CAPÍTULO X
FULGURIS NIGER
Segunda Parte
Después del entrenamiento, Fulguris y Prosperus salieron del jardín y este último giró hacia la derecha y comenzó a caminar por una angosta calle que subía por la ladera de una colina.
—¿A dónde vamos? —preguntó Fulguris.
—Al Templo Sagrado —respondió Prosperus señalando un gran edificio blanco con columnas de mármol que se encontraba en la cima de un risco.
—Nunca me has permitido ir ahí. ¿Por qué el cambio?
—Antes no estabas listo para escuchar lo que te voy a decir. Cuando lleguemos comprenderás.
Fulguris asintió y los dos siguieron su camino en silencio. Desde que había llegado Fulguris, Prosperus había sentido una profunda intriga por él. Desde ese momento pudo averiguar algunas cosas gracias a un artefacto que traía consigo, sin embargo, había decidido no mostrárselo hasta que fuera el momento apropiado.
Fulguris tenía un carácter difícil. Era muy reservado e incluso se podría decir que antipático. Rara vez hablaba y siempre mantenía la misma mirada dura y el ceño fruncido. Su apariencia tampoco ayudaba en mucho. Aunque no era muy alto, era delgado y fuerte, su pelaje era negro con algunos toques de carmín y sus ojos eran rojos. Realmente con todo eso, cualquiera tendría razones para desconfiar. Por eso Prosperus comprendía en cierta medida los sentimientos de Callidus.
Sin embargo era justo eso lo que había intrigado tanto a Prosperus. Y ahora después de tanto tiempo, sabía que Fulguris de verdad era de confiar, por eso había decidido que era tiempo de contarle todo lo que sabía. Prosperus confiaba en que después de eso, Fulguris por fin podría descubrir quién era en realidad.
Después de un rato de subir por calles y escaleras de piedra, por fin llegaron al templo. Su apariencia era imponente. Era el edificio más grande de la ciudad y desde ahí se podía ver con claridad todo el valle, que en esos momentos estaba iluminado con la luz rojiza del atardecer.
Por fuera lo adornaban bellos jardines y el camino a la entrada se encontraba una magnifica fuente de agua cristalina. Al centro había una bella formación de plataformas por donde caía el agua y alrededor había tres estatuas de mármol algo más grandes que el tamaño natural y de excelente manufactura. La de la izquierda era un halcón cuyas plumas de la cabeza bajaban hasta su espalda. Vestía un pantalón holgado y bombacho, pero ajustado de su cintura y de sus tobillos, y en cada uno de sus brazos llevaba una muñequera. La estatua de la derecha era una loba de cabello largo y con una túnica similar a la que usaban las mujeres pretanas. La tercera estatua estaba detrás de la formación de plataformas y tenía la forma de un equidna masculino vestido con un faldón, un gran collar con plumas en el cuello y varios brazaletes y pulseras en los brazos.
Todas las estatuas tenían cuerpos atléticos y se encontraban de pie en poses estéticas y con un brazo estirado como tratando de alcanzar lo que estaba hasta arriba de la formación de plataformas. Se trataba de una cuarta escultura, pero en vez de mármol era de cristal, y asemejaba a una gema de seis caras con la punta hacia abajo. El caer de la luz del sol sobre este cristal, y con la ayuda del agua, hacía que todo el tiempo la fuente estuviera adornada con un bonito arcoíris.
Fulguris se sorprendió a si mismo admirando la belleza de las estatuas, pero sobre todo de la gema de cristal al centro de la fuente, la cual le parecía terriblemente familiar.
—Ésta es la Fuente de los Dioses —dijo Prosperus.
—¿Los dioses? Creía que ustedes solo tenían una diosa.
—Así es, ella es Diaqua —respondió Prosperus señalando la estatua de la loba—. Acompáñame al templo y te contaré la historia completa.
Fulguris siguió a Prosperus al interior del templo. El lugar era impresionante. Era un amplio recinto rectangular con una hilera de columnas blancas a ambos lados y amplias ventanas por las cuales entraba la luz del atardecer. Al fondo había una gigantesca estatua hecha completamente de oro, la cual representaba a la diosa loba de la fuente sentada en un trono con su túnica y una corona de laureles.
—Como te decía, ella es Diaqua —dijo Prosperus—. Es la diosa protectora de nuestro pueblo y fue en su honor que se construyó este templo.
—¿Y quiénes eran los otros dos que estaban allá afuera?
—Cuenta la historia que fueron cuatro dioses los que crearon esta galaxia. Originalmente todos vivían en un gran planeta llamado Primigea, donde se desarrollaron cuatro grandiosas civilizaciones. El primero es Ahadbad, el dios halcón que dominaba el viento y el protector de la tierra de Babylon. La segunda es Diaqua, la diosa loba que cuida de los pretanos y la creadora del agua. El tercero es Ooxkab, el dios equidna, cuidador del pueblo de Mobius y cuyo elemento es la tierra. Ellos son los tres dioses que viste en la fuente.
—¿Y quién era el cuarto?
—Era Charaga, el dios lagarto controlador del fuego y líder de la tierra de Karmania.
—¿Y qué paso con él?
—En un principio los cuatro dioses y los cuatro pueblos coexistían en armonía. Un día, los dioses decidieron aportar una parte de sus poderes y crearon la Esmeralda Maestra, una gema de gran poder que serviría para proteger a los pueblos y mantener el balance. La escultura de cristal que está en la fuente representa a la Esmeralda Maestra.
—Esmeralda Maestra… —repitió Fulguris. Su semblante se transformó por un instante, adquiriendo una expresión de confusión. Luego se llevó una de sus manos a la cabeza y cerró los ojos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Prosperus.
—Esa palabra… —susurró Fulguris evidentemente haciendo un esfuerzo por recordar algo. De pronto recuperó la compostura—. No importa… continua.
Prosperus observó a Fulguris un instante. A decir verdad, no le sorprendió tanto su reacción, sólo se preguntaba qué pasaría cuando le contara el resto.
—Como la Esmeralda Maestra era un artefacto tan poderoso, necesitaba un guardián que la cuidara. En un principio se turnaban entre los líderes de cada pueblo, sin embargo Charaga no estaba de acuerdo con eso y quería que los karmanianos controlaran la Esmeralda definitivamente… Sobra decir que comenzaron a surgir conflictos importantes a raíz de esto tanto entre los pueblos como entre los dioses.
Un día, el brazo militar de los karmanianos, el grupo conocido como los Kala Sastra, atacó el templo de Mobius, donde se encontraba la Esmeralda en ese momento y masacraron varias aldeas. Los otros tres dioses se enojaron tanto que se unieron para derrotar a Charaga. Fue una guerra cruel y sangrienta en la que murieron muchas personas. Eventualmente Charaga y los karmanianos fueron derrotados, y como castigo, los otros dioses los convirtieron en seres monstruosos y los desterraron de Primigea, condenándolos a vivir vagando por el universo.
—¿Y qué paso después?
—Los dioses que quedaban decidieron que lo más sabio era separarse y que cada pueblo encontrara su propio planeta. Sin embargo, aún quedaba el problema de decidir quién se quedaría con la Esmeralda Maestra. Ahadbad y los babilonios fueron los primeros en desistir, ya que estar atado a un lugar cuidando una gema no iba con su espíritu libre y aventurero. Después Diaqua decidió que Ooxkab y los mobianos deberían quedarse con la Esmeralda, pues eran los que más pérdidas habían sufrido con la guerra, además de que eran el pueblo más pacífico de los cuatro. Sin embargo, para evitar que ese problema se repitiera, extrajeron una buena parte del poder de la Esmeralda Maestra y lo dividieron, creando así las siete Esmeraldas Caos, las cuales esparcieron por el planeta. Se dice que quien las junte obtendrá su gran poder, sin embargo hay una parte de la leyenda que casi nadie sabe, y dice que si se utiliza la energía de la Esmeralda Maestra para combinarla con la de las Esmeraldas Caos, se puede obtener un poder ilimitado… Claro que sólo es una leyenda.
—Esto de las Esmeraldas Caos… No sé por qué, pero siento que yo ya lo sabía… ¿Por qué me estás diciendo todo esto?
