Disclaimer: Esta historia no me pertenece, ni sus personajes al final de esta trilogía diré la autora. Disfrútenla y espero me digan de que paraje quieren más historias. Recuerden que solo la adapto y pido prestados los personajes de Stephanie Meyer para nuestra diversión.

Capítulo 9

Anclaron como a media milla de la playa de Copacabana y tomaron una lancha para bajar a tierra. Alice miró a Jasper, que estaba al timón de la lancha. El viento le apartaba el pelo de la frente y ella, celosa del viento, entrelazó los dedos de las manos para resistir las ganas de tocarlo. Por mucho que lo había intentado, no podía olvidarse de que le había dicho que la habría conservado quizá para siempre. Eso hacía que se quedara sin respiración hasta marearse. Tenía un problema grave y... Los gritos de unos bañistas le recordaron que no estaba sola. Observó la gente que disfrutaba de un domingo en la playa y sintió como si estuviese perdiendo la leve conexión que había encontrado con Jasper la noche anterior y esa mañana, lo cual, era una tontería. No había conexión, sol era una tregua efímera. Además, también tenía la apasionante tarea de diseñar un barco, algo que hacía que bullera de alegría todo el día. Jasper atracó en el muelle, se bajó con agilidad y le tendió una mano con una sonrisa. Ella la agarró sin poder respirar.

–Me apetece comer algo tradicional y conozco el sitio perfecto. ¿Te fías de mí?

–Sí.

–Está un poco lejos –añadió él mirándole los tacones con una ceja arqueada.

–No te preocupes por mí. Nací encima de unos tacones.

–Entonces, compadezco a tu pobre madre.

Ella se rio y él sonrió hasta que la besó unos segundos en la boca y le tomó la mano.

–Vamos, anjo.

Se metieron por las calles y diez minutos después ella se quedó atónita cuando se detuvieron delante de una puerta con un cartel borroso y una bombilla encima.

–Dicen que dan la mejor feijoada de Río –comentó él mirándola con incertidumbre. Alice se tragó el nudo que se le había puesto en la garganta al ver el cartel que había formado parte de su alegre y lejana infancia.

–Es verdad, pero ¿cómo... cómo conoces este sitio?

El corazón se le desbocó cuando él le besó el dorso de la mano que no le había soltado.

–Me ocupé de enterarme.

–Gracias –replicó ella tragando las lágrimas que se le habían amontonado en la garganta.

–De nada.

Se quedaron un momento en la entrada para acostumbrarse al interior iluminado por velas.

–¡Pequena estrela!

Una mujer de cuarenta y muchos años se acercó con una sonrisa de oreja a oreja. Se abrazaron e Alice se dio la vuelta para presentarle a Jasper.

–Camila y mi madre eran muy amigas. He cenado aquí muchas veces después del colegio.

Jasper, encantador, contestó en portugués y la mujer se sonrojó antes de llevarlos a una mesa en el centro de la habitación.

–¿Quieres lo de siempre? –preguntó Camila mientras dejaba la cesta con pan.

–¿Me dejas que elija? –le preguntó Alice a Jasper.

–Claro, anjo.

Alice recitó el pedido y, cuando se quedaron solos, intentó no sacar conclusiones de por qué la había llevado precisamente allí, pero la emoción no se aplacó. Él estaba consiguiendo que sintiera cosas que no debería sentir en esas circunstancias, cuando su corazón podía acabar destrozado. Además, esa vez, las señales de alarma no estaban disimuladas, como pasaba con Riley. Estaba metiéndose con los ojos y el corazón muy abiertos.

–Estás frunciendo el ceño, querida.

Ella tomó un trozo de pan e intentó concentrarse en no estropear la tregua.

–No sé si he pedido demasiado. Estoy más bien gorda gracias a mi apetito.

–No estás gorda, estás perfecta.

Aunque la luz era tenue, ella captó su expresión de satisfacción y le flaquearon las rodillas. Una expresión que fue cambiando hasta que el deseo se reflejó en todos los rasgos. El mismo deseo que se adueñó de ella y se concentró entre los muslos.

–Obrigado –murmuró ella con la voz ronca.

