Los personajes le pertenecen a la señora Meyer, la historia es mía.

A todas las que me dejan comentarios un millón de gracias. A las lectoras fantasmas mi cariño por estar ahí tras las sombras.

Hoy viendo el segundo trailer de Bel Ami casi me da un paro cardiaco, esa cara de ese hombre ¡Dios! por favor chicas vayan a esa imagen y sabrán como luce Mister Cullen en toda su maldita gloria.

FALSAS APARIENCIAS.

CAPITULO 10.

El viaje fue agotador, sentía como su cuerpo iba liberándose ante la cercanía de su casa y del campo. Tenía fiebre, pero eso no le importaba. Trató de dormir en el camarote privado del tren pero cada vez que cerraba los ojos la voz del padre la atormentaba, la voz de toda la sociedad acusándola, pero sobre todo las voces de Edward Cullen y de aquel que la abrumaba desde hacía varios años con sus susurros de amor y pasión no le permitían dormir.

- ¿Esta bien Madame?- Alice preguntaba preocupada.

- Si, si estoy bien Alice, no te preocupes querida, sólo es una tonta fiebre.

Pero no era así, la fiebre fue subiendo más y más hasta que le era imposible mantenerse sentada, o soportar la ropa que tenía puesta.

Cuando la voz del hombre gritó:

¡Nottighamshire! Isabella casi se desmaya de felicidad finalmente en casa…gracias a Dios.

El enorme carruaje la esperaba para llevarla a su residencia, casi castillo que quedaba a las afueras de la pequeña ciudad.

Los habitantes de la Nottighamshire salían a mirar como el enorme y lujoso carruaje atravesaba las pedregosas calles. Todos sabían que cuando éste salía de Forks, era porque el gran señor Charles Swan estaba allí o su muy misteriosa hija. Al primero nadie lo quería, Su señoría era odiado casi por todo el pueblo, pues las pocas veces que iba siempre miraba por encima del hombro a las sencillas gentes que allí vivían. Lo respetaban, pues él era el señor de casi todas esas tierras, casi cien siervos dependían de él y del trabajo en la enorme mansión y en sus terrenos, pero eso nos los obligaba a nada. Para Charles Swan eso era lo que menos le importaba, era un hecho bien sabido por todos y sobre todo por el todopoderoso Mister Swan que las leyes decían que había gente como él que tenía derecho a repeler a gente como ellos, era tan simple como eso.

Mas por Madame Swan sentían algo muy diferente, pues la hija del señor era una mujer, quien a pesar de sus orígenes, siempre estaba dispuesta a ayudar a sus vecinos y a todos los siervos de la región. Durante los días que ella estaba allí visitaba a cada uno y se sentaba en la mesa con ellos a conversar, algo intimidante, pero muy agradable, pues Isabella Swan no permitía que nadie sintiera que en su espacio la gente se sintiera inferior. Además sentían una extraña fascinación con ella a quien la mayoría había visto cabalgar como una posesa en su caballo Thunder una animalazo enorme que parecía la encarnación del diablo y quien además armada con su cámara tomaba fotos de todos y de todo.

Salieron a recibirla. Isabella abrió la pequeña ventanilla del carruaje y aún con lo enferma que estaba saludo a cada uno, y a cada uno prometió visitar.

- ¿Estás segura Isabella? Te encuentras demasiado débil para hacer tus recorridos por cada casa.

- Estaré mejor Alice, estoy en mi hogar.

El ama de llaves muerta de risa dijo:

- Me muero por saber los últimos chismes de la ciudad, al menos aquí se divierte la gente, ¡Dios! me pregunto si Amy Chester ya le habrá quitado el novio a la simplona de Sara Stradford, ella quien cree que ese bobo de prometido que tiene es la encarnación del príncipe de Gales, ¡semejante sapo con antiparras!

- ¡Alice!

- Oh Isabella, déjame ser feliz, en Londres me comportó como la oscura ama de llaves de la bien educada madame Swan, aquí soy yo de nuevo- Si, Alice Brandon, una mujer quien la melancolía del amor perdido no le había quitado aún las ganas de reír, aunque fuese un poco. Ella también amaba Forks, un lugar donde las tramas tontas de la gente sencilla eran reales y no las estúpidas, pomposas y absurdas teatralidades de la gente de la gran ciudad de Londres.

