Capítulo diez
Hay burlas que parecen veras
O, lo que es lo mismo
Entre llegadas, investigaciones y recados
Algeria
Milo estaba malhumorado ese día. No le hacía ninguna gracia aquella misión, no por el objetivo, sino por la compañía. Kamus y Mu estaban más acostumbrados a tratar con niños, ¿por qué Shion le había encargado a él precisamente que cuidara al Caballero del Unicornio?
Ciertamente, Shaina también estaba con ellos para colaborar en la búsqueda de la espada Ascalón, pero eso no ayudaba mucho. Por lo que sabía de la muchacha, en cada una de sus últimas misiones (contra los Caballeros de Bronce, contra Poseidón…) le habían dado unas buenas palizas, por lo que probablemente tendría que protegerla a ella también si las cosas se ponían feas.
Luego de haber escuchado uno que otro chisme (y no pocas burlas) acerca de Jabu, había esperado encontrarse con una versión más joven de MM o de Ikki, pero Jabu lo había sorprendido (e intrigado) manteniéndose silencioso todo el camino hasta Algeria, solamente había hablado lo indispensable y parecía ensimismado.
¿Eso sería un rasgo de carácter, como los largos silencios de Kamus, o el muchacho se sentí intimidado en presencia de un Caballero de Oro que no era un renegado? Quizá era hora de romper el hielo.
-¿De qué signo eres?
-Escorpión.
¿El mismo signo que Milo? ¿Se lo habrían asignado por eso?
-¡Hubiera jurado que eras virgo! –exclamó Milo entre risas.
-¿Por qué?
Iba a contestar con una broma tonta acerca de unicornios y vírgenes, pero se detuvo apenas a tiempo. Jabu lo miraba con una expresión en la que podía leer con facilidad que sabía exactamente qué clase de chiste rondaba por su mente, y no le hacía gracia. Por lo visto Shaina también lo había notado, porque la vio sacudir la cabeza como sugiriéndole que guardara la broma para otra ocasión.
-Eh, bueno… tu predecesora era virgo.
-Daena de Unicornio, sí, me han hablado de ella. Mi Maestro fue alumno suyo y también mi Guía la conoció.
-¿"Guía"?
Jabu hizo un gesto vago.
-Eso dije… ¿No tienen guías todos los Caballeros de Atenea?
-Pues es la primera vez que escucho al respecto.
-Tal vez la Casa de Escorpión no los necesita –respondió Jabu, curiosamente diplomático.
-Bueno… ya estamos aquí –Milo contempló la ciudad, algo desorientado. No había entendido qué le había dicho Jabu al taxista que los había recogido en el aereopuerto Houdari Boudemienne (el unicornio era el único de los tres que hablaba árabe), pero los había dejado en las afueras de Argel, la capital de Algeria, que aún desde esa distancia le parecía demasiado grande al Caballero de Escorpión, demasiado acostumbrado a considerar "grande" a Rodorio. Aquella ciudad, de aproximadamente dos millones y medio de habitantes, superaba todo lo que conocía luego de pasar su vida entera en el Santuario, …había esperado casitas de adobe-. Dondequiera que sea. Supongo que lo primero será preguntar…
-¡Jabu! –un hombre de unos sesenta años y cabello casi completamente blanco caminaba hacia ellos, seguido de algunos jóvenes y unos cuantos… ¿camellos? Milo y Shaina pudieron percibir el cosmos característico de un Caballero de Bronce.
-Maestro –Jabu lo saludó con toda informalidad y lo presentó a los otros dos-. Mi Maestro, Denali de Sextans. Milo de Escorpión y Shaina de Ofiuco. Me tomé la libertad de contactar al Maestro Denali cuando supe que nos enviaban aquí.
Casa de Géminis
Saga salió del baño con el cabello todavía húmedo pero sin ganas de hacer más por remediar eso que el escurrirlo lo suficiente como para que dejara de gotear. Según sus cuentas, estaba tardando más de lo que debería en el inventario del quinto sótano. A ese paso tardaría hasta… ¿junio o julio? Realmente no deseaba que Kanon llegara de repente (en ningún momento había dicho qué día de mayo iba a visitarlo) y lo encontrara cumpliendo un castigo como ese.
Conociéndolo, no terminaría de reírse nunca.
Tenía que apresurarse, así que iba decidido a comer aprisa y volver al palacio lo más rápido posible, pero se detuvo en la entrada del comedor al ver que MM estaba ahí, muy bien acomodado en su silla. Por supuesto, la silla en cuestión no tenía grabado el nombre de Saga ni nada por el estilo, pero hasta Kanon le respetaba ese espacio, ¿por qué tenía Cáncer que sentarse justo ahí?
-¿Dónde está Piscis? –preguntó Saga, decidido a no darle el gusto de reclamarle la silla.
-En la cocina, obviamente. Está terminando de hacer el almuerzo.
Y MM, evidentemente, acababa de terminar de poner los platos. Saga se sentó en la silla que normalmente ocupaba Kanon y lo miró con fijeza.
-¿Te tomaste el trabajo de avisarle que comerás aquí? –preguntó con voz gélida. Le molestaba sobremanera que se autoinvitara a comer, y más si no le decía a Afrodita primero.
-Nunca he tenido necesidad de anunciarle que voy a visitarlo.
-Es una falta de consideración de tu parte aparecerte aquí para almorzar sin siquiera advertirlo. Resulta muy molesto para Afrodita tener que estar corriendo a última hora para que la comida alcance.
-Problema que no suele tener en la Casa de Piscis, ahí la despensa siempre está suficientemente llena porque él sabe desde hace años que yo llego sin previo aviso en cualquier momento. No es mi culpa que tú seas tan tacaño como para obligar a tu hermano a hacer verdaderos malabares con el presupuesto para no tener que pasar hambre mientras estuvo aquí y someter ahora a Afrodita a las mismas estrecheces económicas.
-¿De qué estás hablando?
-¿Kanon no te lo dijo? Desde que lo pusiste a cargo de los quehaceres domésticos en Géminis, le dabas para las compras exactamente la misma cantidad de dinero que le daba tu madre… hace trece años. Existe algo llamado "inflación", ¿sabías?
Eso dejó estupefacto a Saga. Ese efecto secundario de las lagunas en su memoria nunca se le había ocurrido.
-Él no…
-¿Nunca protestó? Bueno, tú nunca le preguntaste –MM apoyó los codos en la mesa y se adelantó para mirar con enojo a Saga-. Y Lucy tampoco te lo va a decir, ¿sabes? Agradece que me tienes a mí para mantenerte informado sobre los hechos de la vida, antes de que los hechos de la vida te exploten en la cara.
A eso Saga no supo qué responder.
La India
-Les gustará mi aldea natal, es un bonito lugar –dijo Shaka.
Aunque se esforzaba por lucir calmado, en realidad estaba bastante nervioso. Hacía catorce años que había salido de La India y no se le había permitido volver a su aldea hasta entonces. Cierto, su Maestro y él pasaban parte del año en ese país de Asia, entrenando, pero regresar a casa y visitar a sus parientes había sido imposible. Resultaba más difícil a cada segundo mantener su expresión tranquila.
Ikki se abstuvo de comentar que la aldea de Shaka no se diferenciaba en casi nada a todas las otras aldeas por las que habían pasado desde su llegada ahí.
Calles estrechas, mal trazadas, ruido, colores, movimiento, voces, polvo, calor, vacas aquí y allá… un simple pueblito rural… ¿en día de mercado? ¿O había alguna fiesta?
Para variar, Shaka iba con los ojos abiertos e Ikki sonrió para sus adentros. Por muy grande que fuera su dominio del cosmos, no sería nada prudente caminar por ese terreno desigual a ojos cerrados. Además, tenía la ligera impresión de que el Caballero de Virgo estaba ligeramente desorientado, y no sería raro. Trató de imaginarse a sí mismo visitando su pueblo natal después de tantos años y tuvo la seguridad de que no sería capaz de reconocerlo aunque recordara el nombre del lugar y fuera capaz de localizarlo, dos cosas que sabía bien que no podría. ¿En qué parte de Japón habían nacido él y Shun? Apenas lograba recordar que el viaje a Tokio para encontrar a Mitsumasa Kido había durado una eternidad, o quizá era que todo se veía diferente a través de la memoria de un niño.
En cualquier caso, la aldea se veía pobre, pero activa y alegre. Le gustó, aunque le sorprendió no ver personas rubias por ahí. No sabía mucho de La India al momento en que Shion les indicó a dónde debían ir, ni tuvo tiempo para investigar demasiado mientras cargaba a Shun de advertencias, que éste aceptaba con una sonrisa (una sonrisa que le decía con meridiana claridad al hermano mayor que todo lo que estaba diciendo le entraba por un oído y salía por el otro), pero había esperado que hubiera ahí más gente parecida a Shaka… tal vez no así de rubios, ¿pero por qué estaba empezando a tener la impresión de que la piel blanca y los ojos claros del Caballero de Virgo eran una verdadera rareza por ahí? ¿Tendría Shaka algún grado leve de albinismo o sus padres eran extranjeros?
