Capítulo 9
La terrible venganza de las brujas de Abiquiú
Veintiuno de Mayo de 1785.
"Está para bien saber si fuere mentira, ya está urdida, y si fuere verdad, para allá va."
Inicio popular de cuentos
La lluvia volvió a despertarla.
Una niña a su lado cavaba la tierra que empezaba a convertirse en barro bajo los aterradores truenos; siguió haciéndolo hasta que Amelia, sin fuerzas, pudo sacar un brazo y escapar del hoyo con su ayuda y la de la brida de Sabionda. Tras salir, tomó la tosca pala de madera y junto a la niña cavó hasta que Juani, medio muerta, un grito animal y desgarrado, logró salir de su trampa de barro.
Truenos y más truenos en una tormenta que parecía el fin del mundo.
Juani gritó sin freno y rió en una carcajada ronca que se perdió en palabras apache. Amelia, entretanto, abrió la boca para beber lo que el cielo quiso darle, agradecida.
Apartó de su mente a Lobo Chico, sobre ella, a punto forzarla, ni en cómo lo había matado. Ni en cómo se había sentido al hacerlo.
- Gracias -pudo decirle a la niña cuando se hubo recuperado un poco.
La niña fue a contestar algo, pero Juani, la interrumpió haciendo aspavientos y trató de ahuyentarla como quien asusta a un animal. ¡Fus! ¡Fus! ¡Ándale!, le gritó pisando charcos. La pequeña se sobresaltó al verla, pero tras recular unos pasos se mantuvo firme. Molesta, Juani levantó el envés de la mano en un gesto que tenía más de acción que de amenaza.
- ¡Nos ha salvado la vida! ¡Estate quieta! ¡No hagas eso! -ordenó Amelia agarrando a la india del brazo. Juani se volvió, sorprendida. Iba a protestar, pero Amelia se le adelantó-. ¿Qué ha dicho?
- ¿Qué importa lo que dijo? -gritó-. Es una chamaca, no más. Se habrá escapado. Si alguno la ve ayudándonos la darán peor muerte que enterrarla viva.
Amelia no se amilanó y siguió agarrando el brazo. Juani mentía, de nuevo. La gente de su tío se había ido hacía mucho y aquel tono de duda, huidizo y torpe, había vuelto a sus labios. No quería a la niña cerca como no había querido cerca tampoco a ninguno de los de la ranchería. ¿Qué ha dicho?, insistió Amelia. Pues anda mal de la cabeza la chava, contestó Juani gritando entre los truenos.
- No pregunta no más que si le pertenece a usted ahora -tradujo.
Luego fue a acercar las yeguas las que, se habrían escapado de otro dueño durante el traslado, alguien había dejado con empapadas mantas, arcos y flechas.
Al iniciar camino los truenos se alejaron.
Encontró que la edad de la niña era difícil de decir, pero Amelia estaba segura de que no podría tener más de doce años; al parecer, según tradujo Juani, era una esposa de Lobo Chico.
"Debía de viajar con la partida de Lobo Chico. Puede creer que como le mató usted, pues ahora es ella su esposa de usted. Yo lo que creo es que estará sola, pues porque no es comanche: habla como los jicarillas. Si los amigos de Lobo Chico no se la llevaron será que la repudiaron. De haber estado en ranchería, habría pasado a su hermano o a su primo."
Amelia asintió, sin encontrarle sentido. Habían iniciado camino en la tibia noche, la lluvia detenida, ellas y las yeguas empapadas.
- Debieron casarla a Lobo Chico en alguna ranchería jicarilla -supuso la india-. Recién cumplida la ceremonia del amanecer. Cosas de emisarios y diplomacias.
- Pobre niña.
- Pobre mujer -corrigió Juani-; no le quite lo único que tiene. Y no se encariñe con ella, que la tendremos que tirar por donde mejor podamos. A donde vamos, si mal ven a dos indias, a tres nos verán peor.
Amelia acarició el pelo negro azabache aun mojado de la pequeña, dormida, delante de ella en la grupa de Sabionda. La esposa de aquel animal. No quería ni imaginarlo.
- A dónde vamos.
