El doctor Clarkson entró rápidamente en casa de la señora Crawley. Llevaba su maletín para todo aquello que pudiera necesitar para curar el corte. Entró en el salón y la vio todavía apretándose el corte por encima de la falda. Tenía una expresión de dolor pero parecía que no se atrevía a curarse ella misma. El doctor Clarkson pensó que Molesley había hecho un gran trabajo llamándolo.
Cuando lo vio, Isobel no se lo podía creer. Había dado instrucciones precisas a su criado para que no llamara al doctor. Verlo allí era muy incómodo.
Richard se arrodilló delante de ella. La miró a los ojos brevemente.
Richard: Hola.
Isobel tardó unos segundos en responderle.
Isobel: Hola.
Richard: Déjeme ver.
Con cuidado Isobel apartó el pañuelo y la mano de encima de su falda y el doctor Clarkson pudo ver la gran mancha de sangre que se había formado. Richard cogió la falda con las dos manos.
Richard: Debo… subírsela.
Isobel suspiró.
Isobel: Lo sé.
El doctor Clarkson subió la falda marrón de la señora Crawley hasta dejar sus muslos al descubierto. Era la primera vez que el doctor Clarkson los veía. Se fijó en la herida, parecía que había dejado de sangrar bastante. Richard retiró la media que cubría esa pierna con delicadeza. Luego empezó a desinfectar la herida. No parecía tan profunda como había temido.
Richard: ¿Le duele?
Isobel: Un poco.
Richard: Es un corte bastante superficial. Su falda ha evitado que fuera más profundo.
La señora Crawley sonrió.
Isobel: Es un alivio.
Richard: Sí, realmente lo es.
La señora Crawley no sabía dónde mirar.
Richard: Me he preocupado mucho cuando Molesley me ha llamado.
El doctor Clarkson empezó a aplicar un líquido en la herida, que ya había desinfectado. Notó que las manos le temblaban más de lo habitual al estar tan cerca de Isobel.
Richard: Pensaba… que quizá era más grave y…
Isobel: ¡Ay!
Richard: Lo siento. Esto escuece un poco, ¿verdad?
La señora Crawley asintió. Mientras la curaba había estado fijándose en su cara, en sus manos, en todo aquello que había echado tanto de menos esos últimos días. La cara de concentración de Richard le parecía realmente sensual. Mirándolo de esa forma tan directa se dio cuenta de que el doctor Clarkson estaba sudando.
Richard: Acabo en seguida.
El doctor Clarkson puso una pequeña venda rodeándole el muslo a la señora Crawley para taparle la herida. Luego se quedó mirándola un rato, no podía verla como una paciente normal. Había tanto silencio en el salón que ambos podían oír la respiración del otro. Sus ojos se habían encontrado y ninguno de los dos apartaba la mirada.
Isobel: Gracias por venir y por curarme la herida.
Richard: Era mi deber como médico.
Isobel: Lo sé.
Richard: También debería saber que no ha sido mi deber como médico lo único que ha hecho que viniera…
El doctor Clarkson seguía arrodillado delante del sofá, situado casi entre las piernas de la señora Crawley – quien permanecía sentada –. Isobel no pudo evitar alargar la mano para tocarle el pelo. Se lo acarició con dulzura sin que ninguno de los dos rompiera el contacto visual. Richard le cogió la mano y se la llevó a los labios, empezó a besarle los nudillos mientras la seguía mirando. Isobel notó un cosquilleo repentino en su entrepierna.
Richard le soltó la mano a la señora Crawley y puso su mirada en sus piernas. Después de haberla curado no le había bajado la falda de modo que los muslos de Isobel seguían al descubierto. Uno con una media y el otro sin. El doctor Clarkson los miró – hacía unos minutos que el médico se había ido y ahora allí sólo quedaba el hombre –. Richard estaba contemplando esas piernas en las que tanto había pensado, que tanto había anhelado, que tanto había deseado observar. Las resiguió con la mirada hasta llegar a la parte donde la falda seguía tapando. Isobel tenía las piernas entre abiertas y Richard podía adivinar su ropa interior.
Sin pedirle permiso a Isobel, el doctor Clarkson puso las palmas de las manos en la parte de atrás de las rodillas de la señora Crawley. Luego fue deslizando sus manos a lo largo de las piernas de ella, hacia arriba – tocando, con las palmas, las piernas por detrás y resiguiendo, con ambos pulgares, la parte delantera de éstas –. La señora Crawley no se movía, sabía que eso estaba mal pero el momento era demasiado excitante como para detenerlo.
