Declame
Esta obra es un Crossover entre algunos personajes de la saga de Harry Potter de la autora JKR con el libro Peligro Mortal de Eileen Wilks.
Ni el trama, ni la historia me pertenecen, si no a sus respectivas autoras. Yo solamente los combine por diversión.
Un poco de Lemmon :3
De vez en cuando la multitud rugía, una bestia de miles de gargantas que estaban siempre murmurando, murmurando, cuando resultaba que no estaban gritando. Lejos, más abajo, los jugadores de fútbol resaltaban claramente en el verde intenso a causa de sus uniformes blancos.
Allí abajo todo parecía tan ordenado. Y seguro. Pero el a estaba allí arriba, en medio de la bestia-multitud. Y no estaba segura.
El corazón de Hermione latía con fuerza. Corrió por entre las altas figuras de adultos, buscando el camino de vuelta. Había perdido de vista a su madre y a sus hermanas cuando se había separado de ellas mientras buscaba a la abuela. Madre se iba a enfadar tanto. Hermione sentía que se le retorcía el estómago. No te alejes, solía decir siempre. No hables con extraños, no llores, siéntate y sé una buena chica, y no te alejes.
Pero ser una buena chica era tan, tan aburrido. Aunque quizá fuera mejor que ser una chica que se había perdido. La bestia-multitud rugió de nuevo y muchos de sus miembros empezaron a saltar.
Vomitaban palomitas de maíz, agitaban los puños y los altavoces llenaban el aire de música. Hermione tragó saliva e intentó rodear a un hombre gordo que apestaba a burbon. Ella odiaba el olor a burbon. Le recordaba a cuando su tío Chen se volvía malo y empezaba a gritar. Normalmente les gritaba a sus hijos, y no a ella, pero de todos modos no le gustaba.
Madre no se había dado cuenta de que la abuela había desaparecido. Hermione había intentado decírselo, pero ella no le había escuchado. Ella nunca escuchaba. Así que encontrar a la abuela dependía solamente de ella.
Tenía que estar en algún lado. A la abuela le gustaban los estúpidos partidos de fútbol, y solían ir a todos por ella. Así que tenía que estar por allí. Hermione solo tenía que encontrarla y entonces todo estaría bien. Quizá la bestia-multitud se la había tragado. La abuela no era muy grande. No era tan pequeña como Hermione, pero tampoco era tan grande como las otras personas mayores.
No, se dijo. No, eso era estúpido. Nada podría comerse a la abuela. Si la bestia-multitud lo intentara, ella simplemente le diría que se alejara. Y la bestia lo haría. La abuela era pequeña, pero solo lo era su cuerpo. En otros sentidos, era muy grande.
Al igual que su secreto. Se suponía que no debían hablar de ello, ni siquiera entre ellas. No era igual que su secreto. Tan solo se parecían en que tenía que ver con la magia. A la gente no le gustaba la magia, así que las buenas chicas no hacían magia. Y si no podían evitarlo, como le ocurría a Hermione, que no podía evitar saber que si lo que tocaba tenía magia o no, entonces no debían decírselo a nadie.
Hermione se sorbió la nariz. Las personas mayores siempre estaban inventándose normas estúpidas. Especialmente su madre. Su madre estaba atiborrada de reglas y la mayoría de ellas eran idiotas. En aquel instante, deseaba tener una magia realmente poderosa de modo que pudiera hacer que todos se marcharan, y así podría encontrar a la abuela.
Empezó a sentirse intranquila. Había algo que no marchaba bien. Aquella imagen no estaba bien. ¿Por qué llamaba personas mayores a los adultos? Estaba…De pronto, la bestia-multitud se hinchó a su alrededor como si ella fuera una astilla clavada en la piel del monstruo de la que este quisiera deshacerse. Le resultaba muy difícil respirar. Hermione empujó con sus brazos a todas aquellas piernas y cuerpos sofocantes, les dio patadas. Se las arregló para salir al exterior como una pequeña y tierna uva que hubiera salido exprimida de su piel, y aterrizó en un claro.
