Historia Original de Kristine Rolofson

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Estaré en casa para Navidad.

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CAPITULO DIEZ

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Después de la cena Mina se convirtió en un torbellino doméstico. No solo descubrió que las cortinas ocultaban unas cristaleras que daban a un balcón cerrado, perfecto para Doris, sino que en el armario de su habitación encontró sábanas y dos mantas para el sofá, que como ella había supuesto se convertía en cama de matrimonio.

Voilá – echó los cojines al suelo y le señaló el colchón –. Tu cama, vaquero.

− Sí, señorita – fue todo lo que contestó Zafiro.

No iba a discutir más. Habían movido los muebles y convertido la sala en un dormitorio. Cualquier imagen de la cama de Mina con ella dentro fue inmediatamente eliminada. Después de todo, ellos dos no estaban hechos precisamente el uno para el otro.

− Me preguntó qué tal estará mi hermano entreteniendo a tu prima – dijo mientras estiraba una sábana –. Darién debió de quedarse muy sorprendido cuando la vio.

Ella dejó de desdoblar la manta que tenía en la mano y lo miró.

− ¿Se trata de eso? ¿La has enviado allí para juntarla con tu hermano?

− Bueno… – empezó a decir; no se había imaginado que resultaría tan aparente – Serena y mi hermano no saben lo que estoy tramando. Yo solo invité a una amiga a pasar navidad en el rancho, eso es todo. Le dije que cuidara bien de ella. Serena es… su tipo.

− Y yo que llevo todo el día pensando que eras tú el que estabas detrás de ella – sacudió la manta y se la echó sobre la cama.

− La verdad es que lo pensé – reconoció, recordando la primera vez que había visto a Serena –. Pero solo durante un par de minutos.

− ¿Y entonces qué?

− Que enseguida me di cuenta de que no me atraía de esa manera.

− ¿Qué quieres decir?

Esos ojos tan azules lo miraban con suma curiosidad, y Zafiro intentó no ponerse nervioso.

− Bueno – suspiró –. Nos hicimos amigos. No podía imaginarme nada, esto, más íntimo entre nosotros.

Ya estaba. Tal vez con eso dejaría de hacerle preguntas.

− Supongo que la conociste cuando fuiste a vivir a su edificio.

Mina dejo de hacer la cama y esperó a que él le diera más detalles. Otra vez lo estaba mirando como si pensara que él no tramaba nada bueno.

− Lleva años viviendo allí… con su prometido – añadió Mina –. ¿Y sabes lo que pasó…? ¿Por qué Hotaru y ella están solas?

Se cruzó de brazos y se los frotó, como si tuviera frío.

− Sí.

Un día Serena le había contado finalmente lo del accidente de avión. También le había dicho otras cosas, como por ejemplo que le gustaría irse a un sitio donde nadie supiera lo que había pasado.

− Me dijo que quería pasar una temporada fuera – añadió Zafiro –. Esa es otra de las razones por la que la invité al rancho.

− Y la otra razón fue tu hermano. ¿Cómo es él? – Mina se agacho y entremetió una esquina de la manta.

− ¿Darién? Tranquilo, metódico. El tipo de hombre que cualquiera querría tener como hermano.

La última vez que había mirado el móvil, su hermano mayor le había dejado dos mensajes en el buzón pidiéndole que lo llamara. Zafiro pensó que su hermano podría esperar. En realidad, él había hecho todo lo posible por juntarlos a él y a Serena; el resto dependía de ellos. Se había imaginado que Darién no podría resistirse a ella; y si su hermano no había sido capaz de salir del rancho para buscarse una mujer, entonces Zafiro había hecho bien en enviarle una.

− ¿Qué te hace tanta gracia?

Levantó la vista de la cama que estaban haciendo.

− ¿Es que estaba sonriendo?

− Sí.

− Estaba intentando imaginarme cómo estará reaccionando Darién ante la presencia de Serena. Mi hermano suele ser tímido con las mujeres.

− Supongo que no es un rasgo común en la familia.

Zafiro se echó a reír.

− No exactamente. Deberías conocer mi tío Jed. A sus ochenta y dos años, sigue siendo un casanova.

− ¿Vive también en el rancho?

− No, pero pasa temporadas allí. Es la única familia que tiene mi madre, y a ella le gusta tenerlo cerca. Mi madre no podría estar mas contenta. Cuando llegan las navidades, se pone a preparar galletas, a decorar la casa, a comprar regalos y todo lo demás.

Zafiro de dio cuenta de que Mina parecía a punto de echarse a llorar. ¡Maldición! ¿Qué podía decir?

− ¿Has hablado con Serena? – le preguntó tras un momento de silencio.