El contraste de tela roja y una cabellera negra igual de larga que la de Shaka lo distrajeron de sus pensamientos. Aquella chica debía pasar mucho tiempo cepillando una melena como aquella…
…Y entonces la chica cambió de dirección, por lo que pudieron verla de frente… y resultó que no era una chica.
Era igual a Shaka.
Bueno, no exactamente igual.
Era igual a como sería Shaka de haber tenido piel morena y cabello y ojos negros. Y si en lugar del bindi rojo usara tres líneas verticales color ceniza.
-¡Birendra! –gritó Shaka.
El aludido lo miró con sorpresa.
-¿Shaka?
Ikki e Ichi observaron con asombro a Shaka dejar la urna de su armadura en el suelo con toda calma y tranquilidad para luego avanzar los pocos pasos que los separaban de su versión morena y abrazarlo con fuerza.
-Parientes, supongo –dijo Ichi, innecesariamente.
-Este es mi primo Birendra –dijo Shaka, sin soltarlo todavía.
Birendra miró inquisitivo a los dos Caballeros de Bronce.
-¿Quiénes vienen contigo?
-Dos de mis hermanos de armas, Ikki del Fénix e Ichi de Hidra.
Mientras seguían a Shaka y su primo hasta la casa de su familia, Ikki no podía dejar de darle vueltas a un detalle curioso: Shaka era el único Caballero de Oro que conocía que, cuando tenía que presentar a alguno de los Cinco (o de los otros cinco) no hacía énfasis en la diferencia entre Caballeros de Bronce y Caballeros de Oro.
Casa de Géminis
-Sírveme más –dijo MM.
-Sírvete tú –respondió Afrodita.
-A él sí le sirves –protestó MM.
Saga se quedó mirándolos, con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca y una expresión de sorpresa absoluta que ninguno de los dos llegó a advertir, porque estaban enfrascados en su discusión.
No se había dado cuenta hasta ese momento, pero MM tenía razón: durante el tiempo que estuvo cuidando a Aioros, cuando Afrodita iba a cocinar para ellos, y ahora que estaba haciéndole compañía en Géminis, el Caballero de Piscis se tomaba siempre el trabajo de servir su plato y llenar su vaso.
También le había servido la comida a Aioros, pero Sagitario había estado convaleciente entonces. En los últimos días, en cambio, no solo MM sino también los otros inadaptados habían comido ocasionalmente en Géminis, pero Afrodita dejaba que ellos se sirvieran solos.
Y él había aceptado ese trato diferente como si fuera lo más natural.
¿Por qué? No era su costumbre y Kanon ciertamente le habría armado un escándalo de haber pretendido en algún momento que le sirviera en esa forma.
Que alguien más le sirviera debería resultarle incómodo, incluso vergonzoso. Pero ni siquiera le había llamado la atención, no solo porque Afrodita actuaba como si le pareciera correcto, sino porque además parecía saber siempre con exactitud qué le gustaba a Saga y cuánto quería comer.
¿Sería telépata, como Shion y Mu? Era frecuente que los telépatas desarrollaran el hábito de explorar las mentes ajenas por el puro afán de agradarle a todos, cosa que Saga detestaba profundamente.
Pero no, no podía ser así… Saga empezó a sentir que le dolía la cabeza, seguramente por el esfuerzo de comprender…
Un eslabón de su cadena de recuerdos eligió ese momento para regenerarse en forma espontánea.
Para comer, Arles usaba una media máscara que dejaba al descubierto la parte inferior de su rostro. Cierto, Afrodita sabía que Saga había suplantado al Patriarca y usaba el nombre "Arles", pero no había visto a Arles sin la máscara y no sabía de la transformación que sufría Saga cuando su otro yo tomaba el control. Para él, Saga y Arles eran una única persona.
Arles estaba sentado a la mesa en los aposentos privados del Patriarca. Afrodita estaba de pie junto a su silla mientras comía, como un sirviente. Saga, que presenciaba ese recuerdo como si lo viviera por primera vez, calculó que el Afrodita de su memoria debía tener cuando mucho doce años. Era muy pronto como para que ya tuviera la armadura de Piscis, pero no quedaba duda de que la obtendría o moriría en el intento, porque ya había vencido a todos sus rivales, incluyendo a Misty, que era su competidor más cercano. Así que esa debía ser la época en la que había empezado a asumir algunas de las funciones propias del guardián de la Doceava Casa, cuando Arles le había revelado su secreto y se había asegurado su lealtad.
Una mujer entró entonces, rompiendo el silencio con una risa alegre.
A primera vista, podría pasar por hermana de Afrodita, pero un examen más cuidadoso revelaba detalles que no coincidían, como el hecho de que se teñía el cabello. Saga sabía que además se había hecho algunas operaciones para cambiar ligeramente la forma de su nariz y de su mentón. Sabía también que Afrodita la detestaba y que eso a Arles no le importaba en lo más mínimo. Tampoco le importaba ella, pero seguía recibiéndola en el palacio cada vez que la diosa Afrodita la enviaba a informarse sobre el progreso del niño que había confiado a la Orden de Atenea, porque no quería correr el riesgo de enfadar a la diosa… y porque Dido, una de las sacerdotisas de la diosa del Amor y la Belleza, le parecía sumamente divertida.
-¿Por qué no le das la tarde libre a tu sirviente, cariño?
Arles rió de buena gana.
-¿No reconoces a tu propio pupilo, Dido?
-¡No me digas que es Lucien! ¿Cómo conseguiste que se lavara la cara y se peinara un poco? Hubiera jurado que era una misión imposible. ¡Si hasta lleva ropa limpia!
-Lucien es el próximo Caballero de Piscis y sabe que debe estar a la altura de su dignidad.
-¿Ah, sí? Pues hubiera podido engañarme. Hasta hace un momento creí que aborrecía su propia imagen y hacía todo lo posible por empeorarla. ¿Pero por qué está sirviéndote como si fuera uno de los criados?
-El Caballero de Piscis es el guardián personal del Patriarca, Lucien solamente cumple con su deber y lo hace gustoso. ¿Verdad, Lucien?
-Sí, Santidad.
-¿Lo ves, Dido?
La mujer hizo un moín que parecía una imitación burlona de gesto petulante habitual en Afrodita.
-¿Y es común que un guardaespaldas cocine para su patrón?
A Saga le intrigó que estuviera enterada de eso. Se suponía que era un secreto. Arles, por su parte, se limitó a sonreír.
-He llegado a un punto en el que no comería nada que no hubiera cocinado Lucien. Estoy rodeado de traidores.
-Yo no te traicionaría jamás, cariño.
-No, tú solamente me venderías a cualquiera que te pagara más que yo. Es una suerte para mí que sea yo quien paga el salario de los otros clientes que tienes en este Santuario. El culto de tu ama y señora debe dejar buenas ganancias si eres igual de popular en todos los lugares que visitas.
Dido rió a carcajadas y se sentó a la mesa.
-La prostitución sagrada es solo uno de los aspectos del culto y solo unas pocas sacerdotisas tenemos el permiso de la diosa para practicarla. Por regla general, todas las ganancias son para los templos, nosotras no podemos quedarnos con nada… Claro que en ningún momento he reportado que gano algo extra aquí cada vez que me envían a visitar a Lucien. Bueno, niño, ya que estás ahí como un mesero, sírveme.
-Sírvete tú –espetó Afrodita, ofendido.
Arles sonrió con malicia.
-No seas grosero. Dido es mi invitada, sírvele.
-¡Pero, Santidad…!
-¿Otra vez discutiendo mis órdenes? Necesitas un poco de humildad para templar ese carácter tuyo, la soberbia saca lo peor de ti, Lucien.
Afrodita se esforzó por ocultar su contrariedad y obedeció en silencio. Arles continuó comiendo, sonreía de rato en rato cuando Dido se dedicó a burlarse de Afrodita y solo la detuvo cuando advirtió que iba a tocarlo.
-No te atrevas a ponerle la mano encima –siseó con enojo repentino.
Dido se quedó inmóvil. Mientras Afrodita se apartaba de ella a toda prisa, la mujer miró con seriedad al Patriarca; ya otras "invitadas" de Arles habían cometido el error de pensar que el arcaico protocolo de los Caballeros de Piscis las autorizaba a maltratar a Afrodita, y no todas habían sido lo suficientemente listas como para darse cuenta a tiempo de que Arles lo protegía como una loba a su cachorro; las más atrevidas no habían vivido para contarlo, pero Dido era diferente: la risa hueca y la actitud despreocupada eran solo una pose, porque bajo su apariencia burlona y superficial se escondían una mente aguda y una voluntad de hierro. Dido era ante todo una mujer de negocios.
