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Capítulo 8
Santana estaba barriendo el suelo cerca de las neveras cuando Dani entró en la tienda. Ya suponía que ella aparecería a primera hora de la mañana para hablar sobre la bicicleta. Después de apoyar la escoba contra el cristal, se alisó la camisa y se pasó la mano rápidamente por el pelo. Kristen llevaba rato esperándola y asomó la cabecita por encima del mostrador incluso antes de que Dani hubiera tenido tiempo de cerrar la puerta.
—¡Hola, señorita Dani! —exclamó la pequeña—. ¿Ha visto la bicicleta?
—Así es. Muchas gracias —contestó Dani—. Precisamente por eso he venido.
—Ayer nos pasamos mucho rato para que quedara chulísima.
—Pues hicisteis un magnífico trabajo —repuso—. ¿Está tu madre?
—Sí. Allí. —Señaló.
Santana miró cómo Dani se giraba hacia ella.
—Hola, Dani —la saludó.
Cuando estuvo más cerca, ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Puedo hablar contigo en privado un minuto, fuera de la tienda?
Ella detectó la frialdad en su voz y supo que la chica se estaba conteniendo para no expresar su rabia delante de Kristen.
—Por supuesto —aceptó ella al tiempo que enfilaba hacia la puerta. La abrió y siguió a Dani hasta el exterior, y sin poderlo remediar admiró su figura por detrás mientras ella se dirigía hacia la bicicleta.
La chica se detuvo cerca de la bicicleta, y entonces se giró para mirarlo a la cara. En la cesta delantera estaba el paraguas que elal le había prestado el día anterior. Propinó unas palmaditas al sillín, con la cara seria.
—¿A qué viene esto?
—¿Te gusta?
—¿Por qué me has comprado una bicicleta?
—No te la he comprado —protestó ella.
Ella pestañeó.
—Pero en la nota…
Santana se encogió de hombros.
—Llevaba dos años en el garaje, acumulando polvo. Créeme, lo último que haría sería comprarte una bicicleta.
Los ojos de Dani refulgieron peligrosamente.
—¡Esa no es la cuestión! No puedes seguir regalándome cosas. Tienes que parar. No quiero nada de ti. No necesito un paraguas ni verduras ni vino. ¡No necesito una bicicleta!
—Entonces dásela a alguien. —Ella se encogió de hombros—. Yo tampoco la quiero.
Ella se quedó en silencio. Santana pudo ver cómo la confusión se trocaba en frustración, y luego finalmente en rendición. Al final, Dani sacudió la cabeza y se dio la vuelta para marcharse. Antes de que pudiera dar un paso, él carraspeó.
—Antes de que te vayas, ¿harás por lo menos el favor de escucharme?
Ella la miró por encima del hombro, enfadada.
—No importa, déjalo.
—Quizás a ti no te importe, pero a mí sí.
Ella le sostuvo la mirada, hasta que al final bajó la vista al suelo. Cuando Dani suspiró, Santana señaló hacia el banco que había delante de la tienda. Lo había colocado allí a propósito, entre la máquina de hacer hielo y una rejilla con tanques de butano, como una broma, pensando que nadie lo usaría. ¿Quién iba a querer sentarse allí para contemplar el aparcamiento y la carretera justo delante? Para su sorpresa, la mayoría de los días estaba siempre ocupado; la única razón por la que en ese momento no había nadie era porque aún era temprano.
Dani dudó antes de tomar asiento. Santana entrelazó las manos sobre el regazo.
—No te he mentido cuando te he dicho que esta bici lleva dos años acumulando polvo. Era de mi esposa. Le encantaba, y siempre estaba montada en ella. Una vez incluso fue hasta Wilmington, pero, claro, cuando llegó allí estaba tan cansada que tuve que ir a recogerla, aunque yo no tenía a nadie que pudiera quedarse al cargo de la tienda, así que no me quedó más remedio que cerrarla durante un par de horas. —Hizo una pausa—. Esa fue la última vez que ella montó en la bicicleta. Aquella noche sufrió el primer ataque y tuve que llevarla de urgencias al hospital. Después de eso, la enfermedad fue ganando terreno progresivamente y ya no volvió a montarla. La guardé en el garaje, pero cada vez que la veo no puedo evitar pensar de nuevo en aquella horrible noche. —Irguió la espalda—. Sé que debería habérmela quitado de encima, pero no podía dársela a alguien que solo la utilizara una o dos veces y que luego se olvidara de ella. Quería que fuera a parar a alguien que supiera apreciarla tanto como ella lo hacía. Alguien que la usara con frecuencia. Eso hubiera sido lo que mi esposa querría. Si la hubieras conocido, lo comprenderías. En realidad me estás haciendo un favor.
