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—Arnold…—el escepticismo en los azules ojos de la chica hicieron probable la idea de tenerse que mudar. ¿Cómo se lo diría a sus abuelos? es más ¿Cómo lo tomarían sus abuelos? Hasta donde ellos sabían, él y Helga solo llevaban un día de novios...
Un día y ninguno de los dos la llamaba por su verdadero nombre. Sonrió, evocando la forma en que la referían.
Geleanor y Eleanor.
¿De dónde salió ese nombre? ¿A caso ella podía ser todas y a la vez ninguna? ¿Dónde estaba la verdadera Helga? La única, auténtica, la que hacía que sus sentidos se pusieran al máximo, la que ponía a prueba sus demonios internos, la lava ardiente de su volcán.
La observó de nuevo, de pie ante él, la gaceta terminó sobre el escritorio de Gerald, sus ojos lo estudiaban atentos, directos, emulando decisión cuando por dentro se encontraba sufriendo.
—¿Aún no me crees?—preguntó, acercándose a ella. Acarició su mejilla, Helga cerro los ojos agradeciendo el contacto, luego se tomó la libertad de llevar un mechón rebelde de rubio cabello a la parte trasera de su oído. Pataki suspiró, tímida, trémula. Él la disfruto, porque en verdad le gustaba verla así, trágica, dramática. La princesa del cuento encantado.
Pero sabía bien, que ella era más que eso.
—¿No he logrado convencerte de que te amo? —preguntó colocando los dedos sobre su barbilla, ella lo miró. La decisión permanecía en su mirar, junto al temor.
—No se supone que tengas que convencerme…—comentó mirándolo con una nueva intensidad. —Creo en lo que veo y en lo que escucho. Sé que hablas en serio, Arnold.
—¿Entonces? ¿Por qué siento que te estás alejando?
—Me pides que renuncie a mi…
—Eso no es…—Helga lo interrumpió, rehuyendo al contacto de sus manos, apartándose lo mínimo para continuarse explicando.
—Mi casa, mis pesadillas, mi convicción. ¿Qué pasará cuando lo que quede, no sea lo que quieres? —él no pensó exactamente eso, aunque ahora que lo mencionaba ¿A caso estaba diciendo que necesitaba flagelarse día con día para enfrentar el mundo con esa arrogancia tan característica suya? ¿Era posible que esa fuerza que amaba en ella, esa seguridad y pasión, vinieran de la mano con el dolor?
Por supuesto.
Pero ella negaba el dolor, rehuía a su pasado, lo enterraba junto al amor y por eso en lugar de decir "te amo" pregonaba "te odio" la contempló a totalidad, no solo sus cabellos desordenados, cayendo por buena parte de su cara, los ojos azules con ese amor incondicional, irrefrenable, las mejillas sonrosadas, los labios llenos, mismos que como siempre, ya se moría por probar. Admiró su fortaleza, ya que cualquier otra persona, luego de confesar lo dicho o de vivir lo mismo, ya se habría dejado derrotar. Se habría dado al alcohol o las drogas, en la preparatoria era bastante sencillo acceder a ambas cosas, había grupos que te ofrecían, te invitaban una probada o si querías más intimidad, bastaba acudir a las fiestas o bares indicados.
Helga pudo caer en algo así, pero seguía aferrada a ser como es…ingobernable, inquebrantable. Sus ganas de luchar se estaban desvaneciendo, pero en lugar de rendirse, ser cobarde y huir, se mantenía en pie, por él…
¿Cómo lo llamó anoche? El inventado y que nunca fue contra el apuesto rubio que ahora es.
Aún si esto era karma. (Cosa que sinceramente, seguía sin creer) él quería permanecer a su lado, luchar sus batallas, arrebatarle el dolor...
—Quiero todo de ti…—pronunció sin chistar. Helga lo miró impresionada, ligeramente desconcertada. Lo supo porque hubo vacilación en sus ojos y una maldición, no pronunciada en el temblor de sus labios.
Él le sonrió y continuó explicando. —Quiero que vivas conmigo porque soy yo el que necesita sentirse tranquilo. Porque no lograría dormir una sola noche sabiendo que hay otro tipo que te ha besado y que además de eso, desea hacerte daño. Nunca dije que no llevaras las maletas, tus miedos, pesadillas, lo que quieras traer a cuestas, te ayudaré a cargarlo.
La carta, por cierto. Sigue siendo parte del trato.
—¿La que nunca pensabas darme…?—inquirió con apenas un hilillo de voz. Arnold sí que sabía como dejarla sin aliento, argumentos, pretextos…
La madurez propia de la adolescencia le había otorgado una seguridad notable. Ya no se andaba por las ramas, decía lo que pensaba y le encantaba.
—Si…—hubo un silencio entre ambos, como si una vez más se retiraran a sus esquinas para planear la siguiente estrategia. ¿Esto era una pelea? ¿Un duelo de confesiones? ¿De voluntades? ¿Por qué todo con él…era tan diferente?
—¿Y por qué…?—preguntó recuperando el aplomo, viajando en su nube haciéndose mil ilusiones porque quizás…quizás, él la amaba desde antes, pero no se atrevía a confesarlo.
—Porque...honestamente, no tengo idea de lo que escribí en ella.
—¿¡Qué!?—gritó molesta. Él se rascó la nuca, sabía que se enfadaría, pero era la verdad.
