Holis :3 Sé que he tardado más de lo habitual en subir, pero como ya os dije hace un par de capis, acabo de empezar la universidad yyyy no es que tiempo libre sea lo que me sobre -.-''' Así que lo siento si no volvéis a tener capi hasta dentro de dos o tres semanas. Yo lo intento, pero ya tengo que empezar a estudiar y lo primero es lo primero (aunque no quiera que lo sea xD ) :/
Hablando ya del capítulo que nos ocupa (?), decir que me ha costado la vida escribirlo. Lo he empezado como dos veces, adelantando un capítulo, pero al final lo ha dejado tal y como lo tenía previsto dado que fuentes de confianza me han dicho que lo dejase así. Tampoco es que me convezca mucho (aunque ya no creo que sea mierdoso xD ): me gusta cómo está escrito, buuuut me parece un poco... ¿cómo decirlo? ¿Inconsistente? ¿Aburrido? ¿Repetitivo? Idk... Lo que más me gusta es el título que he puesto (de la canción 'Antes de que cuente diez'), bc pega la leche con la idea que pretendo expresar en cada POV (la primera frase de Danny, y la segunda de Doug).
Yyyyyyyy no sé what more. Que lots of love (is on the radio B) ) y que espero que os guste :D
-CAPÍTULO 10: Y NO VOLVERÉ A QUERERTE TANTO, Y NO VOLVERÉ A DEJARTE DE QUERER-
Danny
-¡Danny! Hemos quedado en diez minutos en casa de Izzy. Si salimos ahora, en coche tardamos veinte mínimo. ¿Me explicas tú cómo hacer las cuentas? Menos mal que te dije que te preparases con tiempo…-los refunfuños y quejas de Harry me llegan incluso con la puerta del baño cerrada.
Emito un bufido al mismo tiempo que ruedo los ojos, dando los últimos retoques a mi pelo. No me he esmerado mucho en mi aspecto, pues no es que la cita me cause gran y desmesurada ilusión como para dignarme a estar dos horas preparándome (eh, bueno, tampoco he llegado nunca a esa exageración… con una hora y pico me suele bastar…). Pero tampoco es plan de que vaya pareciendo Krusty el payaso, ¿no? Así que me echo un poco más de gomina en la palma de la mano, para prevenir.
-Ya voooooooy.-contesto cuando Harry remunga más aún, y decido que es hora de salir velozmente porque casi puedo oír el suelo de la entrada quemarse bajo los círculos rabiosos que describen sus pies, cual fiera enjaulada.
Un poco de colonia, y, listo, recojo velozmente el baño y voy a zancadas hasta mi habitación, donde agarro la chupa de cuero negro, la cartera y el móvil.
-Aleluya, princesa.-Harry me mira impaciente y algo molesto, y prácticamente me coge de la pechera de la camiseta color crema con botoncitos en el cuello de pico para lanzarme por la puerta para afuera.
-Deja de llamarme princesa.-le recrimino, y no puedo ni ponerme la chaqueta tranquilo porque empieza a empujarme hacia el ascensor con ímpetu tras cerrar la entrada del apartamento.
Pulso el botón de llamada tras colocarme el cuello de la chaqueta, y Harry mira por, ¿qué?, ¿billotrinésima vez?, el reloj de su muñeca.
-Deja de comportarte como tal.-me contesta, a lo que yo suelto un '¡uy!' muy indignado.-Oh, vamos, tardas más que una mujer en arreglarte. Menos mal que has salido gay, porque si no tu feminidad para ciertos aspectos de la vida sería preocupante.-las puertas del ascensor se abren con un tintineo y yo vuelvo a poner los ojos en blanco mientras entramos.
Fuera clichés sobre gays y nuestra feminidad, que pueden ser más o menos ciertos depende qué, lo cierto es que esta vez no me he retrasado por ese motivo. Simplemente es que empecé tarde a prepararme porque estuve muy ocupado examinando la carta de Ian encerrado en mi habitación, dándole vueltas, y más vueltas, y más vueltas, buscando algo, cualquier cosa, que pudiera revelarme una ínfima pista de su paradero. No había nada, por supuesto.
La conversación de por la mañana con Dougie no estuvo muy lejos de mis pensamientos tampoco, imposible no rememorar el momento en el que lo volví a tener, durante unos minutos, entre mis brazos. Su olor, su tacto, sus bracitos extrañamente tímidos e indecisos a mi alrededor, su corazón latiendo contra mi pecho, su mera presencia… ay, lo había echado tanto de menos… Y sí, una parte de mí me reprende por no haberle besado, por no haber saciado mis ganas de él, me llama cobarde. Pero yo sé que no he sido un cobarde, sino al contrario. Besarle hubiera sido muy fácil. Lo difícil fue no hacerlo, controlar, por el bien de los dos, esos sentimientos que después de cuatro años y un poco más de sobriedad y cicatrización en las heridas, han vuelto con más fuerza que nunca. Bueno, miento. Hora de las confesiones: no es que hayan vuelto; siempre han estado ahí, solo que el alcohol y el dolor de esas heridas que poco a poco han ido convirtiéndose en sordas huellas los han camuflado, aunque, todo sea dicho, bastante toscamente.
