10
La ciudad de las luces
El aeropuerto estaba abarrotado por una multitud de personas. El sonido de los altavoces anunciando las entradas y salidas, el golpeteo de las ruedas de las maletas en el suelo y los pasos veloces de los viajeros desplazándose entre sala y sala, crisparon un poco los nervios de Regina.
Ella no quería hacer otra cosa más que irse a casa, pasar el fin de semana con su hijo y su novio, y no tener que pensar en trabajo; sin embargo, estaba allí, en medio de uno de los pasillos del aeropuerto, entre el tumulto de personas, abrazada a Henry. Iba vestida con una blusa ligera blanca, una chaqueta color gris y unos jeans negros; llevaba unos zapatos muy cómodos, sin tacón, para soportar las muchas horas de vuelo y el rígido protocolo de la primera clase, al lado de Cruella.
—No olvides cepillarte los dientes tres veces al día, debes tomar la vitamina por las mañanas, habla con tus abuelos de vez en cuando, recuerda que Perdi come dos tazas al día y…
—Mamá…
—Dios mío, necesitas un corte de cabello… ¿Por qué no te llevé antes?
—Mamá…
—¿Sí, cariño?
—Voy a estar bien.
La sonrisa de Henry era segura y confiada. Regina sonrió también, intentando calmarse. Despejó algunos pelitos rebeldes de la cara de su pequeño y luego volvió a llenarlo de besos. Henry apretaba los ojos y pensaba en que por fortuna ninguno de sus compañeros de escuela estaba allí.
—Voy a extrañarte mucho —decía Regina, casi sin aliento, propinándole otros besos más y un fuerte abrazo.
—Yo también, mamá —respondía Henry casi sin poder respirar entre los brazos de ella.
Robin los observaba con las manos dentro de los bolsillos, divertido por la expresión de Henry. Regina finalmente dejó al pequeño y se dirigió a su novio.
—¿Todavía quedaron besos para mí? —preguntó él, con una sonrisa.
—Sí, unos cuantos —dijo Regina, divertida, acercándose a Robin, abrazándolo y luego besándolo dulcemente.
Henry hizo una expresión de desagrado. Sin embargo, esos dos no podían separarse.
—Nunca podré pagarte esto —decía Regina, todavía abrazada a Robin.
—No espero que hagas eso, amor —respondió Robin—. Debes estar tranquila. Estaremos bien.
Él acarició su rostro y volvió a besarla.
—Dios, voy a extrañarte como loco.
—Y yo a ti —suspiró Regina.
Ella debía entrar ya a la sala de espera. Miró a Henry y éste le devolvió una sonrisa. ¿Cuánto hacía desde la última vez que había dejado a su hijo solo por tanto tiempo? No lo recordaba. Quizá nunca.
Volvió a abrazarse a él y se consoló a sí misma diciendo: "sólo es una semana". Luego, se alejó por el pasillo, diciéndoles adiós, con una expresión triste.
Robin y Henry la miraron partir, juntos, en el pasillo del ruidoso aeropuerto. En cuanto ella entró en la sala de espera, ambos soltaron un suspiro.
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Para tranquilidad de Regina, Robin se instalaría la semana completa en su departamento. Así, tanto Henry como Perdi estarían en un lugar seguro y conocido. Robin no tuvo problema con eso; su novia había estado de acuerdo con que Pongo estuviese también en casa.
La decisión de que Robin cuidara de Henry no sólo había sido de Regina, sino también del propio niño. Ella le había planteado la situación y le dijo que podía quedarse con Robin sólo si quería, de lo contrario encontrarían una manera. Pero Henry, prácticamente, saltó de alegría. Por supuesto, estaba emocionado por pasar una semana entera bajo el cuidado, por primera vez, de una figura masculina. No significaba que Belle y Emma no fuesen divertidas para Henry, pero eran fundamentalmente chicas: Belle siempre suspirando y fantaseando por las cosas que leía en sus libros, y Emma (aunque más masculina que el resto de las mujeres que conocía) con sus momentos de debilidad femenina, en los que creía que era buena idea hablar con Henry sobre los idiotas vividores con los que solía tener citas.
Estar con Robin significaba que hablarían de cosas de hombres, quizá se afeitarían como hombres (aunque Henry no tuviese siquiera un pelo de barba) e irían a algún sitio de hombres.
—Bien, muchacho, ¿quieres hacer un poco de ruido? —preguntó Robin una vez que él y Henry subieron al auto de Regina.
—¿Vas a enseñarme a manejar? —replicó Henry aparentemente entusiasmado.
Robin rió divertido y negó con la cabeza.
—No demos preocupaciones tempranas a tu madre —siguió Robin, divertido, encendiendo el auto—. Yo me refería, más bien, a que me acompañaras al ensayo con los Hombres Alegres.
—¡Oh! —exclamó Henry, sorprendido—. ¡Sí, vamos!
A eso se refería el chico: una semana con Robin prometía ser divertida, distinto a todo lo que había hecho antes en sus diez años de vida. Definitivamente, su madre había tenido la mejor idea de todas.
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Regina no podía dormir en el avión. Quién iba a decirlo: la primera clase la incomodaba. Afortunadamente, Cruella, Madame Feinberg, viajaba en su propio asiento individual, a unos metros del de Regina, acostada sobre un cómodo almohadón, con los ojos cubiertos por un antifaz negro y, encima de sus piernas, en un bolso Louis Vuitton, iba su pequeño chihuahua color canela, quien en un inicio trazó sus límites con Regina, gruñéndole y temblando como si fuese un flan. Se llamaba "Pepito" y era el único amor conocido de Feinberg. Regina se sintió aún más afortunada de tener su propia dálmata, que triplicaba por lo menos el tamaño del chihuahua y era infinitamente más amigable.
¿Cómo estaría ella?, ¿cómo estaría Henry? Sólo llevaban tres horas de vuelo, ya había anochecido, y no podía sentirse menos preocupada que antes. No dudaba de las habilidades de Robin para cuidar de Henry, después de todo, él era un padre, pero de cualquier forma, se sentía terrible por no estar allí. Por nunca estar allí.
Lo peor era pensar que Daniel quizá no sería muy feliz con la idea de que Regina trabajara tanto y que por ende estuviese menos tiempo con Henry. Daniel quiso siempre lo mejor para su hijo, para ella también, y definitivamente no era eso.
Decidió no pensar demasiado. Escuchó algo de música e intentó dormir. Sabía que en cuanto pisaran París aquello apenas comenzaría.
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—¿Qué miras, niño?
Henry tenía la vista fija sobre Leroy, el segundo guitarrista de la banda de Robin, y parecía que no parpadeaba. El niño se tomó unos segundos para responder la pregunta y luego frunció el ceño con gesto de curiosidad.
—¿Por qué tu guitarra tiene unos cuernos pintados?
—Porque es Lucifer, chico —respondió la voz rasposa y amenazante de Leroy—. El diablo, el Belcebú… el que se lleva a los niños que hacen demasiadas preguntas.
Henry siguió con el ceño plegado, no lograba comprender.