Por su expresión, se podía decir que Fulguris estaba cada vez más confundido. En ese momento llegaron ante la gigantesca estatua de Diaqua y se detuvieron. Prosperus le dirigió una mirada seria a Fulguris por un instante y luego continuó hablando.
—Después de crear las Esmeraldas Caos, los dioses se separaron y cada pueblo se fue a vivir a sus diferentes planetas. Es este planeta en donde ha vivido el pueblo pretano desde entonces. Una vez que los primeros pretanos se establecieron, Diaqua prometió cuidarnos desde los cielos y luego desapareció. Sin embargo, antes de irse nos dejó una profecía.
Prosperus señaló una placa de oro que estaba a los pies de la estatua. En ella había una inscripción en la lengua pretana, que Prosperus comenzó a recitar.
—"Al final del décimo ciclo se habrá de sentir la venganza del clan destruido. Ellos habrán de causar pena y destrucción entre los mortales. Pero sus esfuerzos no darán fruto, pues serán detenidos por los hijos del tercer grande con el poder de las piedras sagradas.
"Y con ellos habrá de llegar el Relámpago Negro, medio hijo del pueblo desterrado, medio hijo del pueblo mutilado y creado por fuerzas desconocidas. Después habrá de venir a la tierra del agua y traerá paz y prosperidad, y habrá de partir para encontrar su destino."
—¿Esta es la profecía de la que tanto me has hablado? —preguntó Fulguris.
—Así es.
—¿Y qué significa todo eso? ¿Por qué estás tan seguro de que se trata de mí?
—Como sabes, nuestro pueblo mide el tiempo por ciclos lunares. Cada cinco mil lunas se cumple lo que llamamos un gran ciclo. Hace doscientas cincuenta lunas se cumplió el décimo ciclo que marca la profecía. En ese tiempo ocurrieron cosas muy extrañas en todo el planeta y ahora sabemos que en otras partes de la galaxia también. Fuimos atacados por unos invasores que se hacían llamar Metarex. Ellos se robaron la energía vital del planeta, al igual que hicieron con otros planetas. Parece que querían hacer renacer su especie casi extinta. Ellos son el clan destruido del que habla la profecía. No sabemos cómo fue que fracasó su plan, pero los que conocemos la profecía, creemos que fue gracias a un grupo de mobianos, ya que Ooxkab es el "tercer grande" y las piedras sagradas, son seguramente las Esmeraldas Caos.
—Metarex… mobianos… yo conozco esos nombres… —murmuró Fulguris. De pronto a su mente llegaron las imágenes que vio cuando soñó que se acercaba a un planeta a punto de explotar y decía unas palabras que no podía escuchar. Luego se teleportaba a otro lugar llevándose consigo el planeta, el cual explotaba momentos después.
"¿Qué está pasando conmigo?", se preguntó Fulguris en su mente. Por su parte, Prosperus no perdía detalle de las reacciones de Fulguris, aunque aparentaba no prestar atención.
—El resto de la profecía dice que después de eso llegaría el Relámpago Negro que habrá de traer paz a nuestro pueblo. Justamente cuando regresaron las cosas a la normalidad después del ataque de los Metarex, te encontramos en una playa cerca de aquí. Tu piel es negra y eres muy rápido. Estarás de acuerdo en que son demasiadas coincidencias. El resto de la profecía son suposiciones, porque no sabemos nada concreto sobre tu pasado, pero dice que eres medio hijo del pueblo desterrado y medio hijo del pueblo mutilado. El pueblo desterrado deben ser los karmanianos y el pueblo mutilado deben ser los mobianos. No tengo idea qué sean esas fuerzas desconocidas que te crearon. Tal vez algún tipo de experimento… claro que sólo son teorías, pero veo que mucho de lo que te he dicho te suena familiar.
—Así es… pero no puedo recordar nada en particular… sólo son imágenes borrosas.
—Ya veo —dijo Prosperus pensativo—. Utilizaré mi último recurso. Cuando te encontramos tenías en la mano lo que creímos que era una Esmeralda Caos. Resulta que los Metarex se dedicaron a fabricar copias que aunque no se comparaban con las originales, sí tenían poderes considerables. La que tú tenías era una de esas. Tal vez si te la muestro, te ayude a recordar algo.
—Esa es una grandiosa idea Prosperus —se escuchó una voz desde la entrada.
Fulguris volteó a ver de quién se trataba. Era Luna. Traía en la mano una antorcha con la cual iba encendiendo los pebeteros que colgaban de cada una de las columnas.
—¿Qué haces tú aquí?
—Luna es la protectora del templo —respondió Prosperus—. Ella se encarga de cuidar que todo marche bien y que no entren intrusos.
—Así es —dijo ella—. Veo que por fin decidiste traerlo. ¿Fue por lo de la mañana?
—En parte. Creo que ya era hora de que supiera nuestro origen. Esperaba que eso lo ayudara a recordar algo de su pasado, pero parece que no resultó. Tal vez la esmeralda falsa ayude. Fulguris, ¿podrías quedarte con Luna mientras vuelvo?
—¿Por qué no puedo ir contigo?
—Hay lugares de este templo a los que sólo unos cuantos tienen permitido entrar —dijo Luna encendiendo el último pebetero y acercándose a ellos—. La esmeralda falsa está en la Cámara de los Tesoros, y ahí ni siquiera yo puedo entrar.
Fulguris se limitó a gruñir.
—No te preocupes —dijo Luna—. No te voy a hacer nada. Ven por favor.
Luna guio a Fulguris a la salida del templo y Prosperus desapareció detrás de la inmensa estatua de la diosa Diaqua.
(…)
La puesta de sol marcaba la hora en que las tropas terminaban su entrenamiento del día. También era el momento en que los guardias de las puertas de la ciudad hacían su cambio de turno. Ese día, cuando el sol estaba por ocultarse, Bellicus mandó llamar a sus tres coroneles más fieles. Uno de ellos era un carnero de pelo gris y grandes cuernos. Otro era una salamandra de piel rojiza, ojos amarillos y dientes filosos. El tercero era una rata de pelo café grisáceo y con un parche en el ojo izquierdo. Los tres tenían puesta su armadura de combate.
—¿Nos llamaste, Bellicus? —preguntó el carnero.
—Así es, Comminus. Como ustedes saben, esta mañana no logré convencer al Concilium de que nos aliáramos con los vandalhunios. Todo gracias a ese bueno para nada de Prosperus. Como resultado, he tenido que aplicar medidas de emergencia. Esta noche llevaremos a cabo el plan que habíamos hablado. Una vez más quiero saber si cuento con su lealtad.
—Claro que sí Bellicus —dijo Comminus
—Estamos en esto hasta el final —dijo la salamandra, quien tenía una voz aguda y seseaba ligeramente al hablar.
—Lo tendré en cuenta Cineris —respondió Bellicus y luego se dirigió hacia la rata—. ¿Qué me dices tú, Asper?
—Yo estoy contigo Bellicus —respondió con voz rasposa.
—De acuerdo. A partir de este momento no hay vuelta atrás. Ya saben lo que tienen que hacer. ¡Andando!
—¡Sí señor! —dijeron los tres al unísono y salieron de la oficina.
Bellicus se detuvo un momento, metió la mano a una bolsa de tela que tenía amarrada a su cintura y sintió con su mano lo que ésta contenía. Solamente el hacer eso hizo que se tranquilizara y a la vez que se llenara de emoción.
—Si tengo esto no habrá manera alguna de fracasar —dijo para sí mismo.
(…)
Para cuando Luna y Fulguris salieron del templo, la noche había caído por completo y una bella luna llena alumbraba el cielo. Ella se sentó al borde de la fuente y distraídamente comenzó a acariciar el agua con sus dedos. La luz de la luna iluminaba sus facciones y delineaba su figura. Así como estaba, guardaba un gran parecido con la estatua de mármol de la diosa Diaqua que junto con los otros dioses, alzaba su brazo para alcanzar o proteger a la Esmeralda Maestra.
Fulguris se sorprendió contemplando a la loba y sin saber por qué, se reprendió mentalmente por hacerlo. Aparentemente ella también se dio cuenta.
