Tom quería y respetaba mucho a su madre. Ella era uno de los pilares centrales en su vida, pero en serio, tener que hablar con ella todas las noches y contarle hasta cada mínimo detalle ya había empezado a exasperarle. Además, no ayudaba que Bill, en algunas ocasiones, apenas le alcanzara el celular, se concentrara en besarle el cuello o detrás de las orejas mientras le acariciaba con lentitud y suavidad por debajo de la ropa, todo únicamente para ponerle en una situación comprometedora.

En más de una ocasión había tenido que explicar una risa o una respiración ahogada con mentiras ridículas y poco creíbles, y viendo a Bill revolcándose en el suelo a carcajada viva.

-Mierda, Bill –se quejó cuando cerró el celular y lo dejó olvidado encima de la cama-, qué manía la tuya de fastidiar justo cuando hablo con mamá.

-Es que es divertido –respondió con simpleza mientras se alisaba la ropa que había quedado arrugada mientras estaba en el suelo riéndose-. Además, a ti también te gusta. –Tom hizo un gesto de molestia con los brazos pero no lo negó.

Era ya casi una semana desde que habían vuelto a Hamburgo. Entre ensayos de la banda, reuniones con el staff, risas y besos los días se habían pasado muy rápidamente. No se notaba un cambio muy drástico en el ambiente o en la relación entre los gemelos, únicamente Georg y Gustav notaban que ambos se veían más felices, que las bromas de Tom sobre chicas y sexo con cualquiera habían disminuido notablemente y que Bill ya no andaba molestándose a cada rato por cualquier mínima cosa. Al final de cuentas, todo iba muy bien.

Tras puertas cerradas, sí que era diferente y el cambio se palpaba en al aire. Se besaban, dormían juntos, se acariciaban y hablaban compartiendo sus pensamientos y opiniones cómo lo hacían cuando tenían catorce años, cuando aún no estaban dando conciertos casi todo el tiempo o sumergidos en tours interminables de ciudad en ciudad. Era como si hubieran recobrado esa amistad, ese vínculo tan fuerte que los unía y que por momentos había dado la sensación de desaparecer por completo.

-Tomi, hay que… -Bill no sabía cómo decir lo que quería sin que sonase demasiado evidente su ansia. Tom le animó con la mirada. Ambos estaban encerrados en su habitación, acostados en la cama, muy cerca el uno del otro-. ¿Te acuerdas de lo que dijiste del sexo?

Tom se quedó callado, como si estuviera haciendo memoria. El par de días que habían pasado los dos juntos en un hotel de mala calidad en una ciudad a unas horas de Loitsche, de besos y conversaciones interminables no habían pasado. El único momento realmente tenso había sido cuando se le dio por querer meterse a bañar con su hermano y eso que al final no había pasado nada porque comenzaron a jugar con el agua y ninguno de los dos terminó bañándose, propiamente dicho.

Por fin contestó que no. Bill suspiró y le sonrió, levantándose y caminando hacia la laptop, trayéndola a la cama, todo sin dejar de negarse a responder sus preguntas de a qué se refería. Media hora después estaba otra vez frente a un ordenador y navegando entre páginas que contenía por todos lados "la" palabra. Bill estaba mordiéndose el labio y Tom con una sonrisa juguetona y sin su gorra. Minutos antes la situación había sido completamente diferente: Tom había sido el que estaba queriendo desviar la mirada mientras Bill se divertía.

La página que se mostraba en la pantalla contenía texto, una serie ordenada de letras que describían con lujos de detalles situaciones curiosas. Algunas veces, la mayoría en sí, se centraban en un Bill siendo casi por completo chica de mal carácter y el pasivo totalmente, pero algunas era todo lo contrario y Tom era el que tenía la "posición incómoda", cómo la habían denominado luego de algunas risotadas y sonrojos involuntarios.

-Esto es porno escrito –comentó Bill dejando de morderse el labio y pasando a destrozarse las uñas de la mano derecha-, es demasiado descriptivo, hay mucha saliva y semen y… todo.

-Sí, pero… ¿te lo estás imaginando? ¿Estás… no sé, haciéndote una imagen mental de todo? –Las palabras hicieron que Bill dejara de morderse las uñas y arruinarse la manicura en el proceso, y girara con expresión seria hacia su hermano. Tom levantó las cejas-. ¿Qué? Tú fuiste el primero que pronunció la palabra sexo y, te recuerdo, eres tú el que me está haciendo ver estas cosas.