Quizá era por eso que Arles la encontraba atractiva, y no porque le pareciera graciosa.
El Cortejo de la diosa Afrodita le había encargado tarde y mal la misión de supervisar la educación de Afrodita. Ixión ya había muerto para cuando ella lo visitó por primera vez y, para colmo de males, lo que pudo haber sido una amistad entre ellos empezó realmente mal porque Dido, que admiraba desde niña a Dione, la madre de Afrodita, había hecho más de la cuenta tratando de parecerse a ella. Afrodita, que no recordaba a Dione ni tenía retratos suyos, interpretó equivocadamente la semejanza artificial de Dido como un insulto hacia él.
A pesar de todo, y aunque no desperdiciaba oportunidad para hacerlo rabiar, Dido se preocupaba por él… muy a su manera.
-Imagino entonces que no querrás prestármelo por una noche –dijo de repente, logrando casi que Afrodita se atragantara al escucharla.
-Solo si él quisiera. Y no querrá. ¿Verdad, Lucien?
-Es verdad, Santidad.
-Lástima. Voy a dar una fiesta y necesito un buen cocinero… Tendré que seguir buscando.
-Si ya terminaste, espérame en la alcoba.
-Como ordenes, cariño.
-No soporto a esa mujer –dijo Afrodita tan pronto como Dido salió.
-¿Detecto celos en un futuro Caballero de Atenea?
-¿Celos? No. Fastidio, irritación, disgusto…
-Qué lástima, ella te tiene afecto.
-Oh, por favor…
-¿Por qué no te agrada, Lucien? No es su culpa tener buen gusto.
-¿Buen gusto?
-Dicen que la imitación es la forma más humilde de la alabanza.
Afrodita guardó silencio por unos instantes y luego le dirigió una mirada extraña.
-¿Por qué quieres que me lleve bien con ella?
-Ella me agrada.
-…¿La amas?
-¿Por qué quieres saber eso?
-Es que no comprendo… Yo no podría compartir a la persona amada con… otros cuatro clientes fijos y un número indeterminado de ocasionales.
-¡Pero qué bien enterado estás! –Arles rió sin sarcasmo ni burla, una carcajada alegre y sincera, antes de seguir hablando con seriedad-. Estoy totalmente de acuerdo contigo: yo tampoco podría compartir a la persona amada.
-Pero entonces…
-¡Por supuesto que no la amo! Mi relación con ella es laboral… Te sorprendería toda la información que le ha sonsacado a sus otros clientes, en especial a Laertes de Tauro y a Alexis de Escorpión.
-¿Le pides información sobre sus otros clientes? ¡Saga, eso es…!
-¿Asqueroso?
-Iba a decir "poco elegante".
-Puede que tengas razón. Por cierto… -Arles sujetó a Afrodita por el cabello y lo obligó a inclinarse hacia él-. Te lo he dicho ya tres veces: no me llames Saga. Soy Arles.
-Sí… señor.
-Así me gusta –Arles sonrió y lo soltó-. La comida estuvo deliciosa. ¿Seguro que quieres estudiar Botánica? Podrías llegar a ser un gran chef.
Afrodita enrojeció y sonrió con timidez. Arles le ofreció la copa en la que había estado bebiendo.
-Brinda conmigo, Lucien.
La sonrisa de Afrodita se transformó en un gesto de preocupación.
-El primer deber de un Caballero de Piscis es velar por la seguridad del Patriarca. Su Santidad ha bebido bastante hoy, y yo debo mantenerme sobrio.
Arles dejó escapar otra carcajada.
-¡Mi querido Lucien! –exclamó-. No has fallado una sola prueba de todas las que te he puesto. ¿Qué haría yo sin ti?
Luego de apurar el vino que quedaba en la copa, Arles fue a reunirse con Dido. Saga ya sabía lo que pasaría a continuación: Afrodita recogería todo, limpiaría y luego vigilaría pacientemente hasta que Dido se marchara y Arles le diera permiso a él para retirarse.
-Saga, ¿estás bien?
La voz de Afrodita lo devolvió al presente.
-Sí, estoy bien… -vio que Afrodita, sin perder ese gesto preocupado, estaba a punto de servirle más ensalada y lo detuvo de inmediato-. Deja, yo puedo hacerlo.
-¿Eh? Pero…
-No soy un inválido, Afrodita –replicó Saga con brusquedad.
Se dio cuenta de que lo había lastimado, pero quizá era mejor así.
El Santuario de Poseidón
-¿Todavía están en eso? –preguntó Julián con aburrimiento.
-Todavía –confirmó Krishna.
Luego de dudar un poco, Julián buscó donde sentarse y se unió a Krishna, Eo y Tethys, que seguían con mayor o menor atención el combate entre Sorrento y Kanon.
Aquello había empezado como un intercambio de palabras airadas que degeneró en pelea. Ya era media tarde y aquellos dos continuaban peleando sin que ninguno diera señales de fatiga.
Algeria
Denali estaba algo intrigado.
Casi un año antes habí visto partir a un Jabu muy distinto del que regresaba. Arrogante, egocéntrico y con la cabeza llena de sueños… Jabu no fue el mejor de sus discípulos, ni por la fuerza, ni por la inteligencia, ni por el carácter, de modo que Denali se sorprendió mucho cuando Enki le anunció que ese niño precisamente había sido escogido entre todos los aspirantes para ser el siguiente Caballero de Unicornio. Cuando le planteó sus dudas, Enki simplemente sacudió la cabeza y le dijo que esperara, que Jabu era un niño en ese momento y aún tenía ilusiones de llegar a ser un gran héroe para "su Señorita", pero que las cosas cambiarían cuando alcanzara la madurez necesaria para comprender cuál era el papel de los Caballeros de Unicornio en la Orde de Atenea.
Al parecer, Enki tenía algo de razón, porque Jabu volvía serio y formal, casi sombrío, pero el cambio no le gustó a Denali, que de inmediato echó de menos la Jabu de antes… vanidoso y terco, sí, pero siempre alegre, no apagado y lacónico.
El Caballero de Escorpión rehusó con algo de incomodidad la oferta de hacer el viaje a lomos de uno de los camellos, y prefirió caminar.
Milo era fuerte y resistente, tal y como se esperaba de un Caballero de Atenea, pero no estaba acostumbrado a hacer caminatas largas bajo el sol del desierto, por lo que no pudo menos que sentirse agradecido cuando llegaron al oasis.
En medio del verdor y bajo la sombra de grandes árboles, un manantial destellaba con cada rayo de sol que lograba colarse entre el espeso follaje.
-¡Ah, qué bien! –exclamó Milo-. ¡Agua!
Dejó la urna de su armadura en el suelo y ya iba a recoger agua con ambas manos cuando Jabu lo detuvo.
-Espera, por favor. Tenemos una costumbre aquí. ¿Maestro?
Denali negó con la cabeza y sonrió.
-Ahora eres el Caballero de Unicornio, te corresponde a ti ser el anfitrión.
Jabu titubeó unos instantes, pero asintió y fue hasta un grupo de piedras que no parecían diferentes de las tantas que rodeaban el manantial, y regresó con un vaso de algo que parecía ser alabastro.
Se arrodilló a la orilla del agua y llenó el vaso con cuidado.
-Porque te das generosa sin pedir nada a cambio, por tu pureza y por la vida que nos concedes, te damos gracias.
Una vez dicho eso, se puso en pie y le ofreció el vaso a Shaina, que se apartó un poco de ellos para poder quitarse la máscara y beber unos tragos antes de devolverle el vaso. Después, Jabu volvió a llenarlo y se lo ofreció a Milo, que bebió intrigado. En tercer lugar, el Caballero de Unicornio dio de beber a su Maestro y luego a cada uno de los jóvenes que los habían acompañado desde Argel. Finalmente bebió él.
-Este es un manantial de cristal, no encontrarán agua más pura que esta en todo el mundo, al menos no por medios naturales –explicó Jabu-. De este manantial depende todo el oasis y quienes lo habitan, humanos o no. Por eso tenemos la costumbre de darle las gracias al agua antes de beberla.
-Oh, entiendo. Lo tendré en cuenta –dijo Milo.
Jabu sonrió a medias y se dirigió a Denali.
-¿Enki vendrá esta noche o la próxima, Maestro?
Denali iba a responder, pero lo detuvo el sonido de animales al galope.
-¿Caballos? –preguntó Milo. ¿Por qué se veían tan sorprendidos los dos Caballeros de Bronce y los jóvenes algerianos?
-No… Escorpión, Ofiuco, lo que van a ver en un par de minutos es un secreto. ¿Pueden darnos su palabra de que no dirán nada a nadie?
Milo frunció el ceño. De acuerdo, había intentado ser amable con el mocoso, ¿pero quién se creía que era para plantearle exigencias?
-Yo no doy mi palabra a la ligera, Unicornio, dime primero de qué se trata.
