Hola

Kara: en el review no se veía el e-mail, así que te he mandado la traducción al que tienes registrado en tu perfil. Espero que sea correcto.

(Lisías, Leo, Lyosha, Matthew, Edward… ¡ACAPARADORA! Da igual. A mí déjame a Jasper, y seré feliz. Muy, muy feliz. Tan feliz que prometo subir más historias de estos personajes. Y muy pronto)

Arthemisa: Mmmm… ¿Estás segura de que quieres a Leo como hermano? Yo estoy segura de que NO lo querría como hermano. Puestos a que me abrace, lo último que me interesa es un abrazo "fraternal" jajaja…

Y no sé.. ¿Te atrae… o no? ¿Tú que crees?

Por cierto, Lyosha te está muy agradecido. Pero no se lo digas a Kara. Es su favorito, se celará jajaja.

(Mis amigos están acostumbrados, si. Pero eso no significa que no me miren como si estuviera loca. De hecho, están convencidos de que lo estoy... Y no estoy muy segura de que se equivoquen jajaja)

Y BUENO, YA NO HAY QUE ESPERAR MÁS. LISÍAS Y ARTEMISA, POR FIN SE CONOCEN... :) TATACHAANN!!

Capítulo 10. Lisías.

Una cosa tiene en común esta pequeña isla griega con su Florencia natal. El agobiante calor. La ropa se pega a su cuerpo, y el aire está tan cargado de humedad que le impide respirar. El sol cae a plomo sobre el empedrado de los caminos, e incluso protegida por las sombras de la habitación, su piel parece arder a cada paso, con cada roce del aire.

Llegaron de madrugada, tras una travesía sin incidentes. Demasiado tranquila incluso para sus gustos sensatos. Jamás había sentido tantos deseos de salir de un sitio, de escaparse, como los que sentía cuando el barco estaba echando amarras al puerto.

Mira a su alrededor, inquieta. Hace horas que Milena había salido, dejándolos a Leo y a ella en la pequeña casa que – no sabe muy bien como – había conseguido alquilar a los pocos minutos de bajar del barco. Para ella, es perfecta. Dispone de su propia habitación, y de una cama que no se agita bajo las olas. Pero Leo había gruñido durante todo tiempo que su amante permaneció bajo techo, desde el amanecer al nuevo anochecer, quejándose de cada esquina, de cada mueble, y de cada estancia. Demasiado pequeña, demasiado sucio, demasiado vulgar. Quizá sólo está de mal humor. Otra vez. Ojalá Milena vuelva pronto.

Pero a Milena aún le falta mucho para regresar. Después de caminar durante horas por caminos casi intransitables, ha llegado a los límites del terreno de Lisías. Lo sabe porque dos hombres de proporciones gigantescas acaban de cerrarle el paso.

"Soy Milena. Vengo a hablar con Lisías. Necesito ayuda"

Los hombres cruzan una mirada. Después de unos instantes, uno de ellos se vuelve, y le indica con una seña que lo siga. Atraviesan un denso bosque, y poco después aparece ante sus ojos un grupo de casas. Las suficientes como para considerar los terrenos de Lisías como un pueblo grande. O quizá incluso una pequeña ciudad.

"Espera aquí"

Y Milena espera. El hombre entra en la casa principal – la más grande y sólida del conjunto – y al cabo de un par de minutos, aparece en la puerta un hombre esbelto, de largos cabellos negros e increíbles ojos verdes que brillan con aprobación al clavarse en ella.

"Milena, querida. Estás aún más hermosa de lo que aparecías en mis recuerdos"

"Y tú eres aún más galante de lo que sugerían los míos, Lisías"

Él atraviesa la distancia que los separa, riendo alegremente. Toma su mano, y la besa. No un besamanos. No un acercamiento cortés de los labios. Un auténtico beso, intentando trasmitir en ese gesto todo su aprecio y su respeto.

"Habrás caminado durante horas, querida. Le diré a Alejandra que prepare una habitación para ti"

"Es muy amable de tu parte, Lisías, pero necesito hablar contigo, y después volver a la ciudad. Tengo un problema que requiere tu atención"

Él frunce el ceño mientras mantiene la puerta abierta para ella. Conoce bien a Milena. No es muy dada a aceptar consejos. Y aunque en su honor debe decir que rara vez los necesita, si lo que en esta ocasión pide es ayuda... Mejor será que prepare a sus hombres. Y cuanto antes.