Salimos del ascensor y nos dirigimos hacia el coche, aparcado en la calle de enfrente. Monto en el asiento del copiloto, ninguna gana de acudir a ninguna cita con alguien que no conozco y que probablemente aborrezca. Vale, vale, quizás esté siendo un poco precipitado y poco colaborador, pero, entendedme, estoy enamorado de alguien. De alguien del que llevo enamorado más de cinco años y del que, muy seguramente, seguiré enamorado mucho tiempo. Lo menos que me apetece es andar aguantando flirteos de algún tipo desconocido. ¿Y si es un sobón? ¿Y si es demasiado empalagoso? ¿Y si es un lanzado que quiere meterme mano a la primera de cambio? ¿Y si le huele mal el aliento? Urgh… No, presiento que la cena va a ser de todo menos agradable…
Harry conduce bastante rápido para compensar el retraso que mi tardanza nos ha supuesto, y yo cada vez me hundo más en el asiento, deseando que la noche acabe ya, cuando ni siquiera ha comenzado.
Los nervios e incomodidad que se han ido construyendo en la boca de mi estómago se acentúan cuando el trayecto hasta el apartamento de Izzy finaliza y Haz aparca el coche cerca del portal.
-¿De verdad que tengo que ir? ¿No puedes poner una excusa? Di que me he puesto malo. Que he comido una hamburguesa en mal estado y estoy echando las vísceras por la boca. Venga, anda…
Harry primero frunce el ceño, pero después se echa a reír, quitando el contacto del motor.
-Oh, vamos, Danny. No me digas que estás asustado por una simple cena. ¿Tú? Después de ser uno de los líderes de una de las bandas callejeras más peligrosas. Por favor…-se ríe entre dientes, y yo me enfurruño. No estoy asustado. Solo que no me apetece, y punto. Jum.
De todas formas, Harry sabe que me ha picado con su comentario (supongo que ese era el objetivo del mismo desde un principio), y, quitándome el cinturón de seguridad, abro la puertezuela y salgo del coche de mala manera, un mohín en mis labios.
Harry sigue riéndose incluso cuando entramos en el portal, incluso cuando empezamos a subir las escaleras.
-¿Quieres callarte, so pesado?- digo con voz cansina y enfadada.
-Aw, pobrecito Danny.-Harry se adelanta subiendo un par de escalones a zancadas, hasta quedarse a mi altura. Su brazo rodea mis hombros y me da un apretón que pretende ser reconfortante y que solo hace que casi pierda el equilibrio sobre el peldaño.-Todo saldrá bien, ¿vale? Ya te he dicho que Ryan…
-Sí, es un tío muy majo, muy gracioso, bla, bla, bla.-le interrumpo, rodando los ojos por tercera vez en lo que va de noche (como siga así los voy a perder dentro de las cuencas), quitándome su brazo de encima para evitar que ambos acabemos rodando escaleras abajo. Tengo experiencia en eso y, créedme, no es para nada agradable.
-Exacto. Te caerá bien, confía en mí.-Harry no se toma a mal mi rechazo y me sonríe, sus ojillos aguamarina brillando.-Encima es rubio. ¿Te había dicho antes que era rubio? Bueno, pues lo es. Y a ti te chiflan los rubios.
Expulso entre los dientes una bocanada de aire tras hinchar los mofletes, emitiendo un sonido a medio camino entre el bufido y el siseo. Me ahorro el comentario de que a mí el único rubio que me gusta, resulta, está en una relación y, resulta, ya no debería estar pillado por él, y, resulta también que tampoco estoy por la labor de querer sacármelo de la cabeza.
-Y luego tienes el jeto,-le señalo con el índice, acusadoramente, mientras llegamos al rellano de las escaleras.- de decir que esto no es una cita a ciegas…
Una nueva risita y un nuevo apretón en mi brazo por parte de Harry nos acompañan cuando llegamos al sexto, planta en la que está el piso de Izzy.
-No es una cita a ciegas. Vais a veros perfectamente.-bromea el ojiazul, y yo exagero una risa grave y sarcástica, que resuena en el pasillo.-Y es que sería una pena que lo fuera, porque él es bastante guapo. Y tú estás muy guapo también, palabrita de Juddy.
No me río, solo me cruzo de brazos y aprieto los morros, intentando controlar una pequeña sonrisa, ya parados frente a la puerta correspondiente.
-Si no fuera porque tienes novia y porque te conozco desde que llevábamos pañales, diría que el gay eres tú y que siempre tratas de ligar conmigo.-suelto con tono que intenta ser serio, pero que se tiñe de inevitable diversión.
Harry pulsa el botón del timbre y luego, con la otra mano, me planta los cinco dedos en la nalga de un contundente azote que provoca que un sonoro quejido abandone mis labios.