- Mejor se lo digo cuando lleguemos.
- Debemos ir a buscar a mis amigos, Juani. Llévame a la misión.
- No, señora -se negó la india-. La misión no es segura. Ese amigo de usted que no es amigo de usted podría andar por allí.
- Julián nunca me haría daño -protestó-. Y ya que hablamos de seguridad, te recuerdo que hemos estado a punto de morir.
- ¡Pues no fue culpa mía! -protestó Juani-. ¡Ya le dije que se dejara hacer! ¡Pero no quiso usted! Si llego a saber que es usted tan remilgadota, no le hago promesa a Padre de mi padre.
Amelia no se dignó en contestar. Al menos, pensó al mirar a través de la noche, se movían y existía la posibilidad de que pudiera orientarse con la llegada del día. Repasó mentalmente los mapas que había podido ver en la documentación para la misión; descuidada de ella había confiado en tener el móvil a mano; saber que Santa Fe y Taos estaban al Norte de San José ayudaba poco. Necesitaba accidentes geográficos: montañas, ríos, algo reconocible. Y luz.
- Dejaré que me lleves sólo si la niña se queda.
Gruñó Juani, molesta.
A la mañana siguiente Amelia supo que la niña decía llamarse Yucca y que tenía catorce inviernos. Tras explicarle que no debía quedarse con ellas si no quería y que ya no era esposa de nadie, aceptó ser dejada en el primer campamento apache que encontraran.
Aunque Amelia dudaba de la traducción de Juani en esto último.
Bebieron de cactus, comieron lo que se dejaba recoger o cazar y, entre dificultades, continuaron camino a donde Juani tuvo en mente llevarlas. Cuando dejaban descansar a las yeguas en los pocos pastos que pudieron hallar, la india quiso seguir con sus lecciones de arco; cuando tocaba dormir al resguardo de alguna roca o una cortada, era Yucca la que buscaba a Amelia de la forma que más la separara de Juani.
La sola presencia de la muchacha enervaba a la india, en sentimiento ciertamente compartido por la pequeña. Después del enésimo desencuentro (culpa de que Yucca no hubiera encontrado nopales de la calidad que Juani consideraba adecuada), la niña tuvo a bien empezar a pisar la sombra de Juani y llamarle algo apache que ninguna se dignó en explicarle significado, lo que enrareció más aun el ambiente.
Yucca, por su lado, intentaba enseñarle apache sin demasiado éxito; cuando Amelia creía haber entendido la palabra caballo, Juani explicaba que se refería a la monta; cuando creía que hablaba de arcos y flechas, Juani aclaraba que hablaba de cazar. Amelia se encogía de hombros y trataba de llegar a ella compartiendo comida o agua de cactus; la niña, como si nunca nadie hubiera hecho cosa tal por ella, tardaba en aceptar lo que le daba como disculpándose por no tener nada a cambio.
Cuando llegaron a un riachuelo, cercana la noche del segundo día de marcha, las tres, junto con las yeguas, metieron la cabeza dentro hasta saciar la sed.
- Ojalá tuviéramos algo más que daros -se lamentó Amelia al acariciar el cuello de Sabionda.
La yegua dejó de beber un momento y le dio un cabezazo tranquilo y suave, esperando una caricia en la frente que Amelia le dio. Bufona, aguardando paciente a que Juani sacara la cabeza del agua, le escupió un chorro que le arrancó una carcajada a Yucca.
- Pinche yegua loca -murmuró Juani, una mueca parecida a una sonrisa.
Según sus cuentas debía ser ya veintitrés de Mayo.
Llevaba viva seis días más desde la fecha anunciada para su muerte; como para celebrarlo, al anochecer, Juani trajo cuatro serpientes que tiró a la niña para que las preparara; entretanto, al abrigo de unas rocas caídas cerca de una loma, Juani se aventuró a hacer un pequeño fuego en un hoyo para cocinar la cena.
Perdido el sol ya y alimentadas Bufona y Sabionda con nopales (auténticos), Amelia volvió al fuego.
- Hoy cenaremos padrísimo -sonrió Juani mientras oían crepitar la carne sobre la piedra.