—¿Por qué me da la impresión de que haces lo posible por alejarte de mí? —dijo ella—. ¿No te simpatizo?
—No es eso —dijo él, volteando la mirada.
—Llevas ya mucho tiempo aquí. Creo que ya va siendo el momento de empezar a confiar en alguien, ¿no lo crees?
—Yo no puedo confiar tan fácilmente… lo gracioso es que no sé por qué.
Luna sonrió con tristeza y después dio un par de palmaditas en el borde de la fuente.
—Ven aquí. Voy a contarte algo.
Fulguris caminó lentamente hacia la fuente y se sentó junto a Luna. Ella fijó la mirada en el cielo y comenzó a hablar.
—Cuando yo era niña, mis padres eran los principales representantes de la Sodalitas ex Solis. Eran muy sabios y justos, pero sobre todo eran amorosos conmigo y con mi hermano. Un día Callidus y yo estábamos jugando en una cueva. Yo quería juntar las piedras más grandes para impresionar a mis padres… parece que en una de esas, tomé la piedra equivocada y causé un derrumbe. Mi hermano fue a avisarles a mis padres que yo había quedado atrapada. De inmediato ellos fueron a rescatarme, pero… la cueva se derrumbó por completo antes de que ellos pudieran salir.
La voz de Luna se quebró con la última frase y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Prosperus era un gran amigo de mis padres, y desde entonces ha cuidado de nosotros como si fuéramos sus hijos. Mi hermano y yo hemos estado muy bien, crecimos para convertirnos en miembros de la Sodalitas ex Solis y hemos desempeñado bien nuestra labor, sin embargo yo no dejo de pensar qué hubiera pasado si no hubiera sido tan irresponsable ese día.
—Lo que les pasó a tus padres no fue tu culpa —dijo Fulguris sin mirarla—. Eras una niña y no conocías los riesgos… y si ese trágico suceso te convirtió en lo que eres ahora, creo que tus padres estarían felices.
Luna se secó las lágrimas.
—Espero que así sea.
—Además tienes el cariño de Prosperus… y también de tu hermano.
Ella sonrió levemente.
—Callidus no te cae bien, ¿verdad?
—Yo no tengo nada en su contra… es él quien parece odiarme.
—Él no te odia. Solamente siente los celos clásicos de un hermano mayor.
—¿Y por qué iba a estar celoso de mí? —dijo él volteando a verla.
Ella rio en silencio.
—¿Por qué los hombres son tan ciegos? ¿De verdad no te has dado cuenta de lo que siento por ti?
Fulguris desvió la mirada hacia el frente y se mordió el labio al sentir que se le subía el color a la cara. Luna soltó una risita.
—Yo sé que sí lo has notado —dijo ella acercándose a él—. Y sé que tú también sientes algo por mí a pesar de lo mucho que te esfuerzas por ocultarlo.
—No sé de qué estás hablando —dijo él tratando de sonar indiferente—. ¿Además cómo puedes sentir algo por mí si ni siquiera sabes quién soy?
Ella puso su mano sobre la de él y acercó su rosto de manera que casi le estaba hablando al oído. Fulguris automáticamente volteó a verla.
—Tal vez no sepa quién eras antes de llegar, pero sé quién eres ahora… —Sus rostros estaban a escasos centímetros de distancia—. No tengas miedo de mostrar lo que sientes.
Fulguris sentía que le temblaban las piernas. Él era muy fuerte, ¿entonces por qué en esos momentos se sentía tan débil? Sus bocas estaban a punto de tocarse.
—María, yo…
Luna se quedó inmóvil con los ojos completamente abiertos y mirada confundida.
—¿Quién es María?
Fulguris pareció salir de un trance.
—¿Qué?
—Me acabas de llamar María… ¿Quién es María?
Fulguris comenzó a mirar para todos lados con nerviosismo.
—No… yo… yo no… no lo sé…
Luna retrocedió hacia su posición original y desvió la mirada hacia el otro lado.
—Bueno, veo que has comenzado a recordar algo… me alegro mucho —dijo ella con la voz llena de tristeza.
—Pero si yo…
—Discúlpame por lo que hice —dijo ella poniéndose de pie y comenzando a caminar hacia el templo—. No sé en qué estaba pensando.
—¡Espera! —dijo él poniéndose también de pie y alcanzando a tomar la mano se ella. Ella volteó a verlo por un instante y el comenzó a abrir la boca para decir algo cuando un grito distrajo la atención de ambos.
—¡OIGAN! —era Prosperus que corría hacia ellos a toda velocidad—. ¡TENEMOS UN PROBLEMA!
Luna retiró su mano de la de Fulguris. En eso llegó Prosperus, quien tenía una mirada de intensa angustia.
—¿Qué ocurre, Prosperus? —dijo Luna.
—¡La Esmeralda ha desaparecido…!
(…)
A la hora del cambio de turno, Bellicus caminó por la gran avenida principal desde el cuartel de la Guardia Pretana que quedaba muy cerca de la muralla de la ciudad. Llevaba puesta su armadura de combate, pero iba cubierto por una manta negra para evitar ser reconocido. Justo cuando estuvo a unos pasos de la puerta, se escabullo en una callejuela aledaña y se quedó viendo hacia la puerta.
Mientras tanto en el cuartel, un grupo de tres soldados se disponían a ir hacia las puertas para relevar a sus compañeros, sin embargo en la puerta los detuvo Comminus.
—Capitán, necesitamos que su tropa vaya al extremo poniente del acueducto. Nos llegó información de que unos rebeldes están causando disturbios —dijo Comminus al capitán de la tropa, un gato de color amarillo.
—Pero señor… Mi tropa fue asignada a la puerta principal y debemos estar ahí en cinco minutos.
—¿Va a contradecir la orden de un superior, soldado? —exclamó Comminus en tono autoritario.
—No señor… Disculpe usted, señor —dijo el capitán algo apenado y luego se dirigió a su tropa—. ¡Ya escucharon al coronel! ¡Paso veloz, vamos!
La tropa salió del cuartel, pero en vez de tomar la calle principal hacia las puertas, entraron al hangar del cuartel y salieron en un vehículo de la guardia hacia el otro lado de la ciudad.
Por su parte, Asper se pudo escabullir en un edificio abandonado cerca de las puertas. Justo como lo había previsto, encontró un barril de combustible junto a la entrada y otros más cerca de las demás paredes. Asper se encargó de voltear todos los barriles, vaciando su contenido en el piso de madera. Después sacó de una bolsa una pequeña cápsula de vidrio con un líquido transparente, se dirigió hacia la puerta y dando un último vistazo para asegurarse de que nadie lo viera, aventó la capsula. Inmediatamente el combustible se encendió y en unos instantes, el edificio entero se vio envuelto en llamas. Asper pudo escapar por una calle trasera que daba a otra avenida, donde comenzó a caminar con toda naturalidad.
Bellicus observó desde su escondite el momento en que el edificio comenzó a incendiarse. "¡Perfecto! Todo va de acuerdo al plan." Pensó con entusiasmo. De pronto vio a Cineris correr hacia los soldados de la puerta.
—¡Necesitamos ayuda! —exclamó—. ¡Se está incendiando ese edificio!
—No podemos dejar nuestros puestos, señor —dijo el guardia—. Se supone que nuestros relevos ya deberían haber llegado.
—Seguramente no han de tardar, pero esto es muy urgente. Puede haber gente ahí dentro.
Después de un momento de pensarlo, el guardia accedió.
—De acuerdo. ¡Vamos muchachos!
Los tres guardias de la puerta corrieron hacia el edificio en llamas seguidos por Cineris, quien antes de irse volteó a ver hacia Bellicus y con una sonrisa maliciosa, asintió con la cabeza.
Bellicus entonces salió de su escondite y se dirigió a la puerta. Era una entrada amplia con dos pesadas puertas de madera y una torre de vigilancia. Además había una puerta pequeña para el cruce de personas. Bellicus salió por esa puerta.
Del otro lado había un sendero de tierra que subía por una colina y se adentraba en un denso bosque. Bellicus se apresuró a subir la colina y siguió caminando por el sendero. Casi a la entrada del bosque vio a Atrox recargado en un árbol.