-Vaya, me has descubierto, cariño.-se burla poniéndome morritos.
-¿Quién ha descubierto qué y a qué viene ese 'cariño'?-la puerta se ha abierto y tras ella aparece Izzy, con una sonrisa en los labios y sus chispeantes ojos azules haciendo juego con el sencillo vestidito que lleva.- ¿Tengo que ponerme celosa?
Haz vuelve a reírse, dándole un beso, mientras yo me sonrojo un poco por la vergonzosa situación, y con cosquilleos aún en la nalga cruelmente flagelada.
-Claro que no, es Danny, no tienes nada que temer.-me mira de reojo y yo frunzo el ceño.
-Ah, vale, muy bien, primero me dices que estoy muy guapo y ahora me sueltas esa perlita.-finjo más indignación de la que siento y correspondo a los dos besos que su novia planta en mis mejillas.
El muy cabrón solo se ríe, entrando hasta el vestíbulo y mirando en dirección al salón.
-Ya sabes cómo es, no le hagas caso, que estás muy guapo de verdad.-Izzy me sonríe, y luego intercambia una mirada cómplice con Harry.- ¿Por qué no vas hasta el salón mientras yo voy a buscar mi abrigo? Ryan está allí, esperando.
Me siento como un adolescente friki al que sus amigos le instan a ir a hablar con la chica más despampanante del instituto. Pero sé que de nada va a servir quejarme o intentar convencerlos, así que con cabeza gacha y las manos en los bolsillos, recuerdo dónde queda el salón en el no muy gran apartamento y me dirijo a él arrastrando los pies.
Cuando llego, con las rodillas más temblorosas de lo que me gustaría admitir (y reitero que no es miedo lo que siento, por favor, lo que me faltaba a mí, estar acojonadito perdido por una simple cita, psé…), me encuentro una figura de espaldas a mí, cotilleando las estanterías de las paredes. La espalda ancha, la cadera estrecha, de altura media, y sí, rubio.
Carraspeo un poco para llamar la atención del famoso Ryan, algo cohibido, para nada cómodo por tener que hacer esto, a mi edad.
El tipo se vuelve, y me imita cuando abro mucho los ojos, sorprendido.
-Hey, tú.-saluda amigablemente tras casi medio minuto mirándonos cual merluzas. Se acerca con pasos gráciles, hasta que queda frente a mí.-Eres ese chico tan bonito con el que me choqué hace unas semanas, ¿no?
Me fijo en que Ryan, ese florista con el que me crucé hace unas semanas, me saca un dedo de alto, y en que sus ojos siguen, oh, sorpresa, siendo de un intenso gris. El cabello no muy largo, ligeramente de punta, le hace parecer algo más mayor de lo que parecía en nuestro primer peculiar encuentro. A pesar de ello, no creo que sea mucho menor que yo, quizás un par de años solo…
Vuelvo a carraspear, sonrojándome un pelín cuando me repite lo de que soy bonito, y estrecho la mano que me tiende intentando componer una sonrisa que no sea demasiado penosa. ¿Qué demonios hace él aquí? ¿Acaso me he quedado dormido y esto es una jugarreta de mi atolondrado cerebro?
-Hey… Sí, creo que soy yo.-tiro una comisura de mi boca, la izquierda, un poco más hacia arriba.-Y supongo que tú serás Ryan, ¿me equivoco?
Se ríe, echando la cabeza un poco hacia atrás mientras el firme apretón de manos se rompe. No me pasa desapercibida la suavidad de sus manos, de dedos imposiblemente largos, seguramente idóneos para su trabajo de florista.
-No se equivoca usted en absoluto, ¿Danny, verdad?-asiento, un poco más relajado que cuando entré en el salón. Al menos no es un completo desconocido, ¿no? Y sé que es bastante majo, aún recuerdo el amable gesto que tuvo, la flor que me regaló. Y también es bastante apuesto, eso no se puede negar… Aunque no quita de ser bastante perturbador la casualidad (y que, demonios, sigue teniendo un aire muy siniestro a Dougie)… Ryan parece leerme la mente (al menos, parcialmente, lo de Dougie no, claro, eso ya sería demasiado preocupante), porque sin borrar la media sonrisa de los labios, continúa hablando.-Menuda coincidencia… Es un alivio que seas tú el famoso 'amigo'.-hace el gesto de comillas con las manos.-Ya me esperaba tener que soportar a algún indeseable.-sus ojos me recorren de arriba a abajo, con fingida, o al menos eso creo, obscenidad.-No, desde luego tú no eres nada indeseable.
Mi rostro se ilumina cual arbolillo de Navidad, y bajo los ojos, azorado por el cumplido. Manda huevos, apenas he visto a este chico dos veces, y ambas veces ha logrado sacarme los colores con locuaces halagos. Hey, y no me estoy quejando… viene bien alimentar el ego de vez en cuando, ¿no? Además de que no es que últimamente tengo yo la autoestima por las nubes… Y los halagos de Harry no cuentan.
