INUYASHA NI NINGUNO DE SUS PERSONAJES ME PERTENECE. HAGO ESTO SIN FINES DE LUCRO.

ESTE CAPÍTULO VA DEDICADO A TODAS, POR SU APOYO, SU CONSTANCIA, Y SUS PALABRAS DE ALIENTO… MUCHAS MUCHAS MUCHAS GRACIAS POR LEER:

Lucy

Sesshy Yasha

Flor Haunted

Espero Kiu Lumi

Jesybert

Corsaria

Evechan

Kaoruchan

Mar09

Ardwen—san

WellCony

Fallenangel

Johanna—makygirly

Katherine Linarez

Emihiromi

Cuando la imagen de Sesshomaru Taisho es destruida por una horrible calumnia, jamás imaginó que la idea de su hermano lo llevaría a vivir con Lin Susuhara. Ahora el destino lo obligaba a sacarla de un abismo y construir sobre una vida llena de heridas. ¿Podría encontrar los trozos del corazón de su pequeña pesadilla sin empeñar el suyo propio en el intento?

AMPLITUD

CLAUDIA GAZZIERO

CAPÍTULO X

CONCORDIA.

Nunca vas a salir de aquí. —Sentenció con la voz más viril que no imaginó tener, remarcando notoriamente la primera palabra, y con la determinación contraria a sus decisiones. Lin solo pudo ver como él la escrutaba, y entonces supo que Sesshomaru Taisho representaba todas sus pesadillas, cada uno de sus sueños frustrados… y su más dolorosa prisión.

Se quedó estática en su lugar, sin saber qué más hacer, y pidiendo a gritos al cielo que la dejase ser feliz. Quería irse. Él la dañaba. Insistía en recordarle cuan miserable podía llegar a ser, y le restregaba en la cara las diferencias que habían entre sus vidas.

—Déjame ir… —Rogó con voz disipable. No hacía falta suplicar. Él no podía no entender. Su rostro contraído, el tiritar de sus labios y el pulso acelerado delataban su desesperación. Apretó en sus manos la mochila, determinando nuevamente que esa noche saldría de ahí para no volver jamás.

Lo observó a el. Era el hombre más solitario que había visto en su vida… El más perturbado, y el único del que había esperado algo bueno. Su corazón golpeó dentro de su cuerpo cuando vio cómo la analizaba: Su cara dilatada y con las palabras en la boca. Brillante… ¿Dónde estaba la arrogancia? ¿Dónde estaba el odio? ¿Dónde estaba la ira? ¿Qué era lo que quería decir? ¿Por qué no podía entenderlo?

Aquella máscara de luz que lo iluminaba no era la del fuego que bailaba en aquella cocina, ni la que entraba desde el ventanal que daba al balcón y que le brindaba la apariencia de un ángel, era extraña... De repente, se descubrió atrapada en la mirada de ese hombre, y ésta le derritió el corazón con calidez capaz de esparcirse por todo su cuerpo y llegar a los lugares más recónditos.

Bajó la mirada arrepentida. No podía darse el lujo olvidar por qué estaba en esa situación: En la puerta, a un segundo de comenzar con su vida y gritar por las calles que era libre y alguien nuevo.

Sesshomaru soltó la fuerza de sus manos y Lin notó que podía girar la manija fácilmente. Lo escudriñó por última vez. Escondió la mirada. Era la hora de marchar. ¿La bestia había cedido? Esa bestia embriagadora y hermosa la estaba liberando. ¿Por qué no estaba feliz? ¿Por qué sus pies no corrían fuera del lugar? ¿Por qué no podía levantar el rostro y verlo nuevamente?

Era el momento. Abrió la puerta y con el paso más lento e inconsciente que pudo caminó hasta el ascensor sin mirar atrás. Estaba yéndose. ¿Dónde estaba la alegría, Dios Santo? Caminaba por un pasillo oscuro sin saber si había luz al final de el, pero que prometía que, con trabajo y esfuerzo esta se asomaría algún día. ¿Y si nunca lo hacía? Por alguna extraña razón el éxito solía evitarla.

Dudó. ¡Es que iba a arrepentirse sin siquiera irse! ¿Había olvidado las humillaciones del señor Taisho? Se preguntó irónicamente. Reflexionó. No eran tan graves… Él no la conocía. El se equivocaba por que no sabía nada de ella. ¡No! ¿Qué hacía? Él era el malo de la película. Era el villano del cuento. Era el antagonista más hermoso que había visto nunca en un film.

Se detuvo frente al lugar que la llevaría al primer piso y luego lejos. Presionó el botón para llamar el elevador. Piso tres, cuatro, cinco, seis, subía por ella… La pantalla anunció con letras rojas que estaba en el mismo nivel que ella. La había encontrado. Las puertas se abrieron de par en par invitándola a entrar. Sus pies no se movieron. Los segundos marcaron ruidosamente que el tiempo seguía allí, y la puerta comenzó a cerrarse sin ella adentro.

¡No podía irse y dejarla¡ No había tiempo de flaquear. No después de haber llegado tan lejos. Detuvo el cierre con una pierna y estas volvieron a abrirse. Comenzó a andar.

—Lo siento. —Escuchó detrás de ella. El tono macizo que le hablaba solo podía ser de una persona: Sesshomaru Taisho. Él… ¿Estaba disculpándose? Se detuvo. ¿Qué pasaba? No era la voz calculadora que solía expresar. Era sincera…cálida, rítmica, acompasada. Como los latidos que casi creyó oír nuevamente. Él estaba presente, el que la tranquilizaba en el dolor, el que borraba la amargura. Estaba ahí mientras ella se iba. Quería estar con el. Con el Sesshomaru que hablaba metáforas y sinfonías dulces, con el que tapaba el Sol con un dedo, sin desequilibrar nada… Con el que había conocido la paz.

Y el ascensor se fue definitivamente. Permitió que siguiera su camino buscando personas. Traicionó al destino. Bajó el rostro. Qué desgracia… ¿Qué estaba haciendo? Sabía el precio de su actuar, ya podía ver una vida de arrepentimientos… Había sido débil una vez más. Aún así, nunca había sentido tanto placer al serlo. Había perdido contra la voz más magnifica que había en el mundo. Caminó de regreso sin mirar si el estaba en el umbral. No había nada que perdonar. No había rencor ni odio… No había nada malo en los brazos fuertes que la rodearon desesperados cuando entró de nuevo a ese lugar que parecía mucho menos frío y más esperanzador que nunca. Y creyó oír la música de nuevo, la que entonaba cantos alegres entre tanta melancolía.

Aquella mano que agarraba su nuca y la apegaba al pecho palpitante no era un signo de rencor. Era el acto más hermoso que alguien le había demostrado jamás. Había cedido: se moría por conocerlo, saber qué era lo que pensaba, abrir todas esas puertas, y vencer aquellas tormentas…

Y la abrazaba fuerte. Tanto que no había espacio para huir. Y aprisionaba su cuerpo. Cobijaba su dolor. La protegía… Y respiraba contra ella. Suspiraba de alegría, de alivio. Y la plenitud explotaba en su pecho, y se salía por todo su cuerpo en forma de calidez. ¿Qué era ese sentimiento desconocido que abrigaba su corazón? ¡Era tan delicioso…!

