CAPÍTULO VIII

JORNADA SENTIMENTAL

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Ciudad Macross, sábado 4 de enero 2014.

MACROSS JOURNAL

EL DÍA DE LA REMEMBRANZA EN EL CORAZÓN DE CIUDAD MACROSS

"Hoy es un día para recordar y honrar la memoria de quienes murieron en la guerra; esos compañeros de armas que murieron luchando hasta su último aliento en la tierra, en el mar y en el espacio".

Redacción.

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MACROSS TIMES

CADA HEROE CAÍDO EN LA GUERRA FUE UNO DE NOSOTROS.

Por: Daniel Stevenson de la Redacción del Macross Times

Los escenarios fueron diversos: el Cementerio Militar de la ciudad, el Monumento a los Héroes en la rivera del Lago Gloval e incluso el Auditorio Municipal de Ciudad Macross. El evento, sin embargo fue uno solo: recordar y honrar la memoria de aquellos que ofrendaron su sangre en el altar de la guerra para que otros pudiéramos seguir viviendo. Así se celebró el Día de la Remembranza en Ciudad Macross…

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DIARIO ACTUALIDAD

A DIOS Y AL SOLDADO ADORAMOS, EN TIEMPOS DE PELIGRO, NO ANTES…

A las 15 horas con 21 minutos de este viernes 3 de enero del 2014, el silencio se hizo en Ciudad Macross. Un silencio en el que cada uno de sus habitantes recordó vívidamente aquellos momentos de terror vividos hace dos años. Un silencio que fue roto por el sonido inconfundible de un Escuadrón Aéreo de Honor de la Fuerza Aérea Espacial mientras que, con una marcha triunfal, las banderas que hasta entonces habían estado ondeando a media asta, eran izadas hacía el cielo invernal…

Cynthia Smith, reportera de la Macross World Press para el Diario Actualidad.

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EL INFORMADOR

Ciudad Macross, sábado 4 de enero 2014.

EL DÍA DE LA REMEBRANZA A LA SOMBRA DEL SDF-1: SI QUIERES PAZ, PREPARA LA GUERRA.

En estos tiempos en los que el Gobierno de las Naciones Unidas pone en entredicho la necesidad de contar con una línea de defensa espacial, en donde muchas personas se cuestionan sobre la utilidad de la UN SPACY y donde los grupos Pacifistas se manifiestan a favor de la desmilitarización y la desaparición de organismos como las Fuerzas Aéreas Espaciales, Ciudad Macross vuelve a recordar a los militares que murieron en servicio durante la Guerra Espacial.

Editorial por Andrew Andersen, analista político de la Universidad Central de Ciudad Monumento.

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Hacía ya un buen rato que Rick se había despertado y había salido de la cama. En realidad no había podido dormir del todo bien la noche anterior, a pesar del cansancio del día que habían pasado. Un día que había sido demasiado largo y tensionante, para su gusto. Ahora, en aquella mañana de sábado, se sentía francamente apaleado y cada músculo del cuerpo parecía dolerle.

Había ido a la cocina a prepararse una buena taza de café, negro y sin azúcar como a él le gustaba. Y lo había hecho así antes de que Lisa despertara, pues no quería darle tentación en esos días en los que ella estaba cumpliendo ese propósito de mantener sus niveles de consumo de café al mínimo.

Mientras bebía su combustible matutino, Rick se había sentado frente a la laptop que estaba sobre la mesa del comedor. A pesar de lo temprano que era, en su bandeja de entrada ya lo esperaba un correo electrónico de la teniente Hickson que tenía como título "Artículos Periodísticos".

Rick lo había abierto con una mezcla de curiosidad malsana y de genuino interés por saber que era lo que los periodistas habían escrito sobre las ceremonias que se habían llevado a cabo en la ciudad el día anterior. Pero al mismo tiempo el piloto se preguntaba si es que acaso su prima jamás dormía… ¿A qué hora de la mañana Kelly se había levantado para recopilar todo el material que le estaba enviando?

El joven general de la UNSAF leyó solamente los primeros cuatro reportajes, los publicados por el Macross Times, Macross Journal, Diario Actualidad y El Informador, que eran lo periódicos más importantes de la ciudad. Con eso le bastó para darse una idea de lo que los demás periodistas seguramente habían publicado. De manera deliberada Rick ignoró olímpicamente los diarios procedentes de Ciudad Monumento o de los territorios pacifistas del sur. Era demasiado temprano como para comenzar a hacer corajes, el piloto pensó.

Fue de regreso a la cocina a lavar su taza sucia y con toda intención de volver a la cama y dormir un poco más. Después de todo, pensó mientras miraba el reloj de pared que tenían en la cocina, era casi un pecado el andar levantado antes de las 0800 horas en sábado.

Un repique en el teléfono hizo que el joven piloto literalmente saltara del lavadero hasta el auricular, para evitar que el sonido fuera a despertar a Lisa. Rick estaba decidido a darle a su esposa todo el descanso que pudiera aquel día. ¡Dios sabía que ella no sólo lo necesitaba, sino que además lo merecía!

- Aquí Hunter, ¿Qué sucede? – Rick respondió lacónicamente.

- ¡Hola viejo, soy yo! – La inconfundible voz de Max Sterling lo saludó desde el otro extremo de la línea.

- ¿Es que nadie jamás duerme en este pueblo? – Rick refunfuñó.

- Intenta dormir cuando compartes tu casa con una Meltran y una pequeña de preescolar que espera entusiastamente los dibujos animados de los sábados por la mañana, hermano. – Max respondió lastimeramente.

- ¡No me asustes, Max! – El piloto no pudo evitar el sonreír. – No falta mucho para que yo también tenga un pequeñito despertándome de madrugada los fines de semana.

- ¡Ojalá solo fueran los fines de semana, Rick! En serio, que Dios te ayude, hermano.

- ¡Tú siempre tan tranquilizador! – Rick soltó una risita.

- Bueno… Rick, solo hablaba para preguntarte si leíste los periódicos.

- Considerando que es prácticamente de madrugada, esa es una pregunta bastante inoportuna, Max. Pero contra toda suposición sí, leí ya algunos periódicos. Los recibí por correo electrónico, cortesía de mi prima… ya sabes, esa adicta al trabajo que es la asistente de esa otra adicta al trabajo con quien me casé.

Max se rió y Rick casi pudo imaginarlo sonriendo divertido y sacudiendo su cabeza. Una sonrisita apareció en los labios de Rick… sonrisa que fue tan fugaz como sus pensamientos agradables.

- ¿Y qué piensas, viejo? Sobre las protestas y todo eso… es decir, teníamos blindada la ciudad pero sabes que las cosas estuvieron bastante difíciles en otros lados.

- Los pacifistas están tratando de provocarnos, Max. ¿Sabes qué es lo que necesitan urgentemente y están buscando con ahínco? Un muerto… un mártir que de su vida por su causa.

- Lamentablemente pienso que tienes razón, Rick. Ya lo imagino: algún evento multitudinario, alguna marcha o manifestación… provocan al ejército, sale una bala perdida por obra y gracia del Señor, mata a uno de ellos y entonces…

- Entonces nos culpan y a ese pobre muerto lo convierten en mártir, en símbolo de su movimiento, en un nombre que le da sentido a su causa. ¡Pero no vamos a caer en sus provocaciones, Max!

- ¿Y qué piensa nuestra almirante de todo esto?

- Todavía está descansando… pero anoche mientras veíamos las noticias Lisa me enseñó algunas cuantas maldiciones que yo ni siquiera sabía que existían.

- No la culpo. – Max respondió con una risa espontánea. – Bueno, jefe… no quiero molestarte más. Te veo el lunes en la base, ¿de acuerdo? Y muchos saludos a Lisa.

- Yo se los haré llegar, viejo. Saludos a tus chicas también.

Después de una despedida amistosa, Rick sacudió la cabeza, puso el auricular de vuelta en el teléfono y regresó a su habitación sin hacer ruido. La mañana era fría y él se sentía algo cansado todavía. Sonrió cuando vio a Lisa, profundamente dormida y abrazada a la almohada de él, como queriendo sentirlo cerca.

Rick se sentó en la orilla de la cama y la observó en silencio por unos minutos. La sonrisa tierna que tenía en los labios y la manera en como sus ojos brillaban al contemplar a su mujer hacían obvio el hecho de que el piloto estaba irremediablemente enamorado de Lisa Hayes. Su mano se posó suavemente en el cabello de la almirante y bajó con delicadeza, acariciándola con amor. Finalmente Rick se inclinó sobre ella para plantarle un beso suave y tierno en la frente.

Lisa susurró algunas palabras incomprensibles y Rick aprovechó que ella se movía un poco para volver a meterse debajo de las sábanas. Ella refunfuñó levemente por aquella breve interrupción a su sueño, pero cuando él la abrazó y ella se acurrucó a su lado, una pequeña sonrisa apareció en los labios de Lisa y él, contagiado por aquella reacción, sonrió con amor.

- Descansa, mi vida. – Rick la besó en la mejilla. – Todavía podemos dormir por un par de horas más…

El piloto cerró los ojos y poco a poco fue relajándose, mientras en su mente desfilaban imágenes que mezclaban los eventos del día anterior y la noche tan tierna que había pasado con su esposa… finalmente su último pensamiento antes de volver a dormir fue el hecho de que en esa cama en donde él descansaba en aquella mañana de enero, se encontraba su universo entero: su esposa quien llevaba en su vientre al hijo de ambos.

Rick decidió que aquella mañana el mundo era perfecto y enseguida cayó en un descanso profundo plagado de dulces sueños en los que Lisa Hayes era la protagonista exclusiva.

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El fin de semana pasó tranquilo y sin sobresaltos en casa de los Hunter-Hayes. Los dos estaban determinados a descansar y a relajarse un poco después de las ceremonias del Día de la Remembranza y antes de tener que volar a Ciudad Monumento en 10 días para presentar el reporte anual ante el gobierno.

El sábado la joven pareja se había levantado bastante tarde para sus estándares militares y se habían tomado algún tiempo para llevar a cabo algunas tareas del hogar, incluyendo un urgente viaje al supermercado para comprar las provisiones de la semana. Se habían detenido a comer en un restaurante cerca del parque y después se habían relajado con una larga caminata por los senderos cubiertos de nieve. Ya por la noche habían decidido que no tenían ganas de salir y que lo mejor era pedir una pizza bien grande y con doble queso y organizar un Festival de Cine en su casa. Pasar un día como ese, los dos solos y sin más que hacer que dedicarse el uno al otro era un lujo que ellos valoraban por sobre todas las cosas. Cualquier segundo que pudieran pasar juntos, ellos estaban dispuestos a aprovecharlo al máximo.

La noche había terminado con una juguetona sesión de amor al más puro estilo Hunter-Hayes: una noche de ternura, de amor, de pasión y de mucho cariño. Una de esas noches que solo ellos sabían darse y en donde los ingredientes se mezclaban perfectamente como en una receta largamente probada que aseguraba una deliciosa noche de amor y pasión, fuego y ternura… una noche que les pertenecía exclusivamente a ellos.

El domingo por la mañana los dos jóvenes se habían despertado temprano… aunque se habían quedado en cama hasta ya pasadas las 1000 horas. Habían pasado un buen rato acariciándose, besándose y hablando de sus planes para los meses que venían, sobre todo en lo relativo a ese pequeño que pronto incursionaría en sus vidas y que tantos cambios habría de brindarles. Los dos estaban muy contentos y emocionados con su embarazo y cada vez que podían se embarcaban en larguísimas conversaciones sobre los preparativos para recibir a su bebé.

Ya habían decidido que Lisa daría a luz en el Hospital Militar bajo los cuidados y supervisión de la doctora Mikhailova. Ya habían decidido cual de las habitaciones de la casa del almirantazgo habilitarían como el cuarto del bebé. Incluso habían puesto fechas para ir a comprar los muebles, hacer los arreglos necesarios en la habitación y demás. Los dos estaban muy emocionados y ninguno podía – ni quería – ocultarlo.

Pero había mucho más que solo preparativos en aquella situación. Para ambos el milagro de la vida resultaba algo tan grande que aún les era incomprensible. Los dos sabían que Lisa llevaba en su vientre a un pequeñito que era resultado del amor tan inmenso que ambos se profesaban. Y la almirante Hayes podía dar fe de los malestares que aquel embarazo le causaban. Malestares que, por otro lado, eran bienvenidos por ella, pues eran hasta ahora el único testimonio real que ella podía tener de que dentro de ella estaba creciendo un pequeñito que era producto del amor tan fuerte y apasionado que sentía por su esposo, ese piloto rebelde de ojos tan hermosos que había robado su corazón.

Los dos sentían que cuando Lisa comenzara a mostrar físicamente los signos de su embarazo, las cosas serían más reales para ellos. Rick podía imaginarse como se vería Lisa cuando comenzara a notársele el embarazo y aquello lo llenaba de ternura, de amor y de cariño por aquella mujer a la que su corazón había decidido amar tan intensa y apasionadamente.

La mañana de aquel domingo había culminado con una larga y tiernamente apasionada sesión de amor en la que Rick Hunter le demostró a Lisa Hayes cuanto la amaba y lo emocionado que se sentía de estar con ella y compartir con ella esa aventura de ser padres… y de ser esposos. Lisa había sabido responder con esa pasión y ese amor que ella guardaba única y exclusivamente para su piloto. Los suspiros, las frases llenas de amor, los gemidos de placer y las sonrisas tiernas habían sido el mejor testimonio de aquel amor que los embargaba.

Y después de descansar un largo rato, uno en brazos del otro, simplemente escuchando el sonido de sus corazones y de su respiración, los dos habían decidido que era hora de levantarse. Habían tomado una ducha tibia y habían almorzado, pues ya era muy tarde como para pensar en un desayuno.

El domingo había pasado lento pero feliz para la joven pareja. Fue un día tranquilo que ambos decidieron regalarse. Habían pasado un buen rato simplemente viendo fotografías y conversando en el estudio, mientras trataban de poner algún orden a sus documentos familiares. Una cosa que ellos tenían era esa capacidad ilimitada de convertir cualquier momento en un estallido de alegría y de risas y travesuras. Entre ellos parecía que jamás podía haber un momento de aburrimiento. No faltaron esos duelos verbales que eran tan legendarios entre ellos, ni las persecuciones por la casa, los ataques de cosquillas, las guerras de almohadas… todas esas cosas sin las cuales, en palabras de Max Sterling "los H2 no serían los H2".

Habían comido muy tarde, algo rápido y sencillo que los dos habían preparado en equipo en la cocina, dando pie a más travesuras y más guerras de palabras… y uno que otro golpe fingido y alguna que otra aparición de una lengua ofendida para demostrar desprecio o disgusto. Los dos se divertían estando juntos y ese carácter juguetón y travieso que solamente entre ellos se daban el permiso de mostrar era un catalizador en esa relación tan estrecha y fuerte que ambos habían ido construyendo a lo largo de ya tantos años.

Por la tarde habían salido a pasear un rato en la Freelander. La incipiente noche había comenzado a cubrir la ciudad con su manto de estrellas y el clima frío era demasiado extremo, por lo que Rick decidió que salir a caminar no era una buena idea. Lo último que él deseaba era que Lisa fuera a atrapar algún resfriado.

Habían vuelto a casa y después de enfundarse en sus ropas de dormir los dos se habían acurrucado frente al fuego encendido de la chimenea de la sala. Quizás para otras personas aquel pudiera haber sido un día aburrido, pero para ellos había sido uno memorable. Cuando dos personas que se aman y que son forzadas a separarse contra de su voluntad por causas laborales, tienen esa invaluable oportunidad de pasar un tiempo juntos, realmente no importa lo que hagan para pasar el tiempo, pues cualquier segundo que puedan compartir es uno que valoran y guardan en su corazón. Al menos eso era lo que les pasaba a Rick y Lisa. Después de tanto tiempo se habían dado cuenta de algo: mientras estuvieran juntos, nada más importaba en el mundo.

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La noche de domingo, en cambio, había sido larga y tediosa para la teniente Kelly Hickson. Aquel fin de semana no había sido precisamente el mejor de su vida. El clima no le había permitido salir mucho de casa, por lo que había pasado la mayor parte del tiempo metida ahí, sin mucho que hacer.

El sábado había invitado a sus amigos a pasar por su cajita de fósforos para cenar juntos, pero todos se habían disculpado por no poder asistir. Todos le habían dicho que tenían algunas cosas que hacer. Y Kelly no se engañaba, sabía que esas cosas eran simplemente citas con sus respectivas parejas.

Aquello no la molestaba, todo lo contrario, se sentía feliz y emocionada al saber que sus amigos estaban pasándola bien y que tenían a alguien en sus vidas. Sabía que habían planeado una salida en parejas a ver el estreno de una nueva película de la MBS en el centro de la ciudad. Una película que a ella no le interesaba particularmente, así que por ese lado ella no se podía quejar. Al final ella había decidido tener su propia exhibición cinematográfica en su casa, aunque su única compañía fuera Enkei quien, por otro lado, lo único que podía hacer por ella era mantenerle los pies calientes.

Mientras veía películas en la oscuridad, devorando cantidades industriales de palomitas de maíz, dulces y refresco, Kelly no podía evitar el recordar esas noches de películas que había compartido con Nick Azueta hacía solo unas semanas… y una vez más, como lo había venido haciendo desde hacía tiempo, Kelly se dio cuenta de que cualquier cosa que hiciera o que pensara irremediablemente la conducían a recordar a ese marino loco que, día a día parecía metérsele más profundamente en el corazón.

Pero ahora era domingo en la noche, al día siguiente había que volver al trabajo y Kelly pensó que aquello en realidad no era tan malo. Prefería pasar el día en el Edificio del Almirantazgo, ocupando su mente en cualquier cosa, que pasar un fin de semana como es que había pasado en su casa, sin nada que hacer.

El reloj marcaba casi las 2300 horas y Kelly, sentada frente a su computadora, se entretenía en un aburrido juego de naipes al que ni siquiera le estaba prestando gran atención. Su mente estaba ocupada en escuchar las canciones que la misma computadora estaba reproduciendo… canciones que en otras épocas ella hubiera considerado sentimentales y hasta tontas pero que ahora—

Pero de pronto un sonido producido por la computadora la hizo saltar en su asiento, sobresaltándola momentáneamente y sorprendiéndola al mismo tiempo. Una pantallita blanca había aparecido en el monitor de su máquina… una pantallita blanca que mostraba una sola palabra: "¿Hickson…?"

- ¡Nick! – Kelly pronunció aquel nombre y una enorme sonrisa comenzó a formarse en sus labios. - ¡Es Nick!

Efectivamente, el teniente Nicolás Azueta había súbitamente aparecido en la pantalla, en aquella pequeña ventana de chat. Kelly comenzó a reírse alegremente y pronto se dio cuenta de que por alguna razón, sus dedos temblaban un poco mientras trataba de escribir alguna respuesta… a la vez que el corazón se le había instantáneamente acelerado en el pecho. Era como si todo el aburrimiento y el tedio de aquel fin de semana interminable de pronto se hubiera borrado con aquella sola palabra.

¿Qué demonios haces aquí, Azueta? – Kelly respondió. - ¡Deben de ser más de las 0100 horas allá donde estás!

NA: "A mí también me da mucho gusto verte, Hickson. Y sí, es tarde aquí pero acabo de salir de mi turno del día. Quería enviarte un correo electrónico antes de ir a dormir, pero es mejor haberte encontrado."

KH: "Discúlpame Nick, no quise sonar grosera. Me da mucho gusto verte, solo que me sorprendiste un poco. No esperaba que aparecieras aquí. ¿Todo bien? No quisiera que te desvelaras por mi culpa."

NA: "Todo bien Kel… y créeme que desvelarme por tu culpa sería lo mejor que podría sucederme. El trabajo ha estado bastante complicado desde que volví de Ciudad Macross y muy tedioso. Ya necesitaba un poco de diversión y si es con mi compañera de crímenes pues mucho mejor. ¿No lo crees?"

KH: "¡Absolutamente! El fin de semana estuvo muy aburrido por acá. No hubo mucho que hacer, no pude salir a ningún lado… yo también necesito algo de diversión."

Aquella sesión de chat entre Kelly y Nick sería solamente la primera de muchas que ellos compartirían a partir de ese día. Los dos hablaron de mil cosas diferentes. El marino le contó todo sobre su viaje de vuelta al portaviones Argos, ella le hizo una reseña detallada sobre las festividades del Día de la Remembranza. Intercambiaron fotografías, algunas canciones, enlaces interesantes a algunos sitios web, se rieron, intercambiaron insultos cariñosos y en general pasaron una noche bastante entretenida que terminó en la madrugada, cuando ya ambos se habían puesto algo más serios y habían terminado por relatarse mutuamente algunas historias familiares.

Cuando Kelly finalmente se fue a la cama, después de haber hablado con Nick durante más de cuatro horas, se dio cuenta de que apenas tenía tres horas para dormir antes de tenerse que levantar y preparar para iniciar la semana… pero la teniente Hickson consideró que aquella había sido la desvelada más provechosa y memorable de su vida.

Sobre todo cuando, antes de apagar la luz de su mesita de noche, le lanzó una mirada al portarretratos que ahora la decoraba: una fotografía que Nicolás le había enviado esa misma noche y que mostraba a los dos, abrazados en el parque del barrio militar, de manera que los dos pudieran salir en esa foto que el mismo Nick estaba disparando. Ambos se veían felices y divertidos… ¡Aquellos habían sido buenos tiempos! – Kelly pensó, antes de apagar la luz y quedarse dormida con una enorme sonrisa en los labios.

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El lunes por la mañana Lisa se encontraba en su oficina; desde temprano se había enclaustrado en aquel sitio, según palabras de su asistente, y se había dedicado a revisar concienzudamente el informe que en unos días tendría que presentar ante el gobierno en Ciudad Monumento. La almirante Hayes no era una mujer que dejara las cosas al azar, por lo que tenía que asegurarse de que a ese texto que tenía en sus manos no le faltara ni un punto ni una coma… y no le sobrara nada.