Reprimo una sonrisa a lo Chucky y la sustituyo por una que no dé tanto miedo ni que demuestre lo falto que estoy de moral y, por lo tanto, lo poco que puede hacer un simple piropo en mí.
-¿Ya habéis hecho las presentaciones? ¿Habéis descubierto por fin que el otro no muerde ni tiene la rabia?- la vocecilla viene con cierto retintín, y al estar de espaldas a la pared, me vuelvo para encontrarme con la entrañable y para nada conspiradora pareja ojiazul bajo el umbral de la puerta.
-Sí a lo primero, y a lo segundo, ya veremos.-Ryan despega los pies del suelo y se pone a mi lado, guiñándome un ojo, divertido. ¿Y qué otra cosa más puedo hacer que carraspear en bajito, el color rosado aún en mis mejillas, un poco incómodo con el doble sentido de las palabras del rubio? Bueno, no es exactamente incómodo. Es… no sé, raro. Hace mucho que no trato con ningún otro hombre, menos que me tire los tejos con cierto descaro como hace Ryan y… Y, bueno, por otro lado admito que tampoco se me ha olvidado lo que ha pasado esta mañana en la galería, en cómo me miró Dougie, en cómo estuve apuntito de besarle, en cómo dolió no hacerlo, y en cómo me ofrecí a participar en la cruzada de Ian desde el bando de la amistad. Es una mezcla realmente curiosa de sentimientos la que me está tocando experimentar hoy a mí…
-Oh, vaya. Me alegro entonces… supongo.-Izzy ladea la cabeza, y vuelve a intercambiar una mirada con Harry que casi hace que ponga los ojos en blanco. ¿Hola? ¿Conocen algo comúnmente conocido por 'disimulo'?
-¿Vamos?-soy yo el que pregunta, la sonrisa que adorna mi rostro un poco más forzada que las anteriores. Echo a andar, instando así al resto a moverse de una vez. No me gusta sentirme como una marioneta. Y, aunque sé que los dos tórtolos lo hacen con la mejor de las intenciones, me molesta un poco bastante el hecho de que Ryan y yo conformemos su teatrillo improvisado. O quizás es simplemente que no estoy de humor suficiente como para andar aguantando esta clase de cosas. O que Ryan me ha tocado la fibra sensible con su simpatía y yo aún no he decidido si eso me gusta o no, si lo quiero o no. No lo sé.
El ahora cuarteto que conformamos termina abandonando el apartamento, y abajo decidimos coger un taxi que nos lleve al restaurante donde vamos a cenar, por lo visto para poder así tomar algunas copas sin el riesgo de conducir después. Sin embargo, incluso esta decisión me parece perfectamente orquestada, mis sospechas haciéndose casi tangibles cuando el vehículo de cinco plazas llega y a Ryan y a mí nos tocan dos de los asientos traseros, uno junto al otro, por lo que acabamos un pelín apretujados.
-Bueno… ¿Trabajas en algo?-Ryan rompe el hielo dado que su prima y mi amigo se han enzarzado en una efusiva conversación con el taxista.
Froto en un despistado tic nervioso las palmas de las manos contra mis muslos, decidiendo después que no mirarle a la cara mientras le contesto sería un gesto de muy mala educación. A fin de cuentas, el chaval parece realmente majo.
-Estoy trabajando a tiempo parcial en un estudio fotográfico.-respondo encogiéndome un poco de hombros, gesto que provoca que mi brazo derecho se roce con el suyo izquierdo, el cuero de mi chaqueta y la tela de la suya emitiendo un sonidito de fricción.
Ryan enarca las rubias cejas, mirándome con expresión divertida e interesada.
-¿De modelo?-pregunta, y yo rompo a reír sin querer. Sé que lo ha dicho de coña, vamos, yo no tengo pinta de modelo ni de lejos (no como Míster Perfección), pero el de nuevo sutil piropo hace que algo calentito rebulla en el fondo de mi estómago. Sep, creo que es mi ego.
-No, no, no. Nada de eso. Soy… el chico para todo, ya sabes, tipo becario.-ruedo los ojos a la par que hago un gesto con la mano, ademán que provoca en el rubio una risita contenida.-Además, no me gusta posar ni nada de eso. No es lo mío, nop.
-Oh.-Ryan inclina un poco la cabeza, fijando sus ojos plateados en mi rostro.-¿Eso significa que ya has probado alguna vez eso de hacer de modelo?