—Perdóname. —Exclamó, desesperado por saberse sin culpa. Sesshomaru Taisho la estaba amparando. Y en ese hecho no había nada lúgubre. No había segundas intenciones. ¡Y pensar que casi había cometido el error de su vida! ¿Cómo había deseado irse si estaba con el? Escondió la cabeza en su pecho con una sonrisa plena. Si, se permitió sonreír, e imploró al cielo que no fuese etérea. Quería seguir haciéndolo para siempre.

—Claro que si… —Balbuceó. —Claro que si. —Repitió. ¿Dónde se había visto que esa alegría pudiese existir? Deseaba gritar, girar con el viento, y saltar por el mundo. Pero en ese mundo. En el mundo donde él la quería. Donde el la abrazaba y secaba cada una de sus lágrimas, curaba sus heridas, que habían cicatrizado casi con un simple abrazo. Y lloró al fin, como tantas otras veces. Pero el agua que derramó no fue de pesar. Era el agua más limpia y brillante que había salido de ella. Era la primera gota que derramaba de felicidad. Y era sincera.

Los segundos pasaron, y para Sesshomaru eran efímeros. No alcanzaban. ¡Dios Santo! Estaba con ella. Y no había miedos ni culpas que lo perseguían. Le habían dado su tiempo. Se habían ido con el viento, con la lluvia que ella liberaba de sus ojos atormentados. ¿Cómo había deseado que se fuera? No podía estar sola nunca. Era tan pequeña, tan inocente, y había sufrido tanto… aún más que el. Pero se habían encontrado. No volverían a separarse.

Un corazón roto se cura más rápido cerca de otro igual. Tal vez, algo la había puesto en su camino. El destino los había unido con un fin. Ya no podía renegar más de el. Menos ahora, que ya no tenía voluntad. No existía nada. Era una marioneta de la vida. Le causaba una sensación abrumadora estar con ella. Se le inflaba el pecho. Se desbordaba de cariño que había salido de la nada. Y todo lo provocaba la chiquilla, rió con amargura.

Sería un egoísta. ¿Olvidaba que siempre fallaba? Si, lo hacía. La vida le estaba dando la revancha. La oportunidad de reparar todo y limpiar su mente, su corazón y su pasado. El momento para comenzar de nuevo había llegado. Lo pasado, debía quedarse así… atrás. Ahora tenía una razón para cambiarlo todo, y estaba ahí. Cerca suyo. Podía verla, tocarla, olerla. Era de carne y hueso. Estaba viva.

—Yo… —Gimoteó Lin. ¿Siempre tenía que ponerse a llorar en todas partes? Limpió el agua de su cara con el dorso de la mano. No sabía si Sesshomaru estaba fingiendo, si todo era real, si quería en verdad que se quedase… si era honesto. Pero él tendría que atenerse a su decisión: Se quedaría, aunque el no lo quisiera en verdad. No dejaría aquel encuentro conciliador ni por todo el oro del mundo... aunque se tratase de una ruda ilusión.

—No hables… —La tranquilizó. —No volveré a… a… —Balbuceó patidifuso. Había sido tan cruel. ¡Inhumano! ¡Un desgraciado! Había metido el pie en la llaga tantas veces. Lo había presionado férreamente dejándolo sangrar. La había tratado de ramera, de caza fortunas, de inmoral. De un centenar de cosas que jamás había sido. ¿En qué clase de persona se había convertido en su egolatría… en su eterna autocompasión egoísta?

En su mundo solo había existido el, rodeado de fantasmas del pasado que salían a asustarlo por las noches. Había estado tan concentrado en su dolor, que el de los otros había pasado frente a su nariz, y para ocultarse había tomado una autodefensa innecesaria. Era el canalla que ella decía. El peor de todos, aún así, era el más decidido a cambiarlo. En la vida de Lin solo se verían risas. —Lo prometo… —Juró.

—¿Hmm? —¿Qué prometía? ¡Qué más tenía que conocer de el! ¡Era bueno! ¡Bueno! La tempestad había pasado, y ahora el cielo se limpiaba mostrándole su verdadero rostro.

—Nada… —No lo confesó. Ella no tenía que darse cuenta de su culpa. Eso sólo traería desgracia. Ella merecía ser feliz. Los espectros podían atormentarlo, pero los mantendría ajenos a ella. —Vamos a ver tu habitación. Anda, ven. —Se separó y le tendió la mano.

Había comenzado. Su futuro mostraba esbozos hermosos que la hacían ansiar más de aquello. Con las lágrimas secas y una renovada sonrisa que desbordaba el interior de su corazón, tomó de la mano que la invitaba y lo siguió cuando este empezó a andar. Su ancha espalda ahora estaba mucho más cerca. Ya no era tan infranqueable como antes. Ahora era una puerta, y la llave tal vez, se materializaba en su mano, la que tenía unida a la de el.

—Ten. —Sesshomaru le dio una cobija que sacó de un armario fuera de la pieza, y entró. Lin lo siguió y él encendió la luz que se derramó por todo el lugar. Ahora parecía tener muchos más colores, era más pequeña y las cosas no eran tan intocables. Era menos impersonal, y ella pertenecía más.

Ayudó a Sesshomaru a tender la cama vacía sin decir palabra alguna. No había nada que hablar. Él se movía con caminar grácil, elegante, y educado, poniendo todo en su lugar. Si abría la boca tal vez desapareciese como un espejismo en el desierto.

Todo era tan extraño. ¿En qué momento había cambiado abruptamente? En un segundo todo prometía oscuridad y sufrimiento en las calles frías y solas de la ciudad, donde los recuerdos tormentosos la tenían como lugar favorito de sus rondas. Y en el otro, Sesshomaru, el gélido monstruo que la hería con sus palabras y actitudes malévolas, armaba su cama, como si fuese su corazón quebrantado. Recogiendo cada parte y poniéndola en su lugar, para que ella pudiese calentarse en la noche y aspirar a un mañana. La suerte estaba de su lado, y si no estuviera viéndolo, con la tenue luz de la lámpara, habría jurado que era un sueño precioso del que no quería despertar aunque se la llevara al otro mundo. Prefería morir feliz en la ilusión de esa cercanía íntima con el hombre que la había salvado, que vivir sabiendo que era una mentira.

Sesshomaru terminó, y vio como ella se había ido. Su rostro apacible estaba en otro mundo. Estaba soñando despierta. ¿Con el? No, ya habría tiempo para reparar todo el daño. Tal vez estaba invocando futuros momentos. Deseo que ella pudiese sentir lo que él sentía en ese momento. Era tristemente inexplicable.

—Duerme ¿si? —Le pidió. Lin reaccionó. Lo miró como si no lo hubiera visto nunca. Claramente y sin malentendidos. Asintió con la cabeza suavemente. El respondió con una mirada en silencio y comenzó a irse, para darle espacio al dormir. Lin no se metió en la cama. —Que pases buena noche. —Y desapareció en el umbral.