Shaina guardó silencio, quizá tratando de no empeorar el asunto. Jabu apartó la mirada y se limitó a aguardar. Si Milo no quería hacer promesas a la ligera, sería mejor dejarlo.
Ante los ojos asombrados de Milo y Shaina no tardó en aparecer un grupo… de unicornios.
No se parecían a los de las estatuas, tapices o pinturas que habían visto antes. Tenían la estampa y la velocidad de caballos árabes y no había uno solo blanco en aquel grupo que fácilmente podía alcanzar los cien entre adultos y crías. En su mayoría eran castaños, grises o negros, sin manchas ni variaciones de tono. No daban la menor impresión de ser frágiles o delicados; Milo percibió con claridad que eran capaces de enfrentarse a leones, por eso su mente se negó a usar la palabra "rebaño" para definir a aquel grupo: eran una manada de unicornios. Fuertes, feroces, orgullosos.
-Solamente unas pocas personas en el mundo saben que todavía quedan unicornios en Algeria –dijo Jabu, sacándolo de su ensimismamiento-. No se lo he mencionado ni siquiera a la Señorita Saori.
¿En serio? Eso consiguió que Milo lo mirara intrigado. Según le habían dicho, el Unicornio de Bronce bebía los vientos por la reencarnación de Atenea. ¿Y le había ocultado una maravilla como esa?
-¿Por qué el secreto? –preguntó Shaina.
-Cada parte de sus cuerpos es valiosa para magos, alquimistas y médicos –explicó Jabu-. Aunque son muy capaces de defenderse por su cuenta, no queremos exponerlos al riesgo de los cazadores furtivos. Por eso les pido que guarden el secreto. Hay unos pocos más en Europa, en América y en algunas partes de Asia, pero ningún grupo tan numeroso como la Manada del Manantial. No queremos que se extingan.
-Cl… claro… -murmuró Milo-. Tienes mi palabra de honor de que no se lo contaré a nadie. Además, ¿quién iba a creerme?
-Te sorprenderías. ¿Ofiuco?
-Por supuesto. Pueden confiar en mí, no diré nada al respecto.
Los unicornios se detuvieron frente a ellos y cinco se separaron de la manada para acercarse al grupo de humanos.
-¡Ha vuelto Jabu! –exclamó uno, de color gris oscuro, dirigiéndose al resto de la manada-. ¡Y vuelve sano y salvo!
Los otros unicornios piafaron y relincharon, cosa que Milo y Shaina decidieron interpretar como exclamaciones de alegría.
Jabu saludó en árabe a los cinco unicornios y se los presentó como Alkaid (el gris), Akbar (un macho castaño), Tamar (una hembra gris plata) y Tábata (una hembra negra, bastante más joven que los otros cuatro), eran los líderes de la manada. El quinto unicornio, de un gris azulado casi negro (curiosamente, el mismo color de la armadura del Caballero de Unicornio) era Enki, el Guía de Jabu.
-¿A quiénes traes contigo? –preguntó Alkaid.
-Amigos y aliados, miembros de la Orden de Atenea. Shaina, Amazona de Plata de Ofiuco, y Milo, Caballero de Oro de Escorpión.
-¿Ofiuco? –exclamó Tamar con voz risueña-. ¿Tu dama es la Domadora de Serpientes? ¡Oh, Jabu, no podía ser más apropiado!
-¡Eh! ¡No es mi dama! –protestó Jabu, adquiriendo un interesante color rojo tomate.
-¿No? –dijeron los cuatro líderes al mismo tiempo, sorprendidos.
-Les dije que era demasiado pronto –dijo Enki, con fastidio-. ¡Apenas tiene catorce años! Déjenlo vivir un poco, caramba.
Akbar sacudió la cabeza.
-Me disculpo en nombre de mis compañeros, Amazona, no es común que un Caballero de Unicornio traiga a este oasis en particular, nuestro lugar más sagrado, a alguien ajeno a nuestra existencia, a menos que sea para presentarnos a su dama… -Akbar miró calculadoramente a Milo-. Hum… o a su…
-No termines esa frase –advirtió Alkaid-. La chica no es su dama y, por la cara que están poniendo los dos, dudo mucho que el joven sea su caballero.
-Para nada. Solo somos amigos, ¿verdad, Jabu? –exclamó Milo, apartándose de él un par de pasos, por si acaso.
Enki resopló, divertido.
-Jabu sin duda tendrá una buena razón para haberlos traído, pero primero lo primero. Sírvenos de beber, muchacho.
-Por supuesto.
Luego de recitar una vez más el agradecimiento al agua, Jabu se concentró y su cosmos empezó a brillar levemente. Un remolino se formó en la superficie del manantial, luego se transformó en una columna de agua que repentinamente se separó del resto. El agua, girando y adoptando formas caprichosas, flotó hasta una piedra (que había sido tallada y pulida hasta ser capaz de servir como abrevadero) y se depositó ahí sin que se derramara una sola gota.
-¡Presumido! –dijo Enki entre risas-. ¡Finalmente lograste hacerlo!
-Soy demasiado vago como para resignarme a hacerlo con el balde –replicó Jabu, encogiéndose de hombros, pero sin poder ocultar una sonrisa orgullosa que brindó algo de tranquilidad a Denali. Sí, ahí quedaba todavía bastante del Jabu presuntuoso de siempre.
-Debo admitir que es un truco muy vistoso, casi diría que es elegante –dijo Tábata-. ¿Puedes servirle así el agua al resto?
-Seguro.
Había otras piedras talladas de igual manera aquí y allá bajo la sombra de los árboles. Los unicornios observaron atentamente mientras Jabu las llenaba una por una, y esperaron a que la última estuviera lista antes de empezar a beber.
-¿Podemos preguntarles ahora si saben dónde…? –empezó Milo.
-No –interrumpieron Jabu y Denali.
-¿Eh?
-Aquí las cosas se hacen a otro ritmo –explicó Jabu-. Hemos compartido el agua con los unicornios. Ahora compartiremos el pan y la sal con mi Maestro y con la gente del oasis. Enki nos buscará cuando sea el momento apropiado.
El Santuario de Poseidón
-Ya volvimos –dijo Baian, que regresaba acompañado por Caza, cargados ambos con palomitas de maíz y botellas de refrescos y de agua.
-Cuando dije que sólo nos faltaban las palomitas, estaba bromeando –dijo Tethys.
-Lo sabemos, pero no por eso deja de ser una buena idea –Baian se encogió de hombros-. Además, tengo la vana esperanza de que el olor de las palomitas les recuerde que ninguno de los dos ha almorzado.
Julián aceptó una gaseosa y de vez en cuando robaba lagunas palomitas de las de Tethys o las de Baian. No le sorprendía la pelea (tanto Kanon como Poseidón le habían advertido que era inevitable algo así antes de que se restableciera la concordia entre los Shoguns), pero no había esperado que resultara tan larga. ¿Era un combate de los Mil Días?
Le sorprendía, también, el que Kanon todavía no hubiera hecho trampa. Julián, nacido como heredero de una gran empresa y educado para sobrevivir en el mundo de los negocios, apreciaba tan bien como Kanon lo valioso que es para un guerrero (o para un líder capitalista) aprovechar las debilidades de un rival, y ya había perdido la cuenta de las oportunidades que el Shogun del Atlántico Norte había dejado pasar a lo largo del día. ¿Por qué no ponía fin a aquello con un simple golpe a traición? A fin de cuentas, era Sorrento quien había iniciado el pleito sin que mediara provocación alguna.
Poseidón no solo había perdonado a Kanon, sino que lo había elogiado por su astucia y lo había recibido oficialmente en su Orden como el primer Shogun, cuya autoridad estaba por encima de la de los demás. El que Sorrento insistiera en pelear con él cuando ya todos los demás parecían haberse reconciliado, ¿no era cuestionar las decisiones de Poseidón? ¿Por qué toleraba Kanon algo así?
"Creo que su educación tiene algo que ver" susurró Poseidón en su mente. "En la Orden de Atenea, cualquier guerrero puede desafiar al líder para tratar de tomar su sitio.
"Pero entonces… ¿si Kanon pierde…?"
"No pasará nada. Se permite en otras órdenes, como en la de Ares, la de Artemisa y la de Hermes, por ejemplo, pero no en nuestra Orden, ni en la de Zeus o en la de Hades, porque nosotros preferimos que se respete nuestra autoridad. Si Kanon pierde, lo único que ganará Sorrento es un castigo de parte nuestra, por insubordinado. Si todavía no hemos intervenido tú y yo es porque estamos dándole una oportunidad a Kanon para que resuelva el problema."
El Santuario de Atenea (específicamente, el quinto sótano del palacio)
Saga levantó la cabeza, intrigado, al sentir la presencia de Aldebarán de Tauro.