—Hace dos años, en Halloween, me disfracé de diablo —siguió el niño, sin sentirse asustado—. Fue idea de Emma, mi madrina, y mamá me pintó unos bigotes falsos. ¿Crees que el diablo usa bigote? Porque Emma dijo que no, que definitivamente usa barba, pero mamá no quería que me ensuciara la cara con demasiado marcador, por si no se quitaba para la escuela...
Leroy puso los ojos en blanco y luego gruñó:
—Locksley…
Robin, quien platicaba con David, intervino rápidamente, acercándose a Henry.
—Oye, Henry, ¿por qué no te sientes por acá?
Robin cargó al niño por las axilas y lo sentó en la barrita del bar de John donde ensayaban con regularidad. El local no se abría sino hasta tarde, así que ellos tenían toda la libertad de practicar el repertorio.
—No hagas caso de Leroy, está un poco loco y amargado —susurró Robin a Henry en secreto.
—A mí me pareció divertido —sonrió el niño encogiéndose de hombros.
—¡Vaya! ¿A quién tenemos aquí? —dijo de pronto August, quien entraba en el bar con el bajo en la mano.
—¡August! —saludó Henry, emocionado—. Vine a ver a la banda tocar.
—¿En serio? —preguntó August verdaderamente sorprendido—. ¿Tú solo?
—Sí, mamá está en París trabajando, así que estoy con Robin —respondió el pequeño.
—Oh, ya veo —dijo August con una sonrisa y dirigiendo la mirada hacia el aludido—. Vaya tarea, ¿eh?
Robin asintió y estrechó la mano de August. Después de la plática que habían tenido, estaba todo bien entre ellos. August revolvió el cabello de Henry y se apresuró a desenfundar el bajo.
—¿Cervezas? —preguntó John cargando consigo algunas botellas. Ofreció una a Henry a modo de broma, éste sólo sonrió divertido.
Los Hombres Alegres se pusieron en marcha: afinaron instrumentos y decidieron qué canciones interpretarían. Henry observaba todo, muy entusiasmado, desde la barrita del bar.
En pocos minutos, la música comenzó a sonar: Rock the Casbah de The Clash. La banda de Robin era muy buena. Sonaba igual que los discos que Henry solía escuchar con su madre. A él le gustaba que el novio de su madre fuese tan cool. Con Graham había convivido algunas veces, sobre todo cuando se quedaba en casa los fines de semana, pero él era muy pequeño y Regina trataba de que no se involucraran demasiado. Quizá por su propia inseguridad. Sin embargo, a Henry le agradaba que ella volviese a tener una persona que los acompañara y fuese parte de sus vidas. Aunque eso significara muchos besos que a él no le gustaba mirar.
Luego de una hora de ensayo de muchas canciones y repeticiones, los Hombres Alegres decidieron hacer una pausa para comer algo. Robin ayudó a Henry a bajar de la barra y se sentaron todos juntos en una de las mesitas del bar.
John encargó una pizza que no tardaron en comenzar a devorarla. Robin tomó una rebanada para Henry y le mostró el "estilo Locksley" para comer.
—Observa —indicó Robin al niño, mientras enrollaba la pizza como si fuese un taco y luego la comió—. Así disfrutas todos los sabores al mismo tiempo. Inténtalo.
Henry hizo lo mismo, enrolló la pizza y luego la comió manchándose las comisuras de la boca. Robin sonrió y le extendió una servilleta. August los observaba con una sonrisa también, pero muy pensativo.
—Ten cuidado, Leroy, ese jalapeño sí que pica —advirtió David cuando vio que Leroy echaba unos cuantos chiles jalapeños a la pizza.
—He comido más picante que tú en toda tu vida, Charming —espetó Leroy sin hacer caso.
David se encogió de hombros y no volvió a insistir. Todos miraron a Leroy con curiosidad cuando dio la primera mordida. Parecía que no había pasado nada. Sin embargo, unos segundos después, el rostro de Leroy comenzó a enrojecerse hasta tornarse un poco púrpura.
—¡Mierda! —gritó Leroy con la lengua de fuera.
Todos prorrumpieron en risas cuando Leroy tomó su cerveza y la bebió casi de golpe, intentando quitarse el picor.
—Eso va a empeorarlo —dijo John con la boca llena de pizza.
Segundos después Leroy volvió a gruñir y salió corriendo hacia la nevera.
—¡Le… le… le… che! —decía Leroy agitando las manos con desesperación.
—¿Qué? —preguntó Robin sin comprender.
—¡LECHE! —gritó Leroy con lágrimas en los ojos.
John se levantó con parsimonia y sin remedio, se dirigió a la nevera y sacó un cartón de leche para el malhumorado de Leroy que en ese momento casi sacaba fuego por la boca.
Éste bebió como desesperado, salpicando por todos lados, incluso la cara de David, quien se limpió con desagrado.
Segundos después, el rostro de Leroy recobró su color natural. Todos lo miraban.
—Ni una palabra, hijos de… —dijo Leroy entornando sus ojos hacia ellos.
Nadie hizo caso, volvieron a reírse a carcajadas, incluyendo a Henry, para quien ese era uno de los días más divertidos de su vida.
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El avión aterrizó en París a las 3:15 am. Luego de siete horas de vuelo, Regina sólo quería estirarse y refrescarse en el hotel. Sin embargo, en cuanto descendieron en la sala del aeropuerto, Cruella le indicó que comenzarían actividades en punto de las 8:00 am, pues tendrían que ajustar detalles para la reunión de la tarde.
Regina, cansada y con una incipiente jaqueca, no tuvo más remedio que aceptar. Subió a la limosina con Cruella, en la que se dirigirían al hotel. El chihuahua no hacía nada más que gruñir y mostrar los dientes a Regina desde su carísimo bolso.
En cuanto llegaron a recepción, Cruella desapareció rápidamente y se fue a su suite. Regina hizo lo mismo, una vez en su habitación, la cual era verdaderamente de ensueño, quiso llamar a Robin, pero estaba verdaderamente cansada, así que sólo envió un mensaje: "Ya estoy en París, pensando en ustedes. Besos". Luego, se quitó la ropa de viaje y se recostó un poco, en ropa interior, sobre las delicadas y suaves sábanas de la cama. Sin saber cómo se quedó dormida, por suerte despertó una hora antes de lo acordado con Feinberg. Tenía tiempo para darse una ducha y cambiarse de ropa. Menos mal que había llevado suficientes mudas como para sobrevivir. Revisó que Robin había respondido: "¡Maravilloso, mi amor! Te extrañamos. Llama cuando puedas". Ella quiso hacerlo en ese momento, pero si no se daba prisa llegaría tarde con Feinberg. Así que no tuvo más remedio que darse una ducha rápida, acicalarse un poco, maquillarse ligeramente y ponerse algo cómodo pero presentable. Miró el reloj: eran casi la 8:00 am. Gracias a la siesta rápida y al jet lag no se sentía cansada, pero sabía que horas después lo lamentaría.
Caminó por el pasillo del hotel: otra ciudad que pisaba sin haberla conocido. Muchas veces había tenido que hacer viajes repentinos y rápidos para satisfacer los pedidos de su jefa y no había tenido oportunidad de conocer nada.