—Señor Sesshomaru… —Lo llamó sin saber cómo tratarlo, él se detuvo contrariado. ¿Señor? Se volteó. —Gracias… Muchas gracias. —Manifestó con un nudo en la garganta. No quería que se fuese nunca. Sin el todo estaba tan vacío. Y ella estaba tan sola.

—No tienes por qué. —Aclaró, con la vista puesta fuera de la habitación, mirando el enorme ventanal que dejaba entrar el agua de la tormenta que ahora era exterior a el, pero que se entrometía en su casa. Esa era la última ventana abierta a la tempestad.

—Tengo… Claro que si. —Respondió. ¿Querer estar con ella no era un motivo suficiente? Sesshomaru no emitió movimiento alguno, y Lin no supo si decírselo. Se decidió. No debía haber secretos. No importaba si en un futuro él no correspondía, él era lo único que tenía y élla se había anclado para nunca dejarlo. Si no la quería, no importaba. Ella lo apreciaba por los dos. —Por salvarme… —Confesó.

¿De qué? ¿De quién? Quiso preguntar, pero Lin entendió su duda y se le anticipó con tristeza. —…De mi misma.

¡Qué irónica era la vida! ¿Quién estaba salvando a quién? Él la ataba a su decadente vida sin importarle cuán dañada pudiese resultar. Él había sido un monstruo, y dañaba todo a su alrededor. Si fallaba en su misión… Uno o los dos, serían afectados para siempre. Él no la había salvado… La había llevado al abismo donde vivía la bestia. Si el caía, se la llevaría consigo hasta el fondo.

Egoísmo puro…

—Duerme… —Pidió, para luego cerrar la puerta y marcharse a su habitación. Fuera lo que fuese, ella no lo comprendía. La batalla contra si mismo había comenzado. Y por Dios, que deseaba la victoria.

Aquella noche Lin durmió sin pesadilla alguna, y el azul del cielo se extendió en sus sueños mostrando parajes maravillosos que traían consigo un revuelo celestial. Por primera vez en años, no había hombres de rostro oscuro, gritos desesperados. No había nada roto. Todo se desbordaba de plateado brillante, la luz era de color ámbar, y el canto de las aves tenía voz de hombre. Sesshomaru ocupó su mente, y sus palabras se albergaron en su pecho, grabadas a fuego en su memoria. "Estoy aquí" Ya no era solo ella y nadie más. Él estaba en la habitación de al lado. Cerca y accesible. Estaría ahí toda la noche. También la siguiente, y la siguiente...

—.

—Me alegra que hayas acudido… pensé que no lo harías y ya estaba por irme. La puntualidad es algo que debes mejorar, a las mujeres no nos gusta que nos hagan esperar. —Tomó su copa de brandy y la llevó hasta sus labios.

—Deberías agradecer que esté aquí, y más aún, para hablar de un tema tan olvidado para mi como lo es Lin Susuhara. —La indiferencia y sus palabras congelaron el mensaje.

Mejor así, pensó ella, sin sentimiento de por medio todo resultaba siempre mucho más fácil. —Kohaku Ishida… —No sabes lo que me alegra que estés diciendo eso. —Exageró la mujer.

Kohaku, exasperado cortó el show. —Dime de una vez qué es lo que quieres… no tengo todo el día, ni menos para escuchar boberías de mama.

Ana sonrió. No era una bobería de mamá. Era muy importante, el futuro de ambas estaba en juego, y ella saldría victoriosa. —¿Terminaste tu relación con Lin, verdad? —Husmeó.

Kohaku se sorprendió, abrió sus ojos para analizar cuáles eran las intenciones de aquella dama, pero no encontró nada, además de lo obvio: ambición. En su mirada solo cabía una cosa… amor por el dinero. No estaba ahí para salvar a Lin, de todas formas. Se había equivocado en aceptar, esa mujer lo había involucrado nuevamente con ella. —Si.

La mujer le dedicó una sonrisa lasciva. —Es una lástima… —Fingió estar destrozada. —Yo quería que todo en la vida de mi hija, después de mi, fuese perfecto, y ahora me entero que la has dejado.

—A mi no me engañas, mujer. Dime que quieres de una vez. —Se burló de su intento. Ella rió irónicamente también.

—Nada…

—¿Nada? ¿De qué me ves cara? No soy tan estúpido. —Murmuró el chico aséptico.

—Es verdad, tendrás que quedarte con eso… No quiero nada por ahora. Digamos que estoy… conociendo las piezas del tablero, para saber qué esperar de ellas. —Manifestó como si fuese lo más normal del mundo.

—Y para saber cómo jugar. —Definió el.

Ella mofó. —Era cierto, no eres tan idiota.

—No me subestimes, mujer. Yo también se jugar. —Parloteó.

—Eso ya lo se… ¿Crees que compré tu actuación? "Oh Lin… Te amo" He visto mucho de esta vida. Somos iguales.

—No me compares contigo, todo tiene un límite. —Puntualizó. El no le haría lo que ella ni a Lin ni a nadie. Después de todo, si la había amado alguna vez, solo que estaba harto de todo. Su dramatización de los hechos no lo conmovió.

—No es necesario que peleemos. Escucha… aún no he decidido cómo actuar. ¿Por qué no te tranquilizas y me cuentas más sobre ella? —Propuso, alivianando tensión.

—¿Por qué debería hacerlo? —Se sentó mejor en la silla. Esa mujer, nunca dejaría a su hija en paz.

—Por que tal vez tu ayuda valga millones. —Ella creía que Lin era el boleto a la cima. Era una tonta, arrebatarle el dinero a Sesshomaru Taisho no era cosa de solo un plan. Era imposible.

—Estás loca. —Socarroneó.

—No lo estoy… No cuando ella esté enamorada de su papi. —Su maldad era infinita. Su ambición sería la perdición de su hija.

Kohaku se enfadó. ¿Lin y Taisho? Definitivamente no. Sin embargo, podía ser más posible que cualquier cosa. El lo había comprobado, la había escuchado llorar en las noches por el.

Ana adivinó sus pensamientos. —Es muy posible, ¿verdad? Es guapo, es inteligente, es millonario…

—Ella no se enamora de esas cosas. Son nada para ella. —Aclaró. Lin no era como su madre. Ella era algo mejor.

—Creeré que aún estás enamorado de ella. —Cotorreó ella, siempre con su dura y fría voz que helaba hasta el corazón más calido con su maldad.

—Tal vez. —Parodió Kohaku. Recordó la última noche y se le encogió el corazón de sentimientos mezclados y encontrados.

—¿Por qué la dejaste, entonces? —Quiso esclarecer ella.

—Por que ya no podía verla más. —Largó.

—Lo del incidente en el Hospital debe haber sido duro. ¿Viste como Sesshomaru te la arrebató de las manos?

Kohaku sintió bronca contra esa mujer. Se movió incómodo.

—Punto... He dado en el clavo. Taisho se te adelantó… tuvo más valor que tu.

—Cállate de una vez. —Amenazó.

—¡Para qué te enfadas! Ya pasó… ¿Me dirás por qué tanta culpa?

Era más inteligente de lo que parecía, no era una ignorante con aires de grandeza, era realmente astuta. Había descubierto la pesadumbre en su rostro, antes de que el mismo lo hiciera. Culpa, era cierto… La dejó por que no podía verla más a la cara.

