Holaaaa ¿me extrañaron mucho? Yo sí los extrañé, no tengo justificación por siempre tardar tanto, pero ¡hey! Lo bueno es que no he abandonado las historias :3

Regresaré, lo prometo, pero mientras espero disfruten este capítulo.

Leeré todo lo que quieran decir si es que quieren decir algo, pero publicar desde el celular es algo complicado así que... Eso.

Les agradezco mucho por seguir aquí, por sus follows y reviews y aquellas personas que se tomaron la molestia de ir a seguirme a mi página, lofiu.

Se cuidan mucho.

Bonnibel estaba concentrada en su laptop mientras Marceline se terminaba se duchar, para cuando salió la pelirrosa sonreía entusiasmada y supo que tenía otro de esas ideas que en definitiva no le gustaría. Decidió terminar de vestirse y no preguntar nada, seguro que no se aguantaría la emoción y terminaría contándole todo su plan para el día de hoy.

Con lo ocurrido el día anterior no estaba de gran humor como para hacer nada, pero estaban de vacaciones y no podía simplemente quedarse en el hotel todo el tiempo, después de todo Bonnie se había esforzado mucho en esto, se veía feliz, no quería arruinar eso.

—Marcy, tienes que ver esto —dijo acercándose a ella con la laptop.

Volteó a ver desde donde estaba arreglándose y no le gustó mucho lo que vio en la pantalla. Hizo una mueca de desagrado que no pasó desapercibida, aunque ya tenía prevista esa reacción.

—No es peligroso.

—¿Qué no es peligroso? —se escandalizó.

Era evidente que no estaba de acuerdo con ella.

—No lo es, Marcy.

—Nadar con tiburones. ¿Realmente crees que eso no suena peligro? —preguntó con ironía.

—No vamos a meternos así, hay personas que se encargaran de nuestra seguridad. Son grupos en una jaula y de esa manera no sufriremos ningún daño.

—Cielos, tienes razón, como si algo pudiera salir mal.

Se alejó para ir a ver por la ventana. El sol iluminando toda la playa donde la gente reía y se divertía corriendo y jugando con una pelota enorme en el mar, algunos de ellos practicando voleibol en la arena; no entendía porque la pelirrosa no podía encontrar un entretenimiento tan sano como el que toda esa gente estaba teniendo y en lugar de eso quisiera hacer cosas tan extravagantes.

—Por favor, no pasará nada como lo de ayer, te lo prometo —rogó la chica abrazándola por la espalda.

Puso esa expresión de cachorro regañado ante la que no podría negarse. A fin de cuentas, estaba consciente de que era su debilidad.

—Ya basta, no hagas eso.

—¿Hacer qué? —preguntó con falsa inocencia.

La tenía en sus manos. Sabía que la tenía en sus manos, no podría negarse, aunque quisiera.

Esta chica…

—De acuerdo, podemos ir.

—Eres un amor —dijo para luego besar su mejilla.

Una sonrisa adornaba su rostro. Se había salido con la suya.

Después de un largo rato en el que Marceline hizo todo lo posible por retrasar la salida de la casa ambas se encontraban en camino al lugar. No quedaba muy cerca del hotel, pero con ir una hora en camión bastaba para llegar; al parecer era un atractivo bastante famoso porque la mayoría de la gente se bajó en el mismo sitio comenzando a formar la fila para entrar al agua en el bote.

Entre el sol y la gente, la pelinegra no podía evitar sentirse algo irritada, con el calor tan fuerte empezaba a sudar, las personas a su alrededor olían mal, por suerte el aroma del mar enmascaraba ese olor y la hacía sentir mejor. Se planteó la posibilidad de que en realidad sólo estuviera nerviosa, cuando se ponía así no la pasaba bien y eso la hacía sentir más molesta, no le gustaban los síntomas que venían con sus nervios.

Recordaba bien todo esto, a pesar de que ya habían pasado años desde la última vez que se sintió así.

—¿Estás bien? —la cuestionó Bonnibel volteando a verla mientras tomaba su brazo.

Al parecer hasta ella lo notó.

