Disclamer: ninguno de los personajes me pertenecen, obviamente... sino a S. Meyer... la historia es tooooda mía ^^
CAPITULO IX
Corazones en Juego
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-ven, bailemos- le pidió Edward, al ver el modo en el que el rostro de su esposa se había puesto serio.
La jaló dulcemente hasta la pista de baile y se acoplaron al ritmo del vals que la orquesta tocaba. Besó su coronilla y sonrió al ver que ella parecía perdida en sus pensamientos. Le besó los labios levemente y, sólo hasta entonces, le devolvió la mirada.
-pareces molesta- le murmuró, sonriendo de lado.
-pues no lo estoy- dijo seria, mirando a otro lugar, a las parejas bailando, a las mesas esparcidas en el salón.
Edward soltó una risita baja y Bella tuvo que contenerse para no darle un puntapié, pues le parecía que se estaba burlando de ella. Le miró, entrecerrando los ojos, y dejó que su frente se arrugara a causa del enojo. Le dio un golpecito en el pecho y desvió la mirada de nuevo.
-¿ves que si lo estás?
Isabella bufó e intentó ignorarlo, mientras él la llevaba con maestría por la pista de baile, balanceándola con delicadeza y deleitándola con una actividad de la que no era totalmente partidaria –ella prefería mantenerse quieta y sin peligro de caer-.
-no estoy molesta- le repitió, deseando que le creyera un poco.
-bien… no estás enojada- concedió, sonriendo –para nada.
-de cualquier modo, ¿por qué se supone que debería estar molesta?
-por nada… supongo- él se encogió de hombros, intentando que la palabra "celos" no saliera de sus labios.
Y es que había notado la mirada fría que Bella le había dedicado en todo momento a Tanya. No era que le molestara el modo casi repelente con el que se comportaba frente a ella, le gustaba saber que podía evocar eso en ella. Pero tampoco disfrutaba viéndola enfadarse con cada toque accidental o de mera cortesía que la rubia le daba.
Bella clavó de nuevo sus ojos en él y suspiró.
-no sé qué me pasa- admitió –quizá sean las hormonas.
-quizá…- afirmó serio, pensando en las posibilidades.
Ella levantó el rostro, de nuevo, para evaluar su expresión. Lucía más serio que en toda la noche y más de lo que lo había visto en los meses que tenía con él. Parecía también evaluando algo –a ella, más explícitamente- y, sin embargo, parecía que Edward no había podido encontrar las respuestas en su rostro. Quizá no fueran interrogantes simples o sencillas.
-Isabella…- soltó de pronto, en tono casi ferviente –te quiero.
No supo que lo impulsó a decirlo en aquel momento, a lo mejor fue que necesitaba expresar el descubrimiento que había hecho, o… simplemente, quería decírselo, que supiera de sus sentimientos, que los asimilara y pudiera hacerse a la idea. Porque sabía que su esposa no lo quería de ese modo, todavía no.
-eres… un gran compañero, Edward- respondió ella, con voz balbuceante –pero yo… no sé…
-shut- él le colocó un dedo en los labios, impidiéndole continuar –no lo dije para que contestaras nada. Sólo quise hacértelo saber.
Los ojos de Isabella brillaron de modo que ni ella logró entender y él permaneció sonriendo exultante, feliz de poder poner sus emociones en palabras. En realidad, estaba feliz de poder sentir lo que él deseaba sentir, cada emoción le pertenecía y ningún acuerdo era causante de eso, al contrario, sólo había sido el mecanismo para encontrar lo que estaba buscando.
Porque se había enamorado de su mujer, a pesar de las circunstancias, estaba en camino de amarla.
-quiero que sepas que…- siguió Edward, con la sonrisa tatuada al rostro –no me importa como inició esto, o qué fue lo que me llevó a ti. Lo único que me importa ahora, eres tú. Tú y mi hijo, nada más. Y te quiero, Isabella, como no he querido a ninguna mujer antes. Como no he logrado profesar amor por nadie más- suspiró y besó su coronilla, al ver que aún estaba aturdida ante sus palabras –te quiero, por ser la mujer que eres y por ser la que despierta los sentimientos más profundos en mí.
