La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.


Capítulo 10
Vuelta a casa y el espíritu Eldin

Zelda observaba desde el carruaje como el bosque se iba alejando poco a poco. Echaría mucho de menos aquel lugar, pero le consolaba saber que se llevaba consigo algo muy importante. Miró a Link, quien caminaba junto al carruaje.

Todos los miembros del servicio estaban sorprendidos del comportamiento del lobo durante el viaje. Éste ignoraba completamente a los caballos y los caballos parecían también no darle importancia a la presencia de aquel depredador. Zelda sentía curiosidad por eso último, se hizo a sí misma un recordatorio de preguntárselo durante la siguiente luna nueva.

Solo de recordar la luna nueva la princesa no podía evitar ruborizarse. Tenía muy vivos todavía los recuerdos de dos días atrás, cuando habían ido a ver a Latoan. Él la había besado en la frente dos veces, en esos momentos había sentido una sensación muy agradable dentro de ella. No supo cómo, pero comenzó a imaginar cómo sería sentir los labios de él sobre los suyos. Rápidamente, sacó aquella idea de su mente. No podía ser, ella era una princesa, aquello no era correcto. Aunque se repetía a sí misma esas palabras una y otra vez, éstas cada vez tenían menos fuerza y aquellas imágenes volvían a aparecer en su mente sin que pudiera remediarlo.

Desvió su vista y la posó en el libro abierto que había sobre su regazo. Mejor que se centrara en otras cosas.

— ¿Estás bien? —preguntó Impa—. Tienes toda la cara roja, ¿no tendrás fiebre?

— Por supuesto que no —contestó Zelda volviendo a desviar la vista hacia la ventana.

Huyendo de la mirada de Impa, se topó con la de Link, quien la miraba con ojos curiosos. No pudo evitar volver a rememorar aquellos momentos y notó de nuevo como sus mejillas se encendían. ¿Por qué tenía que conservar aquella mirada tan intensa cuando era un lobo? No le ayudaban en absoluto a distraerse de aquello.

Viendo que no podía concentrarse en la lectura, Zelda optó por recordar lo que había ocurrido aquella mañana. Había ido a ver a Johann, quería despedirse de él. Pese a lo que había ocurrido, Zelda sabía que no era mala persona, solo un poco impulsivo y posesivo, y, ya que probablemente no volverían a verse, quería tener un buen recuerdo del tiempo que habían pasado juntos. Por desgracia, cuando fue a casa de sus tíos, éstos le habían comunicado que ya hacía tiempo que había vuelto a casa. Se sintió algo apenada y culpable por no poder haberlo visto una última vez, él había sido el primer amigo que había tenido sin que su título de princesa tuviera nada que ver.


Al igual que la última vez, por la noche pararon para cenar y dormir. Esta vez Zelda había insistido en dormir en una tienda como los demás, no quería volver a dormir en un asiento tan estrecho. Puesto que llevaban una tienda de más, por si acaso, Impa accedió, aunque no le hizo mucha gracia que dejara entrar al lobo y que durmiera con ellas, pero Zelda no iba a dejarlo dormir en la intemperie con el frío que hacía. Al final, a regañadientes, Impa accedió a esto también.

Tal y como había supuesto, y pese a que el lecho donde dormía era algo duro, estaba mucho más cómoda que cuando durmió en el carro, pero encontró un contratiempo bastante importante mientras intentaba dormir, el frío. Estaba acurrucada, hecha un ovillo, bajo las mantas, pero no había manera de entrar en calor. Miró a Impa que dormía plácidamente y suspiró. Oyó un ruido y miró hacia el origen. Vio a Link, quien dormía a los pies de ambas, levantarse y acercarse. La observó un momento y se tumbó junto a ella, acercándose todo lo que podía.

— ¿Vienes a darme calor? —susurró ella, él se limitó a mirarla—. Gracias.

Con sus mantas, lo cubrió y se pegó a él. Era realmente cálido, notaba cómo el frío iba remitiendo rápidamente.

— No hay mejor estufa que un animal peludo como tú —bromeó con una pequeña risa.