Richard siguió subiendo las manos, acariciando los muslos de Isobel, hasta llegar debajo de la falda doblada. Por un momento, Isobel pensó que sus pulgares iban a rozar su parte más íntima pero el doctor Clarkson se detuvo en ese momento y volvió a bajar las manos hasta medio muslo. Luego, para sorpresa de ella, acercó su boca a los muslos y empezó a besarlos.
Richard: Si supiera cuánto la he echado de menos…
El doctor Clarkson seguía con sus besos, tanto en el muslo que ella tenía descubierto como en el muslo tapado por la media, rodeó con éstos la herida de Isobel y siguió subiendo. La señora Crawley estaba tan excitada que no pensó ni que Molesley podía entrar en cualquier momento y verlos en esa situación tan inapropiada.
Las manos de Isobel volvieron a la cabeza de Richard para acariciarle de nuevo el pelo. Él lo tomó como una aprobación de lo que estaba haciendo y sus besos no se detuvieron.
Al llegar donde se encontraba la falda doblada, el doctor Clarkson empezó a besarla por encima de la ropa: en la barriga, en el estómago y entre los pechos. En esta zona se detuvo para besar los pechos de Isobel por encima de su blusa. La blusa era bastante fina y al cerrar los labios encima de uno de sus pechos pudo notar como su pezón se erguía debajo de la ropa. Aquello despertó un deseo aun mayor en Richard. Luego se dirigió hacia el otro pecho para hacer lo mismo, rodear con sus labios el pezón de Isobel a través de la ropa. La señora Crawley notó el aliento cálido de Richard atravesándole la blusa y el fino sostén. La estaba volviendo loca.
Isobel: Dios mío Richard, lo que me estás haciendo…
Richard sonrió mientras seguía besando los pechos de Isobel. Era la primera vez que la señora Crawley le llamaba por su nombre de pila. Por primera vez había conseguido crear un ambiente suficientemente íntimo para que al fin le tuteara.
El doctor Clarkson siguió besándola hacia arriba: en la clavícula, en el cuello, en la barbilla… Puso su boca delante de la de Isobel y sus labios se fundieron en un beso apasionado que duró apenas unos segundos. Para sorpresa de la señora Crawley, fue Richard quien lo interrumpió. La miró a los ojos con intensidad. Isobel se asustó. La cara de Richard estaba apenas a tres centímetros de la suya. El doctor Clarkson estaba muy serio.
Richard: Cásate conmigo, Isobel. Cásate conmigo. Deja a lord Merton y cásate conmigo. Cásate conmigo.
Isobel se reincorporó en el sofá alejándose un poco de él. Richard le cogió las manos y las puso entre las suyas. Empezó a besarlas y volvió a repetir la petición.
Richard: Cásate conmigo, Isobel…
La señora Crawley apartó sus manos de las de él.
Isobel: Ya lo hablamos. Sabes que no puedo. Tengo un compromiso con lord Merton. Debo respetar ese compromiso. Debo respetarlo a él.
Richard: Rompe el compromiso. Aun estás a tiempo.
Isobel: No lo estoy.
Richard: Sabes que sí.
Isobel: No puedo romperlo.
Richard: ¿No puedes o no quieres?
El doctor Clarkson se quedó mirando fijamente a los ojos de Isobel. A ella le sentó muy mal esa pregunta y no contestó.
Richard: Crees que no rompiendo el compromiso lo estás respetando. ¿Dejando que te bese como me has dejado le estás respetando?
El tono de voz del doctor Clarkson era ofensivo para la señora Crawley. Lo había elevado y además no dejaba de mirarla.
Isobel: Vete de aquí, por favor.
Richard: Contéstame, Isobel. ¿Acaso no sería mejor contarle la verdad?
Isobel: Has sido tú quien has venido aquí y has empezado con tus besos. Yo ni siquiera quería que vinieras. He tratado de que no lo hicieras.
Richard: Lo sé. Pero eso no es lo que te estoy preguntando…
Isobel: Sabes cuál es mi decisión. La sabías antes de venir aquí.
Richard: El problema es que tu decisión no la has tomado con el corazón.
Isobel: Eso tú no lo sabes…
El doctor Clarkson se acercó a ella de nuevo y puso su mano en su barbilla para hacer que lo mirara.
Richard: Dime que no me quieres mirándome a los ojos.
Isobel: Vete, por favor. Quedamos en no vernos más.
Richard: Dímelo y me iré.
