Capítulo 10: Fuga
Desperté cerca de las 9 de la mañana. Ya no había sol. Por la claraboya se divisaba el cielo encapotado, color panza de burro, el eterno cielo parisino. Ella dormía, dándome la espalda. Parecía muy joven y frágil, con ese cuerpecito de niña, ahora sosegado. Nadie, viéndola así, se hubiera imaginado la vida difícil que debió haber llevado desde que nació. Traté de imaginarme la infancia que tuvo, por ser pobre en ese infierno que es el Perú para los pobres, y su adolescencia, acaso todavía peor, las mil pellejerías, entregas, sacrificios, concesiones, que habría debido de hacer, para salir adelante y llegar hasta donde había llegado. Sentía una inmensa ternura por ella. Estaba segura que la querría siempre, para mi dicha y mi desdicha. Verla y sentirla respirar me inflamaron.
Comencé a besarle la espalda, muy despacio, su pequeño trasero respingado, el cuello y los hombros y, haciéndola ladearse, los pechos y la boca. Ella simulaba dormir, pero estaba ya despierta, pues se acomodó de espaldas de manera que pudiera recibirme. La sentí húmeda y, por primera vez, al ingresar mis dedos, pude entrar sin dificultad, sin sentirme haciéndole el amor a una virgen. La quería, la quería, no podía vivir sin ella.
Q: Madame- saqué mis dedos y junte nuestras partes íntimas, moviéndome con mucho ahínco, al darme cuenta de lo mucho que la quería y que no importa lo que pase, mi corazón seguiría siendo de ella- aaahhh por dios- le besé los pechos, acaricié su cintura con mis manos, la volví a besar, arremetía con más fuerza- por favor… deja… al señor Arnoux, ven a vivir conmigo, juro que ganaré mucho dinero, te engreiré, te costearé todos tus caprichos, te…
R: vaya, te has redimido – se echó a reír- y hasta me has hecho gozar más que otras veces. Creí que ya no servirías más para esto, después del fiasco de anoche.
Q: vez que puedo… - la besé de nuevo- te hago el desayuno- le propuse.
R: mmm mejor vamos a comer en la calle, se me antojó un croissant croustullant
Nos duchamos juntos, me dejó jabonarla y secarla y, sentada en la cama, verla vestirse, peinarse y arreglarse. Fuimos de la mano a un bristot de l'avenue de la bourdonnais, donde, en efecto, las mediaslunas crujían como si acabaran de salir del horno.
R: si esa vez, en lugar de despecharme a cuba, me hubieras hecho quedar contigo en París ¿Cuánto habíamos durado, Quinnie?
Q: toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca.
R: -me miró muy seria y algo despectiva- ja! Que ingenua y que ilusa eres- silabeo, desafiándome con sus ojos- No me conoces. Yo sólo me quedaría para siempre con una persona que fuera muy rica y poderosa. Tu nunca lo serás, por desgracia.
Q: ¿y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?
R: felicidad, no sé ni me importa lo que es, Quinnie. Delo que sí estoy segura es que no es esa cosa romántica y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite gozar a fondo de la vida sin preocuparte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar – se me quedó, mirando con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera extraña y parecía congelar la vida a su alrededor- tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estas contenta con lo que has conseguido, no? pero eso no es nada, niña buena. Por eso no podría estar contigo. Yo nunca estaré contenta con lo que tenga con lo que tenga. Siempre querré más.
No supe que contestarle, porque, aunque me doliese, había dicho algo cierto. Para mi la felicidad era tenerla a ella y vivir en parís. Antes de regresar al departamento, madame Robert Arnoux se levantó a llamar por teléfono.
R: -regresó con una cara de preocupada- lo siento, pero tengo que irme, niña buena. Se me han complicado las cosas.
Q: quieres que te acompañe a tu casa?
R: no es necesario, solo vamos por mis cosas
Subimos a que recogiera su maletín de mano y la acompañé a tomar un taxi a la estación, junto al metro de la Ecole Militaire.
R: pese a todo, fue un bonito fin de semana –se despidió, rozándome los labios- chau, mon amour.
Al volver a mi casa, sorprendida por su brusca partida, descubrí que había dejado olvidada su escobilla de dientes en el baño. Una preciosa escobillita que llevaba impresa en el estuche la firma del fabricante: guer-lain. ¿Olvidada? A lo mejor, no. A lo mejor era un olvido deliberado para dejarme un recuerdo de esa noche triste y ese despertar feliz.
