Capítulo 9: De cafeteras, vampiresas y diosas de ojos bonitos
Kanon enredó sus dedos en la larga melena negra, y la apartó de su rostro sudoroso. Aún con la respiración agitada, la atrajo hacia si y atrapó sus labios entre los suyos.
-Tengo que irme. –susurró ella, incorporándose lentamente, quedando a horcajadas sobre él.
-No se me ocurre un solo motivo por el que debieras hacer tal cosa. –Naia sonrió en el preciso instante en que rodó los ojos. Para Kanon nunca existían responsabilidades más importantes que lo que él deseara hacer. Aunque en este caso, no podía culparle.
-¿En serio? –preguntó, sonriente.
-Muy en serio. –llevó sus manos por el contorno de la fina cintura femenina, casi relamiéndose los labios.- Creo que aquí estamos maravillosamente bien. Además, escucha… -Naia entrecerró los ojos y afinó el oído.- Está lloviendo.
-¡Esa es una gran excusa Kanon! –y antes de que el gemelo tuviera ocasión de reaccionar, ella picó sus costillas con los dedos, y después abandonó su provocativa posición, rodando por la cama para terminar sentada en el borde.
-Es muy pronto. –se quejó él, sintiéndose vilmente abandonado.
-En eso estoy de acuerdo. –ahogó un bostezo.- Es muy pronto para entrenar… -dijo. Se abrochó el sujetador y oteó la habitación en busca de su camiseta. Cuando la encontró, continuó.- Pero ya es muy tarde para volver a casa. ¡Cada día me retraso más!
-Vale, vale… Señorita Responsabilidad. –Kanon se estiró como un felino, y se sentó en la cama, observando entretenido el ir y venir de la morena.
-Si Shion se entera de esto, terminare de vuelta en Rodhas. –Se calzó la botas, y volteó a verlo.- Y la isla esta bastante bien, pero ya que me he tomado la molestia de volver, me gustaría poder quedarme.
-Solamente por casualidad… -Dijo, con el ceño sutilmente fruncido. Tenía la impresión de saber lo que estaba sucediendo.- ¿Le has hablado a Apus de esto?
Naia, lo miró a través del espejo frente al que se cepillaba el pelo. Sus ojos se cruzaron por un instante, pero no dijo nada. Kanon alzó las cejas, tomando aquella reacción como un si, y continuó.
-Uh… Casi siento curiosidad por saber qué dijo.
-No, no la sientes. –negó ella rápidamente. Lo que menos deseaba era empeorar una situación, que ya era lo suficientemente tensa de por si.- Te lo aseguró.
-¿Qué la pasó en estos años?
-Han pasado muchas cosas, Kanon. –Recogió su ropa del suelo, y le lanzo la camisa a la cara.- Eso lo sabes de sobra. Para ti quizá es simple, pero para la mayoría del mundo no lo es. Solo tienes que abrir los ojos. Y ella… -se encogió de hombros.- Ha sufrido mucho, y no quiere volver a hacerlo.
-¿Entonces por qué volvió? Si solamente quería andar por ahí con cara de ogro, y gruñendo todo el rato, podía haberse ahorrado el viaje.
-Ya sabes por qué volvió…
-¿En serio? –La incredulidad en su voz fue más que obvia. Y no porque estuviera sorprendido, sino porque no lograba comprenderlo. ¿Dejar tu vida atrás por alguien que quedó en el pasado hacía más de catorce años? Simplemente no lo concebía.- Un amor platónico de la infancia, porque Deltha y Aioros ni siquiera cuentan como flechazo adolescente, ¿es un buen motivo para dejar todo? ¿A ti te lo parece? Deltha nunca encajó aquí. Nunca lo hará. A lo largo de tanto tiempo se cambia mucho, volver pensando encontrar lo mismo que dejó atrás, es bastante ingenuo, si me preguntas.
La morena guardó silencio. No tenía muy claro porque Kanon había dicho precisamente aquello, pero había sido mortalmente acertado. Ella había sido tan ingenua como para pensar que nada habría cambiado.
-¿Por qué te molesta tanto Aioros? –dijo de pronto, tratando por todos los medios de que sus pensamientos no fueran lo bastante obvios.
-No me molesta. –Sus ojos violeta lo taladraron al instante. Kanon sonrió, aunque el giro de la conversación, le importaba bastante poco. Tenía la impresión de haber tocado un punto sensible para Naia, y aunque ella jamás se lo admitiera, era algo bastante obvio.- No más que mi hermano, al menos. ¿Eso te gusta más? –Naia entornó los ojos un poquito más.- Ya, ya… dejemos las conversaciones profundas para otro momento. Vamos a desayunar.
-Tengo que irme. –Se sentía, en cierto modo, arrinconada, por lo cerca que había estado Kanon de descubrirla. Sin embargo, a él parecía importarle bastante poco lo que tuviera que decir al respecto, si es que quería decir algo. Se sopló el flequillo. No recordaba a Kanon como alguien acostumbrado a escuchar, eso estaba claro.
-Venga, vamos. –El peliazul se terminó de vestir a toda prisa, e ignorando sus quejas, la arrastró hacia la puerta.
-¡Kanon! –Pero él la ignoró.- A Saga no va a gustarle verme por aquí, y si está ahí…
-Pues… es su templo. –Se encogió de hombros, despreocupadamente.- Es altamente probable que desayune en su casa, Caelum. –Naia estrelló su puño en el estómago del peliazul.- Au. No muerde, Naia. Gruñe, si; pero no muerde.
-X-
Tatsumi le sirvió una taza rebosante de chocolate caliente. El agradable olor y la tibieza del cacao, la reconfortaron; el día lluvioso se prestaba a ser disfrutado con una deliciosa bebida caliente.
-¿Qué opinas de este lugar? Sé sincero. –Le preguntó Saori, como el fiel acompañante que el mayordomo siempre había sido para ella.
-Es ciertamente… una experiencia, señorita.
Tan solo había llegado la noche anterior, pero ya se había apoderado de toda actividad que incluyera a su joven señora. Del mismo modo, apenas había conocido una pizca de lo que en realidad era Santuario. Sin embargo, creía que le bastaba.
Grave error.
Como siempre desde que tenía memoria, Tatsumi había estado ahí para satisfacer cada necesidad y capricho de la pelilila. El difunto Mitsumasa Kido así se lo había pedido y él, haciendo honor de aquel voto de confianza, se había encargado de cumplir la promesa al pie de la letra. Pues bien, el camino que recorrían juntos lo llevaba hasta el corazón de Grecia mitológica, en donde el pobre hombre no podía sentirse más fuera de lugar.
-Me alegra tenerte aquí. Tú y yo, haremos un gran equipo. A partir de hoy, más que nunca, serás mi mano derecha y también mi cómplice. –Saori sopló el humo y bebió un sorbo del chocolate.- Hay muchas cosas importantes que hacer en este lugar, así que estaremos ocupados.
-¡Haré lo que sea necesario! –Agregó el japonés con entusiasmo. Haría lo que fuera porque aquella niña adorable a la que había visto crecer fuera feliz.
-Necesito un par de favores para el día de hoy, muy importantes. –Susurró ella, como si se tratara de un secreto de estado.- Tendrás que ser sumamente sigiloso, Tatsumi. Shion y Arles solamente deben enterarse cuando todo esté listo. ¿Entendido?
-Cómo ordenes, señorita. ¿Qué deseas que haga?
-Tendrás que ir en busca de ciertas personas y pedirles que vengan a verme. Pero primero, tengo que asegurar la última parte de mi plan.
El hombre entrecerró los ojos, adoptando una actitud de sospecha. Saori había crecido muchísimo desde la última vez que la había visto, y no hablaba precisamente de un crecimiento físico. Conforme pasaba el tiempo, Tatsumi comprendía mejor lo que realmente significaba la diosa dentro de ella. La había visto convertirse en la protectora de la humanidad. Había librado batallas que aún los hombres más valientes no hubieran podido imaginar; había obrado milagros tales que, a tal punto, su confianza en la jovencilla era inquebrantable como una roca.
-¿Cuál es el plan?
-Iré de visita a Atlantis, a donde Julián. –Ella declaró.
-¡¿Julián?! ¡¿Julián Solo?! –El gesto de terror en su mayordomo casi la hizo reír, pero con un poco de suerte consiguió contenerse. Desde el incidente durante aquella fiesta en que el heredero le propuso matrimonio, Tatsumi no había hecho sino odiarle por intentar robar la inocencia a su pequeña señora. Y, mucho peor, tras la guerra contra Poseidón y el intento de asesinato, sus sentimientos hacia él fueron nada menos que una aberración total.- ¡Ese mocoso malcriado no es digno de vuestra presencia! ¡Señorita, pensadlo detenidamente!
-Ese mocoso malcriado es uno de mis aliados más fuertes en este momento, Tatsumi. No hay nada que pensar al respecto. Iré. –Bebió un sorbo más y mordisqueó una galleta bañada en azúcar.- No debes preocuparte, llevaré conmigo a lo mejor de mi Orden. –Pero el semblante poco menos que afligido del hombre no cambió en lo absoluto. Odiaba admitirlo, sin embargo, en momentos como aquel, Tatsumi realmente echaba de menos al idiota de Seiya y compañía.- ¿Tú también vas a reñirme? Con Shion y Arles tengo suficiente.
-¿Quién irá contigo? –Se sentó en el asiento libre de la mesa y se cruzó de brazos.
-Aioros y Saga.
-¡¿Qué?! –Saori se respingó ante aquella última objeción. Tatsumi tenía un don especial para el drama, pero no había imaginado que su última confesión contribuyera a eso.
-¿Qué hay de malo?
-¡¿Ellos?! –Tartamudeó, como hacía siempre que se ponía nervioso.- ¡Pero, señorita Saori…!
-Son mis santos más fuertes y de más confianza. –Lo eran, ciertamente. Más los planes de la pelilila iban mucho más allá de eso.- Estaré perfectamente a salvo con ellos.
-Pero… pero… ¡Aioros apenas regresó a la vida después de catorce años muerto! ¡Seguro que todavía no se encuentra perfectamente recuperado! –Y todo lo que Tatsumi podía preguntarse era lo bien que funcionaría un cerebro humano después de casi quince años fuera de funcionamiento.- ¡Y Saga! ¡Ha intentado matarte dos veces! ¡Dos!
-¡Tatsumi! –Lo reprendió de inmediato.- No me gusta tu tono y tampoco tus reproches. Aioros es perfectamente capaz de actuar como santo, al igual que Saga. Y no hables sobre intentos de asesinato. En ninguna de esas ocasiones ha sido Saga quien ha deseado mi cabeza. Pero, por el contrario, Saga ha dado su vida por mi en más veces de las que puedas imaginarte. Así que calla. Al final, eres igual que Shion y Arles: no puedes confiar en mis decisiones, ni en mis muchachos. –Apartó la mirada de él, visiblemente enfadada.