-¿No deberías estar en una misión, como los demás? –preguntó cuando el guardián de la Segunda Casa entró al sótano, mirando a su alrededor como evaluando el estado del inventario.
-Supongo, pero pedí permiso al Maestro Shion para retrasarme unos días aquí, tiempo que aprovecharé ayudándote con este trabajo.
-No necesito ayuda.
-¿No? Claro, no lo necesitas, es cierto. Sin embargo, la Orden necesita que termines lo más pronto posible, así que vas a tener que tolerar mi ayuda, por mucho que te guste estar encerrado aquí.
Saga frunció el ceño, dejó lo que estaba haciendo y se plantó frente a Aldebarán, con las manos cerradas en puños y una expresión que daba a entender con toda claridad que se proponía sacarlo a la fuerza, de ser necesario.
Afrodita soltó el libro que leía y se puso en pie de un salto. En un pestañeo estaba junto a Saga, lo bastante lejos como para no estorbar sus movimientos, pero lo bastante cerca como para intervenir si empezaba una pelea. Aldebarán le sonrió y lo saludó con un movimiento de cabeza.
-Fuera de aquí –dijo Saga, con un tono severo y frío.
-Nah, lo siento, Saga, el que va para afuera eres tú.
-…¿Qué?
-Oh, ¿no te lo dije? Mmm, cierto, no te lo dije. Tu padre te mandó llamar, está esperándote en su despacho.
El espectáculo de Saga de Géminis boquiabierto por el asombro y sin saber qué responder era algo completamente inusual para Afrodita.
-¿Mi padre, dices? –logró articular finalmente-. ¿Cómo que mi padre?
Aldebarán rió de buena gana, como si Saga acabara de decir algo muy gracioso. Luego sacudió la cabeza, sujetó al Caballero de Géminis por la cintura, lo levantó como si no pesara nada y lo depositó fuera de la puerta de esa parte del sótano.
-La próxima vez que quieras dar una orden con gesto majestuoso, mírate en uno de tus espejos, usas exactamente la misma postura y ademanes que el Maestro Shion, se nota de sobra de quién fuiste aprendiz. Apúrate, sabes bien que no le gusta que lo dejen esperando.
Dicho eso, Aldebarán cerró la puerta, dejando fuera a Saga, que titubeó unos segundos (casi un minuto) antes de decidirse a subir las escaleras y averiguar si Shion realmente lo estaba llamando.
-Eh… se supone que yo debo acompañarlo –dijo Afrodita con voz tímida y mirando con preocupación la puerta cerrada.
-No tardará mucho, solo van a hacerle un par de encargos –de todos modos, Aldebarán abrió la puerta, seguro de que para entonces ya Saga estaría como mínimo a la mitad de las escaleras-. Tendrá que ir a Atenas, y me figuro que vendrá a recogerte antes de irse. No te preocupes, mientras llega él y aparecen por aquí Cáncer, Shura, Shiryu y Nachi, que se supone también van a ayudar, ¿qué tal si me explicas el sistema que está usando para el inventario? Así tardaremos menos cuando los cinco estemos trabajando mientras ustedes cumplen los encargos del Patriarca.
Afrodita enarcó las cejas.
-Ninguno de ellos es muy amigo de Saga que digamos, ¿por qué van a ayudarlo a terminar antes su castigo?
-Bueno, tu amigo Angello armó un escándalo bastante chistoso el otro día porque Shura no tiene pasaporte. Shura le pidió ayuda al Maestro Shion, el Maestro Shion no sabe cómo conseguirle uno, y va a tener que encargarle a Saga que arregle eso. A cambio, el equipo de Shura tendrá que reemplazarlo aquí durante el tiempo que le tome resolver ese asunto. Según mis cálculos no serán ni dos días, pero mientras tanto habremos avanzado algo.
-¿Y tú? ¿Qué interés tienes en esto? ¿Ayudarlo solo porque sí es la razón por la cual no partiste con los demás?
Aldebarán le dedicó su sonrisa más cálida antes de contestar.
-Es cierto que me quedé atrás con la única intención de ayudarlo. Pensé que habría menos probabilidades de que se negara a aceptar mi colaboración entre menos Caballeros hubiera en el Santuario para enterarse de eso. Es demasiado orgulloso como para pedir ayuda aunque se estuviera ahogando, pero así lo conocimos y así lo aceptamos todos, ¿no?
-¿Y cuál es el interés? –insistió Afrodita.
-Cumplir una vieja promesa.
El Caballero de Piscis ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, inquisitivo. Sin dejar de sonreír, Aldebarán tomó el cuaderno en el que Saga estaba anotando el inventario.
-¿Una promesa a quién? –preguntó Afrodita sin moverse de su sitio.
-Galatea –replicó Aldebarán con naturalidad.
-Oh… -ese nombre sirvió para que Afrodita mirara al Caballero de Tauro como si todo lo que pensaba acerca de él acabara de dar un vuelco en ese instante-. ¿A pesar de todo lo que pasó cuando ella dejó el Santuario?
-Esa fue su decisión. La mía fue, y sigue siendo, cumplir con la palabra dada.
Afrodita le sonrió. Una sonrisa abierta, sincera, que muy pocos habían visto en el Santuario hasta ese momento.
-Héroe. Entonces, ¿te explico cómo funciona el inventario?
-Por favor.
-De acuerdo, empecemos con lo de las etiquetas…
Cuando Saga bajó de nuevo al sótano, bastante molesto por el encargo que le haría atrasarse todavía más con su castigo, encontró no solo a Aldebarán sino también a Shura, MM, Shiryu y Nachi trabajando de firme y a toda velocidad en el inventario. Afrodita, que parecía estar esperándolo, se despidió del Caballero de Tauro y fue hacia él nada más verlo en el umbral.
-¿Partimos de inmediato a Atenas?
-Primero tenemos que cambiarnos de ropa –le respondió Saga, mirando intrigado-. Algo que no llame mucho la atención en el mundo exterior.
-Ah, sí, tengo algo apropiado.
-Bien… ¿Ellos…?
-Le expliqué todo a Aldebarán, él le explicó a ellos, él queda a cargo.
-¿Seguro?
-No habrá problema, he estado vigilándolos y lo hacen bien, no habrá desastres a menos que les dé por jugar, y Aldebarán se encargará de que no lo hagan.
A Saga le pareció un tanto intrigante el que Afrodita usara el nombre del Caballero de Tauro como si lo contara entre el número de sus amigos, pero Shion había sido muy claro al decirle que era urgente arreglar lo del pasaporte de Shura antes de que él y MM se declararan mutuamente la guerra, así que decidió guardarse sus dudas y quejas para más adelante.
De momento, era prioritario establecer de nuevo la comunicación con algunos contactos en el gobierno griego.
La India
Shaka siguió a Birendra con algo de dificultad. Su primo casi no le había dejado saludar a sus padres y tíos antes de llevárselo casi a rastras para hablar en privado. Debía ser un asunto muy privado, porque ya se habían alejado de la aldea y estaban adentrándose en la selva.
-¿A dónde me llevas?
Sin responder, Birendra apartó unas plantas y le mostró la entrada a una cueva. La entrada era tan pequeña que casi tuvieron que pasar a gatas, pero la cueva en realidad era bastante grande. Un río subterráneo cruzaba la cueva sin salir ahí a la superficie, pero en el centro del recinto se había formado un embalse en el cual brillaba, iluminado por los rayos de sol que llegaban hasta ahí desde alguna abertura en el techo, un loto… bastante similar al que había dejado Shaka en el Santuario.
Birendra se detuvo a la orilla del embalse y contempló el loto con una mueca de enojo.
-No me fue sencillo decidirme a mostrarte esto, primo.
-Tú también tienes un loto…
-Oh, ¿entonces, ya sembraste tu semilla?
-Hace poco. Mi loto es de otro color. De hecho, nunca había visto uno de este color… ¿desde el principio fue así de rojo?
-Sí, desde la primera flor. Sembré la semilla hace dos años. Florece puntualmente una vez cada seis meses. Siempre una flor de este tamaño. Se mantiene tres meses así antes de secarse y empezar con otro capullo.
-Asombroso. ¿Tus padres o los míos te han comentado algo sobre estas plantas?
-No, y eso me preocupa. Hay algo malo con esta flor.
Shaka no podía creerlo. ¿Qué podía encontrar de malo su primo en el maravilloso regalo que le habían dado sus padres?
El Santuario de Poseidón
-Esto está empezando a volverse aburrido –dijo Kanon. Sorrento gruñó, irritado. Kanon se encogió de hombros y siguió hablando-. ¿Vamos a seguir así todo el día?
-¡Cállate y pelea!
Kanon le ofreció la sonrisa burlona más irritante de su repertorio y eso logró que Sorrento terminara de perder la cabeza: el Shogun de Siren atacó con todas sus fuerzas, pero olvidándose por completo de protegerse al mismo tiempo, tal y como Kanon esperaba que sucediera en cualquier momento.
