Para fortuna de la vida de ese inútil, y su paciencia, el plan no dicho había sido un éxito.

Pero no podía evitar seguir temblando de miedo a perderlo, no podía evitar verlo con la intención de memorizar su imagen, su sonrisa torcida en nerviosismo, no podía evitar sentirse intimidado por la angustia de volver a verlo en peligro.

Y no comprendía cómo todos lo animaban después de hacer tal estupidez, volviéndolo una hazaña noble.

Los gritos de ánimo fueron enmudeciéndose, y se conformó con sus ojos buscando los suyos entre la multitud.

Le dedicó una sonrisa, idéntica a la que le dio al resto, pero notó en sus pupilas algo que no había visto desde hacía un tiempo, especialmente al no ser causado por él mismo.

El miedo ensombrecía el verde de sus irises, haciéndole fruncir el ceño mucho más cuando la sonrisa nerviosa flanqueó, mostrando una torcedura de sollozo.

Se abrió paso entre la gente, recibiendo varios quejidos de molestia y sorpresa, y se quitó la capa de un movimiento, girándola por sobre su hombros y cubriendo al inútil con ella, ocultando su rostro entre el pelaje.

—¿K-Kacchan?—le escuchó musitar en un hilo de voz, tembloroso entre el miedo de lo sucedido y la cercanía de sus cuerpos.

—Cállate, Deku—gruñó jalándolo del borde de su propia prenda, inclinándose lo suficiente para acallarlo con sus labios.

Le sintió tensarse, sus manos estáticas en sus el aire entre ambos, y se separó ligeramente para fulminarle, tomando una de ellas mientras recibía una mirada de incredulidad.

—Tú... ¿Por qué...?—dijo sobre su boca en un murmullo casi temeroso, y bufó por la nariz, estrujando su mano inmóvil.

—No vuelvas a asustarme así—ordenó apretando su puño aun en el pelaje de su capa.

Los ojos verdes lo observaron, parpadeando con perplejidad.

—... ¿Lo siento...?—dudó frunciendo el entrecejo con confusión.

Y casi respinga de molestia.

—Por supuesto que lo sientes—espetó irritado—. Y no volverás a ser tan estúpido.

Le vio bufar con suavidad, haciéndole arrugar la nariz al pensar que se burlaba de él, y cerró la distancia nuevamente, tomándolo por sorpresa una segunda vez.

—¿Me vas a dejar hacer todo el trabajo o qué?—reclamó separándose de nuevo, viendo las pecas desaparecer entre el rubor de sus mejillas.

—Deberías volver a probar...—dijo con sugerencia, una sonrisa tímida sobre su boca.

Y sintió la suya curvarse igualmente, bajando una vez más y esta vez siendo correspondido.