Link soltó un pequeño gruñido, no muy contento con el comentario, y Zelda volvió a reír. Se acurrucó más contra él y no tardó mucho en dormirse.


El viaje estaba llegando a su fin. A poca distancia delante de ellos, se alzaban las murallas de la Ciudadela y, dentro de ella, el majestuoso castillo de Hyrule. Observó aquel gran edificio en el que había vivido toda su vida con una mezcla de alegría y tristeza, alegría por volver a casa y ver a su padre, tristeza porque significaba que sus vacaciones se habían acabado y debía volver a sus deberes como princesa.

Miró a Link quien, nuevamente, caminaba junto al carro. Se preguntó si, después de tantos años viviendo en la tranquilidad del bosque, estaría a gusto en el castillo con todo su ajetreo diario. Esperaba que no se arrepintiera de su decisión.

Cuando bajó del carruaje, ya dentro del jardín frontal del castillo, Zelda vio a su padre esperándole en la puerta. Corrió hasta él y lo abrazó.

— Mi pequeña Zelda —dijo el rey devolviéndole el abrazo—. Cuánto te he echado de menos —se separó de ella y la observó de arriba abajo—. Tienes mucha mejor cara, pareces más saludable.

— Majestad —saludó Impa con una reverencia, colocándose junto a la princesa.

Zelda observó a Link también acercándose y colocándose a su otro lado. Se agachó para ponerse a su altura y se dirigió a su padre.

— Padre, quiero presentarte a mi nuevo amigo —informó con una gran sonrisa—. A partir de ahora vivirá aquí con nosotros.

El rey miró al animal fijamente, sorprendido.

— ¡¿Un lobo?! —exclamó horrorizado—. ¿Has traído un lobo? ¿Estás loca?

Zelda no había esperado aquella reacción por parte de su padre. Sabía que no iba a estar muy feliz con aquello, pero esperaba poder convencerlo con bastante facilidad.

— Impa, ¿por qué le has dejado?

— Veréis, Majestad…

— Espera, padre —interrumpió Zelda—. No es peligroso, hace siempre lo que se le dice, ¿verdad, Link? —se dirigió al lobo con una pequeña sonrisa.

— ¿Link? ¿Le has puesto tú ese nombre?

La princesa miró a su padre inquisitivamente, parecía estar reaccionando de la misma manera que Impa al conocer el nombre del lobo. ¿Qué tenía de especial aquel nombre? Era cierto que no era muy común, pero era un nombre normal y corriente, ¿no?

— Sí… bueno… —titubeó—. ¿Ocurre algo con el nombre de Link?

— ¿Eh? ¡Ah, no, nada! No te preocupes.

Miró a Link, quien la miraba confuso, y vio por el rabillo del ojo a su padre mirar fijamente a Impa, a lo que ésta negó con la cabeza. Todo aquello era realmente muy extraño.

Entraron finalmente en el castillo. Los sirvientes cogieron los equipajes y los llevaron a sus respectivas habitaciones. Zelda se disculpó con su padre y corrió tras de ellos, con Link siguiéndola de cerca. En una de las maletas llevaba las cosas de él, incluyendo su espada, y no podía permitir que nadie las viera.


— Aún no puedo creer que hayas permitido que tenga a ese lobo como mascota, Impa —dijo el rey enfadado—. ¿En qué estabas pensando? Es un animal salvaje.

— Lo sé Majestad, yo también pensaba como vos —respondió—, pero llevo semanas observándolo y os puedo asegurar que es completamente inofensivo.

El rey la miró de forma inquisitiva, dudando de sus palabras.

— No se comporta como un animal salvaje —continuó explicando—, es más, a veces no se comporta ni siquiera como un animal. Es realmente extraño y sorprendentemente inteligente, entiende cualquier cosa que se le diga.

— Aun así, no me convence tener un lobo aquí en el castillo, es peligroso.

— Creedme, Majestad, cuando os digo que si hubiera visto algún peligro, por muy pequeño que fuera, no le hubiese dejado tenerlo. Es más, creo que es favorable para ella.

