Wow. Lo que pone en mi perfil, eso de que "actualizo más o menos cada nueva temporada de Sherlock", iba 100% en serio: han pasado nueve (9) meses desde que actualicé por última vez y ahora me he decidido a INTENTAR darle un punto final a esto, a ver si lo consigo, porque me martiriza dejarlo a medias. Son solo tres capítulos más de los que honestamente no me siento satisfecha para nada (no me gusta nada el resultado final T^T), pero no sé, algo es algo. A ver si a vosotros os gusta un poco más que a mí...

Warning: he intentado hacer un POV Sherlock al principio del capítulo y ha sido un poco (mucho) un desastre. Si escribís fics, no lo intentéis nunca. En serio, nunca, es una muy mala idea: complicadísimo narrar a Sherlock en primera persona. No-lo-hagáis. Lo siento.

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Intenta usted hablarme de amor, Marcus, pero el amor es complicado. El amor es algo muy complicado. Es a la vez la cosa más extraordinaria y la peor que puede pasar. Un día lo descubrirá. El amor puede hacer mucho daño. Así que no debe tener usted miedo de caer, y sobre todo de enamorarse, porque el amor es también muy hermoso, pero como todo lo que es hermoso, deslumbra y daña los ojos. Por esa razón a menudo se llora después.

La verdad sobre el caso Harry Quebert (Joël Dicker)

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Capítulo 10:

El frío de Londres se infiltra a través de las paredes, colándose por rendijas y serpenteando por esquinas, llevando a cabo su invasión silenciosa. El invierno se asienta poco a poco pero sin pausa, y se apropia del silencio convirtiéndolo en nieve, lluvia, truenos y viento. Estoy en completo silencio. Inmóvil, atento, sentado en el respaldo del sofá. Deben de ser alrededor de las cuatro de la mañana. Las primeras gotas empiezan a caer, como advirtiéndome del aguacero que se avecinaba. Suspiro. Me aburro.

El piso está hecho un asco, pero sorteo todo lo que hay tirado por el suelo casi con indiferencia. Periódicos, libros, sábanas, revistas, varias tazas de té de hace semana y media. Calculo que dentro de siete horas y veinticuatro minutos, con precisión, mi casero llamará a la puerta y me dará un margen de tiempo limitado para abandonar su piso. Este me ha durado cinco meses. Normalmente me echan al tercero; no todo el mundo está preparado para afrontar la estancia de un sociópata altamente funcional. Todo lo que ven es el caos, violín de madrugada, el desorden o algún que otro miembro amputado por la casa cuando tengo mala suerte.

Me acerco a la ventana, arrastrando tras de mí una sábana casi gris con un frotamiento suave, y apoyo la frente en el cristal casi congelado. Necesito un piso nuevo, con un casero nuevo… y un compañero. Las dos primeras cosas ya estaban solucionadas, gracias a Mrs. Hudson. La tercera estaba por ver. El Silencio asiente, dándome la razón; tampoco me hacía mucha falta, porque yo siempre tengo razón.

Al cabo de treinta segundos cae un torrente de agua atronador, haciendo desaparecer al silencio y emborronando mi visión desde la ventana.

¿Veis? Lo sabía.

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Todo el mundo sabe que se acerca una renovación de plantilla. Esas eran las reglas: los estudiantes que entran por los médicos que salen. Ahora que las prácticas habían finalizado, estaba claro que más de uno se iba a retirar: entre ellos, yo. Suficiente distracción por el momento. Ya he encontrado todo lo que necesito.

El móvil me vibra y no necesito ni mirarlo para saber que es Mycroft. Sonrío; está nervioso porque no sabe con exactitud qué está pasando. ¿Tengo cara de tener que darle explicaciones? No.

Si vas a tomar alguna decisión importante, deberías discutirla conmigo antes. –M

Intuyo que no me vas a hacer caso te diga lo que te diga. –M

¿Quién es el joven Watson? –M

Si no contestas tendré que descubrirlo por mi cuenta. Que pases un buen día :) –M

Bufo, tirando el móvil lejos. Ya estaba tardando Mycroft en meter las narices en mis asuntos.

