X. La Rançon.

Octubre de 2007.

Solo porque es mi parabatai

Edward miró a ambos lados antes de cruzar una calle a toda carrera por… ¿era la quinta vez ya? Había perdido la cuenta varias cuadras atrás, lo cual no ayudaba a calmar sus nervios.

El mal presentimiento de Amélie Poquelin se había cumplido y hacía un par de horas que estaba en labor de parto. Habría acudido al hospital mundano, pero con voz rota, debió confesar que su hermano y ella no habían conseguido uno que los atendiera, aunque sus explicaciones acerca del empleo y la seguridad social no les aclararon nada a Jérôme ni a él. En ese momento, mientras Jérôme estaba junto a una Amélie muy adolorida, Edward intentaba por todos los medios llegar hasta la Rue Pernelle, para lo cual había incluso necesitado un par de runas, considerando su salida de casa a escondidas, sin dejar indicios de a dónde iba.

Por obvias razones, Jérôme estaba confiando en que Soleil Glace le pudiera ayudar.

Meneando la cabeza al pensar en ello otra vez, Edward consiguió centrarse de nuevo en el camino, pues casi llegaba a su destino. Había memorizado la dirección desde que Jérôme y él visitaron por primera vez a la Gran Bruja de París, hacía ya un tiempo.

Estaba doblando la esquina para entrar finalmente a la Rue Pernelle cuando algo lo hizo tropezar. Habría caído de no haberse apoyado en la pared más cercana. Con una mueca, echó un vistazo por encima del hombro, esperando hallar una grieta o algún bulto, pero se topó con una figurita acuclillada, cubierta por una manta e intentando por todos los medios pasar desapercibida.

Lo siento —se disculpó enseguida, volviendo sobre sus pasos—. ¿Estás bien?

La figurita asintió con la cabeza, sin alzar la vista.

Frunciendo el ceño, Edward miró a ambos lados de la calle, que a esa hora de la madrugada estaba desierta, solo destacando unas pocas ventanas que mostraban luces encendidas.

¿Te has perdido? —inquirió con voz amable.

Sí.

La voz que contestó era baja y aguda, la de una niña. Con un nudo en la garganta, Edward se acercó un poco más y posó una rodilla en tierra en cuanto estuvo a su lado.

Me llamo Edward —se presentó, hablando con toda la calma posible—, ¿y tú?

No sé.

Apretando los labios, el joven contuvo un jadeo. ¿Cómo no iba a saber una niña su propio nombre? ¿Sería de la calle? Se veía muy pequeña para sobrevivir sola.

¿Recuerdas dónde está tu casa? —intentó.

La cabecita se agitó de un lado a otro. Eso casi lo hizo llorar, no podía dejarla allí.

Yo… ¿Quieres venir conmigo? Ahora mismo tengo que ir a un sitio, pero después puedo ayudarte a buscar a tus padres.

Que la niña volviera a negar con la cabeza lo desconcertó, al tiempo de que rogaba al Ángel que no fuera por alguna horrible razón.

¿No quieres venir conmigo?

Finalmente la criatura levantó la mirada, fijando en Edward unos ojos muy azules, brillantes debido a las lágrimas que todavía no derramaba. La carita era ovalada y de tez clara, con unos mechones de pelo a su alrededor que le dieron una leve idea de lo que podía estarle pasando. Estiró una mano poco a poco, dándole así la oportunidad de apartarse si lo deseaba.

¿Puedo…? —comenzó, dudando por un segundo, antes de explicar—. Lo siento, solo… Tu pelo es muy bonito.

La pequeña le dirigió tal mirada, que Edward supo que no le había creído. Sintiendo un vacío en el pecho, retiró la mano un segundo, antes de estirarla de nuevo junto con la otra, muy lento.

Eh… Si quieres venir conmigo, ¿puedo cargarte? Llegaremos más rápido así.

Temía que la niña volviera a retraerse, pero tras un segundo de duda, se enderezó aferrando la manta con una mano, mientras la otra la tendía hacia él. Eso fue todo lo que Edward necesitó para cumplir con su intención, tomando el cuerpecito con cuidado antes de ponerse de pie. No tardó en sentir los delgados brazos de la niña alrededor de su cuello y el pelo de ella haciéndole cosquillas en la mejilla, cuando la manta se le resbaló al apoyar la cabecita en su hombro.

Sonriendo con aire triste, Edward se puso en camino otra vez, esperando estar haciendo lo correcto en una situación como esa.

—&—

Vaya imagen más rara.

Semejante frase de bienvenida de parte de Soleil Glace no era alentadora, pensó Edward.

Lamento mucho molestarla a esta hora, pero…

No te preocupes, Edward. Jérôme acaba de enviarme un mensaje de fuego. Tenía prisa, por lo que pude notar, no debe ser fácil para un fiero cazador de sombras acompañar a una pobre jovencita en labor de parto. Toma asiento, necesito preparar unas cosas antes de irnos.

Edward asintió y repasó el sitio con la mirada. Para ser una Gran Bruja, Soleil vivía en un sitio de aspecto sencillo y con decorado algo rústico, que sin embargo invitaba a quedarse todo el tiempo del mundo. Se preguntó, vagamente, si la bruja buscaba con eso rememorar algo que había tenido, pero dejó el pensamiento de lado para ocupar parte de un sofá color marrón, sujetando con cuidado a la niña que llevaba, que se había quedado dormida.