— ¿Qué quieres decir?

— Cuando está con él, vuestra hija parece muy relajada y realmente feliz —dijo Impa con mirada afable—. Creo que tener a Link es lo mejor para ella.

El rey permaneció unos minutos en silencio, pensativo. Finalmente suspiró y se reclinó en su asiento, mirando al techo.

— Link, ¿eh? —murmuró casi para sí mismo—. Todavía no me creo que le haya puesto ese nombre. Parece cosa del destino —añadió con una débil sonrisa—, o incluso un designio de las diosas.

— Es solo un nombre, Majestad —dijo Impa—. Sé que para vos guarda un gran significado, pero, por muy raro que sea, sigue siendo un nombre —insistió—. Antes de tener al lobo, la princesa estuvo en Ordon, puede que lo oyera allí.

— Es posible…

En ese momento, llamaron a la puerta. Impa se apresuró a abrirla y dejó pasar a Zelda y al lobo, quien caminaba junto a ella. El rey miró atentamente al animal. Hasta ahora no lo había observado al detalle. Era grande, con el pelaje gris oscuro, algunas zonas más oscuras que otras, y llevaba un lapislázuli colgado del cuello, pero lo que más destacaba de él eran sus brillantes ojos azules. Era raro ver un lobo adulto con aquel color de ojos, pero debía reconocer que eran realmente hermosos.

Estuvo escuchando durante un largo rato lo que Zelda le contaba acerca de su estancia en la finca y sobre sus paseos por el Bosque de Farone. También le contó que el lobo le había salvado de unos perros salvajes que la habían atacado. Aunque aún no estaba muy convencido de tener allí a aquel animal, no pudo evitar darle las gracias mentalmente por salvar a su hija.

Tras terminar de explicarle todo aquello, cambiaron a un tema mucho más serio. Ahora le tocaba a él contarle todo lo que había ocurrido en su ausencia.

Las negociaciones con el Pueblo del Desierto no iban nada bien. Aquel hombre hacía oídos sordos a cualquier petición de diálogo por parte suya. El rey comenzaba a exasperarse, si al menos supiera qué era lo que quería, no iría dando palos de ciego todo el rato.

— Hasta ahora solo ha habido pequeñas escaramuzas —informó el rey—, pero mis espías me han comunicado que está posicionando su ejército cerca de la frontera. En cualquier momento nos atacará con todo lo que dispone.

— La cosa no pinta muy bien —dijo Impa preocupada.

Tanto Impa como Zelda estaban sentadas frente al escritorio del rey. El lobo estaba sentado sobre sus patas traseras junto a la princesa, mientras ella le acariciaba el cuello ausentemente.

— ¡Ese maldito Ganondorf! —exclamó el rey furioso dando un fuerte golpe sobre el brazo de la silla—. Si al menos nos dijera qué es lo que quiere podríamos llegar a una solución pacífica.

Casi como reacción a sus palabras, se comenzó a oír un gruñido. El lobo estaba tenso, gruñía enseñando parcialmente sus dientes, pero no parecía estar dirigido hacia nadie en concreto, pues no miraba a ninguno de ellos.

— ¿Qué ocurre, Link? —preguntó Zelda poniendo la mano sobre la cabeza del animal.

El lobo dejó de gruñir y la miró. Emitió un débil gemido para luego bajar la cabeza.

— ¿Estás preocupado? —preguntó ella de nuevo, Link soltó un corto ladrido, volviendo a mirarla—. No te preocupes —dijo en tono tranquilizador—, aquí en el castillo estamos a salvo.

El animal volvió a bajar la cabeza y resopló. Si no fuera porque sabía que era imposible, el rey habría jurado que el lobo parecía frustrado.

— Será mejor que cambiemos de tema —dijo el rey—. Mañana retomarás tus deberes de princesa, al igual que tus estudios. También tienes programado un encuentro con Gerald, el hijo del conde Edwin.

Zelda soltó un gemido de desagrado.