Esa semana no pude verla ni hablar con ella pues también su teléfono no contestaba a ninguna hora. La siguiente semana a esa partí a Viena, a trabajar una quincena de días en la junta de energía atómica. Me encantaba esa ciudad barroca, elegante y prospera, pero el trabajo de una temporera en esos periodos en que las organizaciones internacionales tienen congresos, juntas o la conferencia anual es tan intensos que no me dejaba tiempo para museos, conciertos y funciones de ópera, salvo, algún medio día. Varias veces llamé a la niña mala, pero nadie contestaba el teléfono o sonaba siempre ocupado. No me atrevía a llamar a Robert Arnoux a la Unesco para no despertar sus sospechas.
Terminados los quince días, tuve un nuevo contrato para roma, en un seminario seguido de una conferencia de la FAO, de modo que viajé a ese lugar sin pasarme por París. Tampoco desde roma pude hablar con ella. Apenas volví a Francia, la llamé. Sin éxito, por supuesto. ¿Qué pasaba? Empecé a Pesar, angustiada, en un accidente, una enfermedad, una tragedia doméstica.
Después de nuevos intentos infructuosos de hablar con madame Arnoux, decidí ir a la Unesco a buscar a su marido, con el pretexto de invitarlos a cenar. Pasé antes a saludar al señor Chames y a los colegas de la oficina de español. Luego subí al sexto piso donde estaban los despachos de los jefes. Desde la puerta divisé la cara desmoronada y el bigotito de mosca del señor Arnoux.
Q: -tome aire y me adentré- buenos días señor Robert Arnoux – dio un extraño respingo al verme, y lo noté más hosco que nunca, como si mi presencia le desagradara.
Ro: …-me estiró una mano encogida sin decir una palabra, y esperó a que yo hablara, clavándome una mirada perforante con sus ojitos de roedor.
Q: Amm… he estado trabajando fuera de París, en Viena y en Roma, este último mes. Me gustaría invitarlos a cenar una de estas noches que tengan libre.
Ro: -me siguió mirando sin responder. Estaba muy pálido ahora, tenía una expresión desolada y fruncía la boca- entonces… usted no está enterada- murmuró- o juega una comedia?- Desconcertada, no supe que responderle- Toda la Unesco lo sabe, soy el hazmerreír de la organización. Mi mujer me ha dejado, y ni siquiera sé por quién. Siendo sincero…pensé que era por usted, señorita Fabray.
Q: -se le cortó la Voz antes de terminar de decir mi apellido- lo siento, no estaba al corriente de nada- balbuseé- m…me tengo que ir, hasta luego señor Arnoux.
La sorpresa y el disgusto fueron tan grandes que, en el ascensor, me vino una arcada y en el bañito del pasillo, vomité. ¿Con quién se había ido? ¿Seguiría viviendo en París con su amante? Un pensamiento me acompañó todos los días siguientes: ese fin de semana que me regaló era una despedida. Para que yo tuviera algo especial que añorar. Las subras que se echan al perro, Quinnie. Unos días siniestros siguieron a aquella brevísima al señor Arnoux. Por primera vez en mi vida, padecí de insomnio. Me pasaba las noches sudando, con la mente en blanco, apretando la escotillita de dientes que había guardado como un amuleto en mi velador, rumiando mi despecho y mis celos. Al día siguiente estaba hecha una ruina. El cuerpo cortado por escalofríos y sin ánimos para nada, ni ganas de comer. El médico me receto unos nembutales que, más que dormirme, me desmayaban. Tenía un despertar desasosegado y con muñecos, como si arrastrara una resaca feroz. Todo el tiempo me maldecía por lo estúpida que fui aquella vez, despechándola a cuba, Anteponiendo mi amistad con Sam al amor que sentía por ella. Si la hubiera retenido, seguiríamos juntas y la vida no sería este desvelo, este vacío, esta bilis.
El señor Chames me ayudo a salid de la lenta disolución emocional en la que hallaba dándome un contrato de un mes. Tuve ganas de agradecérselo de rodillas. Gracias a la rutina del trabajo en la Unesco fui saliendo poco a poco de la crisis en que me dejo la desaparición de la ex chilenita, la ex guerrillera, la ex madame Arnoux. ¿Cómo se llamaba ahora? ¿Qué personalidad, que nombre, que historia había adoptado en esta nueva etapa de su vida? Su nuevo amante debía ser muy importante, bastante más que ese asesor del Director de la Unesco, ya muy modesto para sus ambiciones, al que había dejado hecho un trapo. Estaba segura de que, esta vez sí, no la vería más. Tienes que sobreponerte y olvidar a la señorita milcaras, convencerte de que ella solo fue un mal sueño, niña buena.
