Capítulo 8

El tronar del fuego y la calidez de la habitación, me hicieron volver a la realidad. Me había sumido en un profundo sueño, en un torbellino de emociones, que no me permitían distinguir la realidad de los sueños. Y ahí lo contemplé, se encontraba desfajado, con la camisa entreabierta, las botas puestas, y podía ver que se encontraba profundamente dormido sobre una gran silla.

Su respiración era lenta, su pecho subía y bajaba lentamente como las llamas del fuego que proyectaban pequeñas sombras en la habitación. Debía estar ya muy entrada la noche, no se veía ni siquiera la luz de la luna. El silencio reinaba en la habitación, y me di cuenta que no era un sueño, me incorporé para descubrir que mis vestidos húmedos ya no se encontraban sobre mi cuerpo, llevaba puesta mi camisola de algodón, bastante grande para mí, puesto que había pertenecido a mi padre y me cubría hasta los pies. Tallé mis ojos y me acerqué a él. En verdad no era un sueño, despejé un pequeño mechón dorado de su frente y pude ver que estaba exhausto, debíamos haber viajado durante horas y horas, recuerdo que perdí el conocimiento, el frío era tan intenso que me había envuelto y no había sabido más, hasta que sentí que era llevada dentro de un lugar más cálido.

Había algo de cena, casi sin tocar, Sir William sostenía una copa con algo de vino que estaba por derramarse. La tomé y sentí que sus manos se encontraban frías, extremadamente frías. Me remordió la conciencia, puesto que no había disfrutado de su lecho, ya que yo me encontraba ahí. En verdad era un hombre bueno.

Todavía llevaba las ropas húmedas y frías puestas, hacía tanto frío que podría enfermar gravemente. Traté de no despertarlo pero fue en vano, cuando sintió una de sus botas resbalar fuera de su pie, despertó.

-Milord, está helando, debe quitarse esas ropas mojadas.- Asintió con la cabeza pero no logró moverse, el sueño lo vencía completamente, no lograba mantener los ojos abiertos. Cuando vi sus ojos me di cuenta del extremo esfuerzo que hizo para llevarnos a salvo hasta Havenwoods, sus ojos estaban casi de color carmín por el frío viento que había pegando contra ellos. Sus manos llevaban a pesar de sus guantes las marcas ensangrentadas de las riendas de Centella.

Me apresuré y no me importó más romper el silencio, removí la otra bota y empecé a desatar la camisa que llevaba puesta, de inmediato se la retiré y pude ver que aún exhausto hacía un esfuerzo por ayudarme. Busqué por la habitación y había un pequeño baúl, a los pies de la cama, cuando lo abrí encontré ropa de dormir y una manta de pieles. Habíamos ya pasado tantas cosas juntos que ni siquiera lo pensé empecé a desatar sus pantalones, cuándo sentí sus manos deteniéndome, sus ojos se encontraban bien abiertos, y se notaba que le dolía mantenerlos así.

-Miladi, yo, lo haré.- Me había dicho en un susurro, casi un suspiro, estaba en extremo cansado. Le ayudé y pronto se había colocado sus ropas de dormir y lo había envuelto en el manto de pieles. Froté sus pies y sus piernas y después las cubrí con unas calcetas de lana escocesas, y así lo ayudé a que mantuviera el calor. Una botella de vino se encontraba ahí, así que puse algo de vino a calentar y cuándo estuvo listo lo desperté.

-Milord, beba esto por favor, le ayudará a que su cuerpo recupere el calor.- Podía ver la pequeña ranura que se abría entre sus párpados y el pesar de tomar siquiera la copa, así que la acerqué y le dio pequeños tragos. Luego le ofrecí del pan y el queso y la carne que le habían llevado, lo partí en trozos pequeños y se los di para comer. Empecé a ver que sus mejillas recuperaban algo de color.

-Sir William, me ha dado un susto, ya lo veo mejor.- Le dije sonriendo, yo también me encontraba exhausta, aunque él había cuidado de mí y de Centella, debió haber sido una tarea casi titánica atravesar los caminos con el clima que recrudecía a cada momento.

Por fin pudo hablar su voz había vuelto, al igual que su conciencia, ya se encontraba despierto y tenía un mejor semblante.