Isabella podía sentir el aire no viciado y puro de sus tierras, el sol calido que la hacía feliz, el olor a hierba fresca. Desde lejos divisó el gran castillo y saltó de felicidad cuando vio su enorme semental negro que corría a lo lejos libre y poderoso.

- ¡Oh míralo Alice!- se le aguaron sus ojos al ver a su muchacho- ¿No es lo más hermoso que has visto?

Alice vio el caballo demoníaco, el cual no permitía que nadie montara, sólo su dueña y que corría como amo y señor de todas las tierras. Al principio no entendía el porqué su ama adorada aquella bestia aterradora, pero con el tiempo entendió que aquel animal era el espíritu de su ama. Dos almas salvajes que se complementaban. Alice le temía a Thunder algún día ese animal la va a matar.

Isabella le gritó al cochero que parara y se bajó del carruaje.

- ¿A dónde va madame?- Alice preguntó con temor.

- El me está esperando- salió corriendo y como si el animal supiese que ella venía por él, detuvo su trotar que competía con el viento y se fue hacía su dueña. Llegó hasta ella y de manera arrogante se paró en sus patas traseras y relinchó en señal de saludo- hola muchacho ¿me extrañabas?- la bestia fue hacia ella, bajó su cabeza orgullosa y dejó que la ama lo acariciara- oh si mi amor, estoy aquí, estoy aquí- el animal en gesto de sumisión bajó sobre sus patas para que Isabella lo montara. Ella no se hizo esperar.

- ¡Isabella! No tiene montura.

- ¡No me importa!

Y el ama de llaves vio como la muy modosa señorita Swan dio una orden salvaje y se fue corriendo en ese diablo.

- ¡Esta loca!

Corrió y corrió por horas entre el bosque oscuro y permitió que el aire fresco llenara sus pulmones. El trotar junto con Thunder la llenaba de alegría y le daba libertad. Su cabello suelto y su seno liberado del corpiño era lo único que en ese momento la hacía feliz. Aún así la fiebre lentamente se apoderaba de su cuerpo.

Todos los sirvientes la esperaban en fila. Alice con su pequeña estatura llegaba y como un general hacía que toda la servidumbre corriera. Todos ellos esperaban al ama, quien apareció con aspecto salvaje y ojos brillantes frente a ellos montando su enorme corcel, y quien valga la aclaración, todos temían y a quien era un problema alimentar.

Todos se quedaron viéndola, pero nadie se atrevía a mirarla a los ojos.

Ella resoplaba frente a todos ellos y sudaba más por la excitación de la cabalgata que por la fiebre que tenía.

Los saludó de manera amable, ella los hacía sentir incómodos. Isabella se había dado al dolor de que toda su servidumbre nunca podía verla como alguien igual a ellos deja las tonterías Isabella ellos saben su lugar en el mundo, ellos abajo y tú muy por encima, es la ley ¡Dios hija! Mi peor error fue dejar que te fueras a Francia, esos tontos y sus ideas liberales era la voz de Charles Swan y sus muy terribles ideas.

- Joseph- este era el mozo de cuadra- alimenta a Thunder por favor.

- Si madame- el chico estaba aterrado, todos los días cuando le daba el alimento a esa bestia siempre creía que éste lo patearía- ¿madame? – el chico de ojos azules se acercó muerto de miedo- el señor Grant, dice que si usted puede prestar a su semental para que se aparee con una de sus yeguas, hace como dos meses viene insistiendo con eso y nosotros le decíamos que usted era la dueña, él ofrece cincuenta libras por eso madame.

Isabella de manera picara miró a su hermoso caballo.

- Eso te gustaría ¿no es así muchacho? Una hermosa chica para ti- besó su lomo, todos los sirvientes estaban aterrados, una dama no habla así, menos en presencia de muchos hombres- Mándale un mensaje Joseph, dile que acepto- se acercó a milímetros del joven quien siempre había creído que madame Swan era lo más bonito y extraño que él había visto- y las cincuentas libras te las regalo ¿qué te parece?- sonrió con dulzura.