—Hay rituales,—explicó. —Ceremonias en las que participé para ganarme el respeto y honor de la tribu. Una de esas incluía meditar frente a una hoguera, relajar el cuerpo, aislar la mente…
—Tu mente siempre ha estado aislada Cabezón…—se burló. No porque deseara interrumpirlo, sino porque "necesitaba" interrumpirlo. Su mente, hiperactiva desde siempre creaba infinidad de escenarios. Las palabras "rituales" y "tribu" la llevaban a pensarlo con muy, pero muy poca ropa.
—¿Me dejas terminar? —Pataki dijo que sí pero negó con el rostro. Él la miró sin entender el bochorno en sus mejillas y la mirada esquiva. ¿Creía que esto, que le decía era una broma?
—Helga…—la llamó, porque aparentemente, en su relación. La única con derecho a ponerse "seria" era ella. Y eso lo enloquecía, acrecentaba la lista de cosas en esa mujer que lo sacaba de sus casillas.
—¡Te estoy escuchando!—se defendió, pero seguía sin mirarlo. —¿Por qué no lo recuerdas? ¿Qué era lo que conseguías luego de meditar frente a una hoguera y aislar tu mente?
—Volver a dormir…—respondió con un barítono que no sabía, ni de donde se sacó.
—¿¡Qué…!?—inquirió ahora si, mirando el conjunto completo. Porque no es que no lo notara antes, ella siempre lo notó desde antes, pero Arnold Shortman era más que un simple rubio apuesto. Estaba bellamente trabajado, muy bien esculpido, esos músculos que había tenido en torno a su piel a lo largo de la noche entera, aparecieron cuando volvió de la selva y su cerebro, entre más pensaba en eso, estaba dejando de enviar la señal para que entrara el oxígeno necesario a su cuerpo.
La forma en que la miraba Arnold, esa oscuridad seductora que descubrió apenas ayer que la volvía loca, estaba otra vez ahí, juzgándola, retándola…se mordió el labio inferior y fingió sumo interés en lo que sea que le estaba diciendo.
—Tú me quitas el sueño, Helga…
—¿Qué…? —¡Dios, si que la ponía idiota! Nunca había repetido la misma palabra tantas veces en un periodo tan reducido de tiempo. Shortman sonrió, acortando la distancia entre sus cuerpos, ella sintió que si se acercaba más se moriría ahí mismo y si la tocaba ¡Mejor que no la tocara! —se replegó hacia atrás, el chico se extrañó por el acto. Pensó que estaba molesta o que su confesión aún le parecía una broma pero nada de eso explicaba el nerviosismo y bochorno, la forma en que humedecía sus labios, el cómo miraba su cuerpo, porque obviamente, él notaba cómo miraba su cuerpo.
—¿Me estás escuchando o solo finges para tenerme ocupado?—Helga dio una inhalación profunda, calmó sus impulsos, sus ansias. Tenía años de experiencia en eso, lo tenía controlado. Si, controlado. —se mintió.
—Te estoy escuchando…—insistió, sin mirarlo a los ojos, porque esa mirada oscura, peligrosa y sexy era lo que indudablemente la llevaría a la perdición.
—Mientes.—sentenció.
—¡No lo hago!—replicó.
—Puedo ver claramente que estás divagando.
—¡Tengo problemas de concentración! —gritó. —Aparecieron el primer día de escuela, cuando fuiste estúpidamente amable y te convertiste en mi fantasía delirante.
—¿Perdón?—se burló, agradecido y halagado por su honestidad.
—¡Que te hagas a un lado! ¡Agotas el oxígeno en este cuarto, tan absurdamente reducido, y por ultima vez. Sí te estoy escuchando!
—¿De verdad, que fue lo último que dije?
—¡Algo de que no puedes dormir! —respondió un poco furiosa, aunque sus mejillas seguían rojas y sus labios humectados. Él se acercó otro poco más, Helga ya no tenía a dónde escapar, chocó con el escritorio de Gerald, él prosiguió, quizás con intención o gozo, de saberse su perdición.
—Así es, intento decirte que cuando estaba con mis padres, lejos de todos y todo lo que había conocido. Despertaba alterado, (omitió el "gritando") pensando en ti.
—¿Por qué en mi…?—miró sus ojos, la sensualidad de esos ojos, el poderío, la fortaleza, mezclándose con su alma noble. Sintió que se le secaba la garganta, que se le encogía el estómago, que quería anclarse a él, arrancarle las ropas y fundirse en su piel…¡No Helga! ¡No pienses en eso!—se gritó de manera interna. Pero otra voz le contestó a esa, que fue él, quien empezó. ¡Tan apuesto, maduro, ardiente! ¡Tan, él…!
—No lo supe entonces pero estoy seguro de saberlo ahora…—confesó. Mirando el adorable rubor de sus mejillas, el nerviosismo de sus ojos, el temblor de sus manos, la intención…que le hizo recordar sus sueños.
Las pesadillas que la incluían a ella y al ultimo de sus besos. Ese que se dieron en navidad, dónde saboreó su lengua y se entregó al clamor de sus labios, dónde supo indudablemente que se trataba de ella y que podría besar a otras, pero que ninguna, lo besaría como Helga.
Un beso lento, que se volvió apasionado. Un beso que parecía hablar de ellos, lo inconcluso, lo confeso pero jamás vivido.
