Something of the end

Capítulo IX

Sakuran

(Trastorno mental)

24/JULIO/2010

Desperté en la cama del departamento con un dolor de cabeza terrible. Me incorporé de ipso facto, quedando ligeramente sentada y viendo a mi alrededor. Parecía como si estuviese mirando todo desde dentro de un estanque, o desde la lente Fisheye de la cámara de Sasuke. Tenía una camisa de los Lakers número 6- Lebron James- pensé ágilmente en su jugador favorito. Supe entonces que el Uchiha, en su traba nocturna, había disfrutado desnudándome y poniéndome la remera. En su fantasía plutónica, sería la suicide girl que me había mostrado hacía unos días con la misma prenda.

El cabello de alas de cuervo cruzó la puerta como si acabara de correr en los juegos olímpicos, en perfecto estado, sin un vestigio de todo lo que había hecho horas atrás. En ese momento, me estremecí, me llené de un terror tal que casi siento al abismo tragarme en caída libre. Él me había puesto un pedazo de cuero sobre la nariz y los labios, provocando un mórbido sueño, una pesadilla terrible.

—Aún tienes esa cosa en la cabeza—dijo riendo, posándose sobre la cama y metiendo los dedos entre mi cabello, sacando pintura neón.

—Tú ibas a m…— traté de decir presa de una inamovilidad contundente, del miedo. Antes de poder terminar, él me silenció con una mirada.

—Tú ibas a hacer lo mismo— se levantó, ahora mostrando más autoridad—Créeme que también siento miedo, más aún cuando el ataque viene de ti…¿Eh mi pequeña Jinco?—

Con Jinco, pude recordar gracias a una clase de historia de hacía unas semanas, se refería a la Emperatriz Consorte Jinko, quien según la leyenda, había liderado la invasión a Corea en el siglo II portando una katana de samurái. Así recordé cómo la noche anterior, impulsada por una rabia frenética estuve a centímetros de atravesarle el cráneo con una pequeña espada.

Había sido una venganza, no fue movido por el frenesí de una sustancia ajena, tampoco intentaba causarme un daño mortal, solo era un escarmiento, para que recordara que era mi aliado y que con él no tenía sentido comportarme como. Sakuran. Me estremeció mi propio pensamiento. Me sentí impotente.

—Le escribí a tu niñera estalinista desde tu teléfono, le avisé que te quedarías con Hinatadijo ahora con un todo de juego, olvidando ese pequeño paréntesis.

—Solo es rusa—dije riendo y caminando hasta la pecera. Tomé al pez dorado por la cola y vi cómo bailaba en mis manos, cómo sostenía entre ellas la vida y la muerte. Con el amante ya no podía hacerme la poderosa …

—Sai te escribió— dijo el de ojos negros, poniendo mi teléfono sobre la cama, no prestando atención, con total ligereza.

Solté al pez de inmediato y corrí a ver qué era lo que me había puesto ese tipo.

¿Sakura? Lee me dio tu número, es Sai. Háblame cuando puedas. Seguido de un emoticón sonriente.

No era nada comprometedor, corrí a donde Sasuke tirando el teléfono, dejando ver que en el homescreen aparecía su fotografía, solo el Uchiha, como si se tratase de un actor del que estuviese platónicamente enamorada.

—Oye, él no… solo le he hablado como dos veces en mi vida— dije persiguiendo y tratando de captar su mirada. Él me tomó me mentón y puso su sonrisa arrogante.

—Eres bonita, es normal que le gustes— expresó sin enojo alguno— créeme que sé lo que se siente que te acosen por eso—

Tenía tanta confianza, no parecía tener dudas de mi fidelidad.

—Mi cumpleaños es tu clave de acceso— dijo por fin, dándome a entender que su vanidad había superado cualquier margen. Se sentía extremadamente confiado al ver mi idolatría en tantos aspectos. También pensó que si yo revisaba su teléfono, seguramente estaría plagado de mensajes de zorras, con cosas más sugestivas. Era mejor para él no tentarme. También era mejor para mí dejar que me viese inofensiva.

—siento que voy a desmayarme— mentí dejándome caer sobre él solo para que me abrazara y abandonara ese tema de una vez. Él se precipitó a sujetarme, pero a causa del peso muerto que hice a propósito caímos ambos sobre la alfombra.