Sintiendo su molestia, el mayordomo pegó un brinco desesperado. Nunca le había gustado que Saori se enfadara con él. Podía soportar muchas cosas, menos el mohín de disgusto en ese rostro de muñeca que tenía.
-¡Perdóname, señorita! ¡Perdóname! –Suplicó, inclinándose ante ella en más ocasiones de las que Saori pudo contar.- ¡Haré lo que desees para enmendar mi insolencia!
-Bien. Te perdono. –Para sus adentros, la joven sonrió. Tatsumi siempre había sido especialmente susceptible a sus caritas adorables. En lo que respectaba a ella, sabía que sería su aliado incondicional en todo momento.- Primero que nada, necesito que bajes al Coliseo y busques a alguien por mi. Dile que venga de inmediato, pues tengo muchas cosas que decirle.
-¡¿De quién se trata?! ¡Te lo traeré aún si es necesaria la fuerza bruta! –Saori rió atropelladamente al escuchar tanto entusiasmo de su parte. Al mismo tiempo, le preocupaba que Tatsumi no sobreviviera en el mundo de grandes egos y poca paciencia que era su Santuario.
-Jabu. Quiero verlo. –Reveló, no sin notar el nuevo sobresalto de su mayordomo.- Oh, y después, quisiera también que vayas en busca de Saga y de Aioros. Quiero verlos aquí en un hora, más o menos.
La noticia e insistencia de la diosa no causaron gracia alguna al hombretón, pero tampoco tenía nada que decir para convencerla de lo contrario. Asintió impetuosamente y salió a toda velocidad, en busca de su equipo y espada Kendo. Si los demás santos lo veían así, sin lugar a dudas se ganaría su respeto… o al menos eso era lo que creía, ingenuamente.
Saori lo vio marchar apurado y, cuando desapareció por la puerta, vació la taza de chocolate antes de poner en pie. Acechó por el balcón, buscando el mar que se escondía detrás de las montañas y que se agitaba con el viento de llovizna matutina. El Sol se ocultaba entre las nubes, mientras la espuma blanca del océano contrastaba con el gris del cielo. Respiró profundamente, impregnándose del olor a tierra mojada, que siempre le había gustado tanto.
Tenía fe. Sentía deseos de tenerla.
A pesar de los inconvenientes, las cosas parecían ir bien para ella y para el resto de sus santos. Se preguntó, entonces: ¿Cómo estaría todo en el mundo de Julián?
-X-
Se sopló el flequillo, sintiéndose momentáneamente vencedor de aquella inesperada y cruda pelea. Después de la ardua batalla con aquella maquina infernal que decía llamarse "cafetera", Saga logró servirse aunque fuera un poco de café. No le gustaba el café. Odiaba el café. Zarek solía preparar una variedad turca cada mañana, y era odiosamente fuerte. Y a decir verdad, no le guardaba ningún cariño a nada que tuviera que ver con su maestro.
Sin embargo, estaba seguro de que si no hacia el esfuerzo de tragarse aquel veneno del modo que fuera, sería incapaz de mantener los ojos abiertos cinco minutos más, a pesar de haberse dado una larga ducha fría hacía apenas unos minutos.
Tomó la jarra humeante, y llenó su taza. Echó el azúcar y comenzó a removerlo, observando el hipnotizante remolino que se formaba al girar la cuchara. Y al cabo de un rato, frunció el ceño. Había retrasado aquel asunto demasiado, así que hizo la cuchara a un lado y se atrevió a llevarse la taza a los labios.
Inmediatamente arrugó la nariz y dibujó un mohín de evidente disgusto: no solo se había quemado la lengua, sino que aquella cosa sabía aún peor de lo que imaginaba. Se colocó la melena mojada en la espalda, y suspiró, a punto de admitir su derrota.
No es que fuera un amo de casa lamentable… no. Es que era peor que eso. Había pasado catorce años de su vida viviendo y siendo tratado como un rey. La mitad de cosas que había en aquella cocina, resultaban para él completos y peligrosos desconocidos. Chasqueó la lengua con disgusto. Debió escuchar a Arebella. Debió quedarse allí a desayunar.
Se lo pensaría en la siguiente ocasión, o pronto tendría una úlcera.
-X-
Julián observó con atención el pilar del Atlántico Norte. Se cruzó de brazos y, con un bufido, sopló los flequillos azules que caían sobre sus ojos. Con la remodelación del último pilar, daba por terminada la dantesca tarea de poner a Atlantis en pie una vez más.
Sorrento, a su lado como siempre, sonrió.
No tenía la menor idea de que había llevado a su señor a regresar a Atlantis, sobre todo después de que Poseidón fuese sellado, pero agradecía que lo hubiera hecho. Julián podía tener un largo camino por recorrer en su proceso de maduración, más en el fondo, era un buen chico. Ahora, en una alianza poco menos que improbable con Athena y Hilda de Polaris, el joven Solo había cedido también parte de su divinidad para traer de regreso a todos sus compañeros, que alguna vez diesen sus vidas por una guerra sin sentido, iniciada por Kanon. Merecían una segunda oportunidad y ahora la tenían, gracias a Julián.
-Parece increíble que hayas conseguido levantar el recinto entero. –El heredero griego le oyó decir.
-Un trabajo arduo, sin duda. Pero ha valido la pena desde todos los puntos de vista. Atlantis. –El nombre de aquel reino mítico abandonó sus labios como un susurro envuelto en magia, un sueño que solo unos pocos alcanzaban a comprender.- Mi Atlantis.
El pelilila asintió. Era suya y de nadie más; la piedra más preciosa de su corona de dios y el innegable fruto de la constancia para un chico que aceptaba su envestidura divina.
-Este lugar me produce escalofríos. –murmuró el general marino. El peso del pasado caía asfixiantemente en el renovado pilar del Atlántico Norte. Un juego bizarro de su guardián lo había marcado para siempre.- ¿Qué pasará con la escama de Dragón Marino?
-Absolutamente, nada. Quedará vacante hasta una generación futura, cuando alguien sea digno de vestirla.
-¿Y con Kanon?
-Kanon no es más nuestra responsabilidad.
-¿Sus pecados quedarán sin castigo? –El tono en la usualmente tranquila voz de Sorrento denotó un dejo de rabia. Había demasiadas vidas en la conciencia de Kanon… y también en la suya.
-Athena le ha acogido como uno de los suyos.
-Vaya ironía. ¿Cuántas almas condenó para ser premiado y vestir en oro? –En ese instante, Julián volteó a verlo con el ceño fruncido, pero con aquellos ojos azules, tan calmos como el océano que le pertenecía.
-Me gusta tan poco como a ti, Sorrento, pero así son las cosas. Athena lo ha recibido y aceptado como uno de los suyos, y sus razones tendrá para tomar semejante decisión. No nos corresponde juzgar lo que ella ha decidido. Sin embargo, una sola cosa he de decirte: Kanon no es bienvenido en Atlantis, ni en ninguno de mis dominios. –Sentenció, sin que su voz temblara un poquito, sin que un solo sentimientos fuera revelado en su tono.- Pero tampoco tengo intenciones de comenzar una nueva guerra por causa suya.
El marina asintió, sumiso, pero no menos enfadado. A pesar de la rabia que sentía, encontraba sabiduría en las decisiones de su dios. Kanon había hecho suficiente daño ya. No valía la pena romper, por él, la frágil paz que habían conseguido, ni tampoco amenazar la vida que tenían de regreso.
-Entonces, es verdad. –Habló el marina de Sirena.
-¿El qué?
-El pacto de paz que Athena, Hilda y tú habéis firmado. –El joven solo aprobó. No estaba seguro de cómo funcionaría aquella tregua, pero había formado parte de ella con buena voluntad. Tal vez el simple deseo no era suficiente, pero él tenía esperanzas de que bastara.- ¿Cómo funcionará nuestro mundo de aquí en adelante?
-Del mismo modo como funcionó hasta antes que Kanon liberara a Poseidón y durante los primeros años de su libertad. Los marinas pertenecéis aquí, este será vuestro hogar. Protegeréis mis dominios y estaréis atentos a cada amenaza que pudiera gestarse en nuestra contra. –Retomó la marcha hacia el soporte principal lentamente, con Sorrento a su lado escuchando cada palabra. Si bien eran dios y guerrero, también eran amigos.- Por supuesto, seréis bienvenidos siempre en la mansión Solo. Podréis formar parte del mundo real, si así lo deseáis. Pero vuestra prioridad siempre será Atlantis. –Aseveró. Su voz de torno seria de repente.- Ya hemos cometido errores en el pasado, por lo que no deseo que sean repetidos.
-Te aseguro que no sucederá.
-Bien. Ahora, ve a por los demás. Reúnelos a todos, incluyendo a Tethis. Lo que te he dicho a ti, he de decírselos a ellos también. –Le ordenó.
-¿Tethis también será una invitada en la mansión Solo? –Sorrento, que se había quedado unos pasos detrás, le preguntó con una sonrisa cómplice adornándole el rostro.
-Por supuesto que si. Si he de teneros a todos vosotros en casa, me permitiré también tener una cara bonita conmigo. –Sonrió con un atisbo de travesura que contagió al pelilila.- Además, sabes que es mi favorita.
Alcanzó a escuchar la risa de Sorrento mientras lo dejaba atrás y tomaba el caminillo de escaleras de piedra, franqueado por interminables filas de corales multicolores, que llevaba hasta el Soporte Principal. En los últimos días, debido a la reconstrucción de Atlantis, Julián se había permitido pasear aquellos caminos en calma, dándose el gusto de admirar la belleza de sus dominios. Nunca antes había tenido la oportunidad de contemplar con detenimiento la enorme belleza que le pertenecía. Hasta entonces, no había tenido la oportunidad de descubrir lo mucho que el sonido de las olas le relajaba, ni tampoco de apreciar lo bonito que se veía el Sol, atravesando la bóveda de agua sobre su cabeza.
Atlantis era un sueño… un sueño que él mismo había contribuido a construir. Si antes ya era suyo, ahora lo era con motivos de sobra. Ya no se trataba solamente del chiquillo cuyo cuerpo devolvía la vida al alma de Poseidón. Ahora eran uno, eran complementarios.
-"¿Julián?" –Al oír aquella voz en su cabeza, se sobresaltó. La conocía demasiado bien, lo suficiente como para asombrarse al escucharla de nuevo.
-"Saori." –Pronunció su nombre también.- "Esta es una verdadera sorpresa."
-"¡Lo sé! Hacía mucho que quería ponerme en contacto contigo para ver que tal iba todo."
-"Todo está en orden por aquí. Ha sido un largo período de adaptación y de reconstrucción, pero ahora todo está bajo control. Supongo que a vosotros os va igual de bien. Habéis estado ocupados en vuestros asuntos, ¿no es así?" –Respondió el joven Poseidón.
