¡Aquí vengo con otra actualización! Debo decir que este capítulo tiene escenas lemon (osea, contenido sexual), así que quien sea sensible al tema, advertido queda :3
Capítulo 9: Represalias y confusiones
—A ver si lo he entendido —dijo en un susurro cargado de odio, con aquella penetrante voz, capaz de revolver a los muertos en sus tumbas —. Tú —añadió, señalándome con un huesudo y desafiante dedo—, no has tenido ni el coraje ni el valor de cumplir la tarea que te encomendé, como un mísero pusilánime… Y tú —continuó, señalando al hombre que se encontraba a mi derecha, el hombre al cual debía llamar profesor Snape—, tú tuviste que acudir en su ayuda.
Un silencio que helaba la sangre se apoderó de la habitación en la que sólo estábamos nosotros tres.
El Señor Tenebroso, sentado en un gigantesco sillón morado, nos observaba con ojos acusadores desde su posición. Snape y yo, de pie frente a él, esperábamos nuestra sentencia. ¿Qué le parecería justo? ¿Matarnos a los dos por desobedecer sus claras y contundentes órdenes? ¿Matarme sólo a mí y premiarlo a él por haber sido el que acabó con la vida de Dumbledore? Lo cierto era que, de una u otra manera, correría sangre por ese inmaculado suelo de mármol.
—¡Mírame! —gritó de repente, sobresaltándome.
Sin el coraje suficiente para levantar la vista de mis zapatos, sentí sus ojos clavados en mi pecho.
¿De dónde iba a sacar las fuerzas para mirar a aquel hombre? Sería como el condenado a muerte que decide que lo último que quiere que vean sus ojos sea a su verdugo.
¿Aquello le provocaría satisfacción? Mi miedo, el terror, el espanto que sentía en aquel momento. ¿Sería capaz de escuchar los latidos desbocados de mi corazón?
—Quisiera interpretar el hecho de que no seas capaz de mirarme como que sientes vergüenza de ti mismo —apuntó con dureza—. Dime, Draco, ¿estoy en lo cierto?
Incapaz aún de levantar la cabeza, como si el Señor Tenebroso se tratara de un basilisco que te arrebata la vida si osas mirarle a los ojos, asentí.
—Y tú, Severus, ¿es el orgullo lo que te hace mantener la compostura ante mí? —sus palabras sonaban intimidantes, amenazadoras.
—Sí, mi señor —dijo Snape a modo de respuesta.
—Así que te sientes satisfecho de tu hazaña… Cual niño engreído hurtando caramelos y saliendo impune de ello…
—Mi señor, haber acabado con Dumbledore, cumpliendo así con sus deseos, ha sido tan gratif…
—¡Silencio! —chilló, levantándose de su asiento.
El tono de su voz pasó de ser un leve murmullo a un fuerte bramido que me erizó los pelos de la nuca, haciéndome sentir un sudor frío en las palmas de las manos, agarrotadas del miedo.
Con pasos cortos y lentos se acercó a nosotros, arrastrando tras de sí una larga túnica negra.
—Mis deseos, Severus —terció, con una voz más profunda y despiadada que antes—, eran que Draco matara a Dumbledore.
Levanté la mirada al percatarme de que se había parado frente a mí, a pocos centímetros de distancia. Mis ojos llorosos se toparon con los suyos, furiosos, asesinos.
—Lloras como un miserable muggle, Malfoy. Eres igual de patético que tu padre.
A pesar de estar aterrorizado y contra todo pronóstico lógico y racional, le aguanté la mirada, ya fuera por temor a hacer un simple movimiento en falso o por la impresión que provocaba mirar directamente a esos ojos tan vacíos.
—Veo que al menos tienes la decencia de aceptar lo sucedido y no intentar engañarme con sucias y pobres mentiras… Como hizo tu padre en su día… Pero, como comprenderás, Draco, esto no puede quedar así —hizo una pausa, fingiendo quedarse pensativo—. ¿Qué tipo de lord sería si dejara ir a aquellos que no cumplen con mis expectativas?
Dicho aquello, metió su afilada mano dentro de la túnica, y, empuñándola con excesivo mimo, sacó su varita.
Cerré los ojos, intentando asimilar mi destino, pero una traviesa muchacha de pelo ondulado cruzó mi mente en ese preciso momento y me desconcentré. Corría a cámara lenta entre los árboles, y, como en el recuerdo de aquella vez de tantas que nos escaqueamos de clase, llevaba ese vestido color crema que se había puesto aquella tarde sólo para mí.
—¡Crucio!
Me impactó directamente en el pecho, fuerte, potente, cogiéndome con la guardia baja. Como una corriente eléctrica sentí la maldición corriendo por mis venas, destrozándomelas, estallando bajo mi piel. Caí de rodillas, doblándome de dolor mientras un alarido salía de mis labios.
¡Joder!
Quise llamar a mi tía, que esperaba tras la puerta, suplicarle que me salvara, que dijera algo que hiciera que la tortura acabara. Sin embargo, no fui capaz.
Ella no va a mover un maldito dedo para ayudarte, estúpido.
Mi subconsciente parecía el más cuerdo en aquel momento. La situación me impedía pensar con claridad. Sólo lograba escuchar los gritos que inconscientemente profería, pero los oía lejanos, distantes, como si no fuera yo el que gritara.
