Como se darán cuenta al leer este oneshot se puede considerar una pequeña continuación del anterior. Esto es porque Thithalia me lo ha pedido... ¡espero que te guste!
PUNTO DÉBIL
El más fuerte, reinaba.
Era así de simple. En el inframundo no existían las reglas, cada vez que un demonio quisiera convertirse en el manda más, solo tenía que pedirle a este una pelea. Pero desde que esas peleas se habían detenido ya habían pasado por lo menos cincuenta años. ¿Por qué? Simple, ninguno era capaz de superar al actual "rey". Más conocido por lo humanos como "El Diablo".
Antes de convertirse en Satanás era conocido como Hiruma Youichi, un demonio sin nada de alago. Era simple. No tenía afinidad con ninguno de los elementos, las bestias se rehusaban a acercarse a él. Lo único que tenía a su favor era que no había otro demonio con la misma inteligencia que él; se acostumbró a hacer trampa, manipular, engañar. En resumen, se convirtió en un verdadero demonio.
¿Cómo poder derrotarlo? Los medios normales no funcionaban, un combate limpio siempre perdía el que osaba enfrentarlo. Si se quería ganar solo había que volverse como él. Y eso Agon lo tenía muy claro. A decir verdad, era el único que sabía eso. El resto de los demonios se creían demasiado importantes (o no tenían el cerebro suficiente) como para volverse como Hiruma.
Tck… llevaba años fijándose en Satanás, pero todavía no podía descubrir un punto débil para atacar. Aunque… en los últimos días había estado un poco raro: sus ausencias del inframundo eran más constantes, se estaba volviendo un poco más calmado y ya no castigaba a cualquiera sin razón. Eso solo lo llevaba a una cosa: algo estaba ocultando.
No podía seguirlo. La única bestia (si es que podía llamarse así) que lo toleraba era un simple perro que lo acusaría sin ninguna duda. O tal vez tenía suerte. Vio como en ese momento el "famoso" Diablo mandaba a Cerberos para que persiguiera a unos pocos demonios que lo habían estado molestando. Luego tan solo se alejó.
Al fin había llegado su oportunidad.
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La risa no podía aguantarla… pero no cualquier risa, sino una de satisfacción, de victoria. ¡Lo tenía! ¡Al fin él se convertiría en rey! ¡Ese demonio que se hacía llamar su rey salía con una humana!
La impaciencia le ganaba, en el mismo momento en que dejo a solas a la humana él se la llevó. Tenía que actuar cuanto antes.
–Excelencia –dijo con sarcasmo cuando se encontró ante la presencia de su rey– Quiero un combate.
No se fue por las ramas. Directo al asunto, ahora ese maldito aprendería lo que era perder.
–Kekeke… ¿estás seguro? –Le borraría esa sonrisa de suficiencia.
–Sí.
Dicho y hecho, en unos cuantos minutos se había corrido la voz de que él había desafiado al rey. Podía ver la cara de lástima que todos le daban. "Idiotas", no pudo evitar pensar. Él ganaría y haría sufrir a todos esos que osaban a mirarlo de esa manera.
Frente a frente se encontraban, ambos con una sonrisa confiada en su rostro. Agon empezó con el primer movimiento mostrando con lo que había sido bendecido: su velocidad y fuerza. Uno solo de sus golpes para un humano era mortal… o en el caso de los demonios servía para dejarlos fuera de combate. Pero no conseguía nada. Cada patada era evitada, cada golpe de sus puños también lo era… ¿Cómo lo hacía? ¿Tan buenos eran sus reflejos? ¡Lo único que quería era borrar la sonrisa de su cara! Se detuvo. Ya era hora de mostrar su carta vencedora.
Para Agon esa era la primera vez en que pedía pelear con Hiruma, anteriormente en cada pelea había mirado los movimientos del rey para buscar algo que lo hiciera débil, pero nunca encontró nada y ahora cuando al fin peleo con él se daba cuenta que había estado jugando en todo momento. Nunca lo tomo en serio, pero eso cambiaría.
Sacó de su bolsillo un pequeño balón y al colocar en él un poco de su energía liberó lo que tenía encarcelado: a la humana. Escuchó el jadeo de todos los que miraban el encuentro.
Vio como la cara del rey cambiaba a una de terror y odio hacia su persona. "Gané", pensó "soy más astuto que él".
–Kekeke… ¿Qué haces con ella? –Le pregunto con una sonrisa terrorífica.
–Ella es tu punto débil. –Agon le dijo– ahora me entregaras el puesto de rey a mí.
– ¿Qué te hace creer eso?
–Youichi-kun… –escucho el susurro de la humana. Para que viera que hablaba en serio tomo por el cuello a la mujer y empezó a apretar.
–Ella morirá –le dijo con una sonrisa– me pregunto… ¿Qué pasaría si un humano muriera en el inframundo? ¿Quiere que lo averigüemos… rey?
– ¡Cerberos! –En vez de contestar llamó a ese perro que era un completo inútil. ¿Para qué le iba a servir? ¿Tan desesperado estaba? Tcks, parece que al final Satanás era un completo cobarde. Maldito rey era el que tenían.
Miro con burla y asco a esa cosa llamada Cerberos que se acercaba a él, pestañeo y la humana se encontraba en los brazos de Hiruma mientras lloraba, ¿pero cómo? La respuesta estaba ante su vista: el pequeño perro había crecido hasta obtener la altura de un elefante. Lo miraba fijamente y mostraba los dientes. Sintió un dolor en su pecho, al mirarse vio sangre.
– ¿Qué…?
– ¿Quieres que me explique? Kekeke… –El rey estaba disfrutando de ese momento– Nunca había tenido que usar mi don con ustedes porque son demasiado débiles… no merecen la pena. Pero te atreviste a ponerle un dedo encima a mi mujer. Ese fue tu error. Las bestias me obedecen.
Agon estaba sorprendido al igual que el resto de los demonios. Ellos nunca habían sabido eso. ¿Tan fuerte era que nunca había tenido que usar a una bestia en la lucha? Los pocos que habían tenido la esperanza de luchar con el rey cambiaron de parecer. El rey era invencible.
Lo entendió, en el mismo momento en que cerró los ojos, el perro en su forma pequeña lo había golpeado y Agon había soltado a la humana por la fuerza del golpe y cuando abrió los ojos ya se encontraba mirando a la bestia. Esa era una velocidad mucho mayor a la de él.
Estaba perdido.
Lo siguiente que pasó fue que obtuvo la mayor paliza y humillación de su existencia. El perro no lo dejo en paz hasta que no lo vio en el suelo incapaz de pararse.
–Kekeke… ahora tu castigo –dijo en voz alta el rey, todo el lugar se encontraba en completo silencio queriendo saber cuál sería el castigo que ese demonio obtendría por lo que hizo– servirás por mil años a Dios.
Castigo máximo. Lo peor que podía pasarle a un demonio era estar en presencia de Dios y el tendría que estar por los próximos mil años.
Lo último que vio antes de desaparecer fue al rey abrazando a la humana.
Por lo menos había descubierto que hasta el rey tenía un punto débil.
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