-Pero ahora mismo no hago más que leer, en cambio tú si lo estás imaginando y todo –afirmó-, imaginándote haciendo cosas malas conmigo. Qué pervertido. –Primero Tom abrió los ojos de par en par y luego asintió tratando de no sonreír-. Qué desgracia la mía, estar enamorado de un pervertido. –Ante la frase ambos se rieron, dejando olvidada la computadora.

-Bill, ¿qué ibas a decirme antes? –Tom tenía mucha curiosidad, aunque sospechaba a dónde iban los pensamientos del chico que le miraba fijamente y sin expresión.

Sin contestar la pregunta, de nuevo, su hermano apartó la laptop y luego se sentó encima de sus piernas, empujándole y haciendo que quedara echado, luego se inclinó, comenzando a dejar besos cortos en diferentes sitios de su cara. Pero todo movimiento tuvo que ser detenido cuando, repentinamente, la puerta se abrió, dejando pasar a un Gustav distraído, que al verlos, pestañeó seguidamente antes de sonreír y formar un corazón con sus dedos. Bill le miró casi molesto y Tom ocultó la cara con las manos.

-¿Qué quieres? –Lo que quería reclamar el vocalista era el porqué no tocó la puerta o que lo mejor sería que quitara esa sonrisa de sus labios ya que le estaba tocando los nervios. Con movimientos lentos se bajó de encima de su hermano-. Oye, Gustav, despierta…

-David llamó para decir que iba a venir a la hora de la cena porque tiene que hablar con nosotros –fue su respuesta pasados unos cuantos segundos.

-Chico listo, la hora de la cena fue hace mucho –contestó Tom, sentándose y acomodándose. El rubio hizo una mueca fingida de atontamiento, como si de pronto no supiera donde estaba y Bill le lanzó una almohada.

Georg eligió ese instante para entrar a la habitación y aclaró todo diciendo que a David se le había hecho tarde, pero que ya estaba a punto de llegar. Ni bien terminó de hablar, la voz de un hombre joven les llegó desde algún sitio no muy lejano del departamento. Sin apresurarse los cuatro chicos comenzaron a caminar a la sala, que era donde casi siempre su manager se instalaba con comodidad para charlar con ellos.

-Pasado mañana tienen que dar una entrevista –fue lo que les comunicó luego de saludarles, sin perder el tiempo en cualquier otra cosa.

Los abucheos, quejas y demás se dejaron escuchar sin ningún tipo de reserva. Sí, era cierto que habían tenido unos días de descanso durante los cuales no habían hecho nada, ni siquiera ensayar o llevarse consigo los instrumentos, pero los chicos sabían que eso tampoco le daba a David carta abierta para no comunicarles con verdadera anticipación alguna aparición pública; además, era la segunda vez en el mes que les hacía eso.

Lo peor era que en el fondo los cuatro sabían que podían renegar, discutirle todo lo que quisieran a David, sin embargo, al final nada le quitaba a éste que fuera uno de sus manager y que sólo tomase las decisiones que les convendrían eventualmente, ya sea en su búsqueda de internacionalización o mantener a raya a los periodistas, o siquiera intentarlo.

Casi diez minutos después, las únicas palabras pendientes sobre el tema eran cuántos días estarían fuera y cuánta ropa debían empacar, pero cuando pensaron que ya únicamente a David le quedaba despedirse sonriente e irse, él anunció que había escuchado un rumor que le había llamado la atención.

-Ustedes dos –señaló a los gemelos-, fueron vistos a unos cuantos kilómetros de Loitsche –el tono de su voz, para alivio general, era más de curiosidad que otra cosa-. ¿Es verdad que condujeron sin licencia y todavía fuera de la ciudad? –Como ninguno se adelantó a responder o a aclararle la duda, el manager siguió hablando-: Miren, chicos, sé que son jóvenes y quieren aventuras y vivir, pero no pueden olvidar que están en el centro de atención del ojo público. –De ahí añadió unas cuantas palabras más sobre publicidad mala y buena y después se marchó, recordándoles que el bus pasaría en la tarde.