-Me saca de quicio –le explico a Billy, silencioso oyente que reposa en una de mis estanterías-. Y doy gracias a que ya no convive con Graham. Ya es un suplicio soportar a mi hermano, como para tener también encima a Gavin constantemente –la calavera me observa de forma casi insultante. Me doy por vencido, exasperado, cogiendo mi abrigo y mi bufanda y saliendo del apartamento como un torrente. En las escaleras me encuentro con mi casero. No estoy de humor para estupideces- Fuera en una semana, sí, ya lo sé. ¿Sabe ya que su hija es stripper en el bar de la esquina? –le espeto, subiéndome el cuello del abrigo sin detenerme siquiera a despedirme (para qué, si total, le acabaría volviendo a ver, para mi desgracia). Llego al hospital a la hora de siempre, pero esta vez tomo un camino inusual, subiendo escaleras arriba. Al fondo a la derecha. Víctor Trevor. Director. Llamo a la puerta y paso, sin esperar siquiera a que me conceda el permiso para entrar. Me detengo en el umbral y, cómo no, Víctor me recibe con una amplia sonrisa que para cualquier otra persona habría resultado encantadora.

-Sherlock –me saluda suavemente, depositando la pluma estilográfica que tenía entre manos. Alza la vista hacia mí, y nuestras miradas se cruzan en una confrontación silenciosa. Hago un repaso rápido de mis archivos. Víctor Trevor: estudiante de sobresaliente, neurocirujano de renombre, ahora dirige el hospital. Pansexual. Inteligente, pero no tanto como yo. Fue a clase conmigo durante un breve periodo de tiempo. Mantuvimos una breve relación—no, irrelevante. Sonrío fríamente.

-Considero esta visita una mera cordialidad, para decirte que me voy, cosa que ambos ya sabemos, acabemos con esto cuando antes –Víctor va a abrir la boca, pero no le dejo; nunca me ha gustado perder el tiempo-. Ni tú ni el hospital me debéis nada, así que esto termina aquí.

-¿Y si no acepto tu dimis…

-Sabes de sobra que me va a dar igual que aceptes o no mi dimisión. Estoy fuera. Eres suficientemente inteligente, Víctor: si vas a sustituirme con alguien, que sea con el Dr. John Watson. Dará la talla. No me estoy equivocando con esto –estoy por añadir un "yo nunca me equivoco", pero es algo que ambos sabemos ya.

Trevor guarda silencio. Me observa, sin decir palabra, como si estuviese procesando todo lo que acababa de decir. Después de un momento que se me hizo eterno asiente levemente, y puedo observar cómo se muerde el carrillo izquierdo interiormente. Va a decir algo, pero finalmente decide callarse y da por finalizada la reunión cogiendo de nuevo su estilográfica y despegando su atención de mí. Me doy la vuelta y salgo, bajando las escaleras: me queda una sola cosa más por hacer.

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John se detiene a mitad del bostezo porque lo nota. Porque un escalofrío le recorre la espina dorsal, le empuja a darse la vuelta lentamente, mirando por encima de su hombro derecho, atisbando de reojo aquella figura negra y esbelta que le atormentaba cada segundo del día. Suspira, intentando tranquilizarse, porque Sherlock Holmes está ahí y le está mirando, y su corazón está a punto de jubilarse. Joder, John, que no tienes catorce putos años. Consigue (o eso cree) esconder parte de su nerviosismo detrás de una mirada interrogante. No hay nadie más en la cafetería salvo un señor limpiando mesas. Como un felino Sherlock se encamina hacia él, hasta que se detiene, le mira y suelta:

-Baker Street, 221B. Tenemos la cita a las seis y cuarto; no llegues tarde.

Y se va con un frusfrús de su abrigo detrás, dejándole ahí, temblando como un flan y más perdido que un pulpo en un garaje. John coge una gran bocanada de aire, sentándose en una de las sillas para no perder el equilibrio. Repite sus palabras mentalmente, y se muere: ¿había dicho cita? ¿Cómo que cita? ¿Cita-cita? Traga saliva. ¿Pero del tipo de cita de cuando vas al dentista o… o cita-cita? Jamás pensó que una palabra de cuatro letras podría llegar a provocarle tantos dolores de cabeza. Miró su reloj: las ocho y media. Le quedaban muchas horas por delante antes de las seis y cuarto, así que más le valía centrarse un poco, o acabaría matando a algún paciente.

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Llega la hora del Juicio Final, y casi que se espera que el suelo se abra a sus pies y le arrastre al infierno cuando pone un pie fuera del taxi. 221B. Ahí está. No sabe por qué cojones Sherlock le había citado aquí, pero no tardaría mucho en descubrirlo. Se adelanta y llama a la puerta.