Me rasco con el dedo índice la zona de debajo de la nariz, repentinamente incómodo. El tono de la voz de Ryan es en clave de guasa, por supuesto, y la pregunta no va con malas intenciones en absoluto. Sin embargo, repito que mis neuronas no funcionan bien del todo, se habrán fundido cual bombillas debido a años de mal uso y peor mantenimiento. La cuestión es que terminan por conformar un 'sí' a la pregunta formulada, un 'sí' que me lleva a acordarme de Dougie y de su empeño en que le hiciese de modelo día sí, día también. Y me hacen recordar las sesiones improvisadas que hacíamos por lo general después de alguna otra sesión de actividades más físicas y de mucho más contacto, yo fingiendo más rechazo del que realmente sentía a que me capturara en la pantallita brillante de su preciada cámara, solo para que él se picase más e intentase con más ahínco lograr su propósito de fotografiarme, intentos que solían derivar en proposiciones sensuales de, de nuevo, otras actividades mucho más físicas, o simplemente en pucheritos y súplicas de lo más adorables. Me acuerdo de eso y también de que esos momentos íntimos y especiales ya no se podrán volver a repetir, de que se acabó y punto, de que ahora él tiene a otro con el que juguetear y hacer el idiota, y eso provoca que un frío extraño, un frío que brota de dentro hacia afuera inunde cada una de mis extremidades.
-Mmm… más o menos… Yo… bueno, mi ex-novio es… era fotógrafo.-no sé por qué lo digo, no estoy ni mucho menos en la obligación de compartir mi vida sentimental con nadie, menos con un casi completo desconocido, por muchos piropos que me lance. Sin embargo, lo hago, quizás porque Ryan me ha caído simpático, y por ello considero oportuno mostrar un poco de sinceridad con él. O tal vez es que reiterar que Dougie está fuera de mi alcance hace que desee con un poquito de fervor poder dejar de sentir lo que siento por él.
La cuestión es que en cuanto esas palabras algo indecisas salen de mi boca, tanto él, como Harry e Izzy se quedan momentáneamente callados, el único sonido en el interior del coche el del parloteo del taxista y el del zumbido de la radio. Es solo cuestión de unos segundos, apenas apreciables, pues ni siquiera el conductor llega a darse cuenta de la pausa, pero yo sí que la noto. Harry me lanza una fugaz mirada por el retrovisor, con un suave matiz alarmado en sus pupilas. Izzy se tensa a mi lado, y a mi otro lado Ryan pone expresión de haber dicho algo que no debía.
Me hundo un poco en el asiento central, sin fijar los ojos en otro lugar que no sea el tráfico bastante fluido a través del parabrisas delantero. La reacción de Ryan es un poco más comprensible, pues incluso a mis oídos la súbita confesión ha sonado triste, melancólica e incluso un poco dolida. Pero de Harry e Izzy… bueno, vale, está bien, admito que tampoco sus reacciones carecen de toda lógica. Izzy no sabe mucho del tema, lo que le habrá contado Harry, supongo, pero bien es cierto que yo nunca he hablado ni mencionado, ni siquiera sugerido, en ningún momento de estos cuatro años la existencia de Dougie y de la relación que tuvimos. No, al menos, estando sobrio. Cualquier mención suya por parte de terceros suele ser cortada con rotundidad casi antes de que se pronuncie el nombre del rubio, y la insistencia en el tema solo ha provocado en mí un completo rechazo y una vuelta al hermetismo del interior de mi burbuja de hormigón. Odio hablar de él, y la única persona (si es que ahora puede considerarse como tal) con la que me permito ahondar en la herida que aún supone es con Lilly, y en muy contadas ocasiones. Así que supongo que no es tan rara su sorpresa, no sé…
-Oh, vaya.-termina diciendo Ryan, a todas luces incómodo por cómo se ha tornado su pregunta. Le miro y esbozo una pequeña mueca que espero que se parezca a una sonrisa tranquilizadora.
-¿Y tú trabajas solo en la floristería o…?-no acabo la pregunta, mi intención real la de cambiar de tema y desviar la atención de mi persona, pues no me gusta en absoluto el rumbo fanganoso que ha tomado nuestra conversación. Vaya buen empiece para una cita, ¿verdad?
-Más o menos.-Ryan muta su expresión, unas pinceladas de alivio haciendo acto de aparición en su apuesto rostro.- Mi trabajo fijo es en la floristería. Pero toco la guitarra también y algunas noches me dejan actuar en un bar cercano a donde vivo.-me sonríe, dos pequeñas hendiduras naciendo en sus mejillas.-Ven y prometo pagarte todas las copas que pidas. ¿Qué dices?
No puedo evitar sorprenderme interiormente de la facilidad que tiene el rubio para, ¿cómo decirlo?, no ligar exactamente, pero algo parecido. Apenas ha trascurrido media hora desde que dio comienzo esta cita a ciegas, y ya me está proponiendo repetir una. Aunque, bueno, fue el chico que me regaló una flor en medio de la calle sin conocernos de nada… ¿Puede ser que me considere un buen partido? ¿Quizás realmente le parezco alguien digno de interés? Porque, seamos sinceros, yo estoy bastante desmejorado, ya no soy ese joven vigoroso y lozano de mis años de mozo, no tanto en el aspecto físico, que también, sino sobre todo en el sentimental. ¿No nota lo hecho pedacitos que estoy? ¿La maquinaria rota que esconde la porcelana resquebrajada del muñequito que soy? ¿Acaso no es tan evidente como pienso? ¿O tal vez solo lo ha propuesto por educación? Contengo el gruñidito que pugna por salir de mi garganta cuando un sordo palpitar se instala en mis sienes, produciéndome un principio de lo que espero que no sean migrañas. Pero, normal, con las putas vueltas que le doy a la cabeza, lo extraño es que no me haya explotado ya. A veces me gustaría ser capaz de dejar de pensar menos en lo que a esta clase de temas se refiere, la verdad…
-Mmmm… Parece un buen trato…me lo pienso, ¿sí? Y ya te diré.-dibujo una sonrisa en mis labios, no muy grande para no darle demasiadas esperanzas, pero tampoco de rechazo total. Él asiente, sin borrar la curvatura que tuerce su propia boca.