-¿A qué hora es eso? ¿Las doce y un minuto, la una o las dos? –La pregunta fue evidentemente hecha sin buscar una respuesta. Georg se pasó una mano por el cabello e hizo un gesto de fastidio-. Pensé que lo de Nancy sería algo aislado…

-Solamente es un viaje corto –dijo Gustav, restándole importancia y se levantó del sofá, estirándose-. ¿Qué pensaría David si se enterara de ustedes dos? –El simple pensamiento no le produjo gracia a ninguno de los presentes. Cómo había cambiado la relación que los gemelos era un secreto que debía permanecer entre los cuatro y punto.

-Tienen que ser cuidadosos –aconsejó Georg y adoptó una actitud pensativa apenas terminó de hablar-, aunque antes, cuando no había nada –hizo comillas con el dedo índice y el anular a sus últimas palabras-, la tensión se notaba siempre.

-¿Tensión? –Tanto Bill como Tom tenían las cejas levantadas y a pesar de que ambos supieran exactamente a qué se refería, y el tema, incluso, hubiese sido tocado con anterioridad, se les hacía curioso.

-Bill canta a Tom –se adelantó a responder Gustav, llamando la atención del resto de los presentes-. Tom le ignora o lo intenta y casi siempre lo logra, entonces Bill le patea o le empuja y los dos se miran y se sonríen con complicidad. Y Bill y Tom son felices. –Alzó los hombros y negó con la cabeza-. O algo así. –Georg comenzó a reír, contagiándole al propio Gustav y a Tom, mientras Bill sólo se limitó a hacer mohín.

-No olvides que ante todo, las chicas gritan, gritan mucho –comentó Tom cuando dejó de reírse.

-Y sí, bueno, eso es lo que pasa en algunos conciertos –intervino Bill, entre molesto e impaciente por terminar de hablar de eso-, y nada va a cambiar ahora, es decir, no hay forma de que de ahora en adelante me acerque más a Tom o que en algún ataque impulsivo le bese o algo así. –Ante la perspectiva, los chicos comenzaron a carcajearse de nuevo. Todos a excepción, nuevamente, de Bill.

-El histerismo que provocarían sería demasiado y eso que mejor ni hablar de la reacción de los moralistas y puritanos –inquirió Gustav y el resto quedó en silencio. Bill suspiró y tomó de la mano de su hermano, apretándola por un instante antes de soltarla.

-Me voy a dormir, buenas noches –se despidió el vocalista de la banda y a pasos lentos se dirigió a su habitación.

Tom se quedó unos minutos más con sus amigos, tomando una lata de cerveza y hablando sobre nada en particular antes de decir hasta mañana e ir a darse una ducha. Luego se lavó los dientes y se puso un pijama y, sin dudarlo siquiera, se dirigió al cuarto de Bill. Ahí las luces estaban apagadas y su hermano estaba echado, dándole la espalda a la puerta, pero por ningún momento se le pasó la idea de que estuviese dormido.

-Oye, Bill, ¿te sientes bien?

-Tomi, ven, duerme conmigo –le respondió una voz soñolienta-. Quiero que me abraces. –Sin esperar a que la petición fuese repetida, Tom hizo lo que le pidió Bill, pegándose a su cuerpo-. Nunca me sueltes, no sé qué podría pasar si lo hicieses. –Tom hizo que se girara y comenzó a besarle con lentitud.

Para David Jost, horas de la tarde resultó ser exactamente unos minutos después del mediodía, no más, no menos; así que el bus llegó y a los chicos solo les quedó hacer que subieran sus maletas y subir ellos mismos. El viaje, según les dijeron, iba a ser de casi medio día, pero como ellos ya estaban a acostumbrados a largos viajes, no se les hizo demasiado cargado y mucho menos con las comodidades que tenían en el bus. Una vez en la ciudad, dieron la entrevista sin ningún percance ni comentario particularmente extraño, incluso Bill había puesto atención a no dejar traslucir sus sentimientos y a mantener la calma aún mientras Tom hacía sus típicos comentarios de adolescente hormonal.

Después de la entrevista, les avisaron de una fiesta y considerando que hacía ya tiempo que no festejaban nada en concreto en buen tiempo, aceptaron ir luego de un implícito acuerdo. Bill se sentía algo nervioso. Sabían que debían guardar las apariencias y que eso contenía, casi inevitablemente, a su hermano coqueteando, pero… eso no gustaba, es más, todo lo contrario. Desde que habían llegado al local, Tom se había alejado de él y había comenzado a tontear con una chica morena.