Se quedó allí, jadeando, buscando a la abuela. O a madre. Buscando a alguien, a quien fuera, alguien que…
— ¿Necesitas ayuda, niñita? —La mano que se acercó a Hermione por detrás y se apoyó en su hombro le hizo dar un salto. La voz, a pesar de sus amables palabras, la aterrorizó. Era aguda y dulce, y fría, tan fría…—. ¿Te has perdido?
La mano le estrechó el hombro hasta que le hizo daño. Hermione chilló y trató de liberarse, pero la otra mano la sujetó también y la obligó a girarse. Luchó todo lo que pudo. No quería mirar, no quería…
La cara, el rostro sonriente de aquella hermosa mujer y aquellos ojos, vacíos como los de una muñeca… Conocía aquella cara. Aquellos ojos.
— ¡No! —Gritó Hermione—. ¡Estás muerta, sé que lo estás! ¡Yo te maté!
— Voy a devorarte —dijo la mujer sonriente—. Y entonces tú también estarás muerta. Y estaremos juntas.
— ¡No!
— Juntas para siempre… —La mujer se estaba inclinando hacia ella, estaba cada vez más cerca.
— ¡No, no, no! Muérete. Quiero que estés muerta, ¡muerta, muerta, muerta! —Mientras las manos de la mujer le hacían cada vez más daño y su rostro se acercaba cada vez más al de Hermione, esta cerró los ojos y deseo tener la magia más poderosa jamás conocida, una que pudiera matar a la mujer sonriente.
Y, de pronto, Hermione se encontró sentada encima de la otra mujer, que estaba tumbada en el suelo. Ya no era pequeña. Y estaba golpeando la cabeza de la mujer contra el frío suelo de piedra, golpeándola y golpeándola. Sangre y materia gris se filtraron por el cráneo destrozado que sujetaba con ambas manos y brillantes trozos de hueso saltaron por los aires. Y estaba mal. Eso no había sucedido así. Pero estaba sucediendo ahora, y la mujer ya no sonreía, y su pelo… no era negro como se suponía que tenía que ser. Era… era…
Hermione se detuvo, paralizada por el horror. Los ojos de la mujer parpadearon una vez. Y de pronto era su madre la que la miraba, el cráneo de su madre entre sus manos, el cabello castaño de su madre pegajoso por la sangre y los sesos.
— Me has matado —dijo.
Hermione se despertó intentando gritar.
— Shh, tranquila, Hermione. Tranquila, cariño. Todo está bien. Tú estás bien.
Draco. Era Draco quien la miraba, era su mano, cálida e inofensiva, la que descansaba sobre su hombro izquierdo, mientras el derecho le dolía como si Bella le hubiera metido los dedos en la herida. Hermione era una adulta, no una niña, y Bellatrix estaba muerta. Muerta de verdad y para siempre.
Su respiración temblaba.
— Ha sido malo de verdad —susurró.
— Quizá deberías hablar de ello —dijo Draco. Su voz grave, profunda, eminentemente masculina y tranquilizadora.
Hermione negó con la cabeza, incapaz de poner palabras al horror. ¿Qué bien le haría hablar de ello? Solo quería que desapareciera aquel asfixiante sentimiento de culpa. Nunca le molestaba de día. Cuando estaba despierta, Hermione sabía que había hecho lo que tenía que hacer. Entonces, ¿por qué las pesadillas?
Fuera, dijo a los restos del sueño. Y se acurrucó contra Draco.
— Cuidado con tu hombro…
— No importa. —Y no importaba de verdad, aunque le dolía como una muela picada. Pero eso no significaba nada en comparación con la dura y física realidad del cuerpo de Draco. El la rodeó y su cuerpo estaba caliente, tanto como para derretir cualquier miedo y cualquier horror.
Respiró la esencia de Draco y se sintió limpia. Él estaba desnudo. Ella no, pero sus piernas si lo estaban y se enredaron en las de él. Sus muslos eran firmes y ligeramente rugosos por el vello… una rugosidad que Hermione necesitaba en aquellos instantes. Que ansiaba. Restregó su muslo contra el de él y descubrió que el cuerpo de Draco también estaba respondiendo a su cercanía.
