SIN AMOR

ENTREGANDO...

Los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Historia sin fines de lucro... etc. Etc. Etc... ¿Qué más puedo decir? Una disculpa de antemano...

Entre sedas, la diosa del amor me exige un tributo a su belleza inconstante...

El sol avanzaba por el cielo, entrando a raudales por el tragaluz del toldo. Poco a poco, provocó que la hermosa pelinegra tendida en la extraña mesa acolchada fuese arrugando el ceño, y obligándose a despertar. Lentamente se incorporó, ayudándose con los finos brazos. Tan pronto como volvió en sí, cayó en cuenta que no reconocía nada en ése lugar…

Eso, hasta que una voz masculina tras ella, la hizo soltar un pequeño grito acompañado de su correspondiente salto…

-Veo que has despertado, hermana – la voz traslucía cierto grado de diversión- ¿Descansaste?

-Eh… esto… yo… -repentinamente fue consciente de su total desnudez, llevando la vista a toda velocidad hacia abajo, hacia su cuerpo. Grande fue su incomodidad al encontrar su entrepierna y sus muslos manchados de la semilla de su acompañante, ya seca- ¡Kami-Sama!

-Mh –eso, en el idioma del príncipe, era casi una carcajada- no te asustes… así debe ser…

-Eh... sí... esto... – la chica iba a intentar cubrirse, pero de nueva cuenta entendió que no venía al caso- Bien… buen día para usted, hermano...

-Deberías dormir un rato más – Sesshoumaru parecía completamente despabilado y tranquilo. La miraba sin morbo alguno- Ya sabes que los festejos comenzarán en cuanto salgas por esa puerta...

-Festejos... –el abatimiento se reflejó en el blanco rostro

-¿Demasiadas fiestas para ti?

-Un poco, sí – le sonrió con los ojos aún adormilados- no estaba acostumbrada. Más bien vivía encerrada, y mis celebraciones eran meramente femeninas...

-Mhh – se estiró golosamente, sabiéndose observado por la mujer- pues habrás de acostumbrarte. Como la esposa de mi hermano, tendrás que acudir a todas las celebraciones...

-Y... ¿Participar también?

-¿Participar? – la miró un par de segundos sin comprender. Luego soltó una sonora y auténtica carcajada- ¡Eso depende!... pero ya solo Padre o Yo podremos reclamarte en el lecho... nadie más... además de mi hermano….

-¿Reclamarme en el lecho? – se ruborizó intensamente

Más ya no le respondió, poniéndose de pie para acercar a la mesa una fuente de porcelana llena de agua. Se la tendió, colocándola cerca de la joven.

-Puedes lavarte la cara, si lo deseas – el hermoso rostro inexpresivo pareció resplandecer- pero ya sabes que no debes lavarte mi semen...

-Entiendo, sí – la palabra la avergonzó un poco... solo la había oído de Inuyasha, y escucharla de labios de su cuñado era... perturbador

La muchacha metió las manos al agua, que encontró agradablemente fresca, y se lavó concienzudamente el rostro. Omitió cualquier otra parte de su anatomía, aunque estaba deseando con toda su alma darse un baño profundo y reparador.

En cuanto terminó, el youkai levantó nuevamente la fuente, y la llevó a su lugar original.

-Gracias, Sesshoumaru sama – murmuró ella, con una leve inclinación de cabeza

-¿Sesshoumaru sama? –Repitió, ligeramente burlón- ¿Sama?... ¿No fue hace solo unas horas que gritaste mi nombre pidiéndome que te...?

-¡Por Kami!- lo interrumpió ella, incapaz de sostenerle la mirada

El solo dejó salir una especie de "mh" amortiguado, pero ya no hizo más comentarios que la avergonzaran. Kagome lo miró extrañada. Según todo el mundo, incluso según lo poco que había logrado sacarle a el propio Inuyasha, Sesshoumaru era absoluta y genéticamente incapaz de ser amable y comedido... mucho menos tierno...

Pero ahí estaba ése temible youkai, que en todo momento fue cuidadoso, y que además le trajo el agua... y bromeaba con ella... ¿Quién se estaba equivocando?...