-"Ha sido toda una travesía, pero ha valido la pena cada segundo de ella"
Cada vez que escucha la voz suave de Saori, el peliazul no podía evitar pensar en la ironía que representaba ver en ella a la reencarnación de una diosa poderosa, como Athena. A sus ojos, la joven Kido siempre sería simplemente Saori. Había un fuerte respeto creciendo entre ambos, eso era imposible de negar para él, pero aquella muñequita de largos cabellos lilas, mucho más que Athena, era la chica que había conocido tiempo atrás.
-"¿A qué debo el placer de escucharte una vez más?" –La cuestionó.
-"Quería hablarte… me gustaría verte, frente a frente, y hablar." –Él la escuchó con atención, el tono aterciopelado de su voz no había cambiado en lo absoluto, ni tampoco la decisión en ella.- "Si a ti te parece, me gustaría visitarte en Atlantis."
Pensando en la propuesta, el joven Poseidón arrugó el ceño. No podía negar que semejante proposición le había tomado desprevenido. Pocas cosas esperaba para ese día, y una propuesta de visitarle por parte de la mismísima Athena, no aparecía ni remotamente en su lista de probables.
De hecho, si meditaba el asunto con sinceridad, ni siquiera alcanzaba a comprender como la diosa volvería a Atlantis, al lugar donde una vez él había puesto su vida en peligro, donde un ardid de traición se había tejido por años en su contra. Tenía que decir, sin embargo, que admiraba su valentía y sus deseos por reafirmar el acuerdo que tenía. Estaba seguro de que aquella era la razón por la que Athena volvía a su reino: política y una anhelo infrenable de conservar la paz por la que tanto había luchado.
-"Será un honor recibirte."
-"Entonces, ¿estás de acuerdo?"
-"Somos aliados y existe un pacto de paz entre ambos; por supuesto que estaré encantado de recibirte en Atlantis." –No mentía.
-"Entonces, espero con ansias el momento de encontrarnos. Prepararé todo para nuestra partida y te avisaré cuando todo esté listo." –En realidad, su plan marchaba a la perfección. Si todo salía de acuerdo a lo que había pensando, aquella visita no solo solidificaría los lazos entre el Santuario y Atlantis, sino que también permitiría a Aioros y Saga pasar tiempo juntos, y meditar acerca de lo que sucedía entre ambos.- "Llevaré conmigo una comitiva de dos santos dorados."
-"¿Te importaría decirme quienes serán?" –Esperaba que Athena no cometiera el garrafal error de llevar consigo a Kanon. Sin embargo, no estaba de más asegurarse.
-"Saga y Aioros."
-"Géminis y Sagitario." –Julián repitió sus palabras. Hubiera mentido al decir que la elección no le sorprendía; a su gusto, había algún par de opciones más seguras para llevar de acompañantes. Pero, tampoco podía negar la curiosidad que le causaba conocerlos.- "Supongo que será interesante tenerlos aquí. Sin lugar a dudas, espero por vosotros."
-"Pienso igual. Nos encontraremos pronto.."
Después de eso, no volvió a escuchar su voz, solo le quedó el sonido de las olas. Levantó la mirada y contempló a su alrededor, hacia las sombras de los pilares lejanos. Nunca había pensado en volver a aquel lugar, pero ahí estaba. Tampoco había imaginado el convertirse en un dios, bajo sus propios términos; y sin embargo, lo era.
Estaba seguro de que Saori Kido enfrentaba su misma situación. Hablar con ella, más que una conversación entre dioses, sería la de dos chicos, en situaciones terriblemente similares... y la oportunidad de disfrutar de su sonrisa una vez más.
-X-
Naia caminó en silencio, escondida tras la imponente silueta de Kanon. No estaba segura, en absoluto, de que aquello fuera una buena idea… y tampoco tenía muy claro por qué simplemente no se había negado y se había ido. Pero nada podía hacer ya. Echó un último vistazo a la lejana puerta que conducía a la salida, y se pensó seriamente el echar a correr. Pero la voz de Kanon la sobresaltó.
-¡Buenos días! –exclamó el gemelo menor, mientras se estiraba perezosamente, a la altura de la puerta.
-Hola.
Su voz sonó tranquila y adormilada, pero Saga no se volvió a verlos. Y a decir verdad, Naia prefirió que fuera así. Sus ojos viajaron por todo el camino que delineaba la cascada azul de su larguísima melena mojada, observando detenidamente el sendero casi invisible que seguían las diminutas gotitas de agua sobre su espalda desnuda. Reparó en las pequeñas cicatrices blanquecinas que marcaban su piel, y en el tatuaje que adornaba su omóplato derecho. Ladeó el rostro, intentando averiguar que representaba el dibujo, hasta que lo que parecían ser dos dragones entrelazados tomaron forma frente a sus ojos.
-¿No hubiera sido más sencillo echar el café en el azucarero? –Preguntó Kanon. Saga dejó escapar una minúscula carcajada que tomó a sus dos acompañantes por sorpresa.
-Lo tendré en cuenta para la próxima. –Tomó la taza y se dio la vuelta.
Sus ojos se cruzaron con los de Naia, pero no dijo nada. Ella tampoco despegó los labios. Y la verdad era, que si aquella situación iba a repetirse durante mucho tiempo, lo mejor sería que dejara de resultar tan extraña. Por el bien de todos. Aunque para ello, tendrían que acostumbrarse a muchas cosas antes: como aquella mirada violeta que se había quedado helada mirándolo. Saga se sentó. No necesitaba preguntar para saber que la cicatriz de su estómago la había impresionado, pero sentirse tan observado comenzaba a intimidarlo ligeramente.
Se llevó la taza a los labios una vez más, descubriendo que sus intentos por dulcificar el café habían sido en vano. Fue como si ella lo notara, y despertara súbitamente de su estupor.
-¿Sabéis? –La sensación no es que la resultara incómoda, si solo fuera eso, podría sobrevivir. Pero allí, atrapada en aquella cocina con los dos hermanos, sus nervios iban a matarla.- Sentaos, yo haré el desayuno.
Caminó a toda prisa hasta la encimera, bajo la atenta y confundida mirada de ambos, y suspiró al darles la espalda.
Poco tiempo después de llegar a Rodhas, descubrió que tenía una mano especial para cocinar. No solamente se la daba bien, sino que además la gustaba, y había resultado un excelente modo de aplacar sus nervios. Rebuscó por los armarios y la nevera, hasta encontrar lo que buscaba, y comenzó su labor, en completo silencio.
-X-
-¿Dónde aprendiste a cocinar, Caelum? –La pregunta de Kanon, la hizo levantar la cabeza del plato inesperadamente. Vio fugazmente al gemelo menor, descubriendo una misteriosa sonrisa complacida.
-Aprendí muchas cosas a lo largo de estos años. –Respondió, dándole un bocado al panqueque.- Te sorprenderías.
-Uh… -replico divertido.- Estoy seguro de que si. -Después, volteó a ver a su hermano.
Saga había permanecido en silencio desde que ella se había sentado a la mesa. Se había limitado a observar con interés el comportamiento de sus dos improvisados acompañantes, mientras su estómago agradecía el sabor del desayuno y su renuncia a seguir bebiendo café.
No podía decir que se sintiera del todo cómodo, porque, al fin y al cabo, aquella era una situación de lo más curiosa. Las cosas con Kanon eran… especiales, por decirlo de algún modo, y con Naia había sido claro y especialmente hostil. Ahora los dos estaban ahí, uno a cada lado suyo, compartiendo el desayuno y convertidos en amantes. Su situación personal tampoco ayudaba mucho. Era una situación rocambolesca.
Kanon, había esperado al menos una palabra de su parte ante el hallazgo de las habilidades culinarias de Naiara, lo supo cuando volvió a verlo, y el menor lo contemplaba con las cejas levantadas.
-¿Qué? –preguntó. Entonces, la sonrisa del menor se ensanchó, adoptando aquel gesto que siempre había logrado estremecer a Saga, y se esperó lo peor. Kanon había notado algo que él había pasado por alto.
-¿Qué tal has dormido? –el mayor se encogió de hombros. A decir verdad, dormir, lo que se decía dormir… no mucho. Y cuando había tenido ocasión de hacerlo, había sido incapaz de pegar ojo más que unos pocos minutos.
-Bien. –replicó, por instinto.
-Ya. –Esta vez fue Saga quién alzó las cejas, mientras Naia veía de uno a otro alternativamente.- Es solo que… llámame loco. -mojó el dedo en el sirope de chocolate, y le dio un lametón.- Pero tengo la impresión de que te has acostado con vampiros o algo así. Bonito cuello, hermano mío.
Saga dejó el tenedor inmediatamente. Los ojos de Naia viajaron exactamente a la parte de su anatomía que Kanon había mencionado, justo antes de que la mano del gemelo mayor ocultara la prueba del delito. Kanon estalló en carcajadas y Saga carraspeó. Se pasó la mano por la melena, con cierto nerviosismo, y le dio un último bocado al panqueque.
-¿Tengo una cuñada misteriosa y no me he enterado? –Saga rodó los ojos, pero guardó silencio durante unos segundos. Kanon miró a Naia, y continuó.- ¿Recuerdas lo que dije acerca de que no mordía? Quizá me equivoqué.
-¿Una cuñada? ¿En serio? –terminó por decir el mayor. Toda aquella confianza y cercanía eran completas desconocidas para él.
-¡Oye! Yo que se… -Kanon se encogió de hombros.- Hay que tener confianza para ir dejando chupetones por cuellos ajenos, especialmente del tuyo, que llama sutilmente la atención. Confianza, o poca vergüenza, ¿quién sabe?
-Probablemente ambas. –murmuró.
-¿Quién es? –Kanon le retiró el plato cubierto de chocolate justo cuando pensaba mojar el dedo en él. El ceño de Saga se arrugó con disgusto.
-Siento que tu curiosidad haya sido cruelmente despertada, pero si me acuesto con vampiros es cosa mía. Vampiresas. –Se encogió de hombros.- Intimidad, ¿conoces la palabra?
Sin embargo, justo en el instante en que Kanon iba a formular una réplica ingeniosa, el rostro de Saga abandonó todo rastro de relajación y se puso serio. Observó en dirección a la puerta inmediatamente, y como un resorte, se puso en pie.
-¿Qué…? –preguntó Kanon.
-¡Conmigo! –agarró el brazo de Naia con fuerza, y tiró de ella.
Tomada por sorpresa, la amazona solamente atinó a trastabillar tras él. Quiso decir algo, quejarse por la brusquedad aunque fuera, pero antes de que tuviera ocasión, Saga la empujó a la alacena y cerró la puerta tras de sí.
-¿Qué demonios haces? –insistió Kanon. Saga solamente se llevó el dedo a los labios, y señaló en dirección al salón con un gesto de su cabeza. El menor miró hacia donde señalaba y rápidamente comprendió.
