Capítulo 9

Darien regresaba de Madrid. Había sido una semana larga, pero afortunadamente provechosa. Una de sus empresas había resultado afectada por rumores de impago, y toda su semana había consistido en reuniones con socios y clientes con mensajes de calma. Esa mañana había recibido un pedido nuevo de su mejor cliente, había tranquilizado al banco respecto de unos vencimientos, y por fin regresaba a casa, agotado pero satisfecho.

Era viernes, a media tarde. Su mayor deseo era ver a Serena, pero eso no sería posible precisamente porque era viernes. Ella se negaba a quedar con él los fines de semana, alegando que si cambiaba su rutina se sabría que estaba con alguien, y que sería cuestión de tiempo que se supiera con quien. Entendía cada palabra de lo que ella le decía, pero no el significado general. Serena tenía treinta y cuatro años, era una mujer hecha y derecha. Desde que la conocía, y eso era desde siempre, había manifestado una seguridad en sí misma arrolladora, que hacía que las opiniones de los demás pasaran a un segundo plano. No necesitaba la aprobación de los demás, sólo la propia. Y ahora se negaba a reconocer que estaban juntos.

Aunque ella insistía que no había porqué preocuparse, que sencillamente era muy celosa de su vida privada, no había que ser muy listo para saber que algo no iba bien. ¿Acaso le avergonzaba que la relacionaran con él? Una parte de él se revolvió. Quizá no fuera tan divertido o ingenioso como otros, pero era un hombre decente, y un buen partido, según muchas mujeres. Bueno según sus hermanas, su madre, y alguna amiga. Pero bueno, estaba a la altura de ella ¿no?

Molesto por tener que justificarse ante sí mismo, y más molesto aún por no poder ver a Serena sin una razón de peso, pensó en como enderezar la situación sin presionar en exceso. Ella parecía tener alergia a la presión. Cada vez que apretaba se salía por la tangente, en el mejor de los casos. En el peor hacía exactamente lo que más podía fastidiar a quien le exigía, como cuando firmó el divorcio pero no la cesión de bienes.

Sonrió, involuntariamente, ante la fiereza de ella. Era irónico que lo que más le gustara de ella fuera su combatividad, a pesar de que ese rasgo se estuviera volviendo contra él. Debía estar muy enamorado para amarla por sus defectos. Y así era. Adoraba todos sus defectos. Incluso que fuera tan borde, a pesar de que solía ser objeto de su mala leche a menudo. Pero secretamente disfrutaba de su ingenio y creatividad, aunque estuvieran tan mal dirigidos.

Quizá no quería que alguien en concreto se enterara de lo suyo. Se le heló la sangre en cuanto lo pensó. Tal vez ella estaba saliendo con otro… no, no, reflexionó, Serena iba de frente, no tendría ningún problema en decirle alto y claro que se largaba con otro, pero primero lo diría.

Tal vez estaba enamorada de otro hombre, y no quería que se enterara de que ella estaba saliendo con alguien. Debía ser eso. Una pequeña parte de él se sintió mal, como siempre que le había visto con otro hombre en alguna reunión familiar, o durante los veranos. Pero lo que le atravesó fue una posesividad enorme. Serena era suya y de nadie más. Le había costado años, una boda frustrada, un compromiso roto, millones de euros en una empresa, un viaje, y una bronca por un bombero en la que se había sentido ridículo, para que ella se diera cuenta de que existía. No pensaba permitir que nadie la alejara de él. Al menos no sin luchar.

Convencido como nunca de lo que quería, pensó en cómo ablandar la coraza que ella llevaba puesta, como derrumbar ladrillo a ladrillo el muro que ella había alzado entre ambos. Desde luego no iba a ser consintiéndole cada capricho. No iba a bailar al son que ella marcara y nada más. Pero probaría una estrategia poco habitual, una con la que ella se sintiera desarmada.

En lugar de presionar, acariciaría.

