Estafa y un vidrio roto.

Por lo menos eres honesto y aceptas que me estafas

Llegaron a La Madriguera alrededor de cuarenta minutos después. La señora Granger resultó ser exactamente igual que Hermione, con una inteligencia y dotes de carisma casi idénticos. Puede que solo fueran ideas de Edmund, pero no podía dejar de pensar en Hermione cada que la mujer hablaba. Era un trauma que el joven tenía desde hace semanas: pensar en Hermione.

Cuando bajaron del auto, Jean entró primero a la casa deseosa de encontrarse con su hija. Edmund y Ron bajaron las maletas, al entrar al recibidor, vieron como Hermione abrazaba a su madre. La chica lloraba, la sostenía con fuerza, la había extrañado por más fuerte que había intentado ser en los meses anteriores, hoy sólo podía expresar la necesidad de tener a su madre cerca.

— Mi niña, no llores.— le pedía su madre sin dejar de abrazarla.

— Lo siento mamá, en verdad te extrañé.

Edmund la miraba atento mientras aún sostenía las maletas de Jean. Pendiente a la reacción de la castaña.

Hermione lo miró mientras seguía abrazando a su mamá, y sonrió. Aun con los ojos llorosos, sonrió. Porque entendió que sin ese chico a su lado en los meses anteriores, no habría podido sobrellevar la carga de no tener a sus padres cerca, ese hombre cada vez más se hacía notar con sus finos detalles, que aunque fueran mínimos, a ella le impactaban enormemente.

•••

Ese mismo sábado sería el Baby Shower de Hermione y ya todos se encontraban apoyando para preparar la Madriguera para recibir a los invitados. Edmund se había unido a los Weasley en los preparativos. Acomodaba las mesas y sillas junto con los gemelos en el gran patio que tenía la familia.

A Ginny Weasley le había tocado atender la cafetería aquella mañana, por lo que no estaba ayudando con los preparativos. Esa mañana era la encargada debido a la ausencia de Molly que se encontraba en la casa preparando el delicioso banquete que ofrecería más tarde.

Era una mañana tranquila en el local, a diferencia de los días de entresemana que era cuando se aglomeraba de empleados que llegaban a La Madriguera por un buen café antes de adentrarse al tráfico para llegar a Londres.

La pelirroja se encontraba en la caja, haciendo unas cuentas. Entraba a la cocina y revisaba que faltaba y volvía a la caja para marcarlo. Todo lo hacía con una seriedad tremenda, los demás compañeros notaban su cambio de humor, desde lo ocurrido con Draco en la cena de la noche anterior, actuaba distante. Todas las verdades que le había dicho el rubio la marcaron y eso la había hecho levantarse con una culpa tremenda en su mente.

Se sentía agotada.

Metida en sus pensamientos, salió una vez más de la cocina, y lo que se encontró en la barra la hizo palidecer.

— ¡Tú qué haces aquí!— intentó sonar lo más indiferente que pudo, per o algunos comensales la miraron asustados. Por suerte nadie de su familia estaba en la cafetería.

— Vine por un café.— contestó tranquilamente.

— Mientes, no recorrerías toda una ciudad para tomar un simple café, Peter.

— No cualquier café.— le dijo mirándola fijamente a los ojos— Aquí te puedo encontrar a ti, vale la pena todo el recorrido.

El joven le hacía temblar de nervios, la forma en que la miraba le provocaba un cosquilleo en el pecho, sentía que se sofocaba.

— Necesitamos hablar, ayer terminaste muy seria. Quiero saber que pasó. Me quede preocupado por ti.— hablaba tratando de que solo ella lo escuchara.

— Peter, lo siento. No debí ponerme así. Es sólo que todo esto, tu y yo, me hace dudar de mi.

— ¿A qué te refieres?

— Mira lo que estoy haciendo ¡Tengo novio! Y creo que desde hace tiempo eso ya no me importa, y yo no era así.

Peter la miraba, en verdad la comprendía, entendía a la perfección que todo era su culpa. Que las ganas de tenerla solo para él cada vez eran más grandes y no le permitían pensar correctamente, es por eso que no contuvo las ganas de viajar todos esos kilómetros para ir a verla aun sabiendo que era arriesgado.