Él se inclinó y tomó el trozo de pan que tenía ella en la mano. Lo partió y acercó la mitad a su boca. Cuando la abrió, lo dejó en su lengua y la observó mientras lo masticaba. Luego, se dejó caer contra el respaldo y se comió el resto. Ella, cuando consiguió tragar el pan, intentó encontrar un tema de conversación que no tuviera nada que ver ni con su padre ni con los sentimientos que brotaban entre ellos.

–¿Tu madre se crio por aquí? –preguntó él para alivio de ella.

–No. Camila y ella nacieron cerca de Serra Geral. Sus padres eran rancheros y vecinos, pero se vinieron a Río después de casarse y siguieron en contacto. Camila es como mi segunda madre.

–Sin embargo, Brandon Holdings no es una empresa ganadera –comentó él poniéndose

rígido.

–No. Cuando mi abuelo murió, mi madre vendió el rancho y mi padre amplió la empresa.

Alice respiró con alivio cuando Camila, sonriente, volvió con el primer plato y el vino. Jasper la felicitó por la elección de la comida y empezó a comer el pescado. La conversación volvió a temas más anodinos y derivó hacia la anterior carrera de Jasper como campeón de remo.

–¿Por qué dejaste de competir?

–Probé con algunas parejas cuando Ari y Edward se retiraron, pero faltaba sintonía y es fundamental en ese deporte.

Jasper llenó el vaso de vino de Alice y dio un sorbo del suyo.

–Has sido afortunado al poder hacer algo que te gustaba –replicó ella con melancolía.

–Normalmente, la suerte es el fruto de mucho trabajo –comentó él con una sonrisa forzada.

–Sin embargo, algunas veces, el destino te depara otras cosas por mucho que lo intentes.

–Sí, pero tienes que conseguir que se vuelvan a tu favor.

–También puedes abandonar y buscar otra alternativa.

–Nunca he abandonado ante la adversidad –replicó él con una sonrisa.

–No habrías ganado campeonatos si lo hicieras.

Ella no podía decir que lo entendiera del todo, pero sí empezaba captar lo que lo espoleaba. Cuando se encontraba con un problema, nunca lo abandonaba hasta que lo solucionaba. Por eso se ocupaba de resolver los problemas de Cullen Inc. Había visto secuencias de él remando. Su tesón y sus agallas la habían cautivado y mentiría si dijera que no la habían excitado.

–Sin embargo, también se necesita fuerza para abandonar. Tú abandonaste el remo antes

de asociarte con la persona equivocada.

–Alice... –murmuró él en tono tenso.

–No quiero estropear la tregua, pero quiero que lo pienses. Perdonar no es motivo de vergüenza. No es vergonzoso dejar el pasado donde está.

–¿Y mis demonios? –preguntó él con una mirada sombría.

–¿Tienes la garantía de que los derrotarás siguiendo el camino que has elegido?

Él frunció el ceño unos segundos antes de entrecerrar los ojos.

–Tienes razón, no estropeemos la tregua.

–Jasper...

–Basta, anjo. Bebe un poco más de vino –le propuso él con una sonrisa.

El pulso se le aceleró. Se le aceleraba por cualquier cosa que hiciese él. Dio un sorbo y se pasó la lengua por los labios por el efecto del vino y del hombre que tenía enfrente. Camila llegó para ofrecerles café y ella dejó de mirar la perfección de ese rostro. Alice lo rechazó y, cuando volvió a mirar a Jasper, vio que tenía los ojos clavados en ella.

–Creo que tienes que volver al barco.

–Lo dices como si me hubiese portado mal –replicó ella se riéndose con ganas.

–Te aseguro que te lo diría si lo hubieses hecho.

–Entonces, la noche es joven y no descarto nada.

Él esbozó otra de esas sonrisas devastadoras mientras sacaba unos billetes de la cartera.

–Insisto en que es el momento de que vuelvas y te acuestes.

Ella se quedó sin respiración. No podía querer decir lo que ella creía, pero se sonrojó por

las imágenes que se presentaron de repente en su cabeza. Se despidió de Camila y se dirigió hacia la calle mientras rezaba para que él no hubiese visto su reacción a esas palabras.

–No corras o te romperás un tobillo con esos tacones.

La alcanzó en la calle y le rodeó la cintura con un brazo. La calidez de su cuerpo le pareció abrumadora.