Lo esquivó fácilmente (como había estado haciendo a lo largo del día) y aprovechó aquel instante de furia ciega para adentrarse en la mente de Sorrento sin encontrar el menor obstáculo.
Lo que encontró ahí lo sorprendió tanto que tuvo que retirarse a toda prisa.
Los demás no notaron nada. Solo vieron un ataque fallido luego del cual Kanon y Sorrento quedaron frente a frente, mirándose con expresión de sorpresa antes de que Sorrento se alejara de ellos a toda prisa.
-¿Terminaron? –preguntó Julián cuando Kanon llegó hasta el grupo de espectadores, caminando un poco más despacio de lo habitual.
-No… todavía falta.
Kanon tomó dos botellas de agua y una bolsa de palomitas antes de marcharse, siguiendo a Sorrento.
-¿Van a continuar? –preguntó Tethys, preocupada.
-No creo… -Julián sonrió de pronto-. Según Poseidón, ya no hay riesgo de que se maten entre ellos hoy, aunque eso no es garantía de que vayan a hacer las paces.
Atenas
Helena Chrysomallis estaba a la mitad de su segundo mandato como Primera Ministra de Grecia.
Los primeros meses de su primer mandato habían sido una montaña rusa intelectual y emocional, porque uno de los primeros secretos de Estado que debían ser puestos de conocimiento de cada nuevo gobernante era la existencia de las Tierras Místicas y de los dioses que las habitaban.
Las relaciones con el Santuario de Atenea habían sido… complicadas, por no decir "sumamente tensas" los últimos diez años o algo así. Por eso, el anuncio de que dos representantes de Atenea estaban ahí para comunicarle algunos asuntos la alarmó de inmediato. No todos los embajadores de Atenea habían sido fáciles de tratar, pero compuso su mejor sonrisa y se preparó mentalmente para recibirlos.
Se sintió algo aliviada cuando los hicieron pasar a su oficina. Conocía al más joven, generalmente era más razonable y cortés que la mayoría. En cuanto al otro…
-¡Señor Seadragon! ¡Qué sorpresa! Me informaron que tenía una visita de parte de la diosa Atenea, pero no me mencionaron a Poseidón. ¿O viene en representación de Julián Solo?
Saga quiso responder y no pudo. Solamente atinó a dirigirle una mirada incrédula. Afrodita dejó escapar una risa breve y se adelantó para saludarla.
-Señora Ministra, siempre es un placer verla.
-Caballero de Piscis, bienvenido una vez más.
-No sabía que conociera a Kanon.
-Hará unos tres años. Un excelente negociante, sería un buen estafador si se lo propusiera.
-No tiene idea de lo acertada que está. Permítame presentarle a la otra mitad del "set", este es Saga de Géminis, el hermano gemelo de Kanon.
-¿Gemelos?
-Hum. Sí, somos gemelos –confirmó Saga, visiblemente incómodo-. Es un honor, señora Ministra.
La voz y la actitud eran completamente distintas, para sorpresa de Helena, no cabía duda de que era una persona distinta. Sin embargo, Saga era la tercera persona que conocía con esos rasgos y esa edad…
-El placer es mío, Caballero de Géminis. Pero, dígame, Kanon, Arles y usted… ¿son trillizos?
Debía haber dicho algo inconveniente, porque Saga se puso blanco y Afrodita perdió la sonrisa.
-Pasaron tantas cosas los últimos meses… probablemente no llegó a enterarse y por eso es bueno que nos hayan encargado transmitirle las últimas noticias, Señora Ministra –dijo Afrodita, con un tono ligeramente evasivo-. Arles falleció.
Helena comprendió de inmediato que aquel giro tenía el propósito de permitirle a Saga no contestar su pregunta, y se adaptó de inmediato a eso. Por lo visto, el (indudable) parentesco que tenía con Arles (otro embajador habitual de Atenea) debía ser un asunto delicado.
-Lamento escuchar eso. Por favor, transmítanle mis condolencias a su familia.
-Así lo haremos.
Afrodita sonrió, dando por terminado ese asunto, pero Saga, luego de meditarlo unos instantes, decidió que lo más correcto era responder la pregunta, aunque fuera a medias. El que la anciana dama le diera el pésame por Arles era completamente surreal, pero no era justo que Afrodita cargara con todo el peso de la conversación.
-Gracias. Arles… no era mi hermano, pero creció con Kanon y conmigo. Su muerte produjo una serie de cambios en el Santuario y en la Orden de Atenea, y el Patriarca Shion nos envió a Afrodita y a mí para informarle de los últimos acontecimientos.
Con suerte, no tendría que añadir nada más sobre Arles y la Ministra asumiría que eran primos. ¿Trillizos? La idea resultaba escalofriante.
-Soy toda oídos –dijo Helena, sonriente y preparándose para todo.
El Santuario de Poseidón
Estúpido, estúpido, estúpido…
Sorrento no podía acabar de creerlo: había estado tan concentrado en lograr golpear a Kanon que había descuidado sus escudos mentales.
Lo había visto usar técnicas psíquicas docenas de veces, sobre todo cuando tenían que lidiar con los complots de los parientes y tutores de Julián. ¿Cómo había podido descuidarse de esa manera?
-Toma.
Y acababa de descuidarse otra vez, como un principiante: Kanon estaba ahí, como salido de la nada (o de la Otra Dimensión), ofreciéndole una botella de agua.
-No quiero nada de ti.
Eso le ganó otra sonrisa burlona.
-Es Baian quien te la envía. ¿Quieres que le diga que despreciaste un regalo suyo?
Otro golpe a su maltrecha dignidad. Sorrento le arrebató la botella y bebió rápidamente la mitad del contenido.
-Despacio, hombre, que vas a provocarte un cólico.
Kanon se sentó a su lado y puso entre ambos la bolsa con palomitas de maíz antes de abrir la segunda botella y beber lentamente, a sorbos. Sorrento miró intrigado las palomitas.
-Baian las preparó –dijo Kanon, que lo observaba de reojo-. Pero tuvo piedad de nosotros: les puso poco aceite y el mínimo de sal. Eso sí, están un poco quemadas.
-Me gustan quemadas –confesó Sorrento.
-También a mí. Nunca las había comido quemadas antes de conocerlo, ¿y tú?
-Tampoco.
Hubo un largo silencio durante el cual solo se escuchó el crujir de la bolsa cuando alguno de ellos sacaba un puñado de palomitas.
-Y, dime, ¿cuándo te le vas a declarar? –preguntó Kanon.
Sorrento se sorprendió a sí mismo al darse cuenta de que podía responderle sin enojo ni rencor. Tal vez se debía al cansancio.
-Solamente tiene ojos para ti.
-Te equivocas.
-"Kanon dice", "Kanon opina", "voy a preguntarle a Kanon". Kanon, Kanon, Kanon…
-No hay nada como ser una mala influencia.
-Sé que te juró lealtad. Aquella vez… en Canadá.
-Lo hizo, incluso dijo que a partir de ese momento me consideraría su Maestro y su única familia, nunca dijo que además fuera su interés romántico.
-Ni falta que hace.
-¿Seguro? Tengo la impresión de que para él soy el padre que no recuerda o el hermano mayor que nunca tuvo, solamente eso. Fui la primera persona en ver algún potencial en él, eso es todo.
-¿Y qué es él para ti?
-Un fastidio con patas, igual que tú.
-Estoy hablando en serio.
-También yo. Baian, Isaac, Tethys, Julián y tú me llovieron del cielo sin que tuviera la menor intención de buscarlos. A ver… a Isaac lo trajeron las corrientes marinas, a Baian lo conocí cuando trató de robarme la billetera…
-¡¿Qué?
-Tethys nos seguía a todas partes, la empresa de Julián hizo quebrar la mía para que él pudiera quedarse con el astillero y tú apareciste un día para contemplar cómo se construye un barco. A Krishna, Eo y Caza los conocí ya adultos, pero a ustedes cinco, mal que bien, fui yo quien terminó de criarlos. Me cortaría las venas si alguna vez los considerara distintos a mis hermanas menores.
-¿Cómo que hermanas?
-Tengo tres hermanas menores. Bueno, tuve, ahora solo queda una, pero hermanos solamente tengo uno y es mi gemelo. ¿Con qué esperas que los compare a ustedes?
Sorrento resopló.
-Entonces… ¿no hay nada entre ustedes?
-Ni lo habrá jamás. Tienes mi palabra.
-…Gracias, Kanon.
-De nada.
Hubo otro largo silencio, durante el cual casi se terminaron las palomitas.
-Y, dime, ¿cuándo te le piensas declarar?
-Estoy muerto de cansancio –respondió Sorrento, enojado-, pero todavía soy capaz de liarme contigo a golpes otro rato.
-Está bien. ¿Quieres que se lo diga yo?
-¡¿Estás loco?