El viejo y calvo Tatsumi, al que no habían tenido el gusto de conocer en persona, se había atrevió a adentrarse en las profundidades de Géminis.
-X-
-¿Buscas algo? –La voz de Saga sobresaltó al japonés cuando se acercó hasta la puerta de la cocina.
El hombre, que inmediatamente reparó en la presencia de Kanon sentado tras el mayor, se sobresaltó sutilmente al escuchar su voz. Irguió la espalda, y se aclaró la garganta.
-¡Tú! –Exclamó mientras lo señalaba con lo que, Saga imaginaba, era una espada de Kendo. El gemelo, patidifuso, alzó una ceja. Vio a Kanon de soslayo, y al reparar en la expresión desencajada de su gemelo, tuvo que hacer esfuerzos por no reírse y mantener su atención en el viejo; quien, por cierto, estaba seguro que no distinguía a uno de otro.
-¿Si? ¿Qué te trae por los privados de uno de los Doce Templos? –Lo cierto era que el hecho de que hubiera llegado hasta ahí, era bastante sorprendente.
Sin embargo, Tatsumi, lejos de amedrentarse por su imponente figura, avanzó un par de pasos hasta él. Extendió el brazo, y alzó la espada hasta que golpeó sutilmente en el pecho desnudo de Saga. El geminiano bajo la vista, y sus ojos viajaron por el delicado contorno labrado de madera, hasta fijarse en la mirada oscura del sirviente. Frunció el ceño, apenas perceptiblemente, pero lo suficiente como para que el calvo pudiera notarlo.
-¿Puedo ayudarte en algo? –Inexplicablemente, la espada no se movió, y Tatsumi no retiró su afrenta.
-La princesa desea verte. –Golpeó un par de veces en el pecho del peliazul.
-¿A quién desea ver? –Hizo un esfuerzo sobrehumano por contenerse y no enviarlo a Otra Dimensión, acompañado por Kanon, cuya risita mal disimulada lo estaba poniendo nervioso.- ¿A Kanon o a Saga? Aunque para responder a esa pregunta, tendrías que saber con quién estás hablando, claro.
-Pues… -Tatsumi frunció el ceño e imprimió un poco más de fuerza en la espada. Los ojos de Saga se entrecerraron, amenazantes.
-Verás. Si vas a venir a mi templo, vestido… así. –Era difícil no reparar en lo tragicómico de la situación, cuando el pobre tipo iba uniformado con su traje Kendo al completo… y lo amenazaba con un palito de madera. A él. A un Santo Dorado.- Será mejor que te muestres respetuoso, por varios motivos. El primero. –Alzó el dedo índice de su mano derecha.- Estas en una de las Doce Casas, no en la mansión de Tokio o en un patio de recreo. Si deseas entrar, primero has de pedir permiso, como todos. Es una norma básica de educación. Segundo, lo mires como lo mires, es feo amenazar a alguien con un palito de madera.
-Es una espada ken…
-Excalibur es una espada. Esto es un palito de madera. –Insistió, alzando suavemente su mano y silenciándolo de inmediato.- Podría tomármelo como una afrenta, ¡pero no lo haré! A estas alturas estoy seguro que sabes que tengo un poquito de mal genio. No estoy seguro de que quieras ser el culpable de un arranque de ira. Pero tranquilo, tengo una gran paciencia. -¡Y el muy estúpido no se movió!- Tercero: Soy un Santo Dorado. ¿Sabes lo que hago con los palitos de madera? –Tatsumi guardó silencio, y él se esforzó por mantener a raya la sonrisa que pugnaba por adornar sus labios.
Después, elevó su cosmos apenas una fracción de segundo, y la espada de madera, se deshizo en pedazos humeantes bajo la mirada atónita y aterrada del japonés. Kanon estalló en carcajadas a sus espaldas y, estaba seguro, Naia hacía lo propio dentro de la despensa. ¡Por los dioses! No podía culparles. ¡Aquello era surrealista!
-Eso hago. –Los ojos de Tatsumi parecieron a punto de salirse de sus órbitas.- Así que, ahora que ya has logrado ensombrecer mi buen humor, ¿tienes algún mensaje más que darme?
Contempló su cara llena de espanto, con una emoción gratificante recorriendo su espalda, igual a cuando era niño y hacía una travesura de la que nadie podía culparle. Tatsumi abrió y cerró los labios varias veces, como un pez fuera del agua, buscando las palabras que su inesperada acción le había robado.
-¡Oye! Soy un Santo muy ocupado. En serio. ¿Hay algo más?
-Estaré cuidando de la Señorita Saori. –A decir verdad, Saga estaba enormemente sorprendido de que fuera capaz de pronunciar un par de palabras con sentido.- Te vigilaré… -El viejo frunció el ceño, de un modo que para un niño hubiera resultado amenazador, y Saga no pudo sino alzar las cejas con incredulidad.- No dejaré que la pongas a ella en peligro. Vigilaré. –recalcó.- Eres peligroso.
-Oh. –Saga asintió lentamente.- Entiendo. Entonces ve y dile que en cuando me vista, iré a verla. No es bueno hacer esperar a la princesa.
Tatsumi continuó observándolo, y de vez en cuando, su mirada iba a parar al divertido Kanon. Terminó por asentir, y tras recoger a toda prisa los restos de su difunta espada, emprendió la huída sin darle la espalda si quiera.
Solamente cuando se hubo esfumado, y sus cosmos lo sintieron lo suficientemente lejos, Kanon dio rienda suelta a sus carcajadas. Saga volteó hacia él, con los brazos en jarras, y cuando la mirada sonriente y violeta de Naia asombró tras la puerta, rió suavemente con ellos.
-Inaudito. –murmuró.- Inaudito.
-X-
Aioros soltó un bostezo, mientras se ponía la camisa y acomodaba la cabellera castaña y húmeda. No había nada como un baño a primera hora de la mañana para hacerlo sentir despierto.
Ciñó también la cinta roja a su frente y marchó directo a su cocina, con la esperanza de encontrar algo rico para desayunar. A esas horas de la mañana, usualmente, las doncellas del templo papal había pasado a dejar un plato de galletas recién horneadas, o cualquier bocadillo que le matara el hambre. Así había sido desde los primeros días de su regreso y, ahora, era una costumbre ya. Sin embargo, el montón de galletas deliciosas tendría que esperar.
A la distancia, alcanzó a escuchar ruidos que no logró identificar. Conforme avanzaba, sus sospechas fueron confirmadas. Lo que no esperaba era encontrar a un hombre desconocido y calvo, enfundado en un traje extraño, profiriendo maldiciones en su salón.
-¿Hola?
-¡Ajá! –Celebró el intruso.- ¡Aquí estás!
-¿Te conozco? –Cómo respuesta el hombre acercó el rostro peligrosamente al suyo y lo recorrió con la mirada.
-Así que eres tú: el fantasma.
-¿El fantas…? Oh. –De pronto recordó todas las historias sobre la armadura de Sagitario y su agitada agenda en ausencia suya. Todo cobró sentido.- Si… soy yo, supongo. –Se sopló el fleco.- ¿Quién eres?
-Tatsumi, fiel mayordomo del difunto Mitsumasa Kido y celoso protector de la señorita Saori. –Respondió con toda la energía que quedaba en su cuerpo, agotado por el sinfín de escaleras que había subido y bajado, así como las tensiones por las que había tenido que pasar.
-¿Mitsumasa? Es el hombre que cuidó de la princesa todo este tiempo.
-¡Señor Kido para ti, mocoso impertinente! ¡Demuestra un poco de respeto! –Incrédulo, Aioros levantó las cejas. Nunca nadie le hablaba de ese modo.
-Eres un poco… raro. –Agregó, casi en un murmullo, mientras veía el trozo de la espada de madera acercándose a él, amenazante. Ni siquiera se movió, pues no había nada que temer viniendo de aquel personaje tan curioso. Solo atinó a ver con una cara de extrañeza total lo verdaderamente raro que era su visitante.- ¿Qué rayos le pasó a tu espada? –Una pregunta simplemente retórica.- Adivino que intentaste amenazar a alguien más con ella, del mismo modo que haces conmigo ahora. Es una terrible idea para este lugar.
-¡Ha sido culpa del idiota de Saga!
-Oh.- Aioros apartó con un dedo la espada de cerca de su cara. Una diminuta sonrisita asomó en su rostro al imaginar a Saga lidiando con aquel hombre temerario y molesto.- Hay algo que tienes que grabarte muy bien en la cabeza, rarito amigo: Géminis no es un templo en el que debas incordiar, jamás.
-¡Ajá! Así que sabes de que hablamos.
Aioros dejó caer la cabeza, al mismo tiempo que soltaba un suspiro de resignación. El tipo rarito de verdad que estaba liando con su cabeza. Quizás aquella era una broma de Milo.
-No tengo la menor idea de que hablas.
-¡De Saga! –El arquero ladeó la cabeza, antes de esquivarlo para llegar a su cocina.- Dime algo, ¿todavía funcionas bien como para cuidar a la señorita Saori de Saga?
-¿Funciono bien? ¿Qué demonios crees que soy? ¿Una máquina de pilas? –Negó.- Además, no tengo porque proteger a la princesa de Saga. No haría nada para lastimarla.
-¿Estás seguro de eso? –Aioros se detuvo de repente y volteó hacia el hombre que lo seguía. Su rostro serio le respondió a Tatsumi.- Entiendo, entiendo. Pero, ¿qué tan bueno serías protegiéndola de un tipo obsesionado con ella? –Entrecerró los ojos.
-¡Saga no está obsesionado con ella!
-¡No hablaba de él! Pero, ¿saben algo al respecto? –Exclamó el hombretón mientras lo miraba con ojos afilados. Aioros se llevó la mano a la cara en un gesto de completa desesperación.
-¡Basta! ¿Tienes algo importante que decirme o solo viniste de visita en un giro inesperado de mi mala suerte? –Ante el incremento en el tono del arquero, Tatsumi dio un salto para atrás y tomó de inmediato una posición defensiva. Estaba temblando, Aioros lo notaba. Una vez más, el santo negó con la cabeza.- No quise ser grosero, es solo que… no sé de que demonios hablas, ni tampoco sé que haces aquí.
-La señorita Kido desea verte.
-¿Athena?
-Saori. –Replicó el calvo.
-¡Es lo mismo!
-Entonces, ¿por qué preguntas?
-Oh, por Zeus. –Aioros escondió la cara en las manos. Era demasiado temprano para un conversación tan torpe y sin sentido.
-La señorita Saori quiere veros en el templo principal.
-Espera, espera, espera. –Antes de que emprendiera la huída, el santo le detuvo.- ¿Vernos?
-A Saga y a ti. Es importante.