—¿Todo listo, colega? —dijo el chacal.
—He creado la distracción. Ahora es cuando.
—¿Traes lo que prometiste?
—Aquí lo tengo —dijo Bellicus dándole la bolsa de tela. Atrox metió la mano y extrajo una gema roja, brillante y de gran tamaño.
—¡Maravilloso! ¡Con esta esmeralda tendremos el poder absoluto!
—Recuerda que yo me la voy a quedar hasta que obtengamos la victoria.
—Claro que sí —dijo Atrox regresándole la bolsa—. ¿Acaso dudas de mi palabra?
Bellicus no contestó.
—¿Estás listo? —dijo Bellicus.
—Desde luego —dijo Atrox abriéndose el abrigo. De su lado derecho colgaba su espada y del izquierdo tenía un arma de fuego.
—¿Qué es eso? —preguntó Bellicus.
—Es nuestra nueva tecnología. Los llamamos "paralizadores".
—Impresionante.
—¡Claro que sí! Como ya te lo dije, no hay forma de perder. Toma uno —dijo dándole un arma a Bellicus.
Atrox sacó su espada y la levantó. Inmediatamente después, montones de guerreros salieron de entre los árboles son sus espadas también en alto y comenzaron a seguir a su líder.
Después de poco llegaron a la puerta de la ciudad.
—¿Tienes como abrir esto? —preguntó Bellicus.
Atrox se limitó a tronar los dedos. Algunos soldados se acercaron sosteniendo un ariete.
—¡Ahora!
Los soldados comenzaron a golpear la puerta con el ariete hasta que poco a poco fue cediendo. Eventualmente, las puertas se vencieron permitiéndoles el paso a los invasores.
—¡Al ataque!
Los vandalhunios comenzaron a atacar despiadadamente la ciudad. Varios de ellos rompieron las puertas de las casas aledañas, sacaron a golpes a sus habitantes y destruyeron sus cosas.
—¡Vamos mis soldados! —gritó Atrox—. ¡No tengan piedad de ellos!
Por su parte, los guardias de la puerta luchaban con el incendio del edificio abandonado. Cineris fingía estar ayudando pero siempre manteniéndose cerca de la puerta. Los tres guardias se adentraron en el lugar para buscar sobrevivientes y fue en ese momento que Cineris derribó de una patada una columna de madera haciendo que parte del techo se derrumbara. Los guardias corrieron de regreso y se dieron cuenta de que estaban atrapados.
—¡Coronel, ayúdenos! —exclamó el capitán, una pantera negra de mediana edad.
Cineris se cruzó de brazos y les dirigió una sonrisa burlona.
—Lo lamento capitán, pero acabo de recordar que tengo una invasión que atender. Buena suerte…
Y diciendo esto se dio la media vuelta y se fue caminando de regreso hacia la puerta de la ciudad.
—¡Nos tendieron una trampa! —exclamó uno de los guardias.
—¡Y están invadiendo la ciudad! —dijo el otro.
—¡Tranquilícense! —exclamó el capitán—. ¡Debemos hallar la forma de salir de aquí!
Para entonces el lugar ardía por completo, el calor se hacía insoportable y el humo no los dejaba ver ni respirar. El capitán hizo la señal de que lo siguieran y comenzaron a arrastrarse por el piso buscando una salida. De pronto escucharon algo tronar. Todos voltearon hacia arriba y vieron que una viga estaba por caerse encima de ellos. Rápidamente se hicieron a un lado apenas evitando ser aplastados. La viga cayó sobre una columna debilitándola. Al ver esto, al capitán se le ocurrió una idea.
—¡Ayúdenme a derribar esa columna!
Los tres se dirigieron hacia ese lugar y comenzaron a empujar la columna hacia la pared. Eventualmente lograron derribarla. La columna se desplomó haciendo una abertura en una de las paredes. Inmediatamente sintieron el golpe de aire fresco, sin embargo eso avivó aún más el fuego y haciendo que la estructura se debilitara más rápido.
—¡Corran, esto se va a derrumbar! —gritó el capitán.
Los tres corrieron tan rápido como pudieron hacia el hueco en la pared y lograron salir justo antes de que el edificio se colapsara por completo.
—¡Lo logramos! —exclamó felizmente uno de los guardias. Sin embargo el capitán se levantó rápidamente y comenzó a caminar.
—¡Vamos, debemos dar la alarma de que están invadiendo la ciudad!
Con lo que les quedaba de fuerza, los tres se dirigieron a la avenida principal, en donde a lo lejos pudieron observar la trifulca que estaban ocasionando los vandalhunios. Ellos se dirigieron hacia una pequeña plaza a unos metros de ahí. En ese lugar había una pequeña estación electrónica. El capitán tecleó una contraseña y oprimió un botón. Inmediatamente por las bocinas que había por todas las calles se comenzó a escuchar una fuerte alarma.
(…)
Callidus se encontraba entrenando en el jardín donde unas horas antes había combatido contra Fulguris. No podía creer que hubiera sido derrotado por ese sujeto. Era humillante.
—Lo que pasa es que me confié —dijo para sí mismo—. Pero no me volverá a pasar.
De pronto vio que un vehículo de la guardia llegó por una de las calles con algunos soldados. Al bajarse se veían un poco confundidos. Callidus salió corriendo a ver qué ocurría.
—¿Qué pasa?
—Nos dijeron que había disturbios en esta zona —dijo el capitán de la tropa.
—¿Disturbios? —se extrañó Callidus—. No oficial, he estado toda la tarde aquí y no ha pasado nada.
—Qué extraño… mi superior nos dijo que viniéramos a controlar a unos rebeldes… pero si no pasa nada por aquí, entonces…
El capitán no pudo terminar la oración porque en ese momento comenzó a sonar la alarma. Callidus y el capitán se dirigieron una mirada extrañada. Los vecinos de las casas cercanas salieron a ver qué era el ruido.
—Esa es la alarma de invasores, ¿no? —dijo Callidus.
—Así es… ahora entiendo porque nos querían lejos de la puerta —dijo el capitán enojado—. Debemos regresar a ver qué sucede.
—Voy con ustedes —dijo Callidus—. Yo sé pelear.
—De acuerdo. Si tenemos algún infiltrado entre nosotros vamos a necesitar toda la ayuda posible. ¡Vamos!
(…)
—¡La Esmeralda ha desaparecido…!
—¿¡QUE!? —exclamaron Fulguris y Luna.
—La teníamos guardada en la Cámara de los Tesoros. Ese cuarto está restringido… ¿Cómo pudo haber pasado?
—Oh no… —dijo Luna.
—¿Qué sucede? —preguntó Prosperus.
—Hace un par de días Bellicus vino al templo.
—¿Bellicus?
—Así es, pero como me desagrada su presencia preferí salir al jardín. Debió sacar la esmeralda mientras estuve afuera… oh no, todo es mi culpa…
—No es tu culpa —dijo Prosperus—. Le pudo haber pasado a cualquiera.
—Él tiene razón —dijo Fulguris—. ¿Pero Bellicus sería capaz de algo así?
—Te sorprendería saber lo que puede hacer alguien con sed de poder —dijo Prosperus—. Debemos detenerlo antes de que haga algo con la Esmeralda.
De pronto en la bocina que estaba fuera del templo se empezó a escuchar la alarma de invasores. También llegó el sonido de otras alarmas que provenían de la ciudad.
—Creo que es demasiado tarde —observó Fulguris.
Los tres corrieron al borde del risco y observaron varios incendios cerca de la puerta de la ciudad.
—Deben ser los vandalhunios —dijo Prosperus con enojo—. Ese traidor debió aliarse con ellos.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Luna.
—Pelear, desde luego —respondió Fulguris.
Después de eso él y Prosperus comenzaron a correr por el camino hacia la ciudad. Luna fue tras ellos pero Prosperus la detuvo.
—Quédate aquí Luna.
—Pero yo quiero ayudarlos. Tú me entrenaste para esto.
—Así es. Por eso debes quedarte a proteger el templo.
Después de unos instantes Luna accedió.