¡Que me mate de una puñetera vez! ¿No es lo que quiere? ¡Que lo haga ya!
Tirado en el suelo, convulsionándome y con los ojos fuertemente apretados, aprecié el rostro de Hermione de nuevo, frente a mí. Creí que el tiempo se paraba para dejarme apreciar la curvatura de sus labios una vez más, sus ojos castaños, sus largas pestañas... De repente, sonrió, ajena a mi sufrimiento, y la odié por ello.
¿De qué coño te ríes?
Ella bajó la mirada, avergonzada. Tal vez dije algo que hizo que sus mejillas se sonrojaran y se mordiera el labio inferior.
Un torbellino de dolor aún más agudo que el anterior recorrió mi columna vertebral haciendo que me encogiera y estirara violentamente, como si aquello pudiera sacar el daño de mi cuerpo.
Ella se giró y volvió a correr, lentamente, como si flotara, como en un sueño.
¿Dónde vas? ¡Vuelve!
La seguí, sorteando árboles y algún que otro espino, pero cada paso que daba dolía más que el anterior, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para centrarme en ella.
Se movía ligera, haciendo ondear grácilmente su vestido y dejando al descubierto la parte alta de sus piernas con cada movimiento.
Pegué la frente fuertemente contra el helado suelo con la intención de partírmela. Matarme rompiéndome la cabeza sería mucho más placentero que el suplico que llevaba aguantando… ¿Cuánto, veinte segundos? ¿O tal vez diez minutos? ¡Quizá incluso horas! No recordaba el inicio de la tortura y tampoco veía el final, así que me aferré de nuevo a ella, al recuerdo de aquella tarde en los alrededores de Hogwarts, cuando volvimos a vernos a escondidas y a romper un par de reglas.
El bosque prohibido parecía iluminarse por donde ella pasaba, divertida, incluso algo excitada por incumplir las normas.
Aún corriendo dio una vuelta sobre sí misma para mirarme, con una sonrisa en los labios. Los pelos se le vinieron a la cara y los apartó con un ligero movimiento de cabeza antes de volverse para acelerar el paso.
El dolor cesó, pero yo estaba demasiado cansado para seguir tras ella.
Tirado boca abajo, con la mejilla derecha apoyada en el suelo y la boca abierta de puro agotamiento, la observé alejarse en mis pensamientos, mientras veía con mis propios ojos cómo el impertérrito profesor de semblante serio se doblaba de dolor junto a mí.
—¿Te pasa algo? —preguntó Ron desde el otro lado de la tienda.
Levanté la mirada, extrañada. ¿Me preguntaba a mí?
Sus ojos estaban fijos en los míos. Oh, sí, me preguntaba a mí.
Lo miré, perpleja. La pregunta era ridícula, ¿qué no me pasa? Porque sin duda, me pasaba de todo.
—No, qué va —respondí irónica— si olvidamos el hecho de que llevamos semanas atrapados entre estas cuatro telas, sin comida ni agua, huyendo de Voldemort… —Ron arqueó levemente el ceño y Harry levantó la vista del guardapelo, al cual llevaba examinando con infinita atención todo el día. Hice una leve pausa al comprender que mencionar su nombre no había sido lo más acertado en aquel momento— Sí. Si olvidamos todo eso, podríamos decir que estoy perfectamente.
—Bueno, tampoco te pongas así —dijo él, con un deje de hostilidad en la voz— Sólo me preocupaba por ti, llevas todo el día callada.
Tampoco es que haya hablado mucho las últimas semanas, pensé, molesta.
Irritable podría haber sido mi segundo nombre desde que tuvimos que huir de toda civilización y escondernos en los bosques más recónditos de todo Reino Unido.
Todo me sentaba mal, pues todo estaba fuera de lugar. No llevaba muy bien eso de no controlar la situación, y se me estaba haciendo pesado cargar con todo.
Me enfurecía a menudo, por lo que mis amigos podían pasar horas sin dirigirme la palabra, lo cual era un maldito dilema. Estar con la boca cerrada todo el día sólo implicaba una cosa… No había distracción, sólo un doloroso silencio que facilitaba que mi estúpido subconsciente me lo recordara cada dos por tres. Cómo no iba a estar de un humor de perros cuando ni yo misma era capaz de acatar la orden que me había impuesto: No pensar en él. Estaba total, absoluta e irrevocablemente prohibido.
Después de aquella maldita noche, recordaba todo como una mala pesadilla. Mis recuerdos eran borrosos y poco nítidos, como los de un borracho que vaga dando bandazos hasta su casa, cayéndose un par de veces al doblar una esquina.
Ese último beso fue el desencadenante de la descomunal opresión que sentía en el pecho constantemente, y no estaba del todo segura si era porque sabía con certeza que nunca más volvería a sentir sus húmedos labios, o por el hecho de que estuviera enamorada de un asesino. Un jodido maldito asesino que mi estúpido subconsciente me recordaba cada dos por tres. Aquello me ponía furiosa, pues no hacía más que complicar la ardua tarea que me había impuesto: olvidarlo, olvidarlo de una buena vez.