Ya tenía un par de horas trabajando en ello, cuando la puerta de la oficina se abrió sin que el visitante tuviera la decencia de llamar primero. Eso solo podía significar una cosa y la reacción de Lisa no se hizo esperar. Colocar las hojas sobre su escritorio y sonreír espontáneamente fueron cosa de un segundo, mientras una sola palabra escapaba de sus labios.

- ¡Rick!

- ¡Hola bonita! – El recién llegado se acercó a ella y la saludó con un suave beso en los labios. – Kelly me dijo que no has querido asomar las narices al mundo de allá afuera en todo el día. ¿Todo en orden?

- Todo en orden. – Lisa tomó la mano de su piloto, que se había sentado en la orilla de su escritorio, y le besó los nudillos. – Tengo que revisar este documento y es lo que más me preocupa por ahora.

- Y tú eres lo que más me preocupa a mí, hermosa. – El piloto aprovechó la oportunidad para atrapar la mano de Lisa y acariciarla con ternura. - ¿Cómo te sientes?

- Estoy bien, Rick. – Ella le devolvió la sonrisa. – No te preocupes.

- ¿Y cómo está nuestro pequeñito? – Los ojos de Rick brillaron al pronunciar aquellas palabras.

- Bueno… - Lisa se acarició el vientre. – Está… al menos el día de hoy no ha torturado a su madre con nauseas ni nada de eso.

- Ya es ganancia. – Él respondió, acariciando el rostro de su esposa e inclinándose a besarla suavemente en la punta de la nariz.

- No lo había notado, pero te ves muy apuesto el día de hoy, piloto.

- Yo siempre me veo apuesto, almirante. – Rick le guiñó el ojo. – Pero si usted piensa que hoy amanecí particularmente apuesto, eso también es ganancia.

- ¡Tonto engreído! – Lisa le dio un empujón juguetón para luego examinarlo detenidamente. – Hmmm… debe ser ese traje de vuelo que llevas puesto. ¿Vas a darle algún uso real o solo estás alardeando?

Rick se rió de buena gana y sacudió la cabeza. Había veces que aún no podía creer la insolencia de su esposa. Ella lo observaba divertida, esperando el contraataque.

- ¿Usted cree que yo sería capaz de venir en traje de vuelo hasta su oficina solo para seducirla, almirante?

- De usted yo creería cualquier cosa, general.

- ¡Pues que poco me conoce! Yo no necesito de esto, - El piloto señaló su traje de vuelo. – Para lograr que usted caiga rendida a mis pies.

- ¡Arrogante! – Lisa se puso de pie y lo empujó, antes de apartarse hacia el otro extremo de la oficina.

- ¡Hey! – Rick la siguió, ya sin poder contener la risa. - ¡Ven acá, pequeña fugitiva! ¿A dónde crees que vas?

Lisa ya no pudo seguir huyendo cuando los brazos de Rick se cerraron alrededor de su cintura y él la abrazó por detrás, aprovechando la proximidad física que él tenía con ella para plantarle un beso suave, tibio y juguetón en el cuello.

- No des las cosas por hecho conmigo, Hunter. – Lisa intentó protestar.

- Jamás lo he hecho, Hayes… - Él continuaba besándola. - ¿Qué puedo hacer para reivindicarme, almirante?

- Usted está lleno de buenas ideas, general… ¿Por qué no me sorprende?

Rick se rió y escondió su rostro en el cuello de Lisa para embriagarse de su aroma y sentir su calor y su presencia. Ella no pudo evitar el sonreír y se acurrucó contra el cuerpo fuerte y cálido de su esposo.

- ¿Sabes? Por ahora tengo que ir a darle buen uso a este uniforme. Voy a un vuelo de inspección con los chicos que están entrenando con los VF4. La ventaja es que tendré varias horas para pensar en la manera en que te voy a sorprender esta noche, Hayes.

- ¿Y eso es bueno o malo? No sé si me estás prometiendo algo o me estás amenazando, piloto.

- Digamos que… un poco de las dos cosas.

Lisa se dio media vuelta en los brazos de Rick para poder verlo de frente. Los dos se sonrieron con innegable cariño y con amor brillándoles en los ojos. Ella acarició el rostro del joven piloto y él atrapó su mano para besarla en la palma, provocando que ella se estremeciera.

- Me tengo que ir, amor. – Rick le informó. – No quiero que el vuelo se retrase por mi culpa. Solo quería verte antes de salir y asegurarme de que estuvieras bien.

- Estoy bien, mi cielo. Cuídate mucho allá arriba, ¿de acuerdo?

- No necesitas decírmelo, preciosa. – Rick colocó su mano sobre el vientre de su esposa. – Tengo muchas razones por las cuales volver a casa esta noche, ¿sabes?

- ¡Te amo, Rick! – Lisa le echó los brazos al cuello al piloto.

- Y yo te amo a ti, hermosa. Te veo en la tarde, ¿está bien?

- Te estaré esperando, amor.

Rick y Lisa se separaron. Los dos se miraron a los ojos y una sonrisa iluminó sus rostros. El joven general acarició la mejilla de Lisa y dejó que su caricia bajara hasta su barbilla para tomarla entre sus dedos con delicadeza y acercar a su esposa a él. Los dos se besaron con amor y enseguida el piloto dio un paso atrás e hizo un impecable saludo militar que ella correspondió.

- ¡Ve y enséñales como vuela un piloto de verdad, Rick Hunter!

El piloto se cuadró como si ella acabara de darle una orden muy importante y su rostro adquirió un gesto marcial y formal que hizo que ella sonriera.

- ¡Sí, mi almirante!

Antes de que él saliera de la oficina, todavía tuvo tiempo de detenerse por un segundo para mirar a Lisa, guiñarle el ojo y lanzarle una de esas sonrisas que sabía que la derretían. Cuando la almirante se quedó sola, sonrió mientras que un profundo suspiro escapaba de lo más profundo de su ser. Enseguida volvió a su escritorio y antes de volver a enfrascarse en su trabajo miró el portarretratos que tenía frente a ella.

Su sonrisa se hizo más brillante y con ánimos renovados tomó el documento que había estado revisando antes de que Rick Hunter llegara a interrumpirla… y a recordarle que había buenas razones para trabajar y una de ellas era el saber que bajo sus órdenes servía ese piloto alocado que irremediablemente se había apoderado de su corazón… un piloto que seguramente encontraría la manera de sorprenderla al final del día.

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En la oficina frente a la de la almirante Hayes, en esos momentos la teniente Hickson se daba un breve respiro después de una mañana que había sido particularmente complicada, en lo que a la agenda de la almirante Hayes se refería.

Dado que Lisa iba a estar fuera de la ciudad por algunos días para ir a Monumento, Kelly tenía que asegurarse de que esos días estuvieran totalmente limpios en la agenda y que todos los pendientes de la almirante salieran antes de que ella volara a Monumento. No era asunto fácil el de llevar la agenda de la almirante Hayes, pero Kelly no se imaginaba haciendo ningún otro trabajo.

Después de dos años aquello se había convertido en algo tan natural para ella que a pesar de las dificultades la joven teniente siempre encontraba la manera de salir airosa de cualquier complicación. Para ella aquello era casi como un juego de estrategia, uno que la motivaba y la emocionaba.

Pero ella era humana a fin de cuentas y hasta las personas como ella necesitaban un respiro en la jornada… y una buena taza de café.

Con su taza humeante en la mano, Kelly fue a sentarse frente a su computadora. Tenía un sitio web abierto frente a ella y sin pensarlo demasiado introdujo algunas palabras en el buscador del sitio. Segundos después una serie de resultados aparecieron en su pantalla y Kelly comenzó a leerlos con atención, mientras tomaba algunas notas en una libreta que tenía a su lado y abría algunos enlaces en una ventana nueva.

La voz del comodoro Azueta vino a sacarla de su concentración y la hizo saltar levemente en su asiento por lo imprevista que había sido. Tan metida estaba Kelly en lo que estaba haciendo que ni siquiera había escuchado los pasos del militar acercándose por el pasillo.

- Kelly, ¿está la almirante en la oficina? Necesito…

Azueta se detuvo a media frase al notar que había asustado a la joven teniente. Una pequeña sonrisa involuntaria apareció en sus labios. Sonrisa que fue tan fugaz como el sobresalto de Kelly.

- Lamento haberte asustado, teniente. – Azueta se disculpó.

- No, no me asustó, comodoro. – Kelly de inmediato cerró las ventanas que tenía abiertas en su computadora. - ¿Me preguntaba por Lisa—eh, la almirante Hayes? Está en su oficina, revisando el informe.

- Ya veo… - Azueta observó curiosamente a Kelly. - ¿Te sientes bien, Kelly? Te veo algo… pálida.

- ¡Oh, muy bien, señor! Yo… un poco desvelada tal vez.

- Deberías intentar dormir un poco más, no es bueno que vengas cansada a trabajar, Kelly. – Azueta dio media vuelta para dirigirse a la oficina de Lisa.

- Es que… estuve conversando hasta tarde… con Nick, señor.

El comodoro Azueta se detuvo en seco, aunque no volteó a mirar a Kelly, por lo que ella no pudo ver la sonrisa que había aparecido en el rostro del viejo lobo de mar al escuchar mencionar el nombre de su vástago.

- En ese caso será mejor que hable con Nicolás y lo reprenda por desvelar a mi Jefa de Ayudantía… - Azueta intentó sonar serio, pero aquello era a todas luces una broma.

- Sí, debería hacerlo. – Kelly se rió, siguiéndole el juego. – Estuvimos hablando de muchas cosas, comodoro… me contó de su familia, de sus hermanos, de cuando él estaba chico.

- ¡Vaya conversación interesante que debió ser! – Azueta miró a Kelly. – Lo lamento.

- Señor… comodoro… - Kelly sonó algo nerviosa, algo bastante inusual en ella. – Yo… en realidad me interesó bastante lo que Nick me contó… yo—bueno, lamento lo que sucedió con su familia… yo—usted sabe… también perdí a mis padres durante la guerra y, bueno… solo quería que supiera que… que lo entiendo, señor.

- Gracias, teniente Hickson. – Azueta le respondió sinceramente, pero quizás de una manera más formal de la que él hubiera querido.

- No lo agradezca, señor.

- Kelly… - Azueta miró de frente a la jovencita y le habló en un tono mucho más familiar. – Quizás… si uno de estos días tuvieras tiempo después del turno del día podrías pasar por mi oficina… o por mi casa… si quisieras podría mostrarte algunas fotografías… no sé.

Kelly observó al comodoro por un segundo. Contrariamente a su usual actitud de seguridad y autosuficiencia, en ese momento Carlos Azueta se notaba un tanto… nervioso o quizás temeroso de mostrar ese aspecto vulnerable de su personalidad.

- ¿Señor?

- Bueno, tengo algunas fotos de cuando Nicolás era niño. – Azueta sonrió ante los recuerdos. – Si quisieras verlas…

- Me daría mucho gusto, comodoro. – Kelly se rió.

- Bien, pues cuando puedas me avisas… - Azueta caminó hacia la puerta, pero se detuvo en el último segundo. - ¿Sabes Kelly? Creo que a veces es bueno compartir nuestras historias… quiero decir, tantas familias fueron deshechas durante a guerra… tal vez sea momento de comenzar a construir nuevos lazos familiares entre la gente que apreciamos y queremos. ¿No te parece?

Kelly no respondió con palabras, pero la sonrisa que apareció en sus labios fue mucho más elocuente que cualquier cosa que ella hubiera podido haber dicho. Asintió levemente con la cabeza y Azueta se permitió dedicarle una de esas medias sonrisas fugaces que eran tan suyas.

- Voy a pasar con la almirante, teniente.

- ¡Adelante, comodoro!

Azueta salió de la oficina y Kelly se hundió en su asiento, suspirando profundamente como si acabara de salir de algún aprieto. Su mirada se clavó en la pantalla de la computadora y de inmediato volvió a abrir el sitio web que había estado revisando anteriormente. En el cuadro de búsqueda tecleó un par de palabras: "Azueta, Gabriela" y prosiguió con la investigación que había comenzado hacía un rato.

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Cuando Azueta volvió a su oficina, después de haber pasado un par de horas revisando el reporte con la almirante Hayes, aún iba pensando en la invitación que le había hecho a Kelly de visitarlo. La idea lo interesaba y a la vez lo asustaba un poco. Allá en su casa, en una caja de madera que había pertenecido a su padre… o quizás incluso a su abuelo, el comodoro tenía guardadas, tal vez incluso escondidas, la mayoría de sus fotografías familiares.

El que Kelly mostrara ese interés por conocer un poco más de la familia del comodoro era una experiencia agridulce para él. Por un lado le hacía revivir recuerdos que durante años había mantenido a raya y por el otro, el recordar a su familia lo hacía sonreír… aunque dolía. Dolía demasiado…

- Pero todos perdimos familiares durante la guerra… Kelly perdió a sus padres, yo perdí a dos de mis tres hijos. Si no nos apoyamos entre nosotros nadie lo hará.

Tan sumido como iba en sus reflexiones, ni siquiera se detuvo a saludar a su asistente. Pero la sargento Sainz lo detuvo al verlo pasar.

- ¡Comodoro Azueta!

- ¿Eh? – El aludido sacudió la cabeza. – Mary… ¿Qué sucede?

- Lo están esperando, señor…

La sargento hizo un leve movimiento con la cabeza que hizo que Azueta se diera media vuelta y hasta entonces se percatara de la persona que estaba en la sala de espera. Una persona que ya se había puesto de pie para saludarlo. El comodoro sonrió amablemente y se acercó a estrechar la mano de su visitante.

- Arquitecta Galland, es un gusto verla por aquí.

- Buenas tardes, comodoro Azueta. – La arquitecta le devolvió la sonrisa, mientras luchaba porque el legajo de papeles que traía bajo el brazo no salieran de control. – El gusto es mío, se lo aseguro.

- ¿En qué puedo ayudarla, arquitecta?

- Yo, bueno… no quisiera importunarlo, señor. Pero es sobre cuestiones de restauración de la Residencia Hayes, comodoro.

- Bien… ¿Qué podría yo hacer por usted en ese sentido?

- Lo que pasa, comodoro es que he estado recopilando alguna información básica. Ya sabe, toda la investigación histórica previa a los trabajos materiales. Y bueno, siendo un edificio de interés histórico militar necesito algunos datos. Estuve investigando en la biblioteca de la base e incluso en los archivos privados de la almirante Hayes, a los que ella tan amablemente me permitió el acceso, pero aún tengo algunas dudas.

- ¿Sí…?

- Hablé con Lisa— es decir, con la almirante, por teléfono y me dijo que usted quizás podría auxiliarme con algunos datos históricos… más que nada sobre algunas cuestiones de heráldica militar. Me dice que a usted le apasionan esos temas y por las conversaciones que hemos tenido, yo creo que la almirante tiene razón.

- ¿Heráldica Militar? – Los ojos de Azueta brillaron. - ¿La almirante Hayes la envió conmigo?

- Sí… bueno, si usted tiene tiempo, señor. Yo no quisiera—

- La historia militar y la heráldica son algunas de mis grandes pasiones, arquitecta Galland… me interesa mucho ver qué es lo que se necesita y si puedo auxiliarla cuente con ello… con todo gusto. Lo que ustedes hacen con el Museo Donald Hayes me parece extraordinario y siempre es un placer poder hablar con usted.

- Gracias comodoro.

- ¡Por favor! – Azueta abrió la puerta de su oficina, indicándole que entrara. – Llámeme Carlos, arquitecta… no es necesaria tanta formalidad.

- En ese caso usted llámeme Jessica… - Ella le sonrió. – O Jesse, como todos me dicen.

- Muy bien, arquitecta Galla—Jess... arquit—Jesse… ugh, me va a tomar un tiempo acostumbrarme a esto. – Azueta se rió, mientras trastabillaba con sus propias palabras.

La puerta de la oficina se cerró y la sargento Sainz sonrió para sí misma. Después de haber servido bajo las órdenes del comodoro durante ya varios años, ella sabía mejor que nadie que eran raras esas ocasiones en las que Carlos Azueta sonreía y se comportaba tan… humano.

Definitivamente la presencia de aquella arquitecta sería bienvenida en la oficina del Jefe del Estado Mayor, de eso no había duda.

-


-

La inconfundible Freelander negra, propiedad del general Rick Hunter, estaba estacionada en la orilla del camino antiguo que unía Ciudad Macross con las poblaciones del norte. La noche ya había caído sobre la ciudad y las luces encendidas de las mismas parecían piedras preciosas multicolores dentro de un cofre del tesoro.

En el improvisado mirador que existía en ese camino casi en desuso, Rick y Lisa estaban cómodamente instalados dentro de la camioneta, acurrucados debajo de una frazada y bebiendo ávidamente el chocolate caliente que el piloto había traído en un termo. Era una noche hermosa y los dos parecían estar hechizados por aquel espectáculo de luz que se presentaba ante ellos.

- … entonces le dije a Max que lo más sano para todos sería que les diéramos una lección a esos novatos. – Rick estaba hablando. – Había que bajarles los humos. Un exceso de confianza puede ser letal para un piloto de combate.

- ¡Y no hay nadie que pueda bajarle los humos a esos pilotitos como tú y tu compadre!

- Bueno, lo hacemos por su bien. – Rick lo pensó brevemente. – Pero tienes razón, Max y yo somos lo máximo.

- ¡Engreído!

- ¿Esa es la palabra del día, almirante? – Rick se rió y la besó en medio de los ojos. – No sé cuántas veces me has llamado así a lo largo del día.

- Y te seguiré llamando así mientras te sigas portando como un patito presuntuoso, señor.

- ¡Aw! – Rick se acurrucó contra ella. - ¿Me quieres mucho?

Lisa lo miró… ¿Qué podía responder a eso? Rick sabía que aquella era una pregunta con la que siempre terminaba por desarmarla por completo. El piloto estaba mirándola con su mejor cara de perrito sin dueño, con esa sonrisa capaz de derretir el hielo del polo norte y esos ojitos azules que…

- ¡Demonios Hunter! – Lisa le pellizcó la nariz. - ¡No sé por qué te quiero tanto!

- Esas son señales confusas, Hayes.

- ¿Y qué señal podría ser más clara entonces, Hunter?

- ¿Un besito?

Lisa se inclinó sobre él y lo besó suavemente en los labios. Cuando se separaron el piloto suspiró contento y se acomodó en el pecho de Lisa, quien lo abrazaba y le acariciaba el cabello y la espalda.

- ¿No has notado a Kelly un poco extraña últimamente? – Rick preguntó sin anestesia, mientras le arrancaba pelusitas al suéter de Lisa.

- Hmmm… extraña no. Un poco distraída tal vez.

- Si, eso es cierto.

- ¿Por qué lo preguntas, amor?

- No sé… ¿Recuerdas aquellas pruebas de ADN que nos hicieron cuando tuvimos la sospecha de que éramos primos y todo? Hoy fue al hangar a preguntarme sobre ellas. Parece que le ha dado por la genética últimamente.

- Es bueno que tenga intereses. – Lisa sonrió. – Aunque sinceramente yo creo que la única genética en la que está interesada en estos días es en la de los Azueta.

- ¿Entonces tú también piensas que… Kelly y Nick?

Lisa sonrió y se encogió de hombros.

- No hay que ser una vidente ni una médium para captar las señales obvias… ella comparte tu ADN, piloto. Ustedes son demasiado transparentes para mí.

- ¡Hey! – Rick protestó.

- Pero en serio, amor… a pesar de todo creo que Kelly está feliz y emocionada. Me da gusto verla así. Después de las pérdidas que tuvo durante la guerra es bueno que ahora al menos tenga una ilusión.

- ¿Y qué hay de David?

Lisa sacudió la cabeza y recargó su mejilla en el cabello de su piloto.

- Es decisión de Kelly, ¿No te parece? No es lo que nosotros pensemos al respecto, sino lo que su corazón le señale.

- El corazón nunca se equivoca, ¿no es así? – Rick sonrió.

- No amor… nunca.

- Lisa… - Rick la miró a los ojos. – Te amo, ¿lo sabías?

- Palabras, palabras, palabras… ¿Por qué mejor no me lo demuestras con hechos, piloto?

Rick se rió y se enderezó levemente para poder abrazar a su esposa. Sus ojos se clavaron en los de ella y lentamente fue acercándose, envolviéndola en su abrazo, acogiéndola en su pecho y mirándola intensamente con una mirada que parecía explorar hasta el fondo mismo de su corazón. Lisa entreabrió los labios, dispuesta a recibir los de Rick que ya la estaban acariciando.

- Tenemos reservaciones para la cena en media hora, preciosa. – Rick susurró contra sus labios. – Pero esto es solo un avance de lo que estará esperando por ti en casa.

El beso que siguió a aquella declaración fue profundo, apasionado, absolutamente enloquecedor. Un beso que dejó a ambos embriagados de amor y pasión. Los dos se aferraban vehementemente el uno al otro, como si de aquel beso dependiera no solo su vida, sino su eternidad. Cuando se separaron los dos estaban jadeando anhelantemente y el brillo que tenían en sus ojos era suficiente para iluminar la noche.

- ¿Tienes hambre? – Lisa preguntó sin aliento y con una incipiente sonrisa traviesa en los labios.

- ¡Nah! – Rick sacudió la mano. – La verdad es que todavía me siento lleno… y la comida en ese restaurante donde tenemos las reservaciones ni siquiera es tan buena…

- Tienes razón… y yo tampoco tengo mucha hambre, ahora que lo mencionas.

- Entonces podríamos ocupar el tiempo en cosas más interesantes, ¿no lo crees?

- ¡Absolutamente! Cosas mucho más productivas. – Lisa lo besó en la mejilla.

- ¡Estoy de acuerdo contigo, bonita! Cosas mucho más productivas, de hecho.

- ¿Entonces?

- ¿A casa? – Rick preguntó con un guiño, mientras ponía la Freelander en marcha.

