Terminé de conversar con Kari por Skype. Le había comentado lo que me había ocurrido en el autobús, y desde entonces no había parado de formular preguntas entusiastas a las que no sabía muy bien qué responder. La declaración de Ken todavía me había dejado tan confundida que se me olvidó preguntarle cómo había ido la tarde con Takeru. En apenas un momento me había convertido en una cotorra muda.
Me llevé un casco a la oreja mientras terminaba mis deberes de matemáticas para escuchar una de esas canciones que tantas veces me habían hecho soñar con historias de amor. Ni si quiera eso conseguía que mi corazón se reblandeciera del gusto. Lo achaqué, por supuesto, al desconcierto reciente.
Pero aún así, una ominosa pregunta revoloteaba por mi cabeza como una de esas asquerosas moscas de culo verde: ¿y si, después de lo mucho que había esperado ese momento, las cosas no ocurrían tal y cómo lo había imaginado? Esa duda me acompañó durante el resto de la noche.
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Davis estaba enfurruñado conmigo. Tal vez sentía que le estaba traicionando al aliarme con el grupo de las malas pécoras. Yo también me enfadé con él. Para mí, Ken nunca había formado parte de la tropa del mal; sólo salía con ellos de vez en cuando, y sospechaba que ni si quiera se había percatado de lo imbéciles que eran. Davis era un insensible al no tener en cuenta lo mucho que había deseado que llegara ese momento.
El problema era que no había quedado a solas con Ken, sino también con Juro, Keiko y lo peor de todo: con Yoko. ¿Qué haría cuándo me reuniera con ellos? ¿Permanecer todo el tiempo desviando la mirada de Yoko? ¿Charlar con Keiko como si fuéramos amiguísimas? ¿Tomar el té con Juro?
Pasara lo que pasase, no iba a permitir que me vieran débil. Los tiempos en los que podían derribarme con una palabra o una risita maliciosa habían quedado atrás. En todo caso, serían ellos los que acabarían temiéndome. Ahora era la novia de Ken, la chica más poderosa y envidiada del instituto. Tendrían que guardarme respeto o lo lamentarían.
Uno de las amigas de Keiko, una chica bajita y poca cosa, mucho más fea y gorda que yo aunque se creyera la gran diva cuándo llevaba maquillaje de geisha, me informó del lugar y la hora de reunión. Yo esperaba quedar con anterioridad con mi futuro esposo, así que le di un las gracias con un gruñido perruno.
Probablemente tenía que ducharse después del entrenamiento de fútbol (aprende, Davis) o simplemente prefería un primer contacto íntimo conmigo después de charlar amistosamente todos para conocerme un poco más como amigos. Tal vez era tímido. Rechacé la idea inmediatamente. Aparentemente, no había tenido problemas en pedirme una cita. Además era guapo. No podía imaginarme que alguien tan atractivo cómo Ken pudiera ser tímido, ni si quiera necesitaba ser inteligente. Lo tenía todo.
Lo sé, a veces doy un poco de miedo. Tengo que dejar de ver los programas de la MTV.
Me despedí de Kari antes de dirigirme al lugar de reunión. Me hubiera gustado que mi escudera viniera para darme fuerzas en estos difíciles momentos, pero al parecer ya había quedado con su hermano para ayudarle a escoger un regalo de San Valentín a su chica. Me extrañaba que Kari se llevase tan bien con sus hermanos. De acuerdo con mi limitada experiencia, la interacción con los hermanos debía ir acompañada a menudo de insultos y gritos. Davis y Jun siempre estaban como el perro y el gato, y mi relación con mis hermanos no es muy diferente a la de ellos. Ni si quiera les he mencionado, ni falta que hace. Ayudarse en esos menesteres era extraño, de hermanastros o hermanísimas como las Olsen. Kari de tan buena y perfecta era un poco odiosa.
Afortunadamente, no tuve que compartir un momento incómodo con mis queridos nuevos amigos. Quería esperarme hasta el último minuto a salir del instituto debido a la desagradable experiencia que tuve al quedar con toda la clase la última vez para beber alcohol en un mugroso callejón. Con el tiempo he aprendido que llegar la primera a una cita es poco glamoroso. El caso es que, mientras caminaba por el pasillo me encontré con él. Se acababa de cambiar el vestuario; ahora llevaba una camisa negra y unos vaqueros. Seguro que se había puesto eso expresamente por mí.
Le saludó como si lo hiciera a diario. El me correspondió con una seductora media sonrisa y se acercó a mí con las lejas simpáticamente levantadas. Nunca lo había visto siendo simpático.
No comprendía porqué no me había caído al suelo agitándome como una merluza fuera del agua.
-Están esperando fuera -anunció.
-Lo sé, me he retrasado. Perdona.
-Yo también, ¿nos disculpamos juntos?
