Inaccrochable
Disclaimer: Haikyuu! pertenece a Furadate Haruichi
Aviso para el vivo: ¿coincidencia? No lo creo
Anteriormente: Akaashi, a quien no le aplica bien aquello de causa y luego efecto, disfruta descubrir otro tipo de secretos.
X. Bokuto-san
Tsukishima descubrió el pasatiempo de buscar y observar constelaciones en el cielo el curso anterior, al iniciar la preparatoria. Se trataba, como les suele pasar a los hermanos menores con sus pasatiempos, de un gusto adquirido.
Akiteru acababa de regresar de un viaje a Saipan, y cargaba consigo una bolsa llena de regalos. Impasible, Tsukishima recibió sus recuerdos sin exteriorizar en su rostro ningún tipo de expresión; subió directo a su habitación, alegando un dolor de cabeza para zafarse de la cena, y se subió los cascos para no escuchar las risas que provenían de abajo.
Prefería mantener distancia de Akiteru. Además, tampoco le urgía hambre. Cercano a medianoche las tripas se volvieron en su contra. Se encaminó a la cocina, pisando con cuidado los escalones para no delatar su presencia. Han vuelto a sus habitaciones, concluyó, sirviendo zumo de uva en un vaso más un poco de ramen en un pocillo de loza. Armó una bandeja modesta, incluyendo una pequeña porción de fresas en almíbar y dos tipos de palillos distintos. En el pie de la escalera, al desviar la mirada al salón, Tsukishima reparó que las luces del jardín no estaban encendidas.
En casa, debido a varios intentos de robo en el pasado, dejaban las luces del jardín encendidas toda la noche. Era una costumbre muy arraigada que el último en subir a su habitación encendiera las luces del jardín. Tanta oscuridad le pareció extraño, y por algún motivo, su cuerpo nuevamente se reveló en su contra; le bajó la temperatura, sus delgados vellitos rubios de la nuca se erizaron en posición de ataque, y su oído se agudizó tratando de atrapar cualquier atisbo de sonido en el aire. Ocurría que no solo las luces estaban apagadas, sino también la puerta corredera que daba al patio estaba abierta. Tsukishima tragó pesado. Cálmate, seguro fue un descuido. Dejó la bandeja a un lado, agarró un candelabro y, con mucho sigilo, se dirigió afuera.
Que lo llevara el diablo, joder.
Afuera estaba el idiota de Akiteru, de pie y muy rígido con la cabeza vuelta hacia arriba. Las ideas de ladrones circulando por su casa se evaporaron rápidamente de su cabeza. Akiteru, siempre Akiteru. Qué ganas de lanzarle el candelabro por la cabeza. Estaba tan inmóvil, tan rígido, que Tsukishima daría en el blanco al primer intento. Pero, ¿por qué su hermano no se movía? Tsukishima dejó el candelabro en el suelo y se cruzó de brazos, esperando.
Qué curioso...
Aquella rigidez tan bien ejecutada, contrario a lo que debería parecer, le daba a Tsukishima la sensación de eterna fluidez. Un movimiento estacionario detenido en el tiempo, que en su fisura, no dejaba de ondular. Que bello. Eso era justamente. Una corriente inmóvil e inamovible. Pero Tsukishima no admiraba a su hermano, ya no. Así, encendió las luces del jardín y con ello, puso fin a la fluidez estacionaria de su hermano.
—¡Kei! —el hermano mayor dio un medio giro y aquello lo desarticuló por completo.
—¿Qué hacías?
Akiteru se volvió a girar. ¿Qué hacía? Que observaba el cielo, y que si, Kei, podía apagar la luz de nuevo, gracias. Una orden entre las líneas de su sonrisa.
—No me refería a eso... —masculló Tsukishima sumergiendo las manos en sus bolsillos, desviando la mirada a sus calcetas—. Estabas tan quieto. Pero a la vez... no.
—No sé de qué hablas. Solo observaba el cielo —repitió—. Ya sé, ¿quieres que te enseñe?
Y sin esperar respuesta, tomó a su hermano del brazo, arrastrándolo hasta el punto del jardín donde mejor se podía ver el cielo.
El ramen se enfrió en su bandeja; las tripas por su lado, decidieron no reclamar nada.
A Tsukishima nunca se le ocurrió que él también podría producir la misma impresión de fluidez estacionaria al estarse muy quieto observando el firmamento. En realidad lo hubo olvidado. Las palabras que eligió Bokuto, sin embargo, la primera vez que le vio enfrascado reconociendo constelaciones, fueron ligeramente diferentes a las que él hubo elegido:
—¿Qué te está sucediendo? —llegó aleteando.
A Bokuto lo seguían Kuroo y Akaashi muy de cerca. Esto ocurrió el último día de la concentración de vóley, en agosto, cuando Bokuto y Kuroo aún no se graduaban de preparatoria. Luego del entrenamiento en el tercer gimnasio, al no encontrar a Yamaguchi afuera esperándolo, se dirigió hasta el gimnasio que usaba para ensayar sus servicios. Yamaguchi le avisó que aún le quedaban veinte servicios correctos más.
—Veinte —repitió Tsukishima, pensando.