— Sé que no te gusta esto, pero cuanto antes empieces, antes te acostumbrarás de nuevo —aseguró el rey—. Les he dicho a tus maestros que no sean muy exigentes, que has estado mucho tiempo fuera por tu enfermedad.


Tal y como su padre le había informado, al día siguiente Zelda comenzó sus clases de nuevo. Normalmente estudiaba en una pequeña sala de estudio en una de las plantas superiores del castillo, pero había pedido que la cambiaran por la biblioteca, en la planta baja. De aquella manera podía observar a Link, quien permanecía en el jardín mientras tanto. Él una vez le había dicho que el cuerpo de un lobo necesitaba mucho ejercicio, por lo que decidieron aprovechar aquellos momentos para que corriera por los enormes jardines del castillo.

Por la tarde se reunió con Lord Gerald, uno de sus pretendientes. El encuentro fue tan tedioso y desagradable como muchos otros que había tenido antes, pero gracias a Link al final resultó bastante divertido. La presencia del lobo junto a ella había intimidado mucho al Lord, quien no se había atrevido a acercarse mucho a la princesa y permanecía todo el tiempo mirando a Link con recelo y algo de miedo. En un momento de la reunión, Gerald intentó cogerla de la mano, para evidente disgusto de la princesa, pero, en cuanto la tocó, Link comenzó a gruñir y a enseñar los dientes. El Lord apartó enseguida la mano, se disculpó ante la princesa y se retiró a toda prisa.

Cuando Lord Gerald cerró la puerta, Zelda no pudo evitar soltar una gran carcajada. Se agachó junto a Link y lo abrazó, aún riendo.

— Por las diosas, lo que hubiese dado por tenerte a mi lado estos últimos años —dijo Zelda con una sonrisa divertida—. Eres mucho más efectivo que Impa a la hora de espantar pretendientes pesados. A partir de ahora me vas a acompañar a todos y cada uno de esos encuentros. Cuando veas que se alargan mucho o se vuelven unos pesados, te doy permiso para echarlos.

Link ladró una vez y comenzó a mover la cola con energía. Zelda sabía que aquel gesto era el equivalente a una sonrisa.


Pasaron varias semanas de rutina. Al parecer su padre había tenido en cuenta sus anteriores problemas de estrés y había reducido un poco sus horas de estudio, así como las visitas de pretendientes. Gracias a eso, gozaba de bastante tiempo libre por las tardes, tiempo que aprovechaba para sus lecciones de esgrima y arco, para pasear por el castillo o los jardines con Link o incluso salir a la Ciudadela con él, para que así conociera la zona.

Como habían quedado, Link se dedicaba a espantar a sus pretendientes, gracias a eso aquellas reuniones también se habían acortado en duración. Por desgracia, una tarde, tres semanas después de haber regresado, Link tuvo que ausentarse, tuvo que quedarse en la habitación. Esa noche era luna nueva, no podían arriesgarse a que se transformara delante de alguien. En su lugar, a petición de Zelda, Impa había estado presente en aquella reunión, como en el pasado, pero por desgracia Impa era más paciente y tardó más tiempo en "echar educadamente" a aquel pretendiente.

Cuando volvió a su habitación, Link ya se había transformado. Estaba sentado en el suelo, sobre la alfombra, apoyando la espalda en los pies de la cama y leyendo un libro. Parecía concentrado, pues no se giró cuando ella entró.

— Es muy poco prudente por tu parte estar ahí leyendo —dijo Zelda tras cerrar la puerta—. ¿Qué hubiese pasado si no hubiese sido yo la que ha entrado?

— Mis sentidos no son tan agudos como cuando soy un lobo —contestó sin girarse—, pero aún puedo distinguir el ruido de las pisadas, sabía que eras tú.

Zelda se acercó hasta él y se sentó a su lado, soltando un largo suspiro. Link por fin desvió la mirada del libro y la dirigió hasta ella.

— Pareces cansada —dijo mientras le apartaba algunos mechones que caían sobre su rostro—. Hoy deberías irte pronto a dormir.