Una delicada calidez corrió por sus venas y se le enroscó en el cuerpo, desde los muslos hasta los pies, como un cosquilleo, como un zumbido que la dominaba desde dentro. Hermione se quedó inmóvil, disfrutando de la sensación. Después acarició el costado de Draco, absorbiendo todo lo que pudo de él.
Draco no le pidió que verbalizara sus deseos. No le preguntó si estaba segura ni le recordó que tenía que tener cuidado con su hombro, ni dijo nada de nada. Solo por eso, Hermione se alegró de los años de experiencia que tenía Draco, algo que la había molestado bastante tan solo unos minutos antes.
En vez de decir nada, Draco agarró el rostro de Hermione con sus manos y la besó. Lentamente. Con una carnalidad tan obvia y delicada como la calidez que notaba en su vientre.
Sí, pensó ella. Sí. Eso era lo que necesitaba… Entregarse silenciosamente al otro en medio de la noche, los labios que se encontraban sin necesidad de palabras, la piel, la respiración. La confianza que se abría pétalo a pétalo, el saber que él estaría ahí para ella.
Draco hizo que Hermione se recostara y él se colocó encima de ella, tocándola con delicadeza, besándole el hombro, quitándole la camiseta para acariciarle las costillas y hacerle cosquillas con la lengua en el ombligo. Tiró del pantalón corto de Hermione hasta que consiguió deshacerse de él. Ella recorría el cuerpo de Draco, maravillándose, intentando decirle con sus dedos que lo conocía y que para ella él era un bien muy preciado. Y sin embargo, seguía habiendo cosas sobre él que no conocía y sobre las que aún se hacía preguntas.
En esta ocasión no hubo ningún estruendo de platillos ni hubo ningún delirio de lujuria. A Hermione le dolía el hombro y estaba dejándose llevar por la ola de cansancio, a la vez que por la marea del deseo.
Y, sin embargo, cuando él entró en ella, tuvo que aguantar la respiración. Mientras él entraba y salía, suavemente y con delicadeza, Hermione encontró una felicidad serena en encontrarse con él en cada movimiento. Y cuando se rindió a la marea física que poco a poco la llevaba hasta la cima de su placer, consiguió evitar la tentación de ponerle nombre a aquellos sentimientos, etiquetarlos como pasión, amor o vínculo. Tan solo había misterio, pleno y sin palabras, que la invadía con asombrosa rapidez.
Volvió a la Tierra antes incluso de haberla abandonado, y también estuvo ahí para él cuando Draco empezó a jadear, casi sin hacer ruido, al haber alcanzado la cima de su propia ola. Y después, él yació sobre ella, inmóvil, los dos sonriendo a la oscuridad. Hermione se quedó dormida mucho antes de que él se retirara.
*~Inframundo~*
Draco estaba de pie en la bañera de Hermione, bajo el chorro de la ducha, bostezando. El apartamento de Hermione tenía sus desventajas, pero tenía dos cosas buenas: una habitación sin ventanas fácil de defender y agua caliente en abundancia. Y aquella mañana, el agua caliente puntuaba casi tan alto como un dormitorio fácil de defender.
Tras una noche de duermevela, Draco se había despertado pronto. Le había parecido buena idea abandonar el calor del lecho que compartía con ella antes de que su cuerpo se rindiera a sus necesidades y despertara a su nadia para hacer el amor de nuevo. Hermione necesitaba dormir. Y necesitaba dormir allí, en su propio espacio. Él podía entender eso. Hermione ya había recibido suficientes conmociones el día anterior.