—De acuerdo… pero esperen un poco.
Luna corrió hacia el templo y en unos momentos volvió con cuatro espadas. Ella se quedó con una y les dio las otras tres.
—Por favor cuídense mucho… y cuiden de mi hermano.
—No te preocupes —dijo Prosperus—. ¡Vamos!
Prosperus y Fulguris bajaron corriendo por el angosto camino que rodeaba la colina.
—¿Por qué no tomamos uno de los vehículos que usamos para ir a la asamblea? —preguntó Fulguris.
—En caso de invasiones esos vehículos quedan sólo a disposición de la Guardia Pretana. Tendremos que ir a pie.
Mientras más se acercaban a la ciudad, se iban encontrando algunas casas destruidas e incendiadas y varios de sus habitantes hacían lo posible por evitar que el fuego se propagara. Sin embargo ellos no se detuvieron.
—Los ciudadanos saben qué hacer en estos casos y ahora es más importante detener a los responsables de esto —dijo Prosperus.
Eventualmente llegaron a una pequeña plaza y se encontraron al enorme contingente de invasores que peleaban contra un desprevenido y confundido grupo de soldados pretanos acompañados de algunos ciudadanos. Fulguris observó que no había ningún comandante. De pronto entre las filas de los vandalhunios alcanzaron a distinguir al que los había traicionado.
—¡Bellicus! —exclamó Prosperus.
El toro volteó su mirada hacia ellos.
—¡Pero si son Prosperus y su pegote! ¡Bienvenidos a mi nuevo mundo!... Lástima que ninguno vivirá para verlo florecer.
A su lado estaba Atrox, el líder de los vandalhunios.
—Así que tú eres Prosperus… debiste hacerle caso a Bellicus cuando te dijo que te nos aliaras. Tal vez te hubiera perdonado la vida.
De pronto llegó por una de las calles un vehículo de la guardia con algunos soldados y un civil. Era Callidus. Al bajarse, inmediatamente los vio y se dirigió con ellos.
—¿Qué ocurre Prosperus?
—Bellicus nos ha traicionado. Se alió con los vandalhunios y nos están invadiendo.
—¡Maldito canalla!
—Así que se les ha unido el huerfanito —gritó Bellicus—. De acuerdo. ¡Han de morir los tres juntos!
En ese momento llegaron tres coroneles de la guardia y se pusieron del lado de Bellicus.
—Nos encargaremos de ellos —dijo Comminus.
—Así que tú también tienes a tus compinches —dijo Callidus—. ¿Acaso te da miedo pelear por ti mismo?
—Claro que no… pero hay cosas más importantes que hacer. Por ejemplo, Atrox debe destruir el edificio del Concilium y yo tengo que acabar con cierto templo. Ustedes entreténganlos, muchachos.
Bellicus y Atrox salieron corriendo por una de las calles.
—¡No! —exclamó Callidus echando a correr hacia ellos—. ¡No permitiré que se acerquen a Luna!
Sin embargo antes de que lograra atacar a Bellicus fue interceptado por una patada por parte de Asper.
—¡Callidus! —exclamó Prosperus.
El lobo cayó pesadamente al suelo. De inmediato Asper desenfundó su espada y se lanzó a dar el golpe final. Justo cuando estuvo a punto de clavar su espada en Callidus, Asper sintió que golpeó algo duro. Era Fulguris, que había bloqueado su ataque con su espada. Cuando se pudo librar del golpe, Fulguris le conectó una patada en la quijada que lo mandó a volar varios metros atrás.
—¿Estás bien? —preguntó Fulguris tendiéndole la mano al confundido Callidus.
—¿Por qué me ayudaste?
—Yo no tengo nada en contra tuya… además tú eres el único que ha estado siempre para proteger a tu hermana. Ella no puede perderte.
Callidus estuvo mirando a Fulguris durante un momento y después tomó su mano y sonrió.
—Gracias…
—Ahora debemos detener a esos traidores.
De pronto escucharon el grito de Prosperus.
—¡No te dejaré pasar, escoria!
—Eso lo veremos… —dijo Bellicus sacando una extraña arma. Inmediatamente después le disparó una especie de rayo de luz verde que impactó a Prosperus en el pecho. El tigre se puso rígido como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica y unos segundos después cayó al suelo.
—¡Prosperus! —exclamaron Callidus y Fulguris.
—¡Eso te pasa por meterte donde no te llaman! —dijo Bellicus con satisfacción—. ¡Encárguense de ellos, muchachos!
Callidus y Fulguris trataron de seguirlos, pero fueron interceptados por Comminus, Cineris y el recién levantado Asper.
—Si quieren seguirlo, deben deshacerse de nosotros —siseó Cineris.
—Veo que no queda alternativa —dijo Callidus.
—Debemos apresurarnos o Bellicus llegará al templo —dijo Fulguris sacando otra de las espadas que les había dado Luna y dándosela a Callidus—. Ten esto, te lo envía tu hermana.
—Gracias… ¡Vamos!
Sus tres atacantes también desenfundaron y se lanzaron al ataque. Callidus y Fulguris eran más rápidos que ellos, pero les estaba costando trabajo defenderse debido a que los superaban en número. La batalla continuó durante un rato dando como resultado que Callidus y Fulguris recibieran algunas heridas leves. También ellos lograron atacar un par de veces a sus contrincantes, pero sin causarles alguna herida de importancia.
—Bien, amigos —dijo Comminus—. Es momento de la formación Beta.
Inmediatamente los tres coroneles formaron un círculo alrededor de Callidus y Fulguris.
—¡No me pueden derrotar con sus trucos! —exclamó Callidus lanzándose al ataque.
—¡Espera! —gritó Fulguris.
Callidus trató de atacar a Asper, pero en ese momento los tres giraron al mismo tiempo causando que Callidus fallara su ataque y dejando el campo libre para que Cineris le hiciera una herida en el hombro derecho. El lobo retrocedió junto a Fulguris. Su hombro herido sangraba profusamente.
—¿Estás bien? —preguntó Fulguris.
—No es nada… sólo me descuidé.
Los tres coroneles rieron a carcajadas.
—No pueden derrotarnos mientras usamos esta técnica —dijo Comminus—. Siempre que traten de atacarnos dejaran espacio para que alguien los hiera… no pueden escaparse esta vez.
—¡Guarda silencio!
Callidus volvió a atacar, pero los coroneles repitieron el mismo procedimiento, esta vez hiriendo a Callidus en el abdomen.
—¡Deja de hacer eso o te van a seguir lastimando! —dijo Fulguris—. Debemos pensar en una forma de romper su defensa… ¡Espera, ya lo tengo!
Fulguris le dijo algo al oído a Callidus. Después de un momento, este asintió.
—De acuerdo.
—¿Qué pasa? —dijo Cineris—. ¿Ya se rindieron?
—Te haré tragarte tus palabras…
Callidus corrió a atacar a Cineris, pero los tres se movieron en círculo y en una fracción de segundo, Asper se lanzó para atacar a Callidus. El lobo de inmediato esquivó ese ataque y tomó a Asper por el brazo. Cineris lanzó una estocada de nuevo, pero Callidus puso a la rata de por medio causando que fuera a él quien recibiera en el pecho la estocada de Cineris. Por su parte, Fulguris se lanzó a atacar a Comminus. El carnero le devolvió el ataque, pero Fulguris lo desvió con su espada. Mientras tanto Callidus empujó a los otros dos contra Comminus haciendo que soltara su espada y que los tres cayeran al suelo. Fulguris y Callidus saltaron y lanzaron un ataque aéreo. Comminus y Cineris trataron de levantarse, pero fue demasiado tarde, ya que Callidus y Fulguris cayeron sobre ellos y les clavaron sus espadas en el pecho.
Después de unos instantes ambos retiraron sus espadas y se aseguraron de que sus contrincantes hubieran muerto.
—Bien hecho —dijo Callidus—. Y… gracias por ayudarme.
Fulguris no dijo nada y se limitó sonreír. De pronto recordó algo.
—Prosperus…
Ambos corrieron al lado del tigre. Callidus puso dos de sus dedos sobre su garganta.