Aunque sus palabras le resultaron un poco incomprensibles, Isabella sonrió como tonta, incapaz de frenarlo. No sabía que decir, así que permaneció callada, pero estaba feliz. Era bueno que Edward hubiese logrado quererla, quizá ella también sentía lo mismo, pero no en iguales proporciones. Era su amigo, su amante, su compañero…
Por otro lado, también su sonrisa fue de arrogancia, antes de que se permitiera besar nuevamente por su marido. Porque, cuando él mencionó lo de ser a la primera a quien quería, todo eco de celos desapareció de sus sistema. Y ella nunca había sido una mujer territorial o a la que le gustara decir que tal cosa es de su propiedad, pero en el momento en que besó a su esposo, lo hizo para que cualquiera se diera cuenta del modo en que aquel maravilloso hombre le pertenecía. Sólo a ella y a nadie más.
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Cuando él llegó a su casa, ni siquiera lo pudo creer. Era la viva imagen de su padre. No cabía dudas de quien era hijo, de cuál era su origen. Sus rodillas temblaron, se convirtieron en gelatina y la respiración se le quedó atorada en la garganta. Era como volver al pasado, como regresar al infierno de donde había salido.
-¿quieres hablar con Lillian?- le preguntó, con la voz medio enronquecida por la sorpresa.
-sí, por favor… necesito…- ella lo vio dudar, rascarse la cabeza –hablar con ella.
-necesita reposo absoluto- refutó, intentando que se fuera; mientras evitaba monumentalmente ver el llamativo auto fuera de su casa.
-yo lo entiendo… pero, verá…- su voz se tornó más seria, parecía incluso mayor –le prometí algo y… tengo que cumplir con mi palabra.
-¿mamá?
La voz de Lillian los sobresaltó a ambos.
Ella estaba parada en medio de la pequeña sala, demasiado cerca de la puerta y demasiado lejos de la cama –que es donde debería de estar-. Se veía un poco pálida y cansada, pero parecía sana.
A Emmett le pareció una visión maravillosa, verla con un pijama color naranja y blanco, con algunos patitos estampados en el pantalón. Tenía una pañoleta naranja en la cabeza y sus ojos parecían brillar de modo diferente. Era hermosa y por eso sonrió.
-¿Emmett?- le preguntó, caminando con dificultad hasta la puerta -¿Qué diantres haces aquí?
Algo fuera de él, lo impulso a caminar –ignorando olímpicamente a su madre- hasta ella, impedir que se moviera más, que se pudiera hacer daño. Le parecía tan delicada, tan frágil.
Se detuvo a sólo un paso de ella, demasiado cerca; más cerca que antes.
Era más pequeña que él, pero sus ojos le veían directamente, cuestionándole su actitud y sus acciones con cada destello azulado.
-¿Qué haces?- le preguntó, cuando ninguno dijo nada.
-tenía que verte- Emmett suspiró y sonrió –no pude llegar al hospital y… prometí que te vería hoy.
-no tenías que hacerlo…- Lillian se encogió de hombros, restándole importancia; aunque quería decirle lo feliz que la hacía estando él ahí.
-claro que sí, lo prometí.
Ella afirmó y miró el modo en que su madre la observaba, medio enojada, medio sorprendida.
-ya me viste, ¿quieres despedirte? Bien, adiós.
-no quiero eso- Emmett negó con la cabeza varias veces –sino todo lo contrario.
-¡¿qué?- el chillido de la señora Wilson sonó fuerte y claro, mucho antes de que Lillian pudiese decir algo.
Emmett se obligó a no voltear a ver a la madre de Lillian, estaba seguro de que no aprobaría nada de lo que él diría esa noche.
-Lillian, yo… me he dado cuenta de que…
-¡no!
La mujer lo tomó del brazo, obligándolo a enfrentarla.
-no…- repitió más clamada, con voz mucho más fría -. No me importa lo que pienses o lo que digas sobre ella, ni tampoco las promesas que le vas a hacer. No te quiero aquí, no te quiero cerca de ella. Aléjate de mi familia.
Emmett no intentó luchar contra el agarre de ella, al contrario, se mantuvo quieto, escuchando todo lo que tuviera que decirle. Cerró los ojos dos segundos y respiró profundo, él no se detendría por algo tan simple como la oposición de Caroline Wilson, porque todavía faltaba mucho por enfrentar y ella sólo era el primer obstáculo.
-te quiero, Lillian- le dijo, fuerte y claro; mirándola a los ojos –eso es lo que necesitaba decirte.