En los días siguientes mi irritabilidad fue en aumento. Mi mente estaba saturada de pensamientos negativos que me abochornaban y en algunas ocasiones me descubría deseando cerrar los ojos y dormir durante largas horas para no pensar en todo aquello. Me encontraba en una encrucijada: por un lado, me deprimía recordar que Draco había asesinado a Dumbledore, o que al menos lo había intentado, y que después de todo resultó ser un Mortífago, confirmando las incesantes sospechas de Harry y haciendo que tuviera que darle la razón. Por otro, era consciente de que lo extrañaba y de que una parte de mi cerebro se negaba a repudiarlo pese a ello. Y luego, nuestra interminable travesía por los diferentes bosques del país tratando de descubrir los misterios de los Horrocruxes, sumada al convaleciente Ron que cada día se ponía tan irritable como yo.
En ciertas ocasiones aprovechaba los momentos en que debía vigilar la tienda para llorar. No podía hacerlo delante de Harry y de Ron, sólo añadiría un problema más a los muchos que teníamos, y suponía que al verme en aquel estado deplorable ellos verían las esperanzas de nuestra misión por el suelo, ya que por lo general era mi cabeza la que ponía lógica en los planes. Debía mostrarme firme y segura, al menos mientras estuviera con ellos, ya que cuando me encontraba sola me sentía interiormente débil y desprotegida, a causa de él. De Draco.
Recordaba cómo se sentían sus besos, mi mente recreaba una y otra vez en mi cuerpo las sensaciones que él había despertado en mí. Imaginaba que tal vez pudiera aparecérseme por la espalda y abrazarme, como acostumbraba a hacer cada vez que nos veíamos a escondidas en los terrenos de Hogwarts. Incluso me parecía oír su voz cada vez que algún sonido provenía del bosque, haciéndome voltear súbitamente y buscarlo con apremio. Me sentía un poco estúpida cada vez que me daba cuenta de que mi comportamiento se alejaba de lo sensato, y por momentos estaba convencida de que estaba olvidándome de quién era yo. Draco había roto todos mis esquemas, sin dudas yo ya no era la misma. Estaba segura de que nunca volvería a ser la misma persona. Definitivamente no.
Sin embargo, no podía soslayar el hecho de que Draco hubiera cometido crímenes atroces. No sólo había intentado asesinar a Dumbledore, también había embrujado a Katie Bell por medio de un collar. Aunque fuera accidentalmente, lo hizo, y mi corazón se retorcía cada vez que reconocía esa realidad. También fue su culpa que Ron se envenenara con hidromiel; fue Draco quien planeó que aquella botella llegara al despacho del profesor Slughorn. Me bastaba recordar que mientras nos encontrábamos a escondidas por los corredores del castillo él planeaba la intrusión de los Mortífagos a Hogwarts para volver a caer en la más profunda de las desilusiones.
Porque yo de verdad había creído en un futuro junto a él, había guardado una pequeña esperanza de que hubiera felicidad para nosotros. Pero no, había creído en una mentira. A Draco no le había importado lo que yo sentía por él, no le había importado que yo estuviera dispuesta a dejarlo todo, a mi familia, a mis amigos, para estar a su lado. Incluso cuando le había confesado que lo prefería por encima de Ron y de Harry, las personas que siempre habían estado conmigo, él había seguido mintiéndome, escogió marcharse al bando enemigo.
Ahora sólo podía esperar a que el tiempo pasara y curara las heridas, sólo debía soportar aquella mezcla de sentimientos que me llevaban a pensar una y otra vez en él hasta que en algún momento ya no sintiera nada más.
Con el correr de los días me empeñé en poner mayor concentración en las tareas diarias. Reconocía que se volvía tedioso tener que lidiar con un Harry testarudo y reticente a cerrar su mente ante Voldemort, y que constantemente se escandalizaba por las visiones que tenía. Se había tornado arduo tener que repetirle todos los días, como si se tratara de una plegaria desesperada, que por favor cerrara su mente, que no lo dejara entrar. Pero no, era inútil intentar hacerle entrar en razón. Continuaríamos enterándonos de las acciones de Voldemort mientras él se mantuviera en esa postura. Por otro lado, trataba de ser más tolerante con Ron mientras éste no paraba de quejarse de cada cosa que pasaba. Que la comida, que el frío, que las noticias, que "no lo llamen así" cada vez que pronunciábamos el nombre de Voldemort. En diversas ocasiones había sentido el impulso de abofetearlo, incluso de insultarlo, pero la mejor manera de afrontar los problemas era mantener la mente en frío, por eso respiraba hondo y trataba de ser lo más prudente posible.
—Que estés con cabestrillo no te impide utilizar magia, ¿o sí? —le reproché a Ron en una ocasión, que se quejaba desde la cama porque no alcanzaba a coger la manta que se encontraba revuelta en una esquina—. Eres perfectamente capaz de utilizar tu varita.
—¿Sabes qué? —respondió, y yo me tensé, esperando una respuesta fuera de tono, pero en vez de eso, dijo—. Tienes razón, no lo había pensado.
En ese momento lo observé un poco indignada, a Harry y a mí nos ponía de los nervios que Ron abusara de su estado de convalecencia para evitar algunas tareas que realizábamos dentro de la tienda. No obstante, a medida que su salud mejoraba y él era capaz de volver a asistirse por su cuenta, empecé a notar que demostraba un sutil interés en mí. No que intentara cortejarme de alguna estúpida manera, sino que el aire lóbrego y la sensación de soledad y desesperanza que por momentos experimentaba cada uno de nosotros tres en aquel viaje, había hecho que el uno buscara refugio en el otro, que los minutos de tristeza y de incertidumbre individual fueran llenados con una silenciosa compañía, con un leve abrazo o con un sorpresivo café junto al fuego cuando las horas de vigilia eran azotadas por el frío. Ron aparecía a mi lado fingiendo estar aburrido, aunque yo sabía que en realidad anhelaba sentirse acompañado. Las discusiones entre él y Harry se hacían cada vez más inminentes, y cada vez que peleaban, Ron salía de la tienda enfurecido y se sentaba por allí. A veces solo, a veces buscando mi compañía. El caso es que fuera como fuese, de todas maneras terminábamos unidos al final del día. Y en muchos sentidos.