Veinte no era demasiado, así que podía esperarlo. Era una noche despejada, pero aunque clara, se podían distinguir varias estrellas. Nunca se le ocurrió que Bokuto, Kuroo y Akaashi le seguirían.
¿Qué te está sucediendo?
Bokuto construía sus oraciones de una manera curiosa.
—¿Que qué está sucediéndome? —parafraseó Tsukishima con una risa.
—Estás así, así. —Bokuto se paró derecho y recto, con los brazos fuertemente unidos al cuerpo—. Así tan quieto. Pero también, tan UuUuUuhhh —y luego movió los brazos imitando los tentáculos de una anémona en un mar atormentado—. ¡Díselo Akaashi!
—Bokuto-san no sé de qué hablas —fue lo que dijo Akaashi. No había nada interesante en esa frase de Akaashi.
—¿Tsukki, sabes de constelaciones? —preguntó a su vez Kuroo.
Kuroo, a diferencia de Bokuto, hacía las preguntas correctas. Kuroo era un observador, quien por desgracia había decidido llamarlo «Tsukki» y eso anulaba cualquier punto positivo. Tsukishima no alcanzó a responderle a Kuroo que «no sabía nada» —porque no tenía interés de enseñarles— cuando Bokuto hizo una pregunta aún más extraña:
—¿Eres navegante, acaso?
—¿Navegante?
—Los navegantes saben leer el cielo.
Leer el cielo. Era una manera acertada de decirlo. Detrás de cada línea entre las estrellas hay historias tanto astrológicas como astronómicas, y al final, por una debilidad en su fuerza de voluntad, Tsukishima accedió a la petición de Bokuto de enseñarles a leer alguna constelación escrita en el firmamento.
Bokuto y Kuroo lo olvidarían enseguida. Y Akaashi, quien solo se dedicó a oír más que observar, la recordaría a través de los años. Todo gracias a Tukishima y sus pasatiempos heredados.
·
·
—Orión —musitó Akaashi al descender del autobús de la escuela.
La concentración de vóleibol terminó con una barbacoa y sin demasiados avances, a juicio de Akaashi. Era cierto que Fukurodani cosechó una oleada de victorias, y también era cierto que Karasuno —como dictaba la tradición—, quedó de último en el ranking. Pero ocurría, por vez histórica, que para Akaashi la concentración ya no iba solo de deporte. Si le preguntan, dirá que la adolescencia es una mierda. Le gustaría saltarse todas las etapas complicadas de la vida, y detenerse en la última. Ser un abuelo lleno de manchas hepáticas, acomplejado por el reuma y las cataratas, se le antojaba mil veces más fácil de sobrellevar que la explosión repentina —y tardía— de hormonas sangronas.
—¿Orión? —preguntó Onaga; venía justo detrás de Akaashi.
—Orión el cazador. Según la mitología griega, murió a causa del veneno de un escorpión, y para inmortalizarlo, los Dioses lo dejaron en el cielo como un puñado de estrellas —explicó repitiendo las palabras que alguna vez oyó decir a Tsukishima—. Acabo de recordar que aprendí su constelación por estas fechas.
—Orión —repitió Onaga—. Eso ocurre porque te juntas mucho con los de Karasuno. Se ha vuelto una especie de moda entre ellos esto de las estrellas.
Probablemente Onaga tenía razón.
Los entrenamientos con Tsukishima y el colectivo de cuervos y gatos no arrojaron muchas más luces que los espacios que dejaban sus corazonadas. Aquello le producía ansiedad; sentía que su rostro siempre monotemático se rasgaría en millones de expresiones desconocidas en el momento menos oportuno. Pero no ocurrió nada, no se cumplió ninguna corazonada. Volvía a casa luego de una semana agotadora, con Orión merodeando en sus pensamientos, y no había logrado aclarar nada.
O casi nada.
Pero Akaashi no se iba a enamorar primero, qué mierda.
Sin embargo, no dejaba de pensar en Orión.
Qué confusión. Quién pensaría que llegaría el día en que le haría falta Bokuto.
Se había comunicado con Bokuto, vía mensajería instantánea, el primer día de la concentración. Más que una conversación propiamente tal, se trató de un monólogo, escueto para tratarse de Bokuto, respecto al empleo de sustantivos corporales —por ejemplo, riñones, peroné y bilis pancreática— como adjetivos para describir a ciertas personas. Todo porque Bokuto le dijo a Konoha «¡Eres todo un diafragma de colega!» y Konoha no le respondió absolutamente nada. Bokuto se sintió decepcionado de Konoha, pero cuando lo comentó con Komi, este también se perdió en la analogía. Al final, luego de una encuesta inesperadamente exhaustiva, Bokuto se percató que nadie le seguía el hilo. No le quedó más que molestar a Akaashi para defender su postura.
Akaashi leyó la sarta de argumentos, impasible. Después de la perorata, Bokuto desapareció del mapa.
Akaashi volvió a aquella conversación en el camino a casa, tras despedirse de Onaga. Lleno de emoticonos y faltas de ortografía a postas, aun así, Bokuto seguía sorprendiéndole por esto o aquello. Que no se dijera que no era original en sus temas de conversación. A ratos Akaashi se preguntaba cómo sería la cabeza de Bokuto. ¿Llena de pensamientos rápidos e inconexos? Excepto cuando se enfadaba, o desanimaba, donde no hacía más que rumear una, y otra, y otra vez, los mismos defectuosos argumentos.