-Ella.. Ven acércate.- Me pidió suavemente acercándome a él. En un movimiento me rodeó; me tenía sobre su regazo.- Ella, estás helada, hace demasiado frío. Me envolvió entre la manta de pieles y me rodeó con sus brazos.- Nuevamente me encuentro en vuestro regazo, habiendo un suave lecho que os aguarda y a mí una habitación llena de los más finos tapetes y con tantas almohadillas y cojinetes para descansar.-

Sonrió, y levantó mi barbilla.- ¿Habéis cenado ya miladi?- No.- Le respondí sinceramente, sentí en ese instante el sonar de mis tripas, me puse colorada y Sir William soltó una carcajada. La silla sobre la que nos encontrábamos era grande, robusta y fuerte, recubierta por piel, hecha para un gran señor. Todo alrededor y la decoración de la habitación era así, los muebles eran enormes, fuertes, de gruesas maderas, y la habitación era aún más grande de lo que había visto. En el fondo a un costado se encontraba una segunda chimenea y ahí había colgadas unas espadas atravesadas y el estandarte de El Caballero Azul. Había una mesa mucho más grande, llena de documentos. Al fondo, casi al terminar la habitación había una puerta, que al parecer conducía a lugar dónde Sir William podía darse un baño caliente. Justo por detrás de ésa pequeña chimenea que se levantaba en una pequeña torre dividiendo la habitación, una gruesa pared hacia el otro costado de la habitación, después descubrí que se trataba de un gran guardarropa, mejor dicho un gran guardacosas, la puerta era pesada, grande y de madera, los acabados eran hermosos.-

-¿Os gusta vuestra nueva habitación miladi?- ¡Es hermosa!- Contesté y luego pensé… "vuestra."

-¿Os mudaras milord?- Le pregunté perpleja.

Rió con fuerza- ¡Por supuesto que no! Compartiréis ésta cámara conmigo.- Me había dicho dulcemente, mientras me abrazaba con más fuerza.-

-Yo… yo… No sé qué decir… Yo…- Las ideas se golpeaban una contra otra en mi cabeza.-

-Si preferís miladi, os mandaré a dormir con el regimiento del Rey William.- Me había dicho tomando mi barbilla y sonriendo ampliamente.-

Sonreí de igual forma- No, no hay un lugar mejor en dónde podría estar.- Le contesté con sinceridad. El sueño había abandonado nuestros cuerpos, me encontraba más despierta, y mi barriga se encontraba llena, coloqué mi cabeza en su hombro.- Milord, os meteréis en muchos problemas por mi culpa.- Le dije con tristeza.- No, si cumples tus deberes y usas vuestra pañoleta para cubrir vuestro rostro. Os proveeré de ropas más adecuadas, seréis mi nuevo mozalbete, mi nuevo ayudante de cámara.-

Sonreí un poco incrédula- Nadie creería eso milord, no peleo como un hombre.- Su barbilla se encontraba sobre mi cabeza, pasó uno de sus brazos por mi espalda y cerró aún más el abrazo.- Seréis entrenada, para sobrevivir a las batallas y pelearás con destreza, os lo aseguro.- Me dijo tan convincentemente que le creí.- ¿Juras, pequeña y dulce Ella, esforzaros para terminar vuestro entrenamiento y servir en Havenwoods encubierta como mi pequeño mozalbete?- Sonreí francamente, rodeé su pecho con mis brazos y descansé, después de tanto tiempo de haber sufrido opresión, había encontrado una luz en mi camino un destello tan fuerte y radiante que me había salvado del maltrato continúo y de una muerte segura.- Lo juro milord, y no sólo os serviré, os cuidaré y protegeré, con mi vida; trabajaré duro para volverme una guerrera encubierta, no os defraudaré.-

-Me parece excelente Lady Ella Dereaux, y todavía aún más que queráis cuidarme, cuando debería de ser al contario.- Sonrió ampliamente, soltando una pequeña carcajada.-

Lo miré segura, sonriendo.- Os lo aseguro, cuidaré de vos.-

Sir William, ¿el caballero templario… era Sir George…?- Pregunté curiosa, puesto que se veía realmente muy diferente a como lo recordaba…-