-Pero piénsatelo bien, ¿eh? Ya te digo desde ahora que no aceptaré un no por respuesta: ningún chico bonito me ha dado una negativa nunca, y tú, querido Danny, no serás la excepción.-uno de sus párpados baja velozmente, en un guiño coqueto que rima a la perfección con la sonrisilla ladeada de sus labios. Y yo me encuentro riendo por lo bajini, cual azorada colegiala, planteándome realmente acudir a esa otra cita. Una vocecilla en mi cabeza alega que no tengo nada que perder si, después de esta velada, descubro que la compañía de Ryan es tan reconfortante como ahora me resulta. Y es que sí, con sus piropos y su insistencia en querer conocerme mejor provoca en mí cierta sensación cálida, cierto cosquilleo emergente. Es muy, muy suave, tenue, pero igualmente apreciable e incluso significativo, como ese rayito de luz que penetra en la más densa de las oscuridades. Nada más lejos de la realidad. No obstante, tengo miedo de aferrarme a ese rayito, temo tratar de capturarlo entre mis dedos y que no sea más que una ilusión, un espejismo de lo que mi maltrecho corazón quiere volver a sentir. ¿Sería justo para Ryan que le diera la pequeña oportunidad, no muy definida aún, de lo que me está pidiendo? ¿Sería justo sabiendo que sigo enamorado de otro, que en el fondo sospecho que será muy, muy difícil sino imposible lograr reagrupar los pedacitos del palpitante músculo, unos pedacitos que no están a su alcance, ni si quiera al mío? Antaño solo una persona logró rejuntar los bordes de las heridas de mi alma, cosiéndolos a base de un fuerte y prohibido aunque finalmente quebrado hilo. ¿Podrá ahora otra persona distinta repetir el proceso? Lo sé, lo sé, estoy pensando demasiado a largo plazo, a fin de cuentas, Ryan solo me ha propuesto salir a tomar algo sin los ojos pendientes de Harry e Izzy ni bajo su bien prevista orquesta de emparejamiento. Pero, ¿qué pasa con Dougie? « Dougie tiene pareja. Dougie tiene un hijo. Dougie ha rehecho su puñetera vida, y tú estás fuera de la ecuación en la que aún sigues queriendo estar. Interiorízalo ya de una vez: no hay vuelta atrás. Se acabó. Y no volverá a repetirse. No volveréis a estar juntos, no de aquella manera. Ahora sois amigos, solo amigos. Así que olvídate de él. Es hora de que pases página.» Y ahí está mi amiga la vocecilla racional interior. ¿Pasar página? ¿Eso es lo que recomienda? Bueno. Quizás… quizás no sea tan malo eso. Pero… ¿y si lo que viene a la vuelta de la hoja solo es más dolor, y sufrimiento, y caos?
El taxi se detiene frente a la calle donde se encuentra el restaurante, en doble fila pues no hay hueco libre, y por ello debemos apresurarnos en bajar. Ryan abre la portezuela mientras Harry extiende unos billetes al por lo visto simpático y charlatán conductor, y me la sostiene para que salga, exagerando una reverencia de paje que me hace sonreír de nuevo. Corresponde con una encantadora, sus brillantes ojillos haciendo contacto directo con los míos.
Y, entonces, así, armándome de valor, tomo la decisión y humedezco la yema de un índice imaginario, rogando para que la página, o el libro entero, no acabe deshaciéndoseme entre los dedos.
Dougie
La llave se atasca un poco en la cerradura cuando trato de girarla, pero tras un par de concienzudos intentos consigo que el relieve de picos y depresiones encajados en las ranuras realicen su función y muevan el pestillo. Empujo la lámina de madera, que emite un agudo aunque no muy sonoro chirrido, debido a la falta de uso a la que últimamente están sometidas las bisagras.
Penetro en el apartamento, el sentimiento de añoranza colonizando cada una de mis células paulatinamente, mientras dejo la entrada y empiezo a recorrer el pasillo del que, hace no mucho, consideraba mi hogar.
Cuando nos mudamos, Tom y yo decidimos conservar el apartamento que ambos habíamos compartido durante más de tres años. Pusimos la excusa de recurrir a él para alquilarlo si alguno de nosotros alguna vez necesitaba algo de dinero, pero tanto él como yo sabemos que la razón por la que no queremos venderlo es mucho más sentimental.