Se acomodan junto al fuego de una hermosa chimenea de piedra. En pocas palabras – Milena siempre ha sido mujer de pocas palabras cuando la ocasión lo requiere – ella lo pone al tanto de la situación. Cuando menciona los demonios, Lisías frunce el ceño.

"Ya veo", murmura cuando ella termina de hablar. "Es ciertamente una complicación. Pero por una vez, creo estar de acuerdo con tu joven transformado, Milena. Ese mortal debe ser eliminado. Pero antes, deberíamos interrogarlo. Quiero saber exactamente hasta donde llegan sus redes"

"Me temo que Leo no será tan paciente si le das la oportunidad"

Lisías ríe con suavidad.

"Ni yo pretendo que lo sea. Quiero hacerme cargo de esto. Un mortal poderoso entre los suyos, entrando en nuestro terreno, merece una atención... más personal"

"Y de paso, te asegurarás de que sus emociones no traicionan sus palabras", sonríe Milena.

"Por supuesto, por supuesto", ríe él.

La astucia de la mujer lo divierte. Siempre le ha agradado, y respeta su inteligencia y su irrefrenable independencia. Pero aún así, no le cuenta todo. No le dice lo que teme en realidad. Se hará cargo del Cardenal, desde luego. Pero antes quiere ver a la muchacha humana, y al cachorro que crece dentro de ella.

Si, es hora de conocer a esa mortal.

Y mejor que regresen pronto, por que Leo está paseándose como un león enjaulado. Catorce días de travesía. Catorce días manteniendo su sed a raya con roedores repugnantes. Catorce días sin que sus ojos pudieran descansar divisando algo más que agua. Condenada agua por todas partes. Ni el cuerpo de Milena fue capaz al final de contener su rabia. No está acostumbrado a la inmovilidad. No está acostumbrado a no satisfacer su sed cuando lo necesita, y sobre todo, no está acostumbrado a la maldita, maldita agua rodeándolo por todas partes. Está irritado. Está sediento. Y en cuanto escuche los pasos de Milena, saldrá de la condenada pocilga que su compañera ha tenido a bien alquilar. Necesita cazar. Y necesita hacerlo cuanto antes, o no responde de su genio.

Después de una eternidad, escucha sus pasos. Siente su aroma. Y el aroma marino, salado de un hombre junto a ella. Se disculpa brevemente en un murmullo que sabe que ambos captarán, y se desliza por la ventana hacia las sombras de la noche.

Desesperadamente sediento.

"Debes disculparlo, Lisías", comenta Milena, mientras abre la puerta. "Es joven, y la travesía ha sido larga"

"No son necesarias las disculpas, querida. Prefiero un neófito saciándose y ausente que uno sediento ante mis ojos"

"Se controla muy bien", contesta ella, sintiendo la necesidad de defenderlo. "Pero tiene mal carácter"

"¿Y quién no?", replica Lisías, distraídamente, mientras su olfato percibe el delicioso aroma de la mortal, entremezclado con el leve, levísimo aroma de su cachorro. Y el sonido de los dos corazones latiendo a distinto ritmo. Interesante. Muy interesante. "Ve con él, si lo deseas. Tú también necesitas alimentarte, querida. Y yo puedo cuidar de la muchacha"

"Está bien. Te la presentaré y…"

"No es necesario", la interrumpe, subiendo ya las escaleras. "Nadie está inquieto ante mí demasiado tiempo", termina con una sonrisa.

Milena asiente, y sale de la casa en dirección al bosque. No perseguirá a Leo por ahora. Está demasiado furioso, y le vendrá bien tener un poco de espacio. Al fin y al cabo, ella también necesita cazar y no teme por Artemisa. Lisías es un bebedor animal desde hace más tiempo del que ella puede recordar, y jamás le hará daño a una mujer que está bajo su protección. Al menos, no lo hará sin tener la cortesía de comentarlo antes con ella. Como todos, Lisías no tiene demasiados problemas con la muerte, pero al menos él es exquisitamente bien educado.