Ella le sostuvo la mirada. Era obvio que dudaba de sus palabras, pero el gris de los ojos de Emmett se mostraba claro, trasparente, sincero. Lillian tembló de pronto, al darse cuenta de que, quizá, si la quería como él decía.
-fue. Suficiente- escupió Caroline entre dientes –sal de aquí y deja en paz a mi hija. No necesitamos ese tipo de mentiras aquí.
Fue hasta ese momento en que los ojos de Emmett dejaron los de Lillian para concentrarse en su madre, que aún lo aferraba por un brazo e intentaba moverlo del lugar; pero ella era demasiado menuda y pequeña, en comparación.
-no estoy mintiendo- aseguró, frenando el movimiento de la mujer, posando una mano en su hombro.
-todos ustedes mienten- recalcó ella, descomponiendo el rostro por un escaso segundo –siempre es así, creen que pueden obtener lo que quieren, sólo por ser de la realeza. Lo he visto y Lillian no tiene que pasar por esto. No ahora, ni nunca.
Lillian bajó la vista al suelo, confundida. No había escuchado jamás a su madre hablar sobre la nobleza, nunca mencionaba nada respecto a nobles o caballeros; siempre trataba de evadir ese tipo de temas, aunque siempre la rodeaban en un país lleno de nobles.
-mamá… ¿qué pasa?- preguntó, aún tratando de comprender qué diablos ocurría ahí -¿qué tienes contra Emmett? Ni siquiera lo conoces.
Caroline se giró para encarar a su hija, que había levantado la vista para evaluarla con aquellos ojos azul cielo que siempre la helaban. Era su hija, sí… pero se parecía tanto en eso a su padre. Se quedó clavada en su sitio. Un día… ella sabía que tendría que hablar. Pero hoy no deseaba hacerlo, hoy deseaba evadirlo todo.
-tienes razón- suspiró y soltó el brazo del joven –pero te lo advertido, hija. Ellos piensan que son dueños del mundo y no son dueños de nada.
Caroline empuñó las manos y salió de la sala, subiendo las escaleras para poder tener unos minutos –horas de preferencia- a solas. Sola con su consciencia y con la realidad que venía a escupirle a la cara.
-oh, Dios- suplicó cuando cerró la puerta de su cuarto –ayúdame a proteger a mi hija. Dios, por favor.
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Alice bajó del avión en una de las escalas del vuelo, era brillante el plan de Charlotte, haber decidido no llegar a París, sino a una de las ciudades cercanas era lo mejor. Sabía que sería recibida por una de las amigas francesas de su prima; pero nunca esperó que quien la esperaba cuando bajó del avión fuese el mismísimo Jasper.
-creí que no podrías llegar a tiempo- le dijo, cuando se arrojó a sus brazos.
-tuve un poco de ayuda del jet privado de Peter- sonrió un poco –ya sabes, fue una fortuna que su segundo amor fuesen los aviones, además de las carreras de autos.
-lo sé.
Alice explotaba de felicidad, pero no perdía tiempo evadiendo la realidad por mucho tiempo.
-debemos salir de aquí- soltó en un suspiró –movernos rápido y desaparecer.
-sí, movámonos.
La tomó de la mano y la sacó a toda prisa del aeropuerto, que por fortuna no se percataron de tan reconocidas visitas, puesto que la mujer que veía las identificaciones estaba más que dormida –eran más de las tres de la madrugada- y no pareció realmente interesada en verlos bien y notar a la princesa de Reino Unido, bajo las ropas deportivas y los lentes oscuros.
Subieron en un auto rentado a nombre de uno de los amigos de Peter –también hubiese llamado demasiado la atención si lo hacían por ellos mismos- y esperaron que Esme no atara cabos demasiado deprisa.
Charlotte les había asegurado que podría conseguir otro transporte terrestre pronto y que los estaría esperando en Lourdes, donde si tenían suerte, el hermano mayor de Peter les ayudaría a entrar en España, por medio de otro jet, en el que –usualmente- no hacían revisión de las personas que lo abordaban.
Tenían un montón por hacer.
Obviamente no podrían desaparecer por mucho tiempo sin que levantaran sospechas y revuelo. No todo el tiempo desaparece una princesa así. Pero tenían la esperanza de que Jasper pudiera encontrar alguien que le facilitara unos papeles.