Durante ese tiempo, los días con Sasuke se repetían frecuentemente, las fiestas, los excesos, las compras; me sumergía en ese mundo abismal de sonidos. Toda la diversión, la extravagancia, todos los vicios que pudiese obtener con ese pedazo de plástico que me habían dado. Me embriagaba sin parar en los clubes y luego iba a clases con los ojos cerrados, sin darme cuenta, el curso había terminado.

El año anterior mis padres me habían mandado a buscar para que les acompañase en sus vacaciones, esa vez ni siquiera llamaron; la verdad no me importó mucho, estaba distraída viviendo mi fantasía onírica. En ese mundo en el que solo existíamos mi amante y yo, las cosas caras que iba a comprar cada semana y la experiencia etérea cada vez que probase alguna cosa nueva, el amor paternal era casi innecesario.

Los ensayos para el desfile fueron extenuantes, modelaría un vestido largo con flores cosidas a mano. A las demás chicas las había visto en televisión por lo menos un par de veces, pero no sentía que desentonara, al contrario, tenía una confianza contundente, incluso pensé querer dedicarme a eso cuando fuera mayor—otra experiencia onírica debo decir—

Neji iba a todas las práctica, me ponía de nervios. No estaba segura si acosaba más a Hinata o mí, con su hermana imagino serían celos, pues Naruto era bastante exhibicionista, no había un momento público en que no la besara, hasta en el cuello. Lo más lindo que vi, fue una vez que tuvieron una leve discusión porque ella se quedaría trabajando y él tendría que cancelar la reservación en un restaurante que había apartado semanas atrás.

Por primera vez la vi molesta—¡¿Por qué te pones así si sabes que no puedo ir?!—alzó la voz con el ceño fruncido.

—Porque si no estás haces que se detenga—dijo tomándole la mano y poniéndola sobre el lado izquierdo de su pecho, justo sobre el corazón.

La gente tiene innumerables formas de manifestar su amor, la de Sasuke era exactamente como era él: callada, pero con un fervor tal que podía permanecer intacto a pesar de todos los horrores de una vida como la mía, tiempo después lo descubriría.

Un día antes del Show, me llevó al departamento—ven, ayúdame—dijo abriendo la cajuela del Mustang. Me entregó una bolsa enorme. Al subir, me pidió que las llevase a la habitación principal, me sorprendí al ver un reflector puesto frente a la cama y un trípode sujetando su Canon Eos 1DX.

— Sé que es pronto, pero mañana un montón de ineptos van a tomarte fotos—dijo abriendo las bolsas—yo quiero ser el primero—

Vació el contenido, eran miles de flores: topacios, amapolas, rosas, sakuras, lirios, todas esparcidas todas sobre las sábanas blancas, manteniendo una armonía de colores suaves; blancos, rosas y naranjas.

Me pintó los labios con un sweet and sour de MAC y me puso un poco de rubor. Por último una espacie de corona compuesta por las mismas flores que cubrían la cama. En el primer disparo me encontraba yo en el medio de ese lago de flores, usando un bustier y un short panier de tela suave blanca.

La expresión era algo temerosa- perfecta- dijo él. Había sido guardada en su memoria por primera vez de esa forma.

Lo vi en la primera fila durante el espectáculo, con su mirada de siempre y una pierna doblada sobre la otra. Se repetía la sucesión de ruidos, de flashes, pero no escuchaba nada, me sentía exactamente como el día anterior, como si estuviese sentada sobre las flores, sobre la tela de algodón y con piel erizada ante el misterio de esa cámara.

Ese verano, me atrevo a decir, fue la época más feliz, más exquisita; los dolores de cabeza, los zumbidos en ella, fueron imperceptibles. Jamás me había divertido tanto, mis fugas eran diarias, recorría el Rainbow Bridge patinando, fui a cada centro nocturno que pudiese haber y conducía el auto de Sasuke cuando su cabeza estaba plagada de huracanes y mareos por ingestas colosales de sustancias inicuas.

Él me llevaba sobre sus hombros corriendo por la terraza inmensa del departamento después de que ambos no divirtiésemos mezclando líquidos y píldoras prohibidas. Luego nos dejábamos caer al suelo riendo como dementes.

—Me siento como Rita Marley—dije apartando el humo de la hierba que Sasuke me había soplado a la cara.