Bokuto…
Seis días sin saber de ese idiota y Akaashi ni se había enterado.
¿Cómo ocurrió?
Orión, Orión, Orión… así es como había ocurrido. Hashtag del día: NoMásAdolescencia, y muchas gracias.
Llegó a casa a las ocho de la noche. Apenas entró, se dio cuenta que el aire acondicionado seguía averiado. Era el colmo. Toda una semana de sudores para llegar a un horno por vivienda.
—Papá, por favor, llama a un técnico ya —se quejó durante la cena.
—No hay que llamar a nadie, Keiji. —El señor Akaashi era todo un ejemplo de optimismo—. Libraré la siguiente semana para ponerme al día con todos los pendientes domésticos. Entonces, viviremos como Dioses.
Akaashi observó a su madre en busca de apoyo.
—Aguanta una semana más —pidió ella.
A la mierda con la cordura doméstica. Su familia se confabulaba en su contra, ¡qué lindo es volver a casa! Luego de comer veloz, a Akaashi no le quedó más que subir a su habitación, abrir las ventanas de par en par, y encender el ventilador.
Sobre su escritorio descansaban sus libros de matemáticas. Todavía no entendía el tema de los polinomios. Ese y tantos temas más. Qué terrible. La llegada del verano solo le recordaba que los exámenes de acceso a universidades estaban cada vez más cerca, y que iba a fallar con todo.
No, claro que no iba a fallar. Joder con la maldita clarividencia. No iba a fallar en eso ahora que lo sabía y podía evitarlo. Así que se llevó el libraco de geometría, se acomodó en el alfeizar de la ventana abierta, ignoró a Orión, y se dispuso a leer con el ceño fruncido. Arrugar el ceño era la señal indiscutible de que estaba concentrado. Así que allí iba, a estudiar triángulos.
Tercer criterio: ángulo, lado, ángulo...
Akaashi se llevó el extremo del bolígrafo a los labios.
Ocurre que te juntas mucho con los de Karasuno, dijo Onaga. Y era cierto, pero hablar lo que se dice hablar, no mucho.
¿Qué hubiese ocurrido de estudiar en Karasuno? Akaashi se imaginó por un segundo compartiendo el almuerzo junto a Tanaka y Nishinoya. La sola idea lo extenuó por completo. De ser alumno de la preparatoria Karasuno, Akaashi seguro almorzaría con Ennoshita, Kinoshita, y el otro. No había podido aprenderse el nombre del otro chico de tercero. O quizá no. Quizá Akaashi almorzaría con otra gente.
¿Qué lugares habrán en Karasuno? ¿A dónde irán a pasar el rato? Ellos siempre dicen que allá donde viven es todo montañas y bosques y cultivos, pero debía de existir un lugar para, simplemente, pasar la tarde. ¿Cómo pasarán la tarde los muchachos de pueblos? Debía de ser la pregunta más capitalina y centralista que se había realizado en su vida.
Hace tiempo que no voy por Akiba [1]. Le gustaría un nuevo modelo de calculadora.
Pasado unos cuarenta minutos, Akaashi y su ceño fruncido se dieron cuenta que no estaban logrando su objetivo de estudiar triángulos. Y ahora que lo pensaba, ¿por qué estaba estudiando triángulos? Mientras desvariaba, el Akaashi que creía que estudiaba había avanzado dos páginas llena de dibujos de triángulos de las cuales no entendió nada. Tuvo que retroceder cuatro páginas, al principio de la unidad.
Congruencia de triángulos, rezaba el título. Y abajo, un post-it con su letra: «tarea para el verano #2: desarrollar en un cuadernillo todos los ejercicios de congruencia de triángulos de las páginas moradas. Entregar a Profesor Kawakami durante la 1ra semana de septiembre»
Debió haber aplicado a Nekoma. En la escuela metropolitana, los profesores no dejaban deberes de verano a los alumnos de tercer año. En Fukurodani los explotaban para exprimir la vitalidad. Una fábrica de zombis intelectuales como Dios y Buda mandan. Pero ocurría que Akaashi, no solo había entrado con beca deportiva a Fukurodani, sino, además, era agnóstico y Dios —o Buda— le traía sin cuidado.
Igual por eso es que su vida se asemejaba tanto a una venganza. Su desinterés en las religiones le pasaba factura y su desvarío llegaba a un nivel crítico; defcon 1. Jets de velocidad sónica sobrevuelan el monte Fuji. Acaba se surgir Godzilla de las aguas negras. Un tsunami arrasa con Japón. Cadáveres a la deriva. La marea roja.
Pero Geometría, congruencia de triángulos, veamos…
Puede resumirse que por más que Akaashi lo intentó, aquel no fue un estudio productivo. Akaashi terminó por quedarse dormido, y entre cabeceo y cabeceo, algo se le resbaló ventana abajo.
