La última noche
Capítulo Diez
La luz del crepúsculo que moría en el horizonte, ayudada por unas cuantas nubes que presagiaban tormenta, todavía conseguía iluminar la habitación, en donde sólo una minúscula parte permanecía en penumbra. Las cortinas estaban corridas en el rincón más lejano de la pieza, justo donde una mesita de noche con una sola lámpara descansaba. Juudai tenía los ojos puestos en lo que no se apreciaba del todo en ese secretismo, pese a que su espalda pegaba con la mesa y ésta le hacía mucho daño. Había algo cuasi mágico en todo el asunto, o quizás quería verlo así gracias a la adrenalina del no saber. Johan apenas y era una silueta confusa, de su misma estatura, a escasos centímetros con los rasgos no del todo definidos pero con los ojos tan brillantes que casi parecían irradiar su propia luz. Esa visión conseguía enajenarlo del resto del mundo. Enajenarlo incluso de la sensación de las manos del otro atrayéndolo con cierta fuerza, cierta necesidad, porque todo ello le parecía insustancial comparado con la muda comunicación que se había establecido entre ambos.
¿Me dejarás hacerlo? Le preguntaban esos ojos verdes. ¿Llegarás al final? Él por supuesto, asentía a las preguntas no formuladas. Podían estar firmando su sentencia de muerte en esos precisos momentos, podían ir al cadalso y morir humillados si eran descubiertos, eso era lo que tenían que tener en cuenta. ¿Valía la pena arriesgarse? ¿Valdría la muerte cualquier cosa que pasara en esa habitación? Para Johan la respuesta estaba clara. Él prefería morir en el cadalso a seguir viviendo bajo los deseos y normas de otras personas; sin embargo, no podía exigir lo mismo de Juudai.
¿Me dejarás hacerlo sin importar lo que suceda? La vida se imaginaba muy fácil cuando ambos estaban juntos, porque siempre solían tontear y bromear sobre cualquier cosa, pero esta vez iba en serio y eso era lo que veían los ojos de Juudai al chocar contra los otros. Esa determinación que casi lo paralizaba, lo enajenaba del resto del mundo.
Sí, asintió por tercera vez en lo que iba de la tarde. No pensaba en el cadalso, ni en las implicaciones que vendrían si alguien abría la puerta, si alguien sospechaba que había algo más tras las cortinas corridas. En realidad, no estaba pensando, no le importaba. Para él todo aquello era nuevo y quería conocerlo. Punto.
Johan relajó su semblante al recibir esta respuesta, sin tener la menor idea de lo que Juudai pensaba. Bien, irían al infierno juntos y empezarían en ese mismo momento. Sus labios se entrelazaron con rapidez, dejando poco espacio para el elemento sorpresa, pues Juudai ya conocía eso a la perfección e incluso hasta había mejorado enormemente. Ya no era sólo el pasivo, que dejaba que su boca fuera explorada, sino que también él participaba en la lucha entre sus lenguas, pasando las manos por el cabello y la nuca del otro, sintiendo bombear contra su pecho el corazón acelerado del otro, la calidez humana más allá de la amistad.
—Siempre he odiado esta ropa —afirmó el de ojos verdes, cuando se topó con los botones de plata que cerraban el saco negro que Juudai usaba esa tarde. Quería verlo antes de decidir por dónde empezar, pero las cosas no parecían querer suceder tan fácil.
—¿Ocupado? —habían roto el beso sólo para que Johan se deshiciera de la prenda, lo cual de alguna manera también había roto el ambiente. Juudai se rió. ¿Y así se suponía que era el experto?
—Tendremos que hacer las cosas de la manera más difícil —todavía con las manos enredadas entre los botones de plata, tratando de no romper ninguno para no inventar excusa alguna, en lugar de besarlo se instaló en su cuello, dejando pequeñas marcas ahí donde su pulso lo indicara, ahí donde latía con más velocidad.