Agradecía enormemente que Soleil no hubiera hecho preguntas, porque ignoraba cómo contestarlas. ¿Qué hacía él, un cazador de sombras, con una niña subterránea? Esa sola cuestión podía desencadenar muchas otras y sinceramente, no sabía cómo explicarse.

Edward —llamó Soleil minutos después, cuando regresó a la sala con un maletín en la mano y una gabardina puesta—, ¿dónde encontraste a esa niña?

Yo… Al inicio de la calle, mademoiselle.

¿Cómo se llama?

No lo sé.

¿No te lo dijo?

No, eso… Se lo pregunté, pero ella dice que no lo sabe.

Por primera vez desde que la conocía, Edward vio el asombro y la pena en el rostro de la Gran Bruja de París, conocida por muchos como una persona fría e impersonal.

¿Qué es? —inquirió ella en un susurro.

Edward negó con la cabeza lentamente, temiendo moverse demasiado y despertar a la niña.

Ya lo averiguaremos. Podemos dejarla aquí mientras…

Sin ser consciente de ello, Edward acercó un poco más la niña hacia sí mismo, aunque estaba centrado en analizar la situación y hallar una solución a su dilema.

¿En qué estoy pensando? Será mejor que venga con nosotros —dijo finalmente Soleil, sacándolo de sus pensamientos—. Haré un Portal hacia un punto seguro cerca de la casa de los Poquelin, así que por favor, cuídala bien.

¿Por qué no hace el Portal directamente en casa de Amélie y Étienne?

Porque sería como encender un faro mágico para cualquiera que estuviera en contra de Amélie y Étienne, por su trabajo de informantes. Aunque ellos hacen tratos honestos, hay algunos subterráneos a los que no les gusta que hablen con cazadores de sombras.

Entiendo, lamento haber…

No te preocupes. Anda, vámonos. Una nueva vida nos necesita.

—&—

¡Ya nació, Eddie! ¡Es un niño! ¿No te lo decía yo?

Faltaba poco para el amanecer cuando Edward dio un respingo, despertando de golpe.

Jérôme Montclaire, incapaz de quedarse quieto pese a que llevaba horas sin dormir, de nueva cuenta zarandeó a su agotado parabatai antes de fijarse en lo que éste acunaba en brazos, que en ese momento se removió con molestia.

¡Lo siento! —musitó Jérôme, alejándose un poco de Edward—. Puedes dejarla en el sofá.

Lo sé, pero… Se ve cómoda y pensé…

Entiendo. Espera aquí.

¿Qué…?

Jérôme se retiró hacia el fondo de la pequeña casa, dejando a Edward desconcertado. En ese momento, lo que quería era dormir de nuevo, aunque se recordó que debería regresar a casa antes de que alguien se preguntara dónde estaba. Se suponía que él cubría a Jérôme en el Instituto, cada que éste visitaba a Amélie, pero ese día no lo lograría si se quedaba más tiempo…

¡Eddie! —la euforia de Jérôme casi se podía tocar cuando regresó, sosteniendo algo envuelto en una manta azul con un delicado bordado en las orillas—. Míralo, ¿no es lo más bonito del mundo? Amélie jura que será igual a mí.

Con un nudo en la garganta, Edward finalmente dejó a la niña subterránea en el sofá, bien cubierta por la manta que no se quitaba, antes de ponerse de pie y estirar los brazos. No sabía lo entumecido que estaba hasta que se movió, pero pronto se recuperó al ver a Jérôme colocarse a su lado y mostrarle lo que cargaba.

Era la criatura más pequeña que recordaba haber visto. Su redonda carita estaba sonrojada, aunque su expresión era tranquila, pues dormía profundamente. El bebé tenía escaso pelo negro en la cabeza, lo que quizá era suficiente razón para afirmar que se parecería a su padre.

Tiene los ojos de Amélie —confió Jérôme en un murmullo.

Edward detectó la reverencia en la voz de su parabatai, el amor que le tenía a Amélie y a su hijo recién nacido. Retiró los ojos del bebé y observó con cuidado a Jérôme, quien contemplaba al niño como si fuera el mayor tesoro del mundo. Supo en ese instante que Jérôme, de algún modo, ya no sufriría tanto cuando recordara a sus padres y a Mattius Fairchild.

También entonces supo que ya no era el primero en el corazón de Jérôme e increíblemente, eso no le dolió. Había sabido que algún día, alguien llegaría a la vida de su parabatai y lo haría feliz de una forma en la que él no podía, por lo que no sentía la necesidad de reclamar. Seguiría cuidando de él, por supuesto, pero Jérôme ya no tenía la obligación de corresponderle en la misma medida, pues ahora debía pensar primero en su familia.

¿Quieres cargarlo?

Edward, sin querer, puso tal expresión de pánico que no tardó en oírse a Jérôme emitiendo una risita por lo bajo.

Anda, sé que quieres —insistió el de ojos verdes—. Confío en ti.

Rara vez Jérôme se tomaba la molestia de hacer oír sus sentimientos, por lo cual Edward se sintió muy agradecido. Con timidez, estiró los brazos y tomó al bebé, acomodándolo con torpe suavidad ante la atenta mirada del recién estrenado padre.

¿Sabes cómo se va a llamar? —inquirió Jérôme.

No, la última vez que me hablaste del tema, dijiste que Amélie y tú no se decidían.

¡Ah, sí! Bueno, estábamos de nuevo con eso hace un par de días. Ella insistía en que usáramos alguno de los nombres de mis parientes, pero después de oír que un tío abuelo mío se llamaba Eugéne, se rindió. Así que le dije que podíamos ponerle el nombre de su padre, que murió en un accidente de tráfico. Ella nunca lo conoció, ¿sabías?