Artemisa siente los pasos, y se vuelve hacia la puerta. Espera encontrar a Milena. O quizá a Leo. Pero no está preparada para la extraordinaria visión que aparece ante sus ojos. El joven que la contempla con curiosidad desde el vano de la puerta es tan sorprendente, tan asombroso, que no tiene tiempo ni de plantearse porque sus amigos no lo han acompañado. Su respiración se detiene, sus ojos son incapaces de apartarse de los suyos. Verdes, vibrantes. Curiosos y sorprendentemente sabios. Su presencia es imponente, y eso a pesar de que a duras penas supera su propia edad. Quiere hablarle, pero tartamudea, y se detiene, incapaz de encontrar las palabras. Incapaz de saber que decirle. ¿Qué va a decirle una pequeña mujer como ella a un magnífico dios griego como él?

"Tú debes ser Artemisa", sonríe. Ella asiente, aún incapaz de pronunciar palabra. "Muy bien, querida, permíteme un instante"

Y sin esperar respuesta, coloca las manos sobre su vientre. Cierra los ojos, y permanece inmóvil, concentrado durante un largo minuto. Cuando por fin sonríe, y retira las manos, Artemisa se descubre deseando que ese contacto no se hubiera interrumpido. Anhela sentir esas manos sobre ella… Y se sonroja violentamente al pensarlo. Pero, ¿qué está pasando con ella? ¿Cómo puede pensar así? Y de un desconocido. Aunque sea un desconocido como él, no es correcto, no está bien. Se aparta casi de un salto, y él la mira con curiosidad.

"¿Qué ocurre?"

"¿Quién eres? ¿Dónde está Milena? ¿Dónde está Leo?"

"Oh, discúlpame, querida. He sido terriblemente descortés. Mi nombre es Lisías. Y tus amigos están... cenando. No tardarán en volver"

"Tú... ¿Eres el hombre al que Milena quería acudir?"

"Dado que no hay nadie más en esta habitación ese debo ser yo, si", sonríe, tranquilizador.

"¿Y puedes ayudarnos?"

"No te quepa duda, mi querida dama"

Ella lo mira fijamente, estudiándolo, intentando descubrir la verdad en sus palabras. Y encontrándola. Entonces recuerda. Recuerda la conversación con Leo. Y de pronto, siente deseos de confiar en ese hombre. Siente como si su vida dependiera de él, como si, de algún modo extraño, estuvieran conectados. Pero la pregunta que surge de sus labios, la sorprende incluso a ella misma.

"¿Está bien mi bebé?"

Él enarca las cejas. Ha percibido la curiosidad en ella, pero no esperaba eso. Es desconcertante. Los humanos suelen ser más previsibles. Pero esa criatura... Y es hermosa, y llena de vida. Curiosa, sin duda. Milena lo ha advertido, y tiene razón. Pero hay algo en ella. Algo más que ese cachorro que crece en sus entrañas. Algo frío, algo duro. Valiente y oscuro. Y sin duda es algo que él aprecia. Algo que lo impulsa a responderle, aunque no sabe donde lo llevarán sus preguntas.

"Si", responde simplemente.

"¿Qué eres?"

Eso lo sobresalta. No sólo es curiosa. También es imprudente. O quizá no. Quizá ha percibido que no va a dañarla. Que no podría dañarla.

"Eso no importa ahora. Vamos a hacer un largo viaje, querida. Y habrá tiempo para ver. Y para creer. No seas impaciente"

Y una vez más, la joven vuelve a sorprenderlo. Se arroja en sus brazos, sollozando. Él agita las manos, indeciso. Y finalmente la rodea con sus brazos. Jamás se había sentido tan confuso. Y, en el fondo, lleva muchos siglos esperando que alguien lo confunda.

"Gracias", susurra ella al cabo de un momento. "Estaba tan asustada. Pero algo me dice que ahora que estás aquí, todo irá bien. ¿No es extraño?"

"Muy extraño", murmura él.

En ese instante, escucha un sonido en el piso inferior. Y un aroma que no le resulta familiar. Quizá sea el joven pupilo de Milena, pero necesita comprobarlo. Con suavidad, se desprende de los brazos de la muchacha, y la acompaña a la cama, empujándola con delicadeza.

"Ahora duerme, pequeña. Hablaremos después"

Ella asiente, y por un instante, él queda enredado en sus ojos, en su sonrisa inocente. Sacude la cabeza, y baja las escaleras. Esperándolo junto a ellas hay un hermoso joven alto y rubio, y a todas luces muy enfadado.

"¿Quién te crees que eres?", masculla.