¡Bum!, sonó, en la oscuridad de la noche. El libraco de geometría cayó pesado sobre la barbacoa de obra. ¿Tres, cuatro metros? El reloj digital de la mesita de centro indicaba las 00:13 horas. Qué pereza, no más estudios en el alféizar. O bien, no más estudios hasta que arreglaran el puto aire acondicionado. Pero si dejaba el libro allí, amanecería húmedo debido al rocío. Akaashi cogió la linterna que guardaba en la mesita de noche; conociendo a su padre, seguramente la luz de la terraza seguía dañada.
Y seguía dañada.
La barbacoa, por su parte, no fue afectada por la geometría. La noche debió terminar con Akaashi recuperando su libraco, iluminando con la linterna los pasos que debía dar para volver a cama y retomar el estudio al día siguiente. Pero no fue así.
Antes de entrar a casa, Akaashi observó hacia el interior del pasaje. La última casa del pasaje correspondía a la casa de los Bokuto. La construcción era idéntica a la casa de Akaashi y al resto de las casas de la urbanización. No obstante, la casa de los Bokuto era admirada y contemplada por todos los vecinos, no por la casa en sí, sino por el gran damasco plantado en la entrada. Fue el único árbol que no taló la inmobiliaria, a saber por qué motivo, y había crecido grande y robusto, ocultando casi toda la fachada de la vivienda tras su gruesas ramas.
A Akaashi le gustaba observar aquella fortaleza de lignina y clorofila que se llenaba de frutitos anaranjados al iniciar el verano. Miles de frutitos redondos y pequeños. En primavera, sus ramas nudosas llenas de protuberancias se revestían de flores blancas que, a la mínima brisa, inundaban las calles con sus pétalos aromáticos. En otoño, las hojas que eran pequeñas y acorazonadas, se teñían de amarillo de un día para otro, y luego se caía también de un día para otro.
El único que no contemplaba aquel árbol era, de hecho, Bokuto, quien prefería usarlo de escalera. Akaashi volvió a revisar la hora en su celular al divisar el perfil de Bokuto ascender por las ramas del damasco, con sus pies desnudos. Las 00:20 no era una hora prudente de volver a casa. Bokuto forzó la ventana que daba a su habitación, penetró en la oscuridad de su dormitorio, y Akaashi recordó que llevaba seis días sin saber nada de Bokuto; y aunque seis días realmente no son nada, también lo son todo.
—Quizá tiene muchos deberes —intentó convencerse, cerrando la puerta de casa tras de sí.
Bokuto solía decirle a Akaashi, cada vez que el último se sentía perplejo frente al desorden temporal de sus recuerdos, que cada quien debía hallar la forma de lidiar contra sus propios demonios internos. Lo decía por experiencia. Quizá los demonios de Bokuto nunca serían tan raros como los de Akaashi, pero más peligrosos, todo el rato.
Akaashi decidió visitar a Bokuto al día siguiente, y llevarle alguna bolsa de chucherías de Akiba. Quizá se estaba preocupando por nada, pero lo mejor era no quedarse con la duda e ir descartando.
·
·
Terminado el entrenamiento de vóley, Akaashi abordó un autobús que lo acercara a Akihabara. Tokio puede llegar a ser muy grande, pensó con fastidio.
Nekoma no le caía particularmente mal. Jugar contra equipos como Nekoma, que no dejan nunca caer el balón al suelo, era un desafío que lo emocionaba, pero allí a tratar con los integrantes del colectivo de gatos era otra historia. De elegir, prefería lidiar con el espigado de Lev y con el bravucón de Yamamoto porque, entre otras cosas, eran personas simples como él, así que no había que esforzarse demasiado para entablar alguna clase de conversación fluida. O quizá se debía que toda una vida lidiando con Bokuto le había acondicionado para saber relacionarse con cierto tipo de personas.
Por eso no podía creer en su mala suerte el encontrarse allí en Akihabara, en su tienda favorita, con los taciturnos por definición real de Kozume y Fukunaga. Después de meditarlo con más calma, se dio cuenta que no debería sorprenderle tanto. Si alguien daba el perfil de vagar por las tiendas de Akiba, esos eran Kozume y Fukunaga.
Akaashi ni siquiera estaba seguro de haber escuchado a Fukunaga hablar alguna vez. Kozume hablaba solo cuando era necesario, y hablar con Akaashi no encabezaba su lista personal de prioridades, salvo para llevar a cabo sus trucos psicológicos durante los partidos. Kozume era una desgracia de ser humano.
Se preguntaba si acaso Kozume y Fukunaga hablarían entre ellos. Se le antojó una buena pregunta que plantearle a Bokuto, en caso que estuviese muy enojado/frustrado/desanimado con sus estudios. Sí, así lo haría. Y para no tener que lidiar con nadie, giró sobre sus talones y se dirigió a otra tienda. Prefería plantear preguntas que descubrirlas, el empirismo no formaba parte de su filosofía de vida.
Al cabo de una hora más o menos, volvía a los suburbios cargando consigo una gran bolsa llena chucherías de Akiba. Aún no oscurecía cuando golpeó la puerta de la casa de los Bokuto. Le abrió una de sus hermanas.
—Koutarou está leyendo —respondió ella, omitiendo cualquier fórmula de saludo—. Pidió que nadie lo interrumpiese.