Sin embargo, no pudo seguir cavilando al respecto, o hablando con su cuñado, por que antes de que se dieran cuenta, una cohorte de ancianos acompañados de InuTaisho entra por la puerta con gran alboroto de música y gritos en el exterior. Apenas llegaron a la pareja tendida, cuando, con un vuelo de telas, entraron también un cortejo de cuatro ancianas hembras vestidas a la manera de las sacerdotisas…

¿Qué estaba pasando?

La pregunta no llegó a formularse. Tan repentinamente como entraron, rodearon a la mujer, y comenzaron sus habituales letanías. Kagome no entendía nada, pero, si algo había aprendido, era que lo ideal era quedarse callada y con los ojos respetuosamente bajos…

Pudo sentir la respiración de Sesshoumaru tras ella. El macho, pegándose a la delicada espalda femenina, le pasó los brazos por el torso, jalándola hacia atrás, para recostarla en su pecho. Ella quiso exclamar algo… asombro, miedo… pero se contuvo en cuando los ojos de Inuatisho encontraron los suyos, como pidiéndole autocontrol.

Las sacerdotisas se colocaron frente a la mujer. Dos de ellas sujetaron cada una, una de sus piernas, mientras otra, la que vestía más lujosamente, ante los ojos indiferentes y casi vacíos de los viejos machos, introdujo dos dedos en la sonrosada intimidad expuesta de la joven. Kagome volvió a ahogar un respingo. Los dedos fueron rotados en su interior, movidos de un lado a otro, causándole dolor debido a las largas garras de la anciana. Un par de lagrimillas rebeldes escaparon de sus ojos castaños, siendo inmediatamente interceptadas por la mano cálida del príncipe.

Sesshoumaru se molestó muchísimo. No se suponía que la lastimaran. Pudo sentir como el grácil cuerpo se tensaba, mientras atestiguaba como la vieja metía los dedos sin cuidado alguno y los rodaba con rudeza… pudo sentir el olor a miedo de la muchacha…

Pudo oler las lágrimas que se esforzaba en ocultar.

La apretó contra sí, buscando reconfortarla de algún modo. Dejó que sus largos cabellos plateados la envolvieran como un manto, cubriendo sus pechos, y parte de su rostro. Nadie tenía derecho a negarle aquello. Secó las saladas lágrimas con la mano libre mientras fulminaba con la mirada a las sacerdotisas, que, indiferentes, seguían con lo suyo.

Por fin, los dedos fueron retirados, llevando la sacerdotisa, su mano al centro del círculo de ancianos, que olfatearon con detenimiento. Todos asintieron con gravedad.

La otra hembra, que permanecía en silencio, se colocó cerca del rostro de Kagome, y, con mayor cuidado, la obligó a abrir la boca. Las cuatro viejas casi hundieron las narices dentro de ella, causándole, sin querer, espasmos de vómito. Aguantó con todas sus fuerzas.

-Sí, ha bebido la semilla. Está marcada- dijeron al unísono, por fin- lleva ahora el olor de la casa del Gran Señor…

-Bien, Maestros, Oráculos, entonces podemos dar por concluida la ceremonia. Su esposo, mi hijo menor, entrará aquí, y la recibirá de manos de su Hermano Mayor.

-Así sea. – dijeron todos, y, con toda la pomposa ceremonia que habían entrado, salieron.

Ssshoumaru clavó los dorados ojos en los cortinajes. Percibiendo el olor de su hermano que se aproximaba, no podía esperar a entregarle a su humana. Sabía lo mucho que le había afectado dejarla en sus manos, y ahora quería regresársela para siempre… esbozó una media sonrisa, que para cualquiera podía haber resultado sarcástica… pero en realidad era de expectación.

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Indiferente a todo lo que lo rodeaba, Inuyasha caminaba de acá para allá como animal enjaulado, por muy exacta que esa suposición llegase a parecer. Esperaba con ansias el mediodía, para que se hiciera la revisión, y se le devolviera a su esposa.