Cuando Dani habló, lo hizo con un tono conciliador.
—No puedo aceptar la bicicleta de tu esposa.
—¿Así que aún quieres devolvérmela?
Cuando ella asintió, ella se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Tú y yo nos parecemos mucho más de lo que crees. Si yo estuviera en tu lugar, habría hecho exactamente lo mismo. No te gusta pensar que le debes nada a nadie. Quieres demostrarte a ti misma que puedes lograrlo sola, ¿verdad?
Dani abrió la boca para replicar, pero no dijo nada. Tras unos momentos de silencio, Santana continuó.
—Cuando mi esposa murió, yo reaccioné del mismo modo. Durante mucho tiempo. La gente se pasaba por la tienda y muchos me decían que los llamara si necesitaba algo. La mayoría sabía que yo no tenía familia aquí, y me ofrecían su ayuda y su apoyo de todo corazón, pero nunca llamé a nadie porque simplemente yo no era así. Aunque hubiera querido o necesitado algo, no habría sabido cómo pedirlo; sin embargo, he de confesar que ni tan solo sabía lo que quería. Lo único que sabía era que mi vida pendía de un hilo… Para continuar con la metáfora, puedo decir que durante una buena temporada apenas tuve fuerzas para agarrarme a ese hilo. Quiero decir, de repente me encontré con que tenía que hacerme cargo de dos niños y de la tienda, y por entonces los niños eran más pequeños y necesitaban mucha más atención que la que precisan ahora.
Hasta que un día Sue apareció por la puerta. —Santana la miró a los ojos—. ¿Conoces a Sue? Trabaja varias tardes a la semana en la tienda, incluidos los sábados. Es una mujer mayor, muy simpática. Josh y Kristen la adoran.
—Creo que no.
—Bueno, no importa. Te decía que ella apareció un día, a eso de las cinco de la tarde, y simplemente me dijo que se quedaría con los niños mientras yo pasaba la siguiente semana en la playa. Ella ya había organizado mi estancia y me dijo que no aceptaría un no por mi parte porque, en su opinión, era evidente que yo estaba al borde de la depresión.
Santana se pellizcó el puente de la nariz, intentando contener la emoción al evocar aquellos recuerdos.
—Al principio me enfadé. Quiero decir, son mis hijos, ¿no? ¿Qué clase de madre era como para que la gente pensara que no podía ejercer bien mi papel? Pero a diferencia del resto de la gente, Sue no me pidió que la llamara si necesitaba algo. Ella sabía lo que yo estaba pasando, tomó las riendas e hizo lo que creía que tenía que hacer. Lo siguiente que recuerdo es que, de repente, me encontré conduciendo hacia la playa. Y ella tenía razón. Los primeros dos días no levanté cabeza. Pero a lo largo de las siguientes jornadas me dediqué a dar largos paseos, a leer algunos libros; cuando regresé, me di cuenta de que me sentía mucho más relajada que lo que había estado desde hacía mucho tiempo…
Santana se calló un momento, sintiendo el peso del escrutinio de Dani.
—No sé por qué me cuentas todo esto.
Santana se giró hacia ella.
—Ambos sabemos que si te hubiera preguntado si querías la bicicleta, tú habrías dicho que no. Así que, igual que Sue hizo conmigo, me dejé guiar por mi instinto y lo hice porque sabía que era lo que tenía que hacer. Porque he aprendido que, de vez en cuando, es bueno aceptar la ayuda de alguien. —Señaló con la cabeza hacia la bicicleta—. Acéptala. Yo no la usaré, y no me negarás que a ti te facilitará la vida para ir de aquí para allá por el pueblo.