París siempre había sido su sueño. Era la ciudad donde había querido hacer una estancia artística, donde pensaba que cumpliría todos sus sueños antes de quedar embarazada, y ahora que estaba allí, aquello se veía tan lejano.
Tocó en la puerta de la suite donde Feinberg se hospedaba, la cual, por supuesto, era uno de los lofts reservados del hotel. Abrió la puerta uno de los botones, quien justo salía con una bandeja.
—Pasa, Regina.
Regina entró en la habitación. Aquello era tan grande como la primera pieza de su departamento. Feinberg estaba sentada, con las gafas puestas, leyendo lo que parecía ser un catálogo y, justo al lado de ella, se encontraba de pie un hombre que parecía estar esperando el veredicto. Se trataba de un hombre joven, atractivo, moreno, de cabello negrísimo, una barba bien formada y ojos grandes y azules.
—Regina, éste es Arthur.
—Hola, ¿qué tal? —sonrió Regina, tímidamente.
—Hola, Regina —respondió él con una sonrisa encantadora.
Se estrecharon la mano. Arthur tenía un aire de confianza, como si la presencia de Feinberg no le causara ningún problema. Regina deseó tener el mismo temple.
—Arthur será nuestro publicista en París —siguió Feinberg sin quitar la vista del catálogo—. Él va a encargarse de todos los medios de comunicación y la prensa para la pasarela. Quiero que esta semana trabajen juntos para que cubran hasta el más mínimo detalle.
Regina asintió y dirigió una mirada de sesgo a Arthur, quien sonreía complacido, como si le divirtiera el tono de Feinberg.
—Decía a Madame Feinberg que no tiene por qué preocuparse, con una adecuada divulgación en los medios la pasarela será un éxito rotundo —dijo Arthur, con el mismo aire confiado que desconcertaba a Regina, pero al mismo tiempo la hacía sentirse menos presionada.
—Maravilloso —dijo Regina.
—Nos veremos en el lobby por la tarde, a las cuatro en punto, Regina. Trae contigo los diseños. Iremos con Arthur a la oficina de Isaac. Ahora, voy a descansar.
Aquello había sido algo así como un "largo". Arthur asintió, se despidió de Feinberg con un beso en la mano y Regina lo siguió, no sin antes desearle a Cruella buen día, pese a lo mucho que la detestaba en ese momento.
Ambos salieron de la suite y caminaron por el largo pasillo. Arthur no dejaba de sonreír. O era demasiado simpático o simplemente se burlaba de algo, pensó Regina.
—Así que tú eres Regina —dijo de pronto él, sacándola de sus pensamientos.
—Ehm… sí, así es —asintió ella, un poco desorientada.
—Me alegre conocerte por fin —dijo él—. Feinberg habla mucho de ti.
—¿De veras? —preguntó Regina, sorprendida y casi asustada—. Espero que sean cosas buenas.
—Oh, sí —se apresuró a explicar Arthur—. Ya la conoces… a su modo.
—Lo sé —asintió Regina, sonriendo divertida.
—¿Y… eres de Boston?
—Sí, "la Atenas de Estados Unidos" —bromeó Regina.
—¡Ah, sí! He escuchado que así la llaman —rió Arthur con una sonrisa perfecta.
—Por tu acento adivino que eres inglés —dijo ella.
—Lo soy —asintió Arthur—. Londinense. Pero llevo muchos años trabajando en París.
—Debe ser maravilloso, yo siempre deseé vivir aquí —dijo Regina, con una mirada un poco soñadora.
—Bueno, nunca es tarde.
Se detuvieron al final del pasillo. Regina tenía que tomar el elevador para ir a su habitación. Arthur seguiría su camino hasta el lobby.
—Yo… debo subir —dijo Regina, señalando el elevador.
—Claro. Nos veremos mañana, entonces. Buenas noches, Regina. Espero que tu estancia en París sea placentera.
Arthur extendió su mano y Regina la estrechó. Él sonrió y continuó caminando hasta perderse por el pasillo.
En el elevador, Regina miró el reloj: eran las 8:20 am en París, serían las 2:20 am en Boston. Demasiado tarde para llamar. Suspiró un poco resignada y regresó a su habitación para preparar todo. Con suerte saldría con vida de ese proyecto.
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Robin entendió muy bien cuando Regina explicó el problema de Henry con la hora de dormir y la oscuridad. Al inicio, él estuvo un poco preocupado, pero luego de un día agotador, de ensayar con la banda y salir un rato a montar bicicleta en el parque, Henry estaba tan cansado que en cuanto se puso el pijama y se recostó sobre la almohada cayó en un sueño profundo. Por lo que fue más fácil de lo que creyó.
Ese era el primer día sin Regina y había salido bien. Henry era un niño estupendo, inteligente, dócil, educado, sensible e increíblemente simpático. Era innegable el buen trabajo de su madre. Así que para Robin no representaba ningún problema. Lo único que lamentaba era no tener allí a Roland. Qué no hubiese dado por pasar días enteros, como el que había tenido con Henry, con su propio hijo. Tenía que resignarse a contar el tiempo y apelar porque algunos días de las vacaciones de verano Marian lo dejara estar con él.
Era increíble cómo Regina le había confiado lo más preciado que tenía en la vida. Si bien era cierto que no tuvo mucho remedio, ella también pudo decir que no; pero en lugar de eso, decidió confiar. Eso era todo para él. Quizá una de las cosas por las que lo suyo con Marian no pudo nunca reconstruirse fue que ella perdió la total confianza en él y en todo lo que hacía.
Esta vez, alguien volvía a creer en Robin, por lo que estaba dispuesto a no defraudarla.
En cuanto Henry se fue a la cama y recibió el mensaje de Regina, avisando que ya estaba en París, Robin se fue a dormir.
La habitación de Regina olía maravilloso, era cálida y reconfortante, pero sin ella se sentía sólo como un sitio lindo para dormir. Aunque Robin pudo dormir con una sonrisa cuando recostó su cabeza en la almohada y percibió el olor de ella. Así la extrañó un poco menos.
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A las 12:00 del día, Regina ya no soportaba ni el sueño ni el cansancio. Las horas de vuelo y el desvelo repentino estaban cobrándole factura. Sin embargo, se hizo un café en la cafetera de la habitación, volvió a darse una ducha, esta vez más fría, y se alistó para encontrarse con Feinberg en el lobby. Cargó consigo su maletín-bolso de siempre, donde llevaba algunos de los diseños en los que había trabajado.
Allí la esperaba la misma limosina de ayer, con el sonriente chofer que le abrió la puerta y le ofreció la mano para abordar. Sin embargo, en cuanto Regina subió al auto, se dio cuenta de que no era Feinberg quien estaba ahí, sino Arthur.
—Bonjour, Regina —saludó él muy sonriente.
—Oh… Hola —dijo Regina sorprendida, sentándose en la limo—. Creí que madame…
—Feinberg partió a la oficina de Isaac desde hace casi una hora —respondió Arthur, mirando su propio reloj—. Quería reunirse antes con él.