Incluyendo aquellas que se referían a él. Draco hizo un gesto de disgusto y cogió el jabón. A pesar de todo, Hermione lo había buscado. En mitad de la noche, acosada por una pesadilla de la que no quería hablar, ella lo había buscado y se había entregado a él. La tensión que se acumulaba en sus hombros, y de cuya existencia no se había dado cuenta hasta entonces, desapareció al recordar la reacción de Hermione. El aroma del jabón se mezcló con el vapor y, junto con el masaje líquido de la ducha, hizo que Draco recuperara por completo sus sentidos. Cerró los ojos y alejó cualquier pensamiento, y sintió que abandonaba su piel durante unos instantes. Bostezo de nuevo y sacudió la cabeza. Tiempo atrás una sola noche de duermevela no le habría dejado tan agotado. Ahora era más viejo. Y había perdido la costumbre. No estaba en forma, habría dicho Theo.
Draco sonrió mientras se enjabonaba, sin dejar de pensar en su hermano mayor. Él lo había entrenado, al igual que a otros muchos jóvenes lupi. Theo no era blando con aquellos a los que entrenaba, pero nunca pedía a sus cachorros algo que no fueran capaces de hacer, y tenía una gran habilidad para descubrir los límites de cada pupilo. Al contrario que otros lupi físicamente bien dotados, entendía que no todo el mundo podía ser como él. Por supuesto, si no lo hubiera hecho, habría sido muy poco realista. A dos patas o a cuatro, Theo era uno entre un millón.
Aquellos veranos de entrenamiento habían quedado ya muy atrás, pero las enseñanzas de Theo habían permanecido. Sus métodos no habrían servido si hubiera tenido que entrenar a humanos, pero servían de inspiración a los jóvenes lupi, que aprendían a estar alerta la primera vez que se despertaban con los colmillos del enemigo clavados en sus espaldas y arrancándoles la piel a mordiscos.
Su sonrisa se apagó. Cerró los ojos cuando el recuerdo le atravesó dolorosamente.
Grey.
Durante unos instantes, simplemente se quedó inmóvil, absorbiendo el dolor, nuevo y afilado, y mezclado con otros sentimientos. En aquellos tiempos, había sido el otro hermano de Draco, Greyback, el que había arrancado a Draco un buen trozo de carne. Grey era, o mejor dicho, había sido, un compañero de su misma edad, algo que sucedía en raras ocasiones entre su gente.
Se habían conocido el primer verano en el que Draco había empezado formalmente a entrenarse con Theo. La rivalidad había existido entre ellos, pensó mientras inclinaba la cabeza hacia atrás para que el agua le lavara el jabón. Claro que la había habido. Pero había sido una rivalidad amistosa, nada serio. Al menos, en aquella época. ¿Acaso no había sido así? ¿Acaso la lente del presente deformaba el pasado? ¿O lo revelaba con mayor claridad?
Déjalo estar, se dijo a sí mismo. Cerró el grifo. Grey estaba muerto. Había muerto para salvar su vida, una muerte digna de un héroe. Si en primer lugar había sido él mismo el que la había puesto en peligro, había sido cosa de Bellatrix la Loca, no de Grey. Con el poder de aquel maldito báculo había desatado una especie de locura en el hermano de Draco.
Pero ella no habría podido llegar hasta Grey si esa semilla no hubiera estado ya presente; la semilla de unos celos particularmente desagradables. En los clanes tenían un término para describirlos: fratriodi. Odio entre hermanos.
El móvil de Hermione empezó a sonar mientras Draco se estaba cepillando los dientes. La oyó maldecir, revolverlo todo buscando el móvil y, por fin, responder la llamada. Y la oyó despertarse completamente, tan claramente como si alguien le hubiera dado a un interruptor. Así que Draco terminó rápidamente, cerró el grifo y abrió la puerta.
Eran un poco pasadas las seis de la mañana. La luna había desaparecido ya y el sol todavía no había hecho acto de presencia; de modo que Hermione encendió la lámpara de la mesilla de noche. Se sentó cerca de la luz amarillenta mientras garabateaba en un cuaderno que siempre solía tener cerca. Tenía puestos sus pantalones cortos de color amarillo y una escasa camiseta negra que dejaba al descubierto parte de la espalda y de la panza.
Se había quitado los pantalones nada más despertarse del sueño. Tenía que haberse embutido en ellos de nuevo cuando había sonado el teléfono.