—Claro —sonrió—. Estoy bien.

Unas cuantas personas más y estarían dentro del bote. Todos parecían entusiasmados hablando de lo que esperaban ver, de que ya lo habían hecho antes o incluso de las veces en que una experiencia como esta salió mal en algún otro lugar.

Cuando al fin subieron, unos hombres se encargaron de ponerles el equipo necesario para que pudieran entrar a la jaula con un montón de desconocidos.

Era maravilloso, el mar desde ahí abajo era algo que no había visto nunca. Ni siquiera en las pocas veces que había ido a bucear la vista fue tan bella, quizá porque esta vez lo único que tenía que hacer era quedarse quieta ahí esperando.

No tardaron mucho en aparecer los depredadores que estaban esperando y todos parecían entusiasmados, hasta Bonnibel se veía feliz. Se acercaban y se alejaban comiendo a su alrededor sin percatarse de su presencia, excepto uno que otro que los veía y planeaba devorarlos sin éxito alguno.

Marceline estaba tratando de disfrutarlo, pero su estómago se encontraba revuelto, si pudiera sudar en el agua seguramente lo estaría haciendo. Estar ahí con esos enormes dientudos no la hacía muy feliz, tenía que aceptar que el miedo la estaba invadiendo y no sabía si la visión borrosa se debía al agua moviéndose o a que posiblemente se desmayaría si seguía ahí abajo.

La pelirrosa pareció darse cuenta del estado en el que se encontraba la otra chica, no estaba segura de lo que le pasaba, pero su rostro le decía que no era nada bueno.

En su mini ataque de pánico pudo sentir como tomaban su mano y cuando volteó a ver la recibió la mirada conciliadora de Bonnibel. Eso la tranquilizó, ya no se sentía tan mal e incluso le sonrió.

Estaría bien, claro que iba a estar bien; mientras estuviera con ella no iba a pasarle nada, el lugar era seguro. Antes de que se dieran cuenta ya las estaban sacando de ahí y al fin pudo respirar aire tranquilamente fuera de ese bote.

No dijeron nada hasta que ya se habían alejado un poco del lugar, ahora sólo se dedicaban a estar tiradas sobre la arena viendo a lo lejos las olas y el bote que se alejaba con más personas listas para sumergirse.

—¿Te gustó? —preguntó girándose hacia ella.

Marceline hizo lo mismo.

—Me asustó un poco al principio.

—Así que eso era. Te veías muy mal.

—Gracias —respondió con sarcasmo.

—No lo decía por eso —sonrió.

—Yo sé que no.

El viaje estuvo realmente entretenido, a pesar de que había sido sólo un fin de semana no se quedó con las ganas de probar cosas nuevas. Si fuera por ella se quedaría ahí toda la vida al lado de la pelirrosa, pero desgraciadamente tenía que volver al trabajo y sabía que su jefe no tendría piedad si faltaba o llegaba tarde.

No tenía muchas ganas de volver a ver a ese hombrecillo que no le quitaba la vista de encima ni un segundo, la simple idea la hastiaba, pero no tenía otra opción.

Eran alrededor de las diez de la noche cuando llegaron a casa de Marceline. Todas las luces estaban apagadas como si el lugar estuviera vacío, y después de entrar y revisar el lugar comprobaron que, en efecto, no había nadie ahí. Cosa extraña pues se supone que Gumball cuidaría la casa y a esta hora debería estar durmiendo o al menos cenando.

Ya le preguntaría en cuanto apareciera, por ahora fue y dejó las maletas en su habitación, estaba cansada, pero lo primero era atender a la pelirrosa, después de todo estaba en su casa porque había querido ir y acompañarla.

—¿Quieres algo de tomar?

—No creo que tengas cerveza.

Se lo pensó un segundo, abrió el refrigerador para comprobar y notó una lata rezagada que seguro era del chico, pero ya se la devolvería después.

—Encontré esta —dijo lanzándosela.

Bonnie la atrapó al vuelo y la saboreo con lentitud. Tenía tiempo que no bebía una, ahora sólo eran bebidas caras que conseguía en los mejores bares a los que rara vez iba.