—Oh, entiendo —dijo Regina, un poco confundida.
El chofer puso la limosina en marcha. Tanto Regina como Arthur iban callados en el asiento de atrás.
—Y… ¿tú conoces a este Isaac Heller? —preguntó Regina sin saber qué más decir.
—Sí, desde hace tiempo —asintió Arthur con la vista en el camino—. Hemos trabajado juntos en muchos proyectos: campañas de publicidad para firmas de todo tipo, desde firmas de diseño de modas hasta la caridad. Isaac es un genio de las relaciones públicas. Él tiene influencia, prácticamente, en todos los medios de comunicación en París.
—Ahora entiendo por qué era tan importante venir hasta aquí —siguió Regina.
—Isaac y Feinberg se conocen desde hace algunos años —añadió Arthur—. Ya han trabajado juntos antes.
Regina asintió y volvió a hacerse un silencio. Sin embargo, Arthur tenía mucho más qué decir.
—Escucha, Regina: Isaac es un buen tipo, pero desafortunadamente conoce demasiado bien a Feinberg como para no confiar en ella. Así que si por ella fuese, este viaje sería una absoluta pérdida de tiempo. Quien verdaderamente importa en este negocio eres tú.
Arthur se había dirigido a ella mirándola a los ojos. Por alguna razón, Regina le creyó. Él no estaba mintiendo.
—Sólo tú puedes convencer a Isaac de que este es un buen trato. Él confiará en ti, no en Feinberg.
—Por eso era tan importante que viniera yo… —musitó Regina, más para sí misma que para Arthur.
Él la miró de soslayo y esbozó una sonrisa.
—Eres la admiración de todo mundo, créelo. Nadie ha logrado soportar a Feinberg tanto años como tú.
Regina soltó una risa de resignación. Ahora lo entendía todo. Ella era sólo un elemento, igual que una pieza de ajedrez para el plan de negocios de Feinberg. No es que alguna vez se hubiese sentido especial, pero algunos días, sobre todo en los difíciles, Regina pensaba que valía la pena trabajar en un sitio así para alguien así. Lo cierto es que lo único bueno era la presencia de sus compañeros de trabajo, quienes igual que ella aguantaban todo por cosas mucho más importantes, como sus familias.
—Escucha, Regina, si queremos tener éxito en esto, tu palabra será muy importante —comenzó a decir Arthur—. Isaac debe quedar más que convencido de que esos diseños son tu trabajo. Porque lo son, ¿o me equivoco?
Por supuesto que Arthur no se equivocaba, sin embargo, Regina no sabía qué decir. Él sólo esbozó una sonrisa y dijo:
—¿Sabes? He visto tu trabajo y para ser una mujer tan talentosa aún tienes miedo de Feinberg.
Regina no supo cómo interpretar eso. Pronto habían llegado al corporativo Heller.
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Regina y Arthur caminaron por los pasillos del edificio. Él iba con paso firme y seguro, ella intentaba hacer lo mismo, pero no podía evitar sentirse nerviosa por todas las expectativas que había sobre su trabajo.
El corporativo Heller se encargaba de administrar algunos medios de comunicación. Había mucha gente en los pasillos, hablando en distintos idiomas.
Arthur condujo a Regina hasta la sala de juntas, donde Isaac Heller y Feinberg ya aguardaban.
Se trataba de una oficina como cualquiera, con ventanas laterales por todas partes y una larga mesa de vidrio con sillas alrededor.
—¡Regina, aquí estás! —exclamó Feiberg, casi levantándose de su asiento para ir a abrazarla.
Regina, confundida, se aproximó hacia donde ellos estaban. Feinberg nunca la había saludado tan efusiva en todos esos ocho años de trabajar para ella. Al menos esta vez no llevaba al chihuahua.
Isaac Heller era un hombre bajito, de mediana edad, sonreía simpáticamente. Parecía ser agradable, estrechó la mano de Regina y ésta correspondió con una sonrisa.
—Encantado, Regina —dijo saludándola con un par de besos en las mejillas.
—El gusto es mío —respondió Regina, quien para entonces ya había perdido un poco de nerviosismo.
—Por favor, siéntate —dijo Isaac y de inmediato se dirigió a Arthur, con quien estrechó la mano y también un abrazo—. Viejo amigo, cuánto tiempo sin verte.
—Apenas unos meses, Isaac —sonrió Arthur.
Si Regina no se equivocaba, Feinberg parecía nerviosa. ¿Acaso tenía miedo de que algo saliera mal? Si era así, esa sería la primera vez que Regina tuviese el control sobre la vieja bruja.
—Y dime, Regina, ¿cómo estuvo el vuelo? —preguntó Isaac, aparentemente interesado.
—Oh, muy bien —asintió ella, saliendo de sus pensamientos.
—Me alegra. Espero que hayas podido descansar, pues ahora nos toca hablar de verdaderos negocios, ¿cierto, madame?
—Absolutamente —asintió Feinberg—. Regina, querida, ¿por qué no muestras tu trabajo a Isaac?
Regina asintió. De su pequeño maletín sacó el iPad y enseguida mostró algunas imágenes a Isaac, quien miraba interesado.
—Esta es la colección otoño-invierno en la que hemos estado trabajando —comenzó a decir Regina—. Hemos dado prioridad a los tonos grisáceos y amarillos. Las texturas serán trabajadas en…
—Regina, perdón… —intervino de pronto Isaac— voy a ser sincero contigo: yo no sé absolutamente nada del mundo de las modas. Lo que yo sé hacer es vender productos. Veo que el tuyo es bueno y Feinberg lo recomienda. No necesito más para darle la difusión que necesitan. Sólo quiero saber si tú consideras que estas prendas puede usarla cualquier chica, de cualquier clase social, de cualquier situación financiera. No puedo vender algo que es imposible de conseguir.
Regina se había quedado perpleja. Por supuesto que ninguna chica que estuviese por encima de la talla 0 podría usar la ropa de Feinberg. ¡Ni siquiera ella usaba sus propios diseños! La especialidad de la firma era crear diseños prácticamente irrealizables. Eran todo menos baratos. Un simple par de jeans con la firma de Feinberg costaba lo mismo que la renta del departamento de Regina.
—Isaac, cariño, cuando comencé en la industria tuve un solo pensamiento —intervino Feinberg, aparentemente calmada—: diseñar la ropa que a mí me gustaría usar. Sin embargo, debo confesar que tengo gustos poco ordinarios. Mi firma se distingue por vender algo más que prendas para no andar desnudo por la vida. Mi firma vende clase, posición y estilo. Es inaceptable que nos pidas diseñar para el pópulo.
Se hizo un silencio incómodo. Arthur carraspeó un poco para liberar la tensión. Regina no quería decir más, Feinberg lo estaba arruinando todo, tal como Arthur se lo había advertido. Sin embargo, Isaac soltó una risa.
—No voy a promover algo que está fuera de la realidad común, o del pópulo como tú dices, querida —aclaró Heller—. Simple y sencillamente porque ese pópulo constituye el 87.56% de mi audiencia. Así que, si quieres tu pasarela televisada y cubierta por los medios parisinos, tendrás que repensar para quién estás diseñando.