—Te subestimé.

—Es bueno admitir los errores. ¿Por qué Lin ingresó al Hospital?

—Sexo… —Resumió.

—¿Te acostaste con ella? —Se sorprendió la mujer.

—¿Qué crees tu? —La dejó con la incertidumbre en la boca. Sonrió de medio lado.

El Sol dio en su cara. Las nubes se habían ido, y la humedad estaba también de salida. La cortina abierta dejó entrar el bullicio de la ciudad. Las calles, los pájaros y los gritos de los niños se inmiscuyeron por su ventana semicerrada. Abrazó su almohada. No quería volver a la realidad. Estaba soñando maravilloso. Evocó las imágenes con una sonrisa infinita. Sesshomaru pidiéndole disculpas, la liberación de toda la porquería que llevaba dentro, la redención. No deseaba despertar. No quería estar sola en la calle. Sola sin el.

Se dio una vuelta enredándose con la sábana, abrió un ojo. Vio la habitación, el bañó, el balcón con ubicación panorámica. Volvió a cerrarlos, debía estar durmiendo aún. Esperó que el ruido desapareciera. Las bocinas de los autos la sacaron de su ensimismamiento. ¿Era posible?

Despertó de golpe, su mirada recorrió el lugar. Estaba en la casa de Sesshomaru Taisho. Nunca se había ido, nunca lo había dejado. Las imágenes de lo sucedido llegaron a su cabeza, las emociones del sueño volvieron. No era una quimera, había pasado en verdad. Estaba todo bien.

¡Estaba todo bien!

Rió sin chiste alguno de pura dicha. Se revolvió hasta que se deshizo de la manta y saltó, corrió a darse una ducha, y se bañó con una energía renovada. Cepilló su cabello, admiró cómo lucía su rostro lleno de felicidad. Lavó sus manos, buscó su ropa, escogió la más bella, hizo su cama y salió danzando por la puerta. No podía estarse quieta. No en un mundo como ese.

Sesshomaru estaba en el sillón. Se detuvo. Quedó en blanco. Escuchaba música. Sus ojos estaban cerrados. No se percató de su presencia. Quiso gritarle que estaba ahí, pero no se atrevió. Estaba tan calmo, como nunca lo había visto antes. Relajado, vivo. No supo qué decir, no supo si llamar su atención, no sabía cómo tratarlo. Todo parecía una ilusión, y esa era la realidad. Había pasado tanto, que darle un simple buenos días era… incómodo. Jugó con sus manos. ¿Qué haría? Le daba vergüenza llamarlo.

—Buenos Días. —La despertó el, sin abrir los ojos.

—Buenos Días… —¡Era terrible! No sabía qué hacer. ¡Todo era tan extraño!

—¿Dormiste bien?

—Si

Silencio incómodo. Su cuerpo cortado y las palabras abultadas en la boca de Lin no hacían muy fácil la situación. Examinó el techo para ver si encontraba algo interesante que mencionar. Sesshomaru abrió los ojos y vio como ella se debatía intensamente entre hablar y callar, mientras detenía la inspección en un mosquito que estaba estacionado en el blanco techo.

—¿No piensas hablar? —Preguntó con gracia. La sonrisa de medio lado que esbozó relajó la tención en el rostro de la chica.

—No se qué decir. —Admitió con dicha, tragándose la risa.

—Supongo que hace un buen clima, mencionarlo es una buena manera de empezar. —Le hizo una invitación para que ella se sentara en el sillón de enfrente. Ella aceptó.

—Creo que tiene razón. Hay un lindo día. —Apreció, extrañada por la renovada personalidad del hombre con el cual hablaba. No era el monstruo de antes, era pacífico y agradable. Su rostro parsimonioso le daba paz.

—¿Tienes hambre? —Quiso saber, mientras se inclinaba en el sofá.

—No. —Mintió.

—Que mala costumbre. —Comentó para molestarla.

—¿El qué?

—Esa que tienes de engañarme. Dices que no tienes hambre, cuando se nota que te mueres por desayunar. —Esclareció.

Lin se revolvió nerviosa. Pésimo hábito ese de mentir sin razón alguna.

—No te preocupes por mi, me engañaste sin quererlo. —Reconoció.

Lin se sintió acusada. Lo había hecho creer que ella era la ramera que el decía.

—Creí que eras… —Trató de excusar todo su comportamiento.

—Creyó que yo era… —Iba a relatar todo lo que se había propuesto en esos momentos para que el la entendiera, pero la interrumpió.

—Creí que eras tú la mala en todo esto. —Confesó con la mirada escondida.

—Yo creí que era usted. —Largó sin pensar, sintiéndose pecadora.

Sesshomaru abrió los ojos. ¿Hasta donde lo habían llevado sus caprichos inmaduros? El era un hombre, debió haberse comportado como el adulto que era, pero había actuado sin pensar haciendo que esa niña buscara la peor opción para defenderse de el.

Lin observó como el se debatía en su lugar. Su respiración gradual le indicaba que estaba pensando en todo lo que ella había hecho. En la culpa que tenía por haber creado un juego de ofensas y malos tratos para demostrar quién era el más fuerte. No quería ver reproche en los ojos de el.

—Es mi culpa… —Declararon ambos al unísono.

Sesshomaru Taisho pestañeó confundido. ¿Por qué ella se cargaba toda la porquería que habían vivido?

—Es mi culpa, ya que yo llegué con la determinación de hacer que usted me odiase, para que me dejara libre e irme para siempre. Y resultó mejor de lo que creía, apenas había salido de allá usted me detestaba sin tener que darle si quiera una razón para…

—Lo siento. —Largó el. Lin no tomó atención a lo que decía, ya que estaba metida en su razonamiento.

—…y yo abusé de todo lo que usted había hecho por mi, traté de sacarle dinero que no necesitaba para nada, e hice que se enfadara conmigo, arruiné todo su plan, y tal vez, lo echen de su trabajo para siempre, y todo por…

—Lin, YO lo siento… —Alegó con burla, levantando la voz y ahogando los débiles murmullos de ella. Sonrió con ternura. ¡Qué inocente era! Y que adorable se veía ahí, sorprendida, dando las explicaciones que le correspondían a el.

—Fui yo. No te preocupes, no has hecho nada. Fue mi responsabilidad que hayas llegado aquí sin que quisieras, fue gracias a mi que te viste obligada a tomar una defensa férrea, fue por mi que… —No podía seguir hablando. Realmente, eran muchas las cosas por las cuales se debía disculpar, había vuelto la vida de esa linda mujer, un verdadero infierno.

Lin extendió sus labios en una sonrisa infinitamente feliz. —Olvidémoslo… —Propuso.

Sesshomaru se sorprendió. ¿Había escuchado bien?

—Tenemos menos de nueve meses para construirlo todo de nuevo. ¿Para qué gastar el tiempo en cosas que ya pasaron?

Le dio toda la razón. Ella había resultado ser más inteligente y consecuente que el mismo. Le había tapado la boca, y lo estaba liberando. Ella lo había perdonado, definitivamente, y en un momento en el cual tenía la cabeza fría.