- ¡Sin escalas, piloto! Sin escalas…

Los faros de la camioneta se encendieron y dos minutos más tarde ya se encontraba en el camino, enfilando de regreso hacia Ciudad Macross y directamente hacia el Barrio Militar en un viaje que no solo sería sin escalas, sino que terminaría llevando a los dos jóvenes enamorados a la luna y de regreso.

-


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En el centro de Ciudad Macross había gran actividad a esa hora de la noche. Era la zona comercial de la ciudad, llena de tiendas, de sitios de esparcimiento como cines y teatros, de galerías de arte y de sitios que le habían ganado a la ciudad una reputación de centro cultural del nuevo mundo.

Sin embargo las calles aledañas a esas avenidas principales eran mucho más tranquilas y si bien no tenían el brillo y la iluminación de la zona dorada de Macross, si tenían un encanto que se sentía casi como de los tiempos pasados. Eran calles estrechas, con árboles en los senderos, faroles a lo largo del camino y algunos locales comerciales discretos, en particular algunos restaurantes y librerías. Muy pocos autos circulaban por aquellas callecitas, pues los conductores generalmente preferían conducir por las avenidas y los bulevares.

Y en una de esas calles incógnitas de la ciudad, una que conectaba el Museo Donald Hayes con una de las avenidas más transitadas de Ciudad Macross, el comodoro Carlos Azueta caminaba lentamente, acompañando a la joven mujer que iba a su lado.

Jesse Galland y Carlos Azueta habían pasado algún tiempo esa tarde en los archivos del museo. Azueta había estado auxiliando a Galland con su investigación histórica militar, algo que para él no era de ningún modo un trabajo o una obligación, sino más bien una manera de distraerse y despejarse un poco.

Ella se lo había agradecido profundamente y había decidido invitarlo a cenar para darle las gracias por su ayuda. En un principio el comodoro, siendo el tipo tímido, introvertido y retraído que era, se había negado argumentando que no había nada que agradecer. Pero Galland había insistido… demasiado.

Al final, y como el caballero que él era, había aceptado la invitación pero con la condición de que la cena corriera por su cuenta. Él jamás permitiría que la arquitecta asumiera los gastos. Los dos habían terminado cenando en uno de esos pequeños restaurantitos privados cercanos al museo y ahora Azueta acompañaba a Jesse a su casa, la cual curiosamente (o quizás no tanto) estaba situada bastante cerca del museo.

- Fue una cena deliciosa. – Jesse iba comentando. – Te lo agradezco mucho, Carlos. No solo me ayudaste con la investigación, sino además me invitaste a cenar y todo… siento que estoy abusando de tu amabilidad.

- ¡Claro que no! – Azueta sonrió levemente. – Para mí ha sido un placer. Además la pasé muy bien en el museo. El poder ver toda la colección histórica que tienen ahí, de primera mano y todo, para mí es una experiencia única y te lo agradezco, Jess.

La arquitecta Galland sonrió. Finalmente había logrado que el comodoro dejara de llamarla por su título académico y comenzara a tutearla. Sin embargo, y a pesar de que sus amigos la llamaban Jesse, por alguna razón Azueta insistía en llamarla simplemente Jess. Cosa que a ella no le molestaba en lo absoluto. Tampoco le molestaba que ocasionalmente el comodoro la llamara por su apellido; él era un militar, después de todo y eso era lo que los militares hacían.

Los dos caminaron una media cuadra en silencio absoluto, pero lentamente y sin prisas. La noche era fría, pero no era un frío criminal. Era bastante soportable e incluso hasta agradable. El cielo estaba estrellado y el ambiente en general era encantador.

La arquitecta miró al comodoro de las Fuerzas Espaciales que caminaba a su lado. Aquel hombre alto, de aspecto elegante y mirada triste la intrigaba. Azueta había aparecido esa tarde en el museo vistiendo un abrigo negro sobre un suéter azul y pantalones tipo jeans y la arquitecta pensó que era la primera vez que lo veía fuera de su uniforme militar y aquella ropa de civil le sentaba bien, lo hacía verse mucho más joven y relajado. Aquello había sido todo un cambio.

- Vas a tener que permitirme corresponder a esta invitación, Carlos. – Ella finalmente rompió el silencio, sacando a Azueta de una de sus frecuentes meditaciones. – La próxima vez yo cocinaré. ¿Qué te parece?

- No quiero importunarte, Galland. – Azueta respondió con una media sonrisa.

- Te aseguro que no será ninguna molestia.

Los dos se detuvieron frente a una casita pequeña pero agradable, de las típicas del centro de Ciudad Macross. Jesse Galland sacó sus llaves y le sonrió al comodoro, quien automáticamente le devolvió la sonrisa.

- Aquí vivo…

- Bastante cerca del museo. – Azueta comentó. – Es conveniente.

- ¡Bastante conveniente! – Jesse sonrió. – Bueno… comodor—Carlos, la verdad es que agradezco mucho toda tu ayuda. Hablar contigo siempre es enriquecedor.

- ¡Claro que no! – Azueta sacudió su cabeza y movió su mano. – El gusto fue todo mío, no tengas la menor duda.

- Entonces… espero que vuelvas pronto al museo. Todavía hay algunas cosas que quisiera mostrarte.

- Ten la certeza de que lo haré.

Los dos sonrieron y de pronto sobrevino un incómodo silencio entre ellos. Finalmente Jessica fue a abrir la puerta de su casa mientras que Azueta pensaba cual era la forma correcta de despedirse. Obviamente un saludo militar no estaba dentro de las opciones. Pero fue ella quien finalmente le extendió la mano al comodoro. Él, un tanto sorprendido, tomó la mano que ella le ofrecía y la estrechó calurosamente.

- Buenas noches Carlos… y gracias por todo.

- Que descanse, arquit—Jess… nos veremos pronto.

Los dos sonrieron y cuando la arquitecta Galland entró a su casa, el comodoro Azueta se quedó ahí por unos segundos. Observó la calle en donde se encontraba… aquella casi parecía una calle de los tiempos previos a la guerra. Aquel era un barrio agradable, Azueta pensó. Después, casi como por reflejo, levantó el cuello de su abrigo y metió las manos a sus bolsillos mientras comenzaba a desandar el camino, de vuelta al museo en donde estaba estacionado su automóvil.

Mientras caminaba de regreso, no podía dejar de pensar en lo agradable que había sido aquella velada… la había pasado bien con la arquitecta, tanto en el museo como en el restaurante. Ella era una mujer amable, culta, inteligente y bastante simpática y divertida. La arquitecta Galland le agradaba, de eso no había duda.

- Creo que no debo de dejar pasar demasiado tiempo antes de aceptar su invitación y volver al museo. – Carlos Azueta pensó.

Después de todo, aquel había sido un cambio bienvenido en su rutina diaria… y aunque ni él mismo se había percatado de ello, quizás aquella había sido la primera noche en mucho tiempo en que no se había torturado con sus recuerdos del pasado. Había sido la primera noche en mucho tiempo en la que el comodoro Carlos Azueta caminaba por las calles de la ciudad con una sonrisa en los labios.

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Ni bien habían traspasado el umbral de la puerta de su casa, Rick ya había tomado a Lisa en brazos y la estaba besando como si jamás lo hubiera hecho antes… como si jamás lo fuera a volver a hacer. La puerta se cerró de golpe al tiempo que Lisa quedaba contra la pared, aprisionada por el cuerpo de su esposo y sus labios que la torturaban de tal manera que ella sinceramente pensaba que en cualquier momento perdería la razón.

La almirante Hayes, sin embargo, no era una persona que se dejara vencer tan fácilmente. Sin dejar de besar a su piloto, buscó un poco de racionalidad en todo aquello y en algún apartado rincón de su mente que aún conservaba funcional, decidió que era el momento del contraataque. De pronto y sin previo aviso, tomó a Rick por los hombros y sin que ni siquiera ella supiera como lo había hecho, los dos terminaron sobre el sofá de la sala, sin tener noción de cómo habían llegado hasta allá.

No que fuera algo que al joven general de la UNSAF le importara particularmente. No mientras tuviera sobre él a Lisa Hayes, torturándolo hasta la muerte con sus besos, sus caricias, sus miradas y sus palabras cargadas de cariño, amor, ternura… y algo más.

- Te amo… - Lisa susurró en su oído y aquello enloqueció al piloto. - ¡Te amo, Rick Hunter! No sabes cuánto te amo…

- Lisa… - Un conmovido piloto la separó levemente de sí para mirarla a los ojos. – Lisa, yo también te amo…

La almirante Hayes notó, con cierta extrañeza, que los ojos de Rick parecían estar humedecidos. Una mirada más cercana le permitió corroborar que era verdad, el piloto parecía estar luchando por contener sus lágrimas. Lisa se inclinó sobre él y lo besó primero en la frente y después en cada uno de los dos ojos, provocando que él suspirara.

- ¿Qué te pasa, chiquito? ¿Te sientes bien?

- Lisa… - Rick le acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con la pasión previa. – Te amo, bonita… es solo que… no lo sé, a veces no sé qué hacer con esto que siento… me emociono mucho cuando—cuando pienso que… que te tengo a mi lado, que me amas… que—que estamos juntos y que vamos a tener un hijo.

La sonrisa esplendorosa que apareció en los labios de Lisa Hayes fue solo superada por el brillo intenso de sus ojos verdes al escuchar a Rick expresarse de esa manera. Él, a pesar de su proverbial falta de elocuencia, había expresado aquellos sentimientos de una manera tal que conmovieron a Lisa hasta lo más profundo de su ser. Lo único que ella pudo hacer fue recostarse en el pecho de su esposo y suspirar profundamente mientras él la abrazaba y comenzaba a besarla en cualquier lugar que tuviera a su alcance.

- ¿Siempre tienes que ser tan adorable y maravilloso, Rick Hunter?

El piloto sonrió levemente y levantó el rostro de su esposa para poder mirarla a los ojos y besarla en los labios. Fue un beso breve que sin embargo fue promesa y preludio de muchos más.

- Solo contigo, Hayes… solamente contigo. Eres la única persona del mundo que puede llamarme adorable y vivir para contarlo.

- Rick… a pesar de que seas tan berrinchudo, el tenerte conmigo… - Lisa comenzó a hablar, pero él la silenció con un beso.

- Ni lo menciones, mi cielo… ya no hacen falta palabras… simplemente te amo, nos tenemos el uno al otro… nos amamos… eso es todo.

- ¡Ven acá, piloto! – Lisa lo tomó por la solapa de su ropa. - ¡Te amo!

A aquella vehemente declaración siguió un beso cargado de pasión, de necesidad y de un amor tan profundo y verdadero que, realmente como había dicho Rick, no se podía poner en palabras.

Fue él quien decidió tomar aquella situación en sus manos y sin darle tiempo a Lisa de reaccionar, rodó sobre de ella en el sofá para cubrirla con su cuerpo. Sus miradas se encontraron y una leve sonrisa apareció en los labios de Rick, quien jadeante y sudoroso se inclinó para plantar un leve besito en los labios de Lisa. Ella se perdió en su mirada mientras él le acariciaba el rostro con la yema de su dedo, provocando que ella se estremeciera de amor y de placer.

Lenta, casi ceremoniosamente Rick comenzó a inclinarse sobre de ella. Sus miradas jamás se apartaron, sus ojos solo se cerraron en el último segundo, cuando sus labios se encontraron y un beso lento, suave y prometedor comenzó a gestarse entre ellos… un beso que sin embargo comenzó a convertirse en algo mucho más apasionado y más profundo al tiempo que las manos ansiosas de ambos comenzaban a explorar sus cuerpos y a deslizarse impunemente por entre los pliegues de sus ropas para poder acariciar la piel desnuda, ardiente y palpitante del otro.

- Esto… - Lisa jadeó contra los labios del piloto. – Es mucho mejor… que cualquier cena.

- Y no tenemos que hacer reservaciones. Y el postre… es delicioso. – Rick respondió con una risita, para después profundizar definitivamente el beso con que estaba torturando los labios de su esposa.

El resto de la noche pareció diluirse en la memoria de los dos jóvenes enamorados, quienes se dedicaron a su amor… a ese acto de amor que para ellos era una celebración a la vida y una manera de ratificar una y otra vez que lo que estaban viviendo era real, que lo que existía entre ellos era verdadero… un amor fuerte, maduro y sincero que los sobreviviría… un amor eterno.

-


-

Ya era muy de madrugada, pero Lisa no podía dormir. Se sentía cansada, pero con un cansancio bueno y agradable. Además se sentía relajada, feliz y completamente tranquila y en paz con el universo y consigo misma.

Y la razón de ser de aquel estado tan perfectamente beatífico en la que ella se encontraba en esos momentos dormía plácidamente a su lado, completamente ajeno al hecho de que Lisa lo contemplaba con adoración y le acariciaba el cabello con cariñosa ternura. La pequeña sonrisa que Rick tenía en sus labios era bastante elocuente. Se le notaba tan feliz y tranquilo como ella.

- Te amo. – Lisa murmuró suavemente, aprovechando para acercarse y besarlo en la punta de la nariz. – Eres el amor de mi vida, Rick Hunter… y si después de lo que vivimos aquí esta noche todavía lo dudaras…

Lisa soltó una risita traviesa y suspiró profundamente. Cerró sus ojos y su mano, casi como por reflejo, fue a posarse sobre su vientre. Últimamente había adquirido la costumbre de hablarle a su bebé sobre cualquier cosa que le viniera a la mente.

- Tu padre es el hombre más maravilloso del mundo, mi amor. – Lisa susurró. – Y nos ama como no tienes una idea… a ti y a mí, a los dos. Él siempre va a estar aquí para cuidarnos y protegernos. Yo también lo amo, siempre lo he hecho… y quiero que tú también lo hagas porque él va a ser el papá más tierno y amoroso del mundo.

Lisa se detuvo y abrió los ojos. Una esplendorosa sonrisa apareció en su rostro mientras se recostaba de costado para mirar a Rick de frente. Le acarició el cabello rebelde y no pudo evitar el besarlo suavemente en los labios, provocando que el piloto se moviera un poco, susurrara su nombre y se acurrucara a su lado.

- Vas a ser el padre más maravilloso del mundo, amor. Así como has sido el esposo más lindo y tierno para mí, sé que serás el papá más amoroso y dulce para nuestro pequeñito. ¡Dios santo! Cuando te vea con nuestro bebé en brazos, yo…

Involuntariamente los ojos de Lisa se llenaron de lágrimas, aunque una sonrisa enorme apareció en sus labios. Sin poder – sin querer – contenerse, abrazó a Rick estrechamente, estremeciéndose al sentir el tibio y suave contacto de su piel desnuda contra la suya.

El piloto no fue inmune a esas caricias. Se movió un poco, murmuró algunas palabras incomprensibles y entreabrió los ojos, parpadeando repetidamente y sin comprender del todo qué era lo que estaba ocurriendo.

- ¿Lisa…? ¿Qué pasa, amor?

- Rick… ¡Lo siento, no quise despertarte, yo…!

- ¡Hey! – Sonrió un adormilado piloto. - ¡Shhhh, no te preocupes! A ver, ven para acá.

Rick se acomodó e hizo que ella se acurrucara contra su cuerpo, abrazándola con cariño y plantándole un beso tierno en la frente mientras Lisa se recostaba en el pecho de su esposo y le besaba el cuello. Rick suspiró profundamente y cerró los ojos.

- ¿No podías dormir, bonita?

- Me desperté por un momento, eso es todo.

- ¿Quieres que te traiga algo… agua o cualquier cosa?

- No amor, estoy bien. – Lisa sonrió. – Gracias.

Rick comenzó a subir y bajar su mano por la espalda desnuda de Lisa, provocando que ella comenzara a adormilarse en su abrazo. Le encantaba cuando ella se acunaba así en su pecho y la manera como su cabeza descansaba en el hueco que se formaba en ese sitio donde su hombro y su cuello se juntaban. Aquel sitio era perfecto para acomodar la cabeza de Lisa de modo que sus labios quedaran bien cerca de su cuello, cosa que enloquecía a Rick, sobre todo cuando ella hablaba y él sentía las vibraciones de su voz, la caricia de sus labios y la tibieza de su aliento en su cuello. Era sencillamente algo que lo ponía en órbita.

A Lisa, por su parte, le encantaba cuando él la abrazaba de aquel modo tan íntimamente cercano. Le gustaba sentir el palpitar del corazón de su piloto, acariciar su piel suave y cálida, sentir su vida fluir en cada latir de su corazón… y llenarse los pulmones con ese aroma que era tan de él. Lisa no pudo evitarlo y besó suavemente a Rick en el cuello, provocando que él se estremeciera de amor y de placer.

- Amor… - Rick gruñó sin dignarse siquiera en abrir los ojos.

- ¿Qué pasa? – Lisa seguía torturándolo con sus besitos.

- ¿Estás cansada?

- Hmmm… me dejaste agotada, piloto.

- ¿No te queda ni un tantito de fuerza… un poquitito solamente?

- Pues… eso depende. – Lisa respondió suavemente, provocando que Rick enloqueciera. - ¿Por qué lo preguntas?

- Es que… yo… digo, si tú quieres… yo… tengo ganas… ee—es decir, sé que es tarde y hay que madrugar, pero yo—

- ¡Shhh! – Lisa lo silenció, colocando un dedo sobre sus labios y lanzándole una mirada de esas que podrían derretir el hielo. – Yo también tengo ganas, piloto.

Los ojos del general Hunter se abrieron desorbitadamente y se clavaron en los de Lisa que lo miraban con una chispa de travesura y un brillo de innegable cariño y algo más…

- ¡Eres terrible, Lisa Hayes!

- ¿Es esa una queja, general Hunter?

- ¡Oh no! Nunca…

Rick sonrió y se acomodó para mirarla de frente y abrazarla estrechamente, pasándole los brazos por alrededor del cuerpo para acariciarle la espalda y… algunas otras zonas de su anatomía. Lisa soltó una risita divertida y abrazó a su piloto con brazos y piernas.

- ¿Ves lo que provocas, piloto? – Lo regañó ella.

- ¿Y que me dice de usted, almirante… se está quejando?

- Mi única queja es que usted habla demasiado y no va directamente a la acción, general. Así no se ganan las guerras.

Rick soltó una risita divertida que de inmediato se diluyó en el silencio de la noche, mientras los ojos de Lisa atrapaban irremediablemente los suyos.

- No puedo creerlo… - Susurró mientras se acercaba para besarla. – No puedo creer que esté tan irremediablemente loco por ti, Hayes…

- El sentimiento es mutuo, Hunter… de eso no tengas duda.

Rick la abrazó aún más estrechamente y ella comenzó a besarlo en el cuello, en los hombros, en la mejilla, en cualquier lugar que tuviera a su alcance. Después de todo, se dijo Lisa, si sus hormonas se encontraban tan alocadas en esa etapa de su embarazo, no era culpa de ella… y habría que aprovechar mientras pudieran.

En etapas más avanzadas de su periodo de gestación no sabía lo que podría ocurrir… así que mientras pudieran, no podían desperdiciar ninguna oportunidad. ¿Quién necesitaba dormir y descansar cuando Rick Hunter compartía su cama?

-


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Los días seguían pasando en Ciudad Macross y el tiempo, con su curso inexorable, seguía corriendo, acercando cada vez más el momento en que los altos directivos de la UN SPACY y la UNSAF tendrían que viajar a Monumento para rendir su II Informe Anual de Actividades.

Ya estaban tan solo a tres días del viaje y la almirante Hayes había convocado al comodoro Azueta a su oficina para encargarse de algunos asuntos antes de partir hacia Ciudad Monumento y revisar la agenda de las actividades que quedarían pendientes en su ausencia y asuntos que el Jefe de Estado Mayor tendría que atender.

Lisa Hayes había decidido que era mejor que el comodoro Azueta se quedara en Ciudad Macross durante su viaje a Monumento como su lugarteniente. Confiaba en él y se sentía segura al pensar que alguien de su absoluta confianza quedaría a cargo de los asuntos de su oficina durante su ausencia. Sobre todo alguien tan metódico y organizado como el comodoro, ya que su siempre confiable asistente viajaría con ella a Monumento.

- Muy bien… - Lisa dio por terminada la reunión oficial con esas palabras. – Entonces creo que eso es todo lo que queda pendiente, comodoro.

La teniente Hickson, que había seguido con interés aquella reunión desde un extremo de la sala de recepciones de la oficina de la almirante, hizo algunas anotaciones finales en su agenda electrónica y miró a Lisa, quien ya le estaba lanzando una mirada de consulta que Kelly entendió.

- Sí, eso es todo, almirante. – La teniente Hickson le aseguró categóricamente.

- Yo me haré cargo de todo. – Azueta cerró la carpeta en donde había estado tomando algunas notas. – Usted viaje sin pendientes, almirante Hayes. Por acá todo estará en orden.

- Lo sé, comodoro. – Lisa sonrió. – Confío en usted.

- El VC33 Cygnus ya recibió el mantenimiento necesario. Me informaron que esta mañana el general Hunter realizó un vuelo de inspección a bordo de esa nave y que autorizó que fuera utilizada como su transporte oficial a Monumento, almirante. – Azueta sonrió levemente. – Será la primera misión oficial del Cygnus como parte de la flotilla de la Spacy.

- Me alegra que todo esté listo. – Lisa sonrió, mientras sentía que su corazón se henchía de orgullo al pensar en ese piloto alocado que tanto la amaba y tanto se preocupaba por ella.

- Bien… - Azueta se puso de pie. – Entonces, si no hay nada más, solicito permiso para retirarme, almirante. Tengo que hacerme cargo de algunos asuntos desde ya. – El comodoro dio algunos golpecitos con el dedo a la carpeta que tenía en la mano.

- Puede retirarse, comodoro. – Lisa le autorizó con una sonrisa.

El comodoro Azueta se cuadró formalmente e hizo un impecable saludo militar antes de retirarse de la oficina. Lisa volvió de inmediato a los documentos que ella misma tenía sobre su escritorio y Kelly fue a sentarse frente a ella.

- ¿Algo más, almirante?

- No… - Lisa le respondió. – Creo que ya todo está listo. ¿Ya están las copias del informe—?