—¿Acaso insinúas que debemos tirar una colección entera para diseñar otra sólo por tus argumentos a favor del proletariado? —preguntó Feinberg con aires de suficiencia.
—Yo no diría que tirar sea la palabra —intervino de pronto, Arthur, intentando aminorar el ánimo—. Quizá podría haber unas modificaciones, ¿qué dices, Regina?
—¿Modificaciones? ¡Ja! —exclamó Feinberg fuera de sí—. ¡Quisiera saber si alguien alguna vez le pidió una modificación a Picasso!
Sin embargo, tanto la mirada de Arthur como la de Heller estaban sobre Regina. Ésta intentó no hacer caso de Feinberg, recordó lo que Arthur dijo en el auto: todo dependía de ella. Rediseñar los modelos era una locura, pero podría hacerlo, y valdría la pena ver la cara de Feinberg.
—Sí, puede haber modificaciones —asintió Regina con aplomo.
Feinberg casi se quedó sin aliento. Sin embargo, Heller se levantó de la silla con una sonrisa de satisfacción.
—Maravilloso. Sabía que llegaríamos a un acuerdo. Ahora, Arthur, ¿por qué no acompañas a Regina a conocer la ciudad? Seguramente querrá inspirarse un poco y conocer a la plebe parisina.
Isaac había dicho esto con humor. Feinberg, sin embargo, había perdido el color de las mejillas.
—Será un placer —dijo Arthur.
—Feinberg, acompáñame a firmar los contratos —indicó Isaac.
Regina no podía creer aquello: era como presencia la caza de un peligroso león. Feinberg se levantó de su asiento, casi obedeciendo a Heller de manera sumisa. Regina creyó que perdería su trabajo por haber aceptado semejante aberración contra el mundo de la moda. Sin embargo, Feinberg no dijo más y salió de la oficina para firmar los acuerdos.
—Lo hiciste muy bien —dijo Arthur a Regina.
—Gracias, supongo...
—¿Qué te parece si mañana domingo paso por ti al mediodía para recorrer la ciudad?
—Sí, suena excelente.
—Perfecto.
Regina regresó al hotel en la limosina, esta vez sola. Pensó que Feinberg la telefonearía de inmediato para hacerle saber lo mucho que la odiaba y que, además, estaba despedida, pero ésta no hizo ninguna llamada.
Eran las 5:00 pm en París. En Boston serían las 11:00 am. Regina suspiró: Henry estaría en consulta con el Dr. Hopper. Tenía demasiado sueño pero no quería dormir sino hasta más tarde.
Sin embargo, en cuanto llegó a su habitación no pudo resistir tomar una siesta.
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El sábado por la mañana, Robin preparó el desayuno. No era un experto como Regina, pero se defendía. Cuando Roland estaba con él, solía prepararle unos "huevos a la pulpo", los cuales eran, sencillamente: huevos revueltos con una salchicha en forma de pulpo.
A Henry le gustó la idea. Desayunaron tranquilamente, mientras Robin le contaba a Henry todas sus experiencias en bicicleta.
Después, Robin llevó al niño a su cita con el Dr. Hopper. Regina había sido muy clara sobre no faltar a la sesión. Así que allí estuvieron ambos, puntuales.
Robin envió mensajes a Regina durante toda la mañana, pero ella no los había respondido y aparecía fuera de línea. Todavía no eran 24 horas de que ella se había subido al avión y ya la extrañaba, aunque sabía que probablemente se encontraba ocupada.
Cuando la sesión de Henry terminó, Robin tuvo una fabulosa idea: ir al mercado de pulgas que solía ponerse los fines de semana en la Harrison Ave en el South End de Boston.
Henry aceptó emocionado y subió al automóvil de su madre con una sonrisa de oreja a oreja.
El mercado de pulgas era uno de los sitios favoritos de Robin. Prácticamente había amueblado su pequeño departamento con muebles y objetos que había encontrado en increíbles ofertas.
Henry caminaba fascinado al lado de Robin, echando un vistazo a todo lo que le rodeaba: puestos ambulantes con interesantes objetos antiguos, discos de vinil, juguetes de colección y mucha gente interesante yendo y viniendo.
—Mira, Henry, me han dicho que el hombre de allá, el que fuma un cigarrillo, es un escritor —decía Robin, mientras conducía a Henry por el hombro.
A unos cuantos metros de ellos, se encontraba un hombre, de apariencia desgarbada y barba poblada, mirando unos libros.
—¿En serio?, ¿y es famoso? —preguntó el niño con curiosidad.
—No lo sé, pero siempre pasa por aquí y compra muchos libros de viajes —siguió Robin.
—Vaya…
Pasaron de largo y continuaron mirando otros establecimientos más. Hasta que se detuvieron en uno donde vendían videojuegos de colección.
Henry nunca había visto títulos tan viejos. Robin se reía y aclaraba que no lo eran tanto, sólo una década atrás. Henry brincaba emocionado de un videojuego a otro, mientras el vendedor intentaba convencerlo de que se llevara algo.
—¡Oh, mira este! Zombies Ate My Neighbors… Suena divertido —dijo Henry leyendo las grandes letras de un casete.
—¡Es un clásico, hijo! —exclamó el vendedor, quien no era nada más que un muchacho apenas unos años mayor que Henry, todavía con acné, pero que aparentemente sabía mucho de consolas.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Robin.
—Sólo 15 dólares —respondió el vendedor.
—¿Te gusta, Henry?
—¡Sí! —exclamó el niño entusiasmado—. Aunque no tengo la consola para jugarla.
—¿Es Súper Nintendo NES? —preguntó Robin al vendedor.
—Sí, amigo, un clásico… un verdadero clásico.
Robin sacó la billetera y extendió un billete al vendedor, éste sonrió y le devolvió el cambio.
—Yo tengo la consola —dijo Robin guiñándole un ojo a Henry, quien ya sonreía entusiasmado.
Robin asintió, sonrió y tomó de nuevo a Henry por el hombro para seguir caminando entre las peculiares gangas que había por allí.
—Gracias, Robin —dijo Henry, un poco tímido, mientras caminaban por un puesto de comida orgánica.
—Oh, por nada —respondió Robin con una sonrisa—. Ahora sólo tenemos que ir por la consola a casa de John, recordé que se la presté hace un año.
—Sí, no hay problema —respondió Henry verdaderamente emocionado.
Hicieron una parada más, se trataba de un puestecito que vendía joyería hecha de piedras y minerales reciclados. La petición de parar allí fue de Henry, quien había visto un collar con una piedra tornasol. El niño observaba atento con sus ojitos perspicaces.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Henry a la vendedora, una mujer que llevaba un paliacate en la cabeza.
—5 dólares —respondió ella.
Henry buscó entre sus bolsillos. Sacó 10 dólares. Robin estaba sorprendido, pero luego pensó en que Regina no habría dejado a su hijo sin un centavo antes de irse.
La vendedora sonrió y le entregó el collar a Henry en una bolsita roja.