En la pesadilla, él se rendía. Dejaba caer sus barreras, mandaba al infierno a esa voz que decía que debía separarse de ella. Porque sí, eran conocidos, eran amigos, pero jamás habían compartido algo tan íntimo. Helga era su "bully" pese a haber confesado amarlo, era la mujer que lo ponía contra las cuerdas y le hacía perder toda pelea. Era la que le daba la mano y después volvía a tirarlo o patearlo. Era la mujer que quería y a la vez temía porque si lo entregaba.
Helga G. Pataki, haría pedazos su corazón.
Él lo sabía, lo comprendió desde el principio, que sus pasiones eran desmedidas, que ella era fuego y él viento. Que uno de los dos, si es que terminaban juntos consumiría al otro, pero por alguna razón, no podían mantenerse demasiado lejos del otro. Intentaba olvidarla, negarla, conformarse con ser su amigo, hacer caso omiso de todo lo dicho.
Pero cuando lo estaba logrando, cuando conseguía avances con Lila o cualquier otra chica, aparecía de nuevo. El encuentro inesperado a medio pasillo, el choque de sus cuerpos, la pelea entre ambos, el movimiento de sus labios diciendo mil maldiciones, cuando todo lo que pensaba él, era que quería besarlos.
Más no se atrevería a tocarlos porque él, era el caballero, el muchacho amable, el que siempre pedía permiso…Y ya estaba cansado, de seguir las reglas del manual.
La besó de la exacta manera en que habían hecho e hizo lo que en el sueño tanto había repetido. Se abrazó con una mano a su barbilla, con la otra a su cintura, la pegó de tal manera a su piel que la sintió entre sus formas con toda su fortaleza. Y no tenía idea de qué era con lo que Helga había estado divagando pero debía estar en la misma línea de pensamiento puesto que sus manos, lo aferraron de la exacta manera, la muñeca herida en su cuello, la otra por la parte baja de su cintura, pegando sus pechos, separando las piernas, acomodándose a él, moldeándolo a él.
Hubo un momento en que los alientos se agotaron y sus labios se separaron, él no quería liberarla, dejarla…mordió el labio inferior de la mujer como hizo en su casa pero en esta ocasión sí logró lastimarla. Helga lo dejó hacer, lejos de abofetearlo o tirarlo y golpearlo, lamió la herida recién abierta y lo miró con desafío.
¿A caso no eran los dos jugando con fuego? ¿Deseando rebasar los límites, conocerse, sentirse? Helga lo retó con un movimiento de rostro, en realidad no supo si eso fue lo que hizo, pero él así lo sintió.
Su fuego, la lava ardiente del volcán.
La acorraló de nuevo y se olvidó de pensar. La levantó por los glúteos, sacándole un grito que ahogó al reclamar su boca. Helga enredó las piernas en torno a su cintura y se aferró a él para no caer, hubo tiempo para la sorpresa, para la vacilación, para que le temblaran las rodillas puesto que este era un movimiento nuevo y jamás había intentado levantar a su novia.
El equilibrio se fue al demonio, intentó apoyarla, pero no alcanzaron el escritorio o la pared, chocaron contra el librero que sostenía sobre la parte mas alta un trofeo de baloncesto que por el impacto de sus cuerpos juntos se fue irremediable a la nada y se rompió en pedazos.
Helga gritó, él la bajó, o quizás fuera mejor decir que la dejó caer una vez recordó donde estaba la cama de su amigo. Ambos tenían ahora las respiraciones agitadas, los labios hinchados, las ropas fuera de sitio...
Gerald, iba a matarlo.
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En la parte baja de la casa, Jamie 'O intentaba hacer algo con la información que recientemente le habían dado. No le gustó lo primero, aborreció lo segundo y definitivamente iba a rumiar durante horas por lo tercero, pensó en comenzar su discurso diciéndole a Gerald que estaba "bien" que defendiera a su amiga, que persiguiera a ese loco, pero que estaba tremendamente "mal" que lo hiciera sin estar preparado.
Tenía las palabras exactas en la punta de la lengua cuando se escuchó un sonoro golpe, en la parte de arriba seguido del grito de la rubia.
Los tres se miraron con sorpresa. Obviamente el lobo feroz no estaba en la casa, era imposible que Jake Cabot irrumpiera en "su" casa y por tanto la explicación era solo una.
Se dibujó en sus labios, en la sonrisa bobalicona que hizo que Gerald se pusiera más pálido que la misma muerte y Phoebe más incómoda que cuando sus padres insistieron en que viera las fotos de Gerald de bebé.
Era un bebé lindo.
Y hablando de niños…
—¡ESTÁN HACIENDO BEBÉS! —gritó como lema de guerra, como el líder de los Espartanos con escudo y lanza en mano. Su hermano saltó del sillón, subiendo las escaleras lo más rápido que pudo gritando como era de esperarse a todo pulmón.
—¡NO PUEDEN HACERLO EN MI CUARTO! ¡NI SIQUIERA YO, LO HE HECHO EN MI CUARTO!
Jamie'O estalló a carcajadas, Phoebe en serio que no encontraba dónde esconderse. Su "cuñado" le dio golpecitos en la espalda para tranquilizarla argumentando que Gerald era tan torpe, algunas veces, de verdad, le facilitaba tanto el burlarse en su cara. Y si "lo estaban haciendo" el susto que se llevaría al abrir la puerta, no tendría nombre, ni apellido.
Phoebe suspiró, Gerald obviamente no pensó en eso. Pensó en años de psicoterapia para volver a dormir en su muy amada y pachoncita cama.