Isobel: Quiero que te vayas ya. Por favor, Richard. No me obligues a llamar a Molesley.
El doctor Clarkson quitó sus dedos de la barbilla de ella y la miró decepcionado.
Richard: Está bien. Como quieras.
Richard se marchó sin ni siquiera mirarla de nuevo para despedirse. Una vez se hubo ido, Isobel se bajó la falda avergonzada y se cubrió la cara con sus manos. Empezó a llorar. Sentía que la situación la estaba superando.
La señora Crawley nunca había tenido un dilema moral tan grande como aquél. Por un lado quería profundamente a lord Merton y se había comprometido con él, por otro sentía una pasión arrolladora hacia el doctor Clarkson. Cuántas veces se había preguntado por qué no había empezado a sentir esa pasión por Richard antes de conocer a lord Merton, por qué la sentía justo ahora, ¿por qué se enamoraba justo ahora del hombre que llevaba tantos años a su lado como su mejor amigo?
Pronto se sintió mejor. El peso que sentía en su estómago empezó a aliviarse pensando que había vuelto a hacer lo mejor: reiterarle al doctor Clarkson que no se podían ver más y seguir adelante con su compromiso con Dickie.
Los días no pasaron demasiado lentos para Isobel – quien estaba muy atareada con los preparativos de la boda, con las visitas a George, con las cenas en Downton, con los almuerzos y los paseos con la condesa viuda y con las salidas románticas que seguía teniendo con Dickie –. El corte en la pierna ya casi había cicatrizado.
Isobel empezaba a tener la sensación que podría sobrellevar el amor que sentía por el doctor Clarkson. Richard vivía en su corazón de manera silenciosa. Isobel pensaba cada día en él pero ya no sentía tanto dolor al hacerlo. Parecía estar acostumbrándose a ese amor que ella percibía como imposible.
Cuando la señora Crawley bajó la guardia fue cuando todo empezó a complicarse.
Después de un largo paseo con lord Merton por el pueblo, ambos se despidieron para que Isobel pudiera ir a comprar unos zapatos para el día de la boda y Dickie no los viera. La señora Crawley se dirigió a una tienda especialmente pequeña y coqueta que había hacia el final del pueblo. Mientras caminaba no pudo evitar fijarse en el escaparate del sastre del pueblo. Contempló durante unos minutos una pajarita muy elegante que se exhibía delante de ella. Richard fue su primer pensamiento. Solamente faltaban cuatro días para su cumpleaños. Era una lástima que ese año no pudiera ni felicitarlo. Ese sería un regalo ideal para él.
Isobel siguió caminando hacia su destino pero sin dejar de pensar en aquella pajarita de color azul oscuro que tanto le había gustado. Se imaginó a Richard llevándola. Se imaginó a ella felicitándolo como cada año. Aquello no iba a ocurrir por desgracia… Acompañados por el vaivén del andar de la señora Crawley, sus pensamientos no dejaron de brotar en su mente. Se acordó del primer cumpleaños del doctor Clarkson en el que ella había estado presente. Él siempre decía que lo mejor que podía hacer en su cumpleaños era trabajar duro en el hospital. Pero siempre obtenía un detalle por parte de las enfermeras: un sombrero, una bufanda… Hasta se hizo una colecta para un buen reloj un año.
La señora Crawley se dio cuenta de que estaba sonriendo. Volvía a sentir ese peso en el pecho que tanto le molestaba. Que hacía su respiración más pesada. Secretamente deseaba cruzarse con el doctor Clarkson por la calle en cualquier momento. Fantaseó con la idea de encontrárselo por la calle el día de su cumpleaños y poder felicitarle. Luego intentó sacar de su cabeza esos pensamientos que a la vez que feliz también la hacían sentir culpable.
A la mañana siguiente, Isobel recibió con sorpresa a Violet y a George en su casa.
Violet: Mira a quien he traído conmigo… Cora me ha pedido si puede pasar el día con sus abuelas…
La señora Crawley cogió a George en brazos y le sonrió.
Isobel: Hola cariño.
Luego miró a Violet con mirada pícara.
Isobel: Querrá decir con su abuela y… con su bisabuela.
Violet levantó la barbilla en señal de desaprobación.
Violet: Lo que sea.
Isobel: Claro. Vamos al salón.
Ambas mujeres entraron al salón y se sentaron en el sofá, Isobel puso a George encima de su falda.
Isobel: Ya está casi todo listo para la boda. Solamente nos faltará ultimar algunos detalles cuando la fecha sea más inminente y ya está.
