Clases particulares.

Capítulo 10: Nada fue un error.

Al día siguiente me levanté tan tarde y con tan pocos ánimos que terminé siendo la última en llegar al salón —sí, incluso por encima de Ash—. Los chicos me recibieron con un enérgico 'Alola', cuyo ruido solo provocó que mis tímpanos estuvieran a punto de explotar.

—Sí, sí, Alola, o lo que sea —les contesto a duras penas, moviendo desganada la mano, para luego apurarme a tomar asiento.

—Oye, Mallow —me dice Sophocles girándose hacia mí desde su pupitre—, ¿estás molesta o algo?

El lápiz que sostengo entre mis dedos cruje y se parte en dos.

—No, no estoy molesta. Y si piensas eso es porque a lo mejor tú eres el que está molesto y se está proyectando en mí. ¿No lo habías pensado?

Sophocles traga saliva y ya no me vuelve a decir nada. El resto de mis amigos igualmente guardan silencio.

Recargo la barbilla sobre la mesa del pupitre y entrecierro los ojos. Anoche dormí muy poco, estoy que me muero de sueño. "Maldita sea —pienso—. El cumpleaños de Kukui-sensei no salió como lo había planeado. Al final, lo único que logreí fue que se lo pasara bien. Esto no es lo que quiero, tengo que encontrar una solución."

—Hey, Lana —escucho a Ash susurrar a un costado mío, en voz muy quedita—, ¿Tú sabes qué le pasa a Mallow? Se ve como si estuviera enojada.

—No te preocupes —le responde Lana hablando de igual manera—. Se pondrá de mejor humor cuando llegue el profesor.

—¿Eh? ¿Y eso? ¿Qué tiene que ver Kukui-sensei?

—Nada. Nada en especial. Ya lo verás cuando llegue.

Un aura oscura envuelve mi cuerpo. Muy a duras penas logro contener mis ganas de gritar que se callen.

"Tranquilízate, Mallow, no todo está perdido aún, todavía puedes llevar a cabo la segunda parte de tu plan. Sí, eso es. Es casi seguro que por mera costumbre Kukui-sensei venga a dar clases con las mismas ropas de siempre; es decir, sin camisa y con la bata abierta. Entonces aprovecharé para preguntarle por qué no lleva puesta la camiseta que le regalé por su cumpleaños, y fingiré que me siento triste porque sospecho que en realidad no le gustó y sólo me echó mentiras ayer cuando dijo que le gustaba. Eso es, no todo está perdido."

—¡Alola! —El profesor entra al salón con sus mismas ropas de siempre: sus pantalones cortos, su bata de investigador abierta, su gorra blanca y sus anteojos. Pero esta vez, debajo de la bata, llevaba puesto algo más…

"¿¡PERO QUÉ…!?" Mis ojos casi se me salen al verlo. Mi mentón cae en picada hasta estrellarse con la madera de la mesa del pupitre y hacerle una cuarteadura. Y no creo ser la única sorprendida pues hasta el resto de la clase le miran con cara de que ni ellos lo pueden creer.

—¡Wow, sensei! —Exclama Lana señalándole y con la voz exageradamente alta—. ¿Acaso esa no es la camiseta que le regaló Mallow ayer por su cumpleaños?

—Vaya, lo notaste. —Kukui-sensei sonríe y se abre aún más la bata, como queriendo presumir la camiseta que lleva puesta, aquella del Muk y el Garbodor enamorados—. Sí, es esa misma.

—¡Increible! —grita Lana aún más alto y sin dejar de apuntar a la camisa—. Eso quiere decir que el regalo que le dio Mallow debió haberle gustado muchísimo, ¿no es así, Sensei?

El profesor se lleva la mano a la cabeza y ríe un poco. —Es una manera de verlo, pero supongo que tienes razón.

—Es verdad —comenta Sophocles—, para que Kukui-sensei se ponga algo de ropa en el pecho significa que tiene que gustarle mucho. No sería mala idea que Mallow le regalara una camiseta también a Kiawe.

—¡Oye! —grita Kiawe molesto.

La clase entera se echa a reír. Y yo, por otro lado, me encojo sobre mi asiento.

"Idiota, ¿Por qué te pones tan contenta? —Aprieto los dientes y frunzo un poco el ceño—. Kukui-sensei es tu enemigo, recuérdalo. Deberías estar furiosa porque tu plan se fue al trasto y ahora vas a tener que buscar otra manera de vengarte."

—Hey, Lana —escucho a Ash murmurar nuevamente—, tenías razón. En cuanto llegó el profesor se le quitó la cara de enojada a Mallow, ahora se ve más feliz.

—Te lo dije —le contesta ella.

—No entiendo. ¿A qué se debe eso?

—Ji, ji, ji, es un secreto.

Entonces me giro hacia ellos y los fulmino con una mirada que los hace voltear hacia otro lado y fingir que se dedican a otra cosa.