Amelia observó las serpientes abiertas, cocinándose, con un olor que le pareció delicioso. Serpientes, recordó. Como en su visión.
- Tuve un sueño extraño con la droga que nos disteis, Padre de tu padre y tú.
- Son cosa extraña las visiones -pensó en voz alta Juani-. ¿Pues vio un animal?
- Me convertí en serpiente.
Juani la miró, extrañada.
- La serpiente es sabia -explicó-. Pero también traicionera. Y con poder. Cada tribu le dirá una cosa. Yo creo que es que se cree usted mala.
- ¿Lo soy?
- No lo sé, ¿lo es?
Amelia se encogió de hombros mientras observaba a Yucca, quien salivaba viendo la carne sin prestar atención a la conversación. Quizás lo era. Quizás era como una serpiente, pensó. Había matado al traidor en Barcelona sin mediar necesidad; había matado a Lobo Chico por miedo, pero sobretodo, recordó sin tratar de engañarse, por odio. Había algo dentro de ella. Algo que había salido. Algo que había salido y que temía, no deseaba que fuera así, se acabase apoderando de ella.
El ulular de un búho interrumpió sus pensamientos.
- ¿Ve? -dijo Juani, algo de molestia en la voz-. Las serpientes no tienen por qué ser malas. Los búhos, en cambio... Pueden ser brujas en disfraz -añadió con tono tétrico-. ¡Cambiapieles!
Apartó la piedra del fuego y acercándose lentamente al búho le preguntó, tono serio, si tenía sal. El ave la estudió con un giro imposible de cuello y, al poco, aleteó para ir a posarse cerca de las yeguas. Amelia temió que las asustara pero, tranquila, Sabionda pareció observar al pájaro cerca sin aparente alarma.
De repente, unos pasos en la tierra hicieron que Juani cambiara de sonrisa a un gesto seco; como un rayo agarró el arco y tensó apuntando hacia la oscuridad.
- ¿Tienen ustedes sal? -preguntó, apareciendo a la luz humildemente, Martina.
Juani mantuvo firme el arco tensado, su rostro en una mueca de confusión y miedo.
Martina levantó las manos lentamente. Bajo la falda y el blusón de la época, Amelia vio lo que parecían botas y algo que le recordó a un uniforme táctico; muy despacio la visitante se echó la pamela de ala ancha tras los hombros.
- ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? -acertó a decir la india, perpleja-. ¡Quédese requieta ahorita mismo!
Amelia dejó a la niña detrás, en la sombra, cogió su arco e imitó a Juani. Sintió la carga del tensado contra sus hombros y el afilado cordel de tendón en sus dedos. Al verla Martina se detuvo, una magullada expresión, casi curada, fija en ella.
- Mis recuerdos no están cambiando -dijo despacio la intrusa-, así que debes ser tú y no yo.
- ¿Vienes a matarme?
- Vengo a evitar que te maten -aclaró Martina-. De evitar que nos maten a las dos, espero. Parece que te has convertido, Amelia Folch, en un nuevo tipo de punto fijo en el tiempo.
Amelia observó a la mujer frente a ella, en silencio.
No era ella. Era la Amelia de la otra línea, Martina, la que según el viejo curandero quería su muerte. O eso habían entendido. En vista de que no parecía portar armas, Amelia había convencido a Juani para que bajara el arco y, manteniendo las distancias, se habían sentado en torno al fuego, armas a mano, como gente civilizada.
- ¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están mis amigos?
- Que vivas. Evitar que mueras. De los otros no sé nada; pero dejé a Julián en la misión.
La india, junto a la niña, se mantuvo atenta mirándolas de hito en hito; tamborileaba los dedos sobre el mango de asta de ciervo de su cuchillo.
Amelia estudió la forma de mirar las cosas que tenía Martina. Tranquilidad, sosiego, esa... Calma. Recordó las conversaciones con Joaquín: aquella mujer le sacaba por lo menos siete años. Y sin embargo, excepto las huellas en su rostro de una pelea reciente, no se veía diferente en lo externo. En la forma de mirar, en la forma de moverse, en la forma de hablar, en cambio, era incapaz de reconocerse. ¿Cuánta edad tenía realmente? ¿De dónde venía? ¿De cuándo?