El castaño soltó algo parecido a un ronroneo. No había sucedido algo así antes, al menos no a esa escala. Su pulso se aceleraba, como si bailara al compás de las caricias que Johan hacía con su lengua en el cuello e incluso también llegó a sentir la necesidad de deshacerse de todo lo que lo cubría, si esa sensación podía repetirse en cada ínfima parte de su ser.
—Joder, también odio esta ropa —el último de los botones también había cedido y el mayor de los Yuuki se apresuró a arrojar la molesta prenda a un lado, tirando en el proceso la lámpara de gas que descansaba en la mesa—. Demonios, ha sido tu culpa. No es que me queje, eso sí...
La camisa fue más fácil de sacar, pues Juudai tenía cientos de ellas y no fue problema para ninguno de los dos decidir que podían prescindir de unos cuantos botones y de la corbata. Ésta fue a parar al piso, justo sobre los restos de la porcelana rota de la lámpara, al mismo tiempo que alguien tocaba la puerta de la habitación.
—Señor Juudai, ¿ha sucedido algo? Oí que se cayó algo, ¿está herido? —era Emma, la ayuda de cámara de su hermana, quien sin duda habría pasado por ahí en su paseo por la mansión de siempre que no tenía algo que hacer, seguro que Asuka estaba muy entretenida con Yubel.
—Eh... No, gracias, Emma, puedes irte —los dos se quedaron de piedra esperando a que los pasos se alejaran y para cuando estos dejaron de ser un rumor para dar paso al silencio, se dieron cuenta de que la oscuridad era aún más profunda—. No veo nada.
—Eso lo hace más divertido, ¿no crees? —la voz de Johan se había hecho más ronca, pero seguía siendo afable—. Tú sólo espera y verás, no, más bien, sentirás —riendo ante ese comentario tan embarazoso, se dedicó a palpar con cierta curiosidad lo que las sombras ocultaban frente a él y que gracias a sus dedos, podía identificar como el pecho y el abdomen del que fuera uno de sus mejores amigos de la infancia.
—Hazlo de nuevo —pidió Juudai, como si fuera una orden.
—¿Hago el qué? —sus dedos se habían detenido justo en el centro de su estómago, liso y suave por la falta de ejercicio que confería una vida sedentaria.
Por toda respuesta, Juudai atrajo a su interlocutor hasta pegarlo rudimentariamente contra su cuello, en busca de algo que con palabras no era del todo capaz de describir. Tenía confianza en él, por eso no le daba verguenza expresar sus deseos, sacar el mayor provecho de todo ello, que quien sabe cuándo volvería a repetirse.
—Entendido, señor —medio bromeo el otro al estilo militar, ocupándose entonces de la tarea asignada. Había jugado lo suficiente con el cuello, el resto de su cuerpo le estaba pidiendo atención a gritos, así que en lugar de volver a lo mismo, trazó el contorno de su clavícula con los labios, sin dejar de deslizarse siempre hacia abajo, en busca de uno de sus pezones, que antes apenas había llegado a palpar superficialmente.
En cuanto lo encontró, se dedicó enteramente a él, causando un estremecimiento en Juudai que lo llevó a arquear su espalda, sintiendo además un intenso calor en el centro de su estómago, como si hubiera tomado un líquido caliente pero reconfortante.
—Creo que me gusta aprender, después de todo —Johan había dejado un camino de saliva desde su pecho hasta su abdomen, donde los pantalones de raya fina ponían una pausa a todo el asunto.
—Heh, todavía no hemos llegado a la mejor parte —se relamió los labios el otro, soltando con naturalidad el botón y el cinturón que mantenían la tela en su lugar, para que ésta fuera a acumularse encima de los zapatos del castaño—. ¿Quieres que te enseñe la mejor parte ya?
—Si eso significa que tú también vas a quitarte la ropa o algo, no me parece justo ser el único expuesto aquí —al quedar descubierto, al caer la barrera de sus pantalones, que casi parecían perderse en la oscuridad, quedó a la vista su erección, pugnando por salir de su escondite. No era del todo embarazoso, pero no le gustaba ser el único puesto en evidencia, con deseos que apenas y llegaba a comprender.