Violet pareció no oírla. Miró hacia el fuego que quemaba en la chimenea y luego giró la cabeza para mirar a Isobel de nuevo.
Violet: ¿Cómo está el doctor Clarkson?
Isobel se sorprendió.
Isobel: ¿Por qué lo pregunta?
Violet: Es que hace tiempo que no lo veo…
Isobel: Yo tampoco.
Violet: ¿No?
Isobel: No. Ya sabe que no trabajo en el hospital.
Violet: Pero pensé que quizá habían hablado…
La señora Crawley intentó desviar el tema.
Isobel: A propósito del trabajo, he encontrado otra ocupación beneficiosa para la comunidad en la que ocupar estas últimas semanas que quedan antes de la boda.
Violet: Espero que esta vez no tenga nada que ver con Downton…
Isobel: No. Voy a dar de comer a los pobres al lado de la taberna que hay en el centro de Ripon. Creo que seré útil allí.
Violet: ¿Me lo va a contar o no?
Isobel: ¿Cómo?
Violet: Si me va a contar qué está pasando entre el doctor Clarkson y mi prima Isobel.
Isobel: No hable de mí como si no estuviera aquí.
Violet: Estoy tratando de llamar su atención.
La señora Crawley no pudo evitar elevar el tono de voz.
Isobel: ¡No está pasando nada entre el doctor y yo!
Violet: Si no me lo quiere contar, lo respeto. Pero no me diga que no pasa nada.
La señora Crawley desvió la mirada hacia la ventana. Era obvio que no quería hablar del tema ni con Violet ni con nadie.
Esa noche, Richard volvió a aparecer en los sueños de Isobel – turbándola como de costumbre –. Se levantó y fue al baño. Se lavó la cara con abundante agua y se miró al espejo. Su pelo estaba recogido en una trenza que le caía por el lado derecho del rostro. Observó las arrugas que había en su rostro y en su cuello. Se las acarició. El paso de los años había hecho mella en su piel tersa y en su figura. No podía entender cómo, a su edad, podía sentir una pasión como aquella por un hombre. Volvió a la cama y se durmió.
Ese fin de semana, Isobel no pudo dejar de pensar en el cumpleaños de Richard. Solamente quedaban horas para que el doctor Clarkson sumara un año más a su edad y ella no debía felicitarle. Pero se moría de ganas de hacerlo.
Por su parte, Richard, en el hospital, tampoco había dejado de pensar en ella y se preguntaba si lo felicitaría por su cumpleaños. Sabía que lo más probable era que no pero tenía la esperanza de que sí.
Cuando finalmente llegó el día, la señora Crawley no pudo hacer nada más que empezar a reordenar toda la casa para tratar de no pensar y de no ceder a sus deseos de felicitarlo. Empezó con el salón: ordenó los libros alfabéticamente. Luego fue a su habitación y se deshizo de ropa que ya no necesitaba. Finalmente subió al desván y decidió cambiarlo todo de lugar. Cuando hubo terminado con su propósito se dio cuenta de que aun era de día y de que no se había podido sacar de la cabeza a Richard.
En un impulso salió de casa y se dirigió rápidamente a la sastrería donde había visto la pajarita azul. No pudo evitar comprarla. Quería felicitarlo y darle un regalo. Pensó que podrían verse aquel día como excepción, solamente porque se trataba de su cumpleaños. Sería una visita rápida. En el fondo de su corazón, Isobel sabía que se estaba autoengañando con todas aquellas frases positivas que se repetían en su mente. Sabía que el doctor Clarkson y ella no se veían como amigos. Sabía que esa visita no tenía nada que ver con su amistad y ni siquiera con su cumpleaños. Sólo era una excusa para verle. Una buena excusa para volver a estar cerca del hombre que amaba.
La señora Crawley se esperó hasta la noche para ir a casa del doctor Clarkson. Sabía que, como cada año, Richard habría trabajado igual que siempre en el día de su cumpleaños y no llegaría a su casa hasta la noche. Firme y decidida, Isobel le dijo al chófer que la llevara hacia la casa del doctor.
Una vez allí, Isobel avanzó nerviosa hacia la puerta de la casa, con el regalo envuelto en su mano. Llamó al timbre y esperó, mirando al suelo, que el doctor Clarkson abriera. Estaba nerviosa pero no quería que él lo notara. Tardó unos segundos en fijar la mirada en la puerta. Quería mantenerse firme y fuerte.
Richard abrió la puerta y casi se desmayó al ver a la señora Crawley. No se dijeron nada por unos segundos.