Abrió la puerta de un solo golpe y encontró a los culpables de su mal humor, los morados en su cara y de que no tuviera un fin de semana "romántico" manoseando "algo" en su escritorio.
—¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?! —los rubios levantaron las manos, como si aquello fuera un arresto y mostraron el cuerpo del delito. Descansando sobre la madera opaca, partido en tres partes que eran las mismas que lo conformaban.
Antes de que comenzara a gritar, porque como todo adolescente tenía su carácter y su habitación era su templo, mismo del cual él era el Dios, absoluto, inquisidor y quizás….muy en el fondo benévolo.
Helga lo cayó.
—Puedo repararlo, soy bastante buena de hecho. Años de experiencia destruyendo y "reparando" los trofeos de Olga, sin jamás ser atrapada y antes de que lo digas. No fue un acto premeditado, nosotros…
—NO ME HAGAS PENSAR EN USTEDES COMO UNA UNIDAD. —respondió furioso. Y los obligó a separarse.
Esta, no era la primera vez que ese trofeo se caía y se partía. Timberly lo había botado accidentalmente cuando golpeo el librero con una pelota, porque la "señorita" no entendía que el soccer se practicaba afuera y no "dentro" de la casa. Su madre lo tiró cuando movió el librero para "levantar" su chiquero. Su padre y hermano lo tiraron como seis veces más cuando su lugar no era ese, sino una de las mesas de la sala.
No era "el gran trofeo" estaba hecho de resina y plástico, mal acabado y no representaba un primer lugar o un oro. Era de color plata y decía segundo lugar, pero hacía referencia a una competencia estatal y eso era lo que le gustaba de tenerlo postrado.
Los "novios" lo miraron temerosos a la espera de su veredicto y él tuvo que tragarse los argumentos al caer en la cuenta de que, la que estaba más "desvestida" era Helga. Su camiseta tipo jersey estaba fuera de sitio, sus cabellos sueltos más enmarañados que de costumbre, pero la cereza del pastel, no era esa, sino que tenía una herida como la propia, en los labios.
Al "Terror Pataki" nadie la había marcado con un puñetazo en la boca. Su novio, casi le arranca la boca. Y eso de verdad, le agotó la paciencia.
—¿Helga, por qué no bajas con Phoebs en lo que yo hablo con Arnold?
—En serio, puedo...
—¡NO ME IMPORTA EL TROFEO! ¿Puedes salir, antes de que me porte como un verdadero tarado, contigo? —la rubia asintió, el bochorno visible en sus afilados rasgos y antes de que atravesara el umbral por completo, Gerald comentó.
—Tal vez quieras acomodarte la ropa primero, mi hermano…
—Entiendo y de verdad, lo siento…—cerró la puerta y corrió a esconderse en el baño con la vergüenza ardiéndole mucho más que los labios, además de la maldita muñeca doliendo como el infierno porque le dio miedo y sorpresa y se aferró al cuello de la camisa de Arnold con todas sus fuerzas temerosa de caer, aunque ahora no sabía el por qué.
Él nunca la dejaría caer. Era fuerte, indómito, salvaje…
¡Dios…!
¿Y así, quería que se fuera a vivir con él?
Gertrude, iba a castrarlo.
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—¿¡TE VOLVISTE LOCO!?—gritó Gerald, sumamente molesto. Porque las dos veces que habían comprometido la santidad de su cuarto, el que comenzó fue Arnold.
—Lo siento, Gerald.
—¡No! ¡No lo sientes, porque si fuera así, no la estarías provocando!
—¿Qué, tienes cámaras?—preguntó molesto, frustrado porque aparentemente Gerald, se había auto proclamado el guardián de la virtud de Helga.
—No me hacen falta, sé leer a las personas y de los dos, ella era la única con los labios rotos. Escucha, sé que es tu novia, entiendo que sea más que bonita…
—¿Que dijiste...?—inquirió con aún más molestia en la voz. Gerald supo por dónde iba y le agradó la idea de arrojar más leña a la hoguera.
—Que no es bonita, es sexy…ardiente.
—Retráctate.
—Todos antes que tú ya lo habíamos notado. ¿Por qué otra razón crees que vamos a verla jugar? Jake Cabot es un animal en celo, pero al menos es un animal honesto. ¿Cuál es tu pretexto?
—¿Estás comparándome con Cabot?—preguntó, ya no molesto. Sino furioso, porque el dedo seguía en la yaga. El hecho de que todos vivían en este mundo, menos él. ¿Qué le pasaba a su mente? ¿Se iba a Narnia y no regresaba? No era el momento de pensar en eso. Era el momento de decirle a Gerald que bajara los humos o él, le rompería lo que le quedaba de cara.
—Estoy tratando de entender, viejo. Sé que la loca era ella, la enamorada, apasionada. Si sigues con esta "patética idea" sugiero que vayas a la P.S 118 y pidas los números de las Gacetas donde publicó "La Señorita G" a todo nos hizo reflexionar, amar, crecer…
—Gerald,—interrumpió. —¿A dónde quieres llegar con esto? ¿Y a qué te refieres con patética idea?
—Me refiero a que puedo con el hecho de que siga enamorada de ti, pero ¿Cómo esperas que crea que de la escuela a tu casa, te enamoraste también?
—¿Perdón?—inquirió pasando de la furia al deseo homicida. ¿Quién era él para cuestionar sus sentimientos por la mujer?