- Nueve jinetes van hacia donde os dirigíais -informó-. Deberían llegar un poco antes que vosotras. Os buscan. Te buscan, Amelia. Quieren matarte. Te matarán.
Amelia observó las lucecitas que, por debajo de la piel, a veces le aparecían con colores diferentes en las manos. Del futuro. Aquella Amelia venía del futuro, se recordó.
- Yo digo que la matemos -interrumpió Juani, práctica-. La visión decía que ella la quería a usted muerta. Todo lo que diga será embuste. No es más que una pucha bruja que tomó su forma.
- No soy una bruja -respondió Martina sin perder la calma-. Son cosa extraña las profecías -añadió sin separar sus ojos de Amelia-. Una no sabe nunca a cuándo se refieren. Podrían ser para mañana. Para pasado mañana... Para ayer... Hoy por hoy no te quiero muerta Amelia Folch. ¿Me crees?
- Pero me querrás muerta mañana.
- Puede. Una no sabe nunca lo que deparará el futuro. ¿No decía eso mamá?
Amelia estudió la sonrisa sin ver en ella mentira.
- ¿Por qué me quieres viva?
- Evitar tu muerte me dará la respuesta a un misterio que llevo tiempo buscando -explicó-. Es largo de explicar y, lo creas o no, voy justa de tiempo.
- Inténtelo -intervino Juani señalando a las yeguas, las cuales se habían acercado al fuego, chafarderas-. Pues las yeguas se mueren de ganas.
Martina guardó silencio unos segundos, como buscando las palabras, tras sonreír en dirección a las yeguas.
- ¿Qué harías si entendieras al Tiempo? -preguntó a Amelia-. ¿Qué harías si ya no guardara más misterios? ¿Te atreverías a cambiarlo? ¿A mejorarlo? ¿A llevar al mundo a un lugar mejor?
- Así hablaba Leiva. Lola Mendieta. El Rey Felipe.
- Todos los agentes del Ministerio se enfrentan a esta pregunta tarde o temprano -sonrió Martina-. Mi elección hubiese sido la tuya, de haber pasado tú por lo que pasé yo: no pienses diferente. En el fondo, somos la misma persona.
"Tu muerte es un punto fijo en el tiempo, Amelia. Pero no es como ninguno que haya visto, como ninguno que hayamos catalogado o estudiado todavía. El Libro de las Puertas habla de cinco diferentes. Hemos encontrado diez. Tú, Amelia Folch, aquí, ahora, eres el número once.", explicó Martina.
- Plática de bruja me parece lo que dice -intervino Juani, seca.
- Zorras, putas y brujas -sonrió Martina acercando las manos al fuego-. Las mujeres nunca somos más que eso para la Historia, ¿verdad?
"La Historia. Siempre la Historia", continuó Martina. "¿Qué la cambia? ¿Qué la hace mejor? Si salvo a mil, mueren diez mil. Si salvo a diez mil, mueren mil. Comprendes, al final de cada día, que los números no importan: sólo importa que todo continúe, entre puntos fijos, de la mejor manera posible. A eso he dedicado mi vida, Amelia. A eso hubieras dedicado la tuya en mi lugar."
- No entiendo qué pinto yo en tu ordenado esquema de cosas, ni en el de tu línea.
- ¿Tú? Tú, nada. Tu muerte, o mejor dicho tu no-muerte, es lo que pinta -sonrió-. Alguien ha enviado esos jinetes a matarte. De hecho, querida Amelia, técnicamente ya lo ha hecho. Yo estoy aquí para tratar de evitarlo.
- Por eso sabías que estábamos aquí -razonó Amelia con un escalofrío-. Por eso nos has encontrado. Esto ya ha pasado.
- La primera vez -explicó-, no vine a avisarte. Yo tampoco sabía dónde estabas. Ahora sí lo sé. Ibais camino de Abiquiú. Allí os encuentran los jinetes. Y os matan.
No vio mentira en las palabras de Martina, como tampoco vio motivo alguno para que le dijera aquello sin beneficio para ella; exactamente igual que lo que ya había pasado con los atentados y la americana. Martina parecía mover invisibles hilos que lo controlaban todo, siempre en su provecho; quizás, aquel cuento sobre entender los puntos fijos en el tiempo, no era un cuento.