Cuando me di cuenta de que los sentimientos de Ron hacia mí eran veraces me sentí afligida. No había hecho nada malo pero no podía dejar de condenarme. Sentía culpa, sentía que de alguna manera estaba traicionando a Draco al dejarme llevar por la situación y por los sentimientos que por entonces encontraba en mis vigilias junto a él. Muchas veces nos quedábamos simplemente callados, mirando el fuego, y sin poder evitarlo yo apoyaba mi cabeza sobre su hombro y él me abrazaba. Me sentía contenida, aunque Ron no conociera mis verdaderos sentimientos. Era un calor reconfortante que sólo se esfumaba cuando mis recuerdos de Draco se acentuaban en lo doloroso que había sido su abandono. Por lo demás, aunque estaba segura de que aún no había podido sacar a Draco de mis pensamientos, me sentía aliviada en brazos de Ron. No estaba mal, después de todo.
Comencé a ser yo quien le acompañara durante su turno de vigilancia. Las horas podían pasar en un santiamén mientras recordábamos anécdotas de Hogwarts, de todas nuestras vacaciones, o incluso intentando descifrar cómo diantres abrir el guardapelo. Con el tiempo también caí en la cuenta de que había vuelto a reír, con ganas, gracias a él. Había recordado lo mucho que me gustaba el humor de Ron. Entonces me dio un vuelco el estómago.
Una tarde, a plena luz del día, me detuve a mirar sus ojos y noté lo hermosos que eran. Me ruboricé cuando me di cuenta de que él también me estaba mirando fijamente y enseguida me di la vuelta, quedándome sin aire, mientras mi mente cavilaba alguna excusa para mi repentino gesto.
—Harry —dije con apremio—, debemos ayudar a Harry.
Y entré en la tienda dando tumbos para asesorar a Harry en la preparación de una poción repelente, dado que se nos había agotado el repelente de insectos que habíamos traído de La Madriguera. Aunque aquello no importaba tanto en verdad.
—¿Y bien? —soltó Harry mezclando los ingredientes a la par que consultaba el libro de pociones.
—Igual que siempre —respondí dejando el guardapelo sobre la mesa—. No hay manera de abrirlo. Está endemoniado.
—¡No me digas! —exclamó Harry en un tono sardónico.
—¿Y tú? ¿Has conseguido terminar la poción? —inquirí, y percibí a Ron detrás de mí, entrando también a las cuatro telas que hacían de aquella tienda nuestro hogar.
—Aún no —respondió Harry sin quitar la vista del mejunje—. De sólo recordar que fue Snape el que nos enseñó a elaborar esta poción hace que quiera destruirla.
—¿Lo recuerdan? —comentó Ron entre risas—. Fue el día en que Fred y George le lanzaron el maleficio de los micromosquitos a Goyle para poner a prueba la poción.
Harry y Ron se rieron a la vez, olvidando momentáneamente el asunto del guardapelo. Sin embargo, el hecho de que Ron mencionara a Goyle me hizo pensar inevitablemente en Draco, y de mis labios no salió ni un atisbo de sonrisa. Deseé con todas mis fuerzas quedarme sola para pensar y digerir aquel mal trago, aquellos recuerdos tan dolorosos que venían a mi mente.
Pasaron dos o tres noches hasta que volví a quedarme a solas con Ron, ya que uno de los dos o tenía que hacer la vigilia o se quedaba durmiendo. Comenzamos a darnos cuenta de que estar todo el día en alerta y llevar el guardapelo encima nos producía un cansancio enorme, por lo que los tres decidimos dedicar unos pocos días a dormir bien.
El permanecer recostada y relajada hacía que mi mente se sumiera en mis más indeseadas cavilaciones. Maldito Draco, ¿por qué?, ¿por qué tuvo que engañarme y huir como un cobarde? Por momentos lo maldecía y por momentos lo extrañaba. Imaginaba sus labios buscando los míos, su aliento atravesándome y sus dedos suaves acariciando mi cabello. Sabía que debía dejar de darle vueltas al asunto de Draco, que debía olvidar lo que había sentido por él y entender que ahora era mi enemigo; a quien probablemente debería enfrentar sin que nada importara, sin miramientos por lo que un día pudimos tener, aunque aquello me causara un profundo dolor en el pecho. Debía ser fuerte y luchar junto a mis amigos, pero… Resultaba tan difícil, y más cuando lo único que podía hacer era dar vueltas en el escueto derredor del bosque, preocupándome por no ser vista, o permanecer oculta dentro de la tienda. No tenía tiempo para distraerme, sino que tenía todo el maldito tiempo del mundo para pensar en él.