Serena estaba en casa. Era viernes por la noche, pero no había quedado con nadie. Los amigos habían quedado para ir a la bolera, pero ella había declinado la invitación, esperando secretamente que Darien se presentara sin avisar. Y ello a pesar de que él le había dicho de quedar un montón de viernes y ella se había negado siempre. Se sintió estúpida. ¿Por qué negarse lo que quería? ¿Por qué no quedar con él a todas horas, si era lo que más deseaba? Y encima se enfadaba con él porque era obediente. Ella le decía que no se vieran los fines de semana, y él la respetaba. ¿Qué más podía pedir?

Sabía de sobras qué podía pedir. Podía pedir dejarse de tonterías y reconocer que estaba enamorada de él. Pero enamorada de verdad. No como cuando era una niña y tenía fantasías románticas, ni como cuando tenía quince años y soñaba con él. O como cuando tenía veinticinco y fantaseaba con casarse con él. Ahora amaba a Darien, al Darien que había conocido y a quien admiraba. Muchas veces, después de hacer el amor, sentía la necesidad de decírselo, de confesarle que moriría por pasar el resto de su vida con él. Pero entonces recordaba lo diferentes que eran, y se imaginaba a todo el mundo diciendo que no funcionaría, que no duraría, y un nudo de ansiedad se le formaba en el estómago, y le embargaba la más profunda de las tristezas, y se abrazaba a él deseando que no amaneciera nunca.

El móvil la sacó de sus pensamientos. Un sms.

"Por fin en casa ¿dónde andas?"

Debía decirle que estaba en casa, sin cenar y sin nada que echarse al estómago, languideciendo de amor por él. Debía decirle que arrepintiéndose de ser una cobarde. Debía decirle que le amaba.

Contestó.

"Con los amigos, en la bolera. ¿Y tú?"

"Pequeña mentirosa". Pensó Darien, entre divertido y asombrado. De la bolera nada de nada. Sintiéndose esperanzado, había comprado algo de comida china para llevar y se había dirigido hacia la casa de ella. En un impulso de última hora, paró en una tienda que abría 24 horas y compró una cartulina rosa y un rotulador de purpurina rojo.

Estaba enfrente de casa de Serena, viéndola por la ventana. Se sentía como un acosador, pero se moría por verla, y tenía la esperanza de que no le rechazase. ¿Con que en la bolera, eh? Quizá estaba como él, sola y pensando en verle. Cogió el rotulador, escribió en la cartulina, y salió del coche, sonriendo a pensar de saberse un cursi.

Serena estaba delante de la tele, cambiando de canal cada dos segundos, incapaz de centrarse, cuando sonó el timbre. Un cosquilleo de emoción le recorrió la columna, pero enseguida se amonestó. "Será tu madre, y es lo que menos te apetece, así que déjate de tonterías y abre".

Su madre le había dicho que esa noche o por la mañana se acercaría a enseñarle el vestido que se había comprado para la boda de su primo mayor. Desde luego no eran horas, pero…

Abrió la puerta y quedó conmocionada.

Darien estaba de pie, mirándola. En una mano llevaba una bolsa del restaurante chino de al lado de su casa. En la otra una cartulina rosa escrita con un rotulador ridículamente precioso. Se leía.

"Te he echado de menos. ¿Me dejas quedarme a dormir contigo?".

Serena se despertó desorientada. Sintió una presencia a su lado, en la cama, y se volvió. Darien estaba profundamente dormido. Se permitió observarlo a placer. Tenía unas pestañas espesas, una boca que, relajada, sugería cientos de besos, unas cejas rectas, perfectas, y una frente ancha. Su pelo castaño, alborotado, pedía a gritos ser acariciado. Pasó varios minutos mirándole, soñando con despertarse a su lado todos los días de su vida. Su mano, con voluntad propia, alcanzó la mejilla, áspera por la incipiente barba, y rozó apenas su piel. Poco a poco Darien fue despertándose, y cuando abrió los ojos y la vio, a su lado, una sonrisa perezosa se dibujó en su boca.

— Jamás hubiera dicho que fueras de las que se levantan de buen humor.

Ella sonrió, feliz porque sí.

— En realidad no lo soy. O no lo era hasta esta mañana, al menos.

Ese comentario le valió un beso. Serena se dejó hacer, al tiempo que sus manos acariciaban con más urgencia.

— ¿Serena? —La voz de su madre resonó. —¿Cariño?