Kanon le sonrió con malicia y Sorrento comprendió que había perdido cualquier ventaja que pudiera tener.
-Te lo advierto, Sorrento, mi silencio es caro.
-Yo… ¡si te atreves a decirle algo…! ¡Deja de sonreír así en este instante!
-Está bien –Kanon tomó el último puñado de palomitas-. Pero, en mi calidad de Maestro y hermano postizo de Baian, voy a hacerte una advertencia.
-¿El famoso "si lo lastimas te lo haré pagar"? –replicó Sorrento con sarcasmo.
-No, pequeño e ingenuo saltamontes, eso se sobreentiende. Lo que quiero que sepas es que Baian, a pesar de sus poses de macho y de sus intentos por ser pandillero…
-¡¿Qué?
-¿No lo sabías? Pídele a Krishna que te cuente cómo fue que Baian empezó a trabajar en el astillero, su versión es más divertida que la mía. En fin, lo que trato de decirte es que Baian trata de parecer maduro y astuto, pero en realidad es sumamente ingenuo… y un tanto inocentón. Jamás llegará a darse cuenta de que te gusta a menos que tú mismo se lo digas, en la forma más directa posible y sin darle margen para que malentienda otra cosa. Puede leer las mentes ajenas, pero no es capaz de captar sutilezas, indirectas ni dobles sentidos. ¿He sido claro al respecto?
-¿Debo asumir que tampoco me consideras muy sutil que digamos?
-Chico listo, lo captaste a la primera y no tuve que dibujarte un diagrama. Tal vez haya esperanza contigo.
-Eres un engreído detestable y un mal nacido, ¿lo sabías?
-Lo de engreído detestable, sí, lo sé, y a mucha honra, gracias –Kanon dejó de sonreír-. Lo de mal nacido, sin embargo, no te lo acepto.
-…¿Kanon? –la expresión repentinamente seria de Kanon inquietó a Sorrento, que en realidad no había tenido intención de ofenderlo, por primera vez en todo el día.
-Para que lo sepas, soy hijo legítimo y de buena familia. El que sea la oveja negra es un asunto aparte. Y tú, mi estimado Sorrento, no deberías tirar piedras teniendo tejado de vidrio.
Sorrento se puso en pie de un salto.
-¡Tú…! ¿Cómo sabes eso?
-Oh, por favor, no sobreactúes. Sabiendo la clase de desgraciado tramposo que soy, ¿pensabas que no iba a investigarte tarde o temprano? Lo que no me explico es por qué te avergüenza ser hijo de una mujer soltera. No eres el único por aquí.
Sorrento dudó un poco y luego volvió a sentarse.
-¿Quién… más?
-Ah, ¿curiosos estamos, Siren?
-Kanon…
-Krishna, Isaac y Julián.
-¿Cómo? ¿Julián?
-Los padres de Krishna vivieron 30 años juntos y nunca se casaron. El padre de Isaac murió en un accidente sin saber que su novia estaba embarazada. Y nadie tiene la menor idea de quién fue el padre de Julián. Su madre nunca quiso decirlo y se llevó el secreto a la tumba –Kanon hizo una mueca burlona-. Algunos hablan acerca del hijo de otra familia importante, dueños de una empresa rival… yo apostaría por el hijo mayor del jardinero que tenían los Solo en aquel entonces.
¿Aquello sería cierto o Kanon lo había inventado?
-¿Cómo es que sabes todo eso? ¿Ellos te lo contaron? …¿O leíste sus mentes?
-Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. En el momento en que Julián empezó a mostrar interés en el astillero, sus tutores hicieron investigar a todas las personas con las que tuvo contacto ahí. Un procedimiento de rutina –Kanon bebió otro trago de agua y continuó-. Cuando Empresas Solo absorbió el astillero y nosotros empezamos a trabajar como guardaespaldas de Julián, encontré nuestros expedientes. Averiguaron hasta el tipo de sangre de Caza y que Isaac es alérgico al polen (algo que él mismo no sabe todavía). De la única que no averiguaron gran cosa fue de Tethys, pero sí tenían muchas fotos suyas de cada vez que la llevamos a pasear a tierra. Hasta de las veces que la llevamos al teatro de títeres. Algunos directivos llegaron a creer que era hija mía y que solo esperábamos a que Julián empezara a interesarse en las niñas para presentársela y "atraparlo".
-Rayos.
-Algo así dije yo entonces.
-¿Y de ti, qué averiguaron?
-Mi edad aproximada. Que mis documentos como ciudadano canadiense eran falsos. Que pagué por ellos con tres diamantes pequeños, pero de buena calidad. Dedujeron por mi acento que soy griego "de algún lugar cercano a Atenas". También dedujeron que fui educado en mi casa por excelentes maestros privados, que, sin embargo, no lograron hacerme aprender álgebra ni trigonometría. E hicieron que un par de psicólogos forenses elaboraran mi perfil –Kanon dejó de sonreír-. Excelentes profesionales, hicieron un listado exacto de todas mis filias y fobias. Después de leerlo fue que decidí ir a terapia por lo de mi fobia a nadar.
-Pero… tú nadas muy bien…
-Señal de que la terapia funcionó. Debería llamar a mi loquera un día de estos, debe creer que estoy muerto o desaparecido y todavía le debo las dos últimas sesiones. En fin, ¿quieres leer tu expediente?
-Me gustaría… ¿Puedo leer también el de Baian?
-No, a menos que él te dé permiso. Por escrito.
-…¿Por qué me cuentas todo esto? –preguntó Sorrento, poniéndose serio.
-Porque si vas a ser mi segundo al mando, necesitas estar bien informado.
¿Qué?
-¿Yo? ¿El segundo? ¿Te volviste loco? ¡Jamás estamos de acuerdo en nada!
-Precisamente por eso creo que serías un buen abogado del diablo. Ah, no, ese soy yo. Serías un buen subcomandante. Necesito alguien que pueda señalarme mis errores y contradicciones… y si es alguien en quien confía el resto de la Orden, tanto mejor.
Sorrento frunció el ceño y bebió un poco más de agua mientras meditaba cómo responder.
Atenas
-Es una dama encantadora –comentó Afrodita.
Saga se limitó a asentir. Poner a la Ministra al día sobre los cambios en el Santuario y en la situación política de los dioses griegos y los distintos panteones había tomado más tiempo de lo que le habría gustado, pero al menos ya estaba encaminado también lo del pasaporte de Shura, un día o dos más y podrían entregarle el documento.
Estaban en camino a la estación del tren para regresar a la Acrópolis de Atenas, donde estaba una de las entradas al Santuario, cuando algo captó la atención de Saga.
-¿Qué ocurre? –preguntó Afrodita al notar que se había detenido.
Saga señaló un cine que estaba justo cruzando la calle.
-Estamos a tiempo de entrar a ver esa película.
-…¿Qué?
Minutos después, Afrodita estaba sentado en una butaca del cine, intentando comprender lo que pasaba. Hasta ese momento, Saga había tenido mucha prisa por completar los trámites de Shura, visitar a la Ministra y volver al Santuario, y ahora de repente quería perder dos horas en un cine.
Saga no estaba muy seguro de por qué se había empeñado en ver la película. En un principio le llamó la atención el título, que anunciaba con orgullo que el filme estaba basado en la "Medea" de Eurípides, uno de sus autores favoritos, luego le pareció extrañamente familiar la actriz principal, que miraba fríamente al público desde los pósters promocionales, aunque estaba seguro de no haber visto en su vida a aquella mujer de cabello y ojos negros.
O quizá su deseo de entrar tenía algo que ver con aquella ida al cine que Afrodita y Aioros empezaron a planear y nunca concretaron.
Sin embargo, Saga no llegó a enterarse de si la película era buena o mala, porque pocos minutos después de que se apagaran las luces, la somnolencia que le había estado incomodando los últimos días (demasiadas noches de sueño inquieto e insuficiente) cayó sobre él con toda pesadez y se quedó dormido sin darse cuenta.
Afrodita sintió cuando Saga apoyó la cabeza en su hombro y supo el momento exacto en el que pasó de la vigilia al sueño, pero no se movió ni dijo nada. Sabía que Saga estaba teniendo problemas de insomnio y si podía aprovechar ese rato para dormir, tanto mejor. Ya le contaría después sobre la película.
Si le preguntaba, claro.
El padre de Afrodita era severamente adicto a todas las formas de arte y el Caballero de Piscis tenía recuerdos curiosamente claros de representaciones teatrales en el Monte Parnaso. En aquellas ocasiones había estado sentado junto a su padre y éste (que podía recitar de memoria todos los parlamentos de "Edipo Rey", la "Orestíada" completa y "Medea") le explicaba las partes difíciles (que, teniendo en cuenta el detalle de que Afrodita tenía tres o cuatro años, eran casi todas).
Eurípides era algo especial para su padre, que alababa siempre la belleza del lenguaje y la profundidad de los sentimientos en sus obras.