-Venga -dije riendo.
Esto no podía estar pasando. Había superado mi record de intercambiar más de una frase con Ken sin meter la pata. ¿Qué vendría después? ¿El anuncio de compresas en el que bailamos románticamente en el salón del palacio? ¿O el anuncio de golosinas en el que la niña quiere comerse un montón de focas de colores y al final se acaba convirtiendo en una y viaja por el espacio exterior en un unicornio a través de una carretera de arcoiris? Espera, eso no tiene sentido.
¿Por qué estoy pensando en estas cosas?
Tienes a Ken Ichijouji a menos de medio metro. ¡Céntrate, tonta!
Nos dirigimos juntos hacia la entrada. Sentía cómo miradas de envidia se clavaban en mi nuca, pero el halo celestial de reina del baile americana que me acompañaba me protegía de la mala vibra. Me quité las gafas de montura redonda que solía llevar y saqué del bolsito unas graduadas de sol para proteger mis preciosos ojos marrones con sorpresivos destellos verdes.
Tenía mi apariencia habitual de rata de biblioteca; vestido, blusa y zapatos Oxford formalmente informales, siendo mi cabello recogido en un pañuelo el único detalle novedoso. Pero por alguna razón, mientras descendía las escaleras lentamente, acaparando las miradas de urracas maliciosas de Keiko y compañía, me sentía crecida, como Autrey Hepburn en Desayuno con Diamantes… hasta que resbalé con una cáscara de banana y tuve que sujetarme penosamente al pasamanos para evitar la que hubiera sido la tragedia adolescente que me marcaría hasta los últimos años de mi vida. Fue como en una de esas comedias absurdas en las que de repente aparece una mano enfundada en un guante del mismo color que el suelo y pone un obstáculo para que el personaje se tropiece.
Afortunadamente, la tribu de hienas al acecho no tuvo demasiado tiempo para reírse de mi infortunio, pues Ken se había acercado para sujetarme con sus fuertes y varoniles, pero no extremadamente musculosos brazos. Ideal. Se lo agradecí por lo bajo; toda mi armadura de diva se había deshecho de repente, necesitaba un apoyo. Lástima que no saboreara del todo aquel momento, mientras susurraba al oído al chico más envidiado del instituto delante de Keiko. Podía oír cómo sus oídos y sus horripilantes narices de pseudo-pijas -con tendencia a arrugarse cada vez que veían algo que no les agradaba−-escupían vapor como una olla Express.
Sonreí odiosamente, recuperando mi coraza. Era una sonrisa que decía con repelencia "Sí, he tropezado, pero por lo menos tengo a alguien que impide que caiga. ¿Se puede decir lo mismo de vosotras, chicas?"
-Hola, Yolei -Keiko se acercó de un salto a mi posición y yo estuve a punto de levantar el brazo para propinarle un bofetón por inercia-. ¡Hace mucho tiempo que no nos vemos! Me alegro tanto de qué estés aquí con nosotros. Y Yoko también se alegra.
−Oh, sí.
Mi ex-amiga me dedicó una breve mirada acompañada de una sonrisa casi velada. ¿Parecía muy desmejorada, o me lo parecía a mí? Qué sabrás tú, si no la estás viendo. No es que estuviera fea ni se hubiera puesto ropa horrible, simplemente percibía un aire de pequeñez en ella. Como si Keiko le estuviera chupando la energía como una asquerosa sanguijuela pija del espacio. Aunque llevaba mucho maquillaje como acostumbraba a hacer desde hacía tiempo, no se veía bien.
Como la interacción se estaba volviendo incómoda para ambas, decidí desviar la conversación:
-¿Dónde vamos?
-Ah, a una cafetería –respondió de nuevo la pesada de Keiko, como si ella fuera la única que tuviera voz y voto en el grupo- ¿No te apetece tomar un brownie?
Keiko estaba empezando a ponerme de los nervios. Sabía de sobra que los brownies eran el límite de mi moral, mi perdición, y que había usado mi talón de Aquiles en el pasado para atacarme donde más me dolía: mi complejo físico.
No muy lejos del instituto había una cafetería de estilo años cincuenta en la que todos desentonaban menos Ken y yo, y no sólo por el vestuario. Todos pedimos batidos y cafés excepto Juro, que optó por un vodka negro con lima para dárselas de listo.
-¡No me puedo querer que no te vayas a pedir un brownie! –Exclamó de repente Keiko tan irritantemente que incluso Yoko frunció el ceño en señal de desagrado.
-Con un batido es suficiente, gracias –refunfuñé.
¿Qué demonios le pasaba a esa chica? ¿Por qué parecía haber olvidado que estaba la primera en mi lista negra?
-Lo siento –rió-. Es que me da la impresión de que no te lo pides por corte –endulzó considerablemente el tono-. Aquí somos todos muy amigos. Estás en tu familia.