— Creo que ya estoy listo para pedir mi café.— le dijo amablemente, sabía que si seguía con esa conversación la pondría más incómoda. Ginny agradeció el gesto rotundamente, Respiró aliviada y se adentró de nuevo a la cocina para prepararle una taza de delicioso café.

Mientras esperaba, un joven se sentó en la barra junto a Peter, no reparó en él, pero Peter si que lo hizo en él. Era Harry.

— Aquí está tu... ¡Harry!— Ginny había regresado con el café de Peter, pero al ver a su novio sentado en aquella barra se quedó inmóvil sosteniendo la taza con nerviosismo.

— Hola Ginny.— saludó amablemente.

— ¿¡Pero qué haces tú aquí!?— instintivamente miraba de reojo a Peter, pero Harry no se daba cuenta de ninguno de esos gestos pues se concentraba más en observar el menú en vez de a su novia, y todos estos detalles eran monitoreados por el joven Pevensie.

— Vengo a almorzar algo, allá atrás todos están muy ocupados, no quiero incomodar a Molly.

— Buena idea ¿Qué te traigo?— rápidamente le dejó el café a Peter y se acercó a Harry con la libreta en mano para apuntar su orden.

Peter sabía que esto incomodaba a la pelirroja, por lo que se apresuró a terminar su bebida.

— Señorita— la llamó indiferentemente, Ginny volteó espantada, pero Harry no los miraba, le daba la menor importancia a lo que Peter aprovechó. Le guiñó un ojo a la pelirroja, quien no podía con los nervios —, estuvo delicioso.

La miró coquetamente, dejó el dinero envuelto en una servilleta y se marchó. Ginny estaba hecha un temblor. Tomó la servilleta con el dinero de Peter y lo depositó en la caja, pero antes de tirarla observó que había algo escrito en ella. Eran unas palabras que Peter le había dejado: "Yo seguiré esperando hasta tenerte solo para mí". Esas simples palabras la hicieron estremecer, miró hacia afuera y vio como Peter se alejaba en su auto.

Un poco más tranquila miró a Harry que seguía observando todo menos a ella, no se percató del rubio que acababa de partir. No se percataba de nada de lo que tuviera que ver con Ginny.

•••

Ya era medio día, Edmund se encontraba lleno de sudor. Estar afuera acomodando todo, a la luz del sol de aquel verano lo tenía sudando de esa manera.

Cuando hubo concluido, entró a la casa. En la cocina se encontraban Molly, Hermione y Jean, terminaban de alistar las charolas con los bizcochos de cada mesa. Al verlo entrar, la castaña le sonrió y lo invitó a sentarse enseguida de ella. Edmund accedió y se sentó, aunque se sintió algo incómodo por lo sudado que estaba.

— Ten querido, toma un poco de limonada, está fresca.

— Muchas gracias Molly, creo que iré a mi casa a darme un baño y cambiarme.

— ¿Vas a Londres?— lo interrogó Jean—, Hermione deberías acompañarlo para que recojan el vestido que te mandé pedir.

— Mamá en verdad no necesito que me compres un vestido, ya tengo que ponerme hoy.— replicó Hermione.

— No discutas, ya está pagado, solo falta pasar a recogerlo. ¿Edmund, podrás ayudarnos?

— Con gusto.— miró a la castaña, la tenía a un lado. Sus miradas coincidieron, la tenía muy cerca, si ella aceptaba, podrían estar un momento a solas, la idea lo emocionaba por dentro. Y al parecer, a Hermione también por lo que, con un rápido "vámonos" se puso de pie, tomó su bolso y al instante ambos desaparecían por la puerta.

Jean los observó irse, no pudo evitar sonreír un poco y a la vez sentirse preocupada. No sabía si era correcto darle esas libertades con Edmund. Lo hizo con Draco y ese hombre sólo la lastimó. Y ahora Edmund venía a demostrar otra cara de la moneda; él era sumamente diferente y transparente, y eso la lograba tranquilizar un poco.