—Por lo que veo y entiendo. Al igual que a Cabot, a ti solo te gusta su cuerpo…—Arnold soltó el primer golpe, mismo que fue esquivado y respondido.
En sus años de amistad, varias veces se habían peleado y no en todas Shortman salía bien librado. Esta vez era diferente, porque le ofendía y enloquecía todo lo que el moreno decía. ¿A caso Gerald, guardaba más que sentimientos de amistad por Helga?
Se lo preguntó.
—¿No serás tú el que desea estar con ella?
—Tanto como desearía, pasar la eternidad en el infierno.
—Entonces, no entiendo…
—Porque eres denso, Arnold…—el calificativo le enfureció y en esta ocasión, sí lo derribó y golpeo. Johanssen escupió un poco de sangre, el labio inferior se le volvió a abrir y sonrió con dientes blancos, manchados de carmín.
—Helga, es la hermana de mi chica. Yo no pretendo otra cosa, más que llevarme al altar a mi novia. Puede que no ahora, pero cuando terminemos nuestras carreras, estemos titulados y tengamos muchos ceros en nuestra cuenta. Phoebe será mi esposa y eso convierte a Pataki, en familia.
—¿Espera, qué...?
—Mi propia hermana, está convirtiéndose en una mujer de lo más hermosa y mi trabajo es procurar que no existan "Jake Cabot's" en su vida. Cuidar de Helga, puede que me ayude a proteger a Timberly, así que disculpa si debo insistir.
Arnold, que para estas alturas estaba encima del otro con los puños cerrados, en espera de asestarle el golpe fatal se disculpó de manera interna por haberle abierto el labio a su mejor amigo, por haber pensado cosas que no estaba permitido pensar, por besar de manera arrebatada, alucinante y apasionada a su novia dentro de una que "no era su alcoba" e iba a decirlo en alto, pero Gerald no era precisamente un luchador honrado.
Le colocó un puñetazo en el ojo izquierdo, lo derribó al piso y preguntó de nuevo, haciéndole una llave de lucha que seguramente todos conocían menos él, porque no veía luchas, ni participaba en ellas, ni acostumbraba acabar de cara al piso con un moreno que pesaba como el tormento rompiéndole los huesos.
—¡No fue de la escuela a mi casa! —replicó, golpeando el piso con la mano libre, en espera de ser liberado. —¡Me gustaba desde antes, desde el Chez París, la tercera vez que nos besamos!
—¿¡Tercera…qué!?—Gerald aligeró un poco la fuerza con que lo sometía, pero no lo liberó. Ahora estaba molesto por no saber de qué diablos le estaba hablando. Al Chez París, que él supiera. Sólo había ido con dos chicas: la primera era Cecile y la segunda era Lila. ¿Dónde demonios encajaba Helga? ¿Y cuales fueron el primer y segundo beso?
—No te lo dije nunca porque hablamos de Helga, mi bully personal, tú pensarías que estoy loco.
—Ciertamente, eso es lo que pienso…—presionó un poco más el brazo que le doblaba cruelmente hacia atrás y el rubio gritó.
—¡Gerald, basta! ¡Suéltame!
—¡NO! —y fue su turno de convertirse en el vasallo del Diablo. Le susurró al oído, como un sicario o un ser de lo más desalmado. —Me vas a decir todo lo que no sé, supuesto "mejor amigo"
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En la sala, Helga ya se había unido a Phoebe y Jamie 'O, el adulto responsable tuvo la cortesía de disculparse e ir a meterse a la cocina. ¿Querían tacos? ¿Hamburguesas? Apostaba a que podía hornear un pastel.
—Hamburguesas estaría bien. —comentó Phoebs, recordando que Gerald, amaba ese platillo en particular. Cuando quedaron a solas, Helga no sabía con qué taparse la boca y eso le dio risa a su amiga. "¿Quien pensaría que esa era la forma de mantenerla calladita y bien sentadita?"
—¿Sigues segura de que no han hecho nada de lo que te puedas arrepentir en no sé, nueve meses aproximadamente?
—Totalmente segura…—respondió con la mano herida en la boca. La morena disfrutó y picó otro poco.
—¿De verdad?
—¡Si!—se quitó la mano de ahí para darle más énfasis a su enojo. Ella sonrió de lado y siguió.
—¿Aún no has contado los lunares que pueda tener en las abdominales y la espalda baja?—inquirió. Porque lo intuía, entre más maduraban y la rubia insistía en seguir pregonando su amor a los cuatro vientos. Ella sabía, que si llegaba a tenerlo, no se podría controlar. Ya no eran fantasías, ya no eran poesías, ya no era la edad de los unicornios rosas. Era la edad de las hormonas y la sorpresa era que aparentemente, Arnold tampoco se podía controlar.
La envidió, porque Gerald era un caballero y ella estaba ligeramente…"interesada" en algo más. Demasiado control parental en su vida, necesitaba portarse mal, lo compensaba cuando salía con Helga, pero maldición.
La rubia se puso totalmente roja y volvió a taparse. Ya no la boca sino toda la cara. Phoebe terminó por reír, soltó una risa afable, amigable. Helga la miró como si estuviera loca. Sabía que Heyerdahl tenía el talento para reinar en el infierno, sin jamás haber juzgado a nadie.
Sólo los picaría con su tenedor gigante, a la distancia prudente y sin sentirse culpable.