-Si, ése era Sir George, vuelve de una misión, con Clash.-

-¡Oh! El guerrero que lo acompañaba, ¿no es verdad?-

-Sí, exactamente, y si habéis puesto atención miladi, os darías cuenta, que es una guerrera, nadie aquí sabe que lo es, se encuentra bajo las mismas condiciones que vos; las mujeres en Havenwoods están prohibidas, es el campamento más secreto y resguardado de el Rey William, aquí se encuentran sus mejores guerreros y regimientos.- Me dijo orgulloso y con seriedad.- Nadie debe saber que vos sois una mujer, o de igual forma que Clash lo es, debéis mantener vuestra identidad segura.- Sentenció, puesto que mi vida parecía pender de ese simple hecho, ocultar mi sexo, mi feminidad, volverme uno de ellos.

-¿Acaso ninguna mujer os ayuda en la cocina, o en vuestras tareas aquí?- Pregunté muy sorprendida.-

-Así es, sólo hay una mujer que viene a traer provisiones, y no entra al campamento, siempre la acompaña su esposo. Y algunas veces la curandera, aunque siempre hemos acudido a ella, en lugar de que venga al campamento, sería infringir la ley.- Me explicó.

-Oh, ahora lo entiendo. No temáis milord, haré lo que pidas, no os defraudaré.- Le aseguré, mientras él, retomaba el abrazo en el que me tenía envuelta y suspiraba pesadamente sobre mi cabeza.

-Milord, es ya demasiado tarde, debéis dormir.- Le supliqué, su lecho se encontraba vació y se veía tan tentador, con gruesas mantas y suaves sábanas, la suavidad del lecho invitaba a descansar en él.-

-Dormid en mi lecho miladi, yo dormiré sobre los tapetes.- Me sugirió, mientras me cargaba y me colocaba dentro de esas suaves sábanas. No podía permitirlo ésa era su habitación, eran sus aposentos, el lugar dónde él encontraba descanso y no iba a despojarlo del mismo. Suficiente me había dado con llevarme hasta ahí arriesgando su vida, galopando a toda velocidad, contra el mal tiempo.-

-De ninguna manera milord, yo no dormiré aquí, es vuestro lecho y merecéis descansar, haré una suave cama entre los tapetes y con los cojinetes.- Le dije mientras trataba de salir de ésa cama, contra su voluntad. Sus brazos me mantenían dentro de esa confortable suavidad.

-Es mi deber cuidar de vos, no permitiré que os resfríes durmiendo en el piso.- Sentenció, mientras miraba dentro de sus hermosos ojos azules cómo añoraba su lecho.-

-Entonces, ¿haremos lo mismo que en el monasterio?- Le pregunté un poco sonrojada, no había promesas de perturbar un lugar santo…-

-Ella, éste no es un monasterio, ¿acaso no teméis lo que puede hacerle un hombre a una mujer en su cama?- Me había preguntado, sonrojándome hasta las pestañas, sabía que ocurría, pero sólo había visto cómo mi tío fornicaba con prostitutas, de pronto me asuste y después la calma volvió a mí.- Milord, habéis jurado protegerme, no temo nada, sé que estoy a salvo con vos.- Había un tono de seguridad, de complicidad y confidencialidad, que quitó esa cara de pánico que el mismísimo Caballero Azul había tenido unos momentos antes, al saber que compartiría su lecho conmigo.-

-Miladi, cumpliré mi promesa, no correrás peligro alguno, ni ésta noche, ni ninguna otra, cuidaré de vos, compartiréis mi lecho las veces que lo deseéis.- Me aseguró con tanta dulzura que lo abracé.-

-Descansemos entonces.- Le sugerí, mientras me movía hacia uno de los extremos de esa gran cama. No había llegado lejos, cuando sentí como me rodeaba de nuevo con sus brazos y me atraía hacia su pecho. –No pasaréis frío mientras os encuentres en mi lecho mujer.- Me aseveró con los ojos cerrados y abandonándose al mundo de los sueños.-

Sonreí, mientras era cobijada por sus brazos descansado al fin de tan larga travesía…

De pronto pensaba, que tal juramento no era necesario, ¿qué daño podría él hacerme siendo un hombre y yo una mujer…?

Continuará…