Pasaron unos segundos antes de que Santana viera que los hombros de Dani se relajaban y que se giraba hacia ella con una sonrisa vencida.
—¿Has practicado antes este discurso?
—Por supuesto. —Intentó mirarla con ojitos de corderito—. ¿Te la quedas?
Ella vaciló.
—No me vendría mal una bicicleta —admitió finalmente—. Gracias.
Durante un largo momento, ninguno de las dos dijo nada. Mientras Santana estudiaba su perfil, pensó de nuevo en lo guapa que era, aunque tenía la impresión de que Dani no tenía esa opinión de sí misma. Y eso solo hacía que aumentar su atractivo.
—De nada —contestó Santana.
—Pero desde ahora no más regalitos, ¿vale? Ya has hecho bastante por mí.
—De acuerdo. —Santana señaló hacia la bicicleta con la cabeza—. ¿Así te va bien? ¿Quiero decir, con las cestas?
—Perfecto. ¿Por qué?
—Porque Kristen y Josh me ayudaron a ponerlas ayer. Uno de esos proyectos para un día lluvioso, ¿sabes? Las eligió Kristen. Solo para que lo sepas, ella también pensaba que necesitarías unos manillares con purpurina, pero ahí yo ya le dije que no.
—No me habrían importado unos manillares con purpurina.
Santana se echó a reír.
—Se lo diré.
Dani dudó un momento.
—Estás haciendo un trabajo maravilloso, ¿sabes? Me refiero a tus hijos.
—Gracias.
—Lo digo en serio. Y sé que no ha sido fácil.
—Así es la vida. Muchas veces no es fácil. Pero tenemos que intentar hacerlo lo mejor que podemos, ¿no?
—Así es —respondió ella.
La puerta de la tienda se abrió. Santana se inclinó hacia delante y vio a Josh que salía fuera y barría la zona de estacionamiento con la vista, con Kristen pegada a su lado. Con el rubio castaño y los ojos claros, Josh se parecía mucho a su madre. Al ver su mata de pelo enmarañada, Santana supo que acababa de levantarse de la cama.
—Estoy aquí, chicos.
Josh se rascó la cabeza mientras se encaminaba hacia el banco. Kristen sonreía radiante mientras saludaba a Dani con la mano.
—Mamá…
—¿Qué quieres, hijo?
—Queríamos saber si al final hoy iremos a la playa. Nos lo habías prometido.
—Sí, ese es el plan.
—¿Y prepararemos una barbacoa?
—Por supuesto.
—Vale —suspiró el muchacho, frotándose la nariz—. Hola, señorita Dani.
Dani saludó a Josh y a Kristen con la mano.
—¿Le ha gustado la bici? —gorjeó Kristen.
—Sí, gracias.
—Tuve que ayudar a mamá a arreglarla —informó Josh—, no es muy hábil con las herramientas.
Dani miró a Santana con una sonrisita de niña traviesa.
—Eso no lo había mencionado.
—Tampoco había tanto trabajo. Sabía lo que tenía que hacer. Pero es verdad que Josh tuvo que ayudarme con la nueva barra.
Kristen miró a Dani fijamente.
—¿Vendrá también a la playa con nosotros?
Dani se sentó con la espalda más erguida.
—Me temo que no.
—¿Por qué no? —inquirió Kristen.
—Probablemente tiene que trabajar —adujo Santana.
—La verdad es que no, hoy no he de trabajar; pero tengo que reparar un par de cosas en mi casa y…
—¡Pues así sí que puede venir! —la interrumpió Kristen, ilusionada—. Nos lo pasaremos muy bien.
—Pero es una salida familiar —insistió Dani—. No quiero entrometerme.
—¡Qué va! ¡Ya verá cómo lo pasamos bomba! ¡Y además verá cómo nado! Por favor… —suplicó Kristen.
Santana permaneció callada; no quería añadir más presión. Estaba seguro de que la chica rechazaría la invitación, por eso se quedó sorprendido cuando ella asintió levemente con la cabeza. Cuando habló, lo hizo con una voz muy mansa: —De acuerdo —accedió.
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