La ayudó a subirse a su camioneta, y juntos salieron rumbo a Londres, tardarían varios minutos en llegar por lo que tendrían algo de tiempo para los dos.

— ¿Te sientes bien?— la cuestionó Edmund al verla tan callada.

— Disfruto el recorrido.— verdaderamente quería decir que lo disfrutaba a él, aquella cercanía y tenerlo solo para ella. Comenzaba a querer pasar más momentos así, pero no encontraba la manera de expresarlo. Todo podía ser muy apresurado y tal vez asustaría a Edmund con sus descontrolados sentimientos.

— Al fin estamos solos verdad, yo tambien lo disfruto.— se atrevió a tomarla de la mano sin dejar de mirar a la carretera. La castaña se sorprendió, miró la unión de sus manos, se veían perfectas. ¿Cómo poderle expresar todos los sentimientos que comenzaban a desbordarse?

Pero ella no era la única que estaba confundida, ¡Edmund estaba aterrado! Mientras tomaba su mano, por dentro se moría, sentía que todo su ser temblaba y esperaba que Hermione no se percatara de su nerviosismo.

Para él, todo era un flujo de sentimientos nuevos y no sabía cómo manejarlos. Lo más excitante que había pasado por su vida era saber si pasaría un examen o si algún profesor lo iba a exentar ese semestre. Pero ahora, se daba cuenta que todos esos años los había vivido en una burbuja, había más para experimentar; y él, ciertamente no tenía experiencia en chicas.

Lo más drástico, era que la chica que le interesaba traía un bebé en el vientre, quería ser un hombre valiente para cubrir todo lo que ella necesitaba, pero no sabía si eso sería algo muy imprudente de su parte que hiciera incomodar a Hermione.

Después de recoger el vestido de la castaña, Edmund la llevó a su casa para ducharse y cambiarse de ropa. Condujeron hasta entrar a un extenso terreno, la propiedad de los Pevensie era bastante amplia ubicada en el centro de la ciudad. Hermione se enderezó en su asiento para poder contemplar la casa, que en mejores palabres, ella la describía como una mansión.

― ¿Por qué no me habías dicho que vivías en una mansión?― preguntó sin dejar de lado el asombro que sentía al ver su elegante hogar.

― No lo creí importante― contestó sin mucha importancia.

― Bueno, en realidad no.

Entraron, las paredes del recibidor eran de un blanco suave, iluminaba a la perfección el lugar. En una de las paredes, Hermione pudo apreciar un cuadro; en él se podía apreciar a una mujer. Su vista se detuvo un breve instante en la fotografía.

― Es mi madre― le explicó Edmund al ver su interés por la bella imagen―, fue de hace cinco años, antes de que le diagnosticaran el cáncer.

― Era hermosa, Edmund― fue lo que atinó a decir la castaña. Miró al chico, se había quedado contemplando la imagen de su madre. Se veía tan tierno y frágil. Todo eso le hacía sentir unas tremendas ganas de abrazarlo. Pero se contuvo, a lo que simplemente optó por acercarse a él y tomar su mano.

Subieron las escaleras para llegar a la habitación de Edmund. Al estar ambos dentro de aquel lugar, sus nervios instintivamente afloraron.

― Me bañaré rápido, puedes aprovechar para ponerte el vestido nuevo― agregó Edmund mientras tomaba su cambio de ropa y su toalla. Y entró al baño que tenía en su habitación. Rápidamente, Hermione empezó a cambiarse, la idea de que Edmund saliera y la viera sin ropa la hacían morir de nervios, tanta fue su presión que a los pocos minutos su vejiga le comenzaba a dar guerra.

― ¡Rayos!― expresó para sí misma. Pudiera salir y buscar cualquier otro baño, pero sabía que no aguantaría ni un poco más. Rápidamente se acercó a la puerta del baño de Edmund y comenzó a golpearla sin parar.

― ¿¡Esta todo bien!?