- ¿De verdad madame?- el chico tartamudeo.

- Así es niño.

. Gracias madame, gracias madame, gracias madame- ¡cincuenta libras! Que maravilla, mas la alegría se tornó en miedo, ¡Dios! tendría que controlar a ese Satanás, mientras se apareaba.

En el comedor Isabella contra toda la ley moral reinante de su época comió como un ser humano normal, pues ninguna dama decente y mucho menos soltera podía alimentarse de manera sana, eso era de mal gusto y poco refinado.

En la tina con el agua corriendo por su cuerpo, Isabella cerró los ojos y como un relámpago en la oscuridad la voz de Edward Cullen la recorrió de nuevo, era como si aquellos ojos verdes la miraran desde una de las esquinas del enorme baño.

Desnuda en su habitación y como una criminal que guarda una joya robada leyó la carta, palabra a palabra…. Aún tengo el olor de su piel en todo mi cuerpo, el sabor de su boca en mi boca y los sonidos hermosos en mis oídos ¿para qué un hombre quiere música si ha escuchado los sonidos de la mujer que ama en éxtasis? No diga que soy atrevido madame, porque lo que ocurrió anoche entre ambos fue más allá de la decencia y de la cordura, adorada, malvada y deliciosa Isabella.

- ¡Dios mío! Eres una maldición, una maldición.

Fue hacia su maleta y sacó la foto que le tomó hacía unos dos años sobre aquella hermosa yegua. Lo vio allí, fabuloso y perfecto con su sonrisa cínica y malvada.

- Si supieras lo que me provocas Edward Cullen harías de mi tú esclava, y eso no lo puedo permitir, no puedo, nos destruiríamos los dos, no te conviene, no te conviene.

Se fue a la cama, pero no pudo dormir. Hacía calor, su cuerpo estaba en desasosiego absoluto. Respiró con fuerza, sabía que quizás esa era la última vez que sería libre, sería la última vez que podría visitar a su antojo Forks, se vio a sí misma atrapada en una telaraña de mentiras, apariencias e hipocresía; finalmente aquella sociedad y sus estúpidas reglas la habían atrapado.

A la mañana siguiente una hermosa yegua blanca propiedad de su vecino Humbert Grant estaba en el establo, mientras que Thunder macho y poderoso la esperaba.

La fiebre estaba en su apogeo, pero Isabella no permitió que Alice la enclaustrara en su habitación. Desde lejos escuchó el relinchar de su hermoso semental quien con sus patas traseras golpeaba la madera del establo ¿estas ansioso no es así muchacho? Madame Swan corrió hasta la caballeriza, cuatro hombres luchaban con la fuerza de las dos enormes bestias quienes parecían dispuestas a acabar con todo el lugar.

Fue una pelea de sobre vivencia para que el todopoderoso macho no los matara cuando lo llevaban hacía donde estaba la yegua.

- Madame, usted no puede estar aquí- grito el dueño de la hembra- es inapropiado para una dama- esto lo decía mientras sostenía al semental de las riendas.

- Mister Grant- los ojos de Isabella era refulgentes por la enfermedad y por sentir la fuerza poderosa del animal que reclamaba fuerte copula- ¿Quiere usted que mi bestia no lo mate? Permítame- camino con desenfado hacía su caballo- es a mi a quien obedece- el animal resoplaba con furia- aquí, aquí precioso- Isabella levantó una de sus delicadas manos y las poso sobre el terciopelo negro azabache de la piel del caballo- Te vas a divertir- una sonrisa maliciosa en ella hizo que todos los hombres se sintieran incómodos. El animal se calmó poco a poco- eso es, eso es- le susurró con ternura- quiero ver un hijo tuyo corriendo por los campos muchacho ¿no te gustaría? Hazme sentir orgullosa chico.