Sí, sabían que era ilegal y peligroso. Pero creían que no tenían opción. No cuando sus familias estaban siempre en la mira y, probablemente, Esme ya estuviese moviendo cielo, mar y tierra para regresarla al palacio.
-te amo, Alice- le susurró, a mitad del camino, tomando su mano y entrelazado sus dedos.
Ella sonrió y le besó la mejilla con dulzura.
-esto no valdría la pena de otro modo.
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Emmett observó a Lillian, que permanecía parada –sólo apoyada con una mano del sofá- y sin mover un solo dedo; con la vista en el piso y los labios formando una mueca incrédula.
-no sé… -dijo, después de un rato de silencio –no sé qué pensar de todo esto, ¿sabes?
Él afirmó, pero no estaba del todo seguro sobre qué, de todo lo que había pasado, hablaba exactamente.
-Lillian, yo… lo dije en serio.
Ella levanto la vista, lentamente, para clavar sus ojos en los de él –de nuevo-. Se mordió el labio inferior e inhaló aire profundamente, un par de veces. Se soltó del sofá y terminó por sentarse en él.
-Emmett, no sé qué es lo que esperas que te diga- soltó al final.
Emmett la miró, con la vista aún fija en él, con la duda marcada en el rostro y con una mueca de cansancio que lo hacía creer que era mejor dejarla ir a dormir.
-sólo quiero que seas honesta conmigo- se encogió de hombros, como si la respuesta a sus sentimientos no tuviese mayor relevancia –que me digas lo que tú sientes por mí, nada más que eso.
Ella afirmó y volvió la vista al pequeño televisor de la sala.
Pareció pensarlo otro buen rato, el suficiente para que Emmett comenzara a pasear la mirada nervioso por toda la habitación, en busca de algo en lo cual volcar su nerviosismo. Vio la pequeña cocina desde ahí y una mesa para cuatro personas de madera barata. También alcanzó a ver toda una pared dedicada al crecimiento de Lillian, fotos de su niñez le mostraban lo feliz que había sido, toda ella le mostraba vitalidad y garra.
-no siento lo mismo que tú- dijo de pronto, interrumpiendo los pensamientos de Emmett, con voz demasiado seria como para tomárselo a broma.
A Emmett se le escapó el aire de los pulmones y se sintió completamente expuesto y… si, un tanto débil y herido. Pero sabía que existía esa posibilidad, que ella no hubiese logrado quererlo de aquella forma, de que sólo lo viera como un amigo.
-está bien- afirmó lentamente, todavía asimilando la noticia –supongo… que podremos ser amigos y… te visitaré de vez en cuando, ¿no? Algo así… no sé, quizá…
Ella sonrió, iluminando sus ojos azules y negó un par de veces.
-no quiero que seas mi amigo, Emmett.
Él calló de pronto. Lillian tampoco deseaba su amistad y eso… eso si podía matarlo. No tenerla cerca era como… como un castigo por un gran pecado. Se le descompuso el rostro y tuvo que apoyarse en el librero que tenía a un lado.
-bien…- balbuceó con dificultad –supongo que… está bien. No te molestaré más entonces… yo, creo que… me voy y… bueno…
-Emmett, cállate- pidió ella, sonriendo de forma mucho más dulce –no me has dejado terminar.
-¿cómo?
-dije que yo no siento lo mismo que tú- suspiró y soltó una risita bajo el aliento –pero no me refería a lo que me entendiste. Yo… creo que, me he enamorado de ti, Emmett. Creo que te quiero, pero no… no estoy segura de hasta qué punto. Tú pareces tan… decidido. Yo ni siquiera estoy segura de todo lo que siento por ti y…
Y no pudo seguir hablando, porque Emmett había cruzado la estancia con grandes zancadas y había levantado su cuerpo con delicadeza, tomándola por los codos y besándola con toda la ternura de la que fue capaz. Era el primer beso que ella recibía y era el primero que él daba en serio.
Sus labios fueron dulces y las caricias que le repartió en el rostro fueron cálidas, tanto que Lillian casi se sintió desfallecer en aquel momento. La respiración se les aceleró a ambos y ella dejó de sentir dolor alguno. Parecía como si la hubiesen anestesiado. Sólo podía sentir los labios de Emmett y sus manos en su espalda.