Lisías enarca las cejas. Definitivamente, esta pequeña comitiva está empeñada en sorprenderlo. Jamás un neófito se había atrevido a hablarle así. La curiosidad refrena su ira, y clava sus ojos en él, intentando intimidarlo en lugar de arrancarle el cuello. Algo que en otro momento habría sido su primera opción.

"¿Disculpa?", espeta, con frialdad asesina.

"¿Crees que no sé cuando un hombre ha tenido sus manos encima de una mujer? La huelo en ti. En tus dedos, en tus ropas. ¿Qué clase de rata eres?", masculla el joven.

Lisías actúa con rapidez. Antes de que Leo – y Leo es muy rápido – pueda reaccionar, lanza su mano derecha hacia su cuello, y lo alza en el aire. Para su sorpresa, el muchacho apenas reacciona. Sus ojos siguen clavados en él, amenazantes, cargados de odio. Pero no se sacude, no lucha. No ruega. Y Lisías sabe que si intentara matarlo en este instante, el joven vendería muy cara su vida. Está sostenido a un metro del suelo, pero algo le dice que está calculando. Sopesando sus opciones. No se deja arrastrar, no se deja intimidar. Y eso es algo que Lisías sabe respetar. Abre su mano, y el joven mantiene el equilibrio perfectamente alerta. Como si sus manos no hubieran estado sobre él jamás. Lisías asiente, aprobador.

"Milena no exageraba sobre ti", murmura. "Pero antes de que intentes atacarme, permíteme que me explique. Y eso es algo que no suelo hacer, así que espero que lo valores como merece"

Eso lo tranquiliza. Eso, y el suave roce de sus dedos, modificando sus emociones. No desea atacarlo. Podría matarlo, y el mundo se perdería una criatura magnífica. Una de las más prometedoras que ha visto en siglos. Señala la mesa y las sillas y, tras dudar un instante, el joven toma asiento, sin apartar los ojos de él. Lisías se acomoda en el otro extremo, analizando sus reacciones. Completamente entregado a las emociones que emanan de él. Serenidad, frialdad. Una cortés expectación.

"Hablemos de hombre a hombre, entonces. Y esto no debería estar pasando entre alguien como tú y alguien como yo. Pero vivimos tiempos extraños", suspira. "No la he tocado de ningún modo que pueda ofenderla u ofenderte. Simplemente lloró, y se arrojó en mis brazos"

El muchacho asiente e insólitamente, no parece extrañado.

"No parece sorprenderte", dice Lisías, poniendo sus pensamientos en voz alta.

"No. Y te debo una disculpa. Debí pensar que eso es lo que había sucedido. Artemisa es… muy expresiva"

"Acepto tus disculpas. Pero, para evitarnos futuras situaciones embarazosas, dime, ¿reclamas a esa hembra para ti?"

Él joven abre los ojos de par en par.

"¿Qué? ¡No!", exclama. "¡No, en absoluto!"

Lisías enarca las cejas, incrédulo. Y, de nuevo para su sorpresa, el muchacho ríe alegremente.

"He jurado protegerla, y jamás doy mi palabra en vano, eso es todo. Además...", esboza una sonrisa pícara. "¿Tú crees que un hombre puede tener dos compañeras, cuando una de ellas es Milena?"

Lisías lo acompaña en sus risas. Sabe muy bien como es Milena. Y conoce a muchos hombres que estarían dispuestos a ratificar ese comentario.

"No, desde luego que no", acepta.

"Bien. Y ahora, para evitarnos futuras situaciones embarazosas...", remeda Leo con una sonrisa burlona, que Lisías acepta de buen grado. Ese joven realmente lo divierte mucho. "¿Reclamas a esa hembra para ti?"

"No", responde.

Un segundo demasiado tarde. Un segundo que no pasa desapercibido a los oídos de Leo. Su sonrisa se hace más amplia, más sarcástica.

"Por ahora", concluye Leo, a todas luces divertido.

Quizá debería haberlo puesto en su lugar. Quizá debería enseñarle que ese no es el modo en que un joven neófito como él debe comportarse ante un Hijo del Milenio. Pero el chico le gusta. Le gusta mucho. Es valiente. Leal y sincero. Y promete. Promete más que nadie que haya conocido antes. Así que se sorprende a si mismo – ¿cuánto se ha sorprendido desde que entró en esa casa? Mucho más que en los últimos cien años juntos – sonriéndole abiertamente al muchacho.

"Por ahora", asiente.