—Espero que la chica a quien se lo regales sea verdaderamente guapa —dijo la vendedora.
—Sí, es mi mamá —sonrió Henry.
La vendedora hizo una expresión de asombro y luego añadió hacia Robin:
—Tiene un hijo encantador.
Robin no supo qué responder. Henry alzó la mirada, también un poco sorprendido, hacia la vendedora. Sin embargo, Robin asintió con una sonrisa.
—Lo sé.
Robin volvió a tomar el hombro de Henry, éste guardó con mucho cuidado el resto de su dinero y su reciente compra en el bolsillo del pantalón.
Cuando estuvieron lo suficientemente cansados de caminar, regresaron al auto y emprendieron marcha hacia casa de John. Antes de encender el auto, Robin revisó su teléfono, por si había alguna llamada o mensaje de Regina, pero lo volvió a guardar decepcionado de no encontrar nada.
—Bueno… ¿listo? Vamos por ese Nintendo —dijo Robin, encendiendo el auto.
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Regina despertó sobresaltada por el timbre de su teléfono celular. Con los ojos aún adormilados, identificó el número de Feinberg. No tuvo más remedio que contestar.
—¿Sí? ¿Qué tal, madame?… Sí… no, no… Tendré los diseños a tiempo. Sí… lo sé… No, eso no cambiará. Sí. No. Sí. De acuerdo. Hasta entonces.
Regina colgó el teléfono, con toda la intención de arrojarlo lejos. Sabía que Feinberg llamaría tarde o temprano. Sin embargo, no la había despedido, por el contrario, aquella voz parecía la de una mujer verdaderamente desesperada. Sólo le había pedido no hacer demasiadas modificaciones a los diseños originales.
A esas alturas, Regina ya no entendía nada de su jefa. Notó la hora: 8:00 pm en París. Regina envió un mensaje a Robin: "¿están en casa?". Luego volvió a recostarse, con toda la intención de ver una película o algo en la televisión, pero su escaso francés no le dio mucha oportunidad.
De pronto, el teléfono volvió a vibrar: "estamos llegando", decía el mensaje de Robin.
Regina contó unos diez minutos para darles tiempo suficiente de llegar a casa, y luego envió una videollamada desde su teléfono.
Espero unos segundos… Y, de pronto, allí estaba: Robin.
—Hola, amor —sonrió él, parecía ocupado con algo.
—¡Hola, cariño! —exclamó ella, por fin encantada de verlo—. ¿Cómo estás?, ¿cómo están? ¿Dónde está Henry?
—¡Aquí, mamá! Yo estoy grabando —dijo la vocecilla delgada de su hijo.
Regina rió.
—Hola, bebé. ¿Qué están haciendo?
—Preparamos la consola de Nintendo, mami —dijo la voz de Henry.
—Asómate para que pueda verte.
—Sí, un segundo.
La cámara de Henry se movió un poco y luego se quedó quieta, parecía que él la había dejado sobre alguna superficie. Robin sonreía y su hijo también, ya podía sentirse tranquila.
—¿Qué tal París, amor?, ¿estás pasándola bien?
—Estoy agotada, pero bien. Aún no conozco la ciudad, pero mañana tendré oportunidad.
—Oh, excelente —dijo Robin, entusiasmado—. Disfruta todo lo que puedas.
—¡Envíanos fotos! —exclamó Henry.
—Sí, las subiré a Facebook, lo prometo —sonrió Regina.
Qué bueno era ver a sus dos muchachos. De pronto, sus ojos comenzaron de nuevo a cerrarse.
—Pareces cansada, Regina —dijo Robin, con una sonrisa enternecida—. Ve a dormir, amor. Estamos bien.
—No… quiero… hablar más tiempo con ustedes —respondió ella entre bostezos.
—Mami, estás durmiéndote —dijo Henry divertido.
Regina asintió tímidamente, pero con una sonrisa.
—¿Me perdonarán que esta noche no les cuente mucho sobre París?
—Por supuesto, sólo si prometes mañana hacerlo —dijo Robin.
—Prometido.
Se despidieron en unos segundos. Regina casi no era consciente de sus movimientos, terminó la videollamada con un dedazo en la pantalla y luego se quedó profundamente dormida.
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A la mañana siguiente, Regina despertó muy temprano. Se sentía un poco mejor, al menos más descansada. Desayunó en el restaurante del hotel mientras revisaba sus mensajes. Había uno de Emma en el que le preguntaba si los hombres parisinos eran tan atractivos como decían. Regina sonrió. No tenía la menor idea, no había conocido mucho. Luego, después de desayunar, se alistó para recorrer la ciudad.
A las 12:00 pm en punto, Arthur apareció en la entrada del hotel. Se dirigieron a "el callejón de la moda parisino", el cual se trataba de una calle repleta de tiendas de moda de mediana adquisición. Arthur había sido muy específico: todas las chicas hacían compras allí.
Aquel era el París real, el de la clase de gente que Feinberg solía detestar. Regina casi se reía con sólo imaginar lo que Cruella debía estar pensando en ese momento: ella, el magnánimo monstruo de la moda, diseñando para el pópulo.
—No puedo creer que esté haciendo esto —rió Regina, mientras tomaba notas en una libreta, de vez en cuando tomaba fotografías con tu teléfono.
—¿Lo dices por Feinberg? —preguntó Arthur.
—Sí… quiero decir… nunca creí que aceptaría algo así. Es algo insólito, en verdad.
—Te dije que ella y Arthur se conocen de muchos años. Él sabe cómo manejarla. Además, ella necesita de esta pasarela, más que nunca.
—¿A qué te refieres? —preguntó Regina con curiosidad.
—Oh… ¿no lo sabes? —preguntó Arthur, confundido.
—No, ¿qué debería saber?
—Vaya, quizá estoy pasándome de informante…
—¿Qué sucede?
Regina parecía un poco desconcertada, así que Arthur suspiró sin remedio y se apresuró a explicar.
—Feinberg llamó hace unas semanas a Heller para ajustar detalles sobre la pasarela. Quería hacerlo todo rápido, sin motivo aparente. Sin embargo, Isaac intuyó que algo andaba mal y Feinberg no pudo negarlo: la firma está en quiebra. Ella necesita desesperadamente vender su colección en cualquier parte.
Regina no podía creer lo que escuchaba. ¿Por qué no se había enterado antes? Ella era la Project Manager de la maldita empresa.
—Pero, ella… ella no ha notificado nada al personal.
—Ni lo hará, Regina. La gente como Feinberg se mueve en un submundo irreal. Lamento que te enteres así.
¿Quién era Arthur para saber todo eso? Regina de pronto se sintió un poco molesta. Volvió a sus notas, intentando aparentar normalidad.
—Quizá sólo sea una mentira —dijo ella, sin despegar la vista de su libreta.
—No lo creo, Isaac me ha contado que Feinberg acaba de divorciarse y su marido le ha quitado muchas propiedades, incluyendo capital y acciones de la firma.
—¿Feinberg estaba casada? —preguntó Regina, boquiabierta.
—Sí, al parecer, con un tal Gold… algo así. Un prestamista.