Creo que algo dijo Étienne de eso.

En fin, «Alphonse» será su primer nombre, así que me pedí el segundo, «Edward».

¿Qué pasa? Hace mucho que no usas mi nombre completo.

¡No te estoy llamando!

¿Entonces por qué dijiste…?

Alphonse Edward Montclaire. Así se va a llamar.

Por un segundo, Edward temió dejar caer al bebé. Se había quedado atónito, pues siempre había creído que, cuando alguien llamaba a su hijo como otro cazador de sombras, era concederle un enorme honor y dar a entender su deseo de que lo emulara.

¿Amélie aceptó eso? —preguntó, cuando pudo recuperar el habla.

Algo así —Jérôme se encogió de hombros—. Dice que no suena muy bien…

Edward asintió, sorprendiendo al otro.

No tienes por qué usarlo —aseguró—. Es bastante común y no tiene nada qué ver con ustedes. Por favor, puedes elegir otro, ¿por qué no el de tu padre? Así el niño se llamaría como sus abuelos, ¿o qué tal Mattius? Sé que querías mucho a…

Eddie, ¿te estás escuchando? ¿Por qué no querría que mi hijo se llamara como mi parabatai? Eres la mejor persona que conozco, ¿de acuerdo? Si hay algo que quisiera para mi hijo, es que llegara a ser la mitad de bueno de lo que eres tú.

Jérôme, eso…

¡Hablo en serio! Este niño no solo nos tendrá a Amélie, a su tío Étienne y a mí, sino que tendrá a tío Eddie. Tú también serás su familia, ¿verdad?

A Edward se le rompió el corazón al oír eso. Jérôme quizá no lo había notado, pero una nota de súplica se dejó oír en sus últimas palabras, como si quisiera asegurarse de algo que sabía que tenía de antemano, porque ambos lo habían jurado hacía años, al obtener la runa de parabatai.

«Tu gente será mi gente» —recitó en voz baja—. Siempre cuidaré de él, lo prometo.

Lo sé. Yo haría lo mismo por ti.

Edward asintió, devolviendo a Alphonse Montclaire a los brazos de su padre.

Lástima que él jamás tendría un hijo al cual criar.

—&—

¡Feliz cumpleaños!

La única explicación para que Edward fuera realmente sorprendido, se debía a lo acontecido en las últimas horas. Apenas había dormido y por poco fue descubierto por una de las hijas de Catherine cuando volvía, pero eso era irrelevante.

Apenas caía en la cuenta de que el hijo de Jérôme compartiría cumpleaños con él.

¿Qué pasa? —quiso saber Catherine, arqueando una ceja.

Edward negó con la cabeza al tiempo que se sentaba. Como su prima cada año lo empezaba a festejar de esa forma, no tenía la culpa de dónde había estado la víspera.

¿Otra vez no dormiste bien? —Catherine dejó en la mesita de noche un plato con un panecillo adornado por una vela encendida; a continuación, se sentó en la cama, a su lado—. Edward, ¿estás seguro de que no quieres tomar vacaciones? Puedes hacerlo, lo sabes.

Sí, gracias, Catherine. Yo… No creo que sea necesario…

Si no estás bien, ¡claro que es necesario!

Catherine alzó una mano y le retiró el pelo de la frente, antes de ponerse a observar su cara con atención. A Edward le recordó a cuando ella revisaba si sus hijas estaban enfermas o afligidas por algo, lo cual le causó un nudo en la garganta.

Gracias, Catherine —musitó.

¿Por qué? El panecillo no es gran cosa.

No, por… Nada, déjalo.

¡Ah, no! Siempre dices eso, Edward. Por favor, cuéntame.

El joven suspiró, echando un vistazo a la ventana, dándose cuenta de que la luz diurna no era la correspondiente con una hora temprana.

¿Qué hora es? —inquirió.

¡No me cambies el tema!

No es eso, de verdad. ¿Es muy tarde?

Es casi mediodía. Pedí el día libre para ti, por eso no te desperté. Edward, ¿qué…?

Catherine, ¿alguna vez te arrepentiste de invitarnos a vivir aquí?

La pregunta le había rondado en la cabeza algunas veces, sobre todo en sus días malos, hacía mucho, cuando no contaba con Jérôme para hacerle ver que estaba bien siendo él mismo.

Tuve mis dudas —admitió Catherine, acomodándole un mechón detrás de la oreja, al tiempo que esbozaba una sonrisa melancólica—. No sabía cómo eran ustedes y solo había criado niñas, así que me preocupaba no tratar adecuadamente contigo y con Gilbert. Pero arrepentirme… No, no recuerdo haberlo hecho. ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso por Gilbert?

No, en realidad… Estoy muy agradecido de que nos recibieras. De pronto lo pensé y… Si acaso yo llegué a hacerte enfadar…

Edward se calló de golpe cuando su prima lo abrazó. El gesto, aunque conocido, no dejaba de tomarlo por sorpresa. Se preguntaba si se habría sentido igual de bien que lo abrazara su madre, pero la dolorosa verdad era que, al menos con él, Alice Longford siempre fue parca en demostraciones de afecto, lo cual empeoró hacia el final.

Tal vez está mal, Edward —musitó Catherine cuando se separaron—, pero de los tres, tú eres mi favorito. No vayas a decírselo a tus hermanos, ¿quieres?