—Gracias. —Reprodujo con sinceridad. Desde ese momento tenía menos de nueve meses para recoger los pedazos del corazón de su pequeña delincuente, y ponerlos en su lugar. Nueve meses para armar algo firme sobre una vida llena de oscuridad y dolor. Nueve meses para pagarle todo lo que la había hecho sufrir.

Tenía solo nueve meses para hacerla feliz.

—Sesshomaru es un inepto, no puede hacerlo. —Sentenció Inu Taisho luego de dos horas de pelear con su hijo menor para que este permaneciera en la presidencia de todo su patrimonio.

—Papá… ¿Quieres que haga un dibujo para que lo entiendas mejor? NO puedo hacerlo. —Remarcó aquella negativa por que era la única palabra que evitaría que le robasen su vida.

—No es algo difícil para ti. Sesshomaru pudo hacerlo muy bien a tu edad. El era igual de joven que tu y lo hizo de maravilla, incluso cuando su matrimonio resultó perdido. Ahora tu puedes lograr todo lo que el trató pero no pudo. Escucha hijo… Tú no tienes ese vicio asqueroso que tiene el. Tú serás mejor.

—Es que yo no quiero hacerlo. Ese es el punto, padre. NO quiero. —Repitió nuevamente aquel día, aventurándose por si ese hombre lo tomaba en cuenta aunque fuese una sola vez.

—Tu vida estará hecha, dejarás de ser el pobre joven que anda rondando sin tener nada definido. Asumirás, y te casarás con Nagisa dentro de tres meses. Serás un hombre exitoso y tendrás todo en tus manos.

—¿No hay otra opción para ti, verdad? —Murmuró con socarronería. Su padre estaba decepcionándolo. ¿Por qué se empeñaba en hacerlo infeliz?

—No la hay. —Condenó a su hijo a la desdicha.

InuYasha estaba entre la espada y la pared. Le gustaba pintar, era su pasión, su vocación se escribía con óleo y acrílicos, sin embargo, de eso no vivía. Podía dedicarse a su arte gracias a que era el hijo de Inu Taisho y tenía la vida asegurada. Ahora su padre, le pedía que respondiera por sus comodidades o las perdería. Un artista, solo y cesante en medio de la ciudad se moría de hambre. InuYasha Taisho tenía demasiados planes e ideales para vivir de un sueldo mínimo y un trabajo sin contrato y sin imposiciones.

Salió de esa oficina infernal lleno de coraje. Su padre estaba acabando con todas las salidas.

—InuYasha… —Llamó su atención. El aludido volvió el rostro para escuchar. —Espero que esta semana le dediques algún tiempo a Kykio. Algún día deben conocerse… No esperarás hasta el día de la boda para preguntarle si ella es kykio Nagisa.

El chico aproblemado cerró la puerta de un portazo. Los Taisho tenían un carácter con el cual siempre resultaba ser el, el perjudicado.

—¿Papas fritas? —Preguntó Lin, notablemente contrariada.

—¿No te gustan? —Quiso saber el, nervioso y sentado enfrente de ella, en una mesa en la que estaban servidas dos hamburguesas, dos bebidas y dos platos de aquellas papas.

—Si, claro que me gustan, pero… —Sesshomaru palideció. Algo le decía que había metido la pata.

—¿Pero…? —La incitó a que hablara.

Ella se largó a reír. El ambiente gozó de la tranquilidad de una situación que prometía ser cotidiana. —Es que en el desayuno no es muy… sano. —Evidenció el error que el había cometido.

Sesshomaru sintió el mundo caer en sus pies. Era un tonto. La comida chatarra era agradable para pasar un buen rato, pero no para desayunar, haría que ella muriese desnutrición, problema que ya presentaba.

—Pediré otra cosa. —Se levantó para llamar hasta la recepción.

Lin observó todos sus movimientos. Era el día más bello de la vida, solo había paz. Parecía que habían hecho un trato inconsciente para que todo resultase. Sea como fuere, estaba resultando de maravilla. Ni siquiera una pelea o una gota de amargura había interrumpido su dicha.

—¿Lin? —La sacó de su ensimismamiento.

—¿Ah? —Saltó de la silla.

—Que qué es lo que más te gusta para desayunar… —Volvió a preguntar.

—Creo que… —¿Qué era lo que más le gustaba comer en la mañana? Realmente, no tenía idea.

Sesshomaru estaba expectante, y haciendo esperar a la mujer mal genio que tomaba los pedidos de las habitaciones.

—No lo se. —Admitió. El dio el desayuno por causa perdida. Aún así, algo tenían que comer, no podía dejarla morir de hambre como el.

—¿Te gustan las Donats? —Se iluminó.

—¿Esas de chocolate que come Homero Simpson? —Preguntó. Sesshomaru no pudo evitar reír por el comentario.

—Esas mismas.

—Supongo que si. —Resolvió ella esperanzada.

—¿Te gusta el chocolate, y la crema… y las mostacillas de caramelo, y…? —Repetía todo lo que la operadora le decía, respondiéndole los monosílabos que ella formulaba desde la mesa.

—¿Te gusta el manjar? —De repente, el se había vuelto un niño pequeño. Nada había del huraño, ahora se veía de diez años menos. Ya no estaba amargado.

—Sr. Sesshomaru, puede pedir la más… ostentosa, me la comeré de todos modos. —Anunció.

—Está bien… Tráigame la más… la que tenga más cosas. —Volvió a sentarse en su lugar a esperar, tomó un sorbo de su bebida Coca—Cola. Había hecho el ridículo.

Lin hizo lo mismo, y comió su hamburguesa.

—¿Ibas a comértela de todas formas? —Reprochó indignado.

Masticó, estaba deliciosa. —No quiero que se pierda. —Se excusó ella. Una bocadillo de esos ahí abandonado era una tentación.

—No se para qué me preocupo. —Se resignó el. Tomó la suya y la mordió silencioso. Cuando las donats llegaron, junto a un vaso de leche y un café, Sesshomaru las acomodó el mismo en el centro.

Lin rió. —Presiento que voy a engordar. —Parodió, al terminarse la hamburguesa y estar dispuesta a ir por todo lo que acababa de llegar.

—Seremos dos. —El se bebió el café y se comió también las papas fritas. La vida daba muchas vueltas, el día anterior había sido una pesadilla y ahora solo se percibían esbozos de una existencia nueva y plena. Estaba dispuesto a acostumbrarse, no extrañaría nada de aquellos ocho años que habían pasado dejando estragos. En ese momento sentía que había nacido de nuevo, solo estaban el y ella viviendo ese momento. Estaba comiéndose un rico desayuno agridulce, y le había encantado.

—Te respondí que no dos veces.

—La tercera es la vencida, dicen las malas lenguas.

—¿Estás seguro? Podría responderte que no, y seguirás insistiendo una cuarta y una quinta vez. —Lo regañó Kagome. InuYasha llevaba días insistiendo que ella se convirtiese en su novia para aparentar. ¿Y para qué mentir? A ella le encantaría ser la novia de el, pero no de esa forma. Quería que fuese de verdad.

—Son solo tres meses.