Cuando iba a comenzar a molestarla también, escucharon los gritos en el piso de arriba, los golpes que indudablemente hablaban de una pelea y las dos, junto con Jamie'O se miraron aleatoriamente como para decidir, ¿Quien iría a separar a los niños?
—¡Tú tienes prohibido volver a salir de mi campo visual! —le comentó a Helga, quien volvió a tomar un cojín del sofá y taparse la cara.
—Iré yo…—sugirió la morena.
—Pero si están peleando y te metes en el medio saldrás volando. —comentó Helga, puesto que su amiga seguía siendo delgada y baja de estatura. Phobe no se ofendió, sabía de sus nulas posibilidades en campo armado. A Jamie'O se le quemaba la carne en la estufa, así que accedió a que subieran las dos.
—¡Pero más les vale que bajen los cuatro o los amarraré a una silla y los obligaré a ver documentales de paternidad!
—¿¡QUÉ!?
—Si van a hacer bebés, deben saber como cuidarlos…
—¡NO ESTÁBAMOS HACIENDO BEBÉS!—gritó Helga, con el rostro incendiado pero gracias al "beso" de Arnold, ninguno de los dos le iba a creer. Los gritos en la parte superior aumentaron.
"¡YA SUELTAME!"
"¡JAMÁS!"
A las dos les dio pánico que de verdad se estuvieran golpeando, Gerald ya estaba algo maltratado cuando llegaron y Arnold tenía las habilidades combativas de una patata. Subieron corriendo, Jamie'O regresó a la cocina y comenzó a cantar.
"…PRIMERO TÚ ME DAS, LUEGO YO TE DOY…"
Pasaron de largo el pasillo de las habitaciones, todas abiertas con excepción de la de Gerald, por el rabillo del ojo alcanzaron a ver a la abuela, sentada en su sillón reclinable, viendo el televisor con Mantecado acomodado a sus pies, tejía o al menos eso pretendía porque el peludo bribón estaba haciendo trizas la inocente bola de estambre. Intercambiaron miradas, una vez alcanzaron la puerta indicada, ya no se escuchaba nada.
Ni un susurro o murmullo.
—¿No creerás que…?—preguntó Helga pues Gerald se veía realmente molesto cuando la corrió de su cuarto. Y como deportista que era, además de la hermana ignorada, entendía que los trofeos eran importantes, marcaban la diferencia, hacían saber tu posición en la familia.
Se sentía horriblemente mal por destruir esa maldita cosa. De hecho, se sentiría menos culpable, si hubieran tirado su diploma de secundaria.
Phoebe le sonrió.
—No creo que Gerald llegara a matarlo, recuerda que viene de una familia de oficiales de policía. Pero puede que lo obligara a matarse a sí mismo o que esté construyendo justo ahora, una delicada pero perfecta escena del crimen. —Helga casi admiró el brillo malévolo en los fríos ojos de su amiga, recordando "por qué" se hicieron amigas. Ambas amaban planear, eran metódicas, inteligentes y por supuesto, cínicas y obsesivas. Ignoró el comentario y colocó los dedos de la mano sana sobre el pomo.
Lo habían hecho decenas de veces, en la primaria y secundaria para espiar a Arnold y la estúpida Lila cuando tomaban su almuerzo en cualquier otro salón para tener intimidad. De recordarlo le hervía la sangre, pero bueno.
Ahora el pequeño "bastardo" era suyo y adoraba su enorme, balonesca y estúpida cara.
No quería que se la deformaran. (más, a decir verdad)
Giró el pomo con soltura, Phoebe se acomodó por detrás, como siempre lo hacía, cuidando sus espaldas, analizando las sombras a la espera de mirones, personal administrativo o de intendencia que las hiciera correr como alma que lleva el diablo en dirección de la nada. Abrió la puerta, apenas una rendija, las dos aguzaron su vista y después…
Después…
Veían a sus novios, uno encima del otro en una posición de lo más íntima y una gritaba, mientras la otra huía, porque la palabra del día era "BEBÉS" y llámenlas locas, ¿Pero qué otra cosa se podía pensar de esas llaves grecorromanas que aparentemente Gerald Johanssen sabía hacer?
Los chicos se separaron al grito de Phoebe, que fue secundado por la voz histérica de Helga, la abuela no escuchó nada pero Jamie'O soltó su sartén, apagó la estufa, se quitó los guantes, gorro, mandil y si no fuera porque era su casa, habría tomado el arma de fuego y revisado las balas en el cartucho.
Salió a paso firme, llegando a la sala y a tiempo justo para ver. Como su querida cuñada y su odioso hermanito se caían por las escaleras.
Arriba, aún en la seguridad del pasillo, Arnold tenía a Helga fuertemente agarrada del brazo, el sano, no el herido, el que ya le dolía y le dolió a un más porque no pudo reprimir el impulso de abofetear a su novio.
—¡IDIOTA!
—¡Yo no hice nada!
—¡POR ESO! —A como Helga entendía, uno no se dejaba atrapar por una llave de esas y simplemente se quedaba tirado esperando clemencia. ¡Era por dignidad! ¡Sentido común, virtud, valía! ¿¡Cómo ese idiota no lo entendía!? —bajó las escaleras hecha una furia, solo los dos escalones que le tomó ver a su amiga aplastada por su novio y desparramada en el piso.
—¡PHOEBS!
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Jamie'O cumplió su amenaza, una vez le colocara a cada quien, cada cosa en su lugar.