− No. He llamado varias veces a casa, pero aún no he hablado con ella. Esta tarde se marchó a la ciudad a hacer compras de navidad y cuando llamé hace un rato estaba ocupada con la bebe.

− Entonces está bien – dijo Mina en tono ciertamente de alivio.

− Sí – le aseguro –. Todos están bien.

Cuando había hablado con su madre, le había parecido que estaba muy contenta con la compañía, aunque disgustada de no poder tener a la familia reunida ya esa misma noche. Pero no era de esas personas que hacían una montaña de un grano de arena. Había sido la esposa de un ranchero, y eran personas muy fuertes.

Más o menos como la mujer que le estaba haciendo la cama.

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Todo fue culpa de Doris. No se decidía con quién quería dormir, así que aunque empezó la noche acurrucada a los pies del vaquero, terminó gimiendo a la puerta cerrada de la habitación de Mina.

Por alguna razón Mina no podía dormir. Primero vio las noticias, demasiado deprimentes, después el parte meteorológico, demasiado frío, y finalmente una película de vaqueros. Mientras John Wayne guiaba el ganado hacia una ciudad por donde pasaba el ferrocarril, Mina intentó no pensar en el vaquero que dormía al otro lado de la puerta.

Y entonces los gemidos de Doris aumentaron tanto en volumen que Mina los oyó a pesar de los disparos del rifle de John Wayne, de modo que se levantó de la cama y fue hacia la puerta para ver qué pasaba.

− ¿Doris?

La perrita entró y sin pedir permiso se subió a la cama y se acurrucó bajo la colcha.

− Bien, ponte cómoda – murmuró –. ¿Te gustan las películas del Oeste?

− ¿Por qué? – se oyó una voz de hombre a sus espaldas –. ¿Qué están pasando por la televisión?

Mina se volvió y vio a Zafiro en la puerta. Allí vestido con una camiseta blanca que cubría su pecho musculoso y un pantalón de chándal azul marino. Estaba descalzo, y cuando lo miró a la cara vio que tenía el pelo despeinado.

− Ah – dijo, como si fuera boba –. Eres tú.

− No – respondió, mirando hacia la pantalla de la televisión –. Soy John Wayne.

− No podía dormir… – reconoció Mina.

− No habría pensado que fueras una fan de las películas antiguas del Oeste – se burló con una sonrisa pícara y sensual; Mina retrocedió un paso –. ¿Donde está?

− ¿Quién?

− La perra. Me pareció oírla llorar. Querrá salir.

− No – se acercó a la cama; ¿Por qué sentía aquella timidez? –. Tenía frío.

− ¿Frío?

Mina se inclinó y retiró las mantas. Doris los miró pero no se movió. Meneó un poco el brazo y se estiró, como si ellos dos no existieran.

− La sacaré de aquí – dijo Zafiro –. Seguro que no estás acostumbrada a dormir con collies enanos de Montana.

− No. Es una primicia.

Ni tampoco había tenido nunca a un vaquero en su dormitorio. Se preguntó si él podría leerle el pensamiento, porque se puso muy serio y se quedó mirándole los labios, como si quisiera decirle algo.

− ¿Qué? – le instó Mina.

− ¿Mmm? Nada – suspiró; entonces, con el nudillo del índice le rozó el tirante de seda de su camisón –. Supuse que eras de las que llevan camisones de seda azul, pero ¿no tienes frío?

− No – contestó, pero se estremeció de todos modos aunque él apenas la había rozado.

Mina recordó que debajo del camisón estaba desnuda, y parecía que no era la única allí que lo sabía. Zafiro le deslizó el dedo por el cuello y seguidamente le retiró un mechón de cabello de la cara.

− Puedes dejar a Doris aquí – consiguió decir, a pesar de lo nerviosa que se sentía y de las pulsaciones aceleradas de su corazón –. No me importa en absoluto.

− No me pareces de esa clase de mujer que duerme con animales.

− No – dijo –. Duermo sola.

Que pensara lo que quisiera de eso. Tal vez así dejaría de coquetear y volvería a la cama.

Él arqueó las cejas.

− ¿Siempre?

− Más o menos.

No pensaba explicarle que hacía ya tiempo que se había rendido. Hacía mucho tiempo ya. Ni tampoco pensaba contarle que le habían roto el corazón por última vez, porque desde ese momento se había hecho la firme promesa de hacer las cosas a su manera, y que cualquier relación futura sería bajo sus condiciones: algo seguro, informal y platónico.

− Será mejor que me despida hasta mañana – murmuró el vaquero, pero en lugar de salir inclinó un poco la cabeza y la besó.