El tono era juguetón, pero Edward supo que Catherine hablaba en serio. Eran contadas las personas que lo apreciaban de esa forma, por encima de otros, así que valoró aquellas palabras como si fueran un inesperado obsequio, sobre todo por ser el día en que celebraba su nacimiento.

¡Anda, iniciemos bien el día! Pide un deseo.

Catherine le acercó el panecillo con cuidado y Edward, conteniendo las lágrimas, dio un soplo esperando poder devolverle a su prima, algún día, todo el afecto que le había dado.

—&—

¡Diviértete con Jérôme!

¡Pero no dejes que te pervierta!

¡Elizabeth!

Esbozando una leve sonrisa, Edward agitó una mano para corresponder a la despedida de Catherine y sus hijas, aunque se sintió algo culpable de no decirles la verdad.

Desde que se conocían, Jérôme y Edward pasaban juntos sus respectivos cumpleaños, pero no ese año. Edward le había enviado un mensaje a su parabatai, para que estuviera con su hijo todo el día y no se preocupara. Cuando Jérôme protestó y lo invitó a casa de Amélie, Edward debió responder que ya tenía un compromiso. Dos segundos después, Jérôme lo había llamado y soltó, entre bromista y conmocionado.

¡Dime que Sangbleu te ha invitado a salir por fin!

Recordando eso y su propia afirmación, Edward todavía podía sonrojarse, pero al mismo tiempo, una lenta sonrisa amenazaba con adornar su cara. Se sentía como un niño al que le prometieran un regalo especialmente deseado, aunque no tuviera idea de qué sería en realidad.

Sin embargo, no podía ocultar que estaba nervioso. Era la primera vez que se encontraba en una situación semejante y temía echarlo a perder.

Llegó hasta el Arco del Triunfo, admirando las calles que surgían de aquel sitio, aunque casi enseguida consultó su reloj. Había llegado a tiempo.

¡Eddie!

Dando un respingo, Edward se giró hacia donde había escuchado el llamado.

Claude ya estaba allí, por supuesto. Debido a la estación, anochecía más temprano, así que no era de extrañar. Vestía una camisa azul celeste, unos jeans y zapatos relucientes, con lo cual se veía más normal que nunca.

Hola —saludó, de repente sintiendo que le faltaba aire.

Hola. ¡Feliz cumpleaños!

Hasta ese momento, Edward se fijó en la bolsa de papel que Claude llevara en una mano. Era grande y si no recordaba mal, mostraba los colores y el logotipo de una tienda de ropa mundana muy famosa y tremendamente cara.

No tenías qué…

Es tu cumpleaños, Eddie, ¿por qué no habría de darte un regalo?

Sin tener cómo rebatir eso, Edward aceptó la bolsa y echó un tímido vistazo al contenido. Solo distinguía un tejido azul, lo que de entrada le dio curiosidad, pero no se animaba a averiguar qué era, no a plena vista.

Andando —dijo Claude, indicándole una dirección a señas.

¿A dónde vamos?

Es una sorpresa. Nada que no te guste, lo prometo.

Edward, con un nudo en la garganta, se preguntó cómo era que Claude sabía lo que le gustaba, hallando solo una respuesta posible al descartar que él mismo se lo hubiera dicho.

¿Has vuelto a hablar con Jérôme acerca de mí? —preguntó.

Solo un poco. Tenía pensado que fuéramos allí alguna vez, pero quería asegurarme de que no hubiera ningún inconveniente. No puedes culparme, ¿o sí?

No, yo…

Más vale que no intentes disculparte, Eddie. Hoy, menos que nunca.

Edward asintió y lo siguió, intentando por todos los medios el no quedarse demasiado tiempo mirándolo, pero era imposible. Aunque sabía que aquello era real, no podía dejar de maravillarse.

¿Puedo saber qué has hecho el día de hoy?

Tras asentir, Edward fue describiendo su día, intentando no sentirse mal por omitir el nacimiento de Alphonse Montclaire, que a él tanto le importaba. No lo había hablado con Jérôme, pero intuía que su parabatai desearía que la existencia de su hijo no se divulgara hasta que hubiera hecho lo que estuviera en su mano para protegerlo. Eso haría él en su lugar.

Aquello le hizo pensar en la pequeña de pelo azul. Soleil Glace había aceptado hospedarla y cuidar de ella, lo cual agradecía, pero se preguntaba qué podía hacer él para ayudar. El hallazgo de la niña tampoco se lo dijo a Claude, aunque seguramente él habría podido darle algún consejo.

Entonces, ¿tu prima hace una comida en tu honor todos los años?

Sí, aunque le he dicho que no hace falta.

¿Por qué no? Te quiere. Es normal que festeje el que hayas nacido.

Edward apretó los labios, muy consciente de que aquellas palabras eran ciertas y al mismo tiempo, sin poder evitarlo, preguntándose qué diría su hermano si lo viera en ese momento.

Sacudiendo la cabeza, decidió que lo que Gilbert creyera no iba a empañar su alegría de ese día, que desde su inicio, había estado lleno de buenos sentimientos.

¿Estás bien, Eddie?

Sí, yo… Solo me acordé de algo.

¿De qué?

No quiero pensar en ello. No por hoy. No más. Por favor, ¿podría…?

Claro. Por cierto, ¿no viste a Jérôme hoy?

No… Es decir, no exactamente. Tuvimos patrulla la noche pasada, así que… Bromeó diciendo que este año podía «librarme» de su presencia.