—¿Para qué quieres que lo haga? Tú no lo harías por mi, InuYasha… —Revolvió su cabello complicada. —Deja de jugar conmigo.

El chico se tensó. No estaba jugando con ella.

—No es justo para mi. —Continuó ella. —Yo merezco un hombre que me quiera, imagínate que llegue mientras tú estas fingiendo ser mi novio y lo espantes.

—Eso no va a pasar. —Negó el.

—¿Crees que es imposible que alguien se enamore de mi? —Ella se había enamorado de el, y el, egoístamente, además de no corresponderle, evitaba que ella lo olvidase.

Se enfadó. —Claro que si pueden, muchos hombres lo harían, pero…

—¿Pero? —Apresuró ella sin paciencia.

—No pueden. —Puntualizó.

—¿Qué no pueden? —Exclamó indignada. —¿Y se puede saber por que no, Señor Taisho?

—Por que no, y ya está. —Cerró el tema.

—Respóndeme, InuYasha. —Ordenó igual de enojada.

—Por que soy tu amigo y no quiero que venga cualquiera y…

—Eres mi amigo, no mi novio, recuérdalo bien. —Levantó la voz.

—Seré tu novio. —Resolvió.

—¿Qué no entiendes que digo que NO?

—¿Vas a ser mi novia? —Insistió, como el hombre caprichoso que era.

—No.

—¿Quieres ser mi novia?

—No. —Se quedó sin aire. —InuYasha… ¿Me estás pidiendo de verdad?

—No. —Se tardo en responder ese murmullo histérico.

Kagome resopló molesta. —Realmente no quieres que sea tu novia. Vete con tus mujeres, Kykio Nagisa es hermosa, serás un feliz marido. ¿Para que necesitas a una tonta adolescente de preparatoria? Hay muchas formas de solucionarlo.

—Supongo que si. —Parloteó. Se levantó y fue hasta la puerta. Kagome sin mirarlo continuó con sus tareas. InuYasha se quedó allí el tiempo suficiente como para que ella decidiera ignorar su presencia.

Contó hasta treinta y tres, lentamente, pero el no resolvía marcharse, lucía complicado. Cerró el cuaderno y guardó los útiles, sacudió el escritorio de los restos de goma de borrar que siempre dejaba su tarea de matemáticas.

—InuYasha… —Decidió echarlo cuanto antes.

—Yo si quiero ser tu novio. —Confesó, después de mucho pensar y no poder retener más aquella sensación que amenazaba con explotar dentro de el.

A Kagome se le cayeron los tres libros que sostenía para guardarlos en la mochila.

—Mejor me voy. —Decidió afectado, luego de notar que no sabía como había dicho eso, no conocía cuanta verdad había en ello, y después de escuchar el golpeteó de su corazón en la oreja.

Escapó, cruzó el umbral casi corriendo y bajó por la escalera, para salir de esa casa e irse a la suya a tirarse en la cama para pensar en qué le ocurría toda la noche, y levantarse de madrugada, con insomnio a pintar cada una de sus emociones indescriptibles.

—¡Siempre huyes! —Gritó Kagome con reproche desde su habitación.

El día siguió igual de espléndido. Sesshomaru era un ángel, como aquellos de las películas con final feliz que venían a salvar las vidas de las damas en peligro. Se desvivía por hacer que ella estuviese satisfecha, le ofrecía de esto y de aquello, trataba de llenarla de comida todo el día, quería comprarle todo lo que veía. Quería que ella se sintiese como el. Se le notaba en los ojos lo contento que estaba, tanto, que hacía que ella se volviera igual. La primera comida del día había pasado llena de anécdotas, y habían estado media hora pensando qué hacer. El quería que ella regresase al colegio, y ella pidió unos días para acostumbrarse. Todo era nuevo, las emociones, los sentimientos, las vivencias, estaba experimentando la libertad que siempre se le había negado. Sesshomaru iba a su ritmo.

Decidieron salir de compras, y la entretención llegó en un centro comercial lleno de personas, y un Señor Taisho al cual las mujeres se le quedaban mirando y se ponía muy incómodo; la gente apretaba y sofocaba, y trataba de pasar encima de las cuatro bolsas que se acumulaban en los brazos de el.

Habían usado el auto para llegar hasta allá, y habían estado cuarenta minutos tratando de buscar un estacionamiento. Comprobaron que el shopping, era uno de los destinos favoritos para la familia los días domingos, y para las parejas recién hechas que querían escapar del ojo de sus padres. Sesshomaru le compró todo lo que necesitaba e insistió en llevarse también cosas que nunca había imaginado que podía requerir en algún momento de su vida.

Esperó a que se probase cada prenda, y que terminara de hablar con los vendedores que siempre resultaban ser personas muy agradables. Luego, la llevó a almorzar, a pesar de todas las protestas. Según el, el efecto del saludable desayuno había pasado hacía horas y necesitaba nutrirse nuevamente.

Se sentaron en un sobrecargado patio de comidas, Lin escogió lo que quería, influenciada por Sesshomaru, quien sugirió que pidiese algo del restaurante de comida tradicional, de esos que no venden comida chatarra. Así, ella se comió un exquisito plato con puré, carne y ensaladas, y el, otro de Spaghetti con Salsa Alfredo, y una bebida mucho más pequeña que el gran vaso de jugo de fruta natural que ordenó para ella.

Luego de que ambos estuvieron sobrepasados y no podían moverse, se cansaron de hacerse paso entre la gente y fueron a dejar las compras al automóvil, donde decidieron que el paseo no había terminado, ya que no podían volver a casa en auto y con la barriga dispuesta a explotar.

Salieron del Mall, para caminar por los alrededores, siguieron la Avenida principal, a la cual recién le habían puesto alfombras de pasto para que luciese hermosa para los turistas y el país ingresara unos cuantos dólares a sus fondos. Esquivando personas en bicicleta, y niños paseando perros, llegaron hasta la primera playa apta para baño, en donde no cabía ningún alfiler, se miraron complicados, y decidieron seguir hasta otra que el aseguraba, siempre estaba vacía, y entonces podrían tirarse en la arena para descansar. A esas alturas la comida ya había bajado y a Sesshomaru le habían dado ganas de comer nuevamente. Compró dos algodones de azúcar, y se comió dos, ya que Lin no quiso, por que según ella, aún estaba que reventaba. Luego, el descubrió que era mentira, por que se apeteció dos aguas minerales que no supo por donde las metía.

Así, entre risas, y conociendo mutuamente la naturaleza de sus personalidades llegaron hasta la famosa playa. Se alzaba por debajo de aquella costanera, pequeña y de arenas blancas, la gente poco bajaba, ya que había una escalera de más de veinte escalones separados por casi cuarenta centímetros cada uno. Lin dudó, pero se aventuraron. Se instalaron en el suelo, y aquella tierra bendita se amoldó como colchón. Descansaron. Hablaron de las cosas de la vida. Una confesión, un secreto, y una verdad aquí o allá, bastaron para que, de repente, se reconocieran como amigos. El había resultado ser más comprensivo de lo que ella pensaba, y ella había demostrado ser mucho más madura de lo que el mismo era.