Mierda. Definitivamente iba a tener que quitarle las malditas llaves. ¿Qué hacía allí a esas horas? Miró a su alrededor, en busca del despertador, emplazado detrás de una caja de comida china para llevar, que la noche anterior se habían tomado fría después de hacer el amor. ¡Las once! Habían dormido muchísimo. Y tan a gustito…

— ¿Serena? Soy mamá.

Se dejó de ensoñaciones y miró a Darien, suplicante.

— Ni lo sueñes. No pienso meterme debajo de la cama. –Susurró. La interrumpió antes de que tratara de convencerle. –Con treinta y cuatro años es humillante.

— Mamá, espera un segundo –sonaba desesperaba, que era tal y como se sentía.

Darien se compadeció de ella.

— No saldré de aquí, no delataré quién soy, por más que me apetezca. Pero no me esconderé. –Su tono no admitía réplica. –Sal y dile a tu madre que estás ocupada haciendo el amor con un hombre maravilloso que te satisface…

— Shhh. Cállate. –Gritó a su madre. –Salgo ahora.

Se puso el pijama y bajó al comedor. Su madre llevaba una funda de ropa. Debía ser el maldito vestido para la boda. Dios, ella tenía el don de la inoportunidad. Afortunadamente no era tonta, y enseguida se percató de lo que ocurría.

— Cariño, perdona, no pensé…

Serena dejó que se disculpara, abrió la cremallera de la funda, dio su aprobación al vestido, y pidió a su madre que se marchara, prometiéndole visitarla al día siguiente para verle la prenda puesta, y elegir con qué joyas iría mejor. Una vez cerró la puerta, giró el pestillo, para evitar futuras incursiones. ¿Quién más tenía llaves? Su hermana, su padre, un amigo que vivía cerca, su abuela… Joder, igual debía cambiar la cerradura y dejar correr lo de las copias…

Volvió a subir. Darien la esperaba en el mismo sitio, sonriente.

— ¿Ves? No ha sido tan duro.

Ella frunció el ceño.

— Sí lo ha sido. Ya podrías haber colaborado un poco. Mi madre me ha pillado con un tío en mi casa a las once de la mañana. Y sabía que estabas en mi cama.

— Cariño –su tono era conciliador –tienes edad suficiente.

— Es la primera vez –admitió refunfuñada.

— ¿Tu primera vez con un hombre? –bromeó. –Mmmm, pues tienes un don natural para el sexo, porque ha sido memorable.

Ella rió a su pesar.

— Noo, bobo, la primera vez que me sorprende. – Continuó, ante la pregunta no formulada. –No porque no haya coincidido. Con mi madre es cuestión de probabilidad. Es que nunca traigo hombres aquí.

Darien se quedó quieto, demasiado sorprendido para hablar. Ella siguió, nerviosa.

— Es que este es mi sitio, mi lugar. No quiero a nadie merodeando. Que nadie pase y llame y se quede. Cuando… cuando lo hago –se sonrojó violentamente— nunca es aquí. O es en su casa o en un hotel.

Se cruzó de brazos, jurándose que no seguiría hablando.

Darien se sintió honrado. Se levantó, desnudo, y la arrastró hasta la cama, dispuesto a demostrarle cuán privilegiado se sentía.

El domingo por la noche, cuando se separaron, Darien volvía en el coche pensando todavía en ello. Así que su preciosa Serena sólo le había permitido a él entrar en su casa. Quizá después de todo ella sí estaba haciendo cesiones. No las que él quería, ni al ritmo que él quería, pero avanzaban.

Esperanzado, se prometió que para la boda de Malachite, dos meses después, irían juntos, de la mano. Cómo lo lograría era otra historia. Pero estaba seguro de que el viernes había ganado muchos enteros al presentarse por sorpresa. Al margen de la cartulina, ella se había alegrado de verle. Y habían pasado el fin de semana juntos y solos. Serena no había quedado con sus amigos, a pesar de que le habían llamado en varias ocasiones.

Ya no parecía obsesionada en que se supiera que estaba con alguien.

Optimista, pensó cuál sería su siguiente movimiento.