De él me sorprende. ¿Y qué te han regalado?

¿Qué?

Jérôme y tu familia, ¿qué te han regalado?

Ah, eso… Bueno, Catherine y su familia suelen buscarme algún arma. Siendo cazador de sombras, no me quejo, me han llegado a dar algunas bastante buenas. Este año fue una espada. Dijeron que no era posible que no tuviera una propia, con un parabatai como Jérôme, así que…

Sí, Jérôme es un experto con espadas, más con esa Hauteclaire suya.

¿La has visto?

¿A Hauteclaire? —cuando Edward asintió, Claude hizo lo mismo, antes de adoptar una expresión de nostalgia—. La conocí hace mucho, cuando la llevaba otro Montclaire. Como él se fue a Lyon, no creí volver a verla, pero ya he comprobado que la vida es impredecible.

Claude le dedicó una de sus sonrisas más suaves, de esas que le hacían olvidar la parte ruda y fría de su naturaleza subterránea. Edward no sabía si un día dejaría de sentirse feliz cuando contemplara ese gesto, sobre todo si estaba dirigido a él.

No has dicho qué te ha dado Jérôme.

Eso… Se disculpó anoche por haber olvidado mi regalo, dijo que me lo daría mañana.

No era estrictamente cierto, pero habiendo omitido que Jérôme estaba en ese momento junto a su novia y su hijo recién nacido, Edward no podía decir que estaba invitado a almorzar al día siguiente con ellos tres. Amélie, agotada pero sonriente, dijo que quería hacer algo para él. No logró disuadirla en que no se tomara tal molestia en su estado, porque la vio realmente feliz, con su bebé en brazos y Jérôme a su lado.

Eso no es lo usual, ¿verdad? —indicó Claude, frunciendo el ceño.

No, pero… Tampoco es lo usual que tenga a alguien más con quien quiera estar hoy, así que Jérôme lo entiende.

Al segundo siguiente, Edward se dio cuenta de lo que había dicho y enrojeció hasta las orejas, causando que Claude ampliara un poco su sonrisa y lo mirara fijamente, de esa forma que le atravesaba el corazón.

En ese caso, aprovecharé la indulgencia de Jérôme —aseguró Claude.

Nunca creyó que lo haría, pero Edward deseó que la noche durara bastante.

—&—

París nunca le había gustado tanto a Edward.

Claude había cumplido su palabra y lo había llevado a sitios que terminaron gustándole. Jamás se había sentido cómodo entre aglomeraciones, así que agradeció que cenaran y pasearan por donde, si bien la gente no dejaba de circular, jamás se sintió aprisionado o agobiado.

Además, siendo honesto consigo mismo, Edward a duras se fijó en si hubo inconvenientes. Estaba maravillado con cada detalle que Claude parecía recordar de los lugares a donde iban, que poco a poco, le desvelaban cómo había cambiado la ciudad y cuánto tiempo tenía Claude de conocerla. Por un instante, le dio curiosidad por preguntar fechas exactas, pero después pensó que no valía la pena mortificarse por ello. Era obvio que Claude le llevaba muchísima ventaja.

En cierto momento, Edward se dio cuenta que habían ido hacia el sur, pasando de largo los jardines de Luxemburgo y la casa de los Verlac. No sabía qué esperar cuando también caminaron a un costado del cementerio de Montparnasse, ya que pocas veces Jérôme y él patrullaban esa zona. Se dejó guiar por un boulevard y solo teniendo a la vista un gran parque, creyó saber a dónde iban en esa ocasión.

Allí estaba la entrada principal de las Catacumbas.

Algo que te recuerde a los tuyos —comentó Claude con seriedad.

Edward sabía de ellas, por supuesto, así que adivinó enseguida a qué venían las palabras de Claude, pero no dejaba de parecerle un poco extraño. Tras reflexionar por un momento, algo dicho por Jérôme vino a su mente y preguntó.

¿Es verdad que allí viven muchos del clan?

Sí, es verdad.

¿No les molestará que entre un cazador de sombras?

Claude se encogió de hombros, al tiempo que le indicaba con un gesto que lo siguiera hacia una puerta pequeña y parcialmente oculta a ojos del público, a un costado de la entrada principal. Acto seguido, el vampiro sacó una llave de estilo antiguo de un bolsillo y abrió la puerta, cediéndole el paso al segundo siguiente.

Al líder no le importará —aseguró, en son de broma.

Edward tenía sus dudas, pero se arriesgó a entrar, topándose con un pasillo de techo bajo y muy oscuro. Sintió un escalofrío y estuvo tentado a volver por donde había venido.

¿Traes tu luz, Eddie?

Sí, pero… —Edward sabía lo que Claude quería decir, pero en vez de sacar la piedra de luz mágica, buscó su teléfono celular y presionó un botón para iluminarse tenuemente el camino.

Necesitas algo más que eso, al menos por un trecho.

Pero tus ojos…

Edward alcanzó a ver a Claude negar con la cabeza, antes de cerrar los ojos y posar una mano en su hombro.

Guíame.

A Edward se le hizo un nudo en la garganta. Eso era una inusitada muestra de la confianza que Claude le tenía. Quiso preguntar muchas cosas, pero en cambio asintió y cambió el celular por su piedra, la cual no tardó en encenderse entre sus dedos, mostrando así un poco más del pasillo que debían seguir. Comenzó a caminar a paso lento, cuidadosamente.

¿Hacia dónde vamos? —se interesó Edward.