- Me he convertido en una cobaya en tu gran esquema de las cosas -pensó en voz alta Amelia.
- Puedes pensar así -respondió Martina-, o hacer algo útil con la información.
La niña no había perdido el miedo en los ojos y seguía sin comprender, tal vez, cómo Amelia podía estar hablando con su propio reflejo. A pesar de ello no había dejado pasar que su serpiente se enfriara entre mordisco y mordisco. Juani había apartado su mano del mango del cuchillo, pero tampoco parecía tener todas consigo; al mencionarse el nombre del lugar, Abiquiú, había perdido la fortaleza en su rostro. Amelia comprendió que era allí donde pretendía esconderla.
- Dice que el que la busca nos encontrará en Abiquiú -pensó Juani en voz alta-. Y que usted lo sabe porque ya pasó.
- Sí.
- Pinche bruja -dijo con desprecio antes de escupirle a los pies.
Amelia no trató de discutir. Lo que decía Martina, antes de los atentados al menos, era imposible: antes de ellos existían líneas paralelas al tiempo central en el que las cosas seguían una causa y un efecto, pero siempre bajo las acciones últimas de quien viniera de 2017. Con el ataque a la Fuente, sin embargo, las reglas habían cambiado. Así podía haberse enviado Pacino la nota a si mismo, en el libro de las Puertas de Victoria; así podían haber dejado el mensaje que había descifrado Irene, avisándoles de su muerte. La sincronicidad, el hecho de que el Tiempo no pasara después de que agentes del Tiempo central hubiesen actuado, se había perdido. Irene lo había dejado claro en su mensaje. "Ya no somos el tiempo central, lo que complica las cosas". Para Martina, el Ministerio de 2017 no era diferente de como ellos veían al de 1917. Con la salvedad de que ella estaba en una suerte de bifurcación temporal, un mundo duplicado, que no acababa de estar nada claro.
Martina, en silencio, tecleó sobre su muñeca izquierda en una sucesión de lucecitas de colores.
- No me queda más tiempo -suspiró. Sólo déjame decirte que ni soy una bruja, ni una mala de cuento. Hago lo que puedo con lo que tengo, que es lo que harías tú. Ahora, haznos un favor a ambas -dijo antes de desaparecer en centellas y luz blanca-, y mantente con vida.
La niña Yucca quedó petrificada mientras Juani, una mueca de molestia, volvió a meter el cuchillo en su funda.
- Pinche bruja de la chingada no me va a estropear la cena -masculló.
Luego agarró su serpiente y le dio un mordisco.
Con el amanecer, Juani por fin aceptó llevarla a la misión.
O al menos eso dijo.
La india parecía de nuevo superada por la situación; ni siquiera sus habituales peleas y malos gestos con Yucca aparecieron; haberse encontrado con Martina y aquel juego de luces y desaparición, quizás la había hecho recapacitar. Tal vez, pensó Amelia, el que Martina hubiera sabido el destino de su viaje, Abiquiú, la había dejado sin más opciones para esconderla. Yucca tampoco parecía totalmente repuesta de la experiencia. Aquella mañana, Amelia supuso que por miedo, pidió montar a Bufona con Juani.
La otra no se negó.
Tras casi un día de marcha, al atardecer llegaron a la orilla de un río de respetable tamaño, aunque no muy caudaloso. El paisaje, con cada vez más árboles y menos cactus, ya había anunciado su presencia. Amelia comprendió que al extenderse al Norte y al Sur, aquel debía ser el que los mapas llamaban río Grande.
- Es el río Bravo -presentó Juani-. Es bien relindo.
- ¡Kótsol! -señaló Yucca.
Amelia sonrió. Tres nombres para un mismo río. Nombres...
- Aun no me has dicho qué nombre me pusieron en la ranchería de tu tío -recordó Amelia.
Juani sonrió y decidió avanzar con las yeguas, antes de contestar. Al hacerlo, lo hizo en apache. Algo que sacó una carcajada de Yucca, a su espalda. Cuando Amelia trató de repetir la palabra compuesta, sólo sacó más carcajadas de la pequeña.