—Dame un segundo, necesito ir al baño.

—Claro, no me iré a ningún lado.

Apenas había entrado Marceline al cuarto de baño cuando la puerta se abrió y un pelirrosa agitado, sudado y sucio apareció por la puerta seguido de Keila, quien no venía tan mal como él, pero ambos traían cara de pocos amigos, y se veían preocupados también. Al menos esa fue la impresión que le dio a Bonnibel.

—¿Y a ustedes que les pasó?

Ni siquiera habían notado que la luz estaba encendida y se asustaron al escuchar la pregunta.

—Volvieron —comentó Keila.

—Acabamos de llegar —respondió ella.

Gumball se dio cuenta de su cerveza a medio beber en la mano de la chica, la necesitaba, de manera que, a riesgo de verse como un grosero, se la quitó de las manos sin fuerza y lo más calmado posible para que no pensara tan mal de él. Se la bebió de un sorbo.

—Ahora estoy más ansiosa de saber qué los tiene así —dijo viendo como toda su bebida se agotaba.

Los dos se miraron dudando.

—Hola, chicos —saludó Marceline llegando hasta donde estaban.

—Marcy, tengo algo que decirte —empezó diciendo el pelirrosa.

Hizo una mueca de desconfianza. No le gustaba para nada cuando una frase comenzaba de esa manera, siempre significaba malas noticias.

—Dime…

Keila y Bonnibel se dedicaban a prestar atención.

—No encuentro a Simón por ningún lado. Ayer salió y no ha vuelto.

Se quedó callada un momento que le pareció una eternidad. Debía admitir que estaba muy asustado de que se enojara con él.

—Volverá —sonrió—. Gumball, no tienes por qué preocuparte. Simón va y viene a su antojo, sabía que en algún momento se iría igual que como llegó.

—Pudiste haber dicho eso desde el principio.

—No tenía idea de que querría irse justo cuando no estuviera.

—Te lo dije, Gumball —se oyó decir a Keila.

—No estoy para esto ahora —volteó a mirar a Marceline de nuevo—. Si no te importa dormiré hoy aquí, estoy algo cansado como para irme ahora.

—Descuida, estás en tu casa.

No tuvo que decir más, se despidió con la mano y se metió a la habitación de invitados.

—Yo me tengo que ir, pero pasaré mañana a verte en tu hora de descanso, cariño —le sonrió a su amiga.

Ella sólo le devolvió el gesto, sabía perfectamente que lo único que le interesaba era saber todos los detalles de su viaje con Bonnibel.

—Yo te acompaño, también debo irme.

Besó la mejilla de Marceline y salió a alcanzar a la chica.

Caminaron en silencio un rato hasta que perdieron de vista la casa de la pelinegra. Estaba oscuro, pero las farolas iluminaban lo suficiente como para no tener miedo de ser asaltadas, sin contar que todavía había bastante gente fuera paseando.

—Tengo que preguntarte algo.

—Dispara —contestó sin voltear a mirarla.

—¿Qué es Gumball de Marceline?

Keila se quedó callada un momento. Si ella no quería contárselo era por algo, pero estaba segura que si Bonnibel sabía del interés del chico por su amiga se pondría celosa, y quizá necesitara un pequeño empujón para que de una vez por todas dejara a ese chico Finn y mantuviera una relación seria. O al menos tenía que intentarlo.

Si Marceline llegaba a enterarse iba a matarla.

—Gumball es… un amigo de Marcy.

—Ese es el cuento que ella insiste en contar —respondió sin mucha convicción.

—Ahora es su amigo, pero en el pasado fue su prometido.

—¿Prometido? —se sorprendió.

Esperaba que hubiera sido su novio, pero no pensaba que su relación había llegado tan lejos.

—Exacto.

—¿Qué pasó? —preguntó con curiosidad.

—El día de la boda…

—¿¡El día de la boda!? —interrumpió la pelirrosa sin poder creer que la historia comenzara así.

—Si quieres que te cuente no me interrumpas —dijo molesta.

—Lo lamento, continua.