Zelda negó energéticamente moviendo la cabeza de un lado a otro, eso era lo último que pensaba hacer. Se acercó más a él y apoyó la cabeza sobre su hombro. A él no pareció importarle, pues no dijo nada ni hizo algún gesto que lo sugiriera, todo lo contrario, pareció pegarse más a ella y colocarse de manera que estuviera más cómoda.

— Si tanto te disgusta reunirte con pretendientes, ¿por qué tu padre te hace pasar por ello? —cuestionó con algo de irritación en su voz.

— Porque es importante para el reino —contestó ella en tono cansado—. Es necesario encontrar a alguien adecuado con el cual gobernar en el futuro y continuar la línea sucesoria.

Link guardó silencio unos segundos, pensativo.

— Dime una cosa, ¿cualquiera puede venir aquí y decir que quiere ser uno de tus pretendientes o hay requisitos para ello?

— Por supuesto que no puede ser cualquiera —respondió Zelda con una pequeña risa—. Ha de ser alguien de sangre noble o real y, preferiblemente, alguien que tenga una edad aproximada a la mía, mi padre no quiere que sea demasiado mayor o demasiado joven que yo.

— Entiendo… —dijo él con voz apagada.

Zelda se apartó un poco de él y lo miró. Link parecía algo molesto y distante. No podía ser que fuera por el asunto de sus pretendientes, ¿verdad?

— No me digas que estás celoso porque no puedes ser uno de mis pretendientes —dijo Zelda en tono de broma.

Link la miró, parecía algo sorprendido, luego apartó enseguida la mirada.

— Es posible.

Tras decir eso, se levantó antes de que ella pudiera decir nada más, se acercó al lado de la cama y se metió debajo. En ese momento alguien llamó a la puerta. Al principio Zelda no reaccionó, pero en cuanto oyó la voz de una de sus doncellas llamarla desde el otro lado de la puerta, lo hizo por fin y la mandó pasar.

— La cena está servida —informó la sirvienta.

— Enseguida bajo.

Acto seguido, la sirvienta salió y cerró tras de sí la puerta.

Zelda no sabía qué pensar sobre lo que Link le había dicho. Él por su parte, pese a que la sirvienta se había marchado, no parecía querer salir de debajo de la cama. Probablemente estaba avergonzado.

— Bajo a cenar —informó acercándose a la puerta—, te traeré algo.

Como respuesta, solo oyó un murmullo de asentimiento.

Salió de la habitación y se dirigió al comedor. Por el camino, no dejó de darle vueltas al asunto. Link había insinuado que quería cortejarla como uno de sus pretendientes. ¿Significaba eso que sentía algo por ella? ¿Qué debía decir o hacer ahora? Hacía tiempo que había reconocido para sí misma que estaba enamorada de él, pero era una princesa y, como tal, aquello no era posible. Debía rechazarlo, decirle que apreciaba mucho sus sentimientos pero que su deber como princesa no le dejaba aceptarlos. Sí, aquello era lo mejor para ambos, por mucho que le doliera hacerlo.


Era un idiota, idiota, idiota, idiota. ¿Cómo había sido tan estúpido como para hacer algo así, como para confesarle a Zelda sus sentimientos? Por supuesto que no lo había dicho directamente, pero no había que ser muy listo para darse cuenta de lo que había insinuado. Lo peor de todo era que lo había hecho justo después de saber que no tenía absolutamente ninguna posibilidad de estar con ella.

Hasta ahora había tenido la esperanza de que, cuando todo acabase y él pudiera conservar su aspecto normal, pudiera cortejarla al igual que hacían todos aquellos pretendientes, pero aquella esperanza se había esfumado en un instante. Para ello se necesitaba tener sangre noble y él no era más que un don nadie, hijo de un soldado y una burguesa. Era posible que la familia de su madre fuera importante y con dinero, pero no estaban respaldados por un título.

Caminó dando vueltas alrededor de la habitación, pensando. Debía arreglar aquello como fuera. También estaba el asunto de las dos perlas que le faltaba, debía visitar a los dos restantes espíritus cuanto antes.