-¿Ambos? –La última vez que estuvieron juntos, con Saori de por medio, no había ido mal, pero Aioros sabía un par de cosas acerca de no tentar a la suerte. Además, estar con Saga, en los términos en que estaba su relación, siempre lo mataba de ansiedad.
-No puedo decir más. La señorita os dirá lo que tenga que decir. –Tatsumi puso ambos trozos de su espada bajo el brazo y marchó, en reversa, hacia la salida de Sagitario. De pronto, se detuvo para volver a mirarlo con los ojos entrecerrados y aquella supuesta mirada amenazante suya. Una vez más, Aioros ladeó el rostro en espera de la siguiente graciosidad.- Os estaré vigilando, Sagitario. ¡Más vale que hagas bien tu trabajo y mantengas segura a la señorita Saori, o te las verás con la fuerza de un magnífico guerrero como yo!
El castaño lo contempló marchar, siempre con ese gesto de completa incredulidad en el rostro. Vaya gente rara de la que Saori se rodeaba. Pensó en que ellos mismos no podían ser tan extraños… ¿o lo eran? Como fuera, aquella sería una meditación para otro momento. Por ahora, tenía que prepararse para subir hasta el templo papal y para lidiar con una diosa adolescente y un santo gruñón. El hecho de que la espada de Tatsumi terminara rota no le daba muchas esperanzas. De todas formas, ¿qué le quedaba, sino enfrentar el momento?
Tomó una galleta para el camino y se animó a si mismo a continuar. Vería que tantas sorpresas más le dejaría ese día.
-X-
Se escurrió la melena mojada, y disimuló el último par de escalofríos lo mejor que pudo. A decir verdad, Kanon había estado en lo cierto: aquel era un día horrible para salir de cualquier sitio que sirviera de cobijo ante aquella lluvia otoñal.
-¿Hacia donde vas? –Escuchó la voz de Milo, seguida de un estornudo, y una sonrisa se formó en sus labios. Después de todo, había pequeños detalles que convertían a aquellos dioses con los que convivía en poco más que niños a los que abrazar hasta dejarles sin aire. Aquel pequeño estornudo era uno de ellos.
-Aprovecharé que dejó de llover para ver a mi hermano. –Ladeó el rostro cuando reparó en la nariz enrojecida del escorpión.-¿Estás bien, bicho?
-¡Por supuesto que lo estoy! –exclamó el menor, inflando el pecho. Aunque, en realidad, las palabras de Camus acerca de lo mucho que disfrutaba sus resfriados casi mortales, parecían dispuestas a retumbar en sus oídos durante días. Se sentía horrible.
-¿Seguro?
-Claro, Caelum, claro. –Rodeó sus hombros con su brazo, y acompasó sus pasos a los suyos.- He sobrevivido a cosas peores que un poco de agua. –Y Kanon se había encargado, de un modo muy efectivo, de que no le gustara la lluvia ni un poco. Así que no podía decir, que a pesar de su optimismo, se sintiera a gusto ahí fuera.
-No lo dudo. –Su risa se filtro amortiguada por la máscara.
-Cuéntame. –los largos dedos de Milo repiquetearon en su hombro empapado con suavidad.- ¿Cómo les va al par de gemelos más adorable del Santuario?
Entornó los ojos sutilmente ante la pregunta, a sabiendas de que él jamás vería su expresión. Después de Deltha, de las suposiciones de Aioros, de las miradas descolocadas de Saga… lo que menos necesitaba era un bicho chismoso elucubrando acerca de sus amistades.
-Dímelo tú.
-Cielo, hay cosas que solamente una dama puede averiguar. –La morena rodó los ojos, aunque no podía negar que le resultaba divertido. Él siempre tan coqueto.- No me atrevería a irrumpir en la privacidad de un templo ajeno.
-¿Y yo si? –De pronto, se detuvo.
-¿Puedes negar de modo convincente que has ignorado las ordenes del Patriarca al respecto de acercarte a ellos? –Naia calló, y se cruzó de brazos.- ¡Jah! –el gritito triunfal la provocó unas ganas terribles de estrellar su puño en alguna parte del cuerpo del Santo, pero se contuvo.- ¿Soy bueno, o no?
-Eres un presumido.
-Y te encanta. Admítelo. –Pero guardó silencio, mirándolo fijamente a través de la máscara de plata, sin variar su postura lo más mínimo.- Vale, no lo admitas. Si piensas que iré a contarle a alguien sobre mis sospechas, me ofendes terriblemente, Caelum. Se guardar un secreto, y conozco el significado de la palabra discreción. He vivido en este Santuario los últimos trece años de mi vida. La discreción fue vital para lograrlo.
-Además de presumido, melodramático.
-Gruñona. Pero, ¿sabes qué? Solo me interesaba por el bienestar de mis hermanos y compañeros mayores. No me cuentes, no me cuentes… lo averiguaré yo solo y lo disfrutaré como nadie. –Estornudo otra vez, y luego otra.- Ahora, si me disculpas, tengo una cita ineludible con las mantas de mi cama.
Palmeó su cabeza empapada, y se marchó, hecho un harapo, pero con una dignidad incuestionable. Naia lo observó, con la boca abierta y una sonrisa plasmada en los labios. Negó lentamente con el rostro cuando lo tuvo lo suficientemente lejos, y entonces, se dio la vuelta.
Lo mejor que podía hacer, era continuar su camino e ir por su hermano. Después, un montón de chocolate caliente la ayudaría a espantar el frío.
-X-
-¿Llamaste por mi? –La cabeza de Jabu se asomó por su puerta y, en su voz, Saori escuchó un leve temblor.
-¡Adelante! ¡Pasa, por favor!
Antes de que el santo de Unicornio alcanzara a reaccionar, la pelilila ya le había cogido del brazo y jalado consigo, hasta la mesita, desde donde podía observar el paisaje a través de la ventana. Lo acomodó en la silla opuesta a la suya y acercó los panecillos que Svetlana le había llevado antes, convidándolo a probarlos.
Tantas atenciones desorientaron al castaño. La miraba, entre absorto y sorprendido, mientras iba y venía, cubriéndole de atenciones. Saori había cambiado mucho a lo largo de los años, pero nunca antes la había visto de esa forma hacia él. Con Seiya y los demás siempre había sido diferente. Con él, no tanto. Aún así, se dejó hacer: se sentó, royó una galleta espolvoreada con azúcar y miró con desconfianza la tacita de té. Cuando Saori le hizo un gesto para que lo bebiera, se respingó y, haciendo acopio de fuerzas, bebió un sorbito que no le gustó en lo más mínimo.
-Rico, ¿no? –Jabu sintió, tratando con todas sus fuerzas de guardarse las muecas que el fuerte sabor a especias le había arrancado.
-Algo. –Tosió disimuladamente.- ¿Qué pasa? ¿Está todo bien? Tatsumi llegó gritando como si el mismo demonio lo persiguiera… o más bien, como si él fuera el demonio.
-Si, si. Tatsumi puede exagerar un poco las cosas. –Oh, y vaya que sabía ella de eso.- Solo me preguntaba como estabais. No he podido veros en mucho tiempo, ni tampoco hemos tenido oportunidades de platicar libremente. ¿Cómo va todo? ¿Estáis todos bien?
-Oh… -Fue obvio que la pregunta le cogió desprevenido.- Pues… si, lo estamos. Ha sido raro adaptarse a este lugar, pero en general estamos bien… salvo Nachi, que se queja todo el rato de su equipo. Pero le hemos dicho que todo estará bien. –Carraspeó. En realidad, le había dicho que terminaría por formar parte de los juegos sadomasoquistas de Máscara Mortal y Giste, pero Saori no necesitaba saber eso.- Creo que terminó por resignarse.
-Eso es perfecto. –La diosa le sonrió. Imaginaba lo que hubiera sido tener a Seiya y los otros consigo ahí, lo fácil que hubieran hecho el proceso de adaptación. Los extrañaba mucho aún.- Tú estás en el equipo de Saga, ¿cierto?
-Ajá. –Se forzó a beber un trago más y, casi de inmediato, metió una galleta a su boca, para librarse del sabor.
-¿Qué tal te ha ido con él?
-Apenas y hemos hablado alguna vez. Paso más tiempo con Argol.
-Tal vez deberías acercarte más a él. –Insistió ella. Jabú abrió los ojos como platos.- Seguro que le agradas.
-¿Yo? –Negó enérgicamente.- Lo dudo. Soy algo… torpe, para él… creo.
-Estás equivocado, ya lo verás. Os terminaréis llevando bien, Saga es un gran tipo.
-No le conozco mucho, señorita… er… princesa…
-Saori. –La joven le interrumpió.- Llámame Saori.
-Oh… si, Saori. –Sonaba tan extraño dirigirse a ella de ese modo.
-De cualquier modo, quisiera pedirte algo. –El unicornio la miró fijamente. Ladeó la cabeza, expresando su curiosidad, y calló en espera de que ella continuara.- Tú… estás ahí abajo, en el Coliseo, en el campamentos, en lugares donde lo observas todo. Desde aquí, hay muchas cosas que no sabemos y de las que nunca nos enteramos.
-Todo el mundo dice que Arles os cuenta todo. –La soltura con que surgieron las palabras, sacó una risa a la joven.
-Hay cosas que incluso Arles no sabe… pero tú, si.
-¿Eh? ¡¿Yo?!
-Tú. Tú estás cerca de Saga. Verás cada movimiento suyo, cada cambio de humor, sabrás prácticamente todo de él; y no solo eso, podrás ver su interacción con los demás.
Saori casi pudo jurar que Jabú palideció al escucharla. Estaba segura de que nunca le cruzó por la cabeza el hecho de terminar como un espía suyo, pero lo cierto era que le necesitaba. Desde su jaula de oro y mármol, Saori no podía ver ni enterarse de muchos detalles importantes. Los "informes" de Arles no le eran de ayuda, pues usualmente estaban inclinados a aspectos en los que el santo de Altair solo veía fallas; aspectos propios de su situación de santos, y ella quería conocer el humano que escondían detrás de sus máscaras de guerreros.
-No creo ser el adecuado. –Y eso era decir lo menos. En realidad, temía por su integridad física si alguien se enteraba de que su misión en la vida era proveer de chismes a su diosa.- No les conozco bien y podría malentender las cosas.
-No lo harás. Solo tienes que contarme lo que veas. Nada más.
-Princesa… Saori… -Se apresuró a corregirse.
-¡Por favor!
-Pero…
-¡Por favor! ¡Por favor! –Jabú miró directo a aquel par de ojos grises, grandes y suplicantes. Estaba perdido. Jamás podría negarse.
-Esta bien… -Terminó admitiendo, no sin cierto pesar.
-¡Gracias! –Y antes que se lo esperara, recibió un abrazo efusivo de su diosa.