Y cuando al fin su padre y el séquito entraron al pabellón, no pudo ahogar un suspiro de alivio. Todos sus músculos se relajaron al instante, percatándose lo mucho que le dolía el cuerpo, tan tenso estuvo. Sin embargo, ahora solo esperaba la salida de su Señor Padre. Ya tenía a la mano las prendas con las que cubriría tanto a Kagome como a su Oniisama. Ansioso, sonreía de lado. Uno de sus colmillos asomaba casi con fiereza.

En cierto momento captó el movimiento dentro del pabellón. Su padre y los ancianos salieron dando de voces. ¡La ceremonia se daba por concluida a satisfacción!. Inuyasha fue llamado.

Entró en el lugar, un poco penumbroso ya que el toldo fue cerrado. Inmediatamente sus pupilas se dilataron, encontrando con facilidad el aroma de su hermano. Se encaminó hacia ellos, en silencio. Contento.

-Bien, Inuyasha .-la voz del mayor era baja, pero clara y un tanto seca- ¿tienes lo necesario?

-Por supuesto.

-Vístenos – el tono autoritario exudaba indiferencia

El muchacho se encaminó al cuerpo del mayor. Lentamente, con parsimonia, se paró frente a él para rodearlo con los brazos. Suavemente, sin dejar de tocarlo, le colocó la nueva yukata rojo brillante. El color de Inuyasha. La hizo deslizarse por los brazos y los fuertes hombros. En silencio, ambos se miraron por un instante. Kagome no pudo ver nada de esto pues estaba justo tras ellos, en un ángulo difícil…

Con el mismo afecto, rodeó la estrecha cintura del youkai con el cinturón de hilo de oro, y lo ató a su espalda…

En ese momento aprovechó para echar un vistazo a su esposa. Ella lo miraba con intensidad, con amor…

-Es tuya ahora, Inuyasha –la boca del youkai, casi pegada a su oreja izquierda, destilaba cariño- toda tuya, hermanito…

-Sesshoumaru – sin embargo, el volumen fue ínfimo, el gesto demasiado casual. Solo ellos supieron lo que pasaba…

-Ve con ella, Inuyasha… viste a tu mujer y sácala de aquí – otro murmullo cálido. Un delicado beso en su sien, y de pronto el youkai se apartaba bruscamente…

Rudo, seco, indiferente. La máscara había regresado.

- En buena hora, Inuyasha, recibe a tu esposa, tu mujer legítima – extendió la mano hacia la mesa donde ella esperaba- es ahora un miembro de nuestra familia… una hija, una hermana… te la Entrego con mis bendiciones.

-Yo la recibo, Príncipe, hermano mayor, de entre tus manos, como mi esposa legítima – enfocó los dorados ojos de su interlocutor- tomo ahora a tu hermana, mi hembra…

-Que vengan tus hijos, para la gloria de la familia – la palabra hijos casi se le atoró en la garganta, siendo esto captado de inmediato por el hanyou- que sean sangre nuestra…

-Mis hijos serán tus hijos, hermano – eso no pertenecía a la fórmula tradicional, lo que provocó que el youkai abriese mucho los ojos, y su rostro mostrara genuina sorpresa- que sea para la gloria y honor de nuestra familia…

Como paso final, Inuyasha se arrodilló brevemente ante Sesshoumaru, quien respondió apenas recuperado, con un despectivo gesto. Se levantó de inmediato, no sin antes dedicarle una significativa mirada... "Mis hijos serán tus hijos, hermano"… sí que sabía donde darle…

-¡¿Acabaste?!- se alejó varios pasos, con el gesto pétreo

-Sí, lárgate – la voz del hanyou sonaba hastiada- lárgate, idiota…

-Estúpido hanyou – se giró y sacudió la diestra con desdén – deberías agradecerme…

Al fin, tras tanto esperar, logró aproximarse a su Kagome.

Se miraron largamente, incapaces de hablar.

Por fin, él eliminó la distancia entre ellos, envolviéndola con sus brazos, apretándola contra su pecho. Kagome podía sentir el acelerado latir del corazón del macho. El silencioso agradecimiento por tenerla de vuelta. Lloró.