- ¿Qué...? ¿Qué significa?
- Ahh... Pues... No todos los nombres apache tienen significados, ¿sabe usted? -mintió Juani.
Yucca se levantó un poco de Bufona y tras palparse la entrepierna, hizo un gesto de negación con el dedo. Amelia tardó un poco en comprender.
- Me han llamado...
- VerijaQueNo -aceptó por fin Juani, con un suspiro-. La llamaron VerijaQueNo.
Tras alcanzar la ribera, las yeguas vadearon el cauce sin renuncios, aunque Bufona se entretuvo de más chapoteando en el agua; estaba fría y la corriente era suave. Pararon al otro lado para llenar los pellejos y dejar que los pobres animales calmaran la sed.
VerijaQueNo.
Condenados apaches.
- Es una pena -suspiró Juani-. Ya casi estábamos en Abiquiú. Solo un día y medio más.
- ¿Qué hay allí? ¿Por qué me llevabas?
- Genízaros -explicó Juani-. Hay pocos españoles y muchos genízaros. Sin rescate de por medio, podíamos ocultarnos durante un tiempo sin llamar mucho la atención.
Yucca, por fin, parecía haberle perdido el miedo a Amelia; se metió en el agua varias veces, hasta la rodillas, pidiéndole que fuera con ella, a lo que no pudieron evitar que se uniera Bufona.
Al poco rato Juani las detuvo en el chapoteo, alarmada.
Tres españoles venían a caballo, desde el Norte.
Amelia esperó, deseó, que fuesen Alonso, Julián y Pacino.
- No -contestó Juani, trayéndoles las yeguas, premura y miedo en su voz-, esos no son.
Huyeron hacia el Este, los jinetes detrás.
Fue una persecución larga, lenta, que duró hasta entrada la noche.
Sabionda y Bufona parecían más frescas que los caballos del trío, lo que les hizo ganar algo de ventaja, pero con la noche encima, oyeron a los jinetes recortar distancias entre las sombras.
Tras una cortada que las ocultó del horizonte, encontraron grutas ciegas al pie de una formación rocosa.
- Si no paramos -maldijo Juani-, mataremos a las yeguas.
- ¿Qué hay de las cuevas? -propuso Amelia-. ¿Podríamos escondernos en ellas?
La otra negó con la cabeza.
- No escondernos -corrigió-. Esperarles. Mejor aquí que con las yeguas muertas.
Juani dio instrucciones a Yucca tras darle su cuchillo. Esperarles. Eso incluía, comprendió cuando Juani le pasó el arco y un carcaj, emboscarles.
No más prácticas AmeliaFolch, dijo.
- ¡No se me achique ahora, güera cabrona! -le dijo Juani agarrándola de los hombros, quizás al leer su mirada-. ¡Nadie sigue medio día a nadie para dar las buenas noches! Si vinieron del Norte y su bruja amiga tenía razón, esos son de los que la venían a matar. ¡Toca ser serpiente ahora, carajo! ¡Sea serpiente!
Amelia asintió, encontrando fuerzas cuando oyó a lo lejos los cascos de los caballos. Juani dio una palmada en los cuartos de Sabionda y Bufona y las lanzó a correr paralelas a las rocas. Luego, pidiéndole a Amelia que hiciera lo mismo, se ocultó en la entrada de otra gruta.
Aparecieron al poco los tres hombres, alumbrados por media luna. Calzas, casacas y tricornios negros. Asesinos, comprendió al ver las armas.
Amelia trató de recordar las prácticas con arco. Respirar. Esperar a que estuviesen a distancia.
- Los caballos se fueron por ahí -señaló el que parecía un guía, de origen indio.
Los otros dos hombres asintieron. Cuando iban a seguir el rastro de las yeguas, el guía les detuvo con un gesto de la mano y les ordenó silencio. Los hombres desmontaron y sacaron pistolas de los fajines.
Sabían que estaban allí.
El que parecía más joven, el tono de voz le delataba, fue el primero en perder la calma.