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La cena había pasado más rápido de lo que Bella admitiría, aunque también tuvo que ver el hecho de que Edward había cumplido su palabra y habían salido de ahí antes de medianoche. Y también con que se la había pasado repasando cada instante y cada palabra que Edward le había mencionado. Deseaba saber qué sentir, pero sólo tenía en el corazón un revoltijo de emociones.
Cuando llegaron al palacio todo permanecía en silencio y estaba oscuro.
A Bella le pareció que, quizá, Esme todavía no se había dado cuenta de la huída de Alice. Aunque tenía el presentimiento de que eso no era posible.
-¡Edward Anthony Masen Cullen!- ambos se giraron a la puerta, cuando el grito enfurecido de Esme les llamó.
-¿madre?
-¡¿me puedes decir dónde demonios está tu hermana?- chilló Esme de nuevo.
Por primera vez, le pareció a Bella, verla en serio sintiendo una emoción; siempre la había visto dominada y recta. Ahora era fuego el que salía por sus ojos e ira la que escurría en cada palabra y movimiento que hacía. Incluso tenía puesta una simple pijama y un albornoz mal atado. Era, en ese momento, sólo una madre furiosa.
-¿qué ocurre con Alice?- Edward era buen actor, así que parecía realmente confundido con la pregunta y el estado de su madre; aparentemente, también era algo nuevo para él.
-no te hagas el tonto, Edward- ambos escucharon bufar a Esme con frustración –conozco esa mirada desde que intentabas convencerme de que no sabías quién rompía las cosas en los pasillos cuando jugabas de niño.
-de verdad, yo…
-¡basta!- Esme básicamente caminó hasta él en tres zancadas y lo tomó por los hombros –no pretendas jugar conmigo, porque no tengo humor para eso… ¿dónde está Alice?
-¿Esme?- Carlisle aún seguía vestido con su ropa de diario y parecía tan agotado como su esposa -¿qué pasa aquí?
-tu hijo parece estar aferrado a la absurda idea de que puede negarme saber el paradero de mi hija- Esme soltó a su hijo, pero no dio un solo paro atrás.
-Esme, por Dios- Carlisle suspiró y se colocó entre Edward y ella –compórtate, estoy seguro de que podemos hablar de esto sin afectar de este modo a Isabella.
Todos los que ocupaban la estancia –junto a dos sirvientas que acababan de llegar- se giraron para verla.
Ella ni siquiera había notado el estado en el que se encontraba hasta que su suegro lo mencionó. Tenía una mano sobre su vientre y la respiración se le había acelerado al máximo, sentía su corazón galopar sin control en su pecho y casi sintió vértigo cuando quiso moverse.
-¡oh, Dios!- soltó Edward aturdido en voz baja -¿Bella?
La sujetó, pasando un brazo por sus hombros, y la atrajo hacia él.
-tranquila, Bella, ¿qué pasa?
Ella trató de respirar hondo. No podía cargar con su propio peso, tampoco con el del bebé; así que dejó que Edward cargara con todo él. La piel se le puso fría y pegajosa por el sudor.
-no… lo sé- murmuró y recargó la cabeza en el pecho de él y suspiró –estoy mareada. Llévame al cuarto, por favor.
-por supuesto.
La tomó con delicadeza entre sus brazos, para poder cargarla en vilo. No se giró para hablar con ninguno de los que se aglomeraron ahí, lo único que deseaba era poner en una zona tranquila a su esposa y que todo aquel malestar le pasara, que no fuera nada, que se pusiera bien.
Colocó su cuerpo agotado en la cama y le quitó con suavidad los zapatos, besó sus mejillas y estaba por salir del cuarto, cuando su fina mano aprisionó la de él.
-no te vayas- le pidió con voz muy baja.
-debo mandar a Esme en otra dirección, avisarle a Charlotte…
-no me importa- Bella suspiró y frunció el ceño –no ahora… por favor… quédate conmigo. Me siento… tan cansada.
Y era verdad, la taquicardia le provocó tal debilidad que no se sentía, ni siquiera capaz de mover un dedo. Todavía tenía la respiración agitada y sentía las manos llenas de sudor frío. Pero es que no había podido ver el modo en que Esme se había puesto, ni tampoco como era que atacaba a su esposo. Tal vez había reaccionado mal, quizá no pasaría nada y había exagerado; pero no pudo evitarlo.