Hacia uno de los túneles cerrados para los mundanos. Te sorprendería lo que ellos ignoran que está bajo sus pies.

¿Cómo es que el clan vive aquí sin que los mundanos…?

¿Sin que sea descubierto? Aprovechamos precisamente los túneles que ellos no pueden visitar o que sencillamente, desconocen su existencia. Si alguien, quien sea, llegara a entrar a esos túneles, nos daríamos cuenta. Algunos de los sistemas de alarmas de los mundanos ayudan a eso; lo demás es cuestión de vigilancia y precauciones.

¿Desde cuándo vive el clan aquí abajo?

Desde finales del siglo diecinueve. Fue cuando acabaron oficialmente los traslados de osamentas desde distintos cementerios. Algunos ya vivían aquí, pero era peligroso mudar a todo el clan mientras los mundanos siguieran trayendo a sus muertos.

Espera, entonces los que vivían aquí cuando los traslados seguían…

Puede que ellos generaran ciertas leyendas urbanas de vampiros en la ciudad, sí. No era fácil pedirles que se detuvieran, porque pasaban por tiempos difíciles, pero al final se les convenció que era mejor dejar de llamar la atención sobre las Catacumbas, para poder mudarnos.

¿Tú ya estabas aquí entonces?

Sí, estaba.

Claude dio un leve apretón a su hombro, que Edward interpretó como que el tema quedaba zanjado, por lo cual calló y siguió andando. Pero a los cinco pasos, no pudo evitar preguntar.

¿Ya eras líder entonces?

¿Qué, cuando el clan se mudó?

Sí.

Tuve que serlo. Te hablaré de ello en otra ocasión.

Eso sonaba a una historia no muy grata, así que Edward no insistió.

¿Tú vives aquí, Claude?

No, no podría. Pero en mi casa tengo acceso a las Catacumbas, así puedo bajar en cuanto se me necesita.

Edward sintió ganas de preguntarle dónde estaba su casa, pero apretó los labios y se contuvo. Seguramente, no recibiría respuesta.

Eddie, percibo una corriente. ¿Puedes ver una luz al frente?

El nombrado, bajando un poco su piedra mágica, notó un destello.

Sí, es tenue.

¿Podrías apagar tu piedra? Ahora yo puedo guiarte.

Edward obedeció. Justo cuando se guardó el objeto en el bolsillo, sintió a Claude soltarle el hombro y deslizar la mano por su brazo, hasta alcanzar sus dedos.

¿Te importa si…?

No dejó que Claude terminara la pregunta. Le tomó la mano, primero con timidez y luego con un ligero apretón, queriendo que comprendiera que no le molestaba el gesto, sino todo lo contrario.

Deseaba que pudiera entenderlo, aunque no fuera capaz de expresar en voz alta todo lo que sentía. ¿Se podía ser más egoísta?

¿Pasa algo? —inquirió Claude en un murmullo.

No, ¿por qué?

Si fueras cualquier otra persona, pensaría que la oscuridad no te gusta mucho.

Pero soy un cazador de sombras.

Lo sé, por eso pregunto. ¿Seguro que quieres seguir? Podemos…

Está bien, Claude. Supongo que… Solo estoy… Intento no arruinar nada.

No arruinar… ¡Mon Dieu, Eddie! ¿Por qué crees que podrías arruinar algo?

Edward recordaba haber escuchado antes a Claude soltar esas palabras en francés, eran algo recurrente en él cuando se alteraba. Sin embargo, solo hasta ese momento cayó en la cuenta de lo que significaba que pudiera pronunciarlas y lo que debía dolerle físicamente.

Eddie, dime, ¿por qué crees que…?

Es que nunca lo había hecho.

¿Hacer qué?

Salir. Salir con alguien. Tener una cita.

Claude dio un tirón a su mano para atraerlo hacia sí. El abrazo que siguió fue uno que a Edward, al principio, se le antojó extraño, pero sin saber bien por qué, enseguida se sintió reconfortado y correspondió, apoyando casi sin darse cuenta la cabeza en un hombro de Claude.

No temas decirme cómo te sientes —musitó Claude a su oído—. No tienes nada de qué avergonzarte. Por lo que sé, el salir con alguien significa equivocarse de vez en cuando, aunque al final no importa, porque estás con quien quieres estar, como tú dijiste antes.

¿Por lo que sabes?

Sí. He oído hablar mucho de citas. Por mis chicos, por supuesto.

¿Tú no has…?

Pese a lo que quizá escucharas, no suelo citarme con nadie. Nunca hubo alguien con quien quisiera citarme. Ni siquiera de mundano, lo cual es un alivio, porque en aquella época…

¿Es en serio?

La pregunta le salió a Edward en un murmullo ahogado, incrédulo, deseoso de saber.

Suenas algo desconfiado.

¿Cómo alguien como tú no ha tenido…?

¿Alguien como yo? Eddie, no sé qué concepto tengas de mí, pero no soy del tipo que se involucra con la primera persona que tiene al alcance.

¡No, no! Me refiero a… ¿Nadie ha querido salir contigo?

Es posible que sí, pero… Eddie, créeme cuando te digo que nunca ha habido en mi vida alguien como tú.

¿Alguien como yo?

Claude pasó una mano por el pelo de Edward, de manera suave, antes de apartarse un poco. Aunque estaba bastante oscuro, Edward logró distinguirle parte de una sonrisa.

Eres algo que siempre he querido. Eres una persona con la que siempre quiero estar, por el resto de mi vida. Quiero protegerte, aunque sé que no lo necesitas.