- ¡Sabemos que están escondiditas! -gritó en ecos que rebotaron en las piedras-. ¡Pues salgan ahora! ¡Sólo queremos platicar!
Amelia observó desde su escondite cómo el guía le lanzaba una mirada asesina.
- ¡Ya lo estropeaste todo, Guzmán! -susurró el otro español arreándole con el tricornio.
Cuarenta. Treinta pasos. Debía esperar. Debía esperar sólo un poco más. Sacó lentamente la flecha del carcaj y esperó para tensar al último momento. El indio apoyó una rodilla en el suelo, casi al alcance. El que no era Guzmán, detrás, encendió un farol con un chisquero.
Cuando el indio se dio cuenta de la luz y fue a tirársela de un manotazo, una flecha de Juani silbó hasta clavarse en el cuello del infeliz.
Amelia no esperó más. Tiró una flecha al indio quien, rápido como una culebra, buscó refugio en el suelo; otra flecha salió de Juani, dándole al tal Guzmán en el hombro, derribándole. Amelia tensó otra, en busca del indio. No lo vio. Oyó un disparo en dirección al escondite de Juani, del herido en el cuello. Amelia soltó sobre él al pecho, matándole, al ver que volvía a apuntar con su otra pistola.
¡El guía!, se recordó.
Salió de la gruta, tratando de ver dónde estaba, dónde estaba el guía, y mientras preparaba la flecha se lo encontró de pronto sobre ella con un hachuela en la mano. La derribó contra una roca, en un golpe que le quitó el aire.
Aquel no era Lobo Chico. Aquel iba a matarla. Paró a duras penas el hacha sobre su cabeza, trabando el antebrazo y logró zafarse por poco. Como un relámpago, el indio atacó de nuevo, hiriéndola en el brazo, intentando agarrarla del otro; se le escapó un grito de dolor, al sentir el corte. Cayó de nuevo al suelo, a su merced.
Oyó el grito de guerra indio, entonces, que hizo volverse al guía, la pistola sacada del fajín.
Un disparo, una nube de pólvora. Amelia logró levantarse y le clavó el cuchillo en la espalda, arrancándole un grito. Una flecha le voló al pecho, casi a la vez.
Otra, haciéndole caer.
Cuando la pólvora se disipó, el dolor del brazo sin dejarla pensar, Amelia vio al guía muerto y más allá, sosteniendo el cuerpo sin vida de Yucca, a la india Juani.
- ¡Le ordené que no saliera! -sollozó-. ¡Pinche chamaca idiota...!
Luego se perdió en palabras apache, destrozada.
Amelia dejó de pensar en la herida y buscó al que aun no estaba muerto; al joven, al tal Guzmán.
Se arrastraba de lado hacia su caballo, la primera flecha de Juani aun en el hombro.
Se fue a él, el arco a mano. Le puso boca arriba de un puntapié.
- ¡Por favor! ¡No! ¡Déjeme vivir, señorita! ¡Por favor!
Amelia tensó el arco, todo borroso por las lágrimas.
- ¡Fue un hombre! ¡Con la cara cortada! ¡Nos dijo que teníamos que llevarle su cabeza a Taos! ¡Nos dijo que estarían en Abiquiú! ¡Por favor! ¡Déjeme vivir!
Amelia soltó la flecha, sobre él.
Le miró a los ojos y soltó la flecha sobre su cuello y oyó, antes de que llegara Juani, las súplicas del tal Guzmán ahogándose en su propia sangre.
Y no le importó.
Porque mientras moría, ante sus ojos, Amelia sintió su piedad morir con él.
FIN CAPÍTULO 9
Hola!
Brujas! Si esperabais conjuros, lo siento. Hubo un famoso proceso de brujería en Abiquiú, unos años antes de la trama. Nuevo México es una tierra con mucha espiritualidad y leyendas. No soy muy fan de la superstición, pero no me parecía bien no mencionar algunas aunque fuera de pasada.
Este capítulo va dedicado a Jorge y a Miguel y al resto de fickers y artistas gráficos que se lo han currado con la iniciativa "Tiempo de Relatos"
A esto le queda poco! Os espero en "Los dragones de San José al Rescate en Taos".