Respiré hondo y me di la vuelta en la cama, estaba a punto de apagar la luz cuando de repente pude ver por un pequeño resquicio al otro lado de la tienda que Ron se quitaba la camisa. En efecto, el rubor de mis mejillas tuvo que haber sido descomunal porque podía sentir cómo mi rostro ardía. Casi sin aire, volví a darme la vuelta para pensar en otra cosa, en cualquier cosa, pero ¡maldición!, ¿es que nunca había notado lo sexy que eran sus bíceps?
Intenté con todas mis fuerzas barrer esa imagen mental de Ron, no debía permitirme desearlo, ¡era mi amigo! Volví a respirar hondo y cuando me sentí capaz de ejecutar una reacción sensata, volteé nuevamente para apagar la luz. Sólo que esta vez era Ron quien estaba mirándome.
Sin camisa. Maldición. Joder.
—R-Ron —farfullé—, ¿no puedes dormir? —pregunté, descubriéndome bastante nerviosa y fingiendo el tono de voz más despreocupado que pude.
—No —respondió él de inmediato—. No, Hermione.
Noté que en su mirada flotaba un mínimo halo de tristeza, mezclado con expectación. Se veía tenso, conocía muy bien a Ronald Weasley como para aseverar que en aquel momento estaba tratando de decir algo.
—¿Qué sucede? —le pregunté acomodándome en la cama. Él se acercó a mi cama, y cuando llegó, se sentó en ella, junto a mí. Mi corazón dio un vuelco que me hizo perder la compostura. Tenía su piel muy cerca de mí y mis mejillas seguían ardiendo.
—Estoy harto —resopló él, como si quisiera confesarme algo que no se atrevía a contar—. Estoy harto de estar aquí sin saber nada de mi familia. ¿Sabes? También estoy harto de sentir que soy un bueno para nada, que no aporto nada útil a la misión. Hemos estado dando vueltas desde que llegamos a Grimmauld Place hace más de un mes y aún no hemos avanzado nada. Harry no se cansa de repetirme que si no me siento a gusto puedo volver a mi casa. Es injusto, ¿no crees? Estar aquí tratando de ayudar, sabiendo que tu familia puede morir cualquier día, y que tus esfuerzos no se noten.
—Ron…—comencé, muy suavemente—. Ron, es verdad que te quejas de todo…
—¿Tú también? —me acusó en ese tono que yo conocía tan bien y que podía llegar a herirme—. Está bien, si tú también vas a…
—¡No! —exclamé tomándolo del brazo ante su tentativa de irse y enseguida salí de la cama para encararlo.
Él me miró a los ojos tan intensamente que sentí como si un golpe de aire me azotara con violencia, como si de repente la gravedad se volviera más densa y mis fuerzas fueran fútiles para resistirla. Sólo podía ver cómo el rostro de Ron pasaba del enojo a una extraña expresión de ingenuidad. Me sentí culpable por no haber encontrado palabras que lo consolaran, y lo único que atiné a hacer fue acariciar sus mejillas.
Y allí estaba yo, tan confundida, tan dolida, buscando los ojos de Draco en los ojos de Ron, palpando su piel en la suavidad de la piel de mi amigo y queriendo creer que no estaba enloqueciendo y que mi fantasía podría volverse realidad con tan solo desearlo.
No era consciente de las implicaciones que aquella situación podría acarrear en el futuro cuando sentí que mi cuerpo se pegaba al de Ron y mis labios se encontraban con los de él, fundiéndose en un beso tan enfervorecido que terminó por convencerme de que definitivamente aquello era real. Sus brazos me rodearon la cintura e instintivamente yo hice lo mismo. Estaba dispuesta a perder los estribos sólo si con eso podía aliviar un poco el dolor que me había dejado Draco.
Pensaba en él en cada segundo, en cada partícula de aire que exhalaban nuestras bocas y en cada milímetro de las caricias que nos dábamos. Por momentos había un nudo formándose en mi garganta amenazando con abatirme y echarlo todo a perder. Por más de que me había dejado llevar estaba consciente de que era mi alma la que buscaba desesperada revivir el calor que sólo en brazos de Draco había podido sentir. Había una lucha interna desatándose en mí, estaba loca por imaginar que era Draco el que en aquel momento me hacía vibrar de forma tan escandalosa, pero al mismo tiempo guerreaba contra aquella proyección de Draco que sufría las consecuencias en el cuerpo de Ron. Nunca creí que fuera capaz de besar a alguien tan violentamente. Comencé a tratar al cuerpo de Ron con tanta vehemencia que estaba segura que él creyó que se trataba de una pasión desmesurada que yo no podía contener.
Poco a poco fuimos recostándonos sobre la cama, su peso me oprimía de forma indolente, aunque no me importaba. Joder, ¿acaso importaba algo ya?
Estaba excitada, obnubilada y completamente segura de que quería perder el control. No me importaban las consecuencias, necesitaba experimentar aquella comunión que no me brindaría otra cosa más que un poco de consuelo. Y sabía que Ron lo necesitaba también. Los dos nos entregamos, aunque particularmente en mi acto de entrega hubo cierto egoísmo: yo esperaba recibir algún tipo de afecto, pero evidentemente no había en mí ningún afecto que entregar a Ron más allá de la amistad.
Me maldije en silencio al tiempo que me concentraba puntillosamente en cada sensación. ¡Por las barbas de Merlín! Era la primera vez que tenía este contacto tan fuerte con alguien.
Me quemaba cada beso recibido, como si sus labios fueran fuego y mi piel una mecha que ardía fácilmente.