Antes de que Lisa terminara su pregunta, Kelly Hickson ya le había colocado encima del escritorio un documento de pastas azul oscuro con el escudo de la UN SPACY en dorado y la leyenda: "II Informe de Actividades – 2013" sobre la cubierta.

- Los trajeron esta mañana. – Kelly explicó. – Y traen incluido el CD que solicitaste, con toda la información capturada digitalmente.

- ¡Excelente! – Los ojos de Lisa brillaron. – Muy buen trabajo, Kelly. ¡Gracias! La verdad quedaron muy bien… se ven muy formales y profesionales.

- No me lo agradezcas. – La siempre humilde jefa de ayudantía sonrió y se sonrojó levemente. – Yo solo lleve la información a Comunicación Social. Ellos hicieron el diseño y lo demás. La verdad es que mis habilidades no llegan a tanto, Lisa.

- Como sea, gracias por tener todo listo en tiempo y forma, Kelly. – Lisa se echó hacia atrás en su asiento y le lanzó una sonrisa de gratitud a su asistente. – Sinceramente no sé qué haría sin ti.

- ¡Nah! – Kelly sonrió aún más esplendorosamente y se sonrojó de manera aún más notoria. – Si yo no estuviera aquí seguramente habría alguien mejor que yo… no creo que tu aceptaras como tu asistente a nadie que no pudiera mantenerte el paso, almirante.

- ¿Realmente crees que voy muy de prisa? – Lisa quiso saber.

- Vas al paso que debes de ir. – Kelly respondió con una seriedad muy poco característica de ella. – Además tú jamás nos has empujado, Lisa… tú te has puesto al frente de nosotros y nos has marcado el ritmo, el paso, la velocidad. Pero si nos has exigido un paso veloz es porque el tuyo es el más veloz de todos. Así es como las cosas deben de ser. Tú nos inspiras, Lisa.

- Bueno… gracias. – Ahora fue el turno de Lisa de sonrojarse levemente. – Supongo que es bueno saberlo.

Kelly se rió y se recargó en su silla, suspirando profundamente mientras lo hacía. La jovencita se veía notoriamente agotada y aquello no pasó desapercibido para la almirante Hayes, que mientras volvía a revisar sus documentos comentó de pasada y con una sonrisa traviesa en los labios:

- ¿Te has seguido desvelando con Nick?

- ¿Eh? – Kelly saltó en su asiento. – ¡NO! Bueno… yo—no… es decir, no tan frecuentemente… a veces… bueno, anoche sí.

Lisa sonrió pero ya no hizo comentario alguno. Kelly se recargó en el escritorio y comenzó a juguetear con un lápiz que encontró por ahí.

- La verdad es que lo he extrañado mucho. – La teniente Hickson confesó tímidamente. – Nick y yo… nos divertíamos bastante cuando él estaba aquí. ¿No te ha sucedido, Lisa? Que a veces conoces a una persona y solo con una semana, unos pocos días, sientes que hay un lazo fuerte… es como cuando vas a una ciudad que jamás has visitado y de pronto te sientes como en casa. ¿No es algo extraño?

- Ajá… - Lisa miró a Kelly, invitándola a proseguir con sus meditaciones.

- Bueno, no lo sé… - La jovencita sonrió soñadoramente y Lisa supo que ya la había perdido. Lo vio en sus ojos. Kelly ya estaba muy lejos, perdida en sus propias meditaciones. – Hace unos días fui a visitar al comodoro Azueta. Me mostró algunas fotos de su familia… y de Nick cuando era chiquito. ¡Era tan adorable!

Lisa sonrió para sí misma y se abstuvo de hacer comentarios. Ni siquiera había que hacerlos, la actitud de Kelly y la sonrisa que tenía en los labios lo decían todo. La almirante Hayes se sentía contenta al ver a su asistente tan emocionada y feliz.

- ¿Y Nick no tiene planes de volver a Macross pronto, Kelly?

- Ya sabes. – La chica hizo un gesto y pareció volver de su letargo. – El trabajo es muy demandante, sobre todo para un marino asignado a un portaviones.

- Bueno, me da gusto saber que has hecho tan buena amistad con los Azueta. Sinceramente creo que ambos son hombres buenos y confiables.

- ¡El comodoro es un amor! – Kelly sonrió. – Y yo que le tenía algo de miedo cuando estaba en la Academia y él era el director… es muy estricto y le gusta que las cosas se hagan bien y a la primera pero… pero es muy tierno una vez que llegas a conocerlo.

- Ahora habrá que ver que es lo que opina el comodoro del hecho de que lo hayas llamado tierno. – Lisa se rió.

- ¡No le digas! – Kelly se sobresaltó. – Es decir, es un hombre muy cálido, muy… bueno, no sé… me recuerda a mi padre.

Lisa miró a Kelly. Era raro que su asistente mencionara a sus padres en una conversación. La almirante Hayes solo había escuchado ocasionalmente a Kelly hablar sobre su mamá… nunca sobre su papá. Lo poco que sabía era que había muerto durante las Guerras de Unificación sirviendo en el ejército.

- Mi papá también era un hombre bueno y cariñoso… y cuando veo al comodoro Azueta siempre lo recuerdo. No sé… le tengo cariño al comodoro. Trabajar aquí con él… contigo… con ustedes. ¿Sabes algo, Lisa? Yo no podría estar en un mejor lugar ni en un mejor momento. Aquí es donde quiero estar, donde me gusta estar… aquí es mi lugar.

La almirante sonrió comprensiva e iba a comentar algo, pero el sonido del teléfono sacó a ambas mujeres de la concentración que hasta entonces habían mantenido en su conversación. Fue la teniente Hickson quien se apresuró a contestar la llamada:

- UN Spacy, sede central del almirantazgo. ¿En qué puedo ayudarlo? – Una sonrisa apareció en los labios de la teniente. - ¡Buenas tardes general Martín! Claro, ella está aquí. Permítame un momento por favor… a mí también me da gusto saludarlo, señor.

La teniente Hickson le entregó el auricular del teléfono a la almirante y ella se lo agradeció con una sonrisa, para de inmediato saludar al general Martín que la estaba llamando.

- ¡Buenas tardes, general! ¿Cómo está?

Kelly le hizo a Lisa una seña que significaba que se retiraba de su oficina. Lisa le respondió con un leve movimiento de cabeza y la teniente salió de aquella habitación, cerrando la puerta con cuidado tras de sí y dirigiéndose de inmediato a su propia oficina. Pero apenas había dado unos cuantos pasos cuando su teléfono celular se dejó escuchar con las notas de una de sus melodías favoritas… a un volumen bastante alto. Kelly se apresuró a responder, sabiendo perfectamente a quién correspondía aquel tono del celular.

- ¡Nick! – Ella no pudo ocultar su alegría. - ¿Qué haces llamándome al celular? ¿Tienes idea de lo que te va a costar esta llamada?

- ¡Siempre tan cariñosa, Hickson! – El marino se rió. – Solo quería saludarte… me acaban de asignar a una misión y no creo poder verte en línea en los próximos días. ¿Cuándo te irás a Monumento?

- En tres días, pero me llevo mi laptop conmigo. No te preocupes por ello.

- ¿Cómo estás?

- Muy bien… y me da gusto escucharte, Nick. Yo… en realidad quería hablar contigo, ¿sabes? Es algo…

- ¿Sucedió algo?

- No, claro que no… no es nada malo. Pero quiero consultarlo contigo… si tienes tiempo… solo que es algo largo de explicar.

- Hmmm… tengo una media hora antes de reportarme al servicio. ¿Tienes tiempo para conectarte ahora y decírmelo por mensajes?

- Sí, no hay problema… te veo ahí en dos minutos.

- ¡Hecho! Ah, Kelly…

- ¿Sí?

- Me dio mucho gusto escucharte. – La voz del marino se enterneció visiblemente. – Yo… solo quería que lo supieras.

- A mi también Nick… - Kelly susurró. - ¡A mí también!

Después de una breve despedida, Kelly prácticamente corrió a su oficina y a entrar a su servicio de mensajería online. Medio minuto después el nombre de Nick apareció en pantalla junto con un mensaje de saludo.

NA: "Así que… ¿Qué te parecieron las fotos que mi padre te mostró, Kel?"

KH: "Eras un chico muy lindo, Azueta."

NA: "¿Era…?"

KH: "Bueno, todos los niños son lindos. Pero Nick, hay algo que quiero decirte… una consulta que hacerte, pero no sé si sea el momento preciso."

NA: "Tú dale, Kel… ¿Qué sucede? Espero que no sea nada malo."

KH: "Es… es sobre Gabriela… tu hermana, Nick."

NA: "¿Mi her—sobre Gabriela? ¿Qué sucede con ella? Ella… Kelly…"

KH: "No es nada Nick, realmente… es solo que estuve el otro día en casa de tu padre y me mostró todas esas fotos y me habló tanto de sus hijos y de su esposa. Sentí mucha pena por él al escucharlo hablar de Gabriela y yo, bueno… Nick, ¿Sabes lo que es el CRG?"

NA: "No… jamás lo había escuchado."

KH: "Es la Clave de Registro Genético. Después de la guerra y para tratar de que las familias pudieran encontrar a los suyos un grupo de voluntarios comenzaron con este proyecto. Cuando Rick y yo nos encontramos comencé a pensar en todas esas familias fracturadas que hay en el mundo y me interesé en el Proyecto CRG. Ellos han estado recopilando el ADN de muchos cuerpos que se encontraron en refugios, en lugares golpeados por la Lluvia de la Muerte. No ha sido fácil, pero el registro crece cada día. Yo lo reviso frecuentemente… con la esperanza de algún día localizar al menos donde está enterrada mi madre."

NA: "Lo siento mucho, Kelly… pero ¿Y qué has encontrado? Mi hermana… jamás supimos que sucedió con ella."

KH: "Quizás haya novedades, Nick. Pero para esto necesitaremos una muestra de ADN. Y yo… bueno, la verdad es que no me atrevo a pedírsela al comodoro."

NA: "Entiendo Kel… ¿Y cómo haremos esto? Es decir, con mi ADN."

KH: "Te enviaré las instrucciones a tu correo electrónico, Nick… yo—sé que esto es doloroso, pero creo que tu padre… bueno, quizás el cerrar este círculo le de algo de paz al comodoro."

NA: "Al menos… al menos tendrá una tumba donde recordar la memoria de su hija."

KH: "Al menos eso, Nick. Al menos eso…"

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Era una madrugada helada en Ciudad Macross. El aguanieve que había caído la noche anterior lo cubría todo en la Pista de Vuelo # 3 de la Base Aérea Macross. Un enorme reloj digital en el muro de la torre de control marcaba la hora y la temperatura: 0550 horas / Temp. -4°C.

Un imponente transporte clase VC33 Mom's Kitchen, pintado con la paleta de colores de la UN SPACY y su matrícula UNS Cygnus esperaba en la pista mientras que el personal se movía infatigablemente por todos lados, inmune al frío de la madrugada.

La puerta de la sala de espera de la base aérea se abrió y un grupo de personas aparecieron por ahí, dirigiéndose rápidamente hacia la escalera de abordaje. Aquellos personajes, que provocaron que todo el personal de pista se detuviera en sus labores y los saludara con gran formalidad, eran la almirante Hayes y el general Hunter, acompañados del comodoro Azueta quien, incluso minutos antes del despegue, seguía informándoles de los pormenores del viaje. Detrás de ellos caminaban a toda prisa la teniente Hickson y dos de los Halcones, los escoltas personales de la almirante Hayes, en su uniforme de diario.

- El Escuadrón Ángel, quien será el encargado de escoltarlos, acaba de despegar y ya se encuentra en posición. – Azueta iba diciendo. – Me informaron también que la avanzada de Los Halcones ya está en Monumento y ya tomaron las medidas de seguridad necesarias para su arribo, almirante Hayes. Según el reporte metereológico se toparán con un poco de turbulencia sobre los bosques del noreste, pero estarán llegando a Ciudad Monumento a las 0900 horas, como fue programado.

- ¡Justo a tiempo para el desayuno! – Rick comentó.

- Entonces todo está en orden. ¿Algo más, comodoro? – Lisa se detuvo justo a los pies de la escalera de abordaje.

- Nada más, almirante Hayes. – El comodoro Azueta se puso en posición de firmes. – Excepto desearles éxito en esta misión y un buen viaje. Yo me haré cargo de todo en su ausencia y los mantendré informados.

Lisa y Rick reciprocaron el formal saludo que estaban recibiendo del Jefe del Estado Mayor. Después fueron a estrechar la mano del comodoro y tras una breve despedida, motivada ante todo por el frío que se sentía en aquella pista de vuelo, el grupo entró a la aeronave, no sin que antes Azueta les diera algunas instrucciones de último minuto tanto a la teniente Hickson, como a Los Halcones.

Una vez que las puertas del Cygnus se cerraron y que la nave comenzó a moverse para tomar su posición de despegue, el comodoro Azueta se alejó hasta la puerta de la sala de espera. A pesar del frío helado de la madrugada y del aire que parecía cortarle el rostro, él se mantuvo impasible en aquel sitio hasta que el imponente VC33 hubo despegado de Ciudad Macross y se convirtió en un punto de luz en el cielo. Carlos Azueta asintió con la cabeza y miró hacia el cielo levemente nublado de aquella mañana invernal.

Después de unos minutos entró al edificio a sus espaldas, con la idea de ir a desayunar al comedor de oficiales de la base y de inmediato recluirse en su oficina y comenzar con su trabajo del día. Sin la almirante Hayes y el general Hunter en la ciudad, sus responsabilidades se multiplicarían en los días siguientes y él pensaba hacer todo lo que estuviera de su parte para mantener aquel sitio caminando en orden en ausencia de sus superiores, aunque aquello implicara llegar a su oficina antes del amanecer y retirarse ya entrada la noche.

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El interior del Cygnus había sido adaptado expresamente para atender a las necesidades de quien lo utilizaría mayoritariamente para sus viajes: la almirante de la UN SPACY. Por lo que, a diferencia de la mayoría de sus hermanos, el Cygnus había sido dividido en su interior en una serie de compartimentos, algunos de ellos privados y otros comunicados entre sí. Aunque era una aeronave relativamente pequeña, sí podía dar cabida al menos a un espacio privado para la almirante y un par de espacios más para sus acompañantes. El comodoro Azueta se había asegurado de que el interior de la nave oficial del Almirantazo pareciera un verdadero avión presidencial y Rick Hunter se hizo una nota mental de agradecer por ello al comodoro en cuanto pudiera.

En el espacio privado en el que viajaban, él y Lisa iban cómodamente instalados en un asiento doble en donde el apoyabrazos central era abatible, lo que permitía que Lisa estuviera cerca de él y se acurrucara en su hombro mientras dormitaba plácidamente. Y frente a ellos, en otro asiento doble que estaba colocado de tal manera que sus ocupantes miraran de frente a los ocupantes del primer asiento, la teniente Hickson se había literalmente recostado en el asiento y dormía profundamente, echa un ovillo y cubierta por una frazada con el logotipo del UNS Cygnus.

El general Hunter suspiró profundamente y miró por la ventana. Ya hacía más de una hora que habían despegado de Ciudad Macross, pero la noche seguía tan oscura como entonces y no parecía haber signos de que fuera a amanecer pronto. Lisa hizo un suave sonido con la garganta y se acomodó contra el cuerpo de Rick. Él reaccionó de inmediato, acariciando su espalda para evitar que fuera a despertase.

- ¡Shhhh… vuelve a dormir! – El piloto susurró al tiempo que le besaba suavemente la frente.

Cuando Lisa volvió a quedarse perfectamente inmóvil, Rick sonrió enternecido y se dio un tiempo para contemplar el rostro plácido y sereno de su esposa. En todos los libros sobre embarazo y paternidad que había estado leyendo decía que las mujeres embarazadas, debido a la alta producción de hormonas de su cuerpo, desarrollan una belleza muy especial. Pero a opinión del piloto, lo que cualquiera de esos libros dijera realmente palidecía ante la realidad de Lisa. En su opinión, tan profesional, objetiva y sincera, Rick pensaba que Lisa se ponía más hermosa con cada respiración y con cada latido de su corazón.

De pronto el piloto levantó su vista cuando se sintió observado. Y efectivamente, frente a él unos ojos azules, muy parecidos a los suyos, lo observaban amodorradamente mientras una pequeña sonrisa aparecía en los labios de Kelly, que sin embargo no hizo el menor esfuerzo por levantarse del nidito que se había construido en aquel asiento.

- Duérmete Kelly, es temprano. – Rick murmuró.

- El comodoro Azueta dijo que había una litera abatible por aquí en el muro. ¿Quieres que la saque para que Lisa pueda dormir ahí? – Kelly respondió por lo bajo.

- No te preocupes. – Rick le devolvió la sonrisa. – Temo que si se despierta no quiera volverse a dormir. Ya sabes como es ella.

- Sí… mejor así.

Kelly se arrellanó en su improvisada cama, bostezó y en medio minuto estaba profundamente dormida otra vez, provocando que Rick se riera de buena gana mientras pensaba que su prima parecía un gato.

El piloto volvió a mirar por la ventana. Aunque el informe de actividades debían presentarlo ante el consejo de gobierno hasta el 17, se había decidió que el viaje a Monumento se hiciera desde el 15, para evitar contratiempos. Además Lisa quería encargarse de algunos asuntos oficiales aprovechando su estadía en las oficinas de gobierno. Ella y Rick habían hablado al respecto y ambos habían decidido que dado su estado, lo mejor sería que a partir de su segundo trimestre ella viajara lo menos posible.

- No voy a correr ninguna clase de riesgo con ella. – Rick pensó. – Tampoco podrá andar brincando por todos lados como cabra loca ahora que está con nuestro retoñito a bordo.

El piloto soltó una risita al meditar sobre sus propios pensamientos. Si Lisa lo escuchara llamándola cabra loca, seguramente aquel sería el último día de su vida. Pero era un hecho innegable que cuando la almirante Hayes se ponía en su modalidad de trabajólica anónima, nadie podía seguirle el paso. Y eso era algo que Rick no pensaba permitir, al menos durante su embarazo.

- Después estoy seguro de que nuestro bebé me va a ayudar a mantenerla ocupada en cosas más familiares.

Rick sonrió radiantemente y sin siquiera pensarlo, su mano se deslizó hasta descansar en el vientre de su esposa. La miró con curiosidad e interés y su corazón se aceleró cuando notó la pequeña sonrisa que curvó los labios de Lisa en sueños.

- Mi esposa… mi bebé… - Rick sintió que la mirada se le nublaba levemente. – Incluso esa loca de enfrente a quien llamo prima… mi familia.

El joven general de la UNSAF volvió a clavar su vista en la ventana. Allá, a lo lejos y sobre el horizonte, un leve resplandor de claridad anunciaba que finalmente el alba estaba por llegar. Era cierto eso que decía, cuando la noche está más oscura es porque está a punto de amanecer. Y Rick pensó que al menos en su caso, aquello había resultado ser absolutamente cierto.

- Cuando me sentía tan perdido, tan desorientado, tan triste y solo… cuando dudaba de todo en mi vida, entonces fue cuando… - Rick se detuvo y miró a Lisa. – Hace dos años todo cambió para mi. Y tú, Lisa Hayes, tú fuiste ese amanecer por el que tanto había esperado.

Rick besó suavemente a Lisa en el cabello y suspiró profundamente mientras que su mente le comenzaba a mostrar imágenes casi olvidadas de un pasado muy distante. Un pasado en el que él vivía en una granja con su familia… cuando él era apenas un chico y le ayudaba a su mamá con los trabajos de la casa. Cuando, por las tardes, iba a husmear al viejo granero en donde su padre y un Roy adolescente pasaban horas y horas arreglando aviones viejos y contando historias de grandes hazañas aéreas.

Recordó aquellos días en los que Roy le enseñó a volar, en esos campos verdes e inmensos llenos de flores en verano y de paja en el otoño. Aquella había sido la época más feliz de su vida, antes de que su madre muriera y él se convirtiera en un nómada, siempre viajando con el Circo del Aire de su padre o bien en sus propias competencias aéreas, siempre de un lado a otro, sin echar raíces en ningún lado, sin arraigarse en ningún lugar, sin comprometerse con nada ni con nadie.

Y claro, todo eso había cambiado dramáticamente con la llegada de la guerra… y con la aparición de Lisa Hayes en su vida. Rick no tenía dudas al respecto, él era un hombre de familia. Sus recuerdos más queridos y entrañables eran aquellos de su infancia en la granja de sus padres… al menos hasta ahora.

Porque desde que Lisa y él habían decidido compartir sus vidas y formar una familia, él se sentía el hombre más feliz del mundo. Se sentía pleno, realizado y orgulloso de lo que tenían entre ellos. Jamás en su vida se había sentido más seguro, más protegido, más amado ni más valorado que ahora que compartía su destino con esa mujer de cabellos color miel y ojos intensamente verdes que descansaba a su lado. Su esposa, su compañera, su mejor amiga… la madre de su hijo.

Y de pronto la sensación cálida y suave de una mano pequeña que se posó con delicadeza sobre la suya hizo que el piloto saliera de sus cavilaciones y mirara a su esposa que lo observaba con adoración.

- ¿En dónde estás, piloto? – Lisa susurró y lo besó en la mejilla.

- Estoy aquí, contigo. – El respondió con una sonrisa.

Lisa sonrió, hizo algunos ruiditos ininteligibles con la garganta y se acomodó hasta que encontró una posición cómoda, con su cabeza recargada en el pecho del piloto que la abrazaba con amor.

- Estaba soñando contigo, ¿sabes? – Lisa murmuró.

- Que curioso… precisamente yo estaba pensando en ti.

Aunque Rick no podía ver el rostro de Lisa, sí pudo imaginar la sonrisa esplendorosa que apareció en sus labios cuando lo escuchó decir aquello. Una sonrisa que contagió al piloto, quien de inmediato soltó un suspiro largo y profundo y cerró los ojos.

- Vamos a tener mucho trabajo estos días. – Rick comentó.