Poco a poco Isabella llevó al semental hacía la caballeriza donde la hembra esperaba. Lo soltó y Joseph corrió para encerrarlos en el enorme lugar. El macho dio tres grandes coses que hicieron que toda la madera del lugar cimbrara.

- Madame, puede usted retirarse- Los cuatro hombres la miraron de forma extraña. Quizás el aire de sexualidad animal y bestial que las dos enormes bestias exudaban hizo que las miradas sobre la hermosa Isabella Swan cambiaran. La mujer sonrío con desgano.

- Por supuesto Mister Grant.

Bella salió de manera ecuánime de la caballeriza, pero desvió su camino hacia la casa, rodeo el lugar y por una pequeña rendija que daba a la caballeriza principal vio a los dos animales.

La hembra y el macho frente a frente, la primera se acercó y le dio un fuerte empujón a Thunder para después morderlo.

Vaya, se hace desear pensó de manera maliciosa todas lo hacemos pequeña.

La bestia negra, pateó el suelo e hizo un relincho poderoso y se fue hacía su compañera y la empujó más fuerte.

Oh si…él sabe que ella lo desea.

Durante varios minutos ambas bestias hicieron una extraña danza de seducción, poder y acople.

La fiebre mandaba llamaradas de fuego por toda la piel de Madame Swan., Llovía de manera pertinaz, mas Isabella se quedó allí mirando aquel extraño y poderoso ritual entre los dos impresionantes animales. Finalmente Thunder se paró en sus dos patas traseras y amedrentó a la hembra, quien de manera mansa y sumisa hizo una caricia por el lomo del macho violento para permitir que éste la montara.

Isabella saltó frente a la belleza de semejante acople, dos bestias violentas cumpliendo con las leyes salvajes de la naturaleza.

Todo era tan hermoso y violento, allí no había leyes, sólo el instinto. Bella se llevó las manos a su pecho ¡maldición! ¡maldición! ¿Cuánto tiempo reprimiéndolo todo para hacer feliz a la sociedad, a su padre, a las leyes, a la decencia, a las buenas costumbres, a los estúpidos sermones en la parroquia que hablaban del pecar y fornicar?

Caminó lentamente hacía su casa, su respiración era agitada, todo brillaba a su alrededor, los sonidos de las bestias, el olor de la hierba, el endemoniado corpiño, el deseo de correr, el deseo de volver a ese punto donde ella fue libre y tonta. Miró hacía arriba, hacia el sol. Recordó el día en que un día en la campiña donde vivía su madre corrió desnuda permitiendo que la libertad y el viento tocara su piel, sabiendo muy bien que un niño dulce la observaba, sabiendo que ese día ese niño se convertiría en su amante.

Te amo cherrie, eres mía…sólo mía.

Oh si, y a par con la copula violenta de las dos bestias Isabella recordó como ese niño torpe, con ansias devoradoras la había hecho suya a pleno medio día.

Su cuerpo retumbó y tembló por el deseo, su mente se oscureció y el oxigeno le faltó a sus pulmones….se desmayó.

Durante dos días Isabella tuvo a toda la servidumbre asustada, deliraba, la enfermedad había tomado su cuerpo de manera temible, todos pensaban que una temible epidemia haría que la señorita muriera. Mas Alice silenciosamente entendía que era lo que a su ama le ocurría, pues en medio de las fiebres sólo nombraba a Edward Cullen…. ¡Dios mío está enamorada y desea a ese hombre! Pero es tan terca que nunca se lo dirá si, el ama de llaves entendía que a veces la razón niega cosas, pero que el cuerpo quien tiene a veces mente propia decía todo lo contrario. Cuantas veces escuchó decir a su padre el viejo vicario que el diablo de la concupiscencia se apoderaba de los cuerpos y que ni siquiera mil rezos o castigos podían exorcizar. Si Alice Brandon lo sabía, ella que permitió ser desvirgaba casi frente a las narices de ese santo.

La química del cuerpo de Isabella estaba cambiando, o mejor dicho estaba rebelándose frente a la piel impuesta por tantos años, y el culpable de todo era ese hombre, poco a poco él iba tomando cuerpo dentro de ella.