Tras un rato de meditación, escuchó el ruido de pisadas acercarse. Sabía perfectamente que eran las de Zelda. No pudo evitar esbozar una sonrisa al oírlas, siempre lo hacía, las pisadas de ella eran suaves y tenían un ritmo constante. Permaneció de pie, de espaldas a la puerta, cuando ella entró. No se atrevía a mirarla a la cara, no todavía.

La oyó acercarse y detenerse justo detrás de él. Notó cómo posaba sus delicadas manos y su frente sobre su espalda. Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada, hasta que, finalmente, ella se atrevió a hablar.

— Link, yo… —comenzó a decir ella de forma dubitativa, parecía no saber muy bien qué decir.

— En un par de semanas me iré —interrumpió Link—. Saldré a primera hora de la mañana.

Notó como ella separaba su frente de él y como agarraba con fuerza su camisa.

— Pero… —intentó decir, pero fue de nuevo interrumpida.

— Iré a ver a Eldin para conseguir la tercera perla —informó—. Es mejor que vaya yo solo, no creo que te dejen venir conmigo.

— Entonces volverás, ¿verdad? —preguntó Zelda con esperanza en la voz.

— Por supuesto —asintió él, girándose un poco hacia ella, esbozando una sonrisa—. Después de ver lo pesados que pueden llegar a ser tus pretendientes, no puedo dejarte sola ante ellos. En serio, tu padre debería ser un poco más exigente a la hora de elegir quienes pueden cortejarte y quienes no, son muy persistentes.

Zelda rió. Soltó la camisa de él, la cual aún agarraba, y volvió a posar sus palmas y frente sobre su espalda.

— Link… —comenzó a decir—, sobre lo que has dicho antes de que me fuera…

— Olvídalo —interrumpió él—. Olvida lo que he dicho. Sé que no tengo ninguna posibilidad contigo.

— Lo siento —se disculpó ella, abrazándolo por detrás.

— ¿Por qué te disculpas? Así es la vida, no siempre obtienes lo que deseas.

Permanecieron en silencio unos instantes. Link cogió una de las manos de ella con su izquierda, entrelazando los dedos.

— Solo quiero pedirte una cosa, Zelda.

— Dime —dijo ella contra su espalda.

— Déjame que me quede a tu lado, es lo único que quiero. Haré cualquier cosa que me pidas a cambio, incluso morder a esos pretendientes arrogantes y pesados —añadió en tono divertido.

Zelda rió ante aquel comentario.

— Lo digo en serio.

— Lo sé —respondió Zelda relajando su abrazo—. Yo también quiero que estés a mi lado, Link, ¿pero qué pasará cuando ya no seas un lobo? No creo que pueda mantenerte escondido cuando ocurra.

— No te preocupes por eso —se deshizo del abrazo de ella y se giró, quedando ambos cara a cara—. Desde siempre he querido ser soldado, ser un guardia del castillo como mi padre. Ahora solo tengo un motivo más para ello —dijo con una sonrisa.

Zelda lo volvió a abrazar. Esta vez, él también la abrazó.

— Si es necesario, te haré mi guardia personal. De esa manera, nadie podrá alejarte de mí.

En ese momento fue él el que rió.


Tal y como había planeado, Link salió en busca del espíritu Eldin dos semanas más tarde. El viaje no estaba siendo muy cómodo precisamente, llevaba a cuestas demasiadas cosas. Del cuello llevaba colgada una pequeña bolsita con las dos perlas del alma que había conseguido hasta el momento y en la espalda y los costados llevaba su espada, su escudo, el arco de luz y ropa por si Eldin, al igual que las otras veces, le devolvía su forma temporalmente.

Antes de partir, Zelda le había indicado el camino que debía seguir. Le había señalado una montaña no muy lejana, en cuyo pie se hallaba el pueblo de Kakariko, el lugar en el que se encontraba la fuente del espíritu de luz.

Estuvo casi una jornada entera de viaje hasta poder alcanzar el pueblo. Cuando llegó, faltaban apenas un par de horas para el amanecer. Las calles estaban completamente desiertas, a excepción de algunos cucos sueltos que caminaban tranquilamente. Con el tiempo, Link había aprendido a que otros animales no se alertaran con su presencia, con su forma de caminar y mostrando tranquilidad les hacía ver que no presentaba ningún peligro para ellos.