- Al menos podremos descansar el fin de semana. – Lisa sonrió, mientras acariciaba el pecho de su esposo. – Hoy y mañana tengo varias reuniones, el viernes presentamos el reporte conjunto, pero el sábado y el domingo serán para nosotros, amor.

- ¡Pues ojalá estos tres días sean psicoprofilácticos… ya sabes, rápidos y sin dolor!

Lisa no pudo evitar soltar una carcajada, aunque de inmediato se contuvo, al notar que Kelly dormía profundamente frente a ellos. Levantó su mirada y se encontró con los ojos risueños de Rick, quien se limitó a encogerse de hombros y a comentar inocentemente:

- He estado leyendo demasiados libros sobre embarazo y parto, supongo.

- Yo creo que sí. – Lisa lo recompensó con un besito suave en los labios.

- Entonces… - Rick le sonrió a su esposa. - ¿Tenemos la cita con Tanya el martes 21 para tu revisión prenatal?

- Sí, el martes en la mañana. – Lisa no dejaba de acariciarlo. – Ayer que fui a verla me dijo que ella me veía muy bien… yo me siento bien. Pero jamás estarán de más esas revisiones prenatales.

- ¡Oh no! Y yo voy a acompañarte a cada una de ellas, lo sabes, ¿verdad?

- No esperaría menos de ti, piloto.

Rick comenzó a reírse suavemente y Lisa le lanzó una mirada que era a la vez interrogativa y criminal. Sabía que cuando su piloto se reía de esa manera era porque algo traía entre manos.

- ¿Qué sucede, Rick?

- Nada… solo estaba pensando… bueno, recordé algo… - Rick le respondió enternecido.

- ¿Qué cosa?

- El martes 21… ¿Recuerdas lo que sucedió ese día pero hace 4 años?

- ¿Hace 4 años… un 21 de enero? Yo… ¡Oh…!

- Yo… me quejo de muchas cosas pero yo tengo fe en ti… - El piloto comenzó a hablar lentamente, mientras que con sus dedos tamborileaba en la ventana, como si estuviera tratando de transmitir un mensaje en clave Morse.

- ¡Oh Rick! – Lisa lo abrazó, comprendiendo lo que él estaba tratando de decirle. - ¡Cuatro años! No lo puedo creer…

- Cuatro años… ¿Recuerdas lo que te pedí en esa ocasión, Lisa? Que hicieras tu viaje pero que por favor regresarás a casa… lo que en realidad debí de haberte dicho era que por favor regresaras a mí…

El piloto besó a Lisa en la frente, pero ella no se iba a conformar con eso… no en esos momentos. Levantó su rostro para encontrarse con los ojos azules de Rick que la miraban con adoración. Tomó su rostro en sus manos y comenzó a besarlo suave y tiernamente… provocándolo, haciéndolo desear más.

Y Rick Hunter no era un hombre que pudiera resistir los avances de Lisa Hayes. Sin perder un momento, se movió en su asiento para poder abrazarla, encapsularla en sus brazos y besarla tan profunda y apasionadamente como le fuera humanamente posible… acción a la que Lisa no se resistió, sino que antes bien se mostró entusiastamente cooperadora.

Eso fue, por supuesto, hasta que la voz adormilada de Kelly los sacó de su pequeño universo de amor y los trajo de vuelta a la realidad.

- ¿Cuánto falta para llegar? – La jovencita preguntó, tallándose los ojos y aparentemente sin percatarse de que acababa de interrumpir algo muy importante.

- ¡Oportuna como siempre! – Rick refunfuñó.

- Una hora con 40 minutos. – Lisa le informó a su asistente, clavando sus ojos en la pantalla que estaba en el muro y les informaba del status del vuelo.

- ¡Argh! – Kelly se sentó y se estiró perezosamente. - ¿No tienen hambre?

Rick y Lisa se miraron y en sus ojos se hizo obvio que sí tenían hambre… y mucha. Pero no del tipo de la que Kelly se refería.

- Yo estoy bien. – Lisa comentó.

- Esperaremos a desayunar hasta el hotel en Monumento.

- Yo voy por algo de comer. – Kelly se puso de pie. - ¿Seguros que no quieren nada?

- Tú ve a comer algo, Kelly… y buen provecho. – Lisa le indicó.

La teniente Hickson salió de la cabina privada de la almirante, cerrando la puerta tras de sí suavemente. El piloto ya estaba lanzándole una mirada hambrienta a su esposa quien, por otro lado, no parecía sentirse molesta ni ofendida por aquello.

- ¿A dónde vas? – Lisa preguntó, desilusionada cuando Rick se puso de pie.

- A ponerle seguro a la puerta, ¿a dónde más? – El piloto hizo lo que decía y volvió a su asiento. - ¿Sabes cuál es la manera más rápida de hacer que esta hora y media pase rápido y además abrir el apetito, almirante?

- Rick… - Lisa se rió, mientras él se lanzaba a besarla. - ¡No te atreverás! Estamos en el Cygnus… - Un beso. – Volando a 30 mil pies de altura… - Otro beso. - ¡Ni siquiera tú puedes ser tan alocado!

- ¡No me provoque, almirante! – Rick ya estaba besando a Lisa como si su vida dependiera de ello. - ¡No respondo de mis acciones! O que, ¿no te gustaría unirte al MHC, Lisa?

- ¿Uh…? – Lisa por un momento no supo de que hablaba el piloto, pero casi de inmediato lo comprendió. - ¿El famoso Mile High Club del que tanto hablan los pilotos?

- Y del que pronto estará hablando la almirante Hayes también. – El piloto no dejaba de acariciarla ni de besarla. - ¿Qué dices?

- ¡Rick Hunter, eres terrible!

- Ordéname que me detenga y lo haré…

- ¿Y desde cuando tú obedeces mis órdenes, Hunter?

Aquellas fueron las últimas palabras que se escucharon en el interior de aquel camarote privado, seguidas de risas divertidas y del rumor de besos. Mientras tanto, en el pequeño comedor del Cygnus, Kelly sonreía para sí misma mientras compartía una taza de café y unas galletas con los dos Halcones escolta de la almirante Hayes.

Kelly no tenía que volver al privado de la almirante para saber que sin duda la puerta tendría puesto el seguro… y si había salido de aquel sitio no había sido por hambre propia… sino antes bien por el hambre que pudo ver en la manera en que Rick y Lisa se besaban cuando ella se despertó.

- ¡A su salud! – Kelly pensó, mientras le daba un trago a su café. - ¡Y que les aproveche, chicos!

El UNS Cygnus aterrizaría en 1 hora y 19 minutos en Ciudad Monumento, según lo marcaba la tabla de status en la pantalla del comedor. Y Kelly pensó que una ronda de poker con los Halcones seguramente haría que el tiempo pasara con más rapidez… aunque ella no supiera nada de poker, pero siempre estaba abierta a aprender cosas nuevas. ¡Todo fuera por darles privacidad a Rick y Lisa! Y esperaba que ellos supieran valorar esos sacrificios que ella con tanta devoción hacía por ellos.

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En el aeropuerto oficial del Gobierno de las Naciones Unidas en Ciudad Monumento, que en esos momentos estaba fuertemente resguardado por los cuerpos de seguridad del gobierno e incluso por varios militares, todo era actividad. La gente iba y venía por todos lados y las aeronaves no dejaban de aterrizar. Gente de todos los rincones del nuevo mundo se había concentrado en la ciudad para asistir a una serie de importantes reuniones que el Gobierno estaba llevando a cabo esa semana, en temas tan diversos e importantes como lo eran el social, el ambiental, el económico… y por supuesto, el militar.

Un joven consejero del GNU se paseaba de un lado a otro de la sala de espera mientras miraba cada 10 segundos el reloj del aeropuerto para después comprobar la hora en su propio reloj de pulso. David Stonewell miró por uno de los enormes ventanales del edificio hacia la pista de aterrizaje en donde justo en esos momentos un enorme avión con la bandera de la Nueva Unión Europea estaba aterrizando.

Él joven y apuesto consejero por los territorios autónomos de Nueva Montreal caminó hasta donde una enorme pantalla mostraba los vuelos entrantes y salientes del aeropuerto. Revisó por milésima si aparecía en ella el status del vuelo procedente de Ciudad Macross, pero por milésima vez suspiró cansadamente y se recordó que, siendo un vuelo militar, no aparecía en el status de los vuelos civiles.

- Kelly dijo que llegarían a las 9 de la mañana. – David murmuró y miró su reloj. – Faltan dos minutos… aunque con el tráfico aéreo que tenemos por aquí, seguro que los tendrán dando vueltas sobre Monumento durante un buen rato antes de aterrizar.

David se acercó al ventanal y se puso a observar con curiosidad a las personas que en esos momentos estaban bajando del vuelo europeo y entrando a toda prisa a la sala del aeropuerto. La mañana era helada y David no quería ni imaginarse el frío que estaría haciendo allá afuera.

Pero de pronto el corazón del heredero de los Stonewell pareció detenerse. Entre el murmullo ininteligible de las cientos de personas que se movían y hablaban a su alrededor, una voz pareció filtrarse… una voz que le era terriblemente conocida… una voz que parecía surgir de un pasado que él hacía mucho tiempo que ya consideraba perdido.

David se dio la media vuelta y sus ojos comenzaron a moverse desesperadamente entre la multitud que lo rodeaba. La gente iba y venía, llevando maletas, hablando por sus teléfonos celulares, conversando con otras personas. Instintivamente el joven consejero se movió, como siguiendo un hilo invisible que lo guiara a aquella fugaz voz que tanto lo había conmovido…

Y de pronto vio ante él a una joven y hermosa mujer rubia y de enormes ojos azules que eran cubiertos por un par de anteojos transparentes que no eran notorios en absoluto. La mujer iba vestida en un conservador traje de negocios y llevaba un teléfono satelital en la mano, como si estuviera lista para hacer alguna llamada, mientras conversaba animadamente con un hombre de edad que la acompañaba hacia la salida de la sala de espera.

- … la reunión fue programada para mañana al medio día. – El hombre le informaba a su acompañante. – Y por ahora vamos a hospedar a todos los asistentes en el Hotel Seasons.

- Tenia entendido que iríamos al Hotel Monumento Tower. – La joven respondió y David sintió que la sangre se le iba a los pies al escucharla hablar.

- El número de asistentes a estas conferencias excedió la capacidad del Tower, es por eso que estamos utilizando el Seasons como sede alterna. Es un hotel de categoría especial y le aseguro que estará bastante complacida con sus servicios, licenciada Evans.

- ¿Evans? – David murmuró, mientras se acercaba a ella abriéndose camino entre la multitud. - ¡Steph!

La joven mujer se detuvo en seco cuando escuchó aquella voz masculina llamándola por su nombre. Se dio media vuelta y sus ojos expresaron una profunda sorpresa cuando se encontraron con el joven y elegante consejero del GNU (como pudo intuir por el broche que él llevaba en la solapa de su traje), que estaba frente a ella… sorpresa que pronto pareció tornarse en algo muy parecido al rencor.

- ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarle, señor?

- Steph, soy yo… David… David Stonewell.

- Lo lamento, señor Stonewell, no recuerdo que nos hayan presentado y tengo algo de prisa, yo—

- ¡Stephanie! – David la detuvo por la muñeca, ganandose una mirada que hubiera podido matarlo. - ¡Espera, no te vayas! ¿No me recuerdas? David Stonewell… de Montreal.

- Sé quien es usted, señor Stonewell. – La mujer respondió de manera seca y tajante. – Usted es uno de los accionistas mayoritarios de las Industrias Shinsei… y por lo que puedo ver, también es representante ante el Consejo por Nueva Montreal.

- Pero Steph, yo—

- Es licenciada Evans, señor Stonewell… y si me disculpa…

La joven ejecutiva se dio la media vuelta y siguió hablando con su acompañante como si nada hubiera sucedido. David soltó una maldición por lo bajo y ya se disponía a ir tras de ella, pero justo en ese momento pudo ver por el ventanal que un imponente VC33 con los inconfundibles colores reglamentarios de la UN SPACY acababa de aterrizar.

David Stonewell miró aquella aeronave por unos segundos y de inmediato su mirada volvió a la licenciada Evans, quien justo en ese momento estaba traspasando la puerta de la sala para desaparecer en un pasillo congestionado. David dio un paso hacia un lado… un paso hacia el otro. Su mirada fue del ventanal a la puerta localizada en el lado contrario de la sala y después de vuelta al ventanal.

- ¡Demonios! – Susurró en voz baja. – Seguro Kelly entenderá cuando le explique…

Y sin más preámbulos, salió a toda prisa de la sala de espera, en la dirección hacia donde Stephanie Evans se había dirigido.

- ¡El Seasons! – David pensó al darse cuenta de que en aquel sitio sería prácticamente imposible localizar a aquella recién llegada. - ¡Se va a hospedar en el Hotel Seasons! Voy para allá… tendrá que escucharme… tendrá que hablar conmigo…

El consejero por los territorios autónomos de Nueva Montreal tomó el rumbo de los ascensores que lo llevarían directo al estacionamiento de aquel complejo de instalaciones gubernamentales y unos minutos después un elegante Mercedes Benz negro salió del estacionamiento, con rumbo al Hotel Seasons, uno de los más lujosos y exclusivos de la cosmopolita ciudad que se había convertido en la capital del glamour y la alta sociedad en el nuevo mundo.

-


-

La almirante Hayes, el general Hunter y la teniente Hickson entraron a una sala especial VIP dentro de las instalaciones del aeropuerto oficial. Se les informó que dada la cantidad de personas que en esos momentos abarrotaban los espacios principales, y por seguridad, los asistentes más importantes a las conferencias del GNU estaban siendo recibidos en aquellos sitios especiales.

Los dos Halcones parecían haber desaparecido en el momento en que habían descendido del Cygnus, pero aquella era su misión: proteger a la almirante Hayes y pasar desapercibidos. No por nada el comodoro Azueta les había insistido tanto en que debían ser un grupo invisible… y esa era una orden que ellos parecían estar tomando muy en serio.

- Un transporte oficial los está esperando en el estacionamiento del nivel 1 para llevarlos a su hotel. – El anfitrión que los había recibido les estaba informando. – Ya nosotros nos encargaremos de enviar sus pertenencias al hotel.

- Voy a necesitar un auto para trasladarme a la sede de gobierno. – La almirante Hayes le indicó. – Hoy por la tarde tengo que atender un par de reuniones.

- Sus requerimientos han sido revisados, almirante Hayes. Y todo está listo. Quienes estamos a cargo de la logística y organización de estas jornadas de trabajo tenemos todo bajo control, almirante.

- Me alegro que así sea.

Mientras caminaban, Kelly miraba alrededor como si esperara encontrar a alguien por ahí. Rick, que se había quedado un poco rezagado intencionalmente mientras Lisa hablaba con el anfitrión, se acercó a su prima y decidió indagar un poco.

- ¿Esperabas que David estuviera por aquí?

- Él me dijo que lo haría. – Kelly admitió sin tapujos. – Pero… no creo que haya venido… yo no lo veo por ningún lado. Quizás tuvo trabajo de último minuto o algo…

- Seguro que fue eso. – Rick trató de levantarle el ánimo a su prima. - ¿Ya viste que nos van a hospedar en el hotel Monumento Tower? Según dicen es el hotel más lujoso y exclusivo de la ciudad… ¿Qué te parece, Kelly?

- Me da mucho gusto… - Kelly respondió, fingiendo una sonrisa. – Yo no le dije que viniera, ¿sabes? Él fue quien me dijo que estaría aquí…

- Estoy seguro que más tarde te buscará en el hotel… o si quieres puedes llamarlo al celular. ¿Por qué no lo haces?

- No, yo—está bien, Rick… en realidad yo preferiría que… bueno, seguro que lo veré más tarde.

- ¿Estás bien? – El piloto preguntó con genuino interés.

- ¡Muy bien! Excelente… solo un poco cansada… pero ya habrá tiempo para descansar.

- ¡Absolutamente! Aunque primero un buen desayuno nos caería muy bien a todos.

Ya el grupo había descendido por unas escaleras eléctricas hasta el nivel subterráneo 1, en donde muy cerca de la puerta los esperaba una minivan blanca con los vidrios polarizados y un logotipo del Gobierno de las Naciones Unidas a lo largo de la carrocería. Rick miró a su alrededor y se dio cuenta de que sus escoltas, en un auto sin logotipos oficiales, ya estaban listos para partir custodiando la minivan.

- Este es su transporte directo a su hotel. – El anfitrión les informó. - ¡Descansen de su vuelo y mucha suerte con todo!

- Muchas gracias.

Los tres militares abordaron la minivan y el anfitrión cerró la puerta de golpe, mientras le indicaba al conductor que podía partir. Cuando el transporte oficial se puso en movimiento, el hombre que iba al volante miró hacia atrás por el retrovisor y se quitó los anteojos oscuros.

- ¡Buenos días almirante Hayes… general Hunter! Espero que su vuelo haya sido tranquilo… ¡Bienvenidos a Ciudad Monumento!

- ¡Comandante Hawkins! – Lisa exclamó, reconociendo de inmediato al jefe de sus Halcones.

- ¿Ahora tienes este segundo trabajo para embolsarte algunos créditos más al mes, Hawkins? – Rick bromeó.

- Señor, ser taxista puede ser toda una profesión. – El comandante se permitió bromear con ellos. – Pero en realidad estoy aquí cumpliendo mis órdenes que son mantenerlos sanos y salvos durante su estancia en Monumento.

- ¡Nunca hubiera imaginado que el conductor fueras tú! – Kelly comentó con desenfadada familiaridad. - ¡Sí que son buenos ustedes, chicos!

- ¡Los Halcones a tu servicio, mi estimada teniente Hickson! Ya lo sabe, nada es suficiente excepto lo óptimo… ahora, ¿quieren que vaya directamente al hotel o prefieren un tour por la ciudad?

- ¡Al hotel…! – Los tres pasajeros respondieron al unísono.

- ¡A la orden! – Mike Hawkins tomó la solapa de su camisa, en donde tenía un micrófono y dio las instrucciones correspondientes. – Halcones, línea segura… nos dirigimos directos al hotel por la Avenida 11 de Febrero. Sigamos la ruta B. Quiero que el estacionamiento y el lobby del hotel estén cubiertos para cuando lleguemos allá, ETA 18 minutos… el GPS de la UNS está transmitiendo la ruta por el canal seguro que ha sido asignado—

Mientras el comandante Hawkins seguía dando las órdenes pertinentes, Lisa sonrió y miró a su esposo que le devolvió una sonrisa orgullosa y se inclinó para besarla suavemente en la mejilla. Ella tomó la mano de él en la suyas y la apretó con innegable cariño.

- Tú siempre vas un paso adelante y piensas en todo, ¿no es así, pilotito?

- Si lo dices por el grupo de Halcones… bueno, tengo crédito en esto pero no puedo tomarlo todo para mí… Azueta hizo su parte.

- Ustedes son mi equipo perfecto. – Lisa comentó, lanzándole una mirada cariñosa a su asistente que en esos momentos se entretenía en admirar todo lo que veía por la ventanilla de la minivan. - ¡No sé qué haría sin ustedes!

- ¡A su servicio, almirante Hayes! Usted sabe que tratándose de usted, yo jamás dejo nada al azar.

Lisa no respondió… al menos no con palabras. Se limitó a recargar su cabeza en el hombro de Rick y suspiró profundamente. Por unos segundos observó sus dedos entrelazados con los de su esposo que descansaban en el regazo de ella. Después levantó la mirada y se encontró con los ojos terriblemente azules del piloto que la contemplaban absortos. Los dos sonrieron, compartieron un beso breve y fugaz y después, siguiendo el ejemplo de la teniente Hickson, se dedicaron a contemplar en silencio el paisaje urbano de Ciudad Monumento durante el resto del trayecto hasta el hotel.

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A diferencia del Hotel Monumento Tower, que se encontraba relativamente cercano a la sede del Gobierno de las Naciones Unidas, frente a un frondoso parque y cerca de un estanque artificial, en una zona tranquila y apacible de la caótica Ciudad Monumento, el Seasons estaba localizado en pleno centro comercial de la ciudad, rodeado por tiendas y restaurantes exclusivos y por una gran actividad humana… lo que inevitablemente producía problemas viales.

Pero para David Stonewell, ya acostumbrado a moverse en esa jungla de asfalto y cemento que era Ciudad Monumento, el llegar al hotel en tiempo record no le tomó más que unos cuantos minutos. El hecho de que su automóvil portara un registro vehicular oficial también ayudaba, sobre todo en los semáforos en rojo.

El elegante automóvil negro entró al estacionamiento subterráneo del hotel y un par de minutos más tarde el distinguido representante de Nueva Montreal entró a la recepción, dirigiéndose directamente al escritorio principal, en donde los empleados lo recibieron con amabilidad.

- Buenos días, señor. ¿Tiene reservaciones?

- No… yo—necesito saber si ya se registró la señorita Evans… Stephanie Evans.

- No señor. – Uno de los recepcionistas consultó la computadora. – Pero si gusta puede dejarnos sus datos y en cuanto llegue le diremos que usted—

Ya no fue necesario que el joven siguiera hablando, pues ya David Stonewell se había extraviado, mirando hacia el enorme ventanal que decoraba la recepción del hotel y que le permitía ver que un transporte oficial acababa de detenerse a las puertas del hotel.

- No se preocupen… ya está aquí.

Sin más preámbulo David caminó resueltamente hacia la puerta justo en el momento en que la licenciada Evans entraba al lobby. Los dos se quedaron petrificados, uno frente al otro, cuando se tuvieron cara a cara. Los ojos de David se notaban llenos de reproches… y de desesperación. Mientras que los ojos de ella solo mostraban rencor.

- ¡Steph! – David la enfrentó. – Tenemos que hablar… dame cinco minutos… ¡Por favor!

- ¡Vaya! Hubiera querido que fueras así de terco y determinado hace doce años, David Stonewell… en ese entonces te dabas por vencido muy fácilmente.

- ¡Tenía 17 años, Steph! ¿Qué querías que hiciera?

