor.
Tocó una de las paredes cercanas, a su espalda. Estaba húmeda y tenía textura rocosa. Levantó su mirada al cielo y encontró un techo con algunos boquetes.
"¿Estoy…? ¿Esto es una cueva?" se preguntó.
Un pequeño sonido llamó su atención y vio cerca de la hoguera unos brillantes ojos que le miraban con furia contenida. El poseedor, de silueta indefinida y gran altura, parecía estar observándole con deseos de matar.
Bajó los suyos violetas hasta el suelo y vio, débilmente iluminada por las llamas, una larga y escamosa cola que levantaba y dejaba caer luego la punta sobre el rocoso suelo.