—Cállate—dijo él tendiéndome el rolling y recostando la cabeza en el borde del jacuzzi hexagonal, tenía las piernas flexionadas, yo se las moví con mi pie, succionando ese vaho de cannabis con mis labios.

— Con esta neblina psicoactiva, no provoca ni besarte, príncipe— dije en un estado de letargo casi nauseabundo, estiré mi mano hasta sus labios haciéndole creer que le daría a fumar del porro para luego apartarlo y hacerlo yo. Era la única, a parte de su hermano mayor, podía vacilarlo y salir con vida. Por el momento, solo en esas pequeñas cosas.

Ese verano, arrancado para siempre de nosotros, fue mi ideal de felicidad. Deseé vivir así por siempre; hubiese sido, entre mis pasiones más queridas, mi destino perfecto, mi lugar utópico para permanecer la eternidad.

Una vez comenzadas las clases, obtuve mi licencia para conducir y me llevaba el Audi R8 de papá cuando quería; nadie le diría nada, tenía a todos embrujados en esa casa, jurándome lealtad de por vida por lo triste que se había vuelto el abandono, los señores Haruno no me hablaban desde hacía meses, solo debía llorar un poco en las noches y Nina traía las llaves, haciéndome prometer que sería nuestro secreto.

Comencé el último año de la preparatoria, me llevaba mejor con las personas, actuaba más normal. Bueno casi, solamente cuando me hacían molestar tomaba represalias; pero siempre eran públicas, no hacías cosas humillantes ni lascivas, solo me hacían ver un poco excéntrica. Como cuando una chica se burló de mis fotos mientras organizaban el anuario.

Era una foto de primer año, en ese tiempo usaba retenedores dentales—podrá ser modelo y todo, pero para mí es asquerosa, solo mira esa cosa que tiene en la boca, parece una dentadura postiza. Da nauseas—dijo adrede en el salón de clases.

Al día siguiente, llevé los retenedores puestos y durante el almuerzo pasé justo a su lado. Me los saqué y los tiré dentro del vaso de agua del que estaba bebiendo, luego me senté a la mesa haciendo que todos se rieran de la cara de asco que tenía. Yo alcé una ceja y le sonreí.

No siempre era así. Otro día, que fui a fumar al baño, encontré a Ino sollozando al final del pasillo de los cubículos. Me senté a su lado y le pregunté qué ocurría.

—Sai terminó conmigo. Se irá a vivir con su abuelo—dijo inundando sus mejillas de lágrimas. El chico era huérfano desde bebé, su abuelo paterno lo había criado y le envió a realizar sus estudios a Tokio. Una vez finalizados, volvía con él.

Antes de irse, me dejó una pequeña nota con su nueva dirección. Espero mantener estos fuertes deseos por ti. Escribió él confundiéndome. Estaba segura de que era una broma, él tenía un humor bien raro, probablemente la dirección fuese un sitio de hamburguesas o algo así, para que llegara preguntando por él y me diese cuanta que había sido una jugarreta. Una jugarreta por ser la única que no le prestó atención. Había escuchado que hacía cosas como esa.

Le sobé la espalda y le tendí un cigarrillo—lo siento—dije, en verdad lo lamentaba.

Ella negó—no, yo fui mala contigo. Te vi modelar la otra vez—dijo mirándome a los ojos. Encendió la punta con un mechero que le di—te veías genial…— aspirando humo Marlboro. A partir de ese día comenzamos a ser amigas, no me importaba el pasado en realidad, en el fondo ella era buena. Solo me tenía miedo.Cuando vio que podía ser su aliada, desapareció la arrogancia.

Descubrí que era divertido, que no solo Sasuke podía hacerme pasar un buen rato, era diferente, ella era sin dudas la típica abeja reina. Por donde pasaba esa cabellera rubia la gente volteaba. Íbamos de compras, me enseñó todas aquellas cosas que no podía imaginar al no tener contacto cercano con ninguna otra niña de mi edad.

Cómo trazar la línea del smokey eye, cómo ponerme el rubor de la forma correcta, que las botas de Jeffrey Campbell, a pesar de ser muy altas, eran más cómodas que los zapatos de punta en V de Madison. Ayudó a formar mi colección de cartera Hérmes, chaquetas Moschino, colgantes Tiffany y faldas Marciano.