Edmund salió lo más rápido que pudo, pues la insistencia de Hermione hizo que pensara que algo muy malo le sucedía. Al abrir la puerta se encontraron cara a cara, y casi topa el uno con el otro, la castaña se llevó una gran sorpresa al verlo solo enrollado en una toalla por la cintura y aun con las gotas de agua escurriendo por su cuerpo.

― ¡Quiero hacer pipí!― trato de no mirarlo más y entró deprisa al baño dando un portazo.

Al salir, Edmund seguía en toalla, pues aún no había terminado de ducharse. Se levantó de la cama, se sentía muy nervioso por su poca vestimenta, pero aun así avanzó hacia ella.

― En verdad me asustaste, Hermione. Creí que algo en verdad malo pasaba.

― Lo siento, pero si no salías rápido si que me pasaría algo muy malo― se disculpó, en verdad se sentía apenada; pero no sabía si era por el escándalo que había hecho o por ver a Edmund con el torso desnudo.

― Te vez hermosa con ese vestido― se aventuró a decir Edmund. No sabía de dónde había salido ese valor, pero poco a poco sentía que iba a desbordar si no expresaba todo lo que había en su cabeza y, había que recalcar, en su corazón.

― Gracias, podría decir lo mismo de ti― ambos se miraron, se ruborizaron un poco pero sin dejar de sonreír. A pesar de sentirse tan bochornoso, sabía a lo que la castaña se refería, y en cierto modo le agradaba esa curiosa sensación.

― Creo que regresaré a la ducha.

Prefirió entrar al baño,su cuerpo comenzaba a darle una mala jugada. La forma en la que Hermione lo había mirado y observarla con ese vestido corto le habían provocado un bulto en la entrepierna.

Bajó la escaleras en lo que esperaba a que Edmund terminara de alistarse. Encontró la sala, era de espaciosa que todas las habitaciones, los sillones blancos y el claro de las paredes la hacían parecer el cielo. Un paraíso para unos hermanos solitarios.

Se quedó quieta antes de sentarse, no estaba sola en aquella habitación. Una jovencita se encontraba tumbada en el sillón individual, traía sus audífonos puestos y meneaba la cabeza al ritmo de la música que seguramente estaba escuchando. No tardó en sentir que la observaban y abrió los ojos encontrándose con los de Hermione. Rápidamente se incorporó.

― ¿¡Puedo ayudarte!?

― No, no gracias. Espero a que Edmund baje.

― ¿Vienes con Edmund?― preguntó extrañada.

― Si, solo termina de arreglarse y nos vamos. No se si pueda esperarlo aquí.

― Pero claro,pero que tonta soy ¡Siéntate!― se castigaba por no haber notado su embarazo y tenerla esperando de pie en lo que ella reaccionaba. Esperaron unos minutos en silencio, en los que la jovencita no podía evitar mirar a cada rato a la castaña― ¿Tú y mi hermano son novios?

Hermione palideció. La pregunta la descolocó un poco. No eran novios, pero las costumbres que habían adquirido entre ellos la hacían no querer pensar que eran solo amigos.

― No, sólo somos amigos.

En eso, Edmund entraba a la sala. Vestía un pantalón negro de vestir y una camisa gris oscuro. Lucía muy guapo no importando el porte serio que adquiría con esas tonalidades. Hermione sonrió, ese chico le removía el estómago con su sola presencia; se acercó a él, se posicionó justo en frente y sin pensarlo, le desfajó la camisa.

― Así está mejor― comentó Hermione alejándose un poco para observarlo con el pequeño cambio que había hecho. Edmund estaba asombrado por el acto y la cercanía de la mujer. Al sacarle la camisa, Hermione rozó accidentalmente su torso, con lo que por un breve instante un hormigueo recorrió su cuerpo ¿Por qué con un leve movimiento él ya estaba volviéndose loco?

― Hola Lucy― se percató que su hermana estaba observandolos de una forma divertida― Creí que no había nadie en casa.

― Susan y yo acabamos de llegar, sólo fuimos a su facultad a recoger unos exámenes ¿A dónde van?