Sesshomaru Taisho se encontró de repente, burlándose de cosas triviales, riéndose de las situaciones y de las personas, con gracia y simpatía. Lin descubrió que los ojos de el sabían hacer más que amenazas. Sabían brillar con magnificencia, ser cómplices con los suyos, asustarse, avergonzarse, relatar historias y bromear. Esa tarde, conocía la otra cara de el, esa cara que tanto le gustaba.

Lin soltó las ataduras que tenía con el mundo y se entregó al momento. No le importó ser la chica torpe de la historia, cometer aquellos errores estúpidos que sacaban risas, no le disgustó chacotear sobre ella misma, ni ponerse nerviosa en situaciones varias. Con el, nada importaba realmente, solo la estaba pasando bien en un domingo familiar con todo lo que tenía en el mundo. Por primera vez, estaba de paseo con su familia, y a pesar de que Sesshomaru no tenía nada de padre para ella, lo era todo… la luz, la oscuridad, era el apoyo que siempre había necesitado. Ese que secaba sus lágrimas en el dolor, reía con ella de sus alegrías, cubría todas sus necesidades y le dedicaba todo su tiempo.

A veces creía que todo era un espejismo, cuando la observaba ella deseaba extender la mano y tocarlo para asegurar que no era una visión, que estaba con ella en ese momento y en ese lugar, que no era otro de sus sueños hecho realidad y que luego desaparecería al despertar.

Ella disfrutaba del momento y, de repente, callaba para volverse pensativa y quedarse con los ojos brillantes, solo sabiendo su mente en qué pensaba, Sesshomaru se descubría siendo un niño nuevamente. Sentía la sonrisa que había perdido volver y quedarse en su rostro, notaba como sus ojos rasgados por el dolor volvían a ser grandes y expresivos, a chispear, a lagrimear de la risa y a cantar la alegría de su corazón. Entonces, el depresivo y perdido Sesshomaru volvía a sentirse vivo y veía caer ante si cada una de sus capas auto protectoras, se desmoronaba el orgullo, desaparecía el mal genio, se esfumaban los prejuicios, los aires de grandeza y la prepotencia… Y ahí quedaba, al descubierto ante esa chiquilla que nada tenía de niña, a la que estaba feliz de ayudar, y a la cual necesitaba cada vez más.

No le molestaba admitir que era ella quien lo estaba ayudando a el. Era ella la que había despertado su esencia extraviada, la que había rescatado al verdadero de ese cuerpo lleno de heridas que se defendía con veneno. Lin Susuhara, con su sonrisa tímida, su voz frágil y sus comentarios inocentes liberaba al verdadero Sesshomaru Taisho del infierno que llevaba su nombre.

—Se llamaba Baguira, por que según Sango, parecía una pantera como esa del libro de la selva. ¿La ha visto? Es una película de Disney, de esas de monitos. Yo la vi por primera vez en el Hogar, y de ahí la veíamos cada semana por que las ponían repetidas, ya que no habían muchas que digamos. Puedo relatar todo lo que hablan en el Rey León, La Sirenita, y un montón más… ¡Es cierto!

Lin se empeñaba en hablar toda su vida en un segundo, y las palabras se golpeaban unas a otras por salir de sus labios, se enredaba con sus recuerdos, se tropezaba con las aventuras, hablaba de su existencia en el Hogar, de Sango, su amiga, del gato negro que tenían de mascota y que se había muerto de no recordaba qué; de sus otros amigos, de la escuela, de los profesores, de las telenovelas que veían, y un centenar de cosas felices para ella.

Sesshomaru la escuchaba con complicidad, no le molestaba si ella estaba trasmitiendo las veinticuatro horas del día, no se cansaba de escuchar esa voz renovada, esa risa libre y sin compás, de sus historias vanas y relatadas como anécdotas inolvidables.

—Vi La Bella y La Bestia, cuando sacaron una nueva versión por el nuevo milenio.

—¡Yo también! Aunque la vi hace como dos años… es hermosa. ¡Hermosa! Estuvimos llorando toda la noche, casi morimos cuando creímos que Gastón había asesinado a la Bestia, pero al final fue un final feliz. —Lin no parecía detenerse, el sol bajaba por el Horizonte, el viento comenzaba a llevarse las hojas, a levantar la arena, la marea comenzaba a subir, y el cielo se volvía cada vez más anaranjado.

—Lin… —Buscó su atención. —Tranquila, tenemos nueve meses… ¿Quieres beber algo?

Lin reparó en todo lo que había hablado. Era cierto, si contaba todo en un día ¿qué hablaría los demás? —Está bien…

Sesshomaru le extendió la botella y bebió. Luego también el tomó de su contenido y se acabó.

—¿Voy por otra? —Preguntó la chica.

—No es necesario… —Perdió la mirada en el horizonte y Lin supo que el tomaría la palabra. Lo escuchó. —Hasta el momento has hablado de todo lo que te hacía feliz, y te agradezco que tengas esa confianza conmigo después de todo lo que ha pasado. Este día ha sido fantástico… He conocido más de ti, de lo que se de mi mismo. Has roto todas mis expectativas, yo no me reconozco en este momento, no se por qué, pero, de repente, me siento igual a ti.

—Señor Sesshomaru yo… —Quiso agregar algo.

—Basta de Señor, llámame por mi nombre. —Pidió, sin recuperar la compostura. Estaba ido en un mar de emociones que había creído extintas hacía casi una década.

Lin no dijo nada, era incómodo llamarlo Sesshomaru. Era tan respetable, y hacerlo significaba convertirlo en su par.

—Me gustaría que me contaras todo de ti. —Declaró.

—Le he contado todo. —Sesshomaru bufó con gracia. —Te he contado todo… —Corrigió.

—Te voy a ayudar, te lo prometí… me lo prometí a mi mismo. —Su voz aún era dura y firme, era su forma de ser, mas el gélido Sesshomaru parecía derretirse dentro de ese rostro que antes era inescrutable.

—Hay cosas que no importan.

—Yo creo que SI importan.

—A mi ya no, las he olvidado. —Evadió.

—A MI me importan, Lin. —Alzó la voz y posó su mirada en los ojos de ella. Lin retiró el rostro y observó el lado contrario de la playa. —Tal vez no es el mejor momento…

—Nunca será el mejor momento, Sesshomaru. —Se alegró de que lo llamase por su nombre, sentía la confianza de ese gesto. A pesar de esto, ella no abría su corazón para el.

—Lo se todo… —Confesó.

Lin cerró los ojos acorralada, y tuvo ganas de llorar, la opresión en su pecho se hizo sentir. Se desesperó. Sesshomaru estaba tratando de desenterrar lo más profundo de ella sin anestesia.

—¿Me dirás lo que pasó? Puedes confiar en mi…

—No lo haré. —Volvió a tener la voz neutra de siempre. Sesshomaru sintió caer en la basura todo lo que había logrado.

—Necesito saber… —Pidió.

—¿Para qué? —Murmuró con un gusto amargo. El temor de que Sesshomaru se hubiese convertido en ese hombre que disfrutaba de su dolor palpitó dentro de ella.

—Para ayudarte. —Explicó, guardando la calma. El ambiente tenso rodeaba todo, y el Sol estaba por tocar la línea del horizonte, para meterse y desaparecer.