Qué grosera —pensó Akaashi, un poco decepcionado. No obstante, dijo esto otro—: Venía a dejarle unos obsequios —Y sacó detrás suyo la bolsa de chucherías—. ¿Se lo podrías entregar tú? Dile que… no sé, que me llame cuando tenga tiempo.
La hermana recibió la bolsa que le tendía Akaashi. No lo meditó demasiado antes de devolverle las chucherías y negar con la cabeza.
—No. Mejor entrégaselo tú. Anda, sube. No se puede pasar todo el día estudiando.
—Gracias An.
Akaashi se sacó los zapatos y la hermana le entregó unas zapatillas para andar por casa que reservaban especialmente para Akaashi. Mientras subía las escaleras con ese calzado que no emitía ruidos, Akaashi intuyó el panorama que se le presentaría al abrir la puerta. Aquello fue una corazonada de las que tienen comúnmente las personas.
La habitación de Bokuto era, en teoría, idéntica a la de Akaashi: occidental, alfombrada y con cama. Los mismos metros cuadrados, el mismo techo flotante, las mismas molduras, y otra serie de elementos arquitectónicos que también eran idénticos entre casa y casa.
En los dormitorios es posible observar el carácter de quienes allí habitan, a menudo pensaba Akaashi. O en su defecto, la habitación de Bokuto lo hacía. Era un receptáculo caótico complejo de ser descrito. Más que una habitación, se trataba de una experiencia.
Las cuatro paredes, pintadas de distinto color cada una, estaban ya sucias, llenas de marcas de pegamento, chinches y clavos, y eso que las había pintado hace no más de seis meses, Akaashi le ayudó en ello. El alfeizar mostraba marcas de barro, y estaba lleno de hojas secas, de cáscaras de frutos, y envoltorios de gominolas. Las cortinas de patitos, que no combinaban con ninguno de los cuatro colores de las paredes, las habían amarrado con unos cordones viejos; y el visillo, lleno de remiendos y parches cocidos por el propio Bokuto, debería de estar en el tacho de la basura hace tiempo.
Dibujos de su hermana menor Rino habían pegados por todas partes, y seguramente las marcas de pegamento de las paredes se debían a que no se decidía dónde dejarlos. También habían fotografías de Fukurodani, del tiempo que a Bokuto le regalaron una Polaroid. Su afán por la fotografía no duró demasiado, y la Polaroid se escondía ahora en el cajón de los calzoncillos, o en el de las sudaderas. Y los calzoncillos y las sudaderas formaban una pila a los pies de la cama, por cierto, deshecha.
En el librero había de todo menos libros, y los libros podían hallarse bajo la cama, en el alfeizar embarrado, en los bolsillos de sus abrigos, en los cajones de la ropa, o en el suelo.
Los cajones de la ropa, rotulados por el mismo Bokuto, eran los únicos lugares donde no había prenda alguna. Esta podía hallarse en el tacho de la basura que nunca vaciaba, en los cajones del escritorio, en el librero, sobre y bajo la cama, pendiendo del riel de la cortina, o en la mesita de noche. Por lo general los calcetines acostumbraban a hallarse dentro de los libros, Bokuto nunca le ha explicado a Akaashi el motivo.
Lo único que se encontraba en su lugar, eran los abrigos colgados dentro del ropero. Y esto es así porque Bokuto en realidad no usa abrigos, así que nunca los ha tocado siquiera.
Miles de cachivaches en miles de partes. Cubos rubik jamás armados, seis balones de vóleibol de diversos colores y tamaños, un balón de básquetbol, siete rodilleras (deberían ser ocho, pero una se perdió quien sabe dónde), un bate de béisbol, DVDs piratas, mangas shonen, tarros de sopa de tomate, lentes de contraventana, medallas y diplomas que reconocían sus aptitudes deportivas, gomas para el cabello, sudaderas, desodorantes, una piánica de 32 teclas bautizada Saltamones, una pokebola, un melón, dos sandías en descomposición, naipes mordidos, lápices y agendas, y un sinfín de objetos, viejos o nuevos, en buen o en mal estado, todos reunidos en un estado de caos cuántico sobre el alfombrado.
Y allí en la basugre de su dormitorio [2], Bokuto se encogía sobre el escritorio, y ajeno a todo, refunfuñaba, leía, y anotaba sus ideas con una crayola roja en un pedazo de papel de roneo.
—Esto es ya mal de Diógenes —refunfuñó Akaashi recogiendo del suelo un madero y tratando de no pisar nada.
—¡Akaashi!
—¿Cómo puedes estudiar en estas condiciones? Esto no es sano.
—Estoy leyendo, no me puedo distraer.
Akaashi dejó el madero al lado de la ventana y se apoyó en él. Bokuto usaba unas gafas sin cristales, y había una marca roja en una de sus mejillas, allí donde se había apoyado con la mano. Estudiar nunca le sentó bien a Bokuto. Su cabello perdía fuerza y se enredaba, formando muñones. Se veía mal, y las gafas solo aumentaban su cara de ave chiflada.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó Akaashi, escondiendo la bolsa tras su espalda.