Paso los dedos por la jamba de la puerta del salón, echando una breve ojeada al interior, quieto, limpio, pero con aspecto abandonado. ¿Cuánto hace que no me paso por aquí? ¿Y Tom? Sigo caminando, los recuerdos acudiendo a fogonazos, fugaces, pero que logran hacerme sonreír sin quererlo. Sonreír de nostalgia, risueño, pero también de tristeza. Mi vida anterior era tan radicalmente opuesta a la que tengo ahora… Yo soy completamente opuesto al que Dougie que estas cuatro paredes vieron crecer y, prácticamente, convertirme en adulto. Y lo peor, lo que ahora más me confunde, es que no sé si eso es bueno o no. Como le dije a Danny esta mañana en la galería, su vuelta ha levantado cuestiones y coartadas, ha rascado con la uña la brillante capa de barniz y pintura con la que trataba de ocultar las numerosas grietas de debajo, dejando ver que, por mucho que se pinte o camufle, la verdadera esencia sigue tan rota como el primer día. ¿Está bien que intente ser el nuevo Dougie, el mejorado Dougie? ¿O es una traición a mí mismo renunciar a todo lo que fui? Por más que busco, no encuentro una respuesta satisfactoria…
Recorro prácticamente todas las habitaciones del apartamento, hasta que me detengo frente a la última, la que, desde el fondo de mi alma, me ha traído esta tarde hasta aquí.
Vacilo unos seguros, odiándome por haberme convertido en alguien tan miedoso. Y, ¿de qué tengo miedo? No, no es de monstruos de debajo de la cama, o de aliens en la ventana. Lo que yo siento es un miedo mucho más visceral, un pánico tan fuerte e intenso que siento que si me dejo vencer aunque solo sean unos milímetros, me engullirá, me paralizará, y terminará devorándome. Un miedo que hace mucho que no experimentaba: el miedo a encontrar respuestas a mis preguntas más aciagas.
Apoyo solo las yemas de los dedos en la puerta de mi habitación, y la empujo con delicadeza, como si temiera a lo que voy a encontrarme tras ella. Un pequeño suspiro se escapa de mis labios cuando me reciben las paredes pintadas de azul oscuro, la gran ventana de uno de los laterales iluminando precariamente el cuarto debido a las cortinas que cubren los cristales, además de una considerable capilla de polvo. Me adentro, dubitativo, un par de pasitos en el que fue mi refugio y rincón privado, pero que ahora solo es un esqueleto desértico y frío. Las paredes están vacías, ni rastro de ese collage de fotos del que tan orgulloso me sentía y que Ian había destrozado utilizando mi propio cuerpo como ariete. Cambio rápidamente la vista, hacia el escritorio que, oscuro en su día, se ve grisáceo debido al polvo y tan alejado de los montones de papeles que lo cubrieron que apenas lo doy reconocido. Tampoco tienen vida las estanterías, también vacías. Todo parece… sí, vacío. Creo que esa es la palabra idónea, no solo para describir el estado de la habitación, sino también el sentimiento con rasgos opresivos que se instala en mi pecho.
Mis ojos hacen un recorrido de trescientos sesenta grados antes de que mis pies se muevan por el parqué, que cruje molesto bajo mi peso, y me dirijan a la cama. Según me acerco, aprecio una caja de cartón junto a ella, las solapas dobladas hacia dentro. Oh, sí, recuerdo esa caja. Fue la que me sentí incapaz de llevar conmigo cuando decidí cambiar de mundo tras la bofetada de Danny. Una parte de mí quería llevársela, pero no fue lo suficientemente fuerte como para hacerlo, acabando por consolarse en que dejarla atrás era lo mejor para mí.
El colchón se hunde cuando me siento, un nuevo sonidito reprochador emergiendo de sus muelles, y toco con la puntera del pie el borde de la caja, con la mirada perdida en la ranurita vertical que forman sus solapas mal cerradas, los dedos tamborileando nerviosos contra mis rodillas.
Diría que pasan solo unos pocos minutos desde que me decido a moverme de mi estática posición, pero estaría mintiendo, pues pierdo la noción del tiempo. Me inclino sobre la caja y la abro, parpadeando como si quisiera despertarme del sueño en el que quiero creer que estoy. Pero, claro, no es ningún sueño. Estoy aquí. Estoy en mi antigua habitación, sentado frente a una caja que se me antoja de Pandora, tras haberle mentido a Jem y haberle dicho que iba a ver a más participantes de la exposición. Sí, yo, aquí, ahora, es real. Todo es real. Tan real que se siente subrealista…
Abro la caja y antes de arrepentirme o volverme cuerdo, extraigo un amasijo de tela verde chillón. Un espasmo sacude la comisura de mi labio, y me encuentro sonriendo un poquito a la par que desdoblo la llamativa sudadera, esa que Danny llevaba puesta el día en el que me siguió por el centro comercial, y esa misma que insistió en dejar en mi armario, pues alegaba que me quedaba a mí mucho mejor que a él. Era mentira, por supuesto, la sudadera me quedaba una o dos tallas más grande y parecía cualquier cosa con las mangas bajándome hasta los dedos, pero como cada vez que me la ponía, él me besaba con una sonrisa en los labios y me decía que era adorable, no iba a discutirle…
Dejo la prenda a un lado, volviendo a parpadear, pero esta vez por otros motivos distintos a los de antes, y procedo a extraer el resto de cosas de la caja. Fotos, mensajitos, y objetos de lo más variopintos. Todos llenos de recuerdos, a cada cual más agridulce. Dulce porque fueron momentos felices, muy felices, delicados retales de dicha. Agrios porque entremezclados en esos retales hubo rudos desgarrones, momentos oscuros, que empañaron el conjunto del pedacito de realidad que juntos habíamos ido tejiendo.