- Al menos que dieras la cara por mí ante mi padre y que no salieras corriendo. No era mucho pedir… ¿O sí?

Stephanie intentó acercarse a donde los empleados del hotel la esperaban para registrarla, pero David se interpuso entre ella y el escritorio.

- ¡Te busqué durante mucho tiempo! Tú sabes que el problema jamás fue entre nosotros, Stephanie… el problema siempre fueron los celos profesionales que tu padre siempre le tuvo al mío.

- ¡Mi padre le dedicó los mejores años de su vida a la Stonewell Bellcom! ¿Y qué recibió a cambio? Que un buen día tu padre lo dejara en la calle sin mayores explicaciones.

- ¿Sabes lo que es el espionaje industrial, Steph? ¿Y sabes lo difícil que es cuando la traición viene de manos de un amigo?

- ¡No me vengas a decir que me buscaste, David! – Ella contraatacó. – Tú sabías perfectamente bien que mi padre se había mudado a Seattle y nosotros con él.

- ¡Stephanie! – David la detuvo por la muñeca. – Escúchame… intenté contactarme contigo pero no pude hacerlo. Luego vino la guerra y mi hermano Adam murió… mi padre quedó desecho… había que trabajar noche y día para mantener la compañía a flote… ya teníamos los contratos militares pero—pero después vino todo ese asunto con el SDF-1… después de a Lluvia de la Muerte yo no creí que tú… bueno, es difícil conservar la fe en estos tiempos… y ahora estoy aquí… ahora soy consejero del gobierno… y de pronto apareces tú, como un fantasma del pasado. Steph, debes comprenderme… tenemos que hablar.

- Al principio fue difícil para mí. – Ella lo miró a los ojos. – Yo te quería, David… pero después de que mi padre— después de lo que sucedió yo pensé que tú lucharías un poco más por mí… por los dos. Pero me dejaste ir y no moviste un dedo… ¿Por qué he de comprenderte ahora, 12 años después?

- Porque esto es un milagro. – David señaló a Stephanie y luego a sí mismo. – El estar hoy aquí… los dos… vivos… ¡Por favor!

Stephanie Evans miró a su alrededor y notó que aquella discusión pública estaba sirviendo de entretenimiento a todos los que estaban en el vestíbulo del hotel en esos momentos. Sacudió la cabeza y miró a su anfitrión, quien se había conservado a una respetuosa distancia de ellos.

- Voy… voy a ir a desayunar con el señor Stonewell. – Le informó. – Tengo una reunión de consulta a las dos de la tarde, estaré a tiempo. ¿Le importaría registrarme y llevar mi equipaje a mi habitación, por favor?

- Yo me encargo de todo, licenciada Evans. – El hombre replicó solícito.

Una vez que se hubo encargado de ese asunto, Stephanie miró a David lanzándole una de las miradas más duras que él hubiera recibido en la vida. El joven representante de Nueva Montreal intentó sonreír conciliadoramente y le mostró el camino hacia el restaurante del exclusivo hotel.

- ¡Permíteme invitar!

- No esperaba menos de ti, David Stonewell. – Ella habló, mientras comenzaba a caminar al lado del joven diplomático. - ¿Así que representante por Nuevo Montreal, eh?

- Así es… ¿Y tú que haces acá?

- Soy asesora legal de la Municipalidad de Nueva Seattle. – Ella le informó con una mirada predadora. – Y vengo a poner en claro algunos asuntos que atañen a nuestra ciudad… respecto a las fábricas de aviones que las Industrias Shinsei piensan establecer en nuestra Jet City.

- ¿Eres tú? – David replicó incrédulo. - ¿Tú eres la persona con la que habrá que discutir hasta lograr esos acuerdos?

- La vida nos pone en situaciones extrañas, ¿No te parece David? Hace 12 años puso 3,600 kilómetros de distancia entre nosotros… y ahora nos enfrenta aquí.

- ¡Tú no me engañas! Tú sabías a lo que venías… ¡Tú sabías que te encontrarías conmigo aquí!

- Lo que solo indica que me informo mejor que tú a cerca de quienes son mis contrincantes. Es pura estrategia, David… es información básica y elemental.

- ¿Sabes Steph? No has cambiado nada. – David sonrió melancólico. – Si acaso la única diferencia es que en ese entonces eras una chiquilla muy linda y ahora eres una mujer hermosa, pero…

- ¡Nada de adulaciones! Si lo que quieres es sacar información privilegiada de mi o—

- ¡Stephanie! – David la silenció. – No quiero hablar de negocios… no quiero hablar de nada oficial… solo quiero que me cuentes lo que sucedió contigo en estos 12 años… solo quiero ponerme al día.

Por primera vez en aquella mañana una débil chispa de simpatía pareció iluminar momentáneamente el rostro de Stephanie Evans. Asintió levemente con la cabeza, mientras permitía que él la ayudara a sentarse a la mesa.

- Al menos es un buen comienzo. – Stephanie comentó.

- Por algún lugar tendremos que empezar. – David sonrió y fue a sentarse frente a ella.

Los dos jóvenes tomaron las cartas que el mesero les ofrecía. Aquella mañana había comenzado para David Stonewell con un milagro inesperado: con la aparición de aquella mujer a quien él siempre creyó muerta… su primer amor, Stephanie Evans.

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El Stardust estaba casi vacío a aquellas horas del día. Era la hora en la que el staff generalmente se encargaba de darle algo de mantenimiento al lugar y organizarse un poco, pues sabían que a partir del medio día y hasta el cierre del local, el movimiento en el mismo era intenso y no les daba tregua. Pero en esos momentos, mientras Tessie se encargaba de hablar con algunos proveedores y de ajustar sus cuentas, recibos y facturas, media docena de empleados se afanaban en limpiar las mesas, en arreglar los recién llegados víveres en sus respectivos almacenes, en poner algo de orden en la barra. Unos pocos parroquianos se encontraban diseminados aquí y allá. En su mayoría – y cosa rara en ese lugar – civiles.

Quizás fuera por ese ambiente tan privado y relajado que el capitán Max Sterling y el coronel Joe Sidar habían logrado lo imposible: que el comodoro Azueta los acompañara a tomar una taza de café después de un vuelo de inspección que los pilotos habían tenido esa mañana.

Sin embargo, y a pesar de su presencia física en esa mesa en donde los dos pilotos hablaban incansablemente de sus últimas proezas aéreas y de las palizas que les habían propinado a los pilotos bisoños y engreídos, el comodoro Carlos Azueta parecía estar ausente. La taza de café que tenía frente a sí hacía rato que se había enfriado. Y su mirada, como era su costumbre, parecía lejana y perdida en sus recuerdos.

- ¿Qué hay de ti, Azueta? – Finalmente Max notó la ausencia del comodoro y pensó en incluirlo en la conversación. - ¿Cómo te sientes estando al frente de la UNS en ausencia de la almirante Hayes?

- Es un gran privilegio… pero una responsabilidad todavía mayor. – El comodoro sentenció escuetamente.

- Espero que las cosas vayan bien allá en Monumento. – Sidar intervino, mientras vaciaba prácticamente todo el azucarero en su café. – Es decir, acá estamos nosotros tan tranquilos, mientras Lisa y Rick están allá en la cueva del lobo. Yo no sé si yo tendría los pantalones para plantarme frente al Consejo de Gobierno y presentar un reporte.

- ¡Vaya! – Max se rió. - ¿Y dónde quedó el valor legendario del mítico coronel Sidar, eh Joe?

- Allá arriba. – Joe señaló hacia el cielo. – Acá abajo en realidad no tengo mucho que ofrecer. Y sin duda me atemorizaría mil veces más tener que pararme frente a esos políticos que el entrar a un combate contra los Zentraedis… o contra cualquier otro enemigo.

- Eso es verdad. – Max aceptó. – Yo creo que si yo me plantara frente al consejo, lo único que se me ocurriría hacer sería sacar algún arma y comenzar a disparar.

El comodoro Azueta sonrió levemente y se acercó su taza de café a la boca, aunque de inmediato la retiró con un gesto que hacía obvio el hecho de que finalmente había notado que su café se había enfriado… bastante.

- Yo lo siento por el jefe. – Joe continuó. – Creo que la almirante Hayes tiene todo el valor y la presencia de ánimo para encarar a esos políticos con valentía y diplomacia… pero Rick, no sé. Me imagino que el pobre debe de estar muy nervioso.

- No mientras tenga a Lisa a su lado. – Max respondió categóricamente. – Es curioso ver cuanto ha cambiado Rick desde que está con Lisa. Cuando yo lo conocí no era más que un muchachito asustado que parecía no saber siquiera como es que había llegado a ser jefe de grupo aéreo. Lisa lo ha centrado y lo ha hecho poner los pies sobre la tierra… y madurar.

- ¡Por nuestras mujeres! – Joe levantó su taza de café. – Nuestros puertos seguros, nuestras anclas y nuestros cables a tierra.

- ¡Salud! – Max se unió al brindis.

El comodoro Azueta, por su parte, se puso de pie llevando su taza en mano y caminó hacia la barra con toda intención de conseguirse un buen café caliente. Max y Joe lo observaron por un par de segundos y después fue el coronel quien habló:

- Siento mucha pena por Azueta… está tan solo y siempre se ve tan… tan triste y melancólico.

- Lo sé. Debe ser difícil perder a casi toda tu familia durante la guerra… tu mujer, tus hijos. ¡Imagínate nada más! Yo no sé que haría yo si de pronto Mir y Dana… - Max se estremeció como si con eso pudiera sacudirse los pensamientos que lo habían aterrorizado tan súbitamente. - ¡No, ni siquiera quiero pensar en eso!

- Hay cosas que son mejor ni siquiera imaginar, viejo. – Joe respondió.

- Su mujer y sus dos hijos. – Max comentó, mirando a Azueta. – Yo no sé, yo estaría deshecho por completo… y él, a pesar de siempre parecer tan triste, está en una sola pieza.

- ¡Es un hombre excepcional!

En esos momentos Azueta volvió a la mesa, con su café caliente en mano y se sentó en el mismo lugar que antes. Pero ni bien se hubo sentado, su teléfono satelital se dejó escuchar. El comodoro se apresuró a tomar la llamada.

- ¿Qué sucede, Mary? – Se dirigió a su asistente. – Oh… bien, de acuerdo… no, yo estoy ahí en 10 minutos. Gracias.

Cerrar su teléfono y ponerse de pie fueron acciones simultáneas. Joe y Max lo miraron interrogativamente y él sonrió como para disculparse por su abrupta retirada.

- Lo siento, caballeros. El deber llama.

- A ti el deber no te llama, Azueta… ¡Te grita! – Comentó Sidar con insolencia. - ¿Puedo tomarme tu café?

El comodoro le hizo una seña con la mano que significaba que podía proceder y enseguida comenzó a alejarse de aquel sitio, mientras en el camino se colocaba sobre su uniforme la gabardina reglamentaria. Max lo miró salir del Stardust y después miró a su colega que estaba muy ocupado robándose una azucarera de una mesa vecina para endulzar su café.

- ¿Sabías que vas a morir de una congestión diabética si sigues con eso? – Max lo reprendió.

- De algo nos tenemos que morir, Sterling. Y si es de exceso de azúcar, ¡Qué mejor!

Max suspiró y sacudió la cabeza. Hasta entonces observó que sobre la mesa estaba la cartera de Joe, abierta de par en par para mostrar una fotografía de su esposa y sus dos hijos. El capitán Sterling sonrió y le dio una palmadita a Sidar en el hombro.

- Tienes una linda familia, Joe.

- Esto es por lo que luchamos, viejo. – Joe levantó la fotografía para verla más de cerca. – No luchamos por esa gente que está allá afuera… no luchamos por esos pacifistas que tanto proclaman sus consignas y que son los primeros en esconderse cuando la situación se pone difícil… no luchamos por ganarnos una estrellita más para el uniforme… no, luchamos por esto… por nuestras familias.

- ¡Amén a eso! – Max respondió con gran convicción.

- Y por eso me pregunto, - Joe habló retóricamente, algo que no era muy común en un viejo piloto de combate – cuando ya no te queda nada por qué luchar… ¿Qué es de tu vida? Lo que quiero decir es… ¿Por qué lucha Carlos Azueta? ¿Por qué luchan tantos otros que son como él… a quienes ya no les queda nada?

- Bueno, él todavía tiene un hijo.

- Sí, pero el chico ya está grande y puede valerse por sí mismo… a lo que me refiero es… cuando uno ya no tiene amor… uno ya lo perdió todo.

- No lo sé, Joe. – Max suspiró y comenzó a jugar con unas moronitas de pan que habían quedado desperdigadas sobre la mesa. – Supongo que hay almas grandes que simplemente luchan porque ya no les queda nada más.

- ¿Luchan solo por sobrevivir?

- No lo sé… quizás luchan para que otros puedan vivir lo que a ellos les fue negado.

Los dos pilotos se miraron y después fue Joe el que sonrió y le dio un puñetazo juguetón a Max en el brazo.

- ¿Qué nos pasa, Sterling? No es cosa de pilotos ponerse melancólicos, sentimentales y filosóficos… mi excusa es el azúcar. ¿Cuál es la tuya?

- Tu mala influencia, Sidar… eres malo para mi salud.

El coronel y el capitán se rieron de sus propias ocurrencias y enseguida retomaron la conversación que habían estado llevando antes de que toda aquella disertación filosófica comenzara. Hablar de hazañas aéreas y de técnicas para patearles el trasero a los pilotos novatos con ínfulas de grandeza era mucho más divertido que enfrascarse en profundas meditaciones sobre la vida y su significado… de eso no había duda.

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El día pasó sin grandes sobresaltos en Ciudad Monumento. Lisa Hayes había tenido que atender un par de reuniones, pero no había sido en realidad nada fuera de lo común ni nada que hubiera implicado grandes sacrificios. Ni siquiera había hecho corajes ese día, por lo que ya podía considerarse que había sido una buena jornada.

Sin embargo, a pesar de que no eran ni siquiera las 2100 horas todavía, la almirante Hayes había decidido retirarse a su habitación, en uno de los pisos superiores del Hotel Tower. Se sentía agotada y lo único que quería era descansar. Rick lo comprendía… él sabía que en el estado de Lisa el descanso era prioritario.

Y él no se iba a oponer a irse temprano a descansar con su esposa. Esa era una idea que jamás podría parecerle mala o atentar contra sus principios fundamentales. A decir verdad él mismo se sentía un poco cansado y no podía pensar en una mejor manera de pasar la noche que reposando al lado de su esposa en una cama cómoda y mullida, contemplando el paisaje espectacular de Ciudad Monumento nocturna que se extendía ante ellos a través de un ventanal.

- ¿Entonces mañana tienes esa reunión con Martín y la comisión…? – Rick preguntó perezosamente, mientras acariciaba la espalda de Lisa, quien reposaba en su pecho.

- Sí, a las 1200 horas… en realidad no hay mucho que hacer mañana. Creo que podemos salir a caminar un poco o a hacer lo que quieras, amor.

- ¡Me gusta la idea! Además hay que relajarse para la gran presentación del viernes.

- ¡Ugh! No me lo recuerdes… - Lisa arrugó la nariz.

- ¡Todo va a salir muy bien, chiquita! – Rick la besó en la frente. - ¡Tú no te preocupes por nada! Además voy a estar ahí contigo… digo, no que eso sea una gran ayuda, pero…

- ¿De qué hablas, tonto? – Lisa lo miró a los ojos mientras comenzaba a acariciarle el pecho. – El que estés ahí conmigo hace toda la diferencia del mundo, mi cielo.

- ¿De verdad lo crees?

- No lo creo, lo afirmo. – La mirada que apareció en los ojos de Lisa no admitía réplica.

- ¡La almirante Hayes está enamorada del pilotito! – Rick canturreó.

- ¿Y qué hay del pilotito? – Lisa quiso saber. - ¿Está enamorado de la almirantita?

- ¡Oh no! – Rick respondió risueñamente. – No está enamorado de ella… está totalmente cautivado, subyugado y enloquecido de amor por ella. Eso de estar enamorado queda corto a lo que el pilotito siente por ella.

- ¡Estás haciendo puntos, Rick! – Lisa lo besó en la barbilla.

- ¿Y eso que significa? – El piloto hizo un puchero. – Siempre me dices que estoy haciendo puntos, pero nunca me dices cuantos puntos llevo o donde o por qué puedo canjearlos. ¡Esto no es justo y no es legal!

- ¡Berrinchudo!

- ¡Mala!

- ¡Feo!

Rick le lanzó a Lisa una mirada de indignación y después miró hacia el ventanal, en una pose de chiquillo berrinchudo que ella encontró absolutamente adorable. De inmediato se lanzó a abrazarlo y a acariciarle el rostro con cariño.

- ¡Aw, no es cierto… serás berrinchudo, pero no eres feo!

- Claro, primero me insultas, me hieres en mi orgullo personal y después tratar de reivindicarte… eres muy mala, Hayes… muy, muy mala.

Lisa se rió y se acurrucó aún más contra su esposo, quien terminó riendo, contagiado por esa risa pura y cristalina de la mujer a la que amaba. Los dos estuvieron en silencio un rato, hasta que fue Lisa quien habló, cambiando radicalmente el tema.

- ¿Viste a Kelly esta noche?

- Hmmm… - Rick lo pensó unos segundos. – No, la verdad no. No la vi desde la tarde, cuando fuimos a comer. Supongo que salió con David, ¿no?

- No sé… después de comer le dije que podía tomarse el resto de la tarde libre y ya no supe de ella. No sé, Rick… creo que Kelly anda algo confundida en estos días.

- David Stonewell y Nick Azueta, ¿eh? – Rick sonrió comprensivo. - ¡Pobre de mi primita! Esos líos amorosos pueden ser bastante complicados.

- ¡Y tú sabrás de ello, piloto!

- Bueno… no voy a entrar en detalles. No pienso condenarme a muerte yo mismo, sería un suicidio. Mejor dime, ¿a quién prefieres tú para Kelly? ¿Al empresario político o al marino?

- Es decisión de ella, amor. Lo que cualquiera de nosotros opine no tiene importancia.

- ¿Quieres que te sea sincero, Lisa? Yo prefiero a Nick Azueta…

- ¿Alguna razón en específico, piloto? Pensé que el que él sea marino era una afrenta contra ti y tus convicciones.

- Bueno, nadie es perfecto. – Rick se rió. – Pero Kelly andaba muy feliz cuando el vástago de Azueta estaba en la ciudad. Mi prima es una chica alegre, tú lo sabes Lisa… pero con Nick era diferente. No era solo su alegría sino que… se veía sinceramente feliz… de una manera que jamás la había visto antes.

- En eso tienes razón. – Lisa aceptó. – Era mucho más que su alegría y optimismo de siempre… realmente estaba feliz con él.

- Y de eso se trata el amor, ¿no es así? De ser feliz con la persona a la que tu corazón decide amar… bueno, yo no sé.

- ¡Que filosófico, pilotito! ¿Fue algo que comiste?

Rick se rió y abrazó a Lisa, mientras la besaba suavemente en la frente. Ella se dejó acurrucar por él y comenzó a adormecerse en su abrazo. Poco a poco el silencio comenzó a hacerse más patente en la elegante habitación que la joven pareja ocupaba, hasta que lo único que podía escucharse era la respiración tranquila y acompasada de los dos jóvenes que dormían profundamente en la cama, descansando de un día que había sido solo el inicio de ese tiempo complicado y difícil que tendrían que vivir en los días que estaban por venir.

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Ya era casi media noche en Ciudad Macross, pero las luces de la oficina del comodoro Azueta permanecían encendidas como testimonio de que quien estaba ahí no tenía intenciones de retirarse todavía.

El Jefe del Estado Mayor de la UNS se encontraba sentado en su escritorio, completamente atento en el documento que estaba revisando en su computadora. Incluso los movimientos que hacía para tomar algunas notas en la libreta que tenía a su lado parecía hacerlos de manera automática y sin siquiera percatarse de ello.

Sobre el escritorio había una botella de agua a medio beber junto a una pila de carpetas y algunos papeles. Las suaves notas de una melodía clásica servían de fondo musical a aquella pacífica escena en la que un hombre en completo estado de concentración, se entregaba en cuerpo y alma al trabajo que tenía en manos, perdiendo por completo el sentido del tiempo.

Y como frecuentemente ocurría en esos casos, el sonido insistente de su teléfono satelital hizo que el comodoro Azueta se sobresaltara perceptiblemente, para después soltar alguna maldición por lo bajo y tomar en sus manos aquel aparato que se había atrevido a interrumpir su trabajo. Pero el semblante inexpresivo e imperturbable de Carlos Azueta cambió radicalmente cuando vio el nombre que aparecía en su identificador de llamadas.

- ¿Qué horas son estas de llamar, muchacho? – Azueta respondió con una innegable nota juguetona en su voz. – Es casi media noche, ya deberías de estar en tu camarote, dormido y en completo silencio.

- Todavía no es tan tarde acá, papá. – Nick respondió con una risita. – Además a mi también me da mucho gusto escucharte. ¿Qué haces en tu oficina a estas horas?

- ¿Cómo sabes que estoy en mi oficina?

- Llamé a tu casa y nadie respondió. – Nick contestó como si nada. - ¿Cómo estás, papá? ¿Cómo te ha ido en ausencia de la almirante Hayes?

- Todo en orden, hijo. – Azueta se recargó en el respaldo de su asiento y suspiró, como si con eso quisiera sacarse el cansancio del día. - ¿Cómo estás tú?

- Bien… acabo de llegar de una misión y tengo el día franco mañana… bueno, tan franco como se puede tener en un portaviones. No hay mucho que uno pueda hacer aquí más que encerrarse todo el día en el camarote a ver películas o a jugar con la computadora.

- La vida del marino, hijo. – Azueta sonrió, mientras se tallaba los ojos. - ¿Cómo te fue en tu misión?

- Sobrevivimos. – Nick respondió despreocupadamente. – Padre… yo, en realidad—

Azueta abrió los ojos y se enderezó en su asiento. Cuando su hijo se ponía formal con él, sabía que algo estaba por venir. De pronto todas sus alarmas paternales se encendieron al escuchar a Nick tan indeciso con su última frase.