No era que Regina intentara ser la mejor amiga de su jefa, pero creía tener cierto nivel de confianza con ella, pero en ese momento no quedaba duda de que no tenía ni la más mínima idea de quién era la mujer para la que había trabajado tantos años.
Continuaron caminando por el callejón. Arthur mantuvo un poco su distancia de Regina, creía que ella estaba molesta. En algún momento, él se perdió de vista, mientras Regina tomaba fotos a un aparador. De pronto, él volvió a aparecer detrás de ella y le ofreció un helado.
—Perdón si te provoqué confusión —dijo él, a modo de disculpa.
—Oh, no, no te preocupes. Todo está bien —sonrió ella—. No tenías que…
—Pruébalo. Venden muy buenos helados por aquí.
Regina aceptó el helado y lo comió gustosa, hacía mucho calor. Luego, miró su teléfono: eran las 5:00 pm en París, serían las 12:00 pm en Boston. ¿Qué estarían haciendo Robin y Henry?
Se dio cuenta de que quedaba poca pila a su teléfono. Regina envió un mensaje a Robin: "Estoy pensando en ti. París no es divertido porque no estás tú".
Guardó el teléfono y Arthur la llevó a una tienda más. Durante lo que restó de la tarde, Regina estuvo un poco preocupada: ¿la firma quebrada?, ¿significaría que Feinberg despediría a todos? Pensó en el rostro de cada uno de sus compañeros, en Ruby…
—¿Sabes, Regina? No deberías preocuparte. Tu talento es innegable, cualquier firma mataría por ti —comenzó a decir Arthur, como si leyera los pensamientos de ella.
—Gracias, eres muy amable —dijo Regina, aún pensativa.
—Sólo soy sincero.
Arthur guiñó un ojo y, de pronto, de manera sutil, tocó el brazo de Regina, luego se alejó un poco para mirar en otra tienda, con las manos dentro de los bolsillos.
Regina, un poco confundida, regresó a su teléfono y respondió el mensaje que Emma le había enviado: "En París los hombres se toman demasiada confianza".
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En cuanto Regina llegó a su habitación dejó las bolsas de algunas compras que había hecho sobre una mesa, luego puso el teléfono a cargarse, quería comunicarse lo más pronto posible con Robin y Henry. Sin embargo, antes quiso darse una ducha.
En cuanto salió de la regadera, sonó el teléfono de la habitación. Ella contestó un poco confundida, rogando al cielo que no fuese Feinberg.
—¿Regina? —se escuchó al otro lado del auricular.
—¿Sí?
—Soy Arthur.
—Ah, hola…
—Pensé que te encontraría dormida.
—Aún no, acabo de darme una ducha y pensaba hacerlo en cuanto tocara la almohada —rió ella, divertida.
—Uff… el paseo también me agotó… Sin embargo, estaba pensando… quizá te gustaría salir a cenar.
—¿A cenar?
—Sí.
—¿Ahora?
—Bueno, es la hora precisa para la cena —bromeó Arthur.
—Quise decir…
—Vamos, no te arrepentirás. Puedes conocer París en su hora mágica.
Regina lo meditó unos segundos: París se alzaba afuera con toda su majestuosidad. Desde su habitación podía verse la torre Eiffel y ella creía que no tendría un solo momento para conocerla.
Sin embargo, ¿acaso Arthur no estaba coqueteando con ella? Durante el paseo de la tarde tuvo la sensación de que algo extraño sucedía.
—Arthur… yo…
El teléfono celular comenzó a sonar. Se trataba de una llamada de Skype de Robin. Regina corrió apresurada a tomar el teléfono.
—Perfecto, paso por ti al hotel en media hora.
Arthur colgó la llamada sin respuesta de Regina. Ésta se había quedado como petrificada entre un teléfono y otro. Rápidamente colgó el auricular y contestó la videollamada que esperaba por Skype.
En cuanto presionó el botón verde, reconoció la carita de su hijo que se asomaba por la pantalla.
—¡Hola, mamá! —exclamó Henry emocionado.
—¡Hola, cariño! —respondió Regina con una sonrisa conmovida—. Me alegro tanto de verte.
—Yo también, mami… Mira, aquí están Perdi… y Pongo…
Henry se acercó a la dálmata que retozaba con Pongo en la alfombra.
—¡Ah! Y Robin quiere decir hola… —sonrió Henry.
Regina también lo hizo, sobre todo cuando el rostro de Robin apareció frente a ella.
—Hola, mi amor —saludó ella, contenta.
—Hola, preciosa —respondió Robin con una sonrisa—. Ya te ves muy parisina.
—¿Ah, sí? Debe ser por los quesos —sonrió ella, divertida.
—¡Mamá, hemos jugado videojuegos! —exclamó Henry entusiasmado.
—No sé por qué eso no me sorprende —rió ella—. Díganme, ¿todo está bien?, ¿Perdi ha comido?, ¿te cepillaste los dientes, Henry?
—Mamá, apenas es mediodía —dijo el niño, arrugando la nariz como Regina lo hacía.
—Oh, es cierto, lo olvidaba. Aquí ya es tarde.
—¿Cómo fue el día, amor?
—Muy cansado, pero bastante productivo. Visité algunas tiendas que podrían interesarse en comprar nuestros nuevos diseños y patrocinar la pasarela aquí en París.
—¡Vaya, eso es maravilloso! —exclamó Robin.
—Lo sé, estoy emocionada —sonrió Regina—. Henry, ¿estuviste en el sol? Tienes la cara un poco roja.
—Sí, ayer fuimos a un mercado de pulgas… ¡Fue genial, mamá! —dijo Henry, abarcando la cámara casi por completo—. Y hoy salimos en la bicicleta.
—Me alegro mucho, mi amor —sonrió Regina, en verdad extrañaba a su chico—. No olvides ponerte el casco.
—¿Ya vas a dormir, mamá? —preguntó Henry de pronto.
—Aún no —respondió Regina, un poco inquieta—. Saldré a cenar.
Aquello era verdad. No iba a mentirle a Robin. Resolvería la situación con Arthur, le dejaría en claro que no tenía intenciones de nada más que conocer París. Amaba a Robin, en verdad lo amaba. Aunque todavía no se lo había dicho. Pero la distancia estaba provocando en ella que lo extrañara con locura y sólo pensara en él. Sin embargo, pese a que no iba a mentir, tampoco contaría la verdad completa.
—Está bien, amor, sólo queríamos decirte que te extrañamos —dijo Robin con una sonrisa.
—Y mucho, mami —agregó Henry.
—Y yo a ustedes, mis chicos —sonrió Regina—. Por favor, denle besos a mi bebé.
—¡Perdi, mamá te manda besos! —se escuchó la vocecilla de Henry fuera de cámara.
—Cuídate, amor, estoy pensando en ti todo el tiempo —dijo Robin.
—Yo también, cariño. Gracias por estar allí —dijo Regina.
—¡Adiós, mamá! —exclamó Henry al lado de Robin—. ¡Te quiero!
—Yo también te quiero, mi amor —dijo ella, con un nudo en la garganta—. ¡Y a usted también, caballero Locksley!