Atravesó todo el pueblo para llegar a la fuente. Como otras veces, el agua se iluminó y apareció el espíritu, agarrando con sus garras la esfera de luz. La apariencia de Eldin era parecida a la de un pájaro, pero sus dimensiones eran mucho más grandes y no tenía pico.

— Mi nombre es Eldin. Soy uno de los espíritus que dan luz a Hyrule, y protejo estas tierras —dijo el espíritu con voz solemne—. Venís a buscar la perla, ¿me equivoco?

Link ladró, contestando a su pregunta.

— Detrás de aquel edificio —señaló—, hay un camino que conduce hasta el cementerio. Bajo la segunda tumba comenzando por la izquierda de la tercera fila, hay un pasadizo que conduce hasta el lugar en el que está guardada. En cuanto lleguéis frente a la tumba, os devolveré temporalmente vuestra forma real. No os preocupéis —dijo al ver la expresión de preocupación de Link—, nada ni nadie podrá acercarse al cementerio mientras estéis allí, por lo que nadie os verá. Pero recordad que en cuanto pongáis un pie fuera de la tumba, volveréis a ser un lobo.

Dicho eso, el espíritu volvió a desaparecer.

Link siguió el camino indicado hasta llegar al cementerio. Una vez allí caminó hasta la tumba indicada. Tal y como había dicho Eldin, en cuanto estuvo frente a ella, recuperó su forma real. Sin la protección del pelaje que tenía cuando era un lobo, Link comenzó a notar el fuerte frío invernal, así que se apresuró a ponerse la ropa que llevaba consigo.

Una vez vestido, examinó la losa de piedra frente a la lápida buscando la manera de moverla, pues parecía muy pesada. Posó su mano izquierda sobre la losa y, al igual que ya pasó en las ruinas del Templo del Tiempo, la marca de su dorso comenzó a brillar. La losa empezó a moverse sola hacia un lado y dejó al descubierto una gran entrada en el suelo con unos escalones que bajaban adentrándose en la oscuridad. Siguió el pasadizo al que conducían las escaleras y llegó hasta una puerta de piedra, que también se abrió al contacto de su mano.

Las pruebas que tuvo que pasar en aquel lugar le recordaron a las de las ruinas bajo el Templo del Tiempo, pero más difíciles. No ayudaba mucho la poca visibilidad del lugar y la atmósfera que se respiraba. Era un sitio lúgubre, oscuro, a penas iluminado por unos pequeños orbes de luz, y había mucha humedad.

Algunos enemigos se cruzaron en su camino, la mayoría una especie de cadáveres putrefactos andantes. Gracias a los libros sobre criaturas y monstruos que Zelda le había mostrado en el castillo, Link pudo reconocer qué eran, reDeads, las criaturas más repugnantes que jamás había visto. Al principio le había costado derrotarles, pues cada vez que intentaba acercarse éstos emitían un fuerte y agudo chillido que helaba la sangre y que lo paralizaba. Pronto recordó que llevaba consigo el arco de luz, así que lo empuñó y disparó una flecha contra el monstruo. Las flechas de luz resultaron ser increíblemente efectivas, pues acababan con ellos en un instante.

Siguió avanzando, desactivando trampas y derrotando a monstruos de aspecto no muy agradable, hasta llegar a una gran sala circular. La sala era oscura, apenas iluminada por una débil luz azulada, y un manto de niebla cubría el suelo. Cruzó la sala, dirigiéndose a la puerta que había al otro lado pero, cuando llegó frente a ella, notó un escalofrío recorrer su espalda. Notaba frío tras él y comenzó a oír el sonido de una respiración, un jadeo.

Se dio la vuelta para ver cómo una enorme espada se precipitaba sobre él. Dio un salto hacia un lado, esquivando por un pelo la afilada hoja que golpeó el suelo con un fuerte sonido metálico. El corazón de Link latía con rapidez. Alzó la vista y contempló a su enemigo. Parecía un espectro, era el doble de alto que él, portaba una gran espada negra e iba cubierto por un oscuro manto con capucha que no permitía ver su rostro, lo único que dejaba entrever era una débil luz roja.