Sintió sus mejillas ardiendo y casi se atragantó con su propia saliva. A duras penas, hizo acopio de valor para devolver torpemente el abrazo. Dio un brinco todavía más grande cuando la puerta se abrió de improviso y el calvo mayordomo de la chica hizo acto de presencia.
-¡¿Qué pasa aquí?! –Chilló el hombretón al ver a su joven señora abrazando al castaño.
-¡Nada! ¡No es nada! –El santo de Unicornio se puso de pie como una centella. Saori miró de uno al otro, sintiéndose de lo más divertida.
-Todo esta bien, Tatsumi. ¿Qué querías decirme? –Intervino, al fin.
-Pues yo… -Tartamudeó, aun confundido, sentenciando con una mirada asesina al castaño. Un segundo después, recobró la postura y se aclaró la garganta para continuar.- Esperan por vos, señorita.
-Oh. ¿Saga y Aioros están aquí?
-Si. Shion y Arles están con ellos ahora mismo. –Al oírlo, Saori frunció el ceño. Sabía de sobra cual era la misión de esos dos: Disuadirla.
-Voy enseguida.
-Les avisaré que esperen.
Tan pronto la puerta se cerró, y la presencia de Tatsumi desapareció, la pelilila volvió a voltear su atención sobre el santo. Jabú se revolvió, incómodo por la mirada gris sobre él. No estaba acostumbrado a tanto escrutinio por parte de su diosa. Paseó los ojos alrededor de la habitación, con un nerviosismo palpable, hasta que entendió que no podría escapar de ella.
-Mejor me marcho. –Carraspeó.- Tú tienes cosas que hacer.
-Ven. Acompáñame hasta el salón y después podrás marcharte. Lo prometo.
El santo de Unicornio suspiró. Definitivamente, aparecerse en el salón en compañía de Athena sería una sorpresa para todos… en especial para su nuevo jefe. Pero la verdad era que no tenía opción. Saori no le iba a dejar escapar de su voluntad, y sinceramente, era demasiado adorable como para negarse a cualquier petición suya.
-Está bien, está bien. Vamos ahí. –Se rindió.
Escuchó la contagiosa risa de la joven diosa y sintió su mano tomando la suya. Después, simplemente se dejó arrastrar.
-X-
Tardó un rato en llegar, pero cuando lo hizo, no pudo evitar quedarse quieta cual estatua. Observó los movimientos rápidos de Nikos y su acompañante y, complacida, se percató de que su hermano volvía a recuperar sus habilidades a pasos agigantados. Era un tipo afortunado por haber terminado en el equipo de Aldebarán, de eso no había duda.
Sin embargo, la maraña pelirroja del pelo de Keitaro, no pasaba desapercibida para ella. Al contrario. Podría ser capaz de ubicarlo, y de sentir el mismo instinto asesino que aquella vez, aún cuando él no estaba en su campo visual.
Se apartó la melena, y la anudó a su espalda. No quiso interrumpir, tampoco tenía la menor idea de cómo hacerlo. Se sentó en un viejo trozo de piedra, y observó en la distancia el devenir de lo que, quería pensar, era un entrenamiento. No podía evitar pensar en aquel fatídico día, en Nikos muerto en un charco de sangre… en lo peligroso que resultaba que se enfrentara a Keitaro de nuevo. Le ponía los pelos de punta, y no porque considerase a su hermano inferior, cosa que jamás haría, sino porque la imagen era demasiado real en su memoria.
Pasó un rato, y ninguno de los dos pareció reparar en su presencia. Gracias a ello pudo observarles con detenimiento, reparando en ciertos detalles sorprendentes. Reían. Ambos reían entre golpe y golpe, entre salto y patada. Murmuraban y gritaban palabras ininteligibles desde su posición, pero lo cierto era que se veían… bien.
De pronto, el movimiento cesó. Keitaro resbaló y fue a parar a un charco embarrado, del que no se levantó hasta que Nikos le tendió la mano, con una sonrisa en el rostro. Fue en ese instante, en que todo se detuvo. Al menos para el de Cruz del Sur. Reparó en la máscara de plata que lo veía en la distancia, en la bonita silueta de su dueña… y casi se le olvidó respirar. Nikos volteó en la dirección en que él miraba, y entonces, su sonrisa aumento por unos segundos, hasta que reparó en lo extraño de la situación. Agitó la mano a modo de saludo, gesto que Naia respondió mientras se acercaba a ellos.
Keitaro tragó saliva, y oteó a su alrededor en busca de una posible vía de escape. No era que la temiera, sino que su presencia le resultaba ligeramente intimidante después de todo. Ella, simplemente, le fascinaba.
-Ey… -saludó Naia, sin mirarlo si quiera. Toda su atención estaba puesta en su hermano.- Pensé que habrías terminado.
-Me quedé un rato después de que Aldebarán se marchara. –sus ojos, viajaron nerviosamente de su hermana a su viejo amigo.- ¿Todo bien? –Naia asintió.
-Será mejor que me vaya. –Keitaro se apresuró al hablar, y casi se había dado la vuelta cuando continuó.- Te veré otro día. Estuvo…
-Bien. –Nikos terminó la frase por él, y de alguna manera, Keitaro sintió que, inmediatamente, todo estaba bien. Era como haberse quitado el peso de una vida de encima.- Estuvo bien. –El pelirrojo sonrió con timidez, y terminó por asentir. Después, tras inclinar la cabeza suavemente a modo despedida, se marchó.
Los dos hermanos lo observaron en silencio.
-Vaya… -murmuró ella. Nikos se giró a verla.
-Naia…
-No, espera. –Alzó la mano, pidiendo su silencio.- ¿Estás bien con eso? –Y los dos sabían que por eso, se refería a Keitaro.
-Si. –Él se encogió de hombros.- Si creo. –Suspiró y se revolvió la corta melena.- Es… difícil de explicar, supongo. –Y ella, simplemente lo dejó hablar.- La gente que he conocido aquí, al volver, son magníficos. En serio. Me gustan, aunque se que todos tienen mucho a sus espaldas. Son buenos chicos.
-¿Pero…?
-Pero, de alguna manera, yo no pertenezco a su tiempo, ¿entiendes? –Se mordisqueó el labio inferior.- No puedo evitar sentirme solo. Keitaro es… -volvió a encogerse de hombros con pesadez.- Hasta hoy no había querido tenerlo cerca. No tengo muy claro de que hablar o no con él, y desde luego que lo que pasó no esta olvidado. Sin embargo… ha sido agradable. Me hizo sentir bien su compañía.
-Entiendo.
-¿Lo haces? –No había nada, ni nadie, a quien adorara más que a su hermana. Haría lo que fuera por ella, y si ella pensaba que todo eso era un error, quizá…- Es decir, si tú crees que…
-Nikos… -Atrapó su mano entre las suyas, y lo abrazó.- Esta bien, de verdad. Lo entiendo. –Y lo hacía. Había visto la misma mirada de soledad, de confusión… aquel sentimiento de no encajar en ningún lado, en Aioros.- Si su compañía te hace bien, Nikos, bienvenido sea. –besó su mejilla.- Solo prométeme que te cuidarás, y que nada de lo que pasó volverá a suceder.
-Te lo prometo, preciosa. –acarició su pelo con mimo, sin importarle que en aquel no fuera más que una maraña enredada y sucia.
-Yo intentaré no matarlo. ¿Vale?
-¡Naia! –ella rió.
-Será mejor que vayamos a casa, necesito chocolate caliente o me congelare, igual que el bicho. ¡Vamos! –lo arrastró a toda prisa, escuchándolo reír, y fue incapaz de borrar la sonrisa de sus labios.
No había sido un mal día en absoluto. La extraña situación del desayuno le había dejado una buena sensación. Ella, con los gemelos, por un momento tan relajados como cuando la encerraron con Deltha en el armario de Sagitario tantos años atrás. Incluso Saga, con aquella minúscula sonrisa que le sentaba tan bien… y ahora Nikos.
Estaba segura de que no se había equivocado. Todo iría, eventualmente, a mejor. Simplemente lo sabía.
-X-
Si Saga creía que la cafetera y el calvo habían sido los mayores problemas de su mañana, estaba muy equivocado. Ese era uno de esos días de sorpresas interminables, en que al final, una de ellas terminaría por noquearlo. Posiblemente, ese último susto estaba más cerca de lo que esperaba. De otro modo, no hubiera terminado ahí, con Aioros a su lado, y unos inusualmente serios Shion y Arles frente a él, escoltando un trono vacío.
Tatsumi también estaba ahí también, inteligentemente escondido detrás del trono, pero contemplando cada movimiento suyo con atención. Saga incluso se había entretenido un par de veces, entrecerrando los ojos y afilando la mirada, solo para verlo brincar y esconderse un poco más. Aún así, seguía ahí, metiendo las narices donde no le importaba. Así que, el geminiano, también seguiría molestándolo un poquito más, al menos hasta que las noticias terminaran de molestarlo a él mismo.
Sin embargo, la mirada de Aioros ya lo había incomodado en un par de ocasiones, cuando había tratado de ser disimulado al mirarlo de soslayo, pero no lo había conseguido. Estaba seguro de que el arquero había descubierto el juego de intimidación entre él y el calvito. Lo que era más, casi estaba seguro de que Aioros se divertía tanto como él. En cambio, ni Shion, ni Arles parecían mínimamente animados. Si tenía que adivinar, en lo que a esos dos correspondía, el mundo iba a terminarse en cualquier momento. Miedo que le daba pensar en las noticias que Saori estaba a punto de soltarles.
Pero, tal como había pensando antes, las sorpresas de ese día continuarían y continuarían sin cesar. Lo comprobó cuando Saori apareció del brazo de Jabú, aunque también descubrió que él no era el único sorprendido.
-Princesa. –Arles la saludó. El tono en su voz, más allá de su rostro cubierto por la máscara, hizo entrever que no tenía la menor idea de que hacía el santo de bronce con la diosa.
-Arles, Shion. –Se refirió a los dos mayores. Cuando sus ojos se cruzaron con el par de santos dorados frente a ella, no pudo evitar sonreírles. Nunca se cansaría de mirarlos.- Aioros, Saga, me encanta teneros aquí otra vez.
Ninguno de ellos respondió, pues en realidad esperaban que el otro lo hiciera. Al final, solamente atinaron a responder con una reverencia.
Sus miradas se desviaron de inmediato hacia Jabu, quien parecía ansioso de huir de ahí tan rápido como le dieran las piernas. Lo vieron sonreír torpemente a Shion y a Arles, pero obviamente no obtuvo respuesta de sus máscaras. Tatsumi tampoco estaba mínimamente emocionado con su presencia. Si algo, estaba fastidiado de él. El chico necesitaba más que nunca una piedra bajo la cual resguardarse.
-Saori, yo… -Titubeó, y la princesa pareció entender perfectamente el ruego implícito en su voz.