Sentí que me temblaban las manos de la furia. Me mordí el labio, ahogando mi furia contenida y ocultándola con una risa falsa.
-No quiero brownie, gracias. ¿Por qué no te lo pides tú?
Hubo un silencio incómodo en la mesa. Yoko siguió con la vista fija en la nada. La amiga de Keiko más gorda y fea que yo no pudo ocultar su felicidad y se llevó la mano a la boca para acallar una risa. Juro miraba aburrido un sugerente poster de una pin-up rubia con pantalones cortos estilo años sesenta. Ken dejó de concentrarse en la carta para fijar sus gélidos ojos en Keiko, que frunció ligeramente los labios y desvió el contacto visual. Podía atisbar un extraño brillo en sus ojos.
-Miyako no quiere tomar un brownie, Keiko.
-¿Qué por qué no me lo pido yo? –Saltó de repente-. ¿Por qué no?
Llamó al camarero y ordenó el pedido con rapidez.
-Lo decía porque me daba la impresión de que tu también querías –dije muy seria.
Tampoco quería pasarme de lista.
-Tenía la esperanza de que me dieras un pedacito, el chocolate es mi perdición –comentó alegremente.
Una vez más, sentía que Keiko estaba jugando conmigo. Sí era cierto que quería comer mi postre favorito, pero no delante de la chica que me había llamado gorda por tomarlos. Repentinamente envalentonada, me dispuse a desenmascarar a Keiko.
Pero entonces dijo algo que me hizo olvidar mi propósito.
-Sé lo que estás pensando, Yolei –dijo con solemnidad-. Me he portado muy mal contigo. He creado distancia entre Yoko y tú. Comenzó el nuevo curso en un instituto nuevo, dije adiós a mis amigos de siempre y no sabía si podría hacer nuevas amistades. Te resultará raro oír esto, pero nunca me he considerado una chica guapa. Bueno, sí soy atractiva, pero no soy de esas que aparecen en las portadas de las revistas –se apartó un mechón de pelo y rió de nuevo como tonta, pero esta vez no la odié-. Soy superficial, y tonta, lo sé. Me influye y no puedo evitarlo, pero trato de mejorar. Fue muy egoísta querer separarte de Yoko y debo pedir disculpas –agachó humildemente la cabeza-. Espero que me perdones y, si es posible, me encantaría conocerte. Creo que podemos ser grandes amigas.
Todos nos quedamos sin habla durante un buen rato. Yoko tenía lágrimas en los ojos y no podía ocultar su mirada de tremenda gratitud hacia Keiko, que le acarició suavemente la mano.
Yo estaba en shock. Los acontecimientos habían tomado un rumbo inesperado, más todavía que la declaración de Ken. Todavía sentía mucho rencor hacia ella, pero esa historia sobre complejos e inseguridades me había ablandado bastante. Sorprendentemente, no pude evitar verme reflejada en ella. Sentirse repentinamente identificada con la persona a la que más odias en el mundo es, cuanto menos, inquietante.
-¿Entonces qué dices, me perdonas?
-Claro.
-Oh, eso es tan genial –dijo Keiko en un susurro emocionado-. Siento que me quito una gran carga de encima. Voy a quitarme este estúpido maquillaje –anunció, limpiándose una lágrima de la mejilla-. ¿Me acompañas?
No pude decirle que no. De repente era su amiga, y las amigas van juntas al baño. Me acerqué a Keiko, que me cogió del brazo con gentileza, sus uñas pintadas de rojo clavadas cariñosamente en mi carne.
-¡Me alegro tanto por vosotras, chicas! –Gritó de repente Yoko.
Por primera vez en mucho tiempo, me permití un gesto amable con Yoko y le guiñé un ojo como en los viejos tiempos.
Pero seguía teniendo el presentimiento de que algo no estaba bien.
El resto de chicas permanecían en un silencio sombrío.
Keiko se mojó la cara con agua fría. El maquillaje se diluía rápidamente en el agua. Cuando la última gota del colorido remolino desapareció en el drenaje, Keiko volvió su rostro hacia mí. Sin esa sonrisa de falsa que le contraía desagradablemente el rostro, estaba muy guapa. Era de esas chicas cuya piel era tan perfecta que no precisaba de maquillaje para lucirla.
Me animé a recalcar ese hecho, pensando que, de estar yo misma en su lugar y ser tan atractiva, me gustaría que alguien me lo recordara para no tener que ocultarme tras una capa de maquillaje.
Pero justo cuando me disponía a abrir la boca, me acalló con un puñetazo en el estómago. Después me empujó contra la pared y me aplastó el cuello con el antebrazo, inmovilizándome.
-Te voy a explicar cómo funcionan las cosas por aquí, amiguita.