Una voz tremenda resonó en el primer piso de la enorme mansión, todos estaba asustados.

Alice corrió a ver cual era el alboroto y allí estaba ese hombre excéntrico de Eleazar Marchant, besando a media servidumbre, gritando el nombre de Isabella y vestido del color más horrible de todo el planeta: amarillo.

- ¡Isabella! ¡Amor mío! Ha llegado tu hombre.

Alice se quedó pasmada al ver semejante pavo real frente a ella.

- Mister Marchant- lo saludó desde lo alto de la escalera.

- Oh Alicia querida- corrió hacía ella y sin que ésta le diera permiso estampó un sonoro beso en su mejilla- ¡Hermosa! ¿Cuándo te decidirás a ser mi amante Mon cherrie? Te deseo con todas mis fuerzas- siempre era el saludo que le daba, ya estaba acostumbrada a semejantes excesos por parte de aquel hombre.

- Querido eres muy poco para mi.

Una sonora carcajada de aquel y volvió a besarla.

- Tú indiferencia hace que mi deseo aumente Alicia- su acento francés era hermoso, duro y divertido- Algún día me amarás y yo seré el hombre más feliz del planeta.

Eleazar Marchant, era un hombre enorme, de impresionante cabello negro y ojos azules. Siempre lucia el cabello muy corto y un pequeño bigote muy bien cuidado. Todo en él era vanidad, pomposidad y diversión. Tenía tanto dinero que no sabía que hacer con el, se había casado con una mujer increíblemente rica cuando él sólo contaba con veinte años y ella tenía casi cincuenta. La mujer murió al año de matrimonio, todos decían que no había soportado la lascivia de aquel jovencillo. Eleazar soportó con diversión aquellos comentarios, sólo él sabía que aquella mujer que le llevaba casi treinta años había sido su gran amor, su primer amor. Una mujer quien le dio ternura, sabiduría en la cama y una fortuna para que él diera rienda suelta a sus peculiares gustos por aquellas cosas caras y poco prácticas, es decir el arte.

Era alguien divertido, sin complejos, sin amarguras. Un obseso con todo aquello que tenía que ver con enaguas y corsés, para él todas las mujeres del mundo eran maravillosas y él las amaba a todas por igual, gordas, flacas, bonitas, feas, jóvenes o no tan jóvenes….decía que en su corazón todas tenían su espacio.

- ¿Dónde esta mi malvada princesa? Le traje una nueva cámara de América.

- Esta enferma Mister Marchant.

Inmediatamente la risa del hombre cambio a seriamente preocupado.

- ¿Dónde está?

- En su habitación.

Sin que Alice le dijera que pasara el hombre en tres zancadas llegó hasta la habitación de Isabella, y sin importar si ella estaba decente irrumpió.

La mujer había escuchado la hermosa voz de su amigo y estaba intentando pararse de la cama.

- Oh no mi amor, nunca, aquí estoy yo- y corrió a abrazarla.

Isabella al sentir el abrazo de Eleazar empezó a llorar.

- Eleazar, te extrañé.

El hombre sacó un fino y delicado pañuelo de seda y secó las lágrimas de su amiga.

- Mi amor, estoy aquí, ya estoy aquí, tú novio, tu príncipe azul- y la abrazó con fuerza- ¿qué tienes?

- Todo, tengo todo.

El hombre conocía aquellos arranques de melancolía de Isabella. Durante años los había visto. Esa chica hermosa y libre atrapada por las idioteces del mundo. Era una lástima pues él conocía a la mujer escondida tras todo ese encanto falsete de dama inglesa.

- Pero estoy aquí, yo te voy a cuidar, a mimar, seremos tú y yo de nuevo.

- ¿Y la duquesa?- Isabella preguntó por la mujer, que a decir verdad ni del nombre se acordaba, pues Eleazar había tenido cientos de amantes a quienes les juraba amor eterno, es decir eterno para él eran dos meses.

- ¿Emma? – Puso cara contrita- Me abandonó, soy demasiado para ellas Isabella.

La chica sonrío.

- ¿Quién es ella? ¿La nueva? El amor verdadero- una sonrisa picara, conocía muy bien a su amigo.