Richard: Pensaba… pensaba que estabas muy enfadada conmigo.
Isobel: No. Siento lo que pasó el otro día. No fui justa contigo, Richard.
Para Richard, oír su nombre saliendo de los labios de Isobel era como una suave y delicada caricia en su cuerpo. La dejó pasar.
Isobel entró en casa del doctor Clarkson y la observó durante unos minutos mientras se quitaba el abrigo. Era pequeña pero acogedora.
Richard: ¿Quieres algo de beber?
Isobel: No. Sólo he venido para felicitarte.
Richard se quedó mirándola.
Isobel: Muchas felicidades.
La señora Crawley alargó su brazo para darle el regalo que le había comprado.
Isobel: Te he comprado esto.
El doctor Clarkson sonrió. Estaba realmente sorprendido.
Richard: Muchas gracias.
Ambos se sentaron en el sofá. El doctor Clarkson dejó su regalo, aun envuelto, encima de la mesa y se volvió a levantar para prepararle a Isobel una bebida.
Isobel: No hacía falta.
Richard: Es lo menos que puedo hacer después de esta visita y del regalo.
Isobel: Ni siquiera lo has abierto.
Richard: Ahora lo abro, primero quería que estuvieras cómoda.
Ambos se sonrieron. El ambiente empezaba a estar cargado de romanticismo y de una leve pero creciente tensión sexual.
Richard abrió el regalo con torpeza. Tener a Isobel en su casa lo ponía muy nervioso. Al doctor Clarkson le encantó el regalo y se lo agradeció a la señora Crawley. Lo dejó encima de la mesa de nuevo, esta vez desenvuelto. Luego se sentó más cerca de Isobel. Aun no había desistido de la idea de conquistarla.
Richard: ¿Por qué has venido realmente?
Isobel: Ya te lo he dicho. Para felicitarte y darte el regalo.
Richard: Claro.
Ninguno de los dos se creía esa excusa. Pero fingieron creérsela por unos minutos, mientras charlaban de cosas intrascendentes esperando el momento oportuno para besarse.
Ese momento llegó cuando Isobel notó la mano de Richard en su pierna.
Richard: ¿Cómo está la herida?
Isobel: ¿Quieres verla?
Richard la miró con deseo.
Richard: Claro.
La señora Crawley se levantó poco a poco la falda y se bajó la media. El doctor Clarkson observó sus muslos embobado. Sabía exactamente lo que la señora Crawley estaba haciendo. Quería excitarlo y ese juego le gustaba.
Richard pasó la mano por encima de la cicatriz de Isobel.
Richard: Casi ha cicatrizado del todo…
Isobel asintió.
Richard volvió a pasar la mano por encima de la cicatriz.
Richard: ¿Te duele cuando te la toco?
La señora Crawley negó con la cabeza.
Richard: ¿Qué sientes?
Isobel: Me gusta que me toques…
El doctor Clarkson se acercó peligrosamente a sus labios.
Richard: Y a mí tocarte…
De repente las manos de Isobel estaban en el pelo del doctor Clarkson, las del doctor en su espalda, sus labios acariciándose en un apasionado beso. Pronto Isobel se encontró tendida en el sofá con el doctor Clarkson encima besándola. Podía notar el bulto de su entrepierna rozándola entre sus piernas. Estaba tan excitada que le quitó la chaqueta al doctor Clarkson y empezó a desabotonarle el chaleco.
El doctor Clarkson no podía dejar de besar los labios de la señora Crawley mientras sentía como las manos de ella querían deshacerse de su ropa. Él no se oponía a eso. Todo lo contrario, lo que más quería era que tanto su ropa como la de Isobel acabaran en el suelo de su salón.
La señora Crawley se medio incorporó, sin interrumpir los besos, para quitarse el vestido por la cabeza. El doctor Clarkson la ayudó. Luego le deshizo el recogido del pelo mientras le lamía el cuello. Isobel no podía evitar jadear, la pasión le salía por los poros. Richard le acarició el pelo suelto a Isobel y se separó un momento para mirarla a los ojos. Isobel le sonrió. Luego siguieron besándose un largo rato con las piernas enredadas, con sus sexos húmedos frotándose contra el otro…
De repente se oyó el timbre de la puerta. Isobel y Richard se quedaron muy quietos. Estuvieron en shock durante unos segundos mirando hacia la puerta. El timbre volvió a sonar y se oyó una voz de mujer.
Cora: Doctor Clarkson, somos los Grantham. Hemos venido a felicitarle.