Mina se quedó muy quieta mientras sus labios rozaron los suyos. Le habría gustado echarle los brazos al cuello, pegarse a su pecho musculoso y besarlo ella también.

Pero se resistió, a pesar de que las rodillas le temblaron un poco.

− Estás haciendo un gran esfuerzo para no besarme – le dijo mientras le rozaba la comisura de los labios –. ¿Por qué?

− Porque… – retrocedió un paso antes de hacer alguna tontería, como tirar de él y echarlo sobre la cama – prefiero dormir con tu perrita.

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Debería haberse dado cuenta del problema antes de que hubiera sido demasiado tarde para hacer algo al respecto. Si continuaba pensando en Mina, que estaba al otro lado de la pared tomando una ducha, no iba a llegar a casa a tiempo. Tenía que dejar de pensar en el sexo; o al menos intentarlo. Llevaba despierto desde el amanecer, intentando no pensar que Mina estaba durmiendo sola en una cama de matrimonio al otro lado de la puerta. Hacia meses que no conocía a ninguna mujer con quien le hubiera apetecido acostarse. Para ser exactos, cuatro meses, una semana y tres días. Había empezado a fijarse en las parejas que paseaban por los parques, en las que veía en los restaurantes, y había empezado a preguntarse si alguna vez encontraría a una mujer que lo impulsara a comprar un anillo de boda.

No se le ocurría que a muchas mujeres les gustara mezclar la vida de Washington con la del rancho. Y las mujeres que había conocido últimamente o bien lo veían como el hombre ideal para fabricar un bebe y tener ingresos fijos, o bien como una interesante conquista sexual. Lo último no le importaba tanto, ¿a qué hombre podría importarle?; pero últimamente le apetecía estar con una mujer que no le bajara la cremallera en la segunda cita. La última mujer con la que había salido, una bogada que trabajaba en la industria cárnica, le había quitado el slip con los dientes.

La cafetera que había pedido al servicio de habitaciones llegó en el mismo momento en que Mina salía de la ducha ya vestida y arreglada. Zafiro había recogido su cama y sus cosas, y había convencido a Doris para que saliera a orinar al balcón.

− ¿Qué pasa?

Zafiro, que le estaba secando las patas a Doris, levantó la vista y vio que Mina se estaba secando el pelo con un secador. Llevaba los mismos pantalones negros del día anterior, pero esa mañana llevaba un suéter blanco de aspecto sedoso cubría la parte superior de su cuerpo seductor. Notó que se había maquillado y calzado, aunque aún le quedaba el pelo. Bien pensado, era una mujer bastante elegante, y lo único que se le ocurría era desarreglarla un poco.

− No tengo documentación – dijo Zafiro, que soltó a la nerviosa perrita para que corriera a saludar a Mina.

− Lo sé – se agachó para acariciarle las orejas a Doris –. Buenos días, cariño. Fuiste tan buena anoche.

− ¿No te molesto?

− Roncó un poco – dijo Mina con una sonrisa –. Pero era un ronquido muy suave. No me molestó.

− ¿Qué tal la película?

− John Wayne mató a todos los malos, y luego Doris y yo nos fuimos a dormir – miró hacia la mesa que había junto a la pared –. Por favor dime que eso es café.

− Sí, señorita.

Mina fue hacia la mesa y se sirvió una taza.

− Gracias – se sentó en el sofá y dio un sorbo antes de hablar –. ¿A qué viene esa mala cara?

− No tengo cartera y por lo tanto no llevo documentación, lo cual significa que no podré tomar el avión.

− ¿Aunque les cuentes lo que te ha pasado?

Sacudió la cabeza.

− Acabo de hablar con la compañía aérea.

− ¿Y ahora qué hacemos?

− ¿Hacemos?

− Bueno, yo tengo la tarjeta Visa, y tú conoces el camino a Montana. ¿Qué hacemos entonces? ¿Tomar el tren?

− No.

Se quedó pensativo mientras se servía un café; llamaría a Darién y le pediría que le enviara dinero, lo cual llevaría un par de horas como mucho. Incluso tal vez pudiera conseguir que el sheriff del condado le enviara por fax algo que pudiera demostrar su identidad para tomar un vuelo.

O podría pasar unos días más con Mina.

− Deja que te diga lo que se me ha ocurrido – dijo él.

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Si había algo que matara la pasión, Mina esperaba que fuera un viaje por carretera. El vaquero estaba afectándola sobre todo físicamente. Nada más, por supuesto. Pero había renunciado al sexo hacía ya más de un año, después de decidir que no merecía la pena toda la molestia.