Un pensamiento pasó por su cabeza y se instaló cómodamente: ¿Tom comenzaría a engañarle en sus propias narices? Se mordió labio y estrechó los ojos, sintiendo como comenzaba a incrementarle la ira en el pecho. No habían hablado hasta qué punto su relación afectaría el resto de las cosas, y en el fondo, Bill sabía que tener una actitud de novia celosa sería desagradable para los dos. Sin embargo, en algún momento de la noche eso le había dejado de importar y sólo se concentraba en matar a su hermano con la mirada y en mover compulsivamente un pie.

Tomándose de un solo trago lo que le restaba de licor en su vaso y sin poder soportar más el hacer nada, se levantó y fue hacia donde estaba Tom y le agarró de la mano sin darle un ápice de importancia al que pensarían el resto de personas que estaban cerca. Cuando éste le miró, sonrió fingidamente y le dijo adiós a la chica, comenzando a jalar a su aturdido hermano, sin explicaciones ni nada por el estilo, y no le soltó hasta llegar al baño. Una vez ahí cerró la puerta con seguro y clavó la mirada en él.

Su hermano se había dejado llevar sin reclamar o querer soltarse, y únicamente se quedó parado, viéndole con los labios curvados en una media sonrisa y los ojos brillosos; sin duda había tomado más de lo que debía, pero menos de lo que acostumbraba.

-Tom… -Bill notó que no sabía exactamente qué decir, ni nada de lo cual pedir explicaciones. Y Tom seguía viéndole fijamente-. Mierda.

-No iba a hacer nada con ella –dijo de pronto, arrastrando las palabras-, la idea ni siquiera se me cruzó por la cabeza un segundo. –La media sonrisa se convirtió en una completa y Bill le creyó y se sintió como un tonto-. Bill, esto de…

Sin querer saber qué le iba a decir o quizá porque el alcohol en sus venas comenzaba a hacer verdadero efecto, Bill se adelantó, y con un brazo le atrapó el cuello, pegándose a sus labios. Le besó con fuerza, empujándole contra una de las paredes y haciendo que Tom golpeara su cabeza por el movimiento brusco, pero no importó. Siguieron besándose como si el mundo se les fuera en eso. Bill supo que no dejaría de besarle aunque alguien comenzara a tocar la puerta y amenazar con echarla abajo si no abrían.

Ya había perdido la cuenta de la cantidad de besos que llevaban, pero sin lugar a dudas, ese fue el más prolongado e intenso. Además que Tom, sumiso, que se dejara invadir sin intentar cambiar la situación, y que se dejara lamer y morder sin quejarse, era excitante. Cuando se separaron, ambos jadeaban. Bill deslizó la mano que tenía libre por las rastas y sonrió.

-Esto estuvo muy bien. –Bill arqueó las cejas, dando a entender que eso era "obvio"-. Siempre tan humilde –bromeó, siguiendo acariciándole la cabeza-. Vamos al bus, Tomi, no quiero que vuelvas con esa chica. –Tom asintió y pasó un dedo por los labios; Bill notó que su hermano tenía las mejillas sonrojadas, aunque no podía decir si era por el alcohol o por el beso-. Te ves muy lindo.

Salieron del baño, por suerte, al parecer, nadie les había visto y después de unos cuantos tropiezos de Tom y palabras de burla, llegaron al bus que estaba desierto a excepción de un par de guardaespaldas. El resto del staff, David, Georg y Gustav, debían estar aún dentro, olvidándose de todo por un rato.

-Tomi, ¿no se supone que el hormonal eres tú? –susurró Bill cuando estaban los dos solos. Tom negó con la cabeza y sonrió, para luego encoger los hombros-. Creo que voy a enloquecer…

-Y se supone que tú eres el romántico que… espera, a veces sí lo eres –suspiró derrotado antes de dejar que risitas sin sentido abandonaran sus labios. Bill le dio un golpecito en la frente con la palma de la mano-. ¿Por qué enloquecer? –preguntó-. Me gusta besarte, ¿te he dicho eso? –Bill decidió ignorar el último comentario.

-Si te preocupa que comience a enviarte flores o te escriba cartas de amor, pierdes el tiempo –dijo con falsa seriedad y ambos rieron. –Con movimientos algo torpes, una vez que dejó de reírse, Tom se deshizo de su gorra y de su camiseta-. ¿Qué haces?