-En una época en las que las mujeres eran consideradas inferiores a los hombres (y eso cuando se les consideraba seres humanos), Eurípides tuvo en cuenta lo que podían pensar y sentir –le había dicho en una ocasión, precisamente mientas veían a la Corte de Apolo representar "Medea"-. Él dejó el razonamiento y la acción para sus personajes masculinos, pero lo que es realmente importante, lo que proviene del alma y que, por lo tanto, es lo más difícil de representar, lo verás en sus personajes femeninos. Por eso quiero que prestes atención a Medea. Ella tiene es mujer y es madre, y Jasón la traiciona en ambos aspectos: primero al abandonarla por otra mujer y luego al pretender desterrarla y quedarse con los hijos de ambos. Puedes sentir su dolor en cada palabra.
-Pero ella mató a sus hijos –dijo Afrodita, que ya conocía el argumento por habérselo escuchado algunas veces a su abuelo, que estaba sentado cerca de ellos.
-No sabremos nunca si tenía razón o no al hacerlo. Puede que la princesa de Corinto hubiera sido una segunda madre para sus hijos y que los hubiera criado bien, por amor a Jasón, o puede que Medea estuviera en lo cierto y Jasón se olvidaría de ellos al punto de que hasta los esclavos los tratarían mal y sus vidas correrían peligro. Ella decidió de vengarse del traidor en lo que pudiera lastimarlo más: tomando las vidas de los hijos de ambos, y ahí triunfó la mujer despechada sobre la madre herida. Por eso los dragones que tiran de su carruaje al final de la obra y las alusiones a su origen divino: al destruir a su descendencia, Medea pierde buena parte de lo que la hacía humana. Pero antes de llegar a ese punto, en lo que vas a escuchar ahora, su dolor es auténtico. Observa a la actriz, es difícil para alguien que no ha sufrido realmente transmitir a la audiencia la emoción exacta. Una mala actuación convierte a toda la obra en una caricatura, una burla. Pero una buena actuación llega hasta el alma y te hace capaz de comprender el dolor de Medea.
Afrodita volvió al presente cuando en la pantalla la actriz que interpretaba a Medea empezó a elevar poco a poco la voz mientras discutía con Jasón.
-Tal es mi desesperada situación que me aborrecen los amigos a quienes no debí hacer mal y tengo por enemigos a quienes solo dispensé beneficios, como sucede contigo. Soy por tu causa la esposa más feliz y envidiable de la Grecia y tú un portentoso y fidelísimo marido; tú eres el autor de mis desventuras, tú me obligas a huir de aquí desterrada, sin amigos, sola con mis hijos, también solos. ¡Preclara gloria para el nuevo esposo, reducir a sus hijos y a su salvadora a la condición de mendigos! ¿Por qué, ¡oh, Zeus!, has permitido que los hombres distingan el oro verdadero del falso y no has impreso una señal en el cuerpo para que no se confundan los malos con los buenos?
Afrodita asintió, aprobando el estilo y la intensidad de la actriz. Dido definitivamente lucía mejor desde que había dejado de teñirse el cabello y había abandonado los lentes de contacto coloreados. Y, sorpresa inesperada para Afrodita, sabía transmitir al público las emociones de Medea. El padre de Afrodita no habría tenido la menor queja sobre su interpretación, y él estaba empezando a sentirse seguro de que esta película realmente la consagraría a nivel internacional. Finalmente se había cumplido el sueño de Dido…
…Aunque era bastante irónico que se cumpliera precisamente con "Medea". Afrodita, que desde los doce años no había perdido oportunidad para llamarla "bruja" cuando Arles no pudiera oírlo (y regañarlo después), no podía dejar de preguntarse si la facilidad con la que Dido representaba el dolor de la madre herida y traicionada tenía alguna relación con la forma en que la antigua sacerdotisa de la diosa del Amor y la Belleza había tenido que abandonar a Arturo y Antares al huir de las Tierras Místicas.
El Santuario de Atenea
Dos días después, arreglados por fin todos los asuntos legales, Shura, MM, Shiryu y Nachi emprendieron de nuevo el camino.
Shura había recuperado el buen humor, pero lo volvió a perder cuando escuchó a Shiryu y Nachi proponer ideas sobre la forma más eficiente de entrar a hurtadillas a un museo y robar algún objeto sin ser vistos. No pudo evitar llamarles la atención y advertirles que una conducta semejante era inapropiada para un Caballero de Atenea.
El silencio sorprendido de los dos Caballeros de Bronce lo puso sobre aviso de que algo andaba mal, pero fue la actitud de su compañero de Oro lo que terminó de confirmárselo.
MM levantó la mirada al cielo.
-Como decía mi profesor de Historia Universal I, "¡ilumínalo o elimínalo!".
-¿Estás tratando de burlarte de mí, Cáncer? –era obvio que sí, pero no tuvo más remedio que preguntárselo.
-No, es sólo que a ratos me cuesta asimilar que seas así de bruto.
-¡Cáncer!
-A ver… ¿Cómo te lo explico, que sea sencillito?... ¿Tienes alguna idea de dónde están Colada y Tizona, las espadas que debemos encontrar?
-No, pero supongo que podremos ave…
-Resulta que yo sí lo sé.
Eso era una verdadera sorpresa.
-Me alegra que vayas a ser de alguna utilidad después de todo.
-Tizona está en el Museo de Burgos, en Burgos, si me perdonas la redundancia. Colada está en la Real Armería, en Madrid. Están en museos, ¿me entiendes?
-¿Qué tiene que ver?
-No me entiendes. ¿Quiénes son los dueños de lo que haya dentro de un museo propiedad de la ciudad o del país donde se encuentra? –MM habló con un tono de exageradísima paciencia que acabó de fastidiar a Shura.
-Me imagino que los ciudadanos del país en cuestión.
-¡Correcto! Ergo, Colada y Tizona pertenecen a todos y cada uno de los españoles. Tus compatriotas, pues. ¿Ya me entendiste?
-…No. No tengo la menor idea de a dónde quieres llegar con esto.
MM miró con desesperación a los dos Caballeros de Bronce, que parecían algo angustiados.
-Para decírtelo en dos platos: no hay manera de que nos vayan a vender, prestar o alquilar esas espadas: tendremos que robarlas –dijo por fin.
-¡Eso es absurdo! ¡Atenea no nos enviaría a algo tan innoble como robar!
MM se frotó el puente de la nariz.
-Shura, muchacho… Atenea nos envió a robar.
Por segunda vez en pocos días, Shura se quedó sin saber qué responder.
Continuará…
Notas sobre antroponimia, cosmética india e hindú y teatro griego:
Dido es un nombre griego y significa "fugitiva".
Birendra es un nombre indio, significa "rey de guerreros".
El bindi: es decir, el curioso puntito rojo que usa Shaka en la frente… en La India normalmente lo usan las mujeres ooU No logro imaginarme por qué Kurumada le puso uno a él. Quiero decir, existen otros adornos, llamados "tilakas" (singular "tilaka", pronúnciese "tilak") que las personas de algunas partes de Asia usan en la frente y que antiguamente en La India servían para identificar las castas, pero que en la actualidad se usan más para señalar a qué grupo religioso se pertenece, de cuál dios en particular se es devoto o como un homenaje cuando se está en presencia de una persona importante. Tanto hombres como mujeres indios pueden usar tilakas, pero solamente las mujeres usan bindis. Y, por el tamaño y la forma, lo que usa Shaka no parece un tilaka, sino un bindi ooU Lo peor de todo es que me parece que incluso se me ha ocurrido cómo justificar eso en el fic y que quede coherente (¡horror, imaginación hiperactiva al ataque!). Bueno, en realidad estoy pensando en el anime, no sé si el puntito en cuestión aparece también en el manga o si es una malvada broma de los animadores XD
La palabra "bindi" viene del sánscrito y significa "punto" o "gota", y puede ser hecho con maquillaje, con un adhesivo o con una joya pequeña. Originalmente, el bindi distinguía a la mujer casada (el rojo simboliza valor, alegría y amor), pero ahora lo usan sobre todo las mujeres jóvenes y es una cuestión de gustos y de moda, porque el símbolo actual de la mujer casada es un tilaka con la forma de una línea vertical de bermellón en el nacimiento del cabello.
En cualquier caso, la ubicación del bindi de Shaka corresponde con uno de los chakras (puntos de energía del cuerpo), el sexto ("anja"), donde se supone que reside la "sabiduría oculta". Se supone que el bindi concentra la energía y favorece la meditación.
Las tres líneas de ceniza que usa Birendra son un tilaka que lo identifica como un devoto del dios Shiva.
De las obras teatrales citadas en este capítulo: "Edipo Rey" es de Sófocles, la "Orestíada" (compuesta por "Agamenón", "Las coéforas" y "Las Euménides") es de Esquilo y "Medea" es de Eurípides.