-¿Estás bien Kagome? – Preguntó, asustadísimo- ¡¿Kagome?!

-Estoy bien, Inuyasha – respondió sin separarse, necesitada de ése calor- me alegra muchísimo que todo haya acabado por fin…

-Ahora solo eres mía, Kagome – no supo por que al decirlo, la voz le tembló- ¿Te trató bien?

-Demasiado – susurró, mirando hacia la salida- no me esperaba eso… fue cuidadoso y amable… fue gentil…

-¿Estás segura de que fue Sesshoumaru?

-¡Inuyasha! – rezongó entre risas

La envolvió con la otra hermosa prenda roja, acomodándole la cabellera con un fino broche de oro. Lentamente, le colocó un valioso pendiente de diamantes en el lóbulo derecho. La marca.

La marca real.

-¿Soy ahora como tus concubinas?- había celos en ese tono educado- ¿Inuyasha?

-¡Keh! ¡Claro que no! – El joven la ignoró intencionalmente, contento de sus celos- éste pendiente es el mismo que Padre, hermano y yo llevamos en las ceremonias oficiales. Ésta misma tarde nos lo verás –sonrió, acariciando la joya- nunca jamás estarás al nivel de las concubinas… ahora eres parte de ésta familia, y con el sagrado derecho de portar éste sello…

-Oh… lo siento tanto – ella enrojeció de vergüenza- ¡no lo sabía!

-Me alegra que sientas celos, Kagome…

-Inuyasha… -pero no pudo negarse, por que sabía que estaría mintiendo

Varios minutos después, tras una charla apresurada, salieron a los festejos. No hubo apenas puesto un pie en el exterior, cuando la mujer fue recibida entre un atronador aplauso, y un enloquecedor crescendo de música y gritos de alegría. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontró entre los asistentes, a su querido abuelo, acompañado de varios de los más poderosos generales humanos, que bebían y gritaban como el que más.

-No tienen idea de que se trataba la ceremonia – dijo una voz a su oído, que reconoció inmediatamente como su suegro- no se les dijo gran cosa, para evitar conflictos.

-Entiendo, querido Padre- ella lo miro con una sonrisilla nerviosa- no lo olvidaré…

-Se les dijo simplemente que era un ritual religioso (lo que no está demasiado alejado de la verdad), y que todos los trámites para tu legitimización concluían hoy.

- De todas maneras no hay de que preocuparse –dijo ahora Inuyasha- no podrán acercarse a ti, más que para las salutaciones de rigor, así que no podrás intercambiar mas que las palabras elementales

-Que bien –dijo entre susurros- no me gustaría que me preguntaran en que consistía la cosa…

-¿Cosa? – dijeron al mismo tiempo los tres peliplateados, que en cierto momento la habían rodeado

Rieron con ganas, incluido Sesshoumaru.

Durante el resto del día y su noche, Inuyasha jamás se separó de ella. Tomándola de la mano, se negó rotundamente a ir a cualquier lado a donde ella no pudiera ir. No quería alejarse. No quería dejar de tocarla.

Realmente estaba feliz de tenerla de vuelta… para siempre…

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En el ala de las concubinas, las mujeres participaban también de los festejos. Primero departieron con los demás, pero, al amanecer fueron regresadas al palacio, para ser bañadas y arregladas, ya que serían presentadas a su joven Ama. Entre le algarabía, y las voces femeninas, entre los tules que volaban y el sonido de campanillas de oro, se colaban las voces de una conversación confidencial…

-¿Estás segura?- la voz de un hombre parecía salir de detrás de una pared- ¿Ya es momento?

-Justo ahora, Náraku – Kikyo, recargada en el muro, fingía coser una tira de cristales a una seda- ahora ya no estará tan fuertemente vigilada…

-Entonces lo haremos – una risilla malévola la alcanzó- ¿Tal y como lo planeamos?