Sin embargo, cuando pensaba en el beso que le había dado Zafiro, se ponía nerviosa. A pesar de haber sido de lo más breve y sencillo, por alguna razón no podía dejar de pensar en los labios del vaquero.

Si se paraba a pensar en ello, a pensarlo de verdad, la idea de llegar a Montana en coche era una locura. Pero la verdad era que la persona más cuerda que conocía, su prima Serena, había agarrado a su bebe, su maleta y se había largado a Montana también. Sin duda el plan de Mina de pasar la navidad con Serena y Hotaru no podía ser tan descabellado.

Como no podían alquilar un vehículo sin un carné de conducir y una tarjeta de crédito, Zafiro alquiló un todoterreno con el carné y la tarjeta de Mina.

− Te estas portando muy bien en todo este asunto – dijo mientras salían del aeropuerto en dirección al autobús que los llevaría donde se alquilaban los coches.

Acababa de recoger el dinero que Darién le había enviado, así que oficialmente estaban ya de camino.

− Ya estoy harta de los aviones y los aeropuertos.

Pensó con nostalgia en su pequeño departamento y en la cama antigua de madera dorada con su colcha hecha a mano en La Provenza. Se preguntó qué pensaría Zafiro si lo invitara a visitarla. Cuando aquella aventura hubiera terminado, dudaba que quisieran volver a verse. Solo de pensarlo se entristeció.

− ¿A que fuiste a Francia? – dijo Zafiro, interrumpiendo sus pensamientos.

Su interés la complació.

− Fui a comprar. Voy al menos cuatro veces al año a ver telas nuevas y a encontrar telas antiguas. Tengo una lista de cosas que mis clientes están buscando, de modo que es similar a la búsqueda de un tesoro.

El viento frío los golpeó mientras caminaban por la acera hacia la zona de espera. Doris empezó a ladrar para que la sacara de la cesta, y Zafiro lo hizo y le puso la correa para dejar que olisqueara una columna de cemento.

Mina miró al cielo, que estaba totalmente cubierto.

− ¿Y si se presenta otra tormenta de nieve?

− Tendremos un cuatro por cuatro – dijo –. Y una radio. Podemos escuchar los partes meteorológicos, aunque ya han dicho en estos que el tiempo será frío pero claro – se volvió y le sonrió –. He visto el parte en la tele antes de que te levantaras.

El vaquero tenía un sentido de la dirección impresionante. No solo salió de la intrincada multitud de carreteras del aeropuerto, sino que también encontró la carretera que debían tomar. Compró cuatro o cinco mapas en una gasolinera y después fue a un centro comercial donde adquirió comida para el perro, sacos de dormir, mantas, un par de chaquetones de plumón y provisiones para una situación de emergencia.

− Uno tiene que ir preparado para lo peor, cielito – le explicó mientras colocaba las cosas en la parte trasera del Ranger negro.

Entonces se montó detrás del volante y arrancó el coche. Doris, que se negó a colocarse en el asiento trasero, se tumbó sobre una manta de la lana que Mina se había puesto sobre los pies.

− ¿Lo peor? ¿Y eso que podría ser?

Él se inclino hacia ella y le echo el brazo por los hombros con toda naturalidad, como si lo hiciera a diario.

− No te preocupes – dijo el hombre –. Lo tengo todo pensado.

Y cuando llegaron al Holliday Inn a las afueras de Davenport, en Iowa, Mina se dio cuenta de que lo que le había dicho el vaquero era cierto.

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− Dos habitaciones – dijo Mina, corriendo hacia el coche –. La 108 y la 110.

− ¿Por donde?

− Por atrás – dijo ella señalando hacia la esquina del motel de tres plantas –. Sígueme.

Zafiro casi se echo a reír. ¿Qué la siguiera? No había otra cosa que le apeteciera más hacer. Metió la marcha y avanzó por la calzada mientras vigilaba atentamente a Mina, que caminaba por la acera iluminada. El estacionamiento estaba medio vacío de modo que aparcó el coche justo delante de las puertas de sus habitaciones, que estaban convenientemente la una al lado de la otra.

Doris salió al asiento delantero y ladró con emoción.

− Calla – le dijo –. Se supone que tú no existes.

Eran casi las seis de la tarde y apenas habían entrado en Iowa. Habían hecho varias paradas para que Doris hiciera sus necesidades y para tomarse una hamburguesa. Deberían haberse acercado mas a Des Moins, pero a Zafiro no le molestaba con tal de poder estar en el rancho el día de navidad.

Aunque lo mejor de todo sería poder pasar cada noche con Mina.

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Hola, aquí les dejo el capitulo diez, espero el lunes o martes traer el siguiente, ya solo nos quedan dos mas y el epilogó, gracias por leer, hasta pronto :)