—Muy bien, chicos —nos dice Kukui-sensei—, el día de hoy vamos a hablar sobre los movimientos de estado, sobre todo de uno en particular…

"Quizás sólo está fingiendo —pienso mientras mordisqueo el lápiz—, pero si ese es el caso, entonces lo está haciendo demasiado bien. Estaba convencida de que los demás se iban a burlar de Sensei si lo veían vistiendo una camiseta como esa, pero al parecer están demasiado sorprendidos por el simple hecho en sí de que esté vistiendo una camisa, que no le prestan atención a cómo ésta luce. O tal vez… o tal vez fui yo la que se hizo una idea equivocada de todo esto. Quiero decir, hay que ser una persona bastante mezquina como para burlarte de alguien por su manera de vestir, y más si esa persona está vistiendo algo que otra persona le regaló con afecto. Todos los que rodean al profesor son gente amable, ellos nunca se burlarían de él por algo como eso. Yo fui la única que pensó que serían capaces de hacerlo. Eso significa que… ¿Eso significa que soy una mala persona?"

—¡Sensei! —me pongo de pie.

—¿Qué sucede, Mallow? —El profesor Kukui deja de escribir en la pizarra y se voltea hacia mí.

"¿Qué estoy haciendo? Todos me está viendo…" —Sensei, puedo… ¿puedo preguntarle algo?

—Sí, dime.

—En verdad… —Estoy hablando muy raro, como si las palabras costaran salir—, ¿En verdad le gustó tanto mi regalo? Quiero decir, sé que me esforcé mucho para escogerlo y todo pero… bueno, a lo que me refiero es que todos le dieron un regalo y pienso que la mayoría fueron mejores que el mío. ¡Quiero decir! Creo que mi regalo no es la gran cosa y no me explico cómo le pudo haber gustado tanto habiendo recibido otros regalos igual de buenos. ¿Qué tiene de especial el mío?

Kukui-sensei guarda silencio por unos momentos, me mira fijamente, como si estuviera reflexionando en mis palabras, y finalmente me dice:

—Bueno, a decir verdad, todos los regalos que me dieron me han gustado mucho, y si me han gustado tanto es por el simple hecho de que son de parte de mis queridos alumnos y todos se esforzaron mucho en ello. Pero tu obsequio es un poco más especial que el resto porque se trata de algo que puedo llevar puesto mientras les doy clases, y esa es una oportunidad que por nada de este mundo desperdiciaría. Además —el profesor se acerca a mí y posa su mano gentilmente sobre mi cabeza para luego acariciarla—: tú misma me dijiste que pusiste todo tu empeño en escoger el obsequio, a pesar de que debió haberte llevado ya de por sí mucho tiempo y esfuerzo preparar el pastel para la fiesta. Si hay algo que valoro mucho, por encima de las acciones en sí, es el esfuerzo y dedicación que le ponen al momento de hacerlas. Es por ese motivo que esta camiseta se ha vuelto tan especial para mí.

Miro a la sonrisa de sensei. Es tan cálida y sincera, no hay rastro alguno de la mirada lujuriosa y perversa de aquella tarde. ¿En verdad estoy ante el mismo hombre de aquella vez? ¿Está tratando de engañarme otra vez o todo lo que me ha dicho es cierto?

Ya no aguanto más, el calor que emerge de entre mis piernas va en aumento junto con una terrible ansiedad. Siento que voy a explotar.

—¡Sensei! ¡Rápido, tengo que ir al baño!

—¿Qué? Pero Mallow, acabas de llegar.

—¡ES UNA EMERGENCIA, SENSEI!

—E-está bien, puedes ir.

Corro dejando atrás a Tsareena. Atranco la puerta de los baños con una silla que tomé en el camino de un salón vacío. Me quito el overol y lo arrojo lejos de una patada, luego bajo mis bragas verdes, que ya está un poco mojadas por el centro, hasta las rodillas. Me recargo en uno de los cubículos y procedo a masturbarme metiendo en mí dos de mis dedos mientras acaricio con el pulgar mi botoncito del placer. Soy tan ruidosa que si alguien pasara cerca podría escucharme aún desde afuera del baño, pero ya no puedo contenerme; mis gritos y gemidos resuenan sin ninguna contención a lo largo y ancho de las cuatro paredes de los baños. Al cabo de unos diez o quince minutos, mis piernas pierden fuerzas y me desplomo al suelo, pero ni así me detengo. Revolcándome el piso, hago uso de ambas manos para estrujar con fuerza mi coñito hasta casi encajarme las uñas. Aprieto los dientes y arqueo la espalda dando de pataletas al aire y al piso. Hasta que luego de unos minutos —que a mí me parecieron horas eternas— mi coñito por fin estalla en una formidable "pistola de agua" que termina manchando buena parte del piso y parte de las paredes. Empapada en sudor y jadeando del agotamiento, permanezco recostada en la fría loza, con los brazos en cruz, la respiración agitadísima y completamente desnuda del ombligo para abajo. Mis dos dedos están impregnados de algo tan pegajoso y viscoso que cuelga de entre ellos en forma de hilos, como las telarañas de un Spinarac.

—Ya no aguanto más… —balbuceo entrecortadamente y en medio de profundos jadeos—, creo que he llegado… a mi límite. Tengo que encontrar… una solución a esto… o si no… o si no me voy a volver loca.

Fin de la primer temporada.