¿Y sus manos? Ah, sus manos… Dejaban caos por donde tocaban, se enredaban en mi pelo y mantenían mi cabeza fuertemente sujeta, luego agarraban mi cara, o entrelazaba sus dedos con los míos, o…
Introdujo una mano feroz bajo mi jersey, abrasando mi cintura, pero siguió subiendo hasta encontrar uno de mis pechos. No vaciló a la hora de agarrarlo con fuerza, haciéndome dar un leve gemido de dolor y excitación… Pensé en Draco. ¿Qué diría? O mejor, ¿qué haría? ¿Le partiría la boca a Ron de una patada? ¿Le dejaría claro que yo era suya a base de infringirle dolor?
¿Qué mierda estás pensando, estúpida? Si realmente le importaras no te hubiera dejado ir, tonta, que eres tonta.
Con un repentino dolor en el pecho, empujé fuertemente a Ron para hacerlo girar y ponerme yo encima de él. Cuando estuve sentada sobre él, con las piernas a ambos lados de su cuerpo, me quité el jersey, quedando en sujetador ante mi amigo, ya con el torso desnudo. Me abalancé sobre él, besando sus labios con furia, con rabia.
Maldito Draco. Maldito cabrón.
Ron me devolvía los besos con entusiasmo mientras aprisionaba mis pechos con sus manos, y empecé a sentir su sexo bajo el mío, dando leves golpes bajo el pantalón, pidiendo ser liberado.
La impresión de sentir su intimidad tan de repente me impidió darme cuenta de que Ron luchaba con el cierre de mi sujetador, y sólo fui consciente cuando lo oí murmurar cosas como "maldito objeto del diablo" o "cómo se abre esta cosa".
Eché mis manos a la espalda y, sujetando las suyas, le mostré cómo se hacía.
El cierre se abrió y él por fin pudo acariciar mi espalda de principio a fin sin nada que se interpusiera entre su tacto y mi piel.
Mis pechos cayeron libres, y en ese momento me cuestioné a mí misma y las malditas decisiones sin sentido que llevaba bastante tiempo tomando. Perdida, como confusa.
¿Qué coño te pasa? ¿Crees que es justo lo que estás haciendo?
Pero en ese momento, sus ojos se posaron en mis senos y sentí su erección aún más pronunciada bajo mi cuerpo.
El hecho de que fuera capaz de excitar a Ron, paradójicamente, me excitaba bastante a mí también. Sin embargo, me sentía avergonzada por estar tan desnuda ante sus ojos, por lo que me tumbé sobre él, tapando así mi pecho de alguna manera.
No contento con lo que le ofrecía, sus manos se las arreglaron para deslizarse bajo mis pantalones hacia mi trasero. Aprisionadas bajo el apretado pantalón, sus ardientes manos agarraron mis nalgas y las hizo moverse sobre él, con ritmo, en sintonía con sus movimientos de cadera.
Se estaba masturbando con mi cuerpo. Ron. Mi amigo.
Aquello no podía estar bien, no, no era correcto, para nada. Sin embargo, ¿por qué se sentía tan endemoniadamente bien? Era una sensación tan placentera, agradable, divina, deliciosa. Era muy consciente desde un primer momento que debía parar, pero a veces lo prohibido creaba una intriga de lo más excitante, y últimamente me gustaba demasiado romper las reglas.
Ron sacó sus manos de debajo de mis pantalones, me tomó de la cintura, y con un rápido movimiento me hizo girar hasta dar con el colchón bajo mi espalda, dejando de nuevo mis pechos al descubierto.
Deslizó sus labios por mi cuerpo, dando algún que otro beso en alguna esquina de mi piel, primero en el cuello, luego en mis senos, después en mi cintura pasando por mi ombligo, y bajando…
Desabrochó el botón de mi pantalón, no sin cierta dificultad a causa del suave temblor de sus manos, bajó la cremallera del mismo, y me lo arrebató, tirándolo fuertemente a un lado. Ahora sólo un trocito de tela blanca evitaba mi completa desnudez, y por alguna extraña razón, aquello también le estorbaba. Deslizó su mano derecha por mi muslo izquierdo, haciéndome estremecer por lo que pasaría de inmediato. Su mano izquierda ya agarraba uno de mis pechos cuando sentí sus dedos traviesos atravesando la frontera de mis braguitas desde abajo. Deseosos de encontrar lo más puro de mi cuerpo, eran los primeros en explorar esa parte de mí.
Cerré los ojos con fuerza. Ron era alguien de confianza, un amigo, un confidente, una persona que había estado en las buenas y en las malas… Pero no era él. No era Draco...
Sus dedos inquietos acariciaban mi sexo dulcemente, casi pude sentir su miedo a hacerme daño, a lastimarme. Lo hacía con cariño, haciéndome sentir segura con él. Tuve entonces la certeza de que, aunque deseaba con todas mis fuerzas que hubiera sido Draco quien me tocara de esa forma por primera vez, entregarle mi virginidad a Ron sería acertado.
Sin embargo, el recuerdo de Draco hizo que el dolor de mi pecho aumentara insoportablemente. Tenía un agujero en el corazón, una pena desosegada que no conseguía controlar, y sin darme cuenta, una desobediente lágrima abandonó mis ojos. Un leve sollozo captó la atención de mi amigo, que alzó la cabeza para mirarme, y una expresión horrorizada cruzó su rostro de inmediato, dejando la mano quieta sobre mi sexo.