Además, podía contarle cosas que sentía vergüenza de hacer conocer a Nina o a Hinata. Ya fuera por lo retorcidas o indebidas que sonaran.

—Y cuando mete la lengua es…—hice un gesto demasiado vulgar o sensual, ya no sé, con los labios y los dientes. Después aspirar extracto o de fresas y vodka de la boquilla del narguile que había entre nosotras. Estábamos acostadas en la cama de mi habitación.

—Pero es asqueroso cuando se lo tienes que hacerlo tú—afirmó ella soltando el humo.

Uní un poco las cejas y ladeé la cabeza—no me parece, es como comerse uno de esas bananas con fondue de Chocolate Pow sweet…- contesté refiriéndome a una dulcería de Shibuya a la que íbamos constantemente.

-¡ugh…Sakura!—dijo lanzándome un cojín.

—él es muy sexy, créeme que me da igual si él quiere que yo lo haga—

—Pues sí…está bien, buen torso…— balbuceó viendo las fotos que tenía de Sasuke en mi teléfono—pasaba el carrete dejando ver imágenes en fiestas, besos, dentro de la piscina, en la habitación del departamento, en su auto…— tienes que cuidar esto, si tu mamá las ve, estás—hizo una línea horizontal en su cuello con el dedo.

—Qué importa, no vendrá hasta dentro de treinta años…—exageré tomando la manguera del narguile y meneado la boquilla de un lado a otro—no la soporto—

Mi mamá era igual, también hizo un viaje largo sin mí; cuando volvió prácticamente me rogó para que le prestara atención, después de un tiempo sin ti se dan cuenta de que están solas y nos necesitan—dijo picando un ojo—

Yo alce las cejas y me miré las uñas.

—Sakura ¿desde hace cuánto no le hablas a tus padres?—

—Cuatro meses—

Ella puso una expresión de vergüenza, sabía que había dicho algo indebido.

—Bueno, podrías llamar a tú papá, ya ves, dijiste que te llevas mejor con él—yo sonreí un poco, la verdad era que sí le extrañaba a él. La habíamos pasado bien la última vez que conversamos, seguramente se alegraría de oírme.

Esa misma noche telefoneé al domicilio en el que estaban, contestó mi madre.

¿Mamá? Es Sakura…no me dejó terminar.

¿ Sakura? ¿qué haces despierta tan tarde? Volteé al reloj para darme cuenta que eran las 23:14, una hora terrible según ella.

Pásame a Nina. Dijo rápido, yo obedecí. La niñera le explicó que solo quería hablarles por un momento, para saludarles y contarles cómo había sido el verano, no escuché qué le contestó.

¿Tres meses más? Preguntó Nina, seguramente refiriéndose a la estadía de mis padres China. Ella continuó escuchando atenta y terminó su conversación. La nana se despegó el teléfono de la oreja. Cuando me lo dio, solo pude escuchar el sonido prolongado, que indicaba que la llamada había terminado. Tal vez se había caído la llamada, intenté otra vez, pero no contestó.

Llamé directamente al celular de papá unos minutos después. Contestó ella.

Quiero hablar con papá. Le dije en seco.

Él dice que no puede hablar ahora, está ocupado. No me hubiese importado tanto, hubiese llamado al día siguiente, de no ser por la voz que se escuchó junto a ella. El irlandés de barba con raro acento.

¿Quién es? Preguntó él.

Nadie, solo era alguien de la compañía de inmuebles. Contestó ella, después colgó, sin decirme nada. De todas las cosas que pudo haberme hecho, esa sin duda era la que más me había dolido. No sé si fue el deseo acumulado de desquitarme por todos esos años de constante desamor que había vivido, o si fue zumbido el mi cabeza que por primera vez se hizo nefasto y casi escuché de nuevo la consagración de la primavera de Igor Stravinky inundando cada lugar de la gigantes casa, dueña de tales horrores.

No sé si fue por eso, que con una inminente catarsis, caminé hasta la habitación de mis padres, tomé las tijeras de la segunda gaveta de la peinadora, abrí el vestiere y saqué del fondo el vestido rojo que mi madre había usado en su boda civil. Era un vestido de corte en V ceñido al cuerpo. Ya no le quedaba, de joven era tan delgada como yo.