Cruzaron un semáforo y unos chicos que parecían sospechosos las miraron un segundo, pero enseguida se fueron, perdiéndose en una calle alejada.

—Marceline se dio cuenta de que no quería casarse y la boda se canceló. Gumball no la presionó y ahora imagino que volvió para intentar acercarse poco a poco a ella.

—¿Eso piensas o él te lo dijo?

—Mencionó algo como que "aún la ama" —dijo con fingido desinterés esperando ver la reacción de la pelirrosa.

—¿Y ella?

Obviamente algún efecto había logrado en Bonnibel, le sorprendía que con lo lista que era no se hubiera dado cuenta ya que estaba diciendo todo eso a propósito.

—No me ha dicho nada —hizo una pausa y agregó—. Veras, ella toda su vida a soñado con su casita, su jardín y los niños. Como cualquier mujer, supongo. Me extraña que renunciara a Gumball si él le podía dar esa vida tranquila. Tal vez ahora sí esté lista para eso.

Subió los peldaños que estaban frente a su puerta y cuando estaba a punto de entrar la voz de la pelirrosa la sorprendió.

—¿Por qué me dices todo eso?

—Tú preguntaste.

Entró y se quedó un rato sonriendo frente a la mirilla de la puerta viendo alejarse a la chica muy desconcertada.

Al día siguiente Marceline tuvo que ir al trabajo como todos los días acompañada de Gumball, por suerte gracias a él su jefe ni siquiera le había dirigido la palabra hoy. En su hora de almuerzo se topó con quien menos hubiera creído.

Era Finn.

Estaba de pie frente a la puerta del local y le hizo una seña para que se acercara.

—Finn.

—Hola, Marcy.

—¿Qué haces aquí? —le cuestionó con desconfianza.

—¿Ya comenzó tu descanso?

—Apenas.

—Perfecto. Acompáñame, hablaremos en el restaurante de la esquina.

No le dio tiempo a responder cuando la tomó de la mano y comenzó a llevarla al lugar.

Gumball la vio alejarse desconcertado, no conocía al chico, pero no le gustaba para nada, lamentablemente el dueño de la tienda lo había visto tan cerca de la pelinegra que nunca les ponía el horario de comida al mismo tiempo. Tendría que esperar.

El pequeño restaurante estaba repleto, apenas encontraron mesa.

—¿Qué desean ordenar? —preguntó un camarero de manera mecánica, como quien ha hecho la misma pregunta un millón de veces.

Finn se quedó mirando a Marceline esperando que fuera ella quien respondiera primero.

—Quiero un café y una ensalada, por favor.

Había pensado en no probar bocado, pero si desperdiciaba su hora de comida tendría que aguantarse el hambre hasta llegar a casa en la noche.

Se sentía un poco mal por no haber esperado a su amiga, seguro se enojaría con ella.

—Yo también quiero un café, gracias —le entregó los menús.

Después de anotar en su pequeña libreta las ordenes y tomar los menús se fue dejándolos solos y libres para hablar.

—Marcy, yo sé que tú y yo no nos llevamos bien.

—No me digas —dejó escapar con ironía.

—El caso es, que quiero pedirte un favor.

—¿Y por qué debería siquiera escucharte?

Parecía incomodo, era obvio que lo que estaba a punto de decir no era de su agrado.

—Porque te lo pido como hombre enamorado —suspiró—. Mira, tú no quieres nada serio con Bonnibel, ya sé que para ustedes dos es sólo diversión, pero a mí me gusta de verdad y realmente me gustaría intentar tener una relación con ella, por eso quiero pedirte que dejes de hacer cosas de índole sexual con Bonnie.

No se esperaba que se lo pidiera de manera tan amable, probablemente hubiera preferido que le gritara y así tener motivos para negarse, pero ahora lo veía como una persona, y tenía razón, lo suyo con Bonnibel era sólo sexual, Finn en cambio quería algo real con ella. No quería arruinarle sus oportunidades.

—Aquí tienen —interrumpió de nuevo el mesero dejando sus alimentos.

—Gracias —dijeron ambos al unísono.