- Es hermosa querida, una musa, una diosa y está casada, pero eso no es problema para mi Cherrie.

- Eres un inmoral Eleazar.

- Y me divierto como ninguno querida, la moral no es mi fuerte, pero hoy, esta semana soy tuyo mi amor.

- Más te vale- estaba mareada, siempre su amigo y su efervescencia y amor a la vida le hacía tener esa sensación.

- Te voy a mimar Isabella, princesa.

- ¿Por cuánto tiempo te quedaras?- ella tomó su mano y la beso.

- Hasta que estés mejor.

- Eleazar compórtate con la servidumbre, querido, sobre todo con las chicas.

Unos ojos maliciosos parpadearon.

- ¿Ni siquiera esa cosilla deliciosa de Alicia? Ella me fascina, convénsela de que sea mi amante, yo soy inolvidable Isabella, presiento que ella es todo un volcán.

- ¡No!- le dio un golpecillo sobre su brazo- ni te atrevas, las dejas medio muertas y luego te vas, pobres mujeres, además Alice no es de tu tipo.

- Todas las mujeres son de mi tipo Madame- lo dijo con un dejo divertido mientras se tocaba su muy divertido bigote.

-Pero Alice no.

- Oh no me diviertes Isabel, no me diviertes.

Durante años ese tipo de plática que rayaba en lo picante y casi vulgar fue la tónica entre ambos. Eleazar amaba a Isabella, ella lo había salvado de que un esposo celoso lo destajara en Paris. Isabella lo amaba, él era su último rescoldo de aquella época en donde era feliz, inmoral y libre.

Fue así que Eleazar, se quito su horrible capa de semejante color, subió sus mangas de la camisa delicada y se aprestó a cuidar a su niña, mientras que amenazaba con matar de risa a Alicia y a Isabella con sus muy picantes aventuras por todo el mundo. Aún así no desaprovechaba los momentos en que su amiga dormía e iba tras de alguna chica de la servidumbre o sin vergüenza palmeaba el trasero de Alice.

- Cherrie, moriría por ti y ese traserito jugoso.

- ¡Vulgar!- gritaba el ama de llaves.

- Oh si cariño, no sabes cuanto- un guiño de ojos- eso me hace fascinante.

- Es usted un arrogante Mister Marchant.

Y ella se alejaba fingiendo enojo. Alice de treinta años de edad, adoraba aquel flirteo, la hacía sentir bonita y aún deseada.

A la tercera noche la fiebre llegó con más fuerza. Eleazar se quedó vigilando junto con Alice, y en medio del delirio Isabella nombró aquel hombre de su pasado, el francés miró de reojo a Alice quien no hizo ningún gesto, pero fue el segundo nombre el que lo sorprendió. Una sonrisa maliciosa cruzó la cara del hombre. Al día siguiente cuando la mujer estaba un poco mejor Eleazar dijo:

- Te escuché Isabella ¿Quién es el hombre?

Isabella incomoda se removió en su cama.

- Nadie, no es nadie.

- ¿Entonces por qué lo llamabas en sueños?

Ella se silenció.

- Es un estúpido que cree que puede tenerme a sus pies.

La cara del hombre fue sombría.

- Ten cuidado querida…eres peligrosa cuando sacas tus garras, siento compasión por ese hombre, no sabe con quien se mete.

- No, no lo sabe.

Y

En Londres Edward Cullen rugía.

Había esperado en los límites de la ansiedad la contestación a la carta pero ésta no había llegado. Durante esos días no salía de la casa de Esme Platt donde bebía como loco y donde trataba de olvidar con la pequeña mujerzuela a la maldita bruja que lo tenía hechizado y furioso. La pobre niña se colgaba de él. Estaba ella en completo atontamiento con la manera salvaje como el le hacía el amor. No hacia sino alardear de las artes de Mister Cullen y todas babeaban, pues en casi todo el segundo piso de la casa se escuchaban los gritos de placer de la chica, quien no ganaba un penique por eso, pero cada minuto con ese hombre desnudo y jadeante a su lado valía la maldita pena.