—¿Te he hecho daño? —preguntó en un susurro, angustiado.
—No —respondí sin voz, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Sacó la mano de mis braguitas para sujetar mi cara y hacerme mirarle a los ojos.
—¿Y por qué lloras? —preguntó, con un deje de nerviosismo en su voz— Dime qué he hecho mal. Yo… No me perdonaría hacerte daño, Hermione —esperó mi respuesta, pero ante la falta de ella, añadió—. Creo que es mejor que lo dejemos…
Esas palabras me recordaron a su adiós en aquel frío y oscuro pasillo del castillo. Sentí el corazón haciéndose trizas bajo las costillas… Pero aquello no podía acabar conmigo, con mi vida. Estaba destrozada, pero seguía siendo capaz de ponerme en pie por las mañanas, caminar, hablar… E incluso reír. La persona que se encontraba sobre mí me lo había demostrado. Podía volver a reír, ya fuera de sus ocurrencias o de su particular sentido del humor… Así que seguía viva. Y podía lograrlo, superaría aquello. Pero antes debía dar un paso más allá…
Aún con las saladas lágrimas secándose en mis mejillas, entrelacé mis brazos en su cuello, lo atraje a mí con relativa facilidad, y lo besé.
Si antes mis besos habían sido fieros y violentos a causa de la patética venganza de la que Draco nunca se enteraría, aquel nuevo beso era dulce y cálido. Así era como lo besaba a él… Lentamente, con amor, sintiendo sus labios. Descubrí en ese preciso momento que los labios de Ron eran más gruesos y carnosos. Y me gustaron, a pesar de todo.
Cerré los ojos y dejé que él tomara el control, aunque la oscuridad en la tienda se había hecho tan pronunciada que había una casi total falta de visibilidad.
Sentí sus manos acariciando mi cuerpo de nuevo y no pude evitar volver a estremecerme bajo su cuerpo. Él se separó un poco y sentí sus piernas desnudas sobre las mías.
¿En qué momento se había quitado los pantalones? Oh, dios mío.
Dejó de acariciarme ahí abajo para echar a un lado mis bragas.
Tragué saliva al sentirlo, y me pareció que el silencio empezaba a pesar mucho más, a ser más profundo. Era como si los segundos pasaran más despacio de lo normal, como si los dos hubiéramos contenido la respiración al mismo tiempo. Pero él cada vez estaba más adentro.
Un gemido de excitación rasgó mi garganta mientras agarraba la almohada con fuerza a un lado de mi cabeza. Cuando llegó al final, Ron dio un suspiro de placer y entrelazó su mano con la mía sobre la almohada.
Con la mano libre lo atraje a mí, sintiendo su peso sobre mi pecho, y escuché su respiración entrecortada a un lado de mi cuello.
Él empezó a moverse, y aunque lo hacía lentamente, sentí la adrenalina y el fervor de mi sangre corriendo locamente por mis venas, provocándome un ligero mareo.
Moví mis piernas y las enlacé a las suyas, aprisionándole, de manera que sólo pudiera moverse de cintura para arriba, lo cual hacía endemoniadamente bien.
Estaba experimentando una nueva sensación tan jodidamente placentera que pensé que iba a estallar de puro gusto de un momento a otro. Estaba tan cegada, tan extasiada, que hacía cosas sin darme cuenta, como morderme el labio o besar su cuerpo, y de repente, en aquella oscuridad tan majestuosa, ya me fue imposible distinguir a Ron. Con los ojos abiertos de par en par no era capaz de verle, y aquello me hizo pensar en algo tan egoísta que, si no hubiera sido porque en aquel momento el placer en mi cuerpo se sentía tan bien, me habría sentido culpable.
Poco me importaron los sentimientos de Ron cuando mi mente imaginó que el que se encontraba sobre mí era Draco. En el mismo instante en que pensé que era él el que me estaba haciendo el amor, el placer se multiplicó por mil. Mi pecho empezó a subir y bajar más rápido debido a que mi respiración se había acelerado considerablemente.
Draco comenzó a moverse más deprisa, sin parar ni un segundo, sin darme tiempo a tomar aire. Yo seguía gimiendo con cada choque de caderas, con cada caricia, con cada espasmo.
Sintiendo que mi cuerpo llegaba a su límite y que poco podía aguantar ya, me agarré a su cuerpo y Draco lo interpretó correctamente, pues los movimientos de su cuerpo se hicieron más precisos y fuertes. Incapaz de resistirlo más, apreté mis dedos en su espalda, deslizándose solos y arañando su piel.
Un torbellino recorrió mi columna vertebral cuando al fin acabé, y unos segundos más tarde, Draco se retiró violentamente, llenando mi cuerpo de él.
Llevábamos acampados más tiempo del que pude recordar, y aquello empezó a hacer mella significativamente en nuestros ánimos, sin mencionar lo exhaustos que nos sentíamos por la falta de sueño, comida y agua.
Sin embargo, pronto llegué a la conclusión de que parte de culpa de que nos sintiéramos de aquella manera la tenía el maldito guardapelo, así que empezamos a hacer turnos para llevarlo.
En el preciso momento en que te lo colocabas en el cuello, sentías un peso enorme sobre tus hombros y un deseo incontrolable de romper cosas. Aquel objeto te ponía de mal humor con tal facilidad que daba miedo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunté, posando mis ojos en un agotado Harry.