—Hoy te gusta dar órdenes, ¿verdad? ¿No se suponía que era yo el maestro? —susurró el segundo de los Andersen en su oído, deshaciéndose suavemente del nudo de la corbata color mar que usaba ese día—. Temo que no nos de tiempo si cumplo sus deseos, oh, su alteza real. ¿No es hora ya de la cena?
—¿Y no es esto chantaje? Mira que hablar de la cena, precisamente en este momento... —la corbata fue hecha a un lado y el saco quedo abierto, lo mismo que la camisa blanca, quedando al descubierto sólo una pequeña proporción del cuerpo el médico, que era mucho más pálido que el de su amigo y un poco más formado por su continuo ir y venir entre consultas. Juudai lo tocó con ansias, sus dedos nunca habían estado tan conscientes de la piel del otro como en ese momento y cuando se atrevió a imitar lo que Johan había hecho con él, el sabor a sal que impregnaba la piel del Andersen lo dejó completamente fascinado. Jamás habría pensado siquiera en hacer algo así, llegar a conocer a ese nivel de intimidad a alguien —nisiquiera a su hipotética esposa— y sin embargo, ya lo había hecho sin saberlo—. Sólo falta éste para que estemos iguales —le costó un poco de trabajo encontrar el correspondiente botón de los pantalones de lord Andersen, pero su demora y torpeza fueron altamente recompensadas cuando la tela por fin cedió, pues en sus vanos intentos había rozado sin querer el abultado miembro del otro, consiguiendo que sobresaliera aún cuando todavía no se deshacía de los pantalones.
—Juudai, probablemente esto es insensible de mi parte, pero... no creo poder aguantar demasiado y te digo, la cena... En cualquier momento podrían venir a llamarnos —su mano un poco temblorosa por el nerviosismo de lo que estaba a punto de hacer, acarició la entrepierna de Juudai—. La próxima vez, si tenemos más tiempo... Pero si esta vez no quieres, entonces podemos...
—Haz lo que sea necesario, Johan —no podía ocultar que sus propios deseos estaban ocultos en esa decisión y rompió el momento de duda afirmando mediante un beso que estaba listo para seguir con lo que fuera, aún si tenía que ser rápido o extraño, o forzoso, lo que fuera.
—Probablemente te dolerá, ¿podrás soportarlo? —se mano se deshizo del último obstáculo en su camino, la ropa interior de un color pulcramente blanco. Después, se dedicó a masajear el miembro de Juudai suavemente, como si tratara de calmarlo, de relajarlo, cosa que estaba dando excelentes resultados pues el castaño sentía sus piernas de gelatina ante el contacto y su mente estaba tan nublada por el placer que ya hasta se había olvidado de la advertencia anteriormente recibida—. Date la vuelta —pidió Johan, separándose de los labios que había estado besando sólo un segundo antes—. Confía en mí.
Juudai hizo lo que se le pedía, sintiendo la respiración agitada de Johan en la nuca, justo al mismo compás con el cual él respiraba, demasiado agitado, demasiado necesitado. Johan no había dejado de masajear el miembro de Juudai incluso aunque él estuvo de espaldas, pero ahora sólo una de sus manos se ocupaba de esa tarea. La otra, con todo el cuidado del mundo y ayudada con el líquido pre-seminal de Juudai, empezaba a introducirse en su interior.
El castaño se convulsionó ligeramente, presa del dolor. Dolía y era incómodo de verdad, dolía, pero no lo suficiente como para sobrepasar la sensación de placer.
—Ahora voy a hacerlo en serio —el ocaso ya había muerto en el horizonte y un desangelado tono añil cubría la extensión verde de campos que se adivinaba más allá de la ventana. Tenían que apresurarse y eso era lo que más le molestaba—. ¿Estás listo?
Teniendo en cuenta que la sensación de incomodidad y dolor se había ido, Juudai asintió con solemnidad, preparándose para la verdadera prueba. Así pues, no pudo evitar morderse el labio inferior en un intento de evitar gritar cuando sintió que Johan lo embestía con toda la suavidad que el momento le permitía, hasta estar completamente en su interior.