-Ve, Jabu. Gracias por venir a verme. –El diminuto beso en su mejilla que siguió a sus palabras, lo hizo colorearse de rojo. No esperaba una despedida como aquella.
Por último, ofreció la reverencia más torpe que habían visto y salió prácticamente corriendo, con un montón de miradas interrogantes sobre él. Pobre chico. Ni Aioros, ni Saga, le envidiaban en ese instante.
-Bien. Conversemos. –Les dijo la joven, tan pronto su amigo se hubo esfumado del salón.- Hay algo muy importante que me gustaría discutir con ambos.
Y había sido clara al respecto: ambos, Saga y Aioros; no Arles, no Shion. De otro modo, intentarían disuadirla de nuevo y hacía mucho que ella había tomado su decisión, en la que no había vuelta atrás.
-Princesa…
-Por favor, Shion, déjame a mi explicar. –Pidió. La curiosidad de los santos se volvió aún más marcada al escuchar el resuello del Maestro.
-Esto se pondrá interesante. –Saga alcanzó a escuchar el susurro de Aioros y, por un momento, juró que tenían una conversación. Pero al final, terminó por convencerse a si mismo que solamente era el arquero hablando consigo mismo.
-No quiero dar demasiados rodeos a este asunto, así que trataré de no complicar las explicaciones… -Hizo una pausa brevísima, para tomar un último suspiro antes de soltar sus planes y lidiar con las consecuencias.- En los próximos días, tengo planeado una visita de buena voluntad a Atlantis, para reforzar los lazos de amistad con Julián. Os he elegido para acompañarme, como mis escoltas personales.
Al terminar de hablar, solo quedo silencio alrededor de todos. No había pasado tiempo suficiente alrededor de ambos santos, pero tampoco necesitó conocerlos demasiado para darse cuenta que sus palabras les habían cortado el aliento.
Shion, a su lado, se había llevado las manos detrás de la espalda y agachado la cabeza. Saori sabía lo que eso significaba: "Mala idea. Te lo he advertido." Pero, a pesar de eso, no perdió el temple, y con mucho esfuerzo pasó por alto toda esa negatividad. Las reacciones que verdaderamente le importaban eran las de los chicos… aunque ninguno de los dos se atreviera a decir palabra alguna.
-¿Y bien? –Los invitó a opinar. Buscó sus miradas y trató de mantener aquella bonita sonrisa suya en los labios. Mientras pudiera lucir adorable, ninguno se resistiría a ella.
Saga y Aioros cruzaron miradas por un instante, y después desviaron el rostro en direcciones opuestas, sintiéndose aún desconcertados. Con toda sinceridad, sentían que alguien les había lanzado un base de agua fría encima.
-No… no estoy seguro de que sea una buena idea llevarme contigo, princesa. –El santo de Géminis se sopló el flequillo. Era hora de ser sincero.- Soy el gemelo idéntico de Kanon. El simple hecho de ver en mi rostro al de mi hermano, hará que se les revuelva el estómago. No van a tomárselo bien. Kanon no es bienvenido en Atlantis, ni nunca lo será.
-Tú no eres Kanon. Julián y los demás serán lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de lo diferentes que sois.
-Aún así. ¿Y si lo toman como una burla?
-¿Por qué habrían de hacer tal cosa? Saben que vamos en son de paz. Nunca haría algo que pusiera en peligro nuestra alianza. –Ella recalcó.- Fuiste Patriarca todos estos años. Sabes como funcionan las cosas. Te quiero ahí, conmigo.
No había nada que Saga le hubiera negado a esa niña, pero no podía obviar que la idea era un plan macabro. No solo estaba el hecho de bajar al fondo marino y pasearse por las callejuelas de Atlantis luciendo el mismo rostro del hombre que estuvo a punto de destruirlo todo, sino que además tenía a Aioros a su lado. ¡A Aioros!
Desde aquella primera y única conversación, no habían vuelto a cruzar palabra. Ambos habían pasado el uno del otro, y mientras no tuviera la conciencia lista para enfrentarlo, el santo de Géminis hubiera preferido que eso jamás sucediera. Por supuesto, tenía que admitir que nunca se sentiría listo para mirar esos ojos color de cielo una vez más. Nunca, en lo que le quedaba de vida, se sentiría a la altura para enfrentarlo. ¿Cómo se supondría que sobreviviría en Atlantis, con él, a solas? Vivir con las miradas severas de las marinas sobre su espalda ya sería un tormento suficiente. Pero enfrentar la mirada de Aioros, sus silencios y su simple presencia, sería una tarea dantesca que no deseaba cumplir de ningún modo.
Por una vez, en mucho tiempo, sus ojos, bonitos y suplicantes, volaron hasta posarse en Shion. Las únicas dos personas que podían sacar a Saori de su error eran él y Aioros,. El problema era que, si el Patriarca no podía librarlo de sus problemas, dudaba mucho que el desconcertado santo de Sagitario pudiera marcar cualquier diferencia.
-¿Escuchas, princesa? Saga tiene razón en cada palabra que te ha dicho. Poseidón es un joven irascible y errático, podría tomarse esto como una ofensa, sin importar cual buenas sean tus intenciones. –Intervino el lemuriano.- Te lo ruego: sé cuidadosa.
-¡¿Cómo os atrevéis a discutir las órdenes de la señorita Saori?! –Tatsumi ladró, aunque en el fondo deseaba que el Maestro pudiera hacer algo para evitar aquel viaje. Pero de inmediato se vio obligado a callar, cuando la mirada del peliazul lo atravesó. Menos mal que el trono de Athena estaba entre ambos y podía servirle de escondite.
-No cambiaré de opinión y estoy siendo cuidadosa, Shion. –Terció la diosa, mirando de soslayo a su Patriarca.- Julián sabe que iré, y también sabe quienes serán mis acompañantes. De haber tenido alguna objeción, me lo hubiera hecho saber en ese mismo instante. De hecho, os considera interesantes. –Añadió, no sin sentirse ligeramente orgullosa. Todos sus santos habían tenido vidas difíciles, pero de algún modo se sentía en una deuda mayor con aquel par.
-Oh, por los dioses. –Aioros masculló. Fue solo un murmullo pero bastó para acaparar la atención. Él quería huir de aquel plan tanto como Saga.- Yo no soy bueno para esto, princesa. La política y yo no nos llevamos bien. Tal vez no te sea de utilidad, al menos no del mismo modo en que podrían serlo otras personas. Sé que Camus fue maestro de alguno de los generales marinos. Él sería ideal para acompañarte.
-¡Tonterías! Lo harás magnífico, y tampoco será una visita demasiado formal. Necesito que vayas conmigo.
-Tal vez Sagitario no reaccione muy bien al volver al fondo marino. –Saori lo miró fijamente.- Tal vez no le guste ver a Poseidón de nuevo. –Los ojos grises siguieron atentos a cada movimiento suyo.- Tal vez pueda ponerse agresiva. –La chica le sonrió y el gesto le indicó que no tenía salida. Aioros se resignó, soplando sus flequillos.- Tal vez yo deba callarme y empezar a preparar mi equipaje. –Susurró, más para si mismo que para nadie más.
-¡Entonces, todo está perfecto! –Celebró la pelilila… y vaya que estaba equivocada.- Preparad todo. Marcharemos en un par de días.
Saga estuvo a punto de suplicar una vez más, pero se mordió la lengua. Ni las palabras de Arles, de Shion, de Aioros, o las de él mismo habían hecho que la diosa adolescente se lo pensara dos veces. Entonces, ¿qué más tenía que decir?
Lo único que escucharon de él, a partir de ese momento, fue un suspiro de resignación, que sonó más alto de lo que él hubiera deseado. Se ahorraría los gruñidos para el viaje a Atlantis y, ciertamente, también la paciencia. Le harían muchísima falta, para sobrevivir a los marinas, a su diosa y a su amigo de la infancia.
-X-
A pesar de sentirse apaleado, Jamian prácticamente brincaba de alegría porque Camus les había permito retirarse un poco más temprano que de costumbre. Deltha y Tremy, que le acompañaban, sonrieron secretamente ante el recién hallado optimismo del santo de Cuervo.
-Casi estoy esperando que te pongas a cantar bajo la lluvia. –Le dijo el santo de Sagita. Jamian negó efusivamente.
-Ya no llueve.
-Pero, ¿cantarás?
-¡Quizás lo haga!
-Oh, por los dioses. –Deltha rió.- Camus nos hará entrenar horas extras si se entera. Te acusará de tener demasiado tiempo libre.
-¿Ríes, Apus? ¿Estás enferma o qué? –El pelimorado la miró mordazmente.
-Es probable. –Respondió con complicidad. De no haber tenido la máscara le hubiera sacado la lengua también.
En los últimas días había estado muy meditativa. Con Naiara pasando la mayor parte de las noches fuera de casa, Deltha se quedaba sola con sus pensamientos. Al principio, la relación de la amazona de Caelum y Kanon le había devastado los nervios. Pero mientras más lo pensaba y más observaba a la morena, mejor comprendía que quizás algo había de correcto en esa locura. Naia casi se veía feliz… y Deltha sentía envidia por su tranquilidad.
¿Bastaba con tan poquito para sentirse así? De ser así, valía la pena dejar de medir las consecuencias y atreverse a olvidar todo. Si Naia y Kanon, que no eran más que un capricho él uno para el otro, podían hacerlo funcionar, ¿por qué ella y Aioros, no? La respuesta era siempre la misma: Miedo, su miedo a ser lastimada.
¿Cómo podía deshacerse de ese agobiante sentimiento? Tenía que cerrar los ojos y saltar al vacío de la incertidumbre, tal como Naia lo había hecho.
-X-
-¿A Atlantis? ¿En serio? –Aioros asintió, con una resignación tan penosa que Shura no supo si reírse o llorar.- ¿Y dices que Shion consintió el plan de la princesa?
-En realidad, dudo que la palabra "consentir" sea la adecuada. Si me preguntas, estaba tan reacio a aceptarla como nosotros mismos, pero Saori no le dio ninguna opción… Ni a él, ni a nadie. –Dejó caer la cabeza sobre la mesa. Shura sonrió atropelladamente y le revolvió los cabellos castaños, buscando darle un poquito de apoyo que tampoco era demasiado consuelo.
-No saldrá tan mal. Ya verás. –Aún desparramado sobre la mesa, el arquero abrió uno de sus ojos y le miró de soslayo. "Sabes que lo será," Le dijo con la mirada. Shura volvió a esbozar aquella mueca, mitad sonrisa, que usaba cuando se sentía nervioso.- Estaremos todos al pendiente de lo que pueda pasaros. No estaréis solos, si eso es lo que os preocupa.
-No es solo eso.
-¿Y que es?
-Pues… -Aioros se incorporó mientras su boca se torcía levemente y sus brazos se cruzaban a la altura de su pecho.- Saga y yo vamos a pasar mucho tiempo a solas… sin nada que decirnos.