Ro: tiene tiempo, señorita Fabray? –dijo al entrar a mi cubículo.
Q: como no, señor Arnoux, que se le ofrece
Ro: Lamento haber sido brusco con usted el otro día, estaba en muy mal estado de ánimo en aquel momento.
Me propuso que cenáramos juntos. Y, aunque sabía que aquella cena sería catastrófica para mi estado de ánimo, la curiosidad, oír hablar de ella, saber que pasó, fueron más fuertes, y acepté.
Ro: Señorita Fabray… desde cuando la conoce?
Q: solo desde 1960 señor, cuando pasó rumbo a Cuba como una de las becadas del MIR para recibir entrenamiento guerrillero- mentí.
Ro: es decir que usted no sabe nada de su pasado, de su familia? Yo siempre supe que mentía. Respecto a su familia y a su infancia, quiero decir, me parecían mentiras piadosas, disimular una niñez y una juventud que la avergonzaba, porque ella debe ser de una clase social muy modesta, ¿no es verdad?
Q: no le gusta hablar de eso. Nunca me contó nada de su familia. Pero sin duda, sí de una clase muy modesta.
Ro: a mi me daba pena, adivinaba toda esa montaña de perjuicios de la sociedad peruana, los grandes apellidos, el racismo. Que había estado en el Sophianum, el mejor colegio de monjas de Lima, donde se educaban a las chicas de la alta sociedad. Que su padre era dueño de una hacienda algodonera. Que había roto con su familia por idealismo, para hacerse revolucionaria ¡nunca le interesó la revolución, estoy seguro! Jamás le oí una sola opinión política desde que la conocí. Hubiera hecho cualquier cosa para salir de cuba, hasta casarse conmigo.
Q: jamás me dijo una palabra. Nunca lo sospeché. Yo creía que ustedes eran felices.
Ro: yo también lo creía… no tenía necesidad de hacer lo que hizo. Fue feo, fue sucio. Fue desleal actuar así conmigo. Yo le había dado mi nombre, me desvivía por hacerla feliz. Puse en peligro mi carrera para sacarla de cuba. Tanto calculo, tanta hipocresía es inhumano- no sabía que decirle, cualquier frase de consuelo me saldría falsa y ridícula. De pronto, comprendí que tanta desesperación no solo se debía al abandono. Había algo más que quería contarme, pero le costaba trabajo- Los ahorros de toda mi vida…- susurró, mirándome de manera acusadora, como si yo fuera culpable de su tragedia- usted se da cuenta? Soy un hombre mayor, no estoy en condiciones de rehacer toda una vida. Lo comprende?. No solo engañarme vaya usted a saber con quién. Además, eso: mandarse mudar con todo el dinero de la cuenta que teníamos en suiza. Yo le había dado esa prueba de confianza, lo ve usted? Una cuenta conjunta. Fue a suiza a hacer un depósito y se llevó todo, todo y me dejó en la ruina. Ella sabía que no podría denunciarla sin delatarme, sin arruinar mi reputación. Sabía que si la denunciaba sería el primer perjudicado, por tener cuentas secretas, por evadir impuestos. ¿se da cuenta qué bien planeado? ¿cree usted posible tanta crueldad, con alguien que solo le dio amor, devoción?
Q: señor… no puedo creer todo lo que ha hecho, estoy atónita…
Ro: disculpe usted, necesitaba desahogarme- me dijo al fin-Le agradezco su presencia. Espero que esta catarsis me haga bien.
Q: estoy segura que en un tiempo todo esto quedará atrás, no hay mal que dure cien años- mientras habla me sentí completamente hipócrita, tan culpable como si yo hubiera planeado la fuga de la ex madame Arnoux y el saqueo de su cuenta secreta.
Ro: si se la encuentra alguna vez, dígaselo por favor, no necesitaba hacer eso. Yo le hubiera dado todo. ¿Quería mi dinero? Se lo hubiera dado, pero no así.
Nos despedimos en la puerta del restaurante, bajo el resplandor de las luces de la torre Eiffel. Fue la última vez que vi al maltratado monsieur Robert Arnoux.
Respoder reviews: la verdad no se si tendrá el final del libro original, aun está en veremos :P seguro que cuando publique las ultimas partes, me decidiré
Gracias por sus Reviews
Espero que les haya gustado :)