-Sí. Quédate al pendiente. Yo te haré una señal cuando esté junto a ella- la mujer paseó los ojos negros por la estancia. De pronto sintió que la miraban- y la llevaremos a donde quedamos…

-Será maravilloso…

-Lo será… - pero le concubina ya no estaba ahí, su mente volaba- lo será…

Fuera del palacio, junto a un ventanal, un hombre apuesto de largo cabello castaño, vestido a la manera de los soldados de Inutaisho, sonreía mientras "vigilaba". Pausadamente, en silencio, se alejó del lugar para ir a reunirse con sus compañeros de armas…

-¡Náraku! – la voz de su jefe de escuadrón lo obligó a voltear y a cuadrarse- ¿Dónde has estado?... ¡te estuvimos buscando!... ve a cambiarte… iremos a presentar a las concubinas a la Señora…

-Sí, señor – el hombre saludó y se marchó corriendo.

Entre los árboles, un par de figuras oscuras lo siguieron con la mirada. Sin el más mínimo ruido, una de las figuras prácticamente se desvaneció en el aire, mientras la otra se internó entre las ramas altas. Otra silueta se acercó lentamente al árbol. Una figura de negro, con un manto púrpura…

-¿Algo que informar?

-Excelencia, seguimos vigilando al soldado –una chica cayó, prácticamente, a sus pies- tenemos sospechas…

-Bien, Sango querida – el joven hombre permanecía con los ojos fijos en el palacio- no los pierdan de vista…

-Kohaku ya lo ha seguido- la chica volvió a desaparecer entre el ramaje- excelencia, no hemos podido captar ninguna de sus conversaciones.

-¿Y la lectura?

-Imposible, excelencia, el soldado parece saber bien lo que hace, siempre se cubre la boca. No hemos podido leerle los labios. Y no nos es posible entrar al palacio…

-Hay una forma de que entraras, Sango…

-Lo sé, mi señor – la chica se ruborizó, aunque oculta- pero preferiría dejarlo como último recurso…

-Iré a presentar mi reporte – al muchacho se giró y se encaminó hacia la gente- dejo todo en tus manos…

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Sesshoumaru bebia tranquilamente de una copa de plata. Observaba todo, pero le gustaba particularmente mirar el rostro de su hermano menor. En eso, entre la multitud, distinguió una mancha negra y púrpura. Enfocó, encontrando de inmediato un par de ojos de un azul muy profundo, levantándose para seguirlos.

Internados en el bosque, tras un árbol, ambos hombres se encontraron.

-¿Algo que decir?

-Tenemos sospechas, mi señor – al monje se inclinó en una profunda reverencia

-Cuéntamelo todo…

-Hemos notado a un soldado que ronda demasiado el muro débil del palacio de las concubinas… más precisamente en el ala del principito…

-Principito –repitió con sorna

-Ya esta vigilado, pero…

-¿Pero?...

-Creo que lo ideal sería que una mujer entrase. Podríamos protegerla mejor desde dentro.

-¿Tienes a alguien pensado?

-Sí, mi príncipe, tengo a la persona ideal…

-¿Y que requieres?

-¿Podría el señor ponerla al servicio de la Señora?...

-Puedo – la mirada incrédula del humano lo hizo reír- tráela mañana a mis aposentos…

-Sí, mi señor…

-Una cosa más – Sesshoumaru le daba la espalda

-¿sí?

-¿Es humana?...

-Sí mi señor, es una humana. Es muy bella y muy dulce, y además es una guerrera fabulosa. No tendrá ningún problema para servir a la Señora, sin contar en que estará en las mejores manos…

-¿Y como se llama?

-Sango…

-Bien, tráela mañana al mediodía. Yo me encargaré de dejarla al lado de mi cuñada.

Y se marchó, dejando al joven humano un poco más tranquilo y un poco más contento. Tenía miedo de que el príncipe sugiriera ponerla de concubina.

Por que esa guerrera era virgen… y era su prometida…

Cuando el mayor de los príncipes arribó al lugar de la fiesta, se encontró con la presentación de las concubinas. Todas ellas, vestidas con todo el lujo, se encaminaban una a una ante la princesita, y se arrodillaban.

Llegó el turno de Kikyo.