—Su pulso y su respiración están bien, parece que sólo esta aturdido —dijo con alivio.
En eso Prosperus comenzó a toser con dificultad y luego abrió los ojos.
—¡Mira, está despertando!
—¿Qué pasó? —dijo Prosperus.
—Fuiste atacado por Bellicus y te desmayaste —dijo Callidus.
—Cierto… debemos detenerlo… —dijo Prosperus tratando con dificultad de ponerse de pie.
—Espera, estás muy débil —dijo Callidus.
—Estoy bien… Un guerrero nunca debe rendirse.
—Está bien —dijo Fulguris después de unos instantes—. Ustedes vayan tras Atrox, yo iré por Bellicus.
—Pero yo… —comenzó a discutir Callidus.
—Tengo un asunto pendiente con él —dijo Fulguris—. Además ustedes deben ayudar a los ciudadanos.
—De acuerdo —dijo Callidus después de un momento—. Por favor cuida de Luna…
Fulguris asintió y sin decir otra palabra echó a correr por la calle que subía a la colina.
(…)
Bellicus y algunos soldados vandalhunios llegaron al jardín exterior del templo que en ese momento estaba bellamente iluminado por la luna llena y algunas antorchas que recorrían el pasillo que daba hacia el templo. Al caminar hacia la entrada, el toro pudo ver a Luna parada en la escalinata principal. Se había cambiado la larga túnica azul por una más pequeña de color blanco que le cruzaba por el pecho, le llegaba a los muslos y le permitía mayor libertad de movimiento. Iba atada por un cinturón de piel con un gran broche de oro con el emblema de la Sodalitas ex Solis. Tenía también unos brazaletes que le cubrían los antebrazos y una hombrera en cada hombro. En los pies llevaba unas sandalias de cuero con protecciones de metal que le cubrían casi hasta las rodillas. En la mano derecha llevaba una espada mediana y en la izquierda un escudo redondo de metal con el mismo emblema que su cinturón. Al ver venir a Bellicus, le dirigió una mirada retadora.
—No podrán pasar de aquí.
Bellicus soltó una risa burlona.
—Así que la pequeña niña quiere jugar a las espaditas… que ternura.
—Te lo advierto, traidor. No te permitiré profanar este templo sagrado una vez más… voy a defenderlo con mi vida si es necesario.
—Si así lo quieres, con gusto cumpliré tu deseo. Pero primero me divertiré contigo… ¡A ella!
Los soldados se lanzaron al ataque. Con sorprendente agilidad, Luna saltó desde la escalinata y calló con una patada sobre uno de ellos. De inmediato, comenzó a atacarlos, ya fuera con su espada, a patadas o golpeándolos con su escudo. Sin mucha dificultad logró deshacerse de varios de ellos, sin embargo cada vez llegaban más.
Bellicus observaba como ella iba acabando con los soldados y perdió la paciencia.
—¡Es suficiente! ¡Déjenmela a mí!
Los soldados se hicieron a un lado dejando el camino para que Bellicus embistiera a Luna. El toro comenzó a lanzar ataques despiadados contra la loba quien con trabajos se pudo defender. De pronto Luna encontró un espacio para atacar a Bellicus, sin embargo, con sorprendente velocidad para alguien de su tamaño, éste esquivó la estocada, tomó a Luna por la ropa y le dio un fuerte cabezazo en la nariz. Luna se tambaleó hacia atrás y Bellicus aprovechó para propinarle un violento puñetazo en la cara. Después con su espada le dio un golpe en su brazalete haciendo que ella soltara su arma. Bellicus entonces le dio una patada en el estómago que la mandó a estrellarse contra una columna. Él corrió hacia ella y con su mano libre tomó su cuello y apretó su cuerpo contra el de ella impidiéndole moverse.
—Nada mal muchacha —susurró Bellicus—. Siempre quise una chica que fuera un reto… Puedo perdonarte la vida si juras entregarte a mí. ¿Qué dices?
Luna lo miró con odio y luego le lanzó un escupitajo con sangre a la cara. Bellicus se limpió con calma y la miró con maldad.
—De acuerdo… tendré que hacerlo por la fuerza…
Bellicus levantó su puño, listo para volver a golpearla y Luna cerró los ojos preparándose para el golpe.
—¡ALTO!
Bellicus volteó la mirada. Fulguris estaba de pie cerca de la fuente. Nuevamente se había quitado la parte superior de su túnica, tenía su espada desenvainada y lo miraba con furia. Bellicus le dirigió una mirada burlona.
—¡Qué bueno que llegas Fulguris! ¡Tu noviecita y yo estábamos por empezar sin ti!
—Déjala ir ahora mismo. Yo pelearé contigo.
Después de un momento, Bellicus soltó a Luna, quien cayó pesadamente al suelo.
—Muy bien. Vamos a ver si de verdad eres tan poderoso como ese insecto de Prosperus dice que eres… Soldados, cuiden a mi prisionera y no intervengan en la pelea.
Bellicus también se deshizo de su pechera y preparó su espada. Luego metió la mano a la bolsa de tela que traía colgada al cinturón y sacó la esmeralda. Fulguris observo la joya y de pronto llegó a su mente un tropel de imágenes parecidas a las que veía siempre en sus sueños. Al regresar a la realidad vio que Bellicus lo observaba divertido.
—¿Te dejé muy impresionado? Vas a estarlo aún más cuando veas lo poderoso que puedo ser con esto.
Bellicus alzó su espada y se lanzó a la carga a gran velocidad. Fulguris de inmediato comenzó a bloquear los ataques, sin embargo se sorprendió que alguien tan pesado como Bellicus pudiera ser tan rápido. Seguramente era obra de la esmeralda falsa.
Fulguris y Bellicus intercambiaron ataques brutales con sus espadas, pero ninguno lograba herir a su oponente. Al cabo de un tiempo, Fulguris comenzó a mostrar señales de agotamiento, sin embargo los ataques de Bellicus se hacían cada vez más veloces y más despiadados. De pronto Bellicus lanzó un ataque aéreo y cayó sobre Fulguris, quien logró cubrirse con su espada, sin embargo el toro le dio un fuerte pisotón haciendo que bajara un poco su guardia. Bellicus clavó la punta de su espada en el hombro izquierdo de Fulguris haciendo que éste gritara de dolor.
—¡Fulguris! —exclamó Luna a quien los soldados vandalhunios tenían sujetada de los brazos.
Bellicus le dio a Fulguris una patada en la cara que lo mandó al suelo. De inmediato se dispuso a clavarle su espada en el pecho, pero Fulguris pudo esquivar el ataque en el último momento. Fulguris pudo esquivar un par de ataques más, pero en una de esas, Bellicus saltó y lanzó un ataque en círculos con el cual alcanzó a herir a Fulguris en el pecho. Después Bellicus le propinó un puñetazo en la cara que lo lanzó hacia la fuente. Su espada cayó a unos metros de él. Bellicus aprovechó para correr y tomarlo del cuello impidiéndole sacar la cabeza del agua. Fulguris forcejeó pero le era imposible zafarse. En poco tiempo comenzó a sentir como se le iban las fuerzas y su mente se nublaba.
—¿Ahora ves quien es el más poderoso? —gritó Bellicus—. Te voy a enseñar un poco de respeto… ¡será la última lección de tu vida!
Luna veía la escena con desesperación. De pronto, sacando lo último de sus fuerzas, logró zafar su mano derecha, le quito su espada a uno de los soldados y con ella logró deshacerse del que la estaba sujetando del otro brazo. Inmediatamente echó a correr hacia la fuente.
—¡NO! —exclamó mientras le clavaba la espada en el hombro a Bellicus.
El toro bramó de dolor y dejó de sostener a Fulguris, después se puso de pie y le soltó un brutal golpe en la cara a Luna. La loba cayó inconsciente al lado de la fuente. Bellicus regresó la mirada hacia el agua, pero en ese momento Fulguris se levantó, se abalanzó contra él y lo empujó fuera de la fuente. Fulguris de prisa tomó su espada y antes de que Bellicus lo pudiera atacar, se la clavó en el costado derecho y luego lo empujó hacia atrás. Su cinturón se partió por la mitad, la bolsa de tela se rasgó y la esmeralda cayó al piso.