–No pasa nada, estoy bien –se justificó ella innecesariamente.

–¿Qué pasa? –preguntó él mirándola penetrantemente.

Ella se pasó una mano por el pelo e intentó no decir lo que estaba pensando, pero sin éxito.

–Se supone que eres mi enemigo, pero, aun así, me has traído a uno de mis sitios

preferidos de todo el mundo. Estás siendo tan atento que no puedo evitarlo... te deseo...

Ella casi se tambaleó al ver que el hombre encantador que había cenado con ella se convertía en un depredador voraz. La llevó a un callejón oscuro, la puso contra una pared y se inclinó.

–No me digas esas cosas ahora, Alice –murmuró él con aspereza.

Él tenía la boca tan cerca y tan tentadora, que ella cerró los ojos.

–No quiero decirlas, pero no puedo contenerme porque es verdad.

–Lo dices por efecto del vino.

Alice asintió con la cabeza, pero gimió cuando él se estrechó más contra ella. La calidez de su cuerpo la abrasaba y su aliento le acariciaba el rostro. Cuando le rozó la mejilla con la barba incipiente, tuvo que morderse los labios para no gemir otra vez.

–Abre los ojos, Alice...

–No... Por favor...

–¿Qué estás pidiéndome? –le susurró él al oído.

Ella se estremeció de los pies a la cabeza.

–No lo sé... –ella se calló y tomó aliento–. Bésame.

Él pasó levemente los labios por los de ella, quien lo agarró de la cintura con fuerza.

–Por favor... –le pidió con un hilo de voz.

–Anjo, si empiezo, no podré pararme, y no queremos pasar la noche en el calabozo por escándalo público.

Ella abrió los ojos y vio que la miraba con una voracidad que nunca había visto en un hombre.

–Jasper... –le tomó la cara entre las manos–. Déjalo. Sea lo que sea lo que te hizo Mi padre, la venganza solo te proporcionará una satisfacción efímera.

Él apretó los dientes, pero no le pareció tan arisco como otras veces.

–Es lo único que he soñado desde hace doce años.

–¿Te has parado a pensar que esa obsesión podría estar alentando a tus demonios?

–¿Estás proponiéndome otra manera de aplacarlos, anjo?

–Es posible.

Él le tomó una mano, le besó la palma y la miró con un brillo deslumbrante en los ojos.

–No se merece que seas su hija.

–Puedo decir lo mismo de tus padres, pero hacemos lo que podemos. Cuando se pone feo de verdad, intento acordarme de los momentos felices. Tú también tienes que tener recuerdos felices con tu madre. Además, ¿tu padre fue siempre tan malo?

–No, no fue siempre malo –contestó él apretando los labios.

–Cuéntamelo.

–Ellos creían que Edward sería su último hijo. Mi madre me dijo que yo llegué por sorpresa.

Me llamaba su «niño especial». Mi padre me llevaba a todos lados con él. Tenía un Aston Martin y me encantaba ir a dar largos paseos por la costa... Jasper se calló con los ojos brillantes. Ella no dijo nada y esperó que encontrara la manera de aliviar el dolor. Sin embargo, se repuso, la miró y ella captó ese dolor incontenible.

–No soy mi padre y no lo seré nunca, pero hasta yo sé que esas cosas se pueden hacer

fácilmente cuando la vida va como la seda. La prueba de verdad llega cuando las cosas se complican. Me cuesta creer que mis hermanos y yo fuésemos especiales para mis padres cuando nos dieron la espalda en el momento en que más los necesitábamos. Él podría haberme salvado,

Alice... Jasper se calló súbitamente y a ella se le encogió el corazón.

–¿Cómo?

–Si me hubiese llamado por teléfono para avisarme, yo no estaría aquí... No tendría miedo de acostarme todas las noches por las pesadillas...

–Jasper...

Ella le acarició la mejilla unos segundos, hasta que él se apartó con la barbilla levantada.

–Esto no cambia nada. Soy como soy. ¿Sigues deseándome?

–Sí –contestó ella tragando saliva.

–Tienes media hora y mucha brisa para aclararte las ideas antes de que lleguemos al barco.

Emplea ese tiempo para pensarte con cuidado si quieres seguir adelante porque, cuando crucemos esa línea, no habrá vuelta atrás.