- ¿Todo en orden, Nicolás?

- Todo bien, papá… solo… yo quería preguntarte.

- ¿Sobre qué cosa?

- Esos cursos… tú sabes, de los que me hablaste cuando estuve por allá de visita… para capacitar a los oficiales de la UNS. ¿Cómo va ese proyecto?

- Bueno, lo estamos estructurando junto con las autoridades educativas de la Academia Militar. – Azueta volvió a recargarse en su asiento y su voz adquirió un timbre cansado. – El proyecto va avanzando y yo creo que lo arrancaremos muy pronto… en febrero o marzo, dependiendo de nuestros tiempos.

- Ya veo… - Nick comentó escuetamente.

- Estamos pensando en un curso integral de dos años en donde los oficiales podrán además adquirir alguna especialidad dentro de la UNS. Y se trabajará tanto con adiestramiento como con capacitación, instrucción académica. El programa es ambicioso pero muy completo y creo que algo bueno saldrá de esto.

- ¿Y lo manejará directamente la Academia Militar?

- Si, por medio de lo que será el Centro de Estudios Superiores de la UNS.

- ¿Así que dos años, eh?

- Es lo que se tiene en mente.

Se hizo un breve silencio en el teléfono, lo que el comodoro aprovechó para tomar su botella de agua, quitarle el tapón y darle un trago. Al percatarse de que su hijo parecía haberse quedado mudo, el comodoro reanudó la conversación.

- ¿Por qué tanto interés en el asunto, hijo?

- Papá… yo—me estaba preguntando…

- ¿Sí…?

- Bueno… si… si en ese primer curso no habrá de casualidad lugar para… para un marino… un marino con experiencia naval en un portaviones… es decir, un marino como yo.

Nick pensó que quizás no hubiera sido tan buena idea lanzarle aquella pregunta a su padre así, sin anestesia… sobre todo cuando escuchó a su padre toser al otro lado de la línea. El joven marino se aferró a su teléfono con las dos manos como si su vida dependiera de ello, esperando la respuesta de su padre… respuesta que se tardaba en venir.

- Nicolás… ¿Qué estás diciendo?

- Papá, piénsalo… es lógico. Lo que quiero decir es que ya he estado suficiente tiempo en el mar. Quiero—necesito estar con mi familia, contigo… sé que quizás te parece una decisión precipitada pero en estos días que estuve fuera en esa misión lo estuve pensando mucho… me gustaría estar allá, con ustedes… contigo, papá.

Una incipiente sonrisa comenzó a formarse en los labios de Azueta, al tiempo que sus ojos claros se humedecían visiblemente. Pero aquel breve momento de debilidad paternal fue pronto sustituido por el gesto firme y formal de un militar experimentado que se propone hablar con un subordinado obstinado.

- Bien… hablemos de ello, Nicolás.

El comodoro Azueta se arrellanó en su asiento y cruzó su brazo libre sobre el pecho mientras esperaba lo que Nick tenía que decirle. A miles de kilómetros de distancia, en un pequeño camarote del UNN Argos, el joven teniente Azueta, que hasta entonces había permanecido recostado en su litera, se sentó y miró una fotografía que tenía sobre su escritorio y que mostraba a un joven y sonriente Nick acompañado de Kelly Hickson y de su padre, Carlos Azueta durante las vacaciones que había pasado en Ciudad Macross hacía poco.

Nicolás Azueta tomó aire y cerró los ojos, mientras sentía que el corazón se le aceleraba en el pecho y su voz moría en su garganta. Aún así se armó de valor y sin dudarlo un minuto más comenzó a hablar con aquel hombre que en esos momentos no era su padre, sino un superior del cual podría depender su futuro… y su destino.

-


-

La oficina del General Daniel Martín en la sede central del Gobierno de las Naciones Unidas era un espacio grande, amplio, bien iluminado y con una vista privilegiada del paisaje urbano de Ciudad Monumento. La oficina se encontraba en uno de los pisos superiores de uno de los enormes edificios que constituían el complejo gubernamental en la ciudad. Era un edificio moderno y funcional al que comúnmente conocían como El Espejo, ya que estaba cubierto en su totalidad por enormes ventanales que le daban precisamente un efecto reflejante que lo hacía parecer un enorme espejo de cuatro caras.

La almirante Hayes y el general Hunter esperaban pacientemente en la sala de recepciones que el general Martín tenía dentro de su oficina. Les habían informado que Martín se reuniría con ellos en unos minutos, tan pronto como saliera de una reunión.

La oficina estaba elegantemente decorada con muebles modernos y algunas palmas que crecían en sus macetas cerca del ventanal. Sobre las paredes había algunos cuadros con pinturas cubistas de principios del siglo XX y sobre el escritorio del general algunas fotografías familiares. Realmente aquel espacio no parecía la oficina de un militar ni de un importante funcionario del gobierno que, a razón de su cargo al frente de la CONAMSE, podría ser considerado el Ministro de Defensa de aquel gobierno en reestructuración.

- No me gustan esas pinturas. – Rick comentó, mirando a su alrededor. – Me ponen de nervios… además parecen dibujos de niños chiquitos.

Lisa miró las obras a las que su esposo estaba haciendo referencia y ladeó la cabeza como para apreciarlas mejor. Rick la miró expectante, esperando su opinión al respecto.

- Son… interesantes… se prestan a interpretaciones. – Lisa comentó.

- No lo creo… hasta yo podría dibujar algo así y no creo que mis dibujos fueran considerados artísticos… yo no entiendo este tipo de pinturas… ¿Qué significan?

- Bueno… - Lisa no podía darle significado a ninguna de esas obras. – No lo sé… pero seguro que algún significado tendrán…

- ¡Bah! Admite que a ti tampoco te gustan, Lisa.

- Es arte, Rick… el arte es—

- ¿Pero te gustan?

- Yo, la verdad… es complejo, pero considerando que…

- ¡Un sí o un no, almirante! Solo eso…

- El arte siempre es el arte, Rick… uno no puede dar opiniones tan subjetivas así tan…

- ¡Está bien! – Rick la interrumpió deliberadamente. – En ese caso voy a regalarte una pintura de estas para que la tengas en tu oficina… ahí, frente a tu escritorio. Quitamos tu Jardín Japonés de Monet y ponemos uno de estos… rayones de niño chiquito.

- Creo que… así estoy bien, Rick. – Lisa sonrió nerviosamente. – No te molestes.

- ¡Ja! Lo sabía… - Rick se acercó a ella y la besó suavemente en la mejilla.

Lisa lo miró de frente y se acercó a él para darle un besito en la punta de la nariz. Los dos se sostuvieron la mirada por unos segundos y sonrieron con cariño. Justo en ese momento la puerta de la oficina se abrió y Daniel Martín entró llevando consigo un montón de papeles debajo del brazo.

- ¡Buenos días! – Los saludó alegremente. - ¿Cómo pasaron la noche? ¿Les gustó el Tower?

Rick y Lisa se pusieron de pie y miraron a Martín mientras iba a dejar su cargamento de papeles encima de su ya de por sí amontonado escritorio. El general regresó de inmediato a donde sus amigos lo esperaban y los saludó con un apretón de manos.

- Es un lugar fantástico, general. – Lisa respondió. – Muy cómodo y agradable.

- Me alegra… y me da gusto verlos… ¿Listos para el presentar el reporte el día de mañana?

- Siempre. – Lisa sonrió. – Aunque… creo que será algo complicado, ¿no es así, señor?

- Las cosas siempre son complicadas para nosotros, almirante. – Martín sonrió. – Pero en todo caso, me informan que el contralmirante Salgado de la Armada llegará a Monumento en una hora más o menos… el general Al-Mansur de Ejército y el general Brandtner de la Fuerza Aérea están en la ciudad desde esta mañana. Así que si no tienen otros planes me gustaría que pudiéramos organizar una reunión esta tarde, con la Comandancia Suprema de las Fuerzas Armadas en pleno… ustedes, los cinco comandantes de las cinco ramas y los miembros de la CONAMSE, para prepararnos para lo que venga el día de mañana.

- Por mí no hay problema. – Lisa respondió. – Sinceramente me sentiría mucho más tranquila si pudiéramos hablar con nuestros colegas del Ejército, Armada y Fuerza Aérea antes de presentarnos ante el consejo.

- ¿A qué hora quiere que nos reunamos, general Martín?

El aludido tomó el auricular del teléfono y lo consultó con su asistente. Después de fijar la hora y el lugar, le pidió que se encargara de avisarles al resto de los militares y a los miembros de la CONAMSE.

- A las 1600 horas en la sala de reuniones B de este piso.

- ¡Hecho! – Lisa apuntó en su agenda.

- ¿Y la teniente Hickson? – Preguntó entonces Martín, notando que la omnipresente asistente de la almirante Hayes estaba ausente en aquella reunión. - ¿No vino con ustedes?

- Sí, Kelly vino. – Lisa respondió. – Solo que… se está ocupando de otras cosas.

- Ya veo… - El general sonrió. – Bien, en ese caso dejemos los asuntos oficiales para la reunión de la tarde. Mejor cuéntenme ¿cómo van las cosas con ustedes, muchachos?

Martín se arrellano en su asiento mientras Rick y Lisa intercambiaban miradas y sonrisas. El piloto pasó el brazo por los hombros de su esposa y la atrajo hacía él, al tiempo que la besaba con cariño en el cabello.

- Todo va muy bien, general. – Lisa le respondió con una sonrisa esplendorosa. – Respecto al embarazo y todo eso… todo está en orden y vamos muy bien.

- ¿Cómo te has sentido, Lisa? – Martín le sonrió casi paternalmente. – Pienso que el embarazo te ha sentado bien… siempre has sido una mujer hermosa pero hoy luces particularmente… radiante.

- ¿Verdad que sí? – Rick la besó, ahora en la mejilla. - ¡Es la mujer más hermosa del universo!

- ¡Par de aduladores! – Lisa sonrió y se sonrojó visiblemente. – Estoy bien, general… bueno, con algunos malestares pero nada realmente grave… estoy disfrutando mucho esta etapa de mi embarazo.

- ¿Y tú, Rick? ¿Cómo te sientes… papá?

- ¡Oh, yo estoy en las nubes, señor! No se imagina… he estado en órbita a la luna desde que supe la maravillosa noticia… los dos estamos felices.

- ¿Y para cuándo piensan hacer pública la noticia?

- No sé, supongo que ya nos encargaremos de eso cuando llegué el tiempo. – Lisa miró a Rick. – Cuando ya sea imposible ocultar lo obvio…

Rick se rió y asintió, mientras que casi como por reflejo su mano iba a posarse en el vientre de su esposa, quien lo recompensó con una sonrisa deslumbrante.

- La seguridad ante todo. – Martín sentenció filosóficamente. – Además supe que ya está funcional su equipo de escoltas personales, almirante.

- ¡Y funcionando muy bien! – Rick respondió con una sonrisa.

- Ya me imagino lo que Donald diría si pudiera verte, Lisa. – Martín miró a la joven almirante y no pudo menos que enternecerse al ver la mirada que ella tenía en sus ojos ante la mención de su padre. – Pero bueno, ¿quién soy yo para hablarte de esto cuando tienes a Azueta allá contigo? Seguro que él debe de contarte muchas historias sobre tu padre… ellos sirvieron juntos en el Pacífico durante mucho tiempo.

- Usted sabe que el comodoro es algo reservado… en realidad no es lo que se dice un conversador ávido. – Lisa sonrió.

- De todas maneras, si alguien puede contarte anécdotas sobre Donald Hayes, ese es Carlos Azueta… deberías preguntarle al respecto, Lisa. Seguro que el viejo Azueta tiene mucho que platicar de sus días en el RIM PAC y todo eso.

- Seguro que usted también tiene muchas anécdotas que contar, general. – Rick lo cuestionó.

- Bueno, tengo algunas… pero este no es lugar para contarlas… ¿Qué les parece si vamos a almorzar y ahí seguimos hablando? No sé ustedes, chicos, pero yo me muero de hambre… y considerando que la almirante ahora debe de comer por dos…

- ¡Vamos! – Rick ya se había puesto de pie. - ¡Yo también me muero de hambre y de inanición! Siento que estoy enflacando… ya perdí peso…

- ¡Mi pilotito es un barril sin fondo! – Lisa comentó, ganándose con ello una mirada asesina por parte de su esposo. - ¡Y un exagerado!

- ¡Hey! Lo exagerado me lo has pegado tú, Señorita Mil Millones de Veces… ahora, lo del barril sin fondo… creo que tú tienes también la culpa… con todo el ejercicio que—

- ¡Rick! – Lisa le lanzó un golpe al brazo.

- ¡Demasiada información, general Hunter! – Martín soltó una carcajada. - ¡Eso es demasiada información!

Y así aquel alegre grupo salió de la oficina del General Martín, dirigiéndose al comedor de El Espejo… un sitio reservado para los altos dignatarios del gobierno y demás funcionarios de alto nivel… un restaurante grande, elegante y cómodo en donde, por obra y gracia de Dios, la comida – a pesar de ser gourmet – no sabía a zapato.

-


-

La hora del almuerzo ya estaba pasando y Kelly caminaba de un lado al otro en el vestíbulo del Restaurante Club 11, localizado precisamente en el decimoprimer piso del Hotel Monumento Tower.

Hacía ya más de media hora que estaba esperando que David Stonewell se reuniera con ella. Esa mañana muy temprano él la había llamado por teléfono y la había invitado a almorzar, argumentando que tenía el resto del día muy ocupado y le sería imposible verla en cualquier otro momento. Ella también tenía sus ocupaciones, pero decidió que arreglaría su agenda a fin de poder encontrarse con David, aunque fuera solo para ir a comer algo.

La cita había sido en aquel restaurante, que a pesar de ser el restaurante informal de los tres que se encontraban en el Tower, aún así era bastante exclusivo. Kelly se sentía un poco fuera de lugar con la ropa que llevaba puesta: unos sencillos jeans y un suéter.

La gente iba y venía a su alrededor y ella ya no sabía que hacer… ya se había sentado un buen rato, ya había caminado de un lado al otro del vestíbulo, ya se había entretenido en mirar por el ventanal hacia la ciudad, ya había fingido tener un gran interés por los cuadros que decoraban aquel sitio… y ya estaba desesperada.

Kelly Hickson siempre se había considerado una persona puntual y si había algo en la vida que la ponía de nervios es que la tuvieran esperando… un retraso de media hora ya le parecía intolerable y estaba pensando seriamente en la posibilidad de simplemente volver a su habitación por su abrigo y después salir a comer un hot dog a algún parque o algo por el estilo.

Resuelta a cumplir con aquella idea se dio media vuelta para alejarse de aquel sitio, solo para toparse de frente con David que, justo acababa de salir del elevador. El joven consejero del GNU iba hablando por teléfono y le hizo a Kelly una seña con el dedo de que le diera un segundo. Mientras él seguía hablando de presupuestos y de reuniones extraordinarias programadas para esa noche, Kelly lo observó detenidamente.

David Stonewell era un hombre atractivo… demasiado atractivo. Vestido con su impecable traje negro, su camisa inmaculadamente blanca y una corbata igualmente negra, un maletín ejecutivo en una mano, su teléfono satelital en la otra y perfectamente peinado y bien afeitado… y con ese delicioso aroma a colonia fina sin duda David era la imagen misma del éxito profesional.

Sin querer Kelly miró la imagen de ellos dos que se reflejaba en el ventanal y se percató de la pareja tan desigual que hacían… quizás hacía dos años las cosas habían sido diferentes entre ellos, pero ahora los dos habían cambiado demasiado… y sus mundos se habían separado cada vez más el uno del otro.

- ¡Hola preciosa! – David guardó su teléfono y se acercó a besarla en la mejilla a manera de saludo. - ¿Cómo estás? ¿Cómo estuvo el viaje? Escuché que ahora tienen una Cocinita de Mamá especial para el almirantazgo de la UNS.

- Sí, el Cygnus… el viaje estuvo tranquilo, David. ¿Cómo estás tú?

- ¡Hambriento! – David miró su reloj. – Siento mucho el retraso, pero la reunión parecía interminable… tú sabes como se ponen las cosas por acá durante estos tiempos. ¿Vamos al restaurante? ¿Qué te ha parecido el hotel?

Mientras entraban al Club 11 y eran recibidos por el Maitre'd y conducidos a la mesa reservada que tenían cerca de un ventanal panorámico, Kelly se ocupó en contestar lo que David le preguntaba.

- Es un hotel espectacular… no creo que haya uno así en Ciudad Macross.

- Bueno, Monumento es más cosmopolita que Ciudad Macross… tu ciudad tiene una vocación más militar… más familiar.

- ¡Y por eso me encanta vivir allá! – Kelly sonrió, mientras David le ayudaba a tomar asiento.

- ¿Nunca pensaste en salir de ahí… venir a vivir a Monumento, por ejemplo?

Kelly negó con la cabeza y sin perder la sonrisa de sus labios. Recibió la carta que el jefe de meseros le presentó y después de agradecerle continuó hablando.

- Nunca… la verdad es que Macross es mi lugar… es donde quiero estar. Jamás en mi vida había sido tan feliz como lo soy en ese sitio y con mi familia.

- Bien… - David miró la carta y se dirigió al jefe de meseros. – Tengo algo de prisa, así que tráigame la sugerencia del chef para hoy… y una copa de vino tinto de reserva de la casa… no menos de cinco años, por favor.

- ¡Sí, señor! ¿Y la señorita desea tiempo para elegir lo que va a querer?

- Yo… - Kelly miraba la carta sin saber qué eran la mitad de los platillos ahí listados. - ¿Sabe qué? Tráigame lo mismo que a él… solo que yo quiero de beber… uh… una limonada mineral, por favor.

El capitán de meseros asintió y con gran formalidad recogió las cartas de la mesa para después retirarse discretamente no sin antes informarles que su comida les sería servida de inmediato.

- Deberías probar el vino… la reserva de la casa es buena en este sitio… aunque no tan buena como en La Xarcutería, un sitio en el centro donde tienen unos vinos tintos de Gran Reserva que son simplemente excepcionales. Algún día tenemos que ir allá.

- ¡Ahhh…! – Fue lo único que atinó a responder Kelly.

- Espero que no tarden demasiado… - David comentó impaciente, mientras miraba su reloj de pulsera. – Tengo una reunión esta tarde… unos asuntos sobre las Industrias Shinsei y el establecimiento de algunas plantas de ensamblaje en la ciudad de Seattle… es un asunto que me ha estado dando algunos dolores de cabeza.

- ¿Demasiados líos con eso?

- Las personas pueden llegar a ser demasiado tercas y obstinadas, Kelly… si estamos proponiendo inversiones multimillonarias en la que antes tan orgullosamente llamaban la Jet City, no sé porque la municipalidad insiste en poner tantos obstáculos… ellos tienen la infraestructura, nosotros les ofrecemos capital, ellos pondrían la mano de obra… es un negocio redondo, generaríamos empleos por millares en las plantas de la Shinsei… ahora nos salen con el impacto ambiental y los estudios demográficos y socioeconómicos y no sé que otros pretextos. Aunque claro que yo sé que la señorita Evans se está haciendo la interesante solo porque quiere provocarme estas jaquecas… ¡Como si no la conociera!

Kelly miró a David con una mirada que hacía obvio el hecho de que ella estaba totalmente en blanco con lo que él le estaba diciendo. Por suerte en ese momento apareció un camarero con sus bebidas. Eso le dio un poco de tiempo a Kelly para pensar su respuesta. Cuando estuvieron solos otra vez, y aún antes de que la teniente Hickson pudiera abrir la boca, ya David tenía el teléfono celular pegado a la oreja.

- ¿Qué sucede, Uckelman?... ¡Te dije que esos documentos debían estar listos para hoy a más tardar a las 4 de la tarde! La reunión es una hora más tarde, pero los tenemos que revisar primero con la comisión de— sí, sí, está bien… pero más vale que no haya sorpresas, ¿de acuerdo?

La joven teniente Hickson se ocultó detrás de su vaso de limonada y David intentó sonreírle, aunque sin mucho éxito.

- Bueno… ¿En qué estábamos, Kelly?

- David, si tienes mucho trabajo y mucha prisa, podríamos dejar esto para después.

- ¡No seas tonta! – David ahora sí sonrió con más ánimo. – A ver… entonces cuéntame algo…

- ¿Algo como qué…?

- Como… no sé, cómo te va en la vida…

- Me va… bien. Con mucho trabajo y todo pero… las cosas marchan.

Se hizo un breve pero incómodo silencio entre ellos. David tomó un trago de su copa de vino después de observarlo a contraluz por un momento y después miró a Kelly.

- Entonces… ¿Mañana van a presentar el reporte conjunto de las Fuerzas de Defensa, eh?

- Sí, así es… y coincidentemente también eso les está dando algunas jaquecas a la almirante Hayes y al general Hunter.

- ¡La política apesta! – David murmuró por lo bajo. - ¡Oh, lo siento mucho Kelly! No quise… es decir, hay que admitir que uno realmente debe de desarrollar una coraza para poder sobrevivir en este ambiente.

- ¿Y por qué estás aquí, David? ¿Qué hay de ti? ¿Jamás pensaste en volver a Nueva Montreal y seguir con la vida que tenías allá, encargándote de la industria familiar y todo eso?

- La industria ya creció demasiado como para considerarla una industria familiar. Además aquí es donde suceden las cosas… aquí en Monumento es donde se vive la vida, en ningún otro lugar… al menos para mí. La política… a pesar de todo puede llegar a ser adictiva.

- Y me imagino que con las elecciones que se vienen las cosas están algo… revueltas.

- Algo revueltas pero igualmente interesantes… la situación entre los candidatos es—

David se detuvo en seco y sacó su teléfono que había comenzado a sonar insistentemente. Kelly se recargó en su asiento y el joven Stonewell respondió sin mucho entusiasmo después de mirar el nombre de quien lo llamaba en el identificador.

- ¿Qué sucede ahora, Uckelman?