—¿Por qué me lo pides así? ¿Por qué no me lo exiges como sueles hacer? —cuestionó una vez que el mesero se hubo ido.

—Porque esta vez quería hablar simplemente. Creí que podrías entenderme mejor y tal vez ponerte en mi lugar.

Suspiró. No le quedaba de otra.

—Tú ganas, voy a dejar de tener ese tipo de relación con Bonnie —le dio un sorbo a su café—, pero no dejaré de ser su amiga.

—Está bien para mí —sonrió.

Dejaron de hablar de ella y extrañamente comenzaron a platicar de banalidades, de manera que su almuerzo no estuvo tan mal después de todo porque cuando Finn estaba de buenas podía llegar a ser muy divertido y amable.

Apenas salieron de ahí Marceline sintió como algo se sujetaba de su pantalón y a punto estuvo de gritar cuando volteó a ver y notó que se trataba de un pequeño gato gris con una mancha negra en forma de corazón justo en la frente. Le pareció la cosa más tierna del mundo y cuando lo levantó en brazos vio sus lindos ojos color miel.

—Hola, amiguito.

Un ronroneo le respondió.

—No puedo dejarlo aquí solo, pero tampoco tengo tiempo de llevarlo a casa.

—Pues yo no voy a llevármelo. Bonnie los odia.

El hecho de que él supiera ese dato la molestó, pero no dijo nada.

—Por favor, sólo cuídalo hasta que salga —lo miro suplicante—. Me lo debes.

No tuvo más remedio que resignarse.

—Pasarás por él esta noche.

—Sin falta —sonrió.

Acarició una última vez al mínimo antes de dárselo. No pareció muy feliz en manos de Finn, pero con una caricia más por parte de ella ya no hizo por querer liberarse.

Estuvo ansiosa todo el día viendo el reloj cada cinco minutos esperando que fuera hora de salir para ir por su nuevo amigo. Finn había prometido cuidarlo bien hasta que ella pudiera llevárselo, pero como a la pelirrosa no le gustaban le advirtió que se diera prisa.

En cuanto el reloj marcó las diez tomó sus cosas y salió de ahí sin siquiera despedirse dejando atrás a Gumball quien trató de alcanzarla sin éxito.

Tenía como cincuenta mensajes en su celular, todos de Keila riñéndola por no haberla esperado para comer, pero no podía contestarlos ahora, en parte porque seguro la llamaría y comenzaría a gritar tanto que tendría que bajarse apenada del taxi.

Llegó diez minutos después y tocó la puerta algo intranquila. No sabía que le habría dicho Finn a Bonnibel, y estaba un poco nerviosa de verlos juntos.

Respiró profundo y tocó dos veces.

—Al fin llegas —comentó el rubio al abrir la puerta.

—Acabo de salir —se defendió ella.

—Se nota —abrió más la puerta—. No importa, llévate a mancha.

Entró vacilante buscando al pequeño con la mirada.

—¿Le pusiste mancha?

Era evidente que no pensaba llamar a su nuevo amigo con el nombre que Finn había elegido para él, y le molestaba que se hubiera atrevido a nombrarlo por ella.

—Yo no, fue Bonnie. Comenzó a llamarlo así de repente.

—Ah —no tenía nada más que decir.

Encontró al gato en un rincón y enseguida se acercó a ella.

No quería estar ahí mucho tiempo así que lo tomó para poder irse.

—¿Y Bonnie? —preguntó cuándo ya había dado unos pasos fuera de la casa.

No le respondió, pero le dedicó una enigmática sonrisa que no quiso esforzarse en interpretar. Lo mejor sería que llegara a casa pronto.

Su amiga la esperaba fuera visiblemente enojada, al menos hasta que vio a su acompañante y su mirada se suavizó. Ella tampoco era indiferente con los animales, y adoraba a los gatos.

—¿Quién es este pequeño? —preguntó acariciándolo detrás de la oreja.

—Lo encontré… O más bien, él me encontró a mí.

—Es hermoso —se emocionó —, ¿y cómo se llama nuestro nuevo amigo?

Se lo pensó un segundo y luego sonrió.

—Se llama Hambo.