—¡Cómo dices! No, qué va. Lo siento, los modales… intenta sentarte en algún lado —Akaashi con cuidado, se hizo un hueco en la cama—. Pero mira, Akaashi, cuando te matricules en la universidad, hazlo en la carrera correcta.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Justo eso. Cuando te matricules, asegúrate que es la carrera correcta.
Aquello fue como recibir una bomba. Así que Bokuto estaba preocupado por algo. Y sobre universidades. Akaashi no manejaba ninguna clase de consejo porque lo universitario era un tema que se le escapaba. Geh... Pero Bokuto estaba allí, necesitando un comentario.
—No te abrumes precipitadamente —dijo Akaashi tratando de sonar capacitado—. Al principio puede que lo que estudias no cumpla las expectativas, pero eso es porque los ramos interesantes aparecen al final de la carrera. Al principio e todo plan común y tal...
Sí, eso de «plan común» lo había oído en una de esas charlas vocacionales que dictaba la oficina de orientación académica. Tenía algunos conocimientos después de todo. Akaashi podía solucionarlo.
Pero Bokuto no parecía para nada satisfecho.
—¡No se trata de eso! ¡Akaashi no! ¡Por qué todos piensan que se trata de eso! ¡Claro que lo sé!
—Entonces de qué se trata.
Bokuto saltó sobre Akaashi, aferrándose con fuerza a sus hombros. Se había desquiciado por completo.
—¡Akaashi!
—¡Qué! ¡Dime qué!
—¡Akaashi! —repitió una vez más—. ¡Me confundí de nombre Akaashi! ¡Arqueología no es lo mismo que Antropología!
—Qué quieres decir con eso.
—¡Justo lo que acabo de decir!
Akaashi no podía creerlo. Solo Bokuto era lo suficientemente estúpido para matricularse en la carrera equivocada. El año anterior se la pasó gritándole a los vientos que sería el próximo Indiana Jones de Japón. Pero erró en el nombre al momento de la matrícula, inscribiéndose en algo que no tenía idea de qué iba. Akaashi no estaba seguro de cómo podría arreglar esto.
—Pero antropología y arqueología no deben ser tan diferentes ¿no?
—Es que no es cualquier Antropología, Akaashi —continuó Bokuto agarrándose el cabello—. Antropología Filosófica, ¿qué mierda es eso? ¿por qué existe una mierda con ese nombre? Leo filósofos todo el puto día y lo odio. Aristóteles está como un león que tragó agua salada y usa una cáscara de melón como escudo para batallar contra las gacelas.
—¿Qué dices?
—¡No sé! ¡Ya no sé qué leo! ¡Ya no sé qué hablo!
—Bokuto-san, cálmate.
Akaashi apartó las manos de Bokuto que le destrozaban los hombros, y al hacerlo, una ola de angustia azotó su cuerpo contra un roquerío. Al igual que una descarga eléctrica, Akaashi soltó inmediatamente las muñecas de su amigo, asustado de las cicatrices que no existían pero que Akaashi había percibido en las muñecas de Bokuto.
—¿Akaashi?
—No es tan terrible —continuó Akaashi recuperando el aplomo a medias—. Siempre puedes cambiar de carrera, así que no importa demasiado si te has equivocado. Investiga eso, como cambiar de carrera.
—Te has puesto blanco, Akaashi.
—¿Ah, sí? Te traje unos dulces de Akiba, hoy fui a Akiba —Akaashi le entregó la bolsa. Comenzaba a hablar cada vez más rápido pero no podía evitarlo—. ¿Te acuerdas cuando íbamos juntos a comprar cartas de esos juegos de estrategias?
—Las debo haber perdido todas ya.
—Yo tengo las mías intactas. ¿Sabes a quienes vi en Akiba? —y le contó a quienes vio. Bokuto parpadeó perplejo.
—No conozco a nadie de nombre Kozume, o Fukunaga.
—Kozume es Kenma. Y Fukunaga… bueno, en realidad no sé describir a Fukunaga.
—Gracias Akaashi.
Akaashi le recomendó, con un tono que se asemejaba más a una orden, que siguiera estudiando sus cosas aristotélicas mientras él aprovechaba y le ordenaba un poco la habitación. Que ambos sabían sería un orden que duraría dos días, pero Akaashi no se podía ir a casa sabiendo el estado de aquel cuarto que poseía los mismos elementos arquitectónicos que el suyo.
Ya casi era la hora de cenar cuando terminó de asear lo mejor que pudo. Había muchos cachureos que Bokuto podría donar, reciclar, o botar, pero esa decisión no le correspondía a Akaashi, así que intentó de buscarle un lugar a todo,excepto a las sandías en descomposición, que las llevó al contenedor de desechos orgáncios por cuenta propia. No se percató en qué minuto Bokuto se quedó dormido sobre sus libros. Se veía en paz, despojado de su rostro de lunático. Otro día vendría Akaashi exclusivamente a ordenarle el escritorio.
Otro día vendría, sí... y le contaría todo lo que ocurrió —o lo que no ocurrió—, en la concentración de vóleibol. Le gustaría saber su opinión.
Pero de momento, que siguiera durmiendo. Incapaz de resistirse, buscó un post-it en donde dejarle una nota, a modo de despedida.