Si bien, Lucy no podía ocultar su ganas de saber mas de esa inusual pareja. Edmund jamás había llevado a una chica a casa, de hecho, estaba segura que ni siquiera había hablado con una chica antes.

― Es el baby shower de Hermione― miró a la castaña indicándole que era hora de irse, pero la castaña le hizo señas a Edmund para que invitara a su hermana. Se veía en los ojos de la jovencita que morí de ganas de ir. O tal vez esas ganas eran de ver a su hermano comportándose como todo un hombre a lado de una mujer―. ¿Gustas acompañarnos?

― ¡Claro!

Lucy corrió a buscar a Susan para también invitarla, este acontecimiento tenía que ser presenciado por todo el mundo si era posible.

•••

Llevaba días sin verla, no podía ponerse en contacto con ella. Astoria rechazaba sus llamadas, incluso pedía que no lo dejaran entrar a la mansión de los Greengrass. No se había presentado a las quimioterapias en el hospital, y Draco verdaderamente comenzaba a preocuparse.

Todo había surgido desde la noche en el restaurante, cuando le expuso toda la verdad a Astoria. Ahora que veía todo lo que había provocado en ella, porque sabía que él era el culpable, hubiera preferido callar y así Astoria no hubiera empeorado.

Estaba frustrado por no poder verla. Y lo peor fue Lucius. Aquella mañana, irrumpió en su habitación para recalcar su trato y hacerle saber que la señorita Greengrass había faltado a la empresa y se rehusaba a hablar con todos, especialmente con su padre. Temiendo que fuera a causa de su descuidado hijo, fue a advertirle que tenía que remediar lo que fuera que hubiera hecho pues no permitiría ni una falla en su patético plan.

Se encontraba en su cuarto, la presión que sentía en el pecho le comenzaba a asfixiar. Ya no quería sentirse así, por lo que tomó las llaves de su auto y fue directo a la mansión Greengrass.

No tocó la puerta principal, sabía de antemano que le prohibirían la entrada. Así que corrió para no ser visto hacía un costado de la casa, donde recordaba que estaba el cuarto de su amiga. Las cortinas estaban cerradas pero la ventana estaba abierta; por lo que vio la oportunidad de meterse por ahí. Escaló la pared con ayuda de un tubo para el desagüe que estaba instalado a lo largo de la casa hasta el techo. Era un poco difícil debido a los zapatos de vestir que llevaba puestos, eran resbalosos pero logró llegar a su destino.

Al entrar, no vio a nadie en la habitación. La cama estaba destendida, por lo que Astoria podría volver en cualquier momento, tenía que verla. Esperó unos minutos pero nadie volvía, se paró frente al espejo con las manos en los bolsillos; tenía que ser paciente y esperar. Pero cuál fue su susto, al ver a través del espejo una figura debajo de la cama. Por unos segundos pensó en un cadáver, pero al enfocar bien se percató que era la mismísima Astoria que lo miraba seriamente.

― ¡Estás loca! ¿¡Qué haces aquí metida!?

Se puso de cuclillas para mirarla mejor. Astoria tardó en contestar, se veía pálida y claramente afectada por el cáncer ahora que se había descuidado.

― No creo que te importe― contestó tajante. Sin mirarlo a la cara.

― ¿En serio me vas a tratar así? Te juro que no era mi intención herirte, solo creí que debías saber la verdad― la mujer no contestaba, se veía con un aire indiferente.

― Yo mas bien creo, que lo que tu dijiste fue solamente para desahogarte, y para hacer que alguien mas se sintiera tan miserable como te sientes tu.

Sus palabras fueron como una daga en el pecho. Ahora que lo veía de esa forma, puede que tuviera razón, muy a su pesar. Terminó por acostarse a un lado de ella, se metió debajo de la cama observando la base de esta.

― Quiero disculparme, no quiero que tomes mis palabras tan en serio como para que actúes de esta manera. Mírate, luces mal; ni siquiera te has presentado a las quimioterapias.

― ¿Para qué? ¿Para seguir dándole gusto a mi padre? Si me muero, echo a perder sus geniales planes.

― ¡No seas ridícula! Tu eres mucho más que esto, no puedes rendirte tan fácil.