Mientras Serena trataba de adivinar a cuántas personas les diría su madre que tenía pareja. Peor, diría que su hija, con treinta y cuatro añazos, tenía novio. Uffff, iba a ser duro. Su hermana, sus primas, sus amigos… todos preguntarían, y ella no estaba preparada para contestar.

Aunque después de aquel fin de semana, cada vez le costaba más recordar las razones por las que lo suyo nunca funcionaría.

Serena entró en el despacho de Darien con el móvil en la mano. No esperó a sentarse.

— Este fin de semana mi madre quedó para jugar a las cartas con mis tías. Y las consecuencias fueron desastrosas.

Darien levantó la vista de los papeles y la miró, subyugado. Hacía apenas unas horas que se habían separado, después de un fin de semana memorable, y la veía más hermosa que nunca. Si eso no era amor, no sabía qué podía ser. De buen humor, le siguió el juego.

— ¿No irás a decirme que tu madre se ha jugado tu herencia a una partida al cinquillo, y lo ha perdido todo?

Serena no puedo evitar reír.

— Graciosillo. Tú solo escucha.

Marcó el número del buzón de voz.

"Tiene cinco mensajes"…

"Habla por el agujero, cariño (era la voz de su hermana, después llegó la voz cantarina de su sobrina). La tía tiene novio, la tía tiene novio… Bieeeeeeen"

Piiiiiiii.

"Serena, soy Haruka. Corre un rumor terrible sobre ti (había cachondeo en su voz). ¡Dicen que te estás tirando a alguien! Yo que tú lo desmentiría, no sea que alguien piense que tienes sentimientos… Llámame, perri, que lo quiero saber todo".

Piiiiiiiiii.

"¿Cómo es posible que las madres se enteren antes que las primas de tu vida personal? (era su prima mayor). Muy mal, Serena. Ahora tendremos que quedar sin ti a tomar café para rajarte. Si es que te dejan salir del dormitorio…"

Piiiiiiiii.

"Bueno, bueno. ¡Tu prima pequeña también lo sabe! ¿Es alguien conocido? Estoy pensando en hacer una porra…"

Piiiiiiiiii.

"Serena, soy Lita, llámame ya. Por favor, por favor, por favor, llámame a mí antes que a las demás, que estoy embarazada de ocho meses y muy aburrida. Gracias".

A Darien le venía justo contener la risa.

— No te atrevas a reírte, Darien. Esto es serio.

Él trató de mostrarse solemne.

— Ya cariño. Es terrible. Tus primas se preocupan por ti. Si es que estas Tsukinos…

Le miró desdeñosa.

— Mis primas son unas cotillas de primera. No lo entiendes…

— Serena, cariño, tengo cuatro hermanas. Lo entiendo perfectamente.

— Pero las Chiba son discretas…

— Eso es cierto. Pero reconoce que tu clan es muy ingenioso. Tú harías lo mismo si alguna de ellas… ¡espera, eres la única sin pareja! Ahora sí te compadezco…

— Ya te veo, muy compungido por cierto. Pero quizá les diga que eres tú sólo para que te martiricen y me dejen espacio.

El comentario los dejó paralizados a los dos. Serena porque supo que a él no le gustaba el hermetismo de su relación; Darien porque no quería bromas al respecto.

— Ya. Bueno. ¿Trabajamos un rato?

Pasaron tres horas antes de para a almorzar. Durante el café, él le habló de un nuevo restaurante, que abrían un par de amigos de su pandilla.

— Lo inauguran el viernes. ¿Te apetece ir?

—No sé, en las inauguraciones hay un montón de gente…

— Dios no quiera que nos vean. Entiendo. –Su enfado era evidente.

— No, espera. No es eso – le sonrió, indecisa. –Es porque cuando hay mucha gente la comida no es buena, y ya sabes que yo me tomo la comida muy en serio.

Era un eufemismo. Era una tragona de primera. A él no le hizo gracia.

— Ya, vale, otra vez será.

Pero no, no valía, él estaba enfadado. Serena supo de ceder.

— Vale, llama a tus colegas y reserva mesa. Pero como me quede con hambre…

Darien sonrió, contento.

Pasó el resto de la semana ilusionado. Por fin podría presentar a su chica a sus amigos. Se moría por presumir ante ellos de la mujer de sus sueños.