Los años habían consumido ese hecho, el vestido había quedado recluido solo como un recuerdo de esa excelsa belleza. Sin embargo, aún guardaba un extraño ritual, por lo menos una vez al año lo sacaba de esa bolsa negra, lo ponía sobre su cama y lo estiraba. Lo veía con total admiración. Sonreía como nunca, sumida en recuerdos de un pasado, que aseguro, daría su alma por poder vivir otra vez.

Lo corté, desde el cuello hasta las pinzas, hice piquetes vastos, desgarré la tela con las manos, tire de los hilos viendo cómo se encogían las mangas, desprendí las piedras y brillantes cosidos con tanto empeño por un sastre Francés que le habría cobrado una fortuna. Esa fina pieza, estaba ahora tirada en el piso y vuelta pedazos, un feo trapo. Entonces pensé que tal vez mi trabajo quedaría inconcluso si únicamente lo guardaba y esperaba a su llegada. Ella podría pensar que ese ultraje había sido cometido por cualquiera de las muchas sirvientas que despedía a diario.

Comencé a dibujar sobre la tela roja pequeñas figuras con una pluma bañada en tinta negra. Las figuras variaban en tamaño y una a una conformaba la figura de una flor, la misma flor que es inexistente durante el invierno y crece en los árboles de cerezo durante la primavera.

3/OCTUBRE/2010 14:13

Al día siguiente Sasuke me buscó a la escuela por la parte de atrás, salí por el agujero de la reja.

—¿Qué quieres comer?—preguntó doblando en la intersección y saliendo del distrito. Negué con la cabeza—no tengo hambre—

Él se extrañó, pues siempre tenía el apatito de los lobos. Miré al piso del auto, había una pequeño caja, la tomé y la abrí, era un bento. Una pequeña caja tradicional de comida.

—Ese es mi almuerzodijo sin prestar mucha atención.

—¿No vas a comerlo? —

—No—voy a esperar a que te de hambre y vayamos a un sitio. A menos que lo quieras— aceleró un poco al cambiar el semáforo—a mamá no le importará…—

—¿Tú mamá lo hizo?— pregunté con un sentimiento extraño, con un poco de asombro.

—Sí, todos los días lo hace—como si fuese algo normal. Para cualquier persona, no sería extraño tener comida preparada por su madre. Por veinticinco años, le habían preparado el almuerzo, hasta podía no comerlo y disculparse, a su madre no le importaría, lo volvería a hacer.

Mire por la ventana sosteniendo mi quijada y de repente, sin poder contenerme, arrugué mi nariz y solté tres lágrimas, luego muchas más , el ruido del llanto hizo que él volteara extrañado y preguntase que había causado ese abatimiento, esa descarga de pena.

Le conté lo que había pasado la noche anterior—¡No quieren estar conmigo! ¡Están mejor sin mí!—grité llorando. Al final, no pude contener la realidad, sí me dolía, me dolía mucho que no les importase si quiera, que les diera igual no verme. Que quería una familia como la de él, pero que sabía, eso era imposible.

Él no supo qué contestar, solo me arrimó hasta él abrazándome, haciendo que las lágrimas le cayeran sobre el pecho, condujo con semblante amargo todo el camino, con uno tan dolido como mío.

3/OCTUBRE/2010 16:10

Me quedé dormida sobre sobre un cojín gigante junto a la piscina, estaba en la segunda planta del penthouse, era una inmensa terraza. El sonido de la puerta corrediza me despertó, era Sasuke aproximándose.

Tenían entre los brazos algo de color azul. Se sentó y me acarició la cabeza.

—¿y eso? — pregunté mirando lo que ponía junto a mí. Era un gato bengalí bebé que se estiró entre las mantas bostezando. Tendría un poco más de una semana. Ojos verdes y manchas negras, casi parecía una cría de duma.

—¿ Te gusta? Es para ti— dijo cargando al gatito, que hacía un sonido casi audible. Jugué con él, me hizo sonreír—¿qué nombre vas a ponerle? — tanteó luego de un rato.

Me reí—O' Malley—besé el pelo castaño del bebé. Ya tenía ese nombre listo desde los 6 años, la primera vez que vi Les aristochats.

Sasuke sonrió.