«Spoilers: te va a encantar Aristóteles, no dejarás de hablar de él»
Y se preguntó si acaso sería prudente que le dijera más cosas, o si mejor se guardaba para sí lo de las cicatrices y la ola de angustia que transportaban esas marcas consigo.
—Antropología Filosófica, qué mierda —murmuró antes de negar con la cabeza y dejar la habitación.
·
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Los días que siguieron Akaashi no volvió a saber de Bokuto. Lo veía todas las mañanas atravesar el pasaje con dirección a la universidad, con la correa de la bandolera de lona cruzada al pecho. Tenía entendido que las prácticas de vóleibol en la universidad de Bokuto se desarrollaban por la tarde. Por iniciar algún tipo de conversación, le preguntó sobre aquel cambio de horario vía mensajería. La respuesta que obtuvo fue devastadoramente corta.
[06:00] Bokuto: En vacaciones tenemos otro horario.
Se estaba desquiciando. Akaashi también practicaba en la mañana durante el período vacacional. Entre el entrenamiento, sus labores adicionales como capitán, el estudiar para los exámenes universitarios, y la constelación de Orión que rondaba sus pensamientos, Akaashi no había podido visitar nuevamente a Bokuto.
Pensaba quizá mucho en Orión. En Tsukishima. Se detenía a la mitad de la redacción de un informe, y comenzaba a boquear en el aire. Quería saber más. Quería saberlo todo. Y no podía. Entonces, mientras divagaba, reparaba en que tampoco sabía de Bokuto y aquello lo hacía sentirse un mal amigo.
El día que logró organizarse y hacer un espacio en su agenda, la señora Bokuto le informó que Koutarou aún no llegaba a casa. Quizá más tarde. O ni eso. Últimamente pasaba más tiempo con Kuroo que con ellos. Esto ocurrió a mediados de agosto.
—Entréguele esto de mi parte, por favor —Akaashi dejó en manos de la señora Bokuto un pack de seis latas de coca-cola.
No había razón para que le escocieran los ojos. Sentía que algo venenoso se estaba gestando en Bokuto y aquella sensación no le gustaba. Estuvo vigilando el damasco de Bokuto varias horas. Cuando ya hubo oscurecido, se tragó el orgullo y le escribió a Kuroo.
[22:10] Akaashi: ¿Bokuto-san está contigo?
[22:15] Kuroo: Se fue hace media hora.
[22:15] Kuroo: ¿Por qué?
[22:16] Kuroo: ¿Hay problemas?
Akaashi se debatió en contestar. No tenía tanta confianza con Kuroo, era un sujeto complicado. Además, Kuroo no estaba relacionado con el concepto de corazonada que manejaban él y Bokuto. Así que, ¿cómo decírselo? Las aclaraciones resultaban complicadas. Mientras vacilaba, fue Kuroo quien siguió escribiendo.
[22:22] Kuroo: Creo que discutimos.
[22:23] Kuroo: No lo sé, se marchó disgustado.
[22:23] Kuroo: ¿Puedes hablar con él?
[22:23] Kuroo: No me coge el teléfono.
Creo que discutimos. A Akaashi aquello no le hizo gracia. Pero se mordió el dedo y se guardó el comentario. Sacó su nueva calculadora comprada en Akiba, y estimó que Bokuto debería llegar alrededor de las veintitrés horas, más o menos.
La corazonada oscura, el recuerdo nebuloso que era más sentimiento que imágenes concretas, le tensaba la garganta. Orión, Orión, Orión. Le gustaría poder compartir sus asuntos con alguien. De pronto, por primera vez en su vida, deseó tener una persona a quien abrazar y hablar al oído. Un rostro que anhelar encontrar en medio de la multitud de un miércoles desastroso. Un cabello que acariciar y unos dedos que entrelazar. Recibir calor, y que se sintiera natural.
Quería vivir todo eso.
A eso de las veintitrés, los faroles iluminaron el andar pesado de Bokuto. Luego de titubear frente a la puerta, Bokuto trepó el damasco y entró por la ventana, dejado sus zapatillas amarillas sobre el alfeizar embarrado de su ventana.
A Akaashi le bastó con saber que Bokuto hubo llegado a casa.
Luego de eso, se metió a la cama pensando en todo aquello que quería sentir y palpar en sus yemas rosadas. Orión, Orión. Cuando Tsukishima leía las estrellas, sus ojos tan dorados como sus cabellos, se confundían con los demás astros de la vía láctea. Akaashi quería sentir esas estrellas sobre sus propios ojos, ojos oscuros como agujeros negros.
No fue una mala noche del todo.
Pero no se iba a enamorar primero.
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Entonces, cuando Akaashi se proponía seriamente hablar con An para saber algo de Bokuto, Bokuto en persona se trepó hasta la ventana de Akaashi, con su sonrisa radiante y su mirada de pájaro loco, el último domingo de vacaciones. Traía consigo una bolsa de papel llena de damascos sobremaduros.
—¿Alguna vez utilizarás puertas? —le reprochó Akaashi dejando su libraco de geometría a un lado. Se sentía aliviado de verlo—. ¿Cómo subiste?