Finalmente se decidió ir a la enorme casa de Kensington. Frente al espejo se miraba, estaba orgulloso de su más poderosa arma: su belleza física. Se recorrió de arriba abajo, sonrió arrogante. Vestido impecable con su casaca azul oscura, su camisa de seda, sus anillos, único tesoro que mantenía de su padre y su capa negra.

- ¡Vamos Isabella Swan! No puedes decir que no bruja.

Salió cual pavo real por la calle, mientras que escuchaba las risitas excitadas de cuanta chica se cruzaba por su camino. Compró unas hermosas rosas rojas. Todo estaba planeado, si era posible, le haría el amor a esa mujer esa noche, no importaba si eso iba contra todas las leyes de la seducción "decente".

Mas la sorpresa y la furia se apoderaron de él cuando un sirviente de la casa le informó que Madame hacía seis días se había marchado para su propiedad en Nottighamshire.

Todo el gesto de seguridad y arrogancia se borró de su rostro, y cuando el sirviente le tiró de manera educada las puertas en las narices, Edward Cullen muerto de rabia estrelló las rosas en la acera.

- ¡Oh Madame! ¿Cómo se atreve?- rezaba entre dientes, mientras que caminaba furioso hacia su casa- es usted una maldita ¿se burla de mi? Usted y su decencia, apuesto que no soportó sentir, si mujeres como usted ¡idiotas! Debe haber ido a la iglesia a rezar por permitirse sentir.

Sin pensarlo dos veces llegó a su casa, empacó una maleta y salio en busca de la bruja. Ya no era razonable, su mascara de Dandy se le había caído de su rostro, todo él era un hombre cuya lógica y frialdad inglesa se habían esfumado. Sólo tenía la cara de la maldita.

Se paró en mitad de la calle, una iluminación temible vino a él. Isabella Swan y sus malditos nos sembraron en él una obsesión. Ella insultó su ego de Casanova infalible, era una cuestión de honor. Tenía que hacerle el amor para desinfectarse de ella.

El tren hacía la pequeña ciudad sólo partía en seis horas, desesperado, alquiló un caballo y como alma que lleva el diablo y en mitad de la noche corrió hacía Forks.

- ¡Que el diablo me lleve!

Llegó en la mañana, sucio, con su cabello más salvaje de lo inusual, se registró en la pequeña posada con el nombre de su padre y el apellido de su madre. De manera discreta preguntó donde quedaba la mansión Swan. Fue fácil llegar hasta allí, era el más impresionante castillo de toda la región. Éste se alzaba en medio de la campiña y casi todo él estaba rodeado de un hermoso lago lleno de cisnes y patos. La ambición en él era muy fuerte si he de vender mi alma al diablo porque esto sea mío, no dudaré un segundo.

Se ocultó en los bosques cual zorro en cacería, de pronto unos cascos potentes, un animal salido del infierno e Isabella Swan como amazona salvaje sobre el semental. Y la imagen de ella con el cabello al viento, y los gritos de orden sobre el caballo fue para Edward Cullen lo más alucinante y hermoso que él había visto en su vida. Pero aquella visión fue interrumpida cuando un segundo caballo tras ella con un hombre ridículamente vestido la seguía y gritaba.

- ¡Espérame mi amor! ¡Espera por este pobre esclavo! ¡Merde Isabella! Detén ese Satán- y el hombre reía a carcajada batiente.

A los segundo la amazona aparecía y con su seno agitado y impetuoso contestó.

- ¡No puedes conmigo Mon amour! Ni con mi Thunder.

El maldito, según Edward Cullen hizo una pirueta ridícula en su caballo, cosa que le pareció digna de un patético payaso.

- Pero me amas princesa.

Y la contestación de la bruja hicieron que Edward gentleman cínico ingles estallara en rabia infinita.

- ¡Con todo mi corazón!

Oh my God….

Han llegado los celos al corazón del bastardo.

Esto se pone muy interesante….

En el próximo el Dandy dejará su finura y elegancia para portarse como un Otelo…. ¿qué le tendrá deparado la bruja?