Es decir, que Helga tuvo que quitarse la muñequera, tomar sus drogas felices y cambiarse de vendas porque la mano la tenía el triple de hinchada, Arnold recibió la carne de su hamburguesa cruda para ponérsela en el ojo y un poco de ungüento para los golpes de su quijada y la "bofetada" Gerald, tenía los labios hechos una auténtica desgracia, así que no podía ni abrir la mandíbula. Su hermano revisó que no requiriera sutura. No era así, solo tenía que mantener una compresa con hielos pegada a los labios durante un considerable rato. Phoebe, se rompió los lentes en la cara y ahora se arrepentía por "pecar de pensamiento" la próxima vez que quisiera más "acción" en su vida, se subiría a un juego mecánico y accidentalmente olvidaría cerrar su cinturón. Al menos así conservaría su "vista" sin los lentes no veía una mierda, solo manchas borrosas y su cuñado los castigó, repartiéndolos en los sillones de manera que él creía que estarían tranquilos.
(Arnold con Phoebe y Helga con Gerald) para que miraran documentales sobre educación sexual y cuidado de infantes.
Phoebe, estaba ciega pero no sorda, quería apuñalarse los oídos con un lápiz bien afilado de la pura vergüenza. Arnold, que tampoco veía demasiado bien la entendía. Gerald, que ya había dejado de sangrar estaba resignado y "tranquilo" hizo que Shortman le confesara cosas desde el día que se conocieron y eso para él era un éxito.
—¿Y entonces ustedes sacan seis y tres en biología porque no saben o entienden…?—comentó la rubia señalando la pantalla donde una mujer y un hombre, estaban a punto de enseñar científicamente "cómo tener sexo".
—¡CÁLLATE, HELGA!—gritaron los tres pero la chica estaba drogada. Y desde siempre había tenido problemas para mantenerse callada.
—¿Tus problemas conmigo, siempre han sido porque te quitaba la atención de Arnold? —preguntó, ladeando el rostro y mirando al moreno que tenía a menos de siete centímetros de distancia.
—¡Cierra el pico, Señorita G!
—¡No me llames así!
—¿Qué demonios significa eso para empezar?
—Señorita Golpeadora, grandísimo idiota.
—¡Ja! Claro, "amor, amor, amor" todo lo que escribías eran un montón de cursilerías.
—¡Qué leías!
—¡Para pensar en Phoebe!
—¡Pervertido!
—¡Lunática!
—¡YA BASTA! —gritó Heyerdahl, porque la falta de visión le estaba dando un tremendo dolor de cabeza. —¡La "G" es por su segundo nombre, que prácticamente es tu nombre!
—¡PHOEBE!—gritó molesta. E intentó levantarse, pero esas drogas felices eran materia pesada. No tardaría en quedarse dormida, Arnold lo sabía y suspiró pensando en ¿Cómo la iba a sacar para llevársela a casa? —la contemplación de la idea lo puso feliz y nervioso. Más lo último, el pedazo de carne en su ojo terminó por caer directo a su estómago.
—¿Mi nombre?—preguntó Gerald, mirando al a "ebria" que se le había tumbado encima porque ya no podía con su alma. La sostuvo exactamente igual que Arnold a "Mantecado" como si le diera urticaria con tan solo tocarla.
—Si, Geraldo. Mi segundo nombre, es el femenino del tuyo. Y ahora ya sabes por qué lo escondía tanto.
—¿Tu nombre completo es Helga Geralda? —Arnold estalló a carcajadas, Phoebe rumió pensando en aclararle la idea, pero entonces Helga contraatacó.
—¿Y tú dices que Arnold, es el denso?
—No se puede ser perfecto en todo, Helga.
—Phoebs mírame a mi, le estás hablando al perchero.
—Te lo advierto, sé demasiadas cosas vergonzosas sobre ti, así que no seas cruel
—En la lista de días más locos que hemos vivido, este se lleva el premio.
—Sip —concedió la morena, menos amenazante y más divertida.
—¿No fue romántico? Gerald y Arnold se confesaron sus sentimientos…
—¡HELGA!—gritó Arnold y la rubia se mordió la lengua.
—Está bien, solo quiero que me digan que versión vamos a dar el lunes en la escuela para poder relajarme y apagar mi cerebro.
—Podría ayudarlos con eso, aunque sería un movimiento bastante arriesgado. —Comentó Jamie'O que había terminado de llevarle la comida a su abuela.
—¿Arriesgado? —cuestionó la rubia. —¿Dirás que nos subiste a tu auto y lo estrellaste en la autopista?
—No, aunque eso también podría funcionar. Pensaba en ajustar cuentas con ese tal, Jake Cabot, —Helga, se bajó la embriaguez de los fármacos y se acomodó de nuevo sobre el respaldo del sillón, los demás miraron a Jamie como si fuera un tarado, pero que él recordara nunca le dijeron que la rubia no podía estar enterada.
—¿Qué clase de cuentas tienes con él?
—Tenemos historia. Su padre le quito el puesto al mío y ahora él golpeó a mi hermanito. Puedo abrir un expediente con eso, investigarlo de manera directa y decir que tal vez, no golpeó solo a Gerald.
—Eso ultimo sonó peligroso. —comentó Helga. —Todo lo anterior me parece bien, pero si lo que quieres son más cargos contra él, toma esto…—buscó en el bolso que traía en la cintura y sacó su teléfono celular. Seguía apagado.