-¡John, querido! –la puerta se abre de sopetón, y una señora da un beso en la mejilla- Pasa, pasa, Sherlock está ya arriba…

Watson abre la boca, como un pez, procesando:

-¿Señora… Señora Hudson!? ¿Qué hace usted aquí? –exclama, al reconocerla.

-Aunque no lo aparente ya estoy muy mayor para trabajar, John. Deja de perder el tiempo y sube, ya sabes que no le gusta que le hagan esperar… -y prácticamente le arrastra escaleras arriba, el rubio aún en shock.

Empuja suavemente la puerta del piso. Lo primero que le vino a la cabeza fue que el papel de pared era horrible: una mezcla de verdes oscuros, rojos y patrones. Lo segundo fue que daba igual el papel de pared, porque al fin y al cabo había tal cantidad de objetos y de mierda esparcida por absolutamente cada rincón que casi ni se veía. Enarcó las cejas, dándose la vuelta para preguntarle a Mrs. Hudson qué se suponía que debía hacer ahora, pero la señora había desaparecido silenciosamente escaleras abajo.

-¿Te vas a quedar en el descansillo toda la tarde?

Un escalofrío le recorrió de arriba abajo, reconociendo esa voz incluso antes de llegar a articular palabra. Carraspeó, nervioso, dando un par de pasos dubitativos hacia delante y atravesando el umbral de la puerta. Sherlock estaba ahí, subido descalzo encima de una pila de libros sorprendentemente alta (el cómo se mantenía en equilibro era un misterio), de espaldas a él. John se permitió treinta segundos de contemplación, aprovechando que no llevaba encima la gabardina y su figura se contorneaba con mucha más facilidad. Después recordó que le habían hecho una pregunta.

-Ah, eh… no, claro.

-Espero que el piso sea de tu agrado.

El rubio frunció el ceño, mirando a su alrededor, sin comprender.

-Oh, vamos, John. ¿Te lo voy a tener que decir todo yo?

-¿Sí?

Sherlock se da la vuelta para mirarle, bufando exasperado.

-Llevas una semana deteniéndote todas las mañanas frente al tablón de anuncios del hospital, por no mencionar que aprovechas los descansos de la comida para buscar cosas en tu portátil, cosa que no hacías nunca antes. Tienes en tu libreta de apuntes un post-it lleno de números de teléfono que has ido tachando poco a poco. Está claro que buscas un piso nuevo, que a su vez tienes que compartir con alguien porque no puedes afrontar los costes de una vivienda individual –dicho lo dicho pega un pequeño salto, bajándose de la pila de libros y sorteando un par de tacos de hojas y tres grapadoras que había en el suelo, acercándose a él. Sonríe abiertamente, y a John le da miedo-. Espero que no te moleste el violín a horas intempestivas. También puedo estar varios días sin hablar. Mañana puedes traer tus cosas…

-… pero esto está lleno de mierd-…

-… yo ya me he tomado la libertad de dejar mis cos—Bueno. Siempre se puede… -se agacha, cogiendo un par de cosas del suelo con rapidez, y el rubio enarca ambas cejas, sorprendido. Sherlock parece… ¿apurado?- limpiar un poco… Desordenado, tal vez… -tira cuatro libros de mala manera encima de la mesa. Parece ser que el concepto de "ordenar" por parte de Sherlock Holmes tiene un significado un poco distinto al del resto del planeta. Se hace el silencio y ambos se miran, sin tener mucho más que decir. El detective se acerca a él, alcanzándole en dos zancadas, y John traga saliva. Le tiende la mano y deposita unas llaves, que aún están calientes por el contacto. El médico las coge, cerrando el puño como si fuesen a salir corriendo-. Tu habitación es la de arriba. A mano derecha –añade, antes de desaparecer por la puerta, rozándole y dejando tras de sí un espacio vacío.