—Sigue doliendo —afirmó con la voz entrecortada, con algunas cuantas lágrimas corriendo libres por sus mejillas. Dolía como los mil demonios, como nunca creyó que iba a experimentar. Dolía y nisiquiera el que Johan tratara de distraerlo besándolo por enésima vez en la noche consiguió que se olvidara de ello. Tuvieron que pasar varios minutos antes de que su respiración se regularizara y decidiera encarar de una vez por todas la realidad—. Hazlo.
Por tercera vez en ese día, Johan hizo lo que le pedían y lo que él mismo deseaba, comenzando a moverse primero con suavidad y luego ganando velocidad al pasar los minutos. Esa sensación era algo difícilmente hallable en otras circunstancias, como un calor creciente que los envolvía a ambos, un calor que nacía desde el centro de la unión para expandirse por el resto del cuerpo, nublando el cerebro, borrando cualquier cosa que no fuera el calor in crescendo.
Pronto, cualquier dolor fue reemplazado para Juudai y aunque aún trataba de contener su voz, esta vez era para no comenzar a gritar ahí mismo, cosa que traería corriendo a todos los sirvientes. Cada movimiento contribuía a su carrera por alcanzar el clímax, pese a que él no podía darle nombre en esos momentos. Era demasiado calor, con cada segundo que pasaba... Éste sólo parecía aumentar, quemar más. Y era obvio que llegaría un momento que terminaría por explotar, derramándose por la habitación como el cierre perfecto a toda aquella faena.
—Eso ha sido... —nisiquiera tenía palabras para describir el orgasmo, por lo cual Juudai guardó silencio, tratando de recuperar el aliento perdido.
—Lo sé —Johan había alcanzado su propio clímax segundos después que Juudai y también parecía un poco más interesado en conservar cuanto más fuera posible la experiencia—. Ahora creo que puedo ir a cenar en paz.
—¡Tú siempre piensas en la cena!
—¿En qué se supone que estás pensando tú? —Johan hizo un esfuerzo por reírse al tiempo que le echaba una ojeada al desorden que habían hecho. Por suerte, al no haber luz, el crimen no parecía tan espantoso.
—No sé, en practicar de nuevo, ¿tal vez? Aunque hoy ya no, seguro que la cena está lista...
—Ha sido una suerte que no nos descubran, ¿dónde está tu cuarto de baño?
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Yubel había contenido la respiración como si hubiese sido ella la que estaba en ese cuarto. No había llegado a oír todo, pero lo que alcanzó a comprender, mientras estaba pegada de espaldas a la puerta, le hizo entender lo suficiente. Se cubrió el rostro con las manos por leves segundos antes de procesar la información y luego de que hizo esto su semblante cambió totalmente. Ya no quedaba ni sombra del susto que había tenido por primera vez, ni mucho menos del shock que había desfigurado sus facciones. Sus ojos mostraban decisión.
Nadie debía saber de ello. Nadie debía de hablar de ello.
Había sido lo suficientemente cauta para esconder sus pasos y cuando se decidió a irse de ahí, volvió a ocultar sus tacones quitándoselos. Ella no sabía nada, no había oído nada ni era de su incumbencia.
La cena estaba lista y eso era lo que les diría, nada más.
Tocó la puerta con suavidad.
—Lord Andersen, Juudai, ¿están ahí...?
Sí, era mejor hacer como que no sabía nada.
Fin del Capítulo.
Notas de la Autora: Con un día de retraso y síp, estoy 100% segura de que no hay nadie ahí. Me ahorro mis sermones, según mi descabellada cabeza, regreso a las actualizaciones semanales, o al menos eso quiero prometer que con este atraso no quedo muy bien parada en cuanto a promesas x'DD En fin, espero que el lemon no haya quedado del shit, me leí muchas kinks meme de Umineko x'D para inspirarme~
Un saludo y gracias por leer y comentar~
Nos vemos el próximo Lunes, si Dios quiere y si dejo de ser tan floja :(