La mujer se inclinó, pero, en contra de todos los preceptos, sus ojos jamás bajaron al suelo, clavándolos con un gesto indescifrable en los castaños de su Señora. Incluso Kagome se removió, incómoda ante la mirada fija. Logró ver como Inuyasha lanzó una advertencia con los dorados ojos… pero la ofensa estaba hecha…

Pudo sentir, en la boca del estómago, y latiendo en sus sienes, el desagrado. La detestaba. Era una criatura artera. Él solía captar los pensamientos de los demás. Filtraba lo que no usaba. Pero nunca, ni una sola vez logró captar un solo pensamiento de ella. En ocasiones la mujer lo miraba directo a los ojos, con ese gélido vacío en los ojos negros…

No había miedo… no había respeto…

Y por eso le inspiraba tanto desprecio… por que a través de esa belleza marmórea, adivinaba un alma retorcida. Y estaba dispuesto a todo para evitar que esa vasija de maldad, hiciese daño a su hermano… así tuviese que matarla con sus propias manos. Pero tenía que atenerse a las leyes de su padre. No podía hacer nada sin pruebas…

Entonces conseguiría las pruebas…

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Avanzaba la tarde, mientras Inuyasha, recién levantado, caminaba hasta los aposentos de Sesshoumaru. Le extrañó muchísimo recibir la nota invitándolo. Algo estaría tramando ese youkai del diablo… pero no pudo evitar sonreirse.

Al entrar, descubrió que el youkai estaba solo.

Así que era un asunto personal, ¿Verdad?... ensanchó la sonrisa.

-Inuyasha – al youkai se levantó al verlo- tarde, como siempre…

-Sesshoumaru, me acosté casi al rayar el alba, deberías agradecer que pude levantarme para no dejarte plantado.

-¿Ansioso? – se refería a Kagome

-Un poco- el joven se rascó una oreja muy sabrosamente- todavía tengo que esperar a mañana para usar a mi mujer…

-Mh – al youkai le ofreció un asiento, a lo cual el chico obedeció- ¿té?, ¿vino?

-Estás demasiado amable. No sé si preocuparme o que…

-No seas idiota- el mayor se colocó tras él, y, sin previo aviso, comenzó a acariciarle las peludas orejas blancas.

Inuyasha quiso replicar, pero las expertas manos del youkai lo llevaron a un atontado adormecimiento. Sesshoumaru lo miraba con completa diversión. Seguía masajeando los delicado apéndices, mientras pensaba como decir lo que quería…

-No importa – el hanyou captó sus pensamientos- lo que sea que quieras, lo tienes, siempre y cuando sigas haciendo eso…

-Ja! – el macho soltó una risa, y, con un rápido gesto, terminó la caricia…

-¿Entonces?

-Tengo una humana que acabo de conseguir. Quiero que la pongas al servicio de tu esposa. – Sesshoumaru le ofreció una taza de humeante té- puedo garantizarte su eficiencia…

-Tiene muchísimas sirvientas – la verdad es que no le negaría nada, pero quería hacerlo rabiar un poquito- no necesita otra…

-Pero esta es humana. Podrá ser su amiga…

- ¿Y?

-¿Y que?

-¿Cuál es la otra verdadera razón por la que me pides que meta a una desconocida en el círculo íntimo de mi esposa?

-La otra razón – el mayor rodó la taza entre sus manos, pensativo – es que confíes en mí, Inuyasha. Hazlo como un favor para mí…

-¿Sesshoumaru?

-Y no me hagas preguntas…

-Bien – sorprendió a su hermano mayor con la rápida respuesta- entonces… haré lo que me pides. ¿Y donde está esa maravilla?

-¡Sango! – soltó el youkai.

Una mujer muy bella se materializó ante ellos, rodilla en tierra, y la mirada baja. A Inuyasha le cayó bien de inmediato.

Rato más tarde salía acompañado de la chica. Vestida ahora con el bonito traje de las damas de Kagome. No hubo que convencerla mucho. La princesa se mostró encantada de tener una nueva compañera, una joven humana con la cual congenió al instante. Y sobre todo, compartían ideas…