Edward suspiró, tal vez podía mandarle un mensaje de texto a Charlotte y también podría evadir la reunión con su madre hasta el día siguiente; después de todo, ella estaba todavía un poco histérica y era mejor esperar a que recobrara la cordura.
Tomó la mano de Isabella en sus manos y le besó las yemas. Acarició su rostro y sonrió para tranquilizarla.
-no me iré a ningún sitio.
Se recostó a su lado y atrajo su cuerpo al suyo, protegiéndolo con sus brazos, en un abrazo cálido y cómodo.
-duérmete, Bella. Cariño… princesa, duerme…
Bella afirmó y suspiró, tratando de recobrar el aliento. Cerró los ojos y se dejó invadir por el aroma de su marido, del calor que le regalaba su cuerpo. Y durmió, escuchando como le tarareaba canciones de cuna, como si fuese pequeña y él la protegiera.
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Anna Marie disfrutó encontrar aquel curioso dato, tanto como si hubiese logrado descubrir la fuente de la vida eterna.
Era algo insignificante en apariencia y, si, tenía un montón de planes que poner en marcha. Principalmente, tenía que comprobar la información que le habían dado. No podía simplemente actuar sin medir con exactitud cada paso.
La venganza le olía deliciosa y cercana. Muy cercana.
-¿estás seguro?- le preguntó a su sirviente, al que le tenía más confianza.
-por supuesto- él afirmó –tuve la fortuna de encontrarlo y desaparecerlo antes de que…
Ella frunció el ceño, se levantó de la cama con cuidado y caminó hasta la ventana.
-antes, ¿que qué?
-antes de que Eleazar pudiera meterse en el asunto.
Anna giró el rostro y clavó sus ojos en Evan, el único al que le confiaba ese tipo de trabajos.
-¿qué tiene que ver el trabajador de la reina Esme en este asunto?
El joven miró al techo, preguntándose cómo explicarle la situación a su señora.
-verá… parece que la reina se a encariñado con la…- se mordió la lengua, pensando si sería buena idea revelar toda la información; después de todo, su señora podía ser muy peligrosa cuando se lo proponía.
-con la…- lo instó con un movimiento, impaciente, de manos.
-con la hija de la mujer.
-¿hija?
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Isabella despertó entre los brazos de Edward y se dio cuenta de que no había sido tan mala noche como pensó que sería. El malestar pasó tan pronto y había llegado y parecía haber sido sólo a causa de lo alterada que se había puesto con Esme como loca la noche anterior.
Se bajó de la cama y se metió a la ducha. Se dejó relajar por el agua caliente y salió, lista para empezar un día nuevo y el, muy probable, interrogatorio al que los sometería Esme.
-¿cómo estás?- le preguntó Edward, en cuanto salió del baño.
-mejor, muchas gracias por quedarte anoche conmigo- ella negó suavemente –no sé qué me pasó, pero necesitaba que te quedarás aquí, me sentía muy débil.
-pude verlo- frunció el ceño -. No deberías haberte alterado tanto, Bella. Pudo haber sido peligroso.
-no fue mi intención- ella también frunció el ceño, caminando hasta el guarda ropa –yo no quise alterarme.
-lo sé- sintió las manos de Edward de súbito, posándose en su vientre y su pecho en su espalda –pero me preocupé mucho. En el momento en que comenzaste a empalidecer, creo que… me preocupaste mucho- besó su mejilla y recargó su barbilla en su hombro.
Bella sonrió un poco y dejó que su cuerpo se recargara en el de él. Todavía no pensaba en una respuesta para los sentimientos que había confesado Edward, pero tenía que decir que era bueno en muchas cosas… como en hacerla sentir querida y bien.
Eso ya era algo.
bn, aqui estoy de nuevo... me hace tan feliz saber cuanto les gusta la historia y ke algunas vayan acertando en lo ke respecta a la trama... sólo ke io no diré nada muajaja XD
de nuevo, agradezco ke lean mis historias, ke me sumen a sus favoritos y a sus alertas ... eso me hace sumamente feliz...
tmb, kiero hacerles le invitación de ke pasen x mis otras historias... sé ke no tienen la misma temática, pero me gustaría ke les dieran una oportunidad, pues las escribo con cariño ^^ ("Mil vidas" y "Y si?")
en fin, las kiero un montón
besos y mordidas
clarisee