― Piensalo por un momento, ya no tendrías prospecto para casarte y quedarías libre de ese acuerdo que hiciste con tu padre.

Al rubio le sorprendía y a la vez sacaba de quicio; era la actitud tan pobre que estaba teniendo su amiga. Quería entenderla, pero su desesperación fue mayor.

― No puedo creer que pienses así, seguramente si tu no estuvieras me obligarían a casarme con Daphne, y tu padre de igual forma conseguiría lo que quiere. Ambos podemos darles donde se merecen― por primera vez, Astoria volteaba a verlo―. La solución a este embrollo está en nuestras manos, sólo que no hemos sabido atacar bien.

― No te entiendo Draco ¿Ésta absurda unión tiene solución? ¿En qué contexto tu y yo salimos ganando y nuestros padres no?

― Sencillo Astoria: vamos a estafar a nuestros padres.

•••

En la madriguera, la fiesta ya había comenzado. Todos se encontraban comiendo las delicias que había preparado Molly. No por nada se había esmerado toda la mañana con cada platillo. Los gemelos Weasley amenizaban la fiesta con la música, esa tarde ellos serían los dj's.

Edmund dejó a sus hermanas en una mesa, él por su parte se puso a ayudar a la señora Weasley y a Jane a servir la comida y ofrecer bebidas. Ambas chicas Pevensie no podían dejar de mirarlo, estaban asombradas con la nueva actitud de su hermano. Susan estaba segura que todo esa cambio era por causa de Hermione.

Edmund hizo una pausa y fue a sentarse con ellas, a la vez que les ofrecía unos refrescos.

― ¡Pero quien te viera Edmund Pevensie! Estás tan entusiasmado el día de hoy, no me lo creo― le decía su hermana mayor, sabía que trataba de molestarlo.

― Solo estoy siendo amable― contestó fríamente.

― Ya Edmund, no te enojes. Pero quiero preguntarte algo; no vayas a enojarte ¿El bebé que espera Hermione, es tuyo?

― ¡No!― contestó nervioso. Ciertamente Susan no veía eso posible, pero la duda la mataba desde que los había visto muy animados en el camino hacia la Madriguera― Sólo somos amigos, y yo la apoyo en todo lo que puedo. Ella me importa.

Esto último lo dijo mientras se quedaba embobado viendo a Hermione. Sus hermanas entendieron que a su hermano no solo le importaba la castaña, que incluso había mucho más que no planeaba decirles. Edmund se puso en pie, les dijo a sus hermanas que ya volvía y fue directo con Hermione que ya se encontraba abriendo los regalos. Se sentó a un lado de ella, ella al ver se alegró y le dio un beso en la mejilla. Ciertamente, jamás habían visto a Edmund tan feliz.

Susan miraba gustosa a su hermano, toda la tarde estuvo atenta a él y la castaña; que no se había percatado de la cantidad de pelirrojos que estaban en la fiesta, y más de cierta pelirroja. Ginny se encontraba justo a un lado de Hermione ayudándole a abrir los regalos. Y fue en ese preciso instante que la chica Pevensie la miro.

Instintivamente, su pulso se aceleró. Ella era la novia de Harry, y por lo que podía notar; aquella era su casa. Empezó a sentir un mareo, un cúmulo de emociones que no supo describir.

― Lucy ya vuelvo, voy al baño.

Se alejó rápidamente de todos y entró a la casa en busca del baño. Lo encontró en la sala de estar, se apresuró por entrar y cerrar con seguro. Si por ella fuera, preferiría quedarse ahí todo lo que restaba de la reunión.

Por otra parte, un joven alcanzó a ver como Susan entraba a la casa. Al igual que ella, sintió palidecer y el refresco que se encontraba bebiendo en ese momento se le atoró, comenzando a toser. Harry Potter se dio cuenta de la presencia de Susan en la misma casa de su novia. No debía importar, pero si ella era la razón por la cual ya no miraba a Ginny de la misma forma; claro que le alarmaba verla ahí.