Hermione miró a Draco, intercambió algo más de jerga policial con su interlocutor, y colgó.
— Tengo que irme.
— Lo sé. Aunque me he perdido la primera parte de la conversación. ¿Quién era?
Hermione se quitó el pelo de la cara y frunció el ceño.
— Me gustaría que dejaras de escuchar los dos lados de mis conversaciones telefónicas.
Draco se encogió de hombros. Incluso aunque pudiera impedir que su oído fuera tan fino, no lo habría hecho.
— Ya no trabajas en Homicidios. ¿Por qué te llaman para un asesinato en Temecula?
— Posible asesinato —le corrigió. Quizá el ceño fruncido de Hermione no estuviera dedicado a Draco, ya que permaneció en su rostro mientras su mirada se concentraba en algún espacio mental en el que estaba recopilando todos los detalles que Draco desconocía—. Me han llamado de la oficina de distrito del FBI —explicó mientras se ponía de pie—. Las autoridades locales de Temecula se han puesto en contacto con ellos para informarles de una muerte sospechosa.
— ¿Y por qué te han llamado a ti? —repitió Draco.
— Hay una posible conexión con Gregory. Un testigo. Han encontrado el cuerpo hace dos horas —añadió abruptamente, y se dirigió al baño.
Draco se hizo a un lado para dejarla tranquila mientras pensaba.
No era la primera vez que alguien afirmaba haber visto a Gregory Goyle. Hace diez días, Moody había conseguido que el FBI lo incluyera en su lista de los diez más buscados, de modo que se envió su foto y su descripción a todas las agencias de seguridad del estado. Pero Gregory era desesperadamente común: blanco, metro setenta y cinco, pelo castaño, ojos marrones, setenta y dos kilos. Ni cicatrices ni otras marcas distintivas, salvo su excepcionalmente dulce voz. Hermione había dicho con disgusto que era el tipo de hombre que conoces en una fiesta y olvidas a los dos minutos. Draco no sabía cuántos posibles avistamientos habían tenido ya; Hermione le había mencionado solo los que le habían parecido prometedores.
Aunque aquella era la primera vez que alguien decía haber visto a Gregory en relación con un homicidio. Hermione quería llegar a la escena del crimen cuanto antes. Draco tenía que darse prisa en vestirse.
Draco miró la puerta del baño, que estaba cerrada. Lo primero era lo primero. Si él no hacía café, Hermione probablemente quisiera parar por el camino a tomar uno.
Draco volvió a la cocina justo cuando Hermione salía del baño.
— ¿Por qué es solo un posible homicidio? —preguntó Draco.
Hermione se quitó la camiseta mientras caminaba hacia el armario que había enfrente de la cama. Su hombro había mejorado mucho, o eso creía Draco. Hasta entonces él la había tenido que ayudar con cualquier tarea que implicara levantar el brazo por encima de la cabeza.
— No se ha podido determinar la causa de la muerte —explicó ella. Abrió el cajón de arriba, hizo un sonido de disgusto y lo cerró de nuevo. Draco la había visto hacer eso otra veces: Hermione abría automáticamente el primer cajón sin acordarse de que había sacado todas sus cosas para hacer sitio a las de él.
Hermione abrió el segundo cajón y sacó una tira de seda negra.
— Esto no es mío. De todas maneras, ¿por qué alguien se pondría un tanga? —Se lo lanzó a Draco—. Tiene que ser un incordio permanente.
Draco se puso su ropa interior y luego se dedicó a observar cómo se vestía ella; aquella mañana había elegido braguitas rosas. A él le gustaba ver cómo se vestía. Le divertía verla cubrir lo que él pensaba descubrir más tarde, sí, pero también era un momento íntimo que ella compartía con él; y Draco atesoraba esos momentos con gran cariño.
Hermione siempre se ponía la parte de abajo primero y después el sujetador. Prefería ducharse por la noche y raras veces se ponía medias. Compraba la pasta de dientes en tubos, los pepinillos a granel y las braguitas de todos los colores. Había abandonado temporalmente sus carreras diarias por la playa a causa de su herida, pero seguía religiosamente sus ejercicios de rehabilitación.