—Le robé la escalera al vecino —Bokuto se quitó las zapatillas y las arrojó por la ventana—. Tenías razón, Akaashi. Aristóteles es genial. Lástima que se estancara con las paradojas de Zenon, es el único defecto que le veo.
—Ah, Zenon… —como si supiera de qué le hablaba—. ¿Por qué has venido?
—Mi vieja dijo que me hiciste una visita cuando no estaba. Gracias por las coca-cola, por cierto. Te he traído esto —y le entregó la bolsa de papel con los damascos—. Están faltos de azúcar, ¿por qué será? No es como si le echáramos químicos al árbol o cosas. O quizá sea justamente por eso. ¿Qué piensas?
—No sé de árboles. Y las gaseosas te las llevé hace más de una semana. Tampoco has respondido ninguno de los mensajes que te he escrito.
—Tampoco ¿eh? Tampoco, tan poco, tampo coco —y se carcajeó un buen rato de su humor incoherente. A Akaashi comenzó a calentársele la sangre—. Qué quieres que te diga, Akaashi. No te enfades, he estado ocupado, eso es todo.
—¿Seguro que eso es todo? Kuroo-san me ha dicho que han discutido. ¿Es cierto?
Bokuto se paseó por la habitación de Akaashi; abrió el ropero. Le gustaba revisar su ropa cada cierto tiempo. Aquel día, Bokuto vestía unos tejanos que le llegaban hasta las rodillas, y una camiseta sin mangas, color amarillo. La mayoría de las prendas de Bokuto eran amarillas. Akaashi no tenía un guardarropas definido aún. Básicamente, sus prendas eran todas regalos de familiares.
—Kuroo y yo siempre discutimos, no tiene mayor importancia.
—¿Seguro no la tiene?
—¿Cómo te fue en la concentración? —Bokuto comenzó a registrar los cajones de Akaashi. Akaashi soltó un suspiro.
—Fue bien, supongo. Normal.
—¿Normal?
—Como todos los días, podría decirse.
—Qué pasó con las corazonadas sobre Tsukki. ¿Cómo están él y Hinata?
Akaashi, quien había anhelado poder contarle todo lo ocurrido, no supo encontrar las palabras adecuadas. De pronto se le hizo todo muy vergonzoso. Quería aprender telepatía. No, quería que Bokuto, ahora que sabía que estaba bien y tal, se marchara por donde había llegado.
—¡Jajá! ¡Akaashi estás todo rojo! Qué, qué, qué. Dime qué ha pasado.
Bokuto saltó sobre el escritorio y se sentó allí, pasando a llevar los cuadernillos y libros de Akaashi. Okay, tendría que empezar su tarea de geometría de nuevo. Pero eso luego. Bien, se lo contaría todo. Que lo tragara la tierra, se lo contaría todo de todo, con spoilers incluído.
Quizá Bokuto no era esa persona a quien anhelaba abrazar y divisar entre medio de una multitud de un día miércoles. Pero que no se dijera que no lo quería, y que no le gustaba pasar tiempo con él. Hablar por hablar. Cosas así. Aunque, por seguridad, mejor que nunca nadie lo supiera.
Bokuto no dejó ni de comer damascos, ni de reír, ni de ridiculizar a Akaashi cada vez que se le presentó la ocasión.
—Te vas a enamorar de los primeros —le dijo—. Lo siento, será así como digo. Es como lo que te pasó con An.
—¿Ah?
—An. An, mi hermana. Te enamoraste de An cuando te empecé a molestar con ella.
—¡No es cierto!
—¡Sí lo es! ¡Sabes que lo es!
—Tenía ocho años solo, no cuenta.
—Tenías nueve. An ocho. Y yo diez.
—Ocho, nueve, realmente no hay dife… y no importa eso ahora. ¿Qué? ¿Por qué te ries?
—Nada. Me gusta molestarte, eso es todo. Entonces era como pensaba.
—¿Qué pensabas?
—Que te gustaba. Tsukki. No había querido decir nada, como te enamoras cuando te dicen que te enamores…
—Que no soy así. En realidad no siento nada por él. Al menos ahora.
—Ahora. A hora. Aho rara. ¡Ja! ¡Ja!
Y así las horas pasaron.
Al atardecer, Bokuto saltó por la ventana de Akaashi, arrastrando consigo la escalera del vecino.
Mientras se alejaba, su rostro antes alegre, de pronto se ensombrecía.
[1] Akihabara o Akiba: distrito de tokio famoso por sus productos electrónicos, pero especialmente por su merchandasing otaku
[2] Basugre: basura y mugre. Neologismo acuñado por Phillip K. Dick en su novela Do Androids Dream of Electric Sheep? Se refiere al conjunto de objetos inútiles en una habitación
Eh… este capítulo lo tenía escrito hace mucho en mi cuaderno, pero fufu… lo siento. No sé, me daba pánico publicarlo. Quizá algunos lectores, contaminados con los dotes clarividentes de Akaashi, hayan descubierto ciertos paralelismos. Como dije arriba, ¿coincidencia? No lo creo. Pero mejor no hablemos de ello. Aguante Boku-chan.
Gracias por sus rw, favs, y follows. Espero poder retomar el ritmo de publicación que llevaba antes, pero como todas mis promesas, esta también es bastante floja.