El espectro volvió a atacar. Link alzó su escudo y se protegió del ataque. Notó un hormigueo por todo su brazo, aquello no había sido muy buena idea, aquel espectro tenía una fuerza descomunal. Mientras esquivaba y bloqueaba distintos ataques, vio una pequeña oportunidad y aprovechó para contraatacar. Cuando su espada iba a alcanzar a su rival, éste desapareció sin dejar rastro. Notó de nuevo aquel aire frío en su espalda, el espectro se había trasladado hasta ahí. Se giró justo a tiempo para bloquear la espada del espectro con la suya.

Durante el intercambio de golpes, Link observó que la luz roja del rostro del espectro desaparecía cuando no estaba atacando. Casualmente, siempre que él había atacado aquella luz no estaba. Siguió esquivando y bloqueando, a la espera del momento perfecto para atacar. Cuando éste llegó, dio un gran salto y clavó con fuerza su espada en el centro de la luz roja. El espectro emitió un fuerte chillido, parecido al de los reDeads, y se desplomó en el suelo. Su manto se fue desintegrando, formando una sombra en el suelo hasta que ésta también desapareció.

Junto al espectro, también desapareció la niebla y la sala se iluminó un poco más. Link se dirigió nuevamente hasta la puerta y posó su mano izquierda sobre ella. La puerta se abrió y entró a una pequeña sala. Sobre un pedestal encontró un pequeño cofre. Lo abrió y sacó de él la tercera perla del alma. A su espalda, apareció un círculo de luz, se introdujo en él y fue transportado a la entrada del lugar, justo frente a las escaleras que conducían a la superficie.

Permaneció unos instantes ahí quieto, de pie, mirando hacia el exterior, en cuanto pusiera un pie fuera, volvería a ser un lobo. Bajó la mirada y se miró las manos. Farone le había asegurado que pronto todo terminaría, que aquella transformación ya no sería necesaria. Intuía que las palabras del espíritu tenían algo que ver con los movimientos de aquel hombre más allá de la frontera. Gracias a la marca de su mano, podía saber si estaba cerca o no. Hacía años que no lo notaba en la cercanía, siempre se mantenía lejos, fuera del reino.

Link palideció. Qué estúpido había sido, al tener durante tanto tiempo a Zelda tan cerca, no se había percatado antes de ello. Notó cómo el estómago se le encogía y un picor en el dorso de su mano izquierda. Aquel hombre se había puesto en movimiento, ya había cruzado la frontera.

Tenía que avisar a Zelda del peligro, pero aún quedaban dos semanas para la siguiente luna nueva. Chasqueó la lengua frustrado, en ese momento deseó más que nunca no transformarse en lobo. Suspiró, debía mantener la calma, aquel hombre aún estaba lejos y tampoco percibía que pronto fuera a ponerse de nuevo en marcha. El reino era muy grande y, por la distancia, calculaba que tardaría al menos varias semanas en llegar hasta el castillo, eso si se ponía en marcha ese mismo día, cosa que no percibía que fuera a ser así. Igualmente decidió estar en guardia y atento a sus movimientos.

Aún quedaba la cuestión de la última perla, pero no iba a arriesgarse a separarse de Zelda, no sin antes poder hablar con ella y avisarla.


Comentarios: Ya habéis visto que no me he enrollado mucho con la tercera mazmorra, a mi parecer no es tan interesante cuando te la explican que cuando la recorres tu mismo.
Ganondorf ya se ha puesto en marcha, por lo que no quedan ya muchos capítulos. Espero que sigáis esta historia hasta el final.

Gracias a todos por seguir esta historia y/o por vuestros comentarios. También gracias a Alfax por su ayuda como beta reader.

Por último, deciros que ya he encontrado traductores para mis dos fics. Muchas gracias a ambos por vuestra ayuda.

¡Hasta pronto!