Edward se quedó de piedra. Era lo mismo que él le había dicho en Alacante.

No luzcas tan sorprendido. ¿Cómo no iba a recordar algo así? Son tus sentimientos por mí, Eddie, algo que valoro más de lo que podrías imaginar. Son un reflejo casi exacto de mis propios sentimientos. Algo como eso… Estarás de acuerdo conmigo en que, de haberlo tenido antes, sería muy difícil olvidarlo, ¿no?

Yo… Sí, eso creo.

Entonces considéralo una hazaña tuya, Eddie. Lograste que sintiera amor por alguien, cuando ya me había resignado a no conocerlo jamás.

Edward no pudo contenerse y abrazó con fuerza a Claude. Le dolía el pensar en un Claude que, habiendo vivido tanto, jamás hubiera tenido a alguien a su lado, por mucho o poco que durara. Se estremeció ante la idea de que la muerte los separaría algún día, pero volvió a aferrarse a su convicción de no decaer esa noche ante ningún pensamiento negativo, y solo así pudo prometerse que, sin importar qué, procuraría que a su lado Claude fuera feliz.

¿Te importaría que continuemos? Podemos seguir hablando en el camino.

Asintiendo, Edward se separó de Claude, volviendo a tomarle la mano enseguida.

El resto del recorrido fue un poco más silencioso, pero no por ello desagradable. Edward ponía atención a cada detalle, maravillado ante tal obra de los mundanos y luego, cuando Claude lo llevó por uno de los túneles del clan, en cómo los vampiros se habían ido adaptando no solo a un sitio así, sino a la época en la que vivieran. Hizo un par de preguntas, como cuando descubrió los aparatos que daban señal telefónica y de internet allí abajo, pero casi siempre dejó que fuera Claude quien hablara, si así lo quería: aquel era su territorio y quería saber lo más posible de él.

Si seguimos por aquí, cruzaremos el Sena —informó Claude de pronto.

¿De verdad?

Sí. Es un camino que pocos usan. Aunque llevemos tiempo aquí abajo y hagamos labores de mantenimiento con frecuencia, un derrumbe aún nos preocupa, sobre todo teniendo sobre nuestras cabezas un torrente como el Sena. En realidad, es un mecanismo de defensa.

¿Defensa?

Claude suspiró y lo miró con una intensidad que Edward desconocía hasta entonces.

En caso de una verdadera emergencia, se debe causar un derrumbe en este pasaje, para evitar que llegue los problemas hasta mi puerta.

Pese a ser un principiante en esos asuntos, Edward no era ignorante. No pudo evitar el sonrojarse, pues en pocos segundos, creyó captar lo que Claude estaba intentando decirle.

Hay dos salidas de este pasaje. Una aproximadamente a la mitad, recién cruzado el río, que he usado las pocas veces que he ido a la Cité. La segunda, hacia el final, da a mi sótano.

Edward asintió, en señal de comprensión. No solo sabía ahora detalles técnicos de aquel camino, sino que supo la razón para que Claude se los proporcionara. Así, antes de pensarlo demasiado (y avergonzarse en el proceso), pudo decir lo que acabó de definir la situación.

Podemos ir hasta el final. No me esperan en casa sino hasta más tarde.

Tuvo como recompensa una sonrisa de Claude que prometía muchas cosas.

—&—

El sótano de la casa de Claude estaba oscuro, pero enseguida él fue a encender un par de velas, tendiéndole una al segundo siguiente.

Vamos, te mostraré dónde estamos.

Edward lo siguió, con cierta sensación en todo el cuerpo que, tras un rato de meditarlo, descubrió que era expectación. Cuando llegaron a la parte de arriba, se vio en un pequeño vestíbulo, desde el cual partían unas escaleras al piso superior y se podía distinguir la entrada a una sala con muebles grandes. Claude fue hacia allá, descorrió un poco las cortinas y le hizo una seña para que se acercara, cosa que hizo mientras dejaba distraídamente su regalo en el sofá.

¿Qué te parece? —inquirió.

Edward se asomó y descubrió, con asombro, que reconocía lo que veía.

¿La Sacré–Coeur? —musitó.

Ciertamente, ese panorama no era algo que se esperara de un vampiro. De nuevo, Edward sintió la necesidad de hacer preguntas, pero apretó los labios y retuvo sus palabras.

La fe es importante para mí —musitó Claude, con los ojos puestos en la imponente iglesia de la colina, aunque era evidente que su mente estaba perdida en algún lejano recuerdo—. Cuando era mundano, no comprendía al Dios vengador, a ese que describían al referirse a la infinidad de castigos dados por nuestros pecados. Prefería pensar que Dios primero se fijaría en la bondad de nuestra alma, antes que en nuestros errores, a la hora de juzgarnos. Era lo único que me permitía no renegar de él cuando… Quizá lo comprendas. Ese instante en el que te das cuenta que no eres como el resto de tus semejantes en un aspecto que se llega a considerar… ¿Cuál era la expresión? «Contra natura», si no me equivoco.

Sí, lo comprendo.

Cuando Claude hablaba así, Edward tenía la sensación de que su vida mundana había sido durante un tiempo remoto, uno mucho más rígido y desalmado que el actual, lo cual hacía que se estremeciera de miedo y quisiera confortar a Claude de alguna manera, la que fuera.