-Oh…
-Ni siquiera va a querer hablarme. ¿Qué se supone que debo hacer al respecto?
-Hablarle, tú a él. –Respondió a la inquieta voz del castaño.- Te aseguro que Saga se siente mucho peor que tú al respecto. Te diré algo que probablemente ya sabes, pero que olvidas todo el tiempo: Hay un aspecto de Saga que no ha cambiado en absoluto. Por fuera luce como piedra, fría y estoica, sin importar lo que suceda. Pero por dentro, sufre más que todos nosotros juntos. –La mirada celeste de Aioros se agachó al escuchar a Shura.- Sé que es difícil lidiar con él en algunas ocasiones. Sin embargo, sabes bien que si le das la espalda, lo estarás perdiendo para siempre. Saga no va a tender la mano para pedir ayuda, a pesar de que muere por aferrarse a algo que le permita salvarse de su soledad.
Era imposible negarle la razón al español, Aioros lo sabía bien. Nada de lo que había dicho le resultaba una idea disparatada, sino de hecho, era una descripción muy acertada del problema. Ya lo había pasado una vez y, mentiría al decir que no compartía la preocupación, pero con Saga la situación era diferente que con Shura. Se había intentado acercar en una ocasión antes, solo para ser empujado tan lejos, que ahora no podía sino sentir una ansiedad asfixiante de volver a pasar por lo mismo.
Pero, de pronto, sus mundos volverían a colisionar en el momento menos esperado y en el lugar menos adecuado, probablemente. Solo le quedaba rogar porque el resultado fuera diferente. No pedía perfección, únicamente no quería una catástrofe. Su amigo estaba en lo cierto: Si él no intentaba mantener a la flote la situación, terminarían por hundirse ambos.
-¿Cuándo creciste tanto? –Preguntó al final, mientras mordisqueaba una galleta. Shura soltó una carcajada que rompió la tensión del momento.
-Justo después de cometer un montón de metidas de pata. –Aioros le correspondió la sonrisa. Hablar con Shura, de la manera en que lo hacía en ese momento, le relajaba. Lo había extrañado muchísimo y estaba sumamente orgulloso de su amigo.
-¡Finalmente! ¡Pensé que no llegaría…! -La voz femenina los tomó desprevenidos, y la presencia de ambos la pilló por sorpresa también a ella. Deltha se petrificó en la puerta de la cocina.
-Del… -Aioros musitó mientras Shura se ponía en pie de un brinco, incómodo por llegada de la amazona. No habían cruzado palabra desde su regreso, pero siempre había tenido la certeza de que, si lo hicieran, Deltha no tendría nada bueno que decirle.
Deltha, mientras tanto, permaneció de pie, callada, intentando entender lo que estaba sucediendo. No tenía idea de que hacían Shura y Aioros, juntos. Hasta donde sabía, su relación no había mejorado. Pero al verlos ahí, frente a ella y luciendo relajados, supo que estaba equivocada. Algo había sucedido, algo que ella desconocía.
A espaldas de Shura, pudo ver los ojos de Aioros fijos en ella, negándole con la cabeza y dejándole saber con la mirada, que no quería que se metiera en líos, ni discusiones, con el español. Lo que tuviera que decir, por mucho que le costara, tendría que tragárselo. Si Aioros se lo pedía tan insistentemente, la pelipúrpura no tenía más remedio que callarse.
-Creo que debo retirarme. –Dijo el español. Caminó hacia la salida, cruzando al lado de la amazona sin atreverse a mirarla de frente.- Siento mucho todo lo que sucedió, Deltha. –Añadió en un murmullo, cuando quedó a sus espaldas..
-Si. Supongo que si. –Ella le respondió.
Ni siquiera volteó a verlo; su mirada se mantenía clavada en el piso, mientras su mente se concentraba en mantener el tono firme de su voz, y a su lengua bajo control. Tenía que aprender a controlar su temperamento.
Aioros, por su parte, solamente pudo respirar en calma en el momento en que Shura atravesó la puerta y desapareció. Había sido una tontería no poner bajo aviso a los dos sobre lo que sucedía con el otro. Sin embargo, para su buena fortuna, la prudencia del español se había impuesto, y Deltha había conseguido entender sus mensajes de mantener la calma. En pocas palabras, había sobrevivido a duras penas.
-No pensé verte tan temprano por aquí. –Habló a la pelipúrpura.- Usualmente tus entrenamientos terminan más tarde.
-Si, bueno… Camus se esfuerza por hacer de nosotros personas de provecho, pero hoy nos dio una tregua. –Deltha se despojó de su máscara y la asentó sobre la mesa. Miró una vez más sobre su hombro, hacia la puerta por donde Shura había desaparecido, para luego caminar a la meseta de la cocina, donde se encaramó.- ¿Qué ha sido eso? –Aioros sabía a lo que se refería.
-Shura y yo arreglamos las cosas. Somos amigos de nuevo.
-¿Así de fácil?
-Pues sí. -El arquero subió los hombros.- No es como que las cosas sean exactamente lo que solían ser… Pero al menos lo intentamos. Hablamos, nos reímos y tratamos de tomar las cosas, una a la vez. Ha cambiado mucho, Del. Y, sin embargo, sigue siendo el mismo chico simpatiquísimo que recuerdo.
Para su sorpresa, la amazona de Apus guardó silencio, y su rostro se tornó pensativo. No estaba seguro de que comprendiera como la relación con Shura parecía haber cambiado tan rápido, pero el hecho de que no reaccionara negativamente ya era un avance enorme.
-¿Esto ha sido por la discusión con Kanon? –Deltha se atrevió a preguntar tras un rato de vacilaciones.
-¿Cómo sabes…? ¡Naia te contó!
-No, Naia no dijo nada al respecto. La gente habla ahí afuera, ¿sabes? Mucho más cuando se trata de vosotros.
-¿Por qué no habías dicho nada?
-Te vi tranquilo después de aquello. Supuse que lo mejor era dejar pasar el mal rato y no poder el dedo sobre la llaga si no era necesario. Pero, no me has respondido. ¿Fue por eso?
-Si y no. –Bufó.- Desde antes de la pelea con Kanon llevaba pensando en lo mucho que echo de menos a determinadas personas. Supongo que toda la palabrería de ese día me dio la fuerza para atreverme a ir a Capricornio. Tenía que demostrarle que, más que con palabras, podía responderle con acciones. –Calló por un segundo.- Shura y yo hablamos. El resto se irá solucionando poco a poco.
-Bien. –Deltha dejó escapar el aliento. Se había dicho que esta vez de verdad pondría empeño en arreglar las cosas. Naia tenía razón en muchas cosas: era momento de despabilarse y comenzar a hacer las cosas bien. Si Naia podía tener todo lo que quería, ¿por qué ella no?- En verdad espero que funcione, Aioros.
-Gracias. –Respondió, sin sobreponerse por completo ante la calmada actitud de la amazona.
-Ni lo menciones.
El castaño no pudo evitar mirarla con cierta sospecha. Era un buen inicio verla en calma; sin gruñidos, ni rabietas, ni caras de sufrimiento. Incluso sonrió un poquito cuando le descubrió esculcando sus gestos.
-Te ves diferente. –Le dijo el santo.
-He estado pensando en muchas cosas.
-¿En Kanon y Naia?
-Oh, en eso también. –Giró los ojos y esbozó una sonrisa agria. Aioros no necesitaba ser un genio para saber lo que cruzaba por la mente de Deltha al respecto.
-Tú también crees que es una mala idea.
-Eso le dije, pero Naia está encaprichada. He cumplido con advertirle, más allá de eso, no puedo hacer más por ella. Es su decisión. –Apartó de un manotazo los flequillos de su rostro.- Pero, ¿sabes algo?
-No. ¿Qué?
-Hay algo retorcidamente admirable en todo eso.
-¿Estás de broma? –Pero la amazona negó.
-Naia hace lo que quiere, sin pensar en las consecuencias… solo por el gusto de hacerlo. Es libre, a su manera. Siempre quise ser como ella en ese aspecto. Lo intenté durante todo este tiempo al conseguirme una vida en Naxos y creí conseguirlo. Pero cuando se trata de este lugar, mi cerebro simplemente necesita dar miles de rodeos a todo, antes de tomar una decisión. –Se bajó de la meseta y caminó hasta donde estaba el santo.- Hay cosas que me gustaría hacer y decir con su misma espontaneidad.
-¿Cómo qué?
-Cosas cómo… -Para sorpresa de Aioros, la pelipúrpura tomó su rostro entre las manos y le hizo mirarla a los ojos.- … que te quiero.
Y, por vez primera desde su regreso, se atrevió a probar sus labios. No hubo timidez esta vez, ni tampoco miedo, o recelo. Simplemente lo besó, como había deseado hacerlo por catorce largos años. Saboreó sus labios y su lengua, sin tener suficiente de ellos. Enredó los dedos en sus rizos castaños mientras sentía sus manos aferrarse a ella. Quería su cariño… lo necesitaba; y él demandaba lo mismo de ella.
Deseaba degustar su boca hasta quedarse sin aliento. Quería tener todo lo que alguna vez tuvo. Quería recuperar todos esos años perdidos, y si el precio a pagar era correr el riesgo de ser herida, lo aceptaría con gusto a partir de ese instante.
-Continuará…-
NdA:
Aioros: Saga, ¿estás… consumiendo? u_u
Saga: ¡No! ¬¬'
Kanon: ¡Malditas drogas! ¡Le hacen ver divertido!
Saga: ¿Me estáis escuchando? ¬¬'
Aioros: Es casi como el preámbulo del Apocalipsis.
Kanon: Es peor, arquero. ¡Podría volverse una costumbre! O_o
Tatsumi: ¡Lo sabía! O_o
Saga: ¬¬'
Tatsumi: Además de asesino, bipolar, irreverente y obsesivo… ¡yonki! O_o
Saga: Soy un tachado de virtudes.
Kanon: La cafetera se percato de ello.
Saga: Solo estas celoso de que cuando me lo propongo, puedo ser de lo más simpático y divertido.
Todos: … … …
Aioros: Si, si… ¿preparaste la maleta ya? ¡En el próximo capítulo iremos a Atlantis!
Saga: x_X
Aioros: No te emociones tanto u_u
Saori: ¡Si! ¡Nos veremos en el próximo capítulo, porque me iré con mis preciosos santitos de viaje!
Kanon: Y mientras os vais, ¡tomaré control del Santuario! Muajajaja…! Cof, cof. Perdón, es difícil deshacerse de os viejos hábitos u_u
Tatsumi: ¡Marchaos ahora! ¡Y cuidad a la señorita! ¡Adios!
Aioros:¡Gracias a todos por los reviews! ¡Ya pasamos de los 100 en FF!
Saga: ¡Shion! T_T