En el fondo de la caja, guardado en un sobre blanco, se encuentra lo que he venido a buscar. O más bien lo que me ha arrastrado hasta aquí.
Las dudas han ganado cierta fuerza a lo largo de estos días, pero la intensidad con la que hoy en la galería me han golpeado ha sido demasiada como para seguir ignorando lo obvio. Y es que quise que me besara. ¿Quise? No, rogué porque Danny me besara. ¿Por qué no lo hizo, si la oportunidad se presentó con extrema claridad? Sé que mi comportamiento no fue para nada normal, quizás mi bipolaridad cargada de miedo, no solo hacia Ian, sino también hacia nosotros, fue lo que le echó para atrás, pero… Oh, ¿por qué volví a sentirme bien cuando estuve entre sus brazos? ¿Por qué el miedo y la impotencia parecieron mitigarse y atenuarse un poquito cuando mi pecho quedó pegado al suyo? ¿Por qué sus palabras hicieron que mi corazón se serenase, por qué su presencia cercana y reconfortante logró que, de repente, todo pareciese menos aterrador, menos frío? Él ya no puede tener ese poder sobre mí. Ya no debe tenerlo. Se acabó, pasé página, nuestra relación sufrió un punto y final. Yo ahora estoy con Jem, y tengo a Jakie y… Las palabras, las excusas, tantas veces repetidas, ahora parecen tan vacías como la habitación, y ya no sirven para consolarme.
Con dedos temblorosos, abro el sobrecito, y extraigo del interior ese par de folios doblados, un poco arrugados y desgastados ya de tanto manoseo que experimentaron años atrás. El papel se siente quebradizo bajo las yemas de mis dedos, y por ello lo desdoblo con todo el cuidado del mundo. Antes de empezar a leer, me paso la muñeca por los ojos, ojos que noto ávidos por leer y temerosos por en lo que la lectura pueda derivar. Pero precisamente por eso estoy aquí, ¿no? Por eso la tengo entre mis manos, para tratar de deshacer la niebla que me impide ver, para buscar esas respuesta que tanto miedo me da obtener.
Juro que este debe de ser la veinteava (se escribe así, ¿no?) carta que empiezo.
La respiración se me atasca en la garganta, pero me obligo a contener el nudo que amenaza con cerrar mi tráquea y sigo leyendo. Y leo, y leo, despacio, empapándome de todas esas palabras que incluso ahora sigo sabiéndome de memoria. ¿Cómo no? Leo y leo, hasta que llego al final, hasta que puedo volver a coger aire tras sobrepasar el 'te quiero, Danny'. Y vuelvo a empezar.
Repito el proceso tres o cuatro veces, hasta que dejo caer la carta que Danny me escribió al suelo, escapándoseme de entre los temblequeantes dedos. Me quedo mirando hacia ella, luego me miro las manos, y termino inclinándome y hundiendo en ellas el rostro.
Quería respuestas. Bien, ya las tengo. Ya no estoy confuso, la niebla se ha disipado, dejando todo tan claro que siento arder mis pupilas. Ahora lo obvio, mis estúpidas sospechas, mis más aún estúpidas excusas, ya no tienen pie, los pilares que las sustentaban han sido demolidos con la fuerza de un puñado de palabras de amor escritas hace más de cinco años.
Cojo aire, reteniéndolo en mis pulmones, los ojos cerrados y apretados contra las palmas de las manos, los dientes firmemente encajados. Contengo la respiración hasta que los esponjosos órganos que habitan en mi cavidad torácica exigen la entrada inmediata de oxígeno, traduciendo la exigencia en un para nada agradable quemazón y en una opresión agobiante. Así que obedezco, inhalando de nuevo y, a la vez, rompiendo a llorar.
Y es que, aunque no sea lo correcto, aunque no debería, aunque desafía las leyes de lo que yo entiendo por lógica, y también de lo que entiendo por justo, aunque me hace sentir tremendamente culpable, me hace sentir como si estuviera cometiendo la peor de las traiciones, ya no hay manera de negar que, una parte de mi alma, sigue perdidamente enamorada de Danny con cada pedacito de su ser.
En el caso de que sintáis la urgencia de arrojarme algo, pliz, objetos puntiagudos, no :DDDDDDD