Fue cuando me convirtieron que temí por mi alma —confesó Claude de pronto, agachando la cabeza—. No era capaz de pisar tierra consagrada, en ninguna de sus formas, y tampoco podía nombrar nada sagrado. Fue en parte por eso que llegué a creer que no valía la pena seguir existiendo. Temía que ya nada velara por mí.

Pero ¿de verdad no había…?

No. Espero poder contártelo correctamente algún día, Eddie, pero en cierta forma, cuando me convirtieron, pasé a perder todo lo que era, todo lo que tenía. De no haber sido por… No estaría aquí ahora de no ser por aquel sarcástico cazador de sombras, que se hacía amigo de los subterráneos en un tiempo en el que los suyos estaban más que dispuestos a asesinarlos.

¿Un cazador de sombras?

Claude asintió y fijó los ojos en él. Al girarse Edward en su dirección, lo encontró dedicándole una sonrisa que hablaba de afecto y melancolía por personas que ya no volverían.

Aquel al que me habría gustado llamar «hermano», ¿recuerdas que te hablé de él?

Sí, solo que… No mencionaste que hubiera sido un cazador de sombras.

Lo sé. No lo consideré oportuno. Temía que creyeras que tengo algún tipo de fijación con los cazadores de sombras, aunque haya dicho hasta el cansancio que la mayoría de ustedes no son de mi agrado y mucho menos, de mi interés.

No lo habría creído. En cierta forma, me habría alegrado por ti.

¿Por qué?

Porque todos merecen algo de amor, Claude. Yo… Antes no amaba a nadie. No como a ti. Pero he tenido el amor de mi familia, el de Jérôme como mi parabatai… Me duele pensar que antes, tú no tuvieras nada parecido.

Por fortuna, no ha sido el caso, aunque fue hace mucho tiempo. Gracias, Eddie.

¿Por qué?

Por estar al pendiente de mí.

Edward sintió la mano de Claude en su mejilla, por lo que se estremeció sin poder evitarlo. La piel del vampiro estaba fría, por supuesto, pero no tembló por eso. La expectación seguía allí, creciente, esperando algo a lo que se negaba a poner nombre por temor a una desilusión.

Eddie, ¿me permitirías…? Realmente quiero besarte.

Con un nudo en la garganta, Edward asintió.

Lo que siguió a continuación no era algo que hubiera podido imaginar, aunque lo había intentado. Sin embargo, debía admitir que Jérôme, la única vez que hablaron a fondo del tema, había tenido razón.

«Si te besas con alguien, Eddie, alguien a quien amas de verdad, no te acuerdas luego de lo físico, no siempre. Lo que más se te viene a la cabeza es lo que sientes por dentro.»

Físicamente, Claude era frío, así que eso fue lo primero que percibió cuando empezó a besarlo. Se estremeció por unos segundos, pero no demasiados como para no reaccionar y corresponder. En realidad, ignoraba lo que estaba haciendo, por más que se lo hubieran descrito o las veces que él lo hubiera visto en las parejas a su alrededor, como Catherine y Jules o Jérôme y Amélie. Pero tras unos instantes, dejó de importar. De hecho, dejó de importar cualquier otra cosa. Posiblemente el beso no duró mucho, pero para él fue una eternidad contenida en unos segundos, porque venía a decirle… No, venía a confirmarle que no había hecho mal en esperar algo así y que sus sueños podían ser sobrepasados por la realidad siempre que Claude se encargara de ello.

¿Sería demasiado pronto pedirte una noche juntos?

Edward no pudo evitar el sentir un escalofrío, porque sabía lo que significaba, sentía que lo que él mismo deseaba contestar y al mismo tiempo, le asustaba un poco lo que fuera a pasar en cuanto hablara. Respiró hondo, intentando calmarse, pero involuntariamente volvió a temblar.

Lo lamento, aquí hace mucho frío. ¿Quieres abrir tu regalo ahora?

Claude tardó poco en entregarle de nuevo la bolsa, así que Edward asintió. Se encontró tocando un tejido suave y al sacarlo, descubrió que era un suéter azul, de un tono oscuro y bastante bonito. Lo observó detenidamente, arrugando un poco la frente para distinguirlo bien con la escasa luz a su disposición, para luego mirar a Claude con gesto interrogante.

En cuanto lo vi, supe que te quedaría bien. Pensé que podrías usarlo cuando no tengas patrullas, pues no es una de tus prendas de cazador de sombras, resistente a los demonios. Tal vez, si quisieras, puedas llevarlo cuando quedemos en vernos…

Edward se pasó la prenda por la cabeza, comprobando así que era de su talla. Se sentía un poco holgada, pero debía ser por el tejido, el cual seguía impresionándolo con su suavidad. Acto seguido, volvió a abrazar a Claude, esta vez con un poco más de confianza, sintiendo casi al instante que era correspondido.

Gracias —musitó, para añadir a continuación—. Respecto lo de antes, mi respuesta es… Es igual a la que di sobre tu túnel.

¿Sobre mi…?

Edward supo que Claude lo había entendido cuando lo sintió estrecharlo con más fuerza, aunque sin llegar a lastimarlo.

A un lado suyo, al otro lado de la ventana, las luces de la calle enmarcaban al edificio de la colina que tanto admirara Claude. Era un paisaje que Edward recordaría siempre, porque sería el marco de un momento especial y valioso, en el cual recibiría más de un obsequio.

Aquel cumpleaños se quedaría en su memoria, ya que agradeció incontables veces no solo el haber llegado al mundo, sino el que ese hecho hiciera feliz a una persona más.