Fulguris se agachó y en el momento que tomó la joya roja, el remolino de imágenes regresó a su cabeza, esta vez con mayor intensidad y claridad.
Se encontraba flotando en el espacio y observaba la ventana de una nave. Vio pasar a dos figuras corriendo y pudo observar que era él mismo y que llevaba del brazo a una niña rubia con un vestido azul. Después escuchó un disparo… La imagen se disolvió y apareció la del planeta a punto de estallar. Él se dirigió flotando y dijo las dos palabras que hicieron que se teleportara. Ahora entendía qué significaba todo eso… Ahora recordaba…
—¡NOO! —exclamó Bellicus lanzándose al ataque de nuevo, aunque con mucho menos fuerza que antes.
Fulguris le lanzó una patada giratoria en el estómago que lo mandó a estrellarse contra una de las paredes laterales del templo muy cerca del borde del risco.
—No… no te permitiré que te salgas con la tuya… ¡Soldados, atrápenlo!
Los soldados que quedaban se lanzaron todos juntos al ataque. Con una velocidad impresionante y en cuestión de segundos, Fulguris se deshizo de ellos con su espada. Después se dirigió caminando con calma hacia Bellicus.
—Es hora de pagar por tu crimen.
Bellicus sacó el paralizador que le había dado Atrox y comenzó a disparar, sin embargo, Fulguris esquivó todos los rayos sin ninguna complicación. Cuando el arma se descargó, Bellicus la lanzó e hizo un intento por volverlo a atacar a golpes, pero Fulguris detuvo su puño con la mano y le rompió el codo haciendo que gritara de dolor. Después le dio un golpe en la quijada y lo mandó a volar por los aires. El toro rodó hacia la orilla del risco y se resbaló hacia abajo. Con desesperación se aferró al borde con la única mano que aún le servía. Fulguris continuó acercándose lentamente.
—¡Ayúdame por favor! —suplicó Bellicus—. ¡Haré lo que quieras!
—No mereces vivir después de lo que has hecho —dijo Fulguris poniendo su pie sobre la mano de Bellicus
—No puedes matar a uno de tu pueblo… se supone que tú eres el héroe…
Fulguris lo miró con rabia.
—Tú no eres de mi pueblo… y yo no soy ningún héroe.
Fulguris pateó la mano de Bellicus y éste, dando un horrible grito, se desplomó hacia el precipicio.
Fulguris miró hacia abajo durante un momento y después se dirigió a donde estaba Luna y se arrodilló junto a ella. Después de unos segundos ella empezó a volver en sí.
—Fu… Fulguris… ¿Qué pasó?
—Descuida, todo está bien.
—Bellicus…
—Está muerto
Después Luna vio lo que Fulguris tenía en la mano.
—¡La Esmeralda! ¡La recuperaste!... Entonces tus recuerdos…
Él se limitó a asentir.
—Tengo que ayudar a tu hermano y a Prosperus… quédate aquí.
Fulguris se puso de pie, apretó la esmeralda en una mano, su espada en la otra y dijo las palabras que tanto había luchado por recordar.
—¡CONTROL CAOS!
Un momento después y para la gran sorpresa de Luna, Fulguris desapareció.
(…)
En la Plaza Central, Callidus y Prosperus junto con varios soldados pretanos y algunos civiles luchaban con todas sus fuerzas contra Atrox y los vandalhunios, sin embargo ya había varios heridos y las cosas no parecían ir muy bien.
—¡Prosperus, no creo que podamos vencerlos! —exclamó Callidus mientras luchaba contra tres invasores.
—¡Ten paciencia Callidus! —exclamó Prosperus lidiando con otros dos soldados—. ¡Esto va a acabar pronto!
—¡De verdad espero que tengas razón con respecto a Fulguris!
De pronto a la mitad de la plaza destelló una pequeña descarga eléctrica. Acto seguido se vio una luz muy brillante que obligó a todos a suspender el combate. Cuando se disipó la luz, pudieron ver a Fulguris de pie sosteniendo la esmeralda.
—¡Fulguris! —exclamó Prosperus.
—¿Están todos bien? —dijo Fulguris sin voltear.
—Nunca hemos estado mejor —dijo Callidus con algo de ironía, pero también con alegría.
Atrox salió del edificio del Concilium.
—Con que tú eres el tal Fulguris Níger del que tanto hablan. Sabía que Bellicus no era de confianza… pero eso no importa. ¡Yo soy Atrox el Chacal, líder de los vandalhunios! ¡Prepárate para tu muerte!
—Guarda silencio y ataca.
Atrox se quitó su abrigo de cuero y lo aventó al piso, después dio un salto con su espada en alto y atacó a Fulguris. Era mucho más rápido que Bellicus, sin embargo Fulguris esquivó sus ataques sin mayor problema.
—Veo que eres muy rápido… bueno, ¡Esquiva esto!
Atrox sacó su paralizador y comenzó a disparar hacia Fulguris, quien desvió todos los rayos con su espada. Desesperado, el chacal comenzó a atacar con todo lo que pudo, pero nunca logró siquiera rasguñar a su oponente, quien en ningún momento soltó la esmeralda.
—Es hora de terminar esto —dijo Fulguris.
Inmediatamente blandió su espada con increíble rapidez e hirió varias veces a Atrox en los brazos y el torso. En ese momento todos los soldados se dirigieron a ayudar a su líder. Fulguris lanzó su espada al aire y saltó. Estando en el aire extendió su mano libre y gritó:
—¡LANZA CAOS!
De su mano salieron varios rayos de luz dorada que impactaron en los soldados y los lanzaron hacia atrás con fuerza dejándolos inconscientes. Al caer, Fulguris tomó de nuevo su espada. De pronto Atrox le lanzó una estocada. Fulguris la esquivó y justo como lo hizo con Bellicus, tomo el brazo de Atrox y se lo rompió. El chacal sacó su paralizador con la otra mano, pero Fulguris lo partió por la mitad con su espada. Inmediatamente después, la clavó en el suelo, tomó a Atrox por el cuello y lo levantó. La esmeralda comenzó a brillar y él comenzó a emanar una especie de aura roja.
—Aléjense todos.
—Fulguris, que… —comenzó a decir Callidus.
—¡Ahora! —exclamó Fulguris, quien cada vez brillaba más intensamente.
—¡Ya escucharon! —gritó Prosperus—. ¡Todos atrás!
Cuando todos los pretanos estuvieron lejos, Fulguris miró a Atrox, quien para entonces temblaba de terror.
—No debiste haberte metido conmigo… ¡EXPLOSIÓN CAOS!
El último grito de Atrox se mezcló con el estruendo de la ola de energía que devastó todo alrededor de Fulguris. La onda expansiva tiró al suelo a varios de los pretanos. Momentos después de que el ruido y la luz fueron aminorando, Prosperus y los demás se atrevieron a abrir los ojos. Fulguris estaba parado al centro de la plaza que había sido devastada por la explosión junto con la fachada del edificio del Concilium. No había señales de Atrox o de los soldados vandalhunios.
—¡Lo logramos! —exclamó Callidus.
El pueblo pretano rompió en gritos de júbilo y regocijo. Todos comenzaron a celebrar y a cantar vítores. Prosperus sin embargo se dirigió hacia donde estaba Fulguris.
—¿Estás bien amigo?
Fulguris volteó y con una leve sonrisa asintió.
—¿Creo que has recordado algunas cosas?
—Así es…
—Ya veo… ¿Y Luna?
—Ella está bien.
Prosperus respiró con alivio.
—Gracias…
De pronto Luna apareció por una de las calles.
—¡Fulguris! ¡Prosperus!... ¿Qué pasó? Escuché una explosión y…
Prosperus la tomó por los hombros.
—Tranquila Luna. Todo ha terminado…
(…)
Media hora después, todos se encontraban congregados afuera del edificio del Concilium. En lo alto de la escalinata estaban Callidus, Prosperus, Fulguris y Luna. En ese momento el sol comenzaba a asomarse por el horizonte. Prosperus se dirigió al resto del pueblo que se encontraba en la destruida plaza.