Disimuladamente, cuidó que nadie lo viera entrar a la casa y entró en busca de Susan. No la encontró rápidamente, pero escuchó abrir la puerta del baño de la planta baja y corrió a su encuentro. Ella se detuvo sin dejar de soltar el pomo de la puerta. Ahí estaba él, la había seguido.

― Susan ¿Qué estás haciendo aquí?

No lograba comprender si la mirada de Susan era de enojo y sorpresa, una mezcla de ambas quizá; pero en definitiva ninguna de esas expresiones significaban algo bueno.

― Edmund me trajo― contestó tratando de justificar que no estaba en ese lugar por él.

― ¿Lo conoces?

― Es mi hermano.

La mente del azabache viajó al día en el que había visto por primera vez a Susan, en el hospital. Un chico la acompañaba en aquella ocasión y hoy se daba cuenta que ese chico era Edmund; el amigo inseparable de Hermione. Que pequeño era Edmund.

― Yo mejor me voy, no quiero causarte problemas― se excusaba ella para poder alejarse de él, no quería verla a lado de ella.

― No es necesario, no es justo para Edmund.

Un breve momento bastó para que sus miradas coincidieran y un cúmulo de emociones recorrieran su ser. Se querían, poco importaba la situación de Harry, pero ese fatal hecho no podía ser ignorado por Susan, no se atrevía a hacer lo su corazón lle imploraba que hiciera. Harry no era suyo, y eso le partía el alma.

― Hermione está abriendo sus regalos y tú no estás presente― una cabellera roja se apareció entre ellos. Ginny los miro por un breve instante, la situación incómoda en la que se sentía Susan para nada fue percibida por la joven Weasley.

― Voy para allá, solo vine al baño― Harry le dio un último vistazo a Susan y se fue siguiendo a Ginny. La imagen fue horrible, y ella sin lugar a dudas se sentía patética. Prefirió meterse de nuevo al baño, su estado de ánimo no necesitaba ver como Harry prefería estar con Ginny y toda su familia.

•••

Hacía buen rato que Susan la había dejado sola, pero Lucy no se había percatado ya que pudo distinguir quienes eran los Dj´s de aquella tarde. Los gemelos Weasley, los dueños de Sortilegios Weasley donde Ron trabajaba. Si, después de lo sucedido en la fiesta de la mansión Greengrass había evitado acercarse al local, no quería ver a Ron; pero no significaba que había dejado de pensar en él.

Se había acercado a los gemelos, les contó que amaba su tienda y que iba casi todos los días para admirar cada artículo de broma, pero resultaba que los chicos si que la recordaban bien.

― ¡Eres la admiradora de Ron!― cayó en la cuenta George, sabía que la había visto en algún lado. Ella no iba a admirar los artículos de broma, iba a admirar a Ron y toda su boba escultura, algo que ninguno de los gemelos lograba entender.

― No soy su admiradora― intentaba explicar Lucy pero la mirada de incredulidad de ambos la hicieron rendirse, sería en vano todo lo que inventara―, está bien; sólo voy a ver a Ron, me atraparon.

― Niña, no necesitamos ser detectives para saberlo, cualquier persona en el local, al verte, se daría cuenta― le decía Fred.

― Eres como una pervertida, te escondes detrás de los estantes para mirarlo― proseguía George.

― ¡No soy una pervertida!― se defendía Lucy― Es solo que me da mucha vergüenza que él me vea.

Recordaba la única vez que se había animado a plantarle cara, y como él la había abandonado para irse detrás de otra tipa. Los gemelos se voltearon a ver, sabían que aquella niña estaba loquita por el inútil de su hermano, no lo comprendían; pero decidieron ayudarla al ver la expresión de tristeza que había adoptado Lucy.

― Te tenemos una opción que tal vez pueda ayudarte a acercarte a Ron― comenzó Fred.

― Pero no garantizamos que él capte tus intenciones, es un poco lento― recalcó George.

Lucy escuchó atenta a lo que sería su plan de conquista fase 1.