—¿Qué clase de prueba es esta?—preguntó Jamie pues en su explicación, los chicos solo llegaron a la parte en que Gerald fue golpeado. No aclararon que Cabot llevaba meses acosándola y que fue a él, a quien ella golpeó.
—En la comisaría de aquí se burlaron de mi. Me acusaron de provocarlo por el simple hecho de estar "respirando" ¿A dónde esperas que mire? ¿Qué es lo que quieres que piense? Su padre, como ya dijiste trabaja en el cuerpo de policía y aparentemente la versión oficial es que "Yo me ofrecí" No pude levantar una denuncia porque soy menor de edad y eso significa que no existo, ni tengo derechos, ni nada de nada hasta que pueda votar.
La razón principal de esto, es que vivo sola. Y si insisto en hablar de él, me sacarán de la escuela y enviarán mucho, muy, demasiado, bastante, lejos.
Jamie'O se quedó de piedra, los chicos también porque ella solo había comentado que intentó proceder de manera legal "dentro de la escuela" No tenían idea de que había agotado todas sus opciones en Hillwood.
—¿Quien te dijo eso en la comisaría?—preguntó Jamie, el detective privado, el oficial a cargo.
—¿Que lo provoqué? Prácticamente todos, es un pueblo pequeño, lleno de cerdos, sin ofender a tu difunta y deliciosa mascota, Arnold.
—¿Y lo de enviarte lejos?—inquirió mirando a su hermano y a los otros chicos. Porque eso era delicado, una menor de edad no podía estar viviendo sola, ni siquiera en Hillwood
—Eso es más complicado. Jake lo sabe, no sé como. Y me ha estado amenazando con decírselo a todos. Empezando con su padre y no sé como proceda de manera real, pero me hace sentir como indocumentada a punto de ser atrapada por migración. Generalmente aguanto, pero este ultimo mes, la pasada semana. Todo se fue al carajo.
—¿Esas amenazas están aquí?—insistió Jamie presionando el teléfono, sin decidirse aún a encenderlo. La chica asintió, sin mirarlo a él.
—No tengo recursos. Si crees poder ayudar, debes saber que mi familia está dividida. Lo último que supe de mi hermana y madre es que de Francia se irán de tour por toda Europa. Mi padre sigue pagando los servicios, enviando dinero a la tarjeta de débito pero por más que llamé y envié mensajes de texto, correos electrónicos, Bob no respondió.
Creo que debí poner en el remitente "Olga" en lugar de Helga…—Jamie'O no supo a lo que se refería, los demás sí y sintieron ganas de patearle la cara al Gran Bob Pataki.
—Mi punto es, que si vas a usar eso para ajustar cuentas con el tipo que tiene en la mira a parte importante de tu familia, solo puedes verlo tú. No quiero que lo vean, ni se involucren Phoebe, Arnold o Gerald.
—Desde luego.
—¿Si salen las cosas mal, tendré que testificar?
—Nada saldrá mal. Tú continúa con tu vida, confía en mi.
—Es lo que he estado haciendo las ultimas cuarenta y ocho horas de mi vida…
Porque era muy probable que Jake Cabot abriera la boca y arruinara su vida. Nunca debió golpearlo, nunca debió humillarlo, nunca debió retarlo.
Pero entonces…
¿Nunca debió estar con Arnold?
Se quedó dormida. Esas cavilaciones se las guardó para sí misma y los demás, llegaron a las mismas.
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—¡Si se lo dijo a su padre, es probable que ya la estén buscando!—comentó Phoebe.
—No lo creo, ese tipo fue directo a su casa. —la tranquilizó Gerald. —Quiere asustarla, pero no va a entregarla. Si se la llevan de Hillwood, no se podrá acostar con ella.
—¡Gerald! —reprendió Jamie.
—¿¡Qué!? Eso es lo que quiere, por eso me atreví a seguirlo.
—¡Bien! Pues mi consejo es el mismo. Sigan con sus vidas, si preguntan por los golpes en sus caras "chocamos con el auto" Y si tienen algún voluntario para ser "tutor" temporal de su amiga, inclúyanlo en la fiesta rápido. No podemos ser nosotros porque ya estamos bastante involucrados, Gerald.
—¿Phoebs?—preguntó el moreno.
—Hablaré con mis padres, pero nuestra casa no tiene habitaciones disponibles.
—En teoría, solo tendrían que decir que estaban enterados de que sus padres se irían y hacerle algunas visitas de tanto en tanto. Su padre, le sigue dando dinero para sus gastos. Y entonces, el único problema que queda es la seguridad de su casa.
—Yo me ocuparé de eso. —comentó Arnold ante la atenta mirada de todos.
—¿No estás planeando montar guardia en la puerta de su casa, cierto?—comentó Gerald.
—Le pedí que se mudara con nosotros a la casa de huéspedes. Aún no me ha dado respuesta.
—Si estaban como sanguijuelas poco antes de tirar su trofeo, la respuesta es sí. —comentó Jamie'O para el bochorno de Arnold y la diversión de Phoebe y su hermano.
—¡Bueno, ya quiten esas caras! ¿Quieren otra cerveza? ¡Esperen, alguien debe acompañarme a chocar el auto!
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Continuará...
Vengo corriendo, pero ya saben que agradezco mucho su apoyo y el que sigan de cerca la historia.
Nos leemos en la próxima.