-Sé que soy el sueño de cualquier adolescente –la voz usada por Tom era casi un murmuro que desaparecía- no debes avergonzarte por desearme.

-Estás mal de la cabeza. –El chico de rastas asintió y se quitó su pantalón, y le atrajo a sus brazos, besándole y haciendo que ambos cayeran en la cama. Se quedaron unos cuantos minutos así, entre besos cortos. Bill comenzó a acariciar el pecho de su hermano antes de separarse-. Tomi, yo no quiero hacer nada si estás ebrio.

-Pero sí quieres –contestó cerrando los ojos. Bill suplantó su mano con su boca en la piel desnuda y Tom hizo un sonido, dando a entender que le gustaba-. Mira, tú te echarías y yo me pondría encima. –Bill sonrió, pero no dejó de dejar las caricias húmedas, centrándose en las tetillas.

-¿Por qué yo abajo?

-Bueno, si prefieres… –se detuvo un segundo al sentir que Bill se echaba encima de él, separando sus piernas y poniendo todo su peso-… yo abajo. El orden de los factores no altera el producto. –Su hermano soltó una risa y fue otra vez hasta sus labios, invadiéndolos.

El deseo había estado presente todos los días anteriores, pero atrapado, como algo que se podía controlar y más porque ninguno de los dos había dado el primer paso para hacer algo más que tocarse por encima y besarse. Bill, para sus adentros, sabía que él tenía que hacerlo, que tenía que romper esa barrera ya que su hermano a veces podía ser la persona más tímida y reflexiva que podía existir.

Con algo de dificultad, resbaló una mano entre sus cuerpos y después de fijar los ojos en Tom para grabarse cada expresión que iba a hacer, envolvió con una mano la semi-erección. Algo parecido a un gemido ahogado invadió la zona del bus donde estaban y sus caricias comenzaron, suaves y delicadas al comienzo. La carne se puso dura bajo su contacto y Tom apretó los párpados, suspirando y jadeando.

-Bill… -Fue casi un balbuceo pero fue más que suficiente para obtener que le tocaran con más fuerza y segundos después se corriera-. Bill, Bill, Bill…

-Ni que estuvieras tan ebrio. –No lo dijo en burla, ni tampoco quejándose, solo fue un comentario.

Muchas veces se había masturbado, después de todo era un adolescente normal y en más de una ocasión había tenido las hormonas alborotadas, pero hacérselo a otra persona, a su propio hermano y… amante, era algo nuevo, completamente. Con pesadez se levantó y miró el semen que estaba en su mano. Tom no le dejó hacer algo más, ya que sin previo aviso le tomó de la cintura e hizo que se acostara a su lado. Bill sentía la incomodidad entre las piernas, sin embargo, no hizo algo.

Minutos después el mayor de los gemelos estaba dormido, echado boca abajo a su lado y con el rostro volteado hacia él, transmitiéndole paz. Con pereza comenzó a acariciar con la yema de los dedos las heridas de la pelea que habían tenido cuando estaban de visita en casa; éstas Ya estaban a punto de desaparecer, sólo tenía pequeñas costras. Subió los dedos por la columna y luego los desvió hacia un brazo y suspiró. Se sentía feliz de tener a su hermano a su lado, feliz de que él le quisiese del modo que quería.

Se inclinó y dejó un beso sobre una de las comisuras del labio de Tom y se acomodó para dormir.

Un par de horas después Gustav y Georg llegaron. El chico castaño estaba ebrio y se trababa en pronunciar algunas palabras, sin embargo, aún podía mantener el equilibrio; en cambio Gustav estaba en casi perfectas condiciones. Ambos habían estado festejando hasta lo último.

-Se ven… -Gustav intentó encontrar una palabra que describiese a los gemelos, abrazados, con expresiones de tranquilidad y semidesnudos. Encogió los hombros y le dio un codazo a Georg que había comenzado a dormitar apoyado en uno de los soportes de las literas.

-Aún no lo han hecho –afirmó el bajista como si alguien le hubiera preguntado y avanzó los pasos que le separaba de uno de los sofás, dejándose caer ahí-… son unos… niños –fue lo último que dijo antes de dejarse arrastrar por el sueño y la borrachera.

-No, no lo son –contradijo Gustav viendo una mancha altamente sospechosa, sin embargo, no quiso concentrarse en eso sino que lanzó una manta encima a su amigo. Se lavó los dientes y se cambió de ropa, para después irse a dormir.