Se hizo un breve silencio en el que Kelly notó mil emociones ir y venir en el rostro de David; desde sorpresa hasta rabia y después incredulidad, mientras asentía ante las palabras de su interlocutor.

- Entiendo… - David finalmente respondió. – Pues si ese es el juego que ella quiere jugar… mira, necesito revisar los documentos antes de— ¿Ya están listos? Bien… - David miró su reloj. – Entonces llévalos a mi oficina y espérame ahí. Llama al señor Ikuya Masaki y dile que necesitamos vernos antes de la reunión con la comisión… no, yo estaré ahí en un momento… eso es todo.

David guardó su celular y miró a Kelly que seguía entreteniéndose con su vaso de limonada, pretendiendo que no se había percatado de nada. Si algo había que reconocerle a Kelly Hickson era su diplomacia y tacto en esas situaciones.

- Bien… - David intentó sonreír pero no pudo evitar mirar su reloj. - ¿En qué estábamos?

- David… en serio, yo—es decir, es obvio que este no es el mejor momento, sé que estás muy ocupado y—yo no…

- Ya te dije que no seas tonta, Kelly. – David respondió, mientras el mesero se acercaba a entregarles sus platillos. – Tú sabes que siempre tengo tiempo para—

El celular volvió a dejarse escuchar y David respondió ya con visible mal humor en su semblante.

- ¿No puedes encargarte de esa sencilla asignación, Uckelman? Yo—

David se detuvo en seco para escuchar lo que fuera que ese tal Uckelman – quizás su asistente, pensó Kelly –, tenía que decirle. La joven teniente vio como el semblante de David cambió de enfadado a preocupado.

- Bien, ponla en la línea… espero… - David miró a Kelly y tapó el auricular del teléfono. – Dame un segundo Kelly… ¿Sí? Stephanie Evans… ¿Se puede saber qué estás tratando de hacer? No, yo sé perfectamente bien que—no, eso no es correcto Steph… señorita Evans, como sea… mira, yo creo que… ¡Escúchame! La reunión es a las 4 de la tarde y todavía tenemos tiempo para… ¡Stephanie, no estás siendo sensata con todo esto! Mira, yo sé que— ¡Stephanie!

David suspiró pesadamente y sacudió su cabeza. Kelly lo observó con curiosidad por unos segundos y después se entretuvo en picotear su comida con el tenedor. El joven Stonewell observó a su compañera y después miró su reloj.

- Kelly, yo—

- No te preocupes, David. – Ella se apresuró a responder. – Yo sé cómo son esas cosas… no hay problema.

- Pero… yo no quiero que tú pienses que yo—

- Ve allá, David. – Ella le sonrió comprensiva. – Son asuntos oficiales e importantes, no tienes porqué sentirte mal. Trabajo es trabajo, ¿no es así?

- Desgraciadamente así es. – David se puso de pie. – Prometo recompensarte por esto, Kelly… y realmente, te agradezco tu comprensión, yo—te llamo en cuanto pueda, ¿de acuerdo?

David se inclinó sobre ella y la besó en la frente. Kelly le sonrió y asintió con la cabeza mientras le palmeaba la mano que él había colocado sobre su hombro.

- ¡Suerte con todo, David! Te veo luego.

El joven Stonewell se acercó al jefe de meseros a decirle algunas palabras y después se retiró a toda prisa de ahí, con el teléfono celular ya pegado a la oreja. Kelly lo miró alejarse y luego miró al jefe de meseros que se había acercado.

- El señor Stonewell me pidió que la atendiéramos y que lo que usted deseara pedir lo cargáramos a su cuenta, señorita Hickson. ¿Hay algo más que desee tomar? ¿Algún postre?

Kelly miró su plato de comida todavía lleno y después le sonrió al jefe de meseros y negó con la cabeza amablemente.

- Estoy bien, señor. Muchas gracias.

- Lo que necesite, seguimos a sus órdenes.

Un camarero se acercó a recoger el plato de comida de David, el cual ni siquiera había probado. Kelly se quedó sola en una mesa que de pronto parecía demasiado grande para ella sola. Miró hacia el ventanal y se entretuvo contemplando la magnífica vista que desde ahí se tenía de la ciudad.

- Creo que una caminata por el parque no me caería nada mal. – Pensó. - ¿Y quién quiere comer postre en este sitio cuando allá afuera puedo comprarme un algodón de azúcar o un pastelito?

La joven teniente Hickson sonrió para sí misma y siguió comiendo mientras que su pensamiento parecía perderse en la inmensidad del firmamento.

-


-

Cuando Kelly regresó al Hotel Tower ya estaba oscureciendo, aunque no era particularmente tarde, más bien el sol se ocultaba muy temprano en aquella ciudad. Hacía mucho frío y aunque el ambiente cosmopolita y festivo de Monumento invitaba a salir a divertirse, la teniente Hickson no era precisamente de la clase de personas que gustara de salir a bailar o conocer gente. Ella era bastante reservada en ese aspecto. Le gustaba salir con sus amigos, pero jamás lo hacía sola.

Subió hasta el piso en donde estaban las habitaciones reservadas para el personal de la UNS/UNSAF y cuando salió del ascensor, frotándose los brazos para tratar de calentarse un poco, notó que había luz en el Centro de Negocios de aquel piso, una oficina que le había sido asignada al Almirantazgo de la UNS para asuntos oficiales. Kelly de inmediato se encaminó hacia aquel sitio.

No le sorprendió en absoluto encontrar ahí a la almirante Hayes y al general Hunter, frente a una computadora de un enorme monitor plano, mientras los dos revisaban el reporte del día siguiente. Kelly se detuvo en la puerta y observó a la joven pareja de militares por unos momentos.

Una sonrisa suave y soñadora apareció en los labios de Kelly y se recargó en el marco de la puerta. Para ella siempre era motivante y muy inspirador el ser testigo de ese amor tan sincero y profundo que Lisa y Rick se profesaban.

Fue precisamente Rick quien levantó la cabeza, percatándose de que no estaban solos en aquel sitio. Kelly, al sentir la mirada de su primo encima, casi como por reflejo se puso en posición de firmes y dio un paso al frente.

- Buenas noches… - Saludó un tanto turbada. – Yo… ¿Necesitan algo?

- ¡Hola Kelly! – Lisa la saludó con una sonrisa. - ¿Qué tal estuvo tu tarde libre en Monumento?

- Bueno… estuvo bien, supongo. – La teniente Hickson fue a sentarse frente a sus superiores.

- Regresaste temprano. – Rick comentó. – Pensé que pasarías la tarde con David.

- Nos vimos un rato, pero él tenía cosas que hacer… ya saben, con todo lo que hay pendiente por aquí en estos días. – Kelly justificó. - ¿Cómo les fue a ustedes?

- ¡Ugh!

Ante aquella única respuesta por parte de Lisa, la teniente miró al general Hunter y él se encogió de hombros, dándole a entender a su prima que no había nada que pudieran hacer cuando Lisa comenzaba a gruñir. Sin embargo Kelly ya había pasado demasiado tiempo trabajando al lado de la almirante, ella comprendía esos gruñidos como si fueran palabras.

- ¿Problemas con los de la comisión? – Kelly preguntó.

- Todo iba bien. – Lisa respondió. – Tuvimos una reunión con la Comandancia Suprema de las Fuerzas de Defensa… revisamos el reporte conjunto que tenemos que presentar mañana ante el pleno del consejo…

- Y después llegaron los de la Oficina de Vinculación y Desarrollo Político. – Rick completó con un suspiro desganado. – Y fue cuando las cosas ya no fueron tan bien.

- ¿Qué dijeron?

- Lo mismo de siempre. – Lisa siguió hablando. – Cuestionaron cada uno de nuestros proyectos y acciones… se opusieron a todo, se quejaron de todo… nada nuevo bajo el sol. Yo no entiendo a Rusell Coperland… me parece que está siendo muy poco imparcial en un puesto en donde la diplomacia es indispensable.

Rick y Kelly se miraron y fue ella la que continuó la conversación.

- ¿Y crees que las opiniones de los de Vinculación y Desarrollo influyan en el consejo mañana?

- Más bien creo que las opiniones de Vinculación y Desarrollo reflejan el clima que se vive en el pleno del consejo. – Lisa puntualizó. – En todo caso nosotros no tenemos nada que temer, todo está en orden y solo nos limitaremos a presentar nuestro reporte. Si les parece o no les parece, pues… no es asunto nuestro.

Lisa se puso de pie y fue hasta un pequeño refrigerador que estaba cerca del ventanal. Mientras ella revisaba aquel sitio, buscando una botella de agua, de jugo o de lo que fuera, Kelly miró a Rick con una mirada de preocupación. Era obvio que había algo más que estaba molestando a Lisa. Ella conocía bien a su jefa y sabía bien cuando algo no andaba del todo bien. El piloto comprendió la mirada inquisitiva de su prima y se recargó en el respaldo de su asiento antes de contestar a la pregunta no formulada que flotaba en el ambiente.

- Y después de la reunión, mientras salíamos de El Espejo, nos topamos con… con algunos simpatizantes de Nathan Weidenseld… ya sabes, el candidato pacifista.

- ¿Había pacifistas dentro del edificio de gobierno? – Kelly preguntó incrédula.

- No… - Rick respondió moviendo las manos frente a él. – Algunos de sus amigos políticos… en realidad los pacifistas estaban afuera… - Ahora la expresión del piloto cambió a una de rabia y frustración. – Ya sabes, con pancartas… gritando consignas en contra de los militares…

- ¿Y qué sucedió? – Kelly se hizo para adelante, como para escuchar mejor. Se notaba que estaba preocupada.

- Hay libertad de expresión, Kelly. – Lisa volvió a su lugar, con su botella de agua en la mano. – Ellos podían estar allá afuera, gritando, rayando el edificio con sus pintas, interrumpiendo el tráfico vehicular… de eso se trata la libertad. A nosotros en cambio se nos negó la libertad de transitar libremente por la calle… al final a los militares que estábamos en el edificio se nos tuvo que sacar del mismo por la parte trasera en una camioneta sin logotipos.

- ¿Y los Halcones? – Kelly preguntó ya visiblemente preocupada.

- Siempre listos. – Rick respondió con una sonrisita fugaz.

- Pero… ¿Ustedes están bien?

- Muy bien, pero no te recomiendo que salgas a la calle con uniforme en estos días en esta ciudad, prima.

- Pero… pero esas personas… ¿Quiénes eran? Digo, esos simpatizantes de Weidenseld que estaban dentro del edificio… y los que estaban fuera…

- El general Martín nos dijo que se hacen llamar el FAP. – Lisa explicó. – Un pseudo partido político que está apoyando la candidatura de Weidenseld a la Cancillería para las próximas elecciones.

- El Frente Alternativa Pacifista. – Rick gruñó. – Aunque yo más bien pienso que son el Frente Anárquico Pacifista.

- Claro que no pueden usar la palabra anarquía en su discurso. – Lisa puntualizó. – Aunque sí en sus acciones.

- Y obviamente en su ideología. – Rick completó.

- ¿Y qué va a suceder ahora? – Kelly quiso saber.

- Nada. – Lisa la tranquilizó. – Van a seguir haciendo sus desmanes, de eso no tengas duda. Pero nosotros mañana presentamos nuestro reporte, en un par de días nos vamos de Monumento y volvemos a Macross. La política no nos incumbe, Kelly… nos afecta, es verdad… pero no es asunto nuestro.

- Por supuesto. – La joven teniente le sonrió a su jefa. – Entonces mañana... mañana tenemos que estar en el salón de sesiones de las Naciones Unidas a las 0900 horas. El desayuno comienza a servirse a las 0700 horas en el comedor del hotel.

- Entonces nos vemos por ahí a esa hora. – Lisa respondió con una sonrisa. – Y después vamos juntos a la sesión. ¿Por qué no vas a descansar un poco, Kelly? Mañana va a ser un día muy largo y complicado.

- Así lo haré, almirante. – Kelly se puso de pie y se despidió de sus superiores con un solemne saludo militar. - ¡Hasta mañana y descansen!

- Hasta mañana, Kelly.

Cuando la joven salió del centro de negocios, Rick miró a Lisa quien mantenía los ojos clavados en la puerta por la que Kelly acababa de desaparecer. Se notaba que la almirante estaba preocupada.

- ¿Qué sucede, bonita? – Rick la besó en la mejilla. - ¿En qué piensas?

- No lo sé, Rick… ¿No te parece que es demasiado? Es decir, toda esta situación… poner tanta presión sobre los hombros de chicos de la edad de Kelly…

- O de tu edad, Lisa… no olvides que somos apenas unos cuantos años mayores que ella. Es mucha responsabilidad y presión la que han puesto sobre nuestros hombros. Pero ¿sabes qué? Bien dicen que el oro se prueba en el fuego… y tú, Lisa Hayes, eres la persona más templada que conozco… la más fuerte y la más íntegra. Tú eres una mujer de una sola pieza, almirante Hayes. Y no hay nada que pueda doblarte…

Lisa miró a Rick y su expresión preocupada cambió de inmediato a una enamorada mientras le sonreía a su esposo con ternura. Él no desaprovechó la oportunidad de acercarse a ella para besarla suavemente en los labios, provocando que ella se estremeciera con ese contacto.

- Te amo Rick… ¿lo sabías?

Rick la volvió a besar y recargó su frente en la de ella mientras sonreía y la observaba con adoración. Lisa le plantó una serie de besitos traviesos al piloto en los labios hasta que logró que la mirada de Rick se suavizara a tal punto que parecía que el piloto estaba a punto de llorar.

- Yo no te amo, princesa… yo te adoro.

Lisa tomó el rostro de Rick en sus manos y lo besó suave pero profundamente en los labios. Él correspondió colocando su mano en la nuca de Lisa para acercarla más a él e impedirle cualquier intento de escape. Cuando se separaron, los dos se sonrieron con ternura.

- Ya no quiero seguir pensando en esto… en el reporte de mañana, en lo que sucedió hoy… - Lisa lloriqueó.

- En ese caso…

Rick se apresuró a apagar la computadora y extraer la memoria USB que contenía los archivos que habían estado revisando. Enseguida se puso de pie y tomó a Lisa de las manos para ayudarla a hacer lo mismo.

- Vas a necesitar un buen descanso esta noche, mi vida. – Rick le dijo. – Y te voy a decir que vamos a hacer, cenaremos aquí mismo en el hotel para no tener que salir y enfrentarnos a ninguna multitud enardecida… después te voy a llevar a nuestra habitación, te voy a dar un masaje, te voy a consentir… y tempranito ya va a estar en la cama, almirante… dormidita y descansando porque mañana es el gran día.

Rick se detuvo y le sonrió, al tiempo que se acercaba para besarla en la punta de la nariz y después hacerle un cariñito en la barbilla, mientras que ella no apartaba sus ojos de los de él.

- Mañana, mi querida almirante, usted se va a lucir ante el consejo de las Naciones Unidas y todo el mundo va a quedarse con la boca abierta y se van a preguntar que si ser tan absolutamente hermosa es uno de los requerimientos para ser almirante de la UNS.

- ¡Rick! – Lisa se rió mientras dejaba que él la condujera a la puerta. - ¡Eres un loco adorable, amor!

- ¿Verdad que lo soy? – Rick le guiñó el ojo. – Ahora no repliques, no me contradigas, haz lo que yo te diga y te prometo que pasaremos una noche tranquila y muy relajada. Es lo que ahora necesitas, Lisa… y lo que te voy a dar.

- ¡A sus órdenes, mi general! – Lisa se cuadró ante él, lanzándole un exagerado saludo militar que lo hizo reír.

- ¡Así me gusta, almirante! Así me gusta…

El piloto pasó su brazo por encima del hombro de su esposa y ella lo abrazó alrededor de la cintura. Los dos se sonrieron, intercambiaron unos besitos y algunas palabras cariñosas y ya sin preocuparse por nada, los dos se dirigieron al elevador para bajar a alguno de los restaurantes del hotel.

El día siguiente sería sin duda complicado y bastante estresante, por lo que Rick decidió que al menos por esa noche él iba a tomar en sus manos la tarea de hacer que Lisa se relajara, se tranquilizara y descansara. No tenía ninguna duda a cerca de la capacidad de esa mujer maravillosa y sabía que si alguien podía plantarse frente al Consejo del Gobierno de las Naciones Unidas y encararlos con nobleza, hidalguía y autoridad, esa era sin duda Lisa Hayes.

Sin embargo, mas allá de la militar consumada y de la mujer fuerte y apasionada, Lisa era también su esposa… y la madre de su hijo. Y lo que ella necesitaba esa noche era un ambiente cálido, tranquilo y lleno de ternura y de cariño. Y esa era precisamente la clase de noche que Rick Hunter pensaba darle. Una noche apacible y llena de amor.

-


-

En su cuarto de hotel, sin duda el lugar más exclusivo y sofisticado en el que había estado en su vida, la teniente Hickson acababa de salir de la ducha. Se había enfundado en su pijama de franela azul y se había ido a sentar sobre la cama, con su laptop en el regazo.

- ¡Vamos, vamos, vamos! – Apresuraba a la máquina para que iniciara.

Kelly sonrió cuando apareció el papel tapiz de su pantalla (una foto de Enkei cuando era un cachorrito de seis meses) y de inmediato abrió su bandeja de entrada para revisar su correo electrónico. Su sonrisa se hizo más grande y más brillante cuando el nombre del Teniente Nicolás Azueta apareció como remitente de uno de los correos electrónicos que tenía ahí. Sin más preámbulos dirigió el cursor a ese correo para abrirlo de inmediato.

Leyó aquellas líneas ávidamente y sin poder quitarse la sonrisa del rostro. Era un correo normal en el que Nick le contaba sobre su día, las cosas que había hecho y los planes que tenía para el fin de semana… los cuales no eran particularmente variados estando en un portaviones. Para finalizar el marino le deseaba buena suerte para el día siguiente y le pedía que lo mantuviera informado sobre todo lo que ocurría en Ciudad Monumento en aquellos días.

Apenas Kelly iba a oprimir el botón de responder, cuando una pantalla apareció súbitamente en su monitor, acompañada de un ruidito que hizo que la teniente Hickson literalmente saltara con la sorpresa.

NA:Hola Kel! ¿Cómo te está tratando Ciudad Monumento?"

KH: "¡AZUETA! Me asustaste…"

NA: "Lo siento Kelly… no fue mi intención. ¿Cómo te va?"

KH: "Ha sido un poco más complicado de lo que pensé, pero… las cosas van saliendo. ¿Cómo estás tú, Nick? Me da gusto verte… leerte… como sea."

NA: "A mi también Kelly… pero, ¿no piensas salir a divertirte o a cenar con alguien? Todavía no es muy tarde, ¿cierto?"

KH: "No… ya estoy en mi habitación y mañana hay que madrugar. Estaba por responder tu correo electrónico… Nick, de verdad… que bueno que apareciste por aquí. ¿Tienes tiempo para conversar un poco?"

NA: "Para ti siempre tengo tiempo, Kelly."

La carita sonriente con la que Nick Azueta acompañó su último mensaje hizo que Kelly sonriera visiblemente emocionada ante aquellas palabras. Últimamente sentía que todos estaban demasiado inmersos en sus propios asuntos… sentía que nadie tenía mucho tiempo para ella. No se quejaba, la verdad es que ella comprendía que cada persona en el mundo tenía su propia vida que vivir… pero que alguien tuviera tiempo para ella… que alguien que se encontraba a miles de kilómetros de distancia de ella, a la mitad del océano en un portaviones, le dijera que para ella siempre tenía tiempo… aquello significaba mucho para Kelly Hickson.

La teniente de la UNS se acomodó sobre sus almohadas hasta encontrar una posición cómoda y después tecleó un breve mensaje en la pantalla:

KH: "Entonces Nick… ¿Cómo estuvo tu día?"

Aquella era, sin duda alguna, la mejor manera de terminar un día que había sido agobiante para Kelly. El conversar con Nick, aun en la distancia y a través de una pantalla de computadora, para ella era casi tan emotivo y emocionante como aquellos inolvidables días que había pasado a su lado en esa ya mítica navidad del año anterior… probablemente la mejor de su vida.

Y aunque ella no podía saberlo, allá en la mitad del Pacífico, a bordo del Argos, el teniente Nick Azueta tenía en esos momentos una enorme sonrisa en los labios… y su corazón latía violentamente en su pecho mientras él se contenía con todas sus fuerzas de revelarle a Kelly un secreto… un secreto que por ahora solo era entre él y su padre, pero que si las cosas salían bien, pronto compartiría con Kelly Hickson. Solo que era demasiado pronto para hacerlo y no quería hacerse esperanzas en vano. El tiempo llegaría… y el teniente Azueta esperaba que más pronto que tarde. ***

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NOTAS DE AUTOR:

- Antes que nada ¡FELICES FIESTAS PARA TODOS! Espero que la pasen muy bien en compañía de sus seres queridos y que el nuevo año venga cargado de sorpresas, alegrías, metas alcanzadas y sueños cumplidos. ¡Muchas felicidades! Y gracias por acompañarme a lo largo de este año.

- Gracias a todos por sus reviews y sus mensajes. Como siempre, ustedes saben como alegrarme el día y yo aprecio, agradezco y valoro cada palabra que recibo de ustedes por cualquier medio. Espero que esta historia siga siendo de su agrado y gracias por todo su apoyo y motivación.

- Y no puedo dejar de agradecer muy especialmente a quienes tanto me han apoyado y ayudado al momento de escribir esta historia. En primer lugar y con mención honorífica a mi Beta Mal Theisman no solo por su magnifico trabajo haciendo las lecturas de prueba de esta historia, sino además por sus consejos, sus sugerencias y sus aportaciones. ¡Gracias colega! Y como siempre, a Claudia y Alex por sus invaluables consejos y todo el apoyo que siempre he recibido de ellos.

- Y este capítulo va además con una dedicatoria especial para mi querida amiga Sandra y su hermosa familia. Ustedes saben por qué.

- ¡Nos veremos en dos semanas! Un fuerte abrazo y que tengan un buen día.

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.: GTO - MX :.