—¿Por qué? —Se aventuró ella, moriría si escuchaba al Sesshomaru de antes. Trató de recordar alguna oración para que no pasase. El ambiente se oscureció.

No respondió. ¿Qué había que decir a esa pregunta? No sabía la respuesta.

Lin se movió incómoda. —Si ya lo sabes, ¿para qué quieres que te cuente? —Se sintió mal, se sintió inferior. Sintió vergüenza. No quería que el indagara en su vida. No quería que la enjuiciara, que le tuviera lástima, que dejara de ser ese ser que acababa de descubrir.

—Quiero que me lo cuentes tu, saberlo de tu boca. —Trató de ordenar sus ideas, y tranquilizar su acelerado y nervioso corazón.

—No puedo.

—¿Por qué? —Sabía la respuesta, el médico lo había advertido. Lo difícil que era para ella. Que le contase todo era una prueba que estaba arrepentido de ponérsela el primer día. Debió haber callado y seguir escuchando cada una de sus cuentos felices con Sango y el gato negro, las películas de Disney, la escuela y su vida entera después de aquello.

—No soy capaz. —Cruzó los brazos sobre las rodillas y trató de esconder la cara.

Sesshomaru extendió el brazo y con la mano levantó su mentón, para que ella no se ocultara de el, para demostrarle su apoyo… para insistir. Era cruel, pero quería saberlo todo. Seguía siendo el desgraciado de siempre, pero ya había tomado un paso adelante, no podía retractarse y dejar las cosas como estaban. Debía llegar al fin.

Lin entendió ese pequeño gesto, y sintió su cuerpo inflarse, se extendió en la arena dándole la espalda. Pasaron los segundos marcando su presencia con un fuerte Tictac, que luchaba cada vez por hacerse más fuerte, se amontonaron, marcaron minutos que volaron, y se fueron con la mitad de los rayos del Sol que desaparecían entre la oscuridad de la noche que llegaba.

Sesshomaru no presionó. La esperaría. Todo debía ser al ritmo de ella. Quería ayudarla, quería estar con ella. Había dudado tanto, pero, al parecer, tenía vocación para eso. No estaba arrepentido de haberla detenido la noche anterior.

Lin cerró los ojos y decidió que no podía seguir escondiendo nada. La verdad siempre estaría entre ambos como una traba para la felicidad. Siempre la información escondida causaba estragos. No quería perder a Sesshomaru por nada del mundo, no sería ella misma quién lo botara todo por la borda. Había soportado tanto en la vida… ¿Cuánto más le costaría relatar todo lo que había pasado con ella? No era nada…

Las palabras no eran nada…

—Mi madre necesitaba dinero. —Ella había decidido contarle a el. Ella se abría para el. Agradeció al cielo, y luego se sintió morir, ya se imaginaba lo que había hecho para conseguirlo, y Lin… ¡Pobrecita, Dios! ¡¿Cómo lo permitiste? Llamó. Sus ojos se volvieron brillosos, pero se los limpió, el debía ser fuerte para ella, para ser su base. Era chocante, y aún así, ella aún la excusaba. Todavía la amaba, y le dolía. No dijo palabra alguna.

—Ella siempre fue una prostituta, y yo, el peor error de su vida. Cuando crecí un poco, fui un bien del cual se podía sacar mucho dinero. Me vendió. —Había reunido todo su valor para soltar lo último. Ahora estaba devastada. Se extendió en la arena dándole la espalda.

Sesshomaru aunque hubiese querido alegar, o soltar algún comentario, no pudo articular nada. Lin entendió que el la escuchaba.

Continuó. —Era uno de sus amigos y había prometido tratarme bien. Yo no me imaginaba de qué se trataba el negocio. —Rió con melancolía de su estupidez de niña pura.

Sesshomaru respiró fuerte, demasiado incómodo, Lin prosiguió. No sabía como estaba el, pero no se levantó a verle la cara, ya que no quería que el viese la suya, a punto de soltar lágrimas a montones.

—Hicieron un trato… y resultó benefactor para ambos. Ella obtuvo el dinero, y el me obtuvo a mi.

Sesshomaru quiso tomar su mano y abrazarla pero no pudo mover su cuerpo, no sabía cómo tratarla, cómo actuar con ella en ese momento. Era otro. ¡Otro! ¿Donde estaba la decisión y voluntad férrea de Sesshomaru Taisho? ¡¿Qué había hecho esa chiquilla con el, Dios santo? Se sintió impotente. Quiso descargar todo contra ese hombre.

—¿Qué pasó con el? —Interrogó con voz dolorosa. Después de todo, era un delito… ¿Había sido encarcelado o había quedado impune y con la virginidad de niñas pequeñas y con la vida por delante como Lin?

—Murió… —Testimonió, presintiendo que ya no soportaría más ese interrogatorio.

Silencio. —¿Qué pasó contigo? —Musitó después de largo rato de debatirse entre hablar, callar, cobijarla en sus brazos o simplemente dar un paso atrás y dejarlo así.

El mundo cayó en la cabeza de Lin, el peso de la verdad y de su vida, de su dolor, la desesperación y la perdición explotaron dentro de ella, y todo salió por sus ojos, por sus labios delicados, la arena se humedeció. El Sol terminó de meterse en el horizonte, y solo quedaron débiles rayos naranjos, morados y amarillos en el cielo azul marino.

Sesshomaru escucho a Lin sollozar, oyó toda su desesperación, sintió su mismo nudo en la garganta. Deseó ser el quien estuviese mal. Quiso evitar todo su sufrimiento, pero era imposible. Ella ya estaba ahí, sufriendo por las heridas que había dejado un pasado atroz, tratando inútilmente de recomponerse, buscando a ciegas los trozos de su vida. Ella ya estaba ahí a su lado, y el, solo podía estar al lado sin hacer nada.

Se hizo completamente de noche, las estrellas brillaron más que nunca y los faroles de la costanera anunciaron que habían sido encendidos. La gente desapareció. El calor desapareció. La luz de su vida se borró.

Los murmullos de Lin se esfumaron con la brisa fría que azotaba su cara. Esperó largo rato, y con la cabeza más ordenada se inclinó de costado para verla. Estaba dormida, con el rostro mojado y sucio, los ojos hinchados, las mejillas sonrosadas y la boca sin sonrisa. La volteó y la tomó en sus brazos, se quedó sentado en la arena con ella un momento. Acarició sus cabellos, su piel, limpió su rostro con lágrimas frías. La envolvió en su chaqueta.

Ya estaba ahí, ya había llegado, iba a estar con ella, iba a ayudarla, y no se marcharía ya nunca. Sesshomaru Taisho había aparecido para quedarse en la vida de ella hasta la eternidad.

—Duerme tranquila… no me iré. —Susurró, luego de cubrirla con una manta, en la habitación y en aquella cama con su olor a flores silvestres, cuando llegaron después de un sigiloso recorrido en el cual ella no despertó. Se despidió con un beso en la frente que sonó profundo, y, apagando la luz y cerrando la puerta se fue hasta la suya para cruzar sus brazos, pensar en ella… y no dormir en toda la noche.

CONTINUARÁ…