—El día de hoy nos reunimos con gran regocijo porque logramos vencer a nuestros enemigos. Hemos comprobado que la profecía que nos dejó la diosa Diaqua era cierta. Fulguris Niger en verdad llegó y nos ha salvado del mal. Sin embargo, también de acuerdo a la profecía, ahora debe dejarnos y seguir su camino. Eso nos deja con la enorme responsabilidad de cuidarnos entre nosotros y aprender a vivir realmente como hermanos. Debemos seguir adelante y tomar este triste hecho como una experiencia de que el mal puede estar incluso entre nosotros. ¡Pero si nos mantenemos unidos y luchamos lado a lado, siempre podremos salir victoriosos!
La multitud rompió en aplausos y gritos. Prosperus, Callidus y Luna también aplaudieron. Después de un momento, ellos cuatro entraron al edificio.
—Lamento haber destruido la plaza —dijo Fulguris.
—Descuida. Podemos reconstruirla —dijo Prosperus—. Por cierto, quisiera entregarte esto.
El tigre sacó un collar con un extraño símbolo parecido a una espiral con picos hecho en piedra roja.
—Es el símbolo de Fulguris Niger. Es otra de las cosas que estaba guardada en la Cámara de los Tesoros. Hemos comprobado que te corresponde tenerla.
—Gracias —dijo Fulguris amarrándosela al cuello.
—También teníamos guardado esto —dijo Luna—. Es lo que traías puesto el día que te encontramos.
Luna le entregó un par de guantes blancos con muñequeras negras con rojo sujetas por unos anillos dorados; y unos zapatos blancos con negro, lengüetas rojas, suelas de metal pintadas de rojo y descarapeladas de las puntas. Fulguris se las puso de inmediato. Luego recogió el abrigo que había dejado Atrox en el suelo y se lo puso—. Y si no les molesta también me quisiera quedar con esto.
—Adelante —dijo Prosperus.
—Es hora de irme —dijo Fulguris.
—Muchas gracias por cuidar a mi hermana —dijo Callidus tendiéndole la mano. Fulguris la estrechó.
—¿Sabes? Si quieres te puedes quedar —dijo Luna—. Puedes seguir entrenando y puedes llegar a ser miembro honorario de la Sodalitas ex Solis.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo… al tocar esta Esmeralda pude recordar lo que pasó algún tiempo antes de que llegara aquí… Aún no sé quién soy en realidad, pero sé dónde puedo averiguarlo… y ahí es a donde tengo que ir.
Luna miro al suelo un momento y luego dijo:
—¿Recordaste quién es María?
—No…
Luna sonrió con algo de pena. Después se acercó a Fulguris y le dio un beso en la mejilla.
—Seguramente es una chica muy afortunada…
Fulguris se ruborizó ligeramente y esbozó una pequeña sonrisa.
—Gracias por recibirme aquí.
—Gracias a ti y espero que encuentres las respuestas que buscas —dijo Prosperus—. Buen viaje Fulguris.
Fulguris levanto el brazo y la Esmeralda comenzó a brillar.
—Mi nombre es Shadow… Shadow el Erizo.
—Adiós Shadow el Erizo —dijo Prosperus.
—Adiós a todos… ¡CONTROL CAOS!
(…)
Muy lejos de ahí, un extraño meteoro sobrevolaba la órbita del planeta Pretania. No se trataba de un meteoro normal, sino que era una especie de nave espacial gigantesca que transportaba a un gran ejército de criaturas deformes y horripilantes. En la parte frontal del meteoro se encontraba una especie de cabina de navegación hecha de piedra y cristales donde en esos momentos el líder de estas criaturas se comunicaba con un aliado.
—¿Has solucionado el problema del que me contaste? —preguntó el líder con una escalofriante voz grave y hueca.
—En parte —dijo el otro—. Al menos ahora tengo un estorbo menos.
—¿Y la máquina de la que me hablaste?
—Aun debo hacerme de las especificaciones para construirla.
—Hazlo.
—Yo me encargo de eso… ¿Qué hay de esas tales Esmeraldas y ese sujeto del que tanto me has hablado?
—No debes preocuparte por eso. Él las va a conseguir.
—¿Ya lo contactaste?
—Todo a su tiempo. Pronto nos veremos cara a cara y le recordare cuál es su misión. Ahora debo irme.
—De acuerdo. Nuestra próxima reunión será en una semana.
—Y espero que para entonces ya hayas conseguido algo.
El líder de las criaturas interrumpió la comunicación. Después flotó hacia un monitor apagado que reflejó sus tres ojos rojos y su piel negra. El monitor se encendió y mostró la imagen del pueblo donde habitaba Shadow desde hace mucho tiempo. El líder lo había encontrado ahí siguiendo las palabras de una vieja leyenda. Él había entendido hace mucho tiempo que las leyendas y mitos siempre tenían algo de verdad y ésta no era la excepción.
En el monitor pudo observar a una congregación que le aplaudía a Shadow. Después él y otros cuatro entraron a un edificio. El líder cambio a modo infrarrojo y continuó observándolos. Después de unos momentos Shadow levanto lo que el líder sabía que era una Esmeralda Caos falsa y usando el Control Caos, desapareció del lugar.
El líder apagó el monitor y soltó una ligera risa.
—Ha llegado el momento de reunirme contigo Shadow. Con tu ayuda yo recuperaré para mi pueblo lo que nos arrebataron hace tantas eras… Empieza la segunda fase nuestro plan.
Black Doom, el líder de los Black Arms, también conocidos como los Kala Sastra o los últimos descendientes de los karmanianos puso su mano sobre uno de los controles. El meteoro comenzó a moverse a gran velocidad y se alejó del planeta de la diosa Diaqua para dirigirse rumbo al planeta del dios Ooxkab, la tierra conocida como Mobius.
(…)
Notas del Autor:
Espero que les haya gustado este (no tan pequeño) interludio y que hayan disfrutado del Extraño Mundo de Fulguris… y como premio les traigo al personaje favorito de muchos, Shadow el Erizo. (Por favor, no me digan que no adivinaron que era él desde casi el principio)… También espero que hayan disfrutado este curso exprés de cosmogonía y teología de Sonic… Será bastante importante en capítulos posteriores.
También se revela el otro gran villano de mi historia. ¿Que planea hacer? Probablemente ya lo sepan… pero habrá sorpresas en el futuro.
Les cuento los pormenores y los significados de las palabras que me invente en esta ocasión:
Como se habrán dado cuenta, los cuatro dioses representan a diferentes culturas antiguas y cada uno controla a un elemento. Sus nombres son combinaciones de un número y dichos elementos. Por lo tanto Ahadbad, el dios babilonio significa Uno-Aire en el idioma persa. Diaqua significa Dos-Agua en latín. Ooxkab significa Tres-Tierra en maya (sabemos que SEGA tomo a los mayas como modelo para las tribus de equidnas en Sonic), y Charaga es Cuatro-Fuego en hindú. Para el cuarto pueblo busque a varias culturas como los egipcios, los rusos, los indígenas americanos y los hindúes, siendo estos últimos los que más me convencieron. Por lo tanto la palabra "karmaniano" esta derivada de la palabra "karma" que en hindú significa "destino"… un concepto muy importante que rodea esta historia. "Kala Sastra" significa literalmente "Armas Negras" o "Black Arms".
Es importante aclarar que yo no conozco ninguno de estos idiomas y todos estos nombres los saque mediante traducciones de internet, así que es muy posible que por sintaxis, gramática o alguna otra razón, el significado no sea por completo atinado.
Con lo que les acabo de explicar es natural que surja en sus mentes una pregunta, la cual voy a contestar de una vez: NO, los Babylon Rogues no saldrán en la historia. Sólo me tomé la libertad de explicar sus orígenes a mi manera, pero en la forma en que tengo planeado el curso de los hechos, ellos no tienen cabida. Lamento si esto los decepciona de alguna forma.
Y eso es todo por ahora. Hace dos capítulos nos quedamos en suspenso por lo que le pasó a Rouge y a los demás en el casino, así que sigan leyendo para descubrirlo.
¡Paz!