Cuando llegaba la hora de ponerse en marcha, se enfundaba antes el cabestrillo para el hombro que los zapatos. Eran pequeños detalles, quizá, pero Draco estaba satisfecho de empezar a conocer a Hermione en el día a día.
— ¿Por qué llevas sujetador?
Hermione bajó la mirada hasta sus pechos y luego meneó la cabeza.
— No tengo ni idea.
Draco rió y se acercó a ella.
— A lo que voy es que el tanga me ofrece cierta… sujeción. Evita que mis partes colgantes vayan por ahí dando saltos.
Hermione recorrió el cuerpo de Draco con la mirada y arqueó las cejas. Se dio cuenta de que en aquel momento, sus partes colgantes estaban más erectas que otra cosa. Draco puso una mano debajo de uno de sus pechos, cubierto por encaje blanco y elástico, y acarició el pezón con el pulgar, a través de la tela.
— Me gusta todo sobre estas dos, ¿sabes? El tamaño, la forma, la textura… y el sabor. Sobre todo eso.
El pezón se endureció y los ojos de Hermione se nublaron. Aunque eso no impidió que ella retirara la mano de Draco.
— Tengo que irme.
— Tenemos que irnos, querrás decir. —Resignado, Draco se acercó al armario, que estaba organizado por color, temporada y tipo de prenda. Hermione se las había arreglado para hacerle un hueco de unos centímetros a Draco para que pudiera colgar su ropa, pero su selección estaba bastante limitada. Cogió unos pantalones de vestir negros.
— No te has puesto la venda.
— Al parecer el trance ha ayudado mucho. Mi hombro no se ha recuperado del todo, pero está mucho mejor. —Hermione se reunió con él delante al armario y cogió una camiseta negra—. No hace falta que salgas tan pronto.
— Buen intento —dijo él mientras se embutía en los pantalones—. Incluso si yo me sintiera bien dejándote ir sola, aun sabiendo que eres un objetivo…
— Te estás acercando peligrosamente a la palabra "permitir".
— Y sin embargo, la estoy esquivando con gran destreza. Creo. Temecula está a una hora de viaje, y eso si el tráfico está fluido.
— A casi cien kilómetros—aclaró Hermione.
— Quizá el vínculo nos permite distanciarnos tanto, pero no creo que sea una buena ocasión para comprobarlo.
— Ok. Esta bien. —Tiró la camiseta sobre la cama, seguida de un par de pantalones de vestir y una chaqueta roja—. ¿Por qué no haces un poco de café? Te pondrás de un humor de perros si tienes que tomarte un café en una de esas cafeterías de carretera.
— Ya lo he hecho. —Incluso una nariz humana hubiera podido captar el olor a café recién hecho. Miró a Hermione asaltado por una súbita sospecha—. ¿Por qué no quieres que vaya contigo? ¿Qué es lo que no me estás contando?
Hermione suspiró.
— Esperaba poder ahorrarme todo eso del macho alfa y el instinto de protección, pero veo que es una causa perdida.
— Has acertado. Explícate.
— El testigo salió con la víctima la noche de ayer. Ha identificado a Gregory como el hombre con el que la mujer abandonó el club.
— ¿Conoce a Gregory?
— Le enseñaron una foto y lo reconoció.
— Entonces está claro que Gregory ha tenido algo que ver.
— Oh, sí. —Sus ojos estaban neutros, al igual que su voz—. Gregory escribió una pequeña nota en el estómago de la víctima con un rotulador y la firmó.
— ¿Qué decía?
— "Esta es para *Mione"
*Mione: En la historia original, en realidad dice YU (el apellido de la protagonista original) que suena casi igual a YOU.
Ahora yo me pregunto... ¿Qué querrá decir ese mensaje para Hermione? ¿Qué habrá significado ese sueño? Esta y muchas otras preguntas estarán siendo respondidas en los próximos capítulos.
Los quiere
Lumione