•••

Harry no dejaba de mirar hacía la puerta de la casa, Susan no volvía y no se animaba a ir a buscarla por sí Ginny iba y lo seguía de nuevo. Se sentí un completo idiota, por no poder dar paso a sus impulsos.

Su pulso se detuvo al ver como la dueña de sus locos pensamientos salía a prisa de la casa y se dirigía directo a la calle. Pudo jurar que la vio llorando, y eso hizo sentirse de lo peor. Susan desapareció de su vista, y él ya no podía más, no podía seguir aparentando y mucho menos; ya no podía fingir portarse bien.

Supo lo que tenía que hacer, se disculpó con todos y se fue tras ella. No la vio por ningún lado, hasta que se fijó en un taxi que se fijó en un taxi que se alejaba del camino y agarraba la carretera para ir a la ciudad. Debía ser ella. Fue en busca de su auto y la siguió.

Llegó hasta la mansión de los Pevensie, el taxi se estaba retirando al momento que él se estacionaba. Se bajó con una velocidad que no sabía que poseía. Llegó a la puerta y toco mas no obtuvo respuesta. Sabía que Susan acaba de entrar, por lo que siguió tocando la puerta a tal punto de casi tirarla.

― ¡Abre Susan! ¡Sé que estás ahí!― se recargaba en la puerta para intentar escuchar algo, pero absolutamente nada se oía― Soy un imbécil, no debí hacerte a un lado, tu eres... eres...

― ¡No puedes ni siquiera pronunciarlo!― la voz de Susan le correspondió enojada a través de la puerta― No eres capaz de afrontar lo nuestro, ambos sabemos lo que sentimos y queremos ¿¡Cómo es posible que no puedas darte cuenta!? ¡Se valiente!

Cada una de las palabras de Susan lo habían herido, y lo peor; sabía que las merecía. Creía que todo seguiría siendo fácil, con Ginny como novia y con Susan como su adoración. Estaba tan tranquilo con esa situación, en esa zona de confort; pero nada era justo, y él era un egoísta miedoso.

Pero ya no más, tomó una maceta que se encontraba en el recibidor, y sin pensarselo la estampó contra el vidrio de la puerta, metió la mano para abrirla por dentro. Y la vio. Susan estaba sentada en las escaleras, lloraba a mares; su rostro mostraba el más puro dolor y decepción que Harry le había causado.

― No tienes una idea del monumental caos que tienes en mi corazón. Susan, yo te amo.

En el instante que Harry había declarado su amor, él ya se encontraba sobre los labios de Susan. No le dio oportunidad a que se levantara de los escalones, la besó ahí mismo; sus ganas de probar nuevamente esos gruesos labios no le permitieron detenerse ni un segundo más.

Si bien, sus sentimientos ya eran conocidos por el otro. Las simples miradas y las cautivadoras sonrisas eran más obvias que unas cuantas palabras. Pero el decirlo era un paso adelante, era el empujón que Harry necesitaba; la liberación de un sentimiento que había estado contenido por mucho tiempo.

Al besarla, probó el sabor salado a causa de las lágrimas que había estado derramando. Y con ese sabor, donde la tristeza y la impotencia se hacían presentes; Harry se juraba a sí mismo que esa mujer nunca jamás debía de llorar, ya sea por causa de él y, él se encargaría, por ningún otro ser humano.

― ¿Por qué te detienes?― cuestionó Susan algo desconcertada, Harry se había apartado a unos escasos centímetros de distancia, la miraba, más acertadamente: la admiraba.

― Debo hacerlo, eres tan hermosa, que si sigo besándote así no querré parar.

Al parecer, Susan se sentía del mismo modo: tan ansiosa de seguir, deseosa de mas. Envolvió el rostro de Harry con ambas manos, le sonrió de una manera cómplice y lo atrajo hacía él para que continuara besándola.

― Sígueme

Le indicó Susan, ambos se pusieron de pie, las escaleras no eran muy cómodas por lo que lo invitó a que la siguiera hasta llegar a su habitación. Al estar dentro, ninguno de los dos se separó del otro y sus respectivas ropas fueron quedando esparcidas por todo el lugar.

Ya no podían parar, no había vuelta atrás.