John coge aire, sin percatarse de que llevaba al menos medio minuto sin respirar, aún perplejo y apretando las llaves en su puño. Parpadea un par de veces y se mueve, por fin, tropezándose con una taza de té y una pila de sábanas. Los libros se amontonan en cada centímetro del suelo, abarcando desde temas de cocina hasta física nuclear. ¿Se los habrá leído todos? Seguro que sí. O más bien no, porque seguro que le aburren todos y cada uno de ellos. A su izquierda está lo que debió de ser en su día la cocina, hoy día inundada de bolsas, un par de microscopios, cajas y probetas, y prefirió no abrir la nevera, temeroso de lo que pudiera encontrarse. Se sentó en el sillón, en silencio, aún un poco en shock y sopesando todo lo que acababa de ocurrir. ¿Ahora iba a vivir con… Sherlock Holmes? El aludido parecía sin duda muy decidido, pero la verdad es que ni se lo había preguntado. ¿Cómo coño estaba tan seguro de que se iba a quedar en aquel piso de… bueno, sí, de mierda, porque seamos sinceros, está hecho un desastre. Cualquiera diría que había temblado la tierra exclusivamente en aquel pisito, con una intensidad descomunal, derribándolo todo y esparciéndolo por los suelos. Suspiró, pasándose las manos por la cara. Qué follón. Qué estaba pasando. Siendo sincero consigo mismo, lo necesitaba: llevaba semanas buscando piso, y o se le iba de presupuesto, o estaba demasiado lejos, o la persona con la que tenía que convivir era demasiado rara… que bueno, como si Sherlock no lo fuese. Para colmo el cretino se había esfumado, le había soltado esa bomba sin esperar siquiera su aprobación y ¡zas! Desaparecido. Mira las llaves que aún tiene en la mano y se levanta, recordando sus palabras: su habitación está escaleras arriba. Sigue las indicaciones, abriendo la puerta cerrada y esperándose lo peor, pero para su sorpresa no es así. "Su" (por lo visto) futura habitación era, seguramente, el único lugar de la casa ordenado, impoluto y sin cosas desperdigadas por todas partes. Una cama aceptablemente ancha, una modesta mesilla de noche con su respectiva lámpara, una cómoda, un armario empotrado y una pequeña librería llena a rebosar de libros (como el resto de la casa). Tiene incluso su baño particular, también perfectamente ordenado y surtido. Cualquiera diría que la pieza no forma parte de la casa, eran como dos polos opuestos. Se acercó a la mesilla y a la cama, preso de la curiosidad: ¡olían a nuevo! ¿Significaba acaso que Sherlock había habilitado aquel cuarto exclusivamente para él? ¿Era antes un desastre como el resto de la casa y lo había ordenado todo? ¿O era que simplemente aquel cuarto no lo usaba ni dios, y por eso las cosas estaban todavía a estrenar? Fuese como fuese, se agradecía un poco de orden.

-¡John, querido!

Se asoma por la puerta y baja las escaleras, encontrándose a una sonriente Mrs. Hudson con un plato entre manos. ¿De verdad le había dado tiempo a hacer galletas y té en tan poco tiempo?

-Me he tomado la molestia de hacerte un tentempié, pero no te acostumbres –deja el platito en una superficie más o menos libre y suspira, mirando alrededor-. Ay, Sherlock… mira que le dije que lo ordenase todo para cuando llegases, que ibas a salir espantado, pero todo sigue manga por hombro. Este chico no cambiará nunca. Suerte con ello –John fue a abrir la boca, discutiendo: ¿por qué todo el mundo había decidido ya que se quedaba ahí salvo él mismo?, pero la señora continuó hablando-. Pero me alegro mucho de que por fin no vaya a estar solo. Llega un momento en el que una se preocupa, no puede ser bueno, ¿sabes? Toda su vida solo, alejándose voluntariamente de todo el mundo, aislándose, ¡y de repente quiere compartir piso! ¡Imagínate mi sorpresa! Me alivié mucho, por supuesto, incluso le hice unas galletas de lo contenta que estaba por él.

-Señora Hudson, ¿tiene usted ideas de a qué viene ese cambio tan repentino?

-Eso se lo vas a tener que preguntar a él, cariño.

John frunció el ceño.

-¿Por qué está tan segura de que me voy a quedar?

Mrs. Hudson le miró, y Watson creyó distinguir un brillo de ternura en sus ojos, como una abuela mirando a un nieto inocente.

-Ah, querido, no es tan difícil… si no te fueses a quedar, te habrías ido hace mucho… y ya has colgado tu abrigo en el perchero.

John Watson parpadeó, confuso: en ningún momento había colgado su abrigo. Miró hacia la puerta, extrañado, y se dio cuenta de que Mrs. Hudson tenía razón: su abrigo reposaba, colgado, como si hubiese decidido antes que él junto al resto del mundo que aquella era su nueva casa.