—Monsieur, usted parece ser un gato de mucho mundo—dije haciéndole cosquillas con mi nariz y poniéndolo sobre mi estómago. Era muy lindo, aún no comía, solo tomaba fórmula. Sasuke podía ser el más tierno, podía ser casi comestible, verle dar biberón a un gatito no tenía comparación — ¿De dónde lo sacaste? — pregunté.

—Lo compré—lo puso a un lado, envolviéndolo en la manta—no pensé que fuesen tan caros, este gato tiene más antepasados registrados que yo— sonreí por un momento.

— Parece que todo lo que me hace feliz se puede comprar— le toqué la mejilla—todo menos tú—el exhaló por la nariz, mostrando una leve sonrisa, creo que le dio un poco de vergüenza, parecía un niño pequeño ante alguien mayor que le gusta y no al revés.

Fue el momento más bonito. Sin embargo, no podía abandonar la idea que de todo eso pronto acabaría. En unos meses sería obligada a alejarme de mi lugar utópico, mi destino onírico. Daría todo porque no ocurriese. Me detuve a pensar, lo único que en verdad quería no podía comprarse, todo lo demás: la ropa, las carteras, los zapatos, las joyas, los autos, las cosas; no eran nada, porque estaba sola sin Sasuke. Me di cuenta de la inminente verdad: podía tener todo lo que quisiera y al mismo tiempo no tenía nada. Comencé a llorar de nuevo.

—Quisiera estar siempre así—dije con el rostro enrojecido por el llanto cuando él se acostó a mi lado. Nuestras caras estaban a una ínfima distancia—contigo…—

—¿Qué puedo hacer?—dijo ahora abrazando mi cabeza y colocándola contra su pecho, su voz era tenue, casi espectral.

—Nada—respondí con firmeza, dejando brotar aún más lágrimas—cuando termine el año, me enviarán a Francia y no podremos vernos más. No te veré nunca más, y me voy a morir por eso—solté por fin la verdad, afirmando que le amaba, que no había otra explicación y que esa era la causa de mi pesadez, de ese dolor tan terrible. Me sería arrancado lo único que en verdad podía necesitar.

—No—dijo él rotundamente—nos iremos de aquí—

—Yo me incorporé exaltada—¡¿cómo?!—pregunté—es imposible—

Él sonrió—confía en mí, chiquita—dijo esto último acariciando mis labios, sentí una confianza abrumadora. Era como la primera vez, cuando se las arregló para vernos en secreto, cuando ideó todo ese plan maestro.

4/NOVIEMBRE/2010

El 4 de noviembre del 2010, fui con la escuela a una excursión al museo Edo-Tokio, ese día después del recorrido, hubo un descanso en el que nos permitieron salir por quince minutos, compré un amuleto en una tienda. Al pasar por una pequeña calle, fui bruscamente tomada por el brazo; dos hombres: uno alto y otro de rasgos occidentales me llevaron por la fuerza hasta una camioneta blanca, me empujaron al interior y condujeron por unos treinta minutos. Estacionaron y me bajaron, ahora con un poco más de sutileza.

Era un galpón, un helipuerto. Al final de un largo recorrido, estaba Sasuke esperándome, con sus Ray Ban Aviator y su cabello negro, su camisa blanca en V y la media sonrisa de siempre.

Corrí hasta él, besándole, tomé su mano por primera vez. Volamos hasta Osaka. Ese día, ese 4 de noviembre del año 2010, dejé de ser Sakura Haruno, fui Anne Marie Dumas, nacida el 2 de agosto de 1989, originaria de La Rochele, hija de Pierre y Margarithe Dumas. Dejé atrás esa realidad tan feroz, volé hasta un mundo de placeres intangibles, un mundo de colores brillantes, a un mundo flotante.


Bien, ese fue Sakuran. ¿ A que todos nos volvemos Sakuran a veces? Ahora sí, solo falta el capítulo final. Es la primera historia que termino, me siento muy contenta, gracias por comentar, les mando un beso :).

El siguiente capítulo se titula Ukiyo-e o Mundo flatante. Volveremos al inicio de la historia, al año 2015, a la ninfa errante. Me inspiré en un comercial de Kinoperla y en la modelo Aleksandra Wydryc; por supuesto, también en el período de aislamiento de japón del siglo XV al XVII.

Dejaré el link del comercial en mi perfil. Muy emocionada, saludos!