—Hasta entonces, milady.
La conversación terminó más pronto de lo que Regina hubiese deseado. Miró el reloj, faltaban menos de 15 minutos para que Arthur llegara. Se cambió rápidamente, se maquilló ligero y luego se detuvo: ¿qué estaba haciendo? No, ella no podía salir así como así con un hombre desconocido en París. Ella tenía novio y un hijo que la esperaban en Boston. Si lo pensaba mejor, ni siquiera había aceptado la invitación, Arthur la tomó por sorpresa.
Estaba decidida a llamar a Arthur para cancelar, pero en cuanto se acercó al teléfono de la habitación para devolver la llamada, alguien llamó a la puerta.
Era Arthur. Regina se quedó boquiabierta, sin saber qué decir.
—Arthur… estaba por llamarte —dijo ella, un poco nerviosa.
—¿Ah, sí? Espero que no haya sido para cancelar, pues ya reservé un lugar en un restaurante maravilloso que tiene una lista de espera de días y aceptaron darme una mesa en unas cuantas horas.
Regina esbozó una sonrisa nerviosa. Ya no podía arrepentirse.
—Voy por mi bolso.
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Durante el camino hacia el restaurante, mientras Arthur conducía su impecable Mercedes negro, Regina pudo ver la "ciudad de las luces" de noche desde el asiento del copiloto. Era tal cual se la imaginó, incluso mejor. Ahí, delante de sus ojos, estaba su sueño juvenil.
Ya sabía lo que Daniel hubiese dicho: "lo hiciste, por fin estás en París", ella casi podía escuchar su voz, su tono, ese sonido que con el paso de los años se iba haciendo cada vez más borroso, pero al que se aferraba con todas sus fuerzas.
—Espero que te gusten los mariscos —dijo Arthur sacándola de sus pensamientos—. Este restaurante es el mejor con la comida de mar.
Llegaron al restaurante y enseguida les asignaron una mesa. Parecía que el capitán conocía a Arthur, pues en cuanto se sentaron les trajeron una botella de champagne.
Regina miró alrededor: los comensales tenían pinta de ser gente verdaderamente importante.
—Cuando dijiste cena creí que iríamos a algún lugar menos llamativo —sonrió Regina.
—Bueno, si quieres mi opinión, este sitio es bastante discreto —rió él.
Hasta entonces, Arthur se comportaba de forma natural y amistosa. Regina no tenía problema con eso. De hecho, pensó que entre menos hablase con él de cosas íntimas, no habría ninguna conexión más allá de una relación laboral.
—Y dime, Regina, ¿qué haces en Boston además de diseñar estupendamente bien? —preguntó el bebiendo del champagne.
—Oh, vaya… gracias —dijo ella, ligeramente sonrojada— pues, en realidad no mucho. Casi no tengo tiempo libre, pero cuando lo tengo me gusta hacer cosas con mi hijo.
—Vaya, no habría imaginado que tuvieses un hijo —dijo Arthur.
Regina quiso decir también "con mi novio, a quien amo, por cierto", pero no sabía cómo ponerlo en tema sin sonar grosera.
—Sí, tienes diez años, se llama Henry —añadió ella.
—Maravilloso. Es la mejor edad —sonrió Arthur—. Yo no tengo hijos, pero tengo muchos sobrinos.
—Sí, es la mejor edad antes de la adolescencia —bromeó Regina.
—Ni que lo digas —dijo Arthur sonriente—. ¿Y tu esposo a qué se dedica?
—No estoy casada —dijo Regina, aliviada de poder sacar el tema—. El padre de Henry murió hace muchos años.
—Oh, lo lamento —dijo Arthur visiblemente apenado.
—Gracias —asintió ella, luego esbozó una sonrisa—. Pero ahora estoy saliendo con alguien.
—Sería un error si no lo hicieras —sonrió Arthur—. Ningún hombre dejaría pasar una mujer tan talentosa.
Regina recibió el cumplido con un poco de incomodidad. Sin embargo, durante el resto de la cena, Arthur no volvió a hacer ningún otro comentario así. Ella estuvo más tranquila, parecía que él había entendido que no había posibilidades de nada más.
Una vez que terminaron la cena, Arthur ofreció a Regina recorrer las calles de París en el auto, mientras hacían el camino de regreso al hotel. Ella aceptó, estaba ya un poco cansada, pero quizá sería la última oportunidad de ver París.
Arthur hizo de guía turístico mientras conducía. Hacía reír a Regina de vez en cuando con datos históricos que parecían sacados de una novela de aventuras.
Finalmente, cuando llegaron a la puerta del hotel. Arthur bajó para abrir la puerta de Regina. En cuanto ella estuvo afuera, extendió su mano para despedirse.
—Muchas gracias, Arthur, ha sido una velada muy agradable.
—Lo ha sido aún más para mí.
Cuando estrecharon las manos, Regina se aproximó a él para despedirse con un beso en la mejilla, como solían hacerlo allí, en la ciudad, pero en ese mismo momento, Arthur se inclinó repentinamente y la besó justo en los labios. Ella, absolutamente sorprendida, rechazó el contacto de inmediato. Arthur se desprendió de ella y la miró un poco ruborizado.
—¿Qué sucede contigo? —inquirió ella, furiosa.
—Disculpa… yo… creí que…
Regina le propinó una bofetada y luego dio media vuelta, dejándolo allí sin poder dar más explicaciones.
—¡Regina, espera!
Ella casi corrió hacia el interior del hotel y luego hacia el elevador. Su corazón palpitaba violentamente. Entró en su habitación con las piernas aún temblorosas. Arrojó el bolso sobre la cama y luego se sentó en el suelo, cubriéndose la cara con ambas manos.
¿Qué había hecho? ¡Había besado a otro hombre! ¿Por qué aceptó la maldita invitación a cenar? Si Robin se enteraba sería el fin de todo. Pero ella no había querido, ella nunca tuvo intención de engañarlo. Arthur no le provocaba nada. Arthur no era Robin.
Su teléfono comenzó a sonar. El número registraba un código de París. Seguramente sería Arthur para pedirle disculpas. Pero ella estaba lo suficientemente enojada consigo misma y avergonzada también consigo misma como para responder.
Presionó el botón rojo para colgar la llamada. El número despareció de la pantalla, dejando a la vista el fondo del teléfono, el cual era una fotografía de ella con Robin.
Se sintió miserable. ¿Cómo había podido hacer eso? Ella, Regina Mills, quien siempre creyó tener una fidelidad de oro, besando a otro hombre en su segundo día en París.
Durante unos minutos de puro arrepentimiento, decidió que lo mejor era no decírselo a Robin. Si mantenía el secreto por unos días, semanas o meses, la gravedad del incidente se desvanecería en el tiempo. Quizá luego de unos años, ella se lo confesaría.
Sí, pensaba que estaría con Robin por muchos años, pero no podía echarlo todo a perder por una tontería como aquella.
Decidió irse a dormir, la cabeza comenzaba a dolerle un poco. Sin embargo, aunque intentó, no pudo cerrar los ojos en toda la noche.
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