—Estoy bien —respondió secamente.
Harry y su ridícula costumbre de guardarse las cosas para él. Pero eran muchos años de amistad como para tragarme ese cuento chino. Allí fuera hacía un frío del demonio, y sólo contábamos con el débil fuego sobre aquellas ramas resecas para alumbrarnos.
—Sabes que eso no es cierto —susurré cautelosamente, echando un rápido vistazo al guardapelo que colgaba de su cuello—. Harry, somos amigos… Dime qué te ocurre.
—¡Maldita sea, Hermione! No me pasa nada —respondió éste, visiblemente irritado.
— Eh colega, no le hables así.
Ron se había acercado tan silenciosamente que ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta. Se paró frente a nosotros y observó la proximidad de nuestros cuerpos con el ceño fruncido. Aquello me molestó sobremanera. ¿Qué si nos juntábamos hombro con hombro, bajo aquella helada noche para darnos calor? ¿Acaso prefería que muriéramos congelados?
—No has dormido nada últimamente tío, yo te relevo —se apresuró a decir Ron.
—Perfecto —respondió Harry con hostilidad mientras se levantaba del suelo y se dirigía a la tienda, más que malhumorado.
—¡Harry! —exclamé.
El aludido se paró en seco y dio un sonoro resoplido antes de girarse.
—¿Qué? —dijo nervioso.
—Dame el guardapelo —ante su clara negativa, me levanté y me acerqué a él, con una mano extendida—. Venga, Harry, dámelo.
Tras vacilar unos segundos, al final se lo quitó. Justo en ese momento, hizo un ademán de tirarlo hacia donde yo estaba, pero enseguida volvió en sí. Parecía realmente agotado, pero agradecido por quitarse ese peso de encima. Salvó la distancia que nos separaba y lo colocó sobre mi mano, dándome las gracias con los labios, sin pronunciar palabra.
Con la mayor de las agonías me lo eché al cuello mientras volvía a la pequeña fogata para encontrarme con Ron.
Cuando llegué junto a él, me dispuse a volver a sentarme en el suelo, pero Ron me lo impidió, cogiéndome del brazo y acercándome a él. Pocos centímetros separaban nuestros cuerpos bajo las estrellas.
Me quedé de pie frente a él, cabizbaja, sin valor de mirarle directamente a los ojos. Me sentía avergonzada por lo que había pasado entre nosotros, y desde entonces rehuía su mirada, procuraba no hablarle más de lo necesario o quedarme a solas con él.
Sin embargo, y como yo bien sabía, no podía evitarlo eternamente. No mientras viviéramos bajo el mismo techo.
Fijé la mirada en un punto por encima de su hombro, consciente de que sus ojos examinaban cada expresión de mi rostro. ¿Qué aspecto tendría en aquel momento? Desde luego, no debía estar guapa. Ya había dado mi pelo por perdido, hacía días que no podía lavarme la cara y sentía unas profundas ojeras bajo mis ojos, además de la aflicción que seguro podía leerse en mi semblante.
Ron tomó mi barbilla con sus dedos y me hizo mirarlo. En sus ojos curiosos encontré inquietud, nerviosismo, y un atisbo de tristeza. Sin embargo, una sonrisa ladeada salió de sus labios. Me quedé mirándolos, casi hipnotizada, haciendo que el peso sobre mis hombros se suavizara un poco. Esa sonrisa no era de alegría. Él no estaba contento, no podía estarlo. Lidiaba a diario con la preocupación de cómo se encontraba su familia, yo me daba cuenta de aquello… No sonreía por diversión, sonreía para que yo sonriera.
A pesar de apreciar aquel gesto y de intentar con todas mis fuerzas devolverle una falsa sonrisa, no pude, fui incapaz. Era demasiado difícil volver a hacerlo desde que él tomó mi cuerpo como sólo quería que lo tomara Draco.
Draco.
Me eché a llorar de repente, sin ni siquiera verlo venir, intentando controlar aquella absurda emoción que pensaba que podía manejar.
La sonrisa de Ron desapareció de su rostro de inmediato, e, inquieto, buscó mis ojos mientras yo los evitaba.
—Joder, ya está bien —dijo molesto, mientras agarraba la cadena del guardapelo y me lo sacaba por la cabeza—. Ya está, maldita sea.
Empuñó unos segundos el objeto antes de colgárselo.
—Ya, Hermione, no pasa nada —añadió mientras me tomaba en sus brazos, aún llorosa, y sujetaba mi cabeza contra su pecho.
El latir de su corazón fue un sorprendente alivio para mis sentimientos, tan a flor de piel. Sus manos acariciaban mi pelo lentamente, y yo me concentré en cada latido de su pecho mientras era consciente de cómo mi cuerpo se relajaba poco a poco entre sus brazos y su cariño.
Enlacé mis brazos a su cuerpo, abrazándolo fuertemente.
Sí, Ron era mi consuelo, y allí, abatida como estaba, al hundir mi rostro en su pecho me di cuenta de que podía vivir con ello. Que podía vivir con él.
-.-.-
Muchas gracias a Bellarukia por aportar de nuevo un poco a mi historia. Una parte narrada por Hermione es obra suya. Me encanta que